Traducción de Revista Izquierdas (Chile), marzo de 2017

 

La academia nunca ha sido muy amable con León Trotsky. Como parte de su mandato para demonizar a la revolución rusa, la escuela totalitaria desde su inicio ha afirmado que Lenin y Trotsky no fueron mejores que Stalin. Lo que se vende actualmente como ‘scholarship ‘ (academia) sugiere que los estándares recientes todavía no son muy altos. Según Geoffrey Swain, Trotsky, quien fue sin duda la autoridad contemporánea más importante sobre el ascenso del fascismo, «no tenía absolutamente ninguna comprensión de la política europea».1 En el lanzamiento de su biografía de Trotsky en Londres, Robert Service declaró: «Hay vida en el viejo Trotsky todavía, pero si el picahielos no acabó de hacer su trabajo matándolo, espero haber conseguido hacerlo yo». De manera similar, en su biografía de Stalin, Stephen Kotkin se lamenta de que «el golpe de estado bolchevique podría haberse evitado mediante un par de balas» dirigidas a Lenin y Trotsky. Para reducir a Trotsky a su verdadero tamaño, Kotkin sostiene que Stalin no sólo fue más listo que Trotsky sino que, supuestamente, encontró su «vocación» como «persona popular» en el aparato del partido.2

Thomas Twiss va en contra de esta corriente anti-Trotsky en su estudio de Trotsky y el problema de la burocracia soviética. Este es un trabajo serio y meticuloso en muchos niveles. Twiss tiene como objetivo «explicar el desarrollo del pensamiento de Trotsky sobre el problema de la burocracia soviética.» Aunque se centra en tal burocracia, Twiss trata de no aislarla de la economía política estalinista. Esta es quizás la obra más sistemática sobre el dinámico y a menudo cambiante, análisis de Trotsky. Aunque claramente favorable a él, Twiss cuestiona frecuentemente sus posiciones y evita caer en la última moda de los estudios sobre Rusia.

Gran parte del análisis de Twiss se basa en una hábil integración de lo que ahora se conoce sobre los diversos aspectos del sistema estalinista. Repetidamente critica a Trotsky por aceptar la veracidad de la propaganda del régimen, en casos como los juicios espectáculos de los ingenieros de Shakhty en 1928, y de los mencheviques, en 1931. Aunque Trotsky proporcionó información correcta sobre los juicios de Moscú (1936), Twiss comenta que hay evidencia de que «los partidarios de la represión» vieron la perspectiva de la restauración capitalista más positivamente que «sus víctimas.» Twiss también rechaza como absurda la afirmación de Trotsky de que esos juicios fueron una respuesta de la burocracia ante el éxito de la Cuarta Internacional. De hecho, Twiss reprocha repetidamente a Trotsky sus afirmaciones exageradas sobre la fuerza de la oposición de izquierda que, supuestamente, presionó al régimen para que adoptara un curso de «izquierda» de la industrialización, afirmando tener miles de partidarios en fecha tan tardía como 1936.

Las críticas más importantes de Twiss al análisis de Trotsky se centran en la colectivización forzosa y en los kulaks (supuestamente campesinos ricos). Twiss afirma que Trotsky aceptó la propaganda estalinista sobre una «huelga de los kulaks» en 1928, además de que con frecuencia las autoridades «aplicaban la etiqueta de ‘kulaks’ o ‘ideología kulak’ al campesino medio o, incluso, a campesinos pobres que se resistían a la colectivización.» Twiss hace hincapié en lo que considera el error crucial que Trotsky cometió en su apoyo a la colectivización, afirmando que «aceptó la caracterización de la colectivización por parte de la dirección como un movimiento espontáneo del campesinado.» Sólo en 1935 Trotsky reconoció que los «mujiks asustados» fueron arrastrados a las granjas colectivas «por el látigo» y únicamente en 1939 -aunque esto no es mencionado por Twiss- Trotsky comenzó a dar cuenta de los resultados humanos catastróficos que tuvo la colectivización en Ucrania.

De hecho, todos los argumentos de Trotsky sobre la colectivización y los supuestos «kulaks», ahora han sido completamente refutados por las abrumadoras pruebas de archivos. Incluso antes de que ellos fueran abiertos, Moshe Lewin demostró que «kulak» fue una consigna en lugar de ser un término económico, y que fue frecuentemente aplicada a los campesinos medios e incluso pobres, por lo que la colectivización implicó represalias violentas «contra sectores enteros de la gran masa de los campesinos». Como el titular de la Federación Socialista Rusa sostuvo, «si no tenemos kulaks, tendremos que conseguir algunos por nominación.»3 Un estudio sistemático de los informes de la OGPU a Stalin muestra que, a principios de 1924, la policía secreta todavía mostraba comprensión por la difícil situación de los campesinos, pero los informes cada vez más hostiles, especialmente bajo Yagoda, muestran que la OGPU ya había perdido la fe en su propia propaganda, haciendo que el término «kulaks» se convirtiera en sinónimo de «campesinos».4 Las reuniones de aldea a menudo nombraban a viudas, ancianos o, incluso, realizaban sorteos, con el fin de cumplir con las absurdas cuotas de ‘deskulakización’ de la OGPU. La masiva resistencia a la colectivización, sobre todo por las mujeres, a menudo involucró a aldeas enteras. Incluso las estadísticas soviéticas (sesgadas) que intentaban convertir a los «kulaks» en chivos expiatorios, reconocieron que la mayoría de los 2,5 millones de campesinos que participaron en 13.754 rebeliones en 1930, sólo eran campesinos medios y pobres.5 Tan abrumadores son los datos que los libros de texto sobre la historia de la Unión Soviética ahora se refieren a la colectivización de Stalin como la «guerra contra los campesinos.» El número de muertos total de esta era, incluyendo la colectivización, la deskulakización, el hambre, y los campesinos que murieron en tránsito a, o en los gulags, es bastante más de seis millones, incluyendo la mitad de los 700.000 presos políticos ejecutados en 1937-8.6

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Aunque Twiss parece reconocer todo esto, no llega a la conclusión lógica. Esto no es un tema oscuro sobre un aspecto menor del estalinismo. A pesar de sus reservas y de las revisiones posteriores, la posición de Trotsky en el momento de la colectivización lo colocó en el lado equivocado de la rebelión campesina más violenta del siglo XX.

Las secciones más fascinantes y provocativas de este estudio son aquellas que detallan el cambio de definición de la burocracia soviética que realiza Trotsky como un régimen bonapartista. En El estado y la revolución, Lenin resumió el papel del Estado como instrumento para la explotación de la clase oprimida, pero también citó a Engels respecto de la «excepción», cuando «excepcionalmente hay períodos en que las clases en pugna se equilibran hasta tal punto, que el poder del Estado adquiere momentáneamente, como aparente mediador, una cierta independencia respecto a ambas.» Tal fue el caso del bonapartismo del Primer y del Segundo Imperio francés, de Bismarck en Alemania y, añade Lenin, también de Kerenski, en 1917. Ya en 1928 Trotsky comenzó a describir al régimen dentro de este marco teórico, como «kerenskismo a la inversa.» Este modelo enmarcó claramente mucho de su pensamiento sobre el estalinismo: Trotsky haría referencia al bonapartismo soviético en más de un centenar de artículos y entrevistas a lo largo de los próximos doce años.

A lo largo de la década de 1930 Trotsky utilizó repetidamente el paradigma del Estado bonapartista en términos generales, aunque, en opinión de Twiss, a veces de manera inconsistente, prefiriendo el término «centrismo burocrático» o refiriéndose al bonapartismo como una fuerza potencial para la restauración del capitalismo. A principios de 1935 comenzó a utilizar una definición más precisa, comparando específicamente al régimen estalinista con el Primer Imperio francés, argumentando que Termidor había ocurrido una década antes, con la derrota de la Oposición en 1924. Sin embargo, al igual que Napoleón – argumentó Trotsky- no restauró «las viejas formas de propiedad o el poder de los antiguos sectores dominantes (…) el contenido social de la dictadura de la burocracia está determinado por las relaciones productivas creadas por la revolución proletaria.»

A pesar de que hace referencia a la magistral discusión de Hal Draper en torno de los escritos de Marx y Engels sobre el bonapartismo, Twiss no proporciona una definición precisa para evaluar el análisis de Trotsky. Citando profusamente a Marx y Engels, Draper afirma que el Estado muestra una tendencia a la autonomización temporal durante períodos de crisis, cuando la lucha de clases llega a un «punto muerto», es decir, cuando la «lucha de clases, sin resolverse, equilibra el poder de las clases en lucha.» Draper compara el bonapartismo a un molde de yeso que surge debido a que «no hay otra alternativa para evitar que la sociedad se consuma en un conflicto interno sin salida posible.» El bonapartismo proporciona las condiciones para la «modernización de la sociedad», asunto necesario cuando no existen clases «capaces de llevar a cabo este imperativo bajo su propio poder político.» Sin embargo, esta disposición transitoria llevaba las «semillas de su propia disolución», porque la modernización hace que la burguesía en maduración comience a reconocer su propio poder, disponiéndose a deshacer del Estado bonapartista.7

El intento de aplicar el análisis de Trotsky a este modelo plantea muchos problemas. Si bien Twiss reconoce la aceptación acrítica por parte de Trotsky de gran parte de la propaganda del régimen estalinista acerca de los «kulaks», Twiss subestima el papel crucial que esta clase contrarrevolucionaria fantasma jugó en su análisis del bonapartismo soviético. La fijación de Trotsky con los «kulaks» es inexplicable fuera del contexto del paradigma bonapartista. Como escribió en abril de 1929:

«El problema del termidor y el bonapartismo es, en el fondo, el problema del kulak. Quienes evitan enfrentar este problema, minimizan su importancia y desvían la atención hacía las cuestiones del régimen partidario -el burocratismo, los métodos polémicos injustos y otras manifestaciones y expresiones superficiales de la presión de los elementos kulakis sobre la dictadura del proletariado. Se asemejan al médico que trata los síntomas, pero ignora las perturbaciones funcionales y orgánicas.» (Seis años de los Brandleristas, 25 de abril de 1929).

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Además, Twiss cita el estudio económico de Alec Nove sobre la Unión Soviética en el que muestra que el Primer plan quinquenal dio lugar, en 1933, a la «miseria de las masas y al hambre», en lo que fue la «culminación de la disminución más abrupta del nivel de vida en tiempos de paz conocida en la historia registrada.» Sin embargo, Twiss persiste en la descripción de esta ofensiva del Estado como un giro a la «izquierda,» a pesar de que nunca explica por qué. Para Trotsky, la suposición era que la clase obrera se beneficiaba de la industrialización y que el estalinismo oscilaba entre la clase obrera y los kulaks.

Sin embargo, en las fábricas, el estalinismo había convertido a los sindicatos en órganos de la productividad, las disidencias habían sido en gran parte silenciadas, las raciones de comida eran utilizadas como un medio para disciplinar a los trabajadores y habían sido detenidos miles de miembros de la oposición. En lugar de proporcionar la estabilidad temporal para impedir que las clases en pugna desgarraran a la sociedad soviética, el estalinismo fue una fuerza brutal y caótica que golpeó a campesinos y obreros en un intento de forzar a ambos a pagar por la rápida industrialización.

La búsqueda de las clases en pugna por parte de Trotsky, para justificar su modelo bonapartista, demostraría ser difícil. En octubre de 1932, casi tres años después de que Stalin inició la «deskulakización» y un mes después de que el primer informe sobre la hambruna en Ucrania apareciera en su Biulleten Oppozitsii, Trotsky seguía advirtiendo al régimen sobre el «peligro kulak.» En 1935, en parte, una nueva definición de bonapartismo fue adoptada, como muestra Twiss, debido a las concesiones del régimen a los campesinos empobrecidos en las granjas colectivas. Aquí, la clase antagonista a la clase obrera, por propia admisión de Trotsky ni siquiera existía, sin embargo, la naturaleza misma de la producción agrícola inevitablemente haría surgir esta fuerza reaccionaria en algún momento en el futuro. A finales de la década de 1930 Trotsky abandonó en gran parte la retórica sobre el kulak y vio al imperialismo -y a una sección de la burocracia- como las fuerzas restauracionistas y de la contrarrevolución.

Twiss sostiene que para 1936, Trotsky creyó que la burocracia había pasado de una «autonomía relativa» a una «autonomía extrema», lo cual sugería, según afirma Twiss, «un cierto grado de autonomía similar al de las clases.» Sin embargo, dicha transformación, para completar la autonomía, habría negado al bonapartismo, representando una formación de clase, no «similar a la de las clases». Además, durante toda la década del 1930 Trotsky afirmó docenas de veces que el colapso del sistema estalinista era inminente, un pronóstico inextricablemente ligado a su modelo bonapartista, incluso si sus epígonos más tarde lo ignoraron. Pero Trotsky nunca afirmó haber redefinido la teoría marxista del Estado, como deduce Twiss. O bien la burocracia era un fenómeno temporal oscilando entre clases contendientes, o representaba los intereses de una clase especial, incluso si dicha clase era la burocracia misma. Esta fue la posición hacia la que Trotsky tendía a desplazarse pese a la afirmación de Twiss de que su análisis de 1936, fue el veredicto final de Trotsky. Twiss no responde a la pregunta obvia. Una vez que las clases en pugna y la naturaleza temporal del bonapartismo stalinista desaparecieron en favor de la «autonomía extrema» de la burocracia, ¿qué queda exactamente del modelo bonapartista de Trotsky?.

Las pruebas de archivo ahora han demolido los mitos estalinistas que justificaron la guerra brutal del régimen contra el campesinado soviético. Los marxistas que ya habían intentado aferrarse a los restos del análisis de Trotsky, se enfrentan ahora al dilema de repetir lo que ahora sabemos – que era propaganda estalinista- o, alternativamente, reconocer que había defectos graves en el análisis de Trotsky sobre el bonapartismo. Sean cuales sean las deficiencias en este estudio, Tom Twiss merece el crédito por iniciar una discusión históricamente más exacta y no sectaria de la naturaleza del sistema estalinista.

1Geoffrey Swain, Trotsky, 195.

2Stephen Kotkin, Stalin: Paradoxes of Power, 223, 425.

3Moshe Lewin, Russian Peasants and Soviet Power: A Study of Collectivization, 77,491.

4Hugh Hudson, The Kulakization of the Peasantry: The OGPU and the End of Faith in Peasant Reconciliation, 1924-27. Jahrbücher für Geschichte Osteuropas, vol 1, 2012.

5Lynne Viola, Peasant Rebels Under Stalin, 100-131.

6Ronald Suny, The Soviet Experiment, 235-250.

7Hal Draper, Karl Marx’s Theory of Revolution, vol. 1: State and Bureaucracy, 439-463.

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