En la segunda década del siglo XXI, el debate estratégico se pone nuevamente al orden del día. Si a comienzos del nuevo siglo este debate se centró en la experiencia de los zapatistas y en el interrogante hollowaiano acerca de “cómo cambiar el mundo sin tomar el poder”, un segundo momento estuvo caracterizado por el análisis de los procesos de rebelión latinoamericanos y qué posición adoptar respecto de los nuevos gobiernos del “socialismo del siglo XXI”. Podríamos decir que ahora estamos entrando en un tercer momento, que comienza a sustanciarse alrededor de la posibilidad que una formación reformista no tradicional como Syriza llegue al gobierno en Grecia. También debido a las nuevas responsabilidades parlamentarias que está logrando la izquierda revolucionaria en algunos países como la Argentina.

La experiencia parlamentaria de la llamada “izquierda radical” tiene más de una década en Europa a partir de los logros electorales de algunos de los “partidos amplios” impulsados, entre otras fuerzas, por algunas de las organizaciones del trotskismo europeo. Esto dio lugar a parlamentarios en Portugal, Italia, Inglaterra y Alemania, las más de las veces caracterizados por un abordaje oportunista. En el caso latinoamericano, el PSoL de Brasil también tiene parlamentarios hace varios años, con un curso del mismo tipo. Ahora el desafío le corresponde al FIT (PO y PTS) en la Argentina, un frente de organizaciones más a la izquierda que sus contrapartes europeas, pero de todos modos con rasgos “poroteros” y elementos de cretinismo parlamentarista.

Esto está planteando un nuevo conjunto de problemas sobre la mesa, entre ellas, la problemática del llamado “gobierno obrero”, al que nos dedicaremos más abajo. Son expresión de que, lentamente, se está viviendo un proceso de acumulación de experiencias de la clase obrera y de la izquierda a nivel internacional, proceso que comienza a plantear a las corrientes revolucionarias responsabilidades nuevas, como la construcción de nuestras organizaciones como partidos orgánicos de la amplia vanguardia e, inclusive, como partidos que en algunos casos tienen el desafío de lanzarse a influenciar más amplios sectores.

Desde ya que la profundización de esta experiencia en general, y el desarrollo de nuestros partidos en particular, va a depender de cuánto se radicalice el proceso de la lucha, sobre la base de la evolución general de la actual crisis económica mundial, y de los desarrollos geopolíticos y de la lucha de clases a los que dé lugar. Los casos en 2013 de Brasil, Turquía y otros países son una muestra de que el ciclo político internacional sigue siendo de rebeliones populares, independientemente de que la maduración de esas experiencias y un salto en su radicalización ulterior no sea nada sencillo.

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Estas mayores responsabilidades que le toca asumir a la izquierda revolucionaria crean la perentoria necesidad de recuperar el debate estratégico. Nuestro objetivo es proseguir aquí la elaboración que iniciamos en Ciencia y arte de la política revolucionaria. En ese texto intentamos trasmitir algunos rudimentos del quehacer político elemental para aportar a la formación de la nueva generación militante que emerge al calor de las luchas en el nuevo siglo. Los desafíos actuales de la izquierda revolucionaria nos plantean ahora dar un paso más: abordar y recrear algunos de los nudos centrales de la estrategia revolucionaria apoyándonos en las enseñanzas de Lenin, Trotsky y Rosa Luxemburgo, a partir de las experiencias en curso.

Lo que sigue será, entonces, una reflexión general respecto de los problemas de la estrategia revolucionaria que irá más allá de las necesidades del momento. No tiene otro interés que ayudar a abordarlas como corresponde: a la luz de la perspectiva estratégica del (re) lanzamiento de la revolución socialista en el siglo XXI. Más particularmente, de lo que es el alfa y omega de la estrategia: el problema del poder de la clase obrera.

La reflexión que pretendemos llevar adelante aquí de ninguna manera la entendemos como una suerte de recetario o decálogo válido para todo tiempo y lugar; el resumen de la experiencia pasada concentra principios y enseñanzas universales, pero en ningún caso exime del análisis concreto de cada situación concreta: “La verdad siempre es concreta”, señalaba Trotsky. Señalamos esto porque muchas veces las discusiones de estrategia pretenden hacer una suerte de codificación que enseñe por anticipado cómo pelear: qué se debe o no hacer en determinada situación. Una idea del tipo “el conocimiento de la experiencia anterior nos permitiría no tener que pensar de nuevo cada vez que nos enfrentamos a una determinada situación de la lucha de clases” sería un error completo. No se debe confundir el estudiar, incluso minuciosamente, las diversas circunstancias y la política que tuvieron los revolucionarios frente a cada giro de la situación con el hecho de que cada circunstancia debe ser abordada concretamente, aprendiendo a pensar por sí mismo, claro que valiéndose del conjunto de las enseñanzas legadas por la tradición del marxismo revolucionario. Tradición que, como decía Trotsky citando a Goethe, no puede ser asimilada mecánicamente por las nuevas generaciones, sino que debe ser reconquistada sobre la base de la propia experiencia.

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Las enseñanzas dejadas por los grandes revolucionarios, así como la crítica de los límites de clase de las experiencias de las revoluciones anticapitalistas de la segunda posguerra, son un insumo de primer orden en la formación de la nueva generación militante, y en la construcción de nuestros partidos como organizaciones de combate. Estas enseñanzas estratégicas parten del presupuesto metodológico de que la historia no se hace sola, de que el sistema no se va hundir por sí mismo por más crisis que esté condenado a padecer; tampoco se puede enfocar caprichosamente las tareas planteadas de una manera que no sea partiendo de la realidad y la determinaciones de los procesos tal como son. Porque, en definitiva, los problemas de estrategia revolucionaria remiten también a problemas de método en el terreno del marxismo.

Es significativo que las obras políticas de los grandes revolucionarios estén cruzadas por apuntes metodológicos. Ni el objetivismo fatalista ni el subjetivismo caprichoso son recomendables en materia estratégica; sólo un enfoque realmente activista, materialista dialéctico, puede servir para aportar a la transformación social. Un enfoque que parta de las condiciones objetivas tal como son y, al mismo tiempo, no se recueste en ninguna concepción fatalista que pretenda que la historia se va a realizar sola en virtud de algún tipo de automatismo. Sobre las condiciones creadas objetivamente, el pensamiento estratégico remite, precisamente, al conjunto de pasos llevados adelante por una “agencia subjetiva” (la clase obrera con el partido a la cabeza) que debe empujar las cosas en determinado sentido y no en otro.

Capítulo siguiente: El pensamiento estratégico en el marxismo revolucionario

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