Marcelo Yunes
Intelectual marxista del Nuevo MAS

Volvió la Argentina de la montaña rusa política y económica, donde las horas cuentan como semanas, los días como meses y los dos meses que faltan para octubre equivalen a décadas. La categórica derrota sufrida por Macri en las elecciones, con márgenes concluyentes a favor de Alberto Fernández, ha dejado al gobierno en estado de crisis catatónica, empezando por el propio presidente.

En lo económico, por razones que enseguida veremos, se desató una corrida contra el peso que terminó en cuestión de horas en una devaluación superior al 30%, con un derrumbe de la cotización en Nueva York de las mayores empresas argentinas de hasta un 58% en dólares que batió todos los récords y una suba del riesgo país rozando los 2.000 puntos, a niveles directamente de default.

En lo político, un gobierno en crisis total, sin rumbo, con un presidente a los bandazos en las medidas y con signos de desequilibrio, que abre un inmenso signo de interrogación sobre la transición a la elección de octubre y la entrega del mando en diciembre. De hecho, la marcha de la crisis ya está poniendo seriamente en duda el cumplimiento del cronograma electoral.

Y en el medio están millones de trabajadores, que asisten atónitos a la evaporación del poder de compra del salario, con cadenas de suministro interrumpidas por falta de precios, mientras sobrevuelan los fantasmas del desabastecimiento y hasta de la hiperinflación. En ese marco, las medidas anunciadas por Macri –en un tono tan artificialmente calmo que sólo faltaba que le hicieran doblaje– tendrán la misma efectividad que intentar apagar un incendio forestal con vasos de agua. O de nafta.

 

La devaluación, las responsabilidades y las conveniencias

 

El primer capítulo de la devaluación y la crisis de los “mercados” fue, irónicamente, de euforia. Fue el viernes 9, con el operativo festejo organizado desde el gobierno, con la complicidad de bancos amigos, a partir de una filtración deliberada que hizo el macrismo de encuestas que lo daban en paridad o incluso en ventaja frente a Alberto Fernández. Ese día, a partir de esos datos fantasiosos (por supuesto, violando republicanamente la veda electoral), hubo una estampida de precios de las acciones de empresas argentinas tanto en Buenos Aires como en Nueva York. Es difícil saber si todos los empresarios involucrados tienen realmente ese grado de imbecilidad o si hubo algunos muy vivos que, contando con información más real, aprovecharon la ocasión.(1) Lo seguro es que el domingo a la noche, cuando la derrota aplastante de Macri era un hecho, esos mismos actores tenían perfectamente claro que habían perdido centenares de millones de dólares, y fueron a buscar la revancha el lunes.

A todo esto, lo abultado del resultado electoral dejaba al gobierno en estado de desesperación, frente a lo cual la primera reacción fue, a todas luces, apelar a la carta del terrorismo económico. No se puede demostrar que fue una acción deliberada del gobierno (ni tampoco demostrar lo contrario), pero es muy significativo que cuando el lunes el dólar empezó a dispararse, pero con volúmenes negociados relativamente bajos –es decir, no era una avalancha imparable–, el Banco Central no hizo nada para frenar el alza de la divisa. De hecho, el propio Banco Nación abrió la rueda con el dólar a 51 pesos, esto es, con un alzade más de un 10% sobre el cierre del viernes. Cuando el BCRA intervino, fue tan tarde y de manera tan débil y poco convincente que pareció una mera coartada para decir que hizo algo.

La impresión se refuerza con la famosa conferencia de prensa de Macri después del cierre de las operaciones cambiarias. Toda la línea fue atribuir la crisis al kirchnerismo y a los propios votantes, en una muestra cabal de un Macri descontrolado, auténtico y sin filtro.(2)

Por supuesto, intentar explicar el derrumbe del peso por la victoria de la oposición es una chantada del gobierno. Todos sabían que la cotización del dólar venía “pisada” artificialmente, incluso por debajo de la inflación, con los dólares del FMI, que dio su aprobación a esa maniobra expresamente prohibida en los manuales del Fondo con tal de mejorar las chances electorales de Macri. Y la situación más estructural del mercado cambiario y en general de la macroeconomía son abrumadoramente responsabilidad de Macri.

Al mismo tiempo,no hay que ser ingenuo. Por un lado, sin duda hay algo de temor de los inversores respecto del “peligro populista”, aunque ahora la confianza en Macri no debe estar mucho más alta que digamos. Pero hay que recordar que Alberto Fernández casi no dio definiciones sobre cuál sería su eventual programa económico, salvo tres, que citaremos por orden de aparición. Primera, los compromisos de la deuda externa serán respetados, aunque se buscará renegociar plazos con el FMI.(3) Segunda, la deuda interna en pesos que representan las Leliq será renegociada de hecho vía una baja forzosa de la tasa de interés de esos títulos del BCRA, que no son otra cosa que emisión monetaria diferida. Tercera definición: “El dólar está retrasado”. Más claro, échele agua: para Alberto Fernández había que devaluar. Y aunque la decisión (y la responsabilidad) de la devaluación es del gobierno, desde ya que el candidato ganador no piensa mover un dedo para protestar contra o frenar esa decisión, porque sencillamente de esa manera Macri le ahorra al nuevo gobiernouna parte del trabajo sucio.

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Que se ofendan cuanto quieran los kirchneristas, pero la lógica económica de las cosas es implacable. Fernández sabe perfectamente que sin dólares genuinos lo espera el abismo. No hay más margen para pagar la deuda, mucho menos para seguir endeudándose, y dólares de inversiones externas directas no van a venir, al menos en cantidad suficiente. ¡Si no vinieron con Macri, que les daba todas las facilidades, mucho menos lo harán ahora, con el enrarecido clima económico mundial de guerra comercial y brotes proteccionistas! Y, para colmo, con algunas restricciones al movimiento de capitales que inevitablemente el nuevo gobierno deberá implementar.

De modo que la única forma capitalista más o menos seria de empezar a revertir el déficit de cuenta corriente (es decir, el saldo de dólares que entran y salen por todos los conceptos) pero a la vez respetar el esquema de pagos de la deuda es con un significativo incremento de las exportacionesy del saldo comercial. Y para lograr eso rápido, nada mejor que una fuerte devaluación, que hace (artificialmente) más competitivos los productos argentinos y a la vez le pone un techo a la salida de divisas por importaciones y turismo. Si no la hacía Macri, la iba a hacer Alberto. Y si el costo lo paga Macri ahora… bueno, mejor para Alberto. Pueden llamarlo cinismo, pragmatismo o realismo; lo que no se puede llamarlo es calumnia del trotskismo.

Se da la paradoja de que Macri devalúa para intentar recuperar votos con el miedo al caos que genere Alberto, y Alberto lo deja hacer para ahorrarse costos políticos con el caos que genera Macri. Desde ya, ese asunto debe encontrar rápidamente sus límites, porque sería ya no jugar con fuego sino hacer malabares con bombas atómicas, dado el contexto de crisis social. No en vano empezaron a aparecer las comparaciones no sólo con 2001 sino con la hiperinflación de 1989, que se dio también en el marco de un recambio de gobierno.

Eso es lo que explica que, luego de algunos escarceos para darle a entender a Macri que no iba a aceptar pagar cuentas ajenas, rápidamente el discurso de Alberto Fernández viró para donde el conjunto de la clase capitalista y el establishment le reclamaban: la gobernabilidad, la estabilidad, la prudencia, la transición ordenada. La salud del régimen burgués es la suprema ley a la cual todos rinden pleitesía.(4)

 

El barco se hunde y Macri trajo un baldecito

La crisis política y económica es tal que ni siquiera están estabilizados los roles y las políticas. Macri pasa de un día para el otro de fogonear el incendio (pulularon los memes que lo comparaban con Nerón) a anunciar medidas de alivio; de ladrarle al kirchnerismo a llamar al diálogo a Alberto Fernández; de discutir en su círculo íntimo “vamos a la guerra total para ganar en octubre” a decidir abandonar sus chances en nombre de la estabilidad; de anunciar el congelamiento de las naftas por 90 días a aclarar que en realidad eso va a ser “consensuado” con las petroleras (¡pfff!), y así todo.(5)

Hoy, la urgencia es la corrida cambiaria contra el peso y sus inevitables consecuencias en el salario, en los precios –el piso de inflación para este año ya subió al 50%, y es sólo el piso– e incluso, como señalamos, el peligro de desabastecimiento por falta de precios, que es la antesala de la hiperinflación si se ve acompañada de una devaluación continua. La marcha atrás en el congelamiento de las naftas es una muestra del nivel de improvisación de todo el paquete. En cuanto al resto de las medidas, la reacción de la mayoría oscila entre la risa amarga por lo miserable de la dádiva y la indignación por eso mismo y por el cinismo que demuestra un Macri que anuncia con toda seriedad lo mismo que hace una semana denunciaba como el colmo de la demagogia populista y la suma de todos los males.

Por un lado, varias de las medidas son transitorias por apenas dos meses, con lo que el tono electoralista, casi clientelar, de la cosa se vuelve, más que indisimulable, obsceno. Es el caso de los míseros 2.000 pesos por devolución de aportes patronales (¡y hay que ver si los patrones lo cumplen!), la devolución de 2.000 pesos de Impuesto a las Ganancias hasta fin de año (con suba del mínimo no imponible a 55.000-70.000 pesos) y la exención de impuestos ¡por un mes! a los monotributistas. A eso se agregarán 2.000 pesos de AUH para trabajadores informales y desocupados y un bono de 5.000 para estatales y las fuerzas armadas.

Además, se prometió un aumento del salario mínimo (sin monto) y facilidades de pago deudas con la AFIP a las pymes. El congelamiento de los precios de los combustibles duró exactamente 11 horas, y ahora está librado a la buena voluntad de las petroleras (que será similar, suponemos, a la que mostraron en ocasión de la suspensión de despidos).

Si esto es todo lo que hay, no es nada, aunque sí acaso sea suficiente para descarrilar definitivamente el programa de metas económicas comprometidas con el FMI. Porque si el plan de redistribución de remedios gratuitos a los jubilados que propuso Alberto Fernández fue denunciado por Macri como un inaceptable despilfarro populista, el costo anual de ese programa es la mitad que el de este “populismo” en dosis homeopáticas al que se ha convertido –sin la menor convicción, claro está– el gobierno de Macri.

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El verdadero peligro para el gobierno, para Alberto Fernández y para el conjunto del orden político actual está en la eventual continuidad de la crisis, porque una vez que el genio salió de la botella es muy difícil volver a hacerlo entrar. Una espiralización de la devaluación, de la inflación, del desabastecimiento, puede terminar en el escenario más temido por todos los candidatos capitalistas: el estallido social fuera de control. El debilitamiento del gobierno y el vertiginoso descenso de su credibilidad –que puede terminar siendo, irónicamente, mucho menor que la del propio Fernández– puede llevar a que “los mercados” lo abandonen antes de lo esperado, generando una estampida que sería letal para el esquema de pagos de deuda.(6)

Ese fantasma es el que conjuraron los sectores y personajes más lúcidos del establishment capitalista para llamar al orden a sus representantes políticos (en primer lugar, por supuesto, pero también Fernández) y recordarles cuáles son sus responsabilidades sistémicas, más allá de sus respectivas carreras políticas. Porque no es menos que eso lo que está en juego.

En este convulsionado marco, y más allá de sus resultados electorales (7), la izquierda también tiene su responsabilidad. Que, en este momento, es ser la abanderada de la defensa de los intereses de los trabajadores y los sectores populares, los más perjudicados, contra todas las variantes capitalistas que, de una manera u otra, apuntan a que el desenlace de esta crisis termine cayendo una vez más sobre las mismas espaldas de siempre.

 

Notas

  1. Digamos de paso que eso demuestra que en la Argentina los “mercados”, y ni hablar los financieros, no son “todos nosotros cuando vamos a comprar el pan” –tontería que debemos escuchar en los medios de boca de los liberalotes– sino que son 30 bancos y fondos de inversión, y la cifra acaso sea excesiva.
  2. El mensaje grabado del miércoles fue una prueba adicional de la incapacidad política e intelectual de un presidente al que, a menos que se lo haya preparado con asesores, literalmente no se lo puede dejar cinco minutos solo frente a la prensa. El nivel de resentimiento y psicopatía que reveló el lunes dejó aterrados a los propios y furiosos a los extraños. No es de extrañar que haya habido reuniones febriles del equipo de gobierno y llamados del establishment para llamar al orden a ese caprichoso irresponsable y volverlo a la realidad. En eso hubo unanimidad: desde los voceros empresariales hasta los ex periodistas-militantes macristas vomitaron fuego contra Macri por no “asumir su rol institucional” y por “poner al candidato por encima del presidente”. De allí el tono contrito y el formal pedido de disculpas de Macri, que por supuesto no estuvo dirigido a los votantes ni a Alberto Fernández sino a su propia clase, por haberles fallado en la defensa cabal de sus intereses.
  3. Por supuesto, todo el desbarajuste actual va a forzar esa renegociación no con el nuevo gobierno sino ahora, en cuestión de semanas, porque está claro que no hay forma de cumplir las metas comprometidas con el FMI no ya para 2021 o 2020, sino ¡para el tercer trimestre de 2019!
  4. De más está decir que el operativo macrista de autodesignarse como el único representante reconocido del “mundo” capitalista y, per contra, presentar a Alberto Fernández como una mezcla de Maduro y Kim Jong Un no resiste el primer googleo por la prensa internacional. Sin duda, Financial Times, Forbes, The Wall Street Journal o The Economist prefieren a Macri. Sin duda, ninguno cree que la Argentina desaparecerá del mapa tragada por un pozo comunista si asume Alberto Fernández.
  5. Para no hablar de las internas en la alianza gobernante, donde un día el ministro del Interior, Rogelio Frigerio, le da garantías a Alberto Fernández, tratándolo casi como un presidente electo, de una transición ordenada, y al día siguiente Elisa Carrió denuncia que la victoria de ese candidato es resultado de un fraude organizado por los narcos (!!??), sin que nadie del gobierno la desautorice ni llame a una ambulancia del SAME.
  6. Ya hay señales inquietantes en ese sentido. La renovación de Letes de esta semana fue un fracaso, lo que significa que los inversores, en vez de renovar sus tenencias de bonos de deuda argentinos, prefieren cobrarlos y llevarse la plata. Y crecen los rumores de que los grandes fondos de inversión extranjeros están preparando todo para levantar campamento, y de que ni le atienden el teléfono a Macri…
  7. Las urgencias de la hora obligan a postergar un análisis más detallado y completo de los resultados electorales en general y de la izquierda en particular. Respecto de esto último, sólo diremos que, sin perder el espacio conquistado desde hace ya varios años, la performance electoral de la izquierda (FIT y Nuevo MAS) dejó unavotacióncasi igual a la de 2015 (algo menos de 900.000 votos), y en el caso del FIT, fue su saldo más magro (en votos y en porcentaje) desde 2011.De modo que esperemos que abandone sus expectativas de “parlamentarios” –que además de mezquinas, son irreales; la máxima cosecha posible es un (1) diputado– y se ponga a la altura de las exigencias de la crisis actual.
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