Por Isidoro Cruz Bernal
Socialismo o Barbarie, revista, abril de 2004

 

En su último congreso, la Liga Comunista Revolucionaria (LCR) francesa, sección del Secretariado Unificado de la Cuarta Internacional, decidió abandonar la definición estratégica de la lucha por la dictadura del proletariado, eliminándola de su programa. En estas latitudes, el Partido Obrero de Argentina salió a hacer una dura crítica de ese abandono. Ambas posiciones presentan fuertes limitaciones y hacen a un debate estratégico. Es el objeto de esta nota hacer una reapropiación crítica del concepto de dictadura del proletariado, evitando caer en unilateralidades.

Los debates en torno al concepto de dictadura del proletariado han marcado recurrentemente la historia del marxismo. En los inicios del siglo XX la defensa de este concepto –o su condena– delimitó los campos del reformismo y la revolución. La revolución de octubre reforzó esa polarización.

Los diversos vaivenes del socialismo revolucionario y, especialmente, el impacto de la victoria de la contrarrevolución burocrática estalinista agregaron otras determinaciones nuevas al problema de la dictadura del proletariado. En nombre de ella y del marxismo, de los que no renegaron pero sí pervirtieron al máximo, los estalinistas bloquearon el impulso emancipador de octubre, erigieron un estado burocrático asentado sobre formas de explotación heredadas del capitalismo e impusieron un enorme retroceso a los movimientos revolucionarios.

Después de la segunda guerra mundial volvieron a aparecer discusiones acerca de la dictadura del proletariado. Cuando la burocracia china intentó disputarle a los soviéticos la conducción del aparato estalinista internacional, uno de los ejes de su polémica fue la defensa de la dictadura del proletariado en contra de Jruschov. Este afirmaba que la URSS había superado esa fase y se había convertido en un “estado de todo el pueblo”. Esta polémica, en la que los chinos tomaron el papel de “halcones” y los rusos aceptaron, resignadamente, el de “palomas”, no mostró ninguna diferencia cualitativa entre ambos, en lo que a política internacional se refiere. Pese a su maquillaje “izquierdista”, los chinos mostraron que su proyecto tenía las mismas bases burocráticas y nacionalistas que el de la URSS (además de compartir la estrategia de la “revolución por etapas”). Es decir, la política a seguir ante cualquiera de los problemas cruciales del movimiento obrero y revolucionario iba a estar subordinado a su crudo interés estatal.

Otra discusión sobre la dictadura del proletariado se dio en los años 70 en Europa, cuando los partidos comunistas de Italia, Francia y España tomaron distancia de la política soviética. Uno de los ejes polémicos con los que se implementó esto fue el abandono de la noción de dictadura del proletariado. Los comunistas de Italia, Francia y España se comprometían a instaurar el socialismo sin pasar por la dictadura del proletariado. Postularon una “vía democrática” al socialismo, lo que implicaba la renuncia abierta de la necesidad de ruptura revolucionaria (que los estalinistas de los demás países mantenían formalmente, aunque su verdadera política tuviera, de hecho, un carácter opuesto). En contrapartida, surgieron, dentro de estos partidos comunistas, alas neoestalinistas opositoras a ese giro y defensoras a ultranza de la URSS de Breznev ¡en nombre del “leninismo” y la “dictadura del proletariado”!

Los dos ejemplos traídos a consideración tenían como objetivo mostrar lo unilateral que es la idea de que cualquier corriente que defienda la dictadura del proletariado es siempre más progresiva. Puede aducirse que estos ejemplos son inválidos al estar tomados del campo estalinista (que por definición es contrarrevolucionario). Esta objeción, en el fondo, reforzaría nuestro argumento: a pesar de que esa discusión dividió aguas entre revolucionarios y reformistas, tomar el tema de la dictadura del proletariado como parámetro es insuficiente. Lo era en los años 30, lo era en los 60 y lo es hoy.

También en el movimiento trotskista la discusión sobre la dictadura del proletariado fue habitual. Incluso muchas veces fue invocada, en medio de numerosas crisis del movimiento, como uno de esos principios cuya sola mención garantizaría un marco con el cual empezar a superar los problemas. Muchas veces este tipo de polémica se desarrolla en medio de una gran pirotecnia verbal que suele tener como consecuencia que las discusiones políticas profundas queden de lado o se desarrollen de modo formal. Ha sido una práctica habitual en el trotskismo que sectores que tienen diferencias en casi todo pero que coinciden en la defensa a ultranza de algún principio como este realicen frágiles alianzas que estallan rápidamente ante la menor conmoción. Este tipo de mecánica política obedece a una interpretación dogmática y ritualista del marxismo que, en el mejor de los casos, ha conducido a la esterilidad política. En otros ha sido peor, como lo prueba la trayectoria del POR boliviano, en el que la dictadura del proletariado no es solamente un concepto sino que devino consigna para la lucha política cotidiana. Esto no impidió que, al mismo tiempo, hiciera la apología del nacionalismo burgués boliviano (incluídas sus expresiones militares y policiales).[1]

En los años 70, el Secretariado Unificado de la Cuarta Internacional intentó repensar estos problemas en un documento llamado “Democracia socialista y dictadura del proletariado”. Si bien este texto buscaba hacer planteos sobre la necesidad de extender las libertades democráticas en la revolución socialista, terminó cayendo en un democratismo unilateral en el que la contrarrevolución parecía no existir. Además, el documento tenía rasgos claramente conservadores, como el mantener la equivocada caracterización de “estados obreros” para los países del este. De ahí que su centro de interés se dirigía más a formular garantías democráticas para la oposición en esas sociedades (por ejemplo, a través de un código penal), ya que el problema de esos países era reducido exclusivamente a la ausencia de democracia obrera. Elaborar ideas en función de que la clase trabajadora se apropiara de la riqueza producida y dirigiera verdaderamente la sociedad no era tomado como problema. O en todo caso, se resolvería automáticamente a partir de la democratización del estado obrero.

La corriente histórica de la que provenimos criticó el documento del SU,[2] alarmada correctamente por las concesiones que este le hacía al democratismo, reflejando las presiones eurocomunistas, pero cayó en una unilateralidad de signo inverso. En nombre de la necesidad de vencer a la contrarrevolución, se hacían a un lado los problemas de la democracia en la revolución. Si bien ese era un momento anterior a la caída del socialismo real ya existía suficiente experiencia histórica para que el problema fuera registrado.[3]

La novedad actual es que una significativa organización de la tradición marxista revolucionaria abandonó el concepto de dictadura del proletariado. Esto pasó en el último congreso de la Liga Comunista Revolucionaria (LCR) francesa. La resolución de la LCR ha sido acremente criticada por algunas organizaciones. El Partido Obrero argentino ha planteado una polémica en torno a ello. Aunque, en verdad, no sabríamos decir hasta qué punto es una polémica, ya que el punto de partida de la discusión del PO es que el abandono de la dictadura del proletariado por parte de la LCR implica automáticamente la defensa de la dictadura de la burguesía.

Nosotros creemos que una consideración tal es abusiva. Estimamos que el desarrollo más probable que tendrá la resolución de la LCR es avanzar hacia una gran desorientación política que probablemente se traduzca en sucesivos zigzags a derecha e izquierda. Es una falsa polémica decir que esto implica un pasaje directo al campo burgués porque, además de las formulaciones doctrinarias (que no minimizamos) intervienen otros factores en esto: la tradición política de la que se viene, la actuación concreta en la lucha de clases (la pasada y la presente), si se es una corriente independiente o se pertenece y/o depende de algún aparato burocrático internacional, etc.

Pero también tenemos que decir, con toda franqueza que, como veremos más adelante, el abandono de la dictadura del proletariado de la LCR no parece tener bases críticas muy sólidas. Más bien parece responder, de un modo muy empírico, a problemas derivados de la reciente ubicación que ha ganado la LCR en los últimos tiempos. Porque no cabe duda de que es la organización trotskista francesa más dinámica, tanto en su militancia cotidiana como en su apertura para las discusiones políticas y teóricas. El problema del que adolece la LCR es una tendencia orgánica al centrismo.

Reconocer esta realidad no debería ser obstáculo para dejar de ver que, después de la realidad internacional que dejó la caída del “socialismo real”, la LCR ha dado vaivenes bastante erráticos que han ido desde el seguidismo al PCF en crisis, aliándose con sus alas supuestamente renovadoras, hasta la propuesta de formar un partido amplio de izquierda sin delimitación estratégica (el “partido de Jaurés y Lenin” fue una de sus formulaciones).

A pesar de esto, en los últimos años, su inserción en las nuevas experiencias de organización de los trabajadores franceses (por ejemplo los SUD), la participación activa en los movimientos anticapitalistas y sus movilizaciones llevó a que se abriera un curso a la izquierda en la LCR. Esto tuvo un importante traspié cuando llamaron a votar por Chirac en la segunda vuelta (sin duda impactados por la presión evidente de las manifestaciones contra Le Pen de una parte importante de la juventud francesa y la izquierda). El abandono, con razones que no convencen, de la dictadura del proletariado tiene un alcance mucho más abarcador. Excede la cuestión del voto a Chirac, que es un problema político grave pero que tiene consecuencias más acotadas. Examinar este problema es el objetivo de este artículo.

Marxismo y totalidad

La breve enumeración histórica que hicimos del problema de la dictadura del proletariado en los debates de las corrientes de izquierda, revolucionarias o no, muestra que las cosas no son simples. Ningún planteo del marxismo puede ser analizado en base a una defensa del tipo “todo o nada”, levantándolo como un principio incuestionable a defender a capa y espada, cuyo abandono equivaldría a “caer” (nótese el tufillo religioso que siempre ha tenido este vocablo tan común en el lenguaje de la izquierda) en alguna clase de infierno reservado a los revisionistas por el Tribunal de la Historia (así, con mayúsculas).

Si el marxismo, en tanto teoría, se articula como una totalidad, tenemos que entender que ninguno de sus elementos, como partes aisladas, se puede trasmutar en toda la teoría. Ninguno de los conceptos que componen el marxismo es todo el marxismo.

A nuestro razonamiento puede objetarse que, si bien es cierto que ninguno de los componentes de la teoría es válido por sí mismo, la sustracción o la eliminación de uno de ellos supone dejar incompleto al conjunto. Como un rompecabezas al que le falta la última pieza o, más dramáticamente, como un hombre con una sola pierna.

Esta objeción es parcialmente cierta. Claro está que, llevada al extremo, se puede volver un completo error. La razón de ello es que la totalidad marxista no es una totalidad estática; cada una de sus nociones se encuentra históricamente determinada y cada una por separado admite un cuestionamiento. Lo que hay que preservar es la articulación de los problemas que contienen. La articulación como tal puede ser redefinida. Es más, muchas veces el devenir histórico nos obliga a ello (por ejemplo, la teorización del imperialismo por Lenin y Bujarin no estaba contenida “en germen” en El capital). Pero para no andar a la deriva como un bote en el océano, cada una de estas redefiniciones tiene que ser argumentada minuciosamente (como lo fue en el ejemplo que invocamos), ya que de lo contrario cualquier presión pasajera en la lucha de clases podría ser un pretexto para cambiar zonas enteras de la teoría sin que esté verdaderamente justificado.

Nuestra posición ante el problema de la dictadura del proletariado es la de una defensa crítica de ese concepto. Creemos que abandonarlo trae más problemas de los que soluciona. El principal problema que trae es que introduce una peligrosa carga de ambigüedad en cuanto al problema de la ruptura revolucionaria, que no es pasible de ser solucionada con invocaciones genéricas al socialismo. Si se elimina programáticamente la dictadura del proletariado, se diluye también, en gran parte, el carácter obrero de la revolución, que tampoco se soluciona con menciones al “gobierno obrero”, “gobierno de los trabajadores”, etc. Estas formulaciones pierden de esta forma su función, que es la de aproximar, en el plano de la política cotidiana, un gobierno de un carácter de clase distinto con la necesidad de que éste represente un corte revolucionario con el orden existente. Y, lo más importante de todo, la dictadura del proletariado implica un despliegue articulado de problemáticas que se pierden si el concepto se abandona. En ese sentido, nuestra posición es cautamente “conservadora”. No nos parece que valga la pena abandonar un terreno conquistado en aras de nada.

Decimos esto aun sabiendo que el concepto de dictadura del proletariado, combinado con la deriva estalinista que atravesó el movimiento obrero revolucionario, tienen efectos concretos negativos en el trabajo político cotidiano. Por ejemplo, con las masas de los países imperialistas. Éstas han atravesado una experiencia histórica con la democracia burguesa, posterior a la segunda guerra mundial, que se ha traducido en derechos democráticos y mejoras en su nivel de vida. En relación a esto no hay que perder de vista varias cosas: a) este cuadro ha estado determinado en última instancia por el dominio imperialista del mundo; b) las masas tienen derechos legítimos a los que no piensan renunciar; c) esas conquistas han sido fruto a veces de la lucha, otras obtenidas como concesión de la burguesía con el fin de desorganizarlas y, más en general, por una combinación de ambas situaciones; d) aunque se trate de conquistas populares y democráticas que los revolucionarios defendemos, no podemos dejar de advertir que tienen como efecto fortalecer una serie de prejuicios entre las masas trabajadoras de los países centrales (creencia en la democracia por encima de las clases, tendencia a desconocer el imperialismo de su propio país, etc).

Pensamos que este cuadro objetivo ha pesado bastante en la decisión de la LCR. Decisión que, sin embargo, consideramos incorrecta, porque aunque quizás a corto plazo pueda abrirles un canal de diálogo con sectores de masas, éste se basará en compartir, en hacer propios esos prejuicios de las masas. Y pagando además, a mediano y largo plazo, con la desubicación política de los revolucionarios. Aunque, como ya hemos dicho, nuestra crítica a la decisión de la LCR no se basa en “fidelidades” doctrinarias a las que habría que acatar como si se tratase de mandatos religiosos.

Otra cosa muy distinta a esto es abstenerse de utilizar ciertos términos debido a la carga histórica que puedan tener (dictadura remite, para ciertos pueblos, a fascismo o estalinismo), pero siendo concientes de que el concepto de dictadura del proletariado es un instrumento que, usado críticamente, es muy útil para nuestra lucha. El contenido social del estado que buscamos instaurar es el de la dictadura del proletariado (o caso contrario, es discutible que queramos cambiar la sociedad; la otra posibilidad es que no tengamos mucha idea de lo que queremos). También el concepto de dictadura del proletariado es útil para poder entender las tareas que una transición al socialismo requiere, ya que la experiencia histórica de los países del Este ha mostrado que solamente es posible avanzar al socialismo cuando los trabajadores controlan las instancias del poder social y político. El que esta teoría no resuelva todos los problemas es otra cuestión. Ningún concepto marxista tomado aisladamente puede hacerlo. Examinaremos a continuación el texto en el que la LCR fundamenta el abandono de la noción de dictadura del proletariado.

I- La LCR y la dictadura del proletariado

Dice Ollivier que él no es Georges Marchais

En la edición 2040 de Rouge, Francois Ollivier escribe: “El XV Congreso de la LCR acaba de adoptar nuevos estatutos que, entre otras modificaciones, no hacen referencia al concepto de «dictadura del proletariado». En realidad, hace ya muchos años que los documentos adoptados por la LCR no utilizan esta fórmula…Algunos medios se han creído autorizados a establecer un paralelo entre nuestra decisión y la más antigua, del Partido Comunista francés, de abandonar esta referencia”. Ollivier protesta por esto último afirmando que el paralelo es abusivo, por razones formales y de contenido.

La razón formal es que “Georges Marchais (secretario general del PCF en ese momento. ICB) hizo el anuncio en 1976, en la televisión, en directo, sin ningún debate entre los militantes comunistas”. “Nuestros nuevos estatutos –dice Ollivier– fueron adoptados por el 85% de los delegados a nuestro Congreso, como consecuencia de un debate de muchos meses que recorrió a toda la Liga”.

Después de informarnos sobre esta cuestión de tipo metodológico, uno está esperando ver caer todo el peso de la argumentación hacia la diferencia política y teórica existente que hay entre el abandono de la dictadura del proletariado que hizo el PCF en los 70 y el que hace la LCR hoy. Ollivier escribe: “…la decisión del secretario general del Partido Comunista expresaba la renuncia de esa organización a todo objetivo de cambio radical y a todo proyecto de derribar el sistema capitalista y sus instituciones, así como su voluntad de insertarse en el juego político tradicional. A la inversa, nuestro objetivo es tomar en cuenta las lecciones de la experiencia revolucionaria del siglo pasado con el fin de actualizar la manera en que nosotros formulamos hoy nuestro proyecto socialista y nuestra estrategia revolucionaria para terminar con el capitalismo”.

La respuesta de Ollivier nos parece demasiado “política” en el sentido tradicional de esta palabra. Se limita a proclamar una diferencia con el PCF que hasta ahora es en el plano de la declaración de intenciones. Afirma algo así como “nosotros queremos acabar con el capitalismo y el PCF no”. Acá hay dos cuestiones. Primero, si una organización marxista revolucionaria afirma abandonar un concepto de tanto peso para la perspectiva histórica del poder obrero y el socialismo, como es el de dictadura del proletariado, tiene que argumentar un poco más de lo que lo hace Ollivier para poder sostener de un modo verosímil que pelea por un cambio revolucionario, que tiene voluntad de disputar el poder a las clases dominantes (que es uno de los aspectos que trasmite el concepto de dictadura del proletariado, entre otras cosas). En pocas palabras, tiene que informarnos con qué concepto de poder reemplazó la formula abandonada. Y en segundo lugar, hay que tener en cuenta que el PCF en los años 70 abandonó la dictadura del proletariado pero siguió afirmando que peleaba contra el capitalismo y por el socialismo (aunque hoy ya sabemos que su realidad no responde ni siquiera a eso, puesto que se ha transformado en la sucursal pobre de la llamada “izquierda plural”). Otra cosa es que el contenido esencial de su política fuera por carriles opuestos. Aquí cabe hacer la diferencia entre un contenido manifiesto y un contenido latente. Esto no hay que aplicárselo sólo al estalinismo sino que le cabe a cualquier organización. Por eso nos parece demasiado “político” y ambiguo este planteo de Ollivier. Si una organización introduce cambios doctrinarios tan importantes no alcanza con decir “todo sigue igual, seguimos luchando por lo mismo de siempre”. Hay que explicar más. No alcanzan dos renglones que invoquen “el socialismo autogestionario” y la “democracia sin límites”, que por otra parte lucen tan rituales como las invocaciones a la dictadura del proletariado que suelen hacer los grupos de tipo sectario.

Desde ya que no pasa ni cerca de nuestro ánimo establecer una falsa simetría entre el PCF y la LCR. Tenemos sobre el primero todas las consideraciones negativas que los marxistas revolucionarios podemos hacer sobre un partido que fue un bastión del aparato estalinista en Occidente. Reconocemos en la LCR a una organización que forma parte de la tradición del trotskismo y, más en general, del marxismo revolucionario. Recordar esto es necesario, sin que perdamos de vista el centrismo que parece no abandonar casi nunca los pasos políticos de esta organización.

¿Qué dictadura?

Ollivier plantea, correctamente a nuestro entender, que en el pensamiento marxista el concepto de dictadura del proletariado presenta dos acepciones. La primera de éstas parte de “la constatación de que en una sociedad en la que subsisten las clases sociales, todo estado puede ser caracterizado como una dictadura de clase, es decir, como la dominación de una clase social sobre la otra. Evoca la ineluctable concentración del poder en las manos de una de las dos clases fundamentales de la sociedad y plantea la alternativa: dictadura de la burguesía o dictadura del proletariado”. La segunda acepción descripta por Ollivier, “más circunstancial, califica a un régimen político ligado a una situación de excepción…se pone en pie una dictadura revolucionaria, un régimen que concentra todos los poderes y que, frente al enemigo, utiliza medidas de excepción (incluso las medidas que restringen las libertades democráticas), el tiempo (necesario) para estabilizar las nuevas instituciones revolucionarias. Este es el sentido que se le ha dado a la «dictadura jacobina», tanto Robespierre como Lenin…”.

Esta doble acepción ha recorrido toda la historia del marxismo. Si bien Marx habló de la dictadura del proletariado dándole un sentido más general, como marca Ollivier citando la Crítica del Programa de Gotha, en sus reflexiones (y en las de Engels) nunca estuvo ausente la tensión entre los dos aspectos de la dictadura del proletariado. Esto puede verse en las críticas que hace Marx a los revolucionarios de la Comuna de París por no haber atacado Versalles, que era el núcleo de la reacción, permitiéndole ganar tiempo para empezar a reorganizarse. También este problema de la dictadura revolucionaria aparece en la polémica de Marx y Engels contra los bakuninistas. Engels presenta la necesidad de la dictadura revolucionaria de modo descarnado:  “el partido victorioso (de una revolución. ICB), si no quiere haber luchado en vano, tiene que mantener este dominio por el terror que sus armas inspiran a los reaccionarios”.

Sin embargo, puede decirse que en Marx y Engels los dos aspectos de la dictadura del proletariado aparecían todavía relativamente disociados, que en sus escritos todavía no forman una reflexión orgánica. Es en el marxismo ruso donde aparecen coexistiendo contradictoriamente las dos  acepciones definidas por Ollivier. Víctor Fay escribe al respecto: “El primer texto histórico que expresa la voluntad colectiva de instaurar la dictadura del proletariado figura en el programa redactado por Plejánov, con la colaboración de Lenin, y adoptado por el Segundo Congreso del Partido Obrero Social Demócrata ruso (la dictadura del proletariado no figura en el Programa de Erfurt. ICB), llevado a cabo en 1903 en Londres. Aquí se trata de una dictadura jacobina. No es totalmente la dictadura del proletariado tal como aparece en los escritos de Marx y Engels. Es la dictadura de una minoría que tiene por tarea destruir la contrarrevolución, aplastar al enemigo de clase. En su comentario, Plejánov se refiere explícitamente a los jacobinos, y cuando Mártov le observa que esa no es exactamente la forma en que Marx concibe la dictadura del proletariado, Plejánov responde: Para nosotros, la dictadura del proletariado es un instrumento de lucha contra la contrarrevolución; un punto, eso es todo”.[4]

La enumeración de referencias que hemos agregado a las que ya había hecho Ollivier muestra que la coexistencia contradictoria de las dos acepciones de dictadura del proletariado atraviesa al marxismo. Esto tiene dos consecuencias.

La primera de ellas es que, en un sentido, tenemos que coincidir con los marxistas revolucionarios que, seguramente, piensan que el texto de Ollivier elude el problema fundamental, o por lo menos un aspecto fundamental del problema del poder en la revolución socialista, que implica el hecho evidente de la represión-disuasión que la clase trabajadora debe aplicar sobre la clase enemiga. Es decir, lo que Engels refería cuando afirmaba lo que se debía hacer para “no haber luchado en vano”. En esto, evidentemente, se juega una parte importante del ser o no ser de una revolución.

La segunda consecuencia va en un sentido opuesto pero, al mismo tiempo, forma parte inescindible del problema. La segunda acepción de la dictadura del proletariado, la versión jacobina, puede convertirse en un elemento que, a fuerza de “normalizarse”, de volverse cotidiano, empiece a restar base social al emergente poder revolucionario. De suceder esto, los revolucionarios quedarían presos de una lógica que, a largo plazo, los manejaría a ellos (por más que en el corto plazo pueda afirmarlos en el poder). Este verdadero “peligro profesional del poder” redundaría en aislarlos de la base social que representan, dejándolos en una peligrosa autonomía, elevándolos por encima de todas las clases de una formación social. En ese sentido, el calificativo de “jacobino” se adapta perfectamente a este tipo de deriva. Los jacobinos reprimieron a la contrarrevolución, pero también a las tendencias que expresaban a las clases más oprimidas en la revolución francesa, como los hebertistas o los “sans-culottes”. La discusión acerca de si esas tendencias representaban fenómenos que eran históricamente “prematuros” se la dejamos a los historiadores. A nosotros no nos cabe duda de que la represión de esas tendencias contribuyó a dejar a Robespierre y sus partidarios “en el aire” y a merced de los termidorianos. A este respecto es evidente que los problemas que, implícitamente, presenta el texto de Ollivier, son nuestros problemas, aunque no nos parezca que la manera en que los resuelve sea acertada. En ese sentido, está varios pasos adelante de las cuestiones que el trotskismo ”ortodoxo” puede considerar admisibles de ser planteadas.

Lo que sí queremos dejar claro es que ambos aspectos del problema pueden separarse en función de conseguir mayor profundidad analítica pero, de hecho, son un solo problema. En medio del vértigo constante que supone una revolución, estos dos aspectos son difíciles de separar. Sin embargo, sería profundamente equivocado concluir que el problema no existe. Se ha hecho bien presente en las experiencias revolucionarias del siglo XX.

Nuestra respuesta provisional a este dilema es la siguiente: considerado en toda su verdad, no se trata de un problema teórico sino de un problema práctico (en el sentido de la II tesis sobre Feuerbach).[5] La verdad de este problema sólo puede ser alcanzada en las experiencias revolucionarias futuras. Sin embargo, aunque el problema no tenga solución por fuera de la práctica revolucionaria, hay que tener presente que existe, para incorporarlo como elemento teórico a ser volcado posteriormente en la acción. No es lo mismo actuar ignorando la existencia del problema que actuar sabiendo de antemano que nos encontraremos con disyuntivas de este tipo. La existencia de elementos azarosos y poco predecibles en una revolución no significa que no podamos ir construyendo el plano (necesariamente provisorio) de la batalla, ir reflexionando acerca de qué podemos esperar, teniendo en cuenta las experiencias fracasadas (hasta ahora) de transición al socialismo. Hacer esta reflexión hoy día es un paso necesariamente previo a la acción. Es sabido que, una vez iniciada ésta, introduce una serie de distorsiones. Revolucionarios que tenían una visión compleja y rica del proceso histórico como fueron los bolcheviques, inmersos en los crudos hechos, muchas veces convirtieron en virtud a las soluciones que tuvieron que implementar por necesidad.

La posición antiteórica que tienen algunos compañeros en contra de este estilo de reflexión, que generalmente es acompañada por argumentos del estilo “la vida dirá qué formas tendrán los procesos revolucionarios futuros …”, muestra una gran falta de reflexión sobre las experiencias del siglo pasado y de los desafíos que nos esperan en el porvenir.

¿Qué democracia?

Volvamos al texto de Ollivier. Después de distinguir entre las dos acepciones de dictadura del proletariado, Ollivier menciona la importancia que tuvo la experiencia de la Comuna de París de 1871 en la génesis de esta noción. Ollivier escribe a continuación: “Marx, después Lenin, en El estado y la revolución, subrayaron las principales características: el pueblo en armas, la Comuna (forma política de la democracia directa), la destrucción de la vieja maquinaria del estado, la propiedad pública y social y la cooperación de los productores. Ellos olvidaron, en cambio, señalar que la Comuna constituía una tentativa de combinar democracia directa y sufragio universal”.

Hasta aquí llega Ollivier en su descripción. Respecto al olvido que menciona Ollivier, creemos que hay que relacionarlo con la crítica que Marx hizo a los comuneros. Él planteó que más importante que organizar las elecciones por distrito hubiera sido atacar a los versalleses. Esta crítica de Marx apuntaba al hecho cierto de que una revolución que no tiene consolidada su base de sustentación tiene que luchar por sobrevivir. Esto fue descuidado por la inexperiencia de los comuneros y les resultó, al poco tiempo, fatal.

 No obstante, debemos tener en cuenta que la crítica de Marx no apunta a ninguna cuestión normativa referente al “deber ser” del proyecto político y social que se desprende de la Comuna. Interpretaciones que convertían esta crítica, que es concreta y apunta al devenir concreto del proceso revolucionario de la Comuna, en un principio absoluto, han hecho mucho daño al marxismo revolucionario.

La idea de combinar democracia directa y sufragio universal, que aparece mucho más claramente en el texto de Rosa Luxemburgo sobre la revolución rusa que en cualquier otra teorización del marxismo clásico, hoy día tiene que ser incorporada a los planteos que son necesarios de hacer para reorientar un programa marxista revolucionario. En función de ello creemos necesario hacer una serie de consideraciones.

Primero. El sufragio universal es una conquista política obtenida mediante una combinación histórica que se dio entre las luchas de los explotados y oprimidos y la utilización de mecanismos de concesiones por parte de las clases dominantes. Pero más allá de eso, como práctica política forma parte de los elementos de progreso histórico que ha traído la civilización capitalista. Reconocer esto no significa ignorar los elementos de deformación y manipulación que el contexto capitalista en el que se desarrolla le imprime. En ese sentido no podemos dejar de sopesar que, en la dinámica de las revoluciones del pasado siglo, la burguesía ha sabido maniobrar para abortar los procesos o legitimar políticamente ataques contra las masas (lo que se llama “reacción democrática”). El sufragio universal tal como existe hoy, los revolucionarios lo defendemos (en tanto que su ausencia implica más reacción y no menos) pero no lo apoyamos políticamente, porque esto implicaría convalidar políticas reaccionarias. Pero, siendo todo esto verdad, no se puede ser tan unilateral de no tomar en cuenta que una parte de las necesidades de las masas tiene que ver con sus derechos democráticos (entendidos de forma viva y dinámica, no formal).

Segundo. Liberado del contexto capitalista, el sufragio universal es una práctica política que es perfectamente legítimo plantear que debe ser preservado como elemento de una democracia socialista. Es decir, desde el punto de vista del proyecto político. Decimos esto porque ha sido frecuente en nuestra tradición política, a partir de la sacralización de textos de Trotsky profundamente equivocados como Terrorismo y comunismo, que todas las tensiones propias de las revoluciones se han resuelto a través de teorizaciones burocráticas que llevaban siempre a subvaluar (convirtiendo en virtudes a las necesidades) los elementos de autodeterminación de la clase trabajadora en sus diversos aspectos, sociales pero también políticos. Teniendo en cuenta esto, creemos que la discusión acerca del papel que pueden tener los mecanismos de democracia representativa en la revolución tienen una legitimidad que el devenir histórico nos ha impuesto. Es más,  el sufragio universal es una práctica que es deseable como parte del conjunto de formas en que se asiente la democracia socialista.

Tercero. Una utilización socialista del sufragio universal supone que no se elegirán solamente representantes para un cuerpo político, sino que esto deberá combinarse con elecciones de representantes territoriales y por lugares de trabajo. Esto sería lo que encarna la combinación entre democracia directa y democracia representativa. La revolución socialista, aunque combinaría las dos, privilegia las formas de poder directo de los trabajadores. La democracia representativa es una parte de la democracia socialista, pero subordinada a la otra, y su papel es, principalmente, una forma de ganar a las masas desmovilizadas y sin partido. También es atendible el planteo de Rosa Luxemburgo, que lo pensaba como un correctivo en momentos de reflujo en la movilización social. En ambos tipos de democracia, deberá observarse la regla de la revocabilidad de cualquiera de los representantes.

Cuarto. Por más rodeos y medidas de excepción que pueda imponer una coyuntura inicial de la revolución, el sufragio universal es un instrumento a utilizar para conocer tensiones y antagonismos que atraviesen a la sociedad en transición al socialismo, a los que, simultáneamente, les da un canal de expresión. El sufragio universal así entendido debe formar parte de la pauta programática de los marxistas revolucionarios. Pero formando parte de un proceso de revolución socialista, no como programa para gestionar el estado burgués.

Volviendo al texto de Ollivier, éste admite que la descripción del programa socialista revolucionario, formulado por Marx y Lenin a partir de la Comuna, sigue siendo válido: “Estas grandes líneas constituyen, todavía hoy, el núcleo duro de un programa democrático revolucionario”. Y a continuación da el salto al vacío: “Pero ellas ya no pueden ser asociadas al concepto de la dictadura del proletariado”. Nos encontramos aquí ante un razonamiento que reivindica la vigencia de los elementos que forman el armazón del concepto de dictadura del proletariado y al mismo tiempo rechaza este último concepto. Es una clara inconsistencia lógica y conceptual.

Pero pensando a favor de Ollivier ¿no indica otra cosa? Por ejemplo una situación histórica concreta en la que “el núcleo duro de un programa democrático revolucionario” y el concepto de dictadura del proletariado se hayan escindido inexorablemente. ¿No admitimos más arriba que los conceptos marxistas deben ser sometidos a revisión, ya que están históricamente determinados?

Hacia el final de su texto, Ollivier plantea: “La dictadura del proletariado está cargada hoy de tal significación histórica, marcada por el rechazo de las formas de la democracia política, que es imposible presentar nuestras concepciones de poder de los trabajadores o de la democracia socialista como el régimen de la dictadura del proletariado”. Aquí está planteada, finalmente, la escisión que mencionábamos más arriba.

Sin embargo, aunque los compañeros de la LCR digan lo contrario, esta lectura historicista del problema (es decir, falsamente histórica) mezcla problemas de distinto orden. Por un lado, si atendemos a expresiones como que la dictadura del proletariado no puede ser “asociada” a un programa democrático revolucionario o que nos es imposible “presentar” la concepción marxista revolucionaria de la democracia socialista como el régimen de la dictadura del proletariado, no podemos dejar de advertir que, por más esfuerzos que haga Ollivier por teorizarlo, el problema presentado no es teórico-conceptual sino que se inscribe en la manera concreta en que los revolucionarios presentamos nuestra política ante las masas. Está determinado por motivaciones cortoplacistas. Por otro lado, conviene registrar que por más que en la política práctica sea un problema de la máxima importancia, no pone necesariamente en cuestión los fundamentos del marxismo. Aunque prestar una gran atención a estos problemas sea uno de los andariveles por los cuales la teoría progrese (una parte decisiva del legado leninista tiene que ver con atender a este tipo de cuestiones).

El texto de Ollivier quiere presentar la decisión de la LCR de abandonar la dictadura del proletariado como la expresión de un balance histórico que tendría consecuencias políticas inevitables. Pero en nuestra opinión mezcla dos planos, que están conectados pero que tienen una necesaria autonomía relativa, presentándolos como un solo argumento. El concepto de dictadura del proletariado es declarado caduco en lo doctrinario al mismo tiempo que se afirma su carácter de “impresentable” políticamente ante las masas, especialmente las que viven en sociedades que han pasado experiencias como las del fascismo y el estalinismo y que hoy están en democracias burguesas de variado grado de estabilidad (esto último no está dicho de modo explícito pero se colige fácilmente del contexto). En resumen, es lo que se dice “hacer ideología”, una incorrecta aproximación teórica y metodológica a los problemas políticos mediante una argumentación ad hoc, ni teórica ni histórica. Más bien un reacomodamiento que obedece a presiones y problemas reales (esa es su única verdad, hay que reconocerlo) pero que se limita a deshacerse del problema sin comprometerse a llevarlo hasta el fin.

Balance del estalinismo y proyecto socialista

Conectado de un modo muy profundo con lo anterior está el balance que la LCR hace del estalinismo y su influencia presente y futura. Ollivier escribe: “El balance que nosotros sacamos hoy, de la contrarrevolución estalinista pero también de los errores de los bolcheviques, nos ha llevado a descartar este concepto de nuestras referencias programáticas. Por supuesto, importa distinguir la revolución rusa (y los errores cometidos por los bolcheviques en el curso del proceso revolucionario) de la contrarrevolución estalinista, verdadera negación de esta revolución en beneficio de otros intereses sociales, los de la burocracia. Luego, los estalinistas utilizaron la noción de dictadura del proletariado para justificar la destrucción de todo rastro de vida democrática en la clase obrera y en la sociedad rusa”. Un poco más adelante Ollivier hace centro en los errores de los bolcheviques: “En nombre de la dictadura revolucionaria del proletariado, concebida como un régimen de excepción en circunstancias excepcionales, Lenin, Trotsky y muchos otros dirigentes bolcheviques han tomado medidas que han asfixiado progresivamente la democracia en el seno de las nuevas organizaciones revolucionarias. Se asiste a la sustitución de la democracia de los soviets por el poder del partido, a la pérdida de sustancia de los consejos y comités, al rechazo a convocar una nueva asamblea constituyente, después a la prohibición de tendencias en el propio seno del partido bolchevique. El ejercicio de la dictadura del proletariado en Rusia, incluso entre 1918 y 1924, se tradujo en la fusión del estado y del partido, así como en la supresión progresiva de todas las libertades democráticas”.

Ninguna de estas críticas es muy novedosa. Los compañeros del SU de la Cuarta Internacional ya las habían planteado en vida de Mandel, desatando las furias de las corrientes trotskistas para las cuales la revolución rusa es un evento situado por fuera de cualquier crítica.

Estos planteos nos parecen razonables, en términos generales. Es probable que algunos de ellos tuvieran que ser tratados de modo más exhaustivo que mediante una simple enumeración, pero entendemos que un artículo periodístico tiene sus límites.

Ollivier toma la crítica que Rosa Luxemburgo hizo a los bolcheviques sobre la asamblea constituyente. Aunque no la cita, da por supuesto que sabemos de qué habla. En su texto visionario, aunque fragmentario y poco sistemático (por las condiciones en que fue escrito), Rosa acordaba con Trotsky en que la asamblea constituyente disuelta por los bolcheviques había sido superada por la dinámica de la revolución, pero de ahí deducía la necesidad de convocar una nueva constituyente. Rosa creía que el remedio de Lenin y Trotsky de suprimir temporalmente la democracia política iba a ser contraproducente. La posición de Rosa Luxemburgo combinaba la dictadura del proletariado (entendida como democracia socialista, más allá de la necesidad de defenderse de la contrarrevolución) con el mantenimiento de formas democrático-representativas.

Pero justamente, acordemos o no con la posición de Rosa Luxemburgo en su polémica sobre la constituyente rusa, la defensa de formas democráticas no la lleva a caer en la unilateralidad de descartar el concepto de dictadura del proletariado como tal. Por ejemplo, en la parte de su texto que critica, por utópico, el derecho electoral de los bolcheviques, afirma: “Cuando después de la revolución de octubre toda la clase media, la intelligentsia burguesa y pequeñoburguesa boicotearon durante meses al gobierno soviético paralizando las comunicaciones ferroviarias, postales y telegráficas, el sistema escolar, el aparato administrativo, oponiéndose así al gobierno obrero, estaban justificadas todas las medidas de presión que se adoptaban contra ellos: la privación de los derechos políticos, de los medios de subsistencia económicos, etc. En tal caso se manifestaba la verdadera dictadura socialista, que no puede retroceder ante ninguna medida de autoridad para forzar o para impedir determinados comportamientos en interés de la colectividad”.[6] Pocas veces se recuerda que una defensa tan enfática de la democracia socialista (y también del uso por parte de los explotados de las libertades de reunión, asociación, etc., heredadas del capitalismo pero cuyo ejercicio siempre tiene restricciones si se trata de las clases explotadas) como la de este texto de Rosa Luxemburgo contiene también una defensa de la dictadura obrera sobre la contrarrevolución. Este equilibrio se rompe por completo en el texto de Ollivier, que toma el costado democrático revolucionario del texto de Rosa pero deja de lado la noción de dictadura del proletariado que, lejos de reducirse a la represión-disuasión de la contrarrevolución, sirve como guía política y conceptual para establecer una real democracia socialista.

Otro aspecto insuficiente del balance de Ollivier, que hacemos extensivo aquí al conjunto del SU de la Cuarta Internacional (por lo menos en cuanto a los textos que conocemos), es que sus críticas al “socialismo real” se quedan en la esfera política, como cuando Ollivier dice que la dictadura del proletariado tiene hoy una significación histórica negativa “marcada por el rechazo de las formas de la democracia política”.[7] Aquí pesa cierto conservadurismo teórico, centrado en mantener la caracterización de “estados obreros burocratizados” para el desaparecido bloque soviético y para otros que todavía se mantienen en pie como Cuba. El límite metodológico principal que tiene esa caracterización es que no penetra en las relaciones de producción existentes en esas sociedades, para lo cual una conceptualización crítica (y no formal o rutinaria) de la noción de dictadura del proletariado podría ser de gran ayuda.

Muy relacionado con este conservadurismo teórico está el hecho de que el SU de la Cuarta Internacional ha hecho un balance de la caída del muro de Berlín en el que tienen más peso los elementos de fortalecimiento del imperialismo que la liberación de las pesadas herencias ideológicas y políticas que trajo consigo el derrumbe estalinista. Creemos que este segundo aspecto, a medida que pase el tiempo, se va a volver el elemento principal.

Puede objetarse a nuestro punto de vista que existe un gran retroceso a nivel mundial en la conciencia socialista de los trabajadores. Pero ese elemento ya existía desde décadas antes de la caída del muro y la misma existencia de un “mundo estalinista” era un factor de reforzaba la destrucción de la conciencia socialista. Solamente la implosión de esos países (o un triunfo revolucionario en los países centrales) podía cambiar las cosas. Se dio la primera alternativa, más lenta y trabajosa, pero también la más posible. En parte empezamos a ver ahora los efectos liberadores de la caída del estalinismo, con el relativo fortalecimiento de la extrema izquierda a nivel internacional. Pero para aprovechar las coyunturas históricas más favorables, en las que se produce una apertura que permite a los revolucionarios adquirir más peso político, hay que ir a fondo en la consideración de los problemas pasados, superar el atraso teórico que todavía está presente en nuestras organizaciones y evitar el obstáculo, que nos ponemos a nosotros mismos, de los balances superficiales.

Por último, creemos que el abandono de la noción de dictadura del proletariado tiene una clara consecuencia en la intencionadamente escueta presentación del proyecto de la LCR por Ollivier y en su ángulo populista democrático radical que va en desmedro de una perspectiva de clase. Ollivier enumera así los ejes del proyecto de la LCR: “el socialismo autogestionario, la democracia sin límites, el poder de los trabajadores y las trabajadoras, es decir, la inmensa mayoría de la población, contra la dictadura de los accionistas”.

Para no hacer falsas discusiones, aclaramos que no le pedimos a la LCR que batalle cotidianamente agitando “dictadura del proletariado”. Este es un elemento conceptual que sirve a los revolucionarios para entender mejor la lógica de aquello por lo cual luchan. No es una consigna. También aceptamos que el tercer elemento enumerado por Ollivier marca la presencia de un posicionamiento de clase, que, sin embargo, se diluye al ser acompañado de los siguientes elementos (puestos al mismo nivel, además).

“Socialismo autogestionario” no quiere decir mucho ni implica desmarcarse de las experiencias burocráticas del este, aunque suponemos que es esa la intención. La experiencia yugoslava muestra que es posible la coexistencia de las prácticas autogestionarias con un estado burocrático.

“Democracia sin límites” tiene otros problemas. Nos coloca en el siguiente dilema: o recubre por completo de utopismo este objetivo, ya que cualquier persona normal deduce que los cambios que la LCR haría en la sociedad francesa implicarían un fuerte choque con intereses poderosísimos, o, por el contrario, mella el filo del proyecto revolucionario socialista al encuadrarlo en el orden existente. Muy distinto sería decir que los revolucionarios buscamos conservar los elementos democráticos actualmente existentes (obviamente los que son progresivos), pero, sobre todo, superar los límites que la existencia del capitalismo le impone a la democracia. Se podría decir “democracia sin límites capitalistas” para subrayar que es necesaria la destrucción del capitalismo para que se produzca un auténtico progreso en la democratización de la sociedad. Sin esta aclaración se pierde de vista el enemigo. Pareciera que no se lucha contra nadie, lo cual tiene como consecuencia que no se educa a la población trabajadora en que solamente podrá conseguir sus objetivos con la derrota política y social de la burguesía y su estado.

Esta es la razón por la cual aparece una inflexión tan marcadamente populista como “la inmensa mayoría de la población, contra la dictadura de los accionistas”. Para nada estamos en contra de que se apele a las mayorías como tales sin determinaciones clasistas. El problema es que cuando lo hacemos, los revolucionarios tratamos de apelar a esa mayoría para llevarla a nuestro terreno (es decir, el terreno de clase). Si unimos inmensa mayoría con dictadura de los accionistas estamos planteando que enfrentamos a una reducida minoría, a una fracción de los explotadores. No decimos que enfrentamos a toda una clase social enemiga de los intereses de las mayorías (aunque esa mayoría contenga en sí misma una serie de contradicciones, que no viene al caso detallar). Es posible que la mención a la “dictadura de los accionistas” juegue con la propaganda “contra la dictadura de los mercados” del movimiento antiglobalización. Pero esa consigna, que es progresiva al salir de un movimiento de masas, cambia de carácter al ser planteada como tal por un partido marxista revolucionario. Nuevamente falta lo que antes decíamos que es necesario hacer: tomar ciertas consignas o apelaciones que no son clasistas pero que por su carácter contradictorio pueden ser aprovechadas y llevarlas a ese terreno. Justamente es el costado ambiguo que tiene hablar “contra la dictadura de los mercados” el que permite a los reformistas limitarlo a una acción contra las fracciones financieras y postular la “humanización del capitalismo”. Los revolucionarios aprovechamos esa ambigüedad, o deberíamos aprovecharla, para atacar al capitalismo como tal. Eso es lo que se pierde al hacerla propia en el terreno programático.

Algunas implicancias

Hasta ahora tomamos un problema teórico y político de orden general. Aquí vamos a entrar en un terreno contextual. Como se sabe, la LCR es parte del Secretariado Unificado de la Cuarta Internacional. Es una de las secciones más poderosas de este agrupamiento. La otra sección de la Cuarta Internacional que puede comparársele es la sección brasileña, Democracia Socialista, una de las corrientes del PT de Lula. No vamos a hacer hincapié en que esta tendencia no solamente forma parte del PT sino que uno de sus dirigentes es el ministro de no-reforma agraria. Aun siendo un verdadero escándalo, no queremos centrarnos en ello. Una dinámica de escisión atraviesa a Democracia Socialista después de la expulsión de Heloísa Helena y esto se ha extendido a diversos sectores de la Cuarta Internacional.

Lo que sí nos interesa mencionar son las teorizaciones con las que Democracia Socialista llegó a su política actual, que es su lógica coronación. No queremos decir que las de la LCR son iguales. Pero sí que hay peligrosas vecindades.

Democracia Socialista, en nombre de las derrotas que sufrieron los trabajadores a nivel internacional durante los años 80 y 90, teorizó la necesidad de estructurar “una esfera pública popular”, planteada en un artículo de Luis Pilla Vares titulado “Democracia directa en el sur de Brasil”. Allí se postulaba que dentro del estado burgués, a pesar de sus modos de organización y su división del trabajo, se podía colonizar un área y hacerla trabajar en favor de las clases populares. Para que la cosa no quede en algo abstracto, la tan famosa “esfera pública popular” se redujo al Presupuesto Participativo. En él, los sectores populares de Porto Alegre se disputaban a brazo partido las migajas del 10% del presupuesto para ver si les tocaba alguna escuela, cancha de fútbol o centro recreativo, mientras con el 90% restante se pagaba la deuda externa y los restantes gastos “normales” del estado burgués. Como desde las páginas de SoB ya hemos hecho la crítica de esa experiencia, nos centraremos en su concepción.

Democracia Socialista planteaba en sus tesis presentadas al 2° Congreso del PT que “No defendemos como perspectiva inmediata ni la desaparición inmediata del estado ni su reducción (sin aclarar el carácter de clase del estado al que se refiere o, en todo caso, para evitar decir con franqueza que es el estado burgués. ICB) Lo que defendemos es su transformación, que debe ser controlada cada vez más por la población organizada y conciente, que se constituye cada vez más en verdadera cosa pública” (ver Inprecor N° 443-444). Si además prestamos atención al título del artículo de Luis Pilla Vares, “Democracia directa al sur de Brasil”, podemos comprobar que para esta corriente, y para un sector de la Cuarta Internacional, la experiencia del Presupuesto Participativo significó una articulación entre democracia representativa (sufragio universal) y democracia directa. En el copete del artículo de Pilla Vares, alguien que firma J.M. y a quien suponemos miembro de la redacción de Inprecor se refiere a las idas y venidas del movimiento trotskista, remarcando que éste siempre ha luchado contra la burocratización de las experiencias revolucionarias. Cosa totalmente cierta pero que, desgraciadamente, remata en la idea de que sus herederos actuales se encuentran “fecundando nuevas experiencias” ¿Es necesario aclarar que esa nueva experiencia continuadora de la Comuna de París, la revolución rusa y la lucha contra el estalinismo es el Presupuesto Participativo?

Todo esto, siendo muy grave, ni siquiera pensamos que sea muy en serio. Es una maniobra sin principios para ocultar su completa falta de delimitación respecto al reformismo de la ”democracia participativa”. La maniobra consiste en contrabandear los planteos de la “democracia participativa” haciéndolos pasar como “democracia directa”, concepto que forma parte del corpus marxista revolucionario. Este tipo de cosas introduce un elemento de “corrupción” en el debate político que hace, en cierta medida, que la discusión con DS sea casi una pérdida de tiempo, porque hechos como éste muestran una dinámica en la que prima la justificación de su práctica cotidiana de integración al estado burgués por encima de cualquier orientación política concreta (aun equivocada).

Esta escaramuza que hicimos respecto al texto de Ollivier no es gratuita ni una chicana o una amalgama. No nos interesa hacer previsiones sobre el futuro de las relaciones entre la LCR y Democracia Socialista. Damos por descontado que para un sector de militantes de la LCR la política de sus camaradas brasileños (especialmente a partir de la asunción del ministro Rossetto) debe generar rechazo. Lamentablemente, si nos guiamos por pronunciamientos oficiales de la LCR de los últimos años, podemos ver un posicionamiento a favor respecto a la política de Democracia Socialista. Por ejemplo, en el libro de la campaña de Besancenot en el 2002 la experiencia del Presupuesto Participativo es presentada como “La democracia directa, como en los libros”(p. 95). En este punto cabe deslizar un matiz: esta posición de la LCR respecto a sus amigos brasileños es profundamente negativa, pero se trata de una equivocación de una organización que, en términos generales, es independiente del estado burgués. Democracia Socialista es un grupo integrado políticamente al estado burgués brasileño desde antes del affaire Rossetto, ha vivido a la sombra del presupuesto nada participativo de una administración enteramente burguesa (Porto Alegre).

El hecho de que hagamos esta diferencia entre ambas organizaciones no implica que dejemos de ver con preocupación las recientes innovaciones doctrinarias respecto al concepto de dictadura del proletariado (por otra parte profundamente ambiguas  y poco claras) del último congreso de la LCR. Sin dictadura del proletariado, su postulación de combinar democracia directa y sufragio universal (sumado a su pasado de cubrir “por izquierda” a DS) deja sin explicar cómo se da la ruptura revolucionaria. O peor aún, se desliza que ésta no es necesaria para la transición al socialismo.

II- La discusión planteada por el PO

A partir de que la LCR hizo pública la decisión de su XV Congreso de abandonar la dictadura del proletariado, el Partido Obrero argentino planteó un debate en las páginas de su periódico. En él aparecieron distintos textos.

El contenido general del debate es casi monocromo. Es más, en un sentido podríamos postular que casi no es un debate ya que una parte no despreciable de los textos parten del “carácter irrecuperable de las organizaciones del SU” u otras fórmulas parecidas (ver textos de M. Diamonte, P. Rieznik, Bachi, J. Mora). Esto le da al debate un carácter bastante restringido, por decir lo menos. Es un debate entre los que piensan que el SU es una porquería. La publicación del texto de Ollivier (que comentamos arriba) es reducido a una mera ilustración o una concesión de forma.

Por fuera de esto, que es secundario en relación con lo que queremos decir (aunque no insignificante), lo que se desprende de la mayoría del conjunto de textos publicados en Prensa Obrera es, desgraciadamente, el carácter osificado y conservador del marxismo del PO. Pareciera que, de hecho, todo lo significativo que se podía decir en el terreno de la teoría marxista ya fue dicho entre 1917 y 1938 (fecha de publicación del Programa de Transición). Después de eso, lo único que queda es aplicar fiel y prolijamente el cuerpo de doctrina leninista-trotskista. A partir de este limitado formato, el valor político de las posiciones de un grupo marxista va a ser juzgado por su grado de ortodoxia. Es decir, de cercanía a este corpus doctrinario, entendido así, en forma congelada (aunque esté mediado por la comprensión que tiene de éste la dirección del PO y, naturalmente, por los distintos vaivenes que su política cotidiana le lleva a desarrollar).

La consecuencia más general que esto tiene es que todo su punto de vista le provee de justificaciones para ignorar voluntariamente los problemas nuevos que el devenir histórico le presenta sobre la mesa a los socialistas revolucionarios. Es el caso contrario al de la LCR que, justamente, se caracteriza por tener sensibilidad ante los cambios, pero desarrollando tendencias a la adaptación.

Democracia y dictadura del proletariado

Uno de los problemas centrales que se le presentan al marxismo revolucionario de hoy, como es la democracia en el proceso revolucionario (que es un tema completamente ligado a una reflexión crítica sobre la dictadura del proletariado) es abiertamente ignorado por el PO. Un ejemplo de esto puede verse en el título del primer artículo de Pablo Rieznik “La dictadura del proletariado y la prehistoria bárbara de la humanidad”. Aquí, mediante el recurso a una filosofía de la historia que lo único que hace es remarcar “lo bárbaro” de las circunstancias que engendran una revolución, se dedica a machacar que “la dictadura del proletariado es la conclusión inevitable de las necesidades de la propia revolución, o sea del choque a muerte entre dos poderes erguidos el uno frente al otro”(Prensa Obrera 830). En todo el resto del artículo del compañero Rieznik se toma este aspecto de la dictadura del proletariado, la necesidad de vencer a la contrarrevolución, como si fuera el principal.

Muy distinta era la posición de Lenin. Aunque reconoce la importancia de derrotar a la contrarrevolución, lo cual supone “el empleo implacablemente severo, rápido y resuelto de la violencia”, Lenin destaca bastante enfáticamente que “la esencia de la dictadura del proletariado no consiste sólo en la violencia ni fundamentalmente en la violencia. Su rasgo principal es la organización y la disciplina del destacamento de avanzada de los trabajadores, de su vanguardia, de su único dirigente, el proletariado, cuyo objetivo es construir el socialismo, abolir la división de la sociedad en clases, transformar en trabajadores a todos los miembros de la sociedad y destruir la base de toda explotación…Este objetivo no puede lograrse de golpe. Requiere un período bastante largo de transición del capitalismo al socialismo, porque reorganizar la producción no es cosa fácil, porque los cambios radicales en todos los órdenes de la vida necesitan tiempo y porque la poderosa fuerza de la costumbre de manejar las cosas de un modo pequeño burgués y burgués sólo será vencida mediante una lucha larga y tenaz”.[8]

A pesar que no están explícitamente mencionados problemas como el de la democracia en la revolución, es evidente que, leído contemporáneamente, el punto de vista de Lenin alude claramente a ellos. La disciplina entre los trabajadores está íntimamente relacionada con la democracia, ya que sólo es posible actuar con convicción si se llega a un acuerdo mediante una discusión libre y democrática. En caso contrario, esa disciplina solo se puede conservar bajo coacción. Puede darse el caso que el elemento de coacción se vuelva dominante y que se mantenga el contenido obrero del régimen. Pero si esa situación se prolonga indefinidamente, lo que se pone en peligro es la misma dictadura del proletariado. Eso fue lo que pasó en la URSS, donde se confirmó por la negativa que la esencia de la dictadura del proletariado no es la violencia, y que si la clase obrera es expropiada del poder político pierde todas sus conquistas. También los elementos que en el planteo de Lenin hablan de una lucha larga y tenaz y de la necesidad de organizar la producción muestran a las claras que el complemento a esa disciplina, que forma parte del aspecto central de la dictadura del proletariado según Lenin, es la democracia obrera.

Creemos que, en estos tiempos, no hacerse cargo de problemas como éstos es dar la espalda a los problemas de vida o muerte para el marxismo hoy. Esto no deja de tener reflejos en la práctica política cotidiana. La experiencia que tuvo el PO con su intento de controlar “por arriba” la reapertura de la fábrica Sasetru debería hacerlo reflexionar en relación a la nula atención que este partido le da a la autoactividad de las masas.

Democracia, dominación y universalidad

No es solamente con la democracia obrera que el PO tiene problemas programáticos. Eso se extiende a los contenidos de la democracia en general. Si bien los marxistas revolucionarios no fetichizamos la democracia ni cedemos en cuanto a la apología de la democracia “en abstracto”, como la llama Hal Draper (esto es, sin tomar en cuenta sus determinaciones de clase ni las limitaciones que se derivan de su carácter burgués), el PO cae en un error inverso, que es la reducción de los contenidos democráticos a un contexto capitalista (que en última instancia la determina, pero que no la agota). Lo falso de esta postura puede verse,  históricamente, en el hecho que muchas de las libertades y derechos que tienen las masas fueron obtenidos por la lucha, no por la buena voluntad de la burguesía. Esto es así a pesar de que el sistema capitalista haya podido reabsorber esas conquistas, evitando que las masas trabajadoras las utilizaran en favor de sus intereses históricos. El caso más evidente es el sufragio universal, resistido por la mayoría de las burguesías de los países centrales durante todo el siglo XIX y gran parte del siglo XX. Que hoy sea una experiencia que, quizás, percibamos como algo alejada, no disculpa que un partido político no la tenga en cuenta. Más, tratándose de partidos revolucionarios, en los que adquiere un gran peso el conjunto de las ideas que éstos desarrollan.

Esto cobra gran importancia ante circunstancias muy destacadas de la vida política mundial. Varios compañeros de PO destacan el hecho de que el imperialismo levanta la bandera de la democracia para usarla como coartada en sus agresiones a los pueblos. Lo dice Pablo Rieznik (PO 830) al señalar que a partir de los planteos de democracia “el imperialismo y los explotadores no han dejado de acumular cadáveres en el devenir histórico”. Lo reafirma Mario Diamonte (PO 829) al plantear que “bajo las banderas de la «democracia», el imperialismo…viene desarrollando una brutal agresión contra la inmensa mayoría de los pueblos del mundo”. La pregunta central a la que habría que responder, y que a los compañeros del PO no se les pasa por la cabeza considerar, es por qué el imperialismo utiliza esas banderas y no otras para apoyar ideológicamente sus actos de pillaje contra los países pobres y dependientes. El imperialismo es el mayor poder que ha conocido la historia humana ¿por qué no poner sobre la mesa, simplemente, el hecho claro de su fuerza sin apelar a subterfugios?

La respuesta es relativamente simple para el que la quiera ver: el imperialismo apela a los valores democráticos porque en ellos puede inscribir sus propios intereses bajo la bandera de un interés humano universal. Esto lo hace manipulando y pervirtiendo el sentido de esos valores democráticos. Aún cuando ataque a los peores dictadores tercermundistas, el resultado global de la acción imperialista es la negación de la democracia, y los revolucionarios debemos combatirla sin concesiones.

Varios aspectos de este proceso histórico son agudamente descriptos de esta forma por Lenin: “El capitalismo, en general, y el imperialismo, en particular, transforman la democracia en una ilusión; pero al mismo tiempo, el capitalismo engendra las tendencias democráticas en las masas, crea las instituciones democráticas, exacerba el antagonismo entre el imperialismo, que niega la democracia, y las masas, que tienden a ella. No se puede derrocar el capitalismo y el imperialismo con ninguna transformación democrática, por más «ideal» que sea, sino solamente con una revolución económica; pero el proletariado, si no se educa en la lucha por la democracia, es incapaz de realizar una revolución económica”.[9] En este texto puede verse como Lenin muestra lo que decíamos en el párrafo anterior: la realidad brutal del dominio imperialista transforma a la democracia en su contrario, sea por la vía de su manipulación y vaciamiento o de mecanismos de desvío y concesión. Al mismo tiempo, el proceso histórico de formación del capitalismo mundial tiene una relación contradictoria pero profundamente ligada a la democracia; a fin de cuentas, la única nobleza que cuenta para el capital es la del dinero, y para que éste se multiplique solamente se necesita la compra y venta de la fuerza de trabajo, para la que no cuenta ninguna cuestión de sangre o linaje.

Más adelante, Lenin plantea que “…el socialismo no es realizable sino a través de la dictadura del proletariado, la cual une la violencia contra la burguesía, es decir, contra la minoría de la población, el desarrollo integral de la democracia, es decir, la participación realmente general y en igualdad de derechos, de toda la masa de la población en todos los asuntos estatales y en todos los complejos problemas que implica la liquidación del capitalismo”.[10] Difícilmente se pueda encontrar una definición más clara del íntimo vínculo que debe unir la democracia a la dictadura del proletariado (para que ésta sea realmente tal) y que levante de forma tan evidente el contenido universalista (en contra de los intereses absolutamente particularistas del dominio imperial y burgués) que debe plantearse en relación a los contenidos democráticos.

Por otra parte, todo grupo social que aspira al poder tiene que investir su causa con ropajes universales. Mucho más la clase trabajadora que, por su lugar en la producción de la vida social, podría aspirar, en la medida en que se haga socialista revolucionaria, a desatar el nudo gordiano de las dominaciones (y no a regentear otra nueva revolución particularista, como la burguesía, que únicamente se liberó a sí misma de toda atadura). Esa relación profunda del marxismo, en tanto que teoría que busca representar a una clase con cadenas radicales, con la universalidad de la democracia revolucionaria, es la que permite sostener que a pesar del fracaso histórico de la URSS y las sociedades del Este, el socialismo está lejos de haber dicho su última palabra en este momento histórico. Este contenido universalista de la emancipación es lo que convierte al socialismo en el verdadero enemigo del dominio imperial, y que enemigos materialmente más poderosos, como los jeques multimillonarios que financian al terrorismo fundamentalista islámico, sean una oposición realmente funcional al imperialismo (justamente a partir de que su particularismo brutal y sus métodos de extrema reacción los colocan como una alternativa que carece de toda progresividad).

Volviendo a los textos publicados en Prensa Obrera, en la nota firmada por Norberto Calducci, después de denunciar a la LCR como expresión de la pequeña burguesía que se postula a gestionar el capitalismo, aparece la siguiente frase: “El sufragio universal podía jugar y de hecho lo hizo, un papel revolucionario; pero eso fue en el pasado”.

Al leer semejante planteo, cualquiera de nosotros estaría tentado a pedirle que diera algún ejemplo histórico concreto del momento en que, para Calducci, el sufragio universal jugó un papel progresista. Podríamos apostar con bastante seguridad a que la primera parte de la frase tiene un seguro carácter formal y de saludo a la bandera. En cuanto al momento histórico preciso en que Calducci diagnostica que el sufragio universal dejó de jugar un “papel revolucionario” también estaríamos tentados de preguntar: ¿cuándo y a qué se debió el cambio? Después de todo, la extensión de esta práctica política es históricamente reciente (posterior, por ejemplo, a la configuración del sistema imperialista mundial).

Por último, el colocar al sufragio universal en el pasado de la humanidad ¿qué es lo que implica? ¿que en la dictadura del proletariado tal como la piensa PO deberemos despedirnos de la costumbre de elegir representantes, aunque esto se dé en un contexto en el que la burguesía ha sido expropiada? Este planteo sin matices de Calducci de convertir al sufragio universal en una práctica que de conjunto es reaccionaria es completamente distinto y opuesto a, en una eventual revolución, manejarse con prudencia en relación a la conveniencia de convocar a elecciones. Es una cuestión táctica a resolver en la arena de la lucha de clases. Pero en la cuestión programática general no nos parece que haya mucha discusión: aunque sea en forma subordinada a las formas directas de democracia, los socialistas revolucionarios podemos incluirla como una práctica a utilizar en el  proceso de la apropiación del conjunto de la vida política y social por parte de las masas.

¿Debate o amalgama?

Otro aspecto francamente molesto de los textos de Prensa Obrera son las constantes amalgamas en que cae al describir la posición de la LCR. Pablo Rieznik afirma que los planteos de Ollivier sobre la democracia política implican que es partidario de “las garantías políticas y sociales para la burguesía”. También Luis Oviedo (PO 826) recurre a una amalgama de tipo objetivista al afirmar que: “al renunciar a la dictadura del proletariado, la LCR se declara partidaria de la dictadura de la burguesía”. Lo mismo Luis Antón (PO 828): “El SU, dicho por Ollivier, no plantea la dictadura del proletariado, pero sostiene la dictadura de la burguesía”. Es decir, tomando un elemento cierto, deducen una afirmación completamente desmedida. No vamos a abundar en por qué creemos que el abandono de la dictadura del proletariado no implica ser partidario de la dictadura de la burguesía, porque ya hemos dado nuestra posición al comenzar este artículo. El significado que tiene este tipo de afirmaciones es el de una retorcida negativa a discutir una posición política. Es completamente legítimo pensar lo que plantean los compañeros del PO. El problema es que no se molestan en argumentarlo, y reducen todo a una mera repetición de gestos y proclamas. Ya se ha visto que no nos convence la posición de la LCR (por lo menos a través de lo que han hecho público de sus documentos), pero el problema requiere una discusión real, no una colección de textos en los que una organización se dedica a hacer su autoelogio implícito con el pretexto de comentar o combatir las posiciones de otra.

Las amalgamas llegan a su cenit, o ya ni se sabe si en verdad se trata de la mínima capacidad de leer lo que dice el ocasional oponente, cuando se refieren al análisis histórico de la revolución rusa que aparece en el texto de Ollivier. Cuando éste dice: “El balance que nosotros sacamos hoy, de la contrarrevolución estalinista pero también de los errores de los bolcheviques…” o “…importa distinguir la revolución rusa (y los errores cometidos por los bolcheviques en el curso del proceso revolucionario) de la contrarrevolución eestalinista…”, cualquier persona normal entiende que Ollivier plantea una distinción objetiva y subjetiva entre bolchevismo y stalinismo.

Los compañeros de PO sacan una conclusión completamente opuesta y, muy poco razonable, por decir lo menos. Por ejemplo, Norberto Calducci (PO 828) afirma: “La dictadura totalitaria de la burocracia estaliniana es, para la Liga, un pretexto para atacar la revolución bolchevique”, Pablo Rieznik (PO 830) escribe: “El análisis de Ollivier retoma toda la tradición liberal-anarquista que trazó un hilo de continuidad entre los revolucionarios rusos y el régimen de Stalin” o Claudio Vallori (PO 831) dice que la LCR “no hace diferencia entre la política de los bolcheviques y la del stalinismo”.

Es un tema que todavía genera debate en el marxismo revolucionario la apreciación política referida a cuál fue el impacto que ciertos errores cometidos por los bolcheviques en la revolución pudieron contribuir en la emergencia histórica del estalinismo. Evidentemente, para PO la revolución rusa fue un dechado de virtudes a la que sólo los centristas y/o revisionistas podrían objetarle algo. Otros sectores, entre ellos nuestro partido, tenemos una valoración más crítica del período heroico de la revolución, sin que eso signifique que creamos que el estalinismo es la continuidad auténtica del bolchevismo. O algo deformada, como pensaba Isaac Deutscher. Creemos que los fines estratégicos y tácticos de los bolcheviques son tan distintos a los del estalinismo que, como se sabe, opinamos que la consolidación del segundo determinó el fin del estado obrero deformado burocráticamente en la URSS. PO, como también es público, sostiene que este subsistió, con variantes, de Lenin a Yeltsin (aunque este sayo no sea suyo en exclusividad y también le incumba al PTS y demás “trotskistas ortodoxos’’). Y sin embargo, ni se sonroja al decirle a la LCR, contra todas las evidencias semánticas del texto de Ollivier, que no distinguen entre bolchevismo y stalinismo.

En resumen, podemos decir que la posición del PO deja a las claras el carácter conservador de su marxismo.

III- Una modesta proposición: por una reapropiación crítica del concepto de dictadura del proletariado

Dictadura del proletariado es un concepto francamente raro. Se compone de dos palabras extraídas de distintos lenguajes. Dictadura es una palabra sacada del lenguaje de la política (en tanto que institución romana o a través de la llamada “dictadura de la convención” en la revolución francesa). Y proletariado era una expresión propia del movimiento socialista. Marx las hizo coexistir violentamente y, al mismo tiempo, se sirvió de su sentido para indicar un significado nuevo: una clase dominante tiene un poder social que va más allá de cualquier ley escrita. Indica claramente que una sociedad determinada configura sus relaciones de fuerza a partir de una estructuración fundamental que nunca puede ser puesta en entredicho.

El par conceptual que hace juego con la dictadura del proletariado es la dictadura de la burguesía. Esta indica que, más allá de las distintas formas de gobierno, el poder real se estructura a partir de la no-propiedad de los productores y de la compra-venta de la fuerza de trabajo. Esta, en la sociedad burguesa, no implica el libre juego de las fuerzas del mercado sino la compulsión a vender su fuerza de trabajo para la mayoría los hombres. Pese a las apariencias, esta relación se basa en un alto grado de violencia, abierta o latente, y no en un “contrato” entre “iguales”. Marx siempre criticó a fondo esta aparente igualdad jurídica del capitalismo, mostrando que tenía como base de sustentación una desigualdad en el punto de partida.

Entonces, como ya dijimos, el concepto de dictadura del proletariado se entiende en relación al de dictadura de la burguesía. Pero esta simetría es más que relativa. La dictadura del proletariado está pensada en función de acabar con la dictadura de la burguesía. Y, por lo tanto, al ser pensada para otro tipo de sujeto social, va a tener una base estructural por completo distinta.

Una consideración contemporánea del concepto de dictadura del proletariado no puede pasar por alto que éste se compone de problemáticas articuladas, que no pueden ser captadas aisladamente.

En lo que sigue, propondremos brevemente los ejes temáticos que consideramos fundamentales para una reflexión actual sobre este concepto.

  1. Es evidente que, aun partiendo de esa dinámica contradictoria que describe Lenin entre elcapitalismo-imperialismo y la democracia, el concepto de dictadura del proletariado nos sirve para advertir que la relación de fuerzas básica entre las clases no puede ser modificada en favor de las clases populares sin desbordar el aparato de estado que se encarga de custodiarlas. Aun tratándose de la forma más benigna de dominación política burguesa, la democracia, esta tarea presenta límites imposibles de sobrepasar. Cualquier forma de “democracia participativa” de las que ahora se hallan en boga es desmentida por estas realidades.
  2. De aquí se deduce la necesidad de destruir la maquinaria burocrática del aparato de estado burgués. Tarea que, al decir de Marx, enfrenta toda revolución verdaderamente popular. Respecto a ciertas áreas, es fácilmente representable la manera de hacer esto. Por ejemplo, es claro que la dictadura del proletariado va a proceder al desarme del aparato represivo del enemigo. En otros terrenos es más difícil de ver. Las desventuras de los bolcheviques con el aparato de estado heredado del zarismo son bastante convincentes acerca de lo complicado que puede llegar a ser esto. En un sentido general, podemos decir que enfrentar esta problemática supone subvertir aspectos de base del funcionamiento del aparato de estado inmediatamente posterior a la revolución (denominado por Lenin como “estado burgués sin burguesía”) y que se deberán dirigir hacia su modo de organización y división del trabajo.
  3. El concepto de dictadura del proletariado tiene otro de sus fundamentos en la necesidad de conducción de una determinada clase social en el proceso de transición al socialismo. Si bien la clase trabajadora no es la única clase oprimida en la sociedad capitalista, su lugar en la producción y su carencia de propiedad de fuerzas de producción la convierten en la clase que, de darse un proceso revolucionario de signo socialista, puede convertirse en la conducción social de la lucha de clases (más allá de que tenga su vanguardia política). La dictadura del proletariado en tanto que concepto parte de la constatación de la existencia de clases y fracciones de clases que difícilmente acompañen el impulso inicial de una revolución socialista. En general porque a causa de sus lazos con la vieja sociedad no sienten que podrían ganar algo con una revolución. El concepto de dictadura del proletariado es necesario aquí para pensar la forma concreta en que estos sectores vayan a ser neutralizados o, posteriormente ganados (como Lenin ganó al campesinado a partir de imponer el programa agrario de losnarodniki) a partir de la obtención de beneficios concretos. La mención que hacemos de Lenin está basada en que creemos que sus análisis concretos sobre las alianzas de clases o los diferentes tipos de relaciones sociales existentes en la Rusia posrevolucionaria nos resultan, en lo metodológico, un modelo a tener bien presente al plantear estas cuestiones.
  4. Sin dejar de considerar lo anterior, un aspecto importante de la conceptualización de la dictadura del proletariado ha cambiado desde la época de Lenin, Trotsky o Rosa Luxemburgo. El descenso de la composición del proletariado industrial en el total de la clase obrera, combinada con la asalarización masiva de sectores medios, ha extendido a la clase trabajadora al mismo tiempo que la ha vuelto más heterogénea (a pesar de que cada vez grupos capitalistas concentrados centralicen a más trabajadores). Aunque la pequeña burguesía y otros sectores medios estén lejos de desaparecer, quizás hoy la cuestión de la dictadura del proletariado pase menos por la relación de éste con su afuera que, por el contrario, con sus actuales y difusos límites. Es decir que repensar hoy el concepto de dictadura del proletariado tiene como una de sus tareas el articular social y políticamente las distintas figuras de la clase obrera.
  5. El rasgo que vuelve incomparables la dictadura del proletariado y la dictadura de la burguesía es que la primera de estas clases, aun dominando la vida social, sigue siendo una clase no-propietaria. De ahí que para afirmar su dominación y evitar volver a ser explotada (es decir, trabajar para otro) necesite como el oxígeno de la libertad de organización política y social propia. Incluso en contra de su propio estado que, como ya dijimos, es un “estado burgués sin burguesía”. Si falta esa condición, la clase obrera pierde, tarde o temprano, las bases materiales con las que ejercer su predominio como clase. Esta cuestión, que hace a las relaciones de producción vigentes en la sociedad de transición, ha sido soslayada por el “trotskismo ortodoxo’’ (del estalinismo ni hablemos) que siempre se ha detenido, al considerar a la URSS y los países similares, en las condiciones políticas o en el modo de distribución, sin dignarse a entrar en lo determinante: las condiciones de producción y las formas de apropiación del sobreproducto social. Todo esto redunda en que la sociedad de transición, a pesar de haber sufrido una gran transformación, contiene elementos importantes de las relaciones de producción capitalistas que no constituyen un residuo del pasado sino una forma intrínseca de su presente: la desigualdad entre los hombres se sigue dando a partir de a) la posesión (no jurídica sino de control) de los medios de producción y b) la continuidad de la venta de fuerza de trabajo como única posibilidad de supervivencia. De este hecho, que es una de las lecciones que se pueden sacar del balance del Este, se deriva que la dictadura del proletariado, para poder consolidarse en lo social, debe corresponderse con la democracia socialista en lo político.
  6. Los aspectos de organización obrera y popular a los que se refería Lenin en el texto que citamos encuentran su materialización en los problemas concretos de cómo volver a estructurar la producción. La dictadura del proletariado adquiere también aquí una significación precisa: es el pasaje del comando compulsivo y automático de la organización capitalista de la producción a un proceso en el cual los problemas del trabajo se vuelven un asunto político. Esto quiere decir que las decisiones sobre qué producir, para quién, con qué propósito, se vuelven un asunto en el que se involucra y resuelve el colectivo de trabajadores. Un aspecto seguramente menos agradable de esto, en tanto que relacionado con el concepto de dictadura del proletariado, es que en tanto esta dominación social se afirma y consolida, los trabajadores pesarán más como clase y menos en tanto que conjunto de individuos con necesidades diferenciadas. Aunque, a la vez que empiezan a pensarse colectiva y libremente las metas de producción, esto implica el comienzo de un proceso en que los individuos tratan de retomar el control sobre sus vidas.
  7. Otro aspecto a desarrollar remite a un problema político-cultural hoy existente. Es el argumentar de modo consistente las razones por las cuales los marxistas revolucionarios pensamos que la resolución positiva y progresiva de la llamada “cuestión social” en el capitalismo, o sea, la abolición de las diferencias de clase, se convierte en la llave con la cual superar otro tipo de opresiones (étnicas, sexuales, nacionales, etc.), y no como plantean los diversos pos-marxismos, que consideran a todos estos fenómenos con el mismo grado de importancia en cuanto a universalidad y carácter emancipatorio. Este problema es importante en los países centrales y en los periféricos. En los primeros ligado a problemas de corte democrático, y en los segundos en razón de su alto grado de heterogeneidad social.
  8. La dictadura del proletariado debe ser abordada en lo conceptual a partir de relacionarla con lo que en el marxismo clásico se ha llamado “extinción del estado”. Al ser el socialismo la lucha por devenir de trabajadores asalariados explotados en una asociación de productores libres, el correlato necesario de ello es la reabsorción de la autonomía de la esfera política en el autogobierno de la sociedad.

Notas:

[1].- Pasados los sucesos que llevaron a la instauración de la dictadura de Banzer (que incluyen el desarrollo de la Asamblea Popular, un organismo semi-soviético), la izquierda boliviana derrotada llegó a un efímero acuerdo político con dos figuras del nacionalismo militar: el general Torres, ex-presidente depuesto, y su lugarteniente el mayor Rubén Sánchez Valdivia. El acuerdo tuvo un nombre: Frente Revolucionario Antimperialista. Lo firmaron todos los partidos de izquierda de Bolivia, incluido el POR  de Lora. Éste insistió durante años en la naturaleza revolucionaria del programa del FRA, al que pomposamente caracterizó como continuidad de la Asamblea Popular, demostrando que no sabía diferenciar entre un organismo de frente único de masas y un acuerdo de tendencias en el exilio. Sin embargo, el mismo Lora se cuidó de dejar a la vista toda su política ya que, al publicar el acuerdo del FRA en su periódico Masas omitió la firma de Torres y Sánchez. El PC, por el contrario, exhibía orgulloso las firmas de los dos militares progresistas.

[2].- Ver Darioush Karim, La dictadura revolucionaria del proletariado.

[3].- Otras corrientes se desentendieron elegantemente del problema, al afirmar tal cual la letra de los textos clásicos del marxismo, limitándose a repetir que la dictadura del proletariado implica desde el comienzo la “extinción del estado”, cosa que nadie discutía (ver nota de Pablo Rieznik en Internacionalismo N°2). El problema era otro: ante la consolidación del obstáculo estalinista, un sector del trotskismo (Mandel) se volvió democratista y otro (Moreno y la FB) dio una respuesta unilateral que simplemente reducía el problema de la dictadura del proletariado a la represión de la contrarrevolución.

[4].- Ver Víctor Fay, “Del partido como instrumento de lucha por el poder al partido como prefiguración de una sociedad socialista”, en Teoría marxista del partido político / 3, Cuadernos de Pasado y Presente N° 38.

[5].- “El problema de si puede atribuirse al pensamiento humano una verdad objetiva no es un problema teórico, sino un problema práctico. Es en la práctica donde el hombre debe demostrar la verdad, es decir la realidad y el poder, la terrenalidad de su pensamiento”, Karl Marx, “Tesis sobre Feuerbach”, en La ideología alemana, Ediciones Pueblos Unidos, p. 666 (traducción de W. Roces).

[6].- Rosa Luxemburgo, Crítica de la revolución rusa, Buenos Aires, Ediciones La Rosa Blindada, 1969 , p. 117.

[7].- Trotsky, en general más adelante que sus herederos, llegaba a situar el problema en la esfera de la distribución (consultar La revolución traicionada), pero su posición última que adjudicaba carácter obrero per se a la propiedad estatal de los medios de producción impidió que hiciera una consideración desde las relaciones de producción imperantes en la URSS de Stalin.

[8].- Lenin, “Saludo a los obreros húngaros” en Obras escogidas, tomo 5, Ed. Cartago, p. 463.

[9].- Lenin, “Respuesta a P. Kievski” en Acerca de la naciente tendencia del “economismo imperialista”, Ed. Progreso, p. 15.

[10].- Idem.

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