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El trabajo que estamos presentando no tiene la pretensión de abarcar el proceso del retorno de China al capitalismo, tarea que requeriría una investigación específica que cae fuera de los límites de este trabajo. Seguramente, muchos lectores querrían conocer un análisis del «final de la película», pero no es ése el objetivo del presente texto, que se limita a intentar aportar elementos para enriquecer la teoría de la revolución permanente en el siglo XXI a partir de colocar sobre la mesa un balance concreto de la experiencia histórica. Desde este punto de vista, lo significativo para nosotros es el período que intentamos abarcar aquí, el de las tres revoluciones y la fase no capitalista de China.

A modo de cierre, no obstante, presentaremos muy sucintamente algunos señalamientos sobre la última etapa de restauración capitalista.

China hoy

Desde hace 20 años, las principales medidas del gobierno chino están orientadas a la vuelta al capitalismo. En los hechos, se puede decir que como totalidad, a todos los efectos prácticos, China ya es hoy un Estado capitalista, más allá de todos los elementos sui generis que se puedan identificar. Quizá sea más preciso definirlo como un Estado capitalista con restos burocrático-colectivistas, si bien ya hemos dejamos sentado que la definición del período no capitalista que más se ajusta a la realidad es Estados burocráticos de sociedades no capitalistas de explotación mutua.

Se da una paradoja con este país-continente: luego de 30 años de no lograr estabilizarse en el período no capitalista, ahora parece avanzar a todo trapo por la vía del desarrollo capitalistaComo dice Claudio Katz en su reciente trabajo El porvenir del socialismo, en China se está produciendo un acelerado pasaje al capitalismo bajo el padrinazgo del Estado. El propio régimen gobernante, desde hace décadas, protege la formación de una clase empresaria y banqueros, e impulsa la privatización en desmedro de lo que quedaba de «planificación». Mientras tanto, la desigualdad social avanza aceleradamente, erosionando los niveles de vida y las certidumbres anteriores.

En este contexto, todas las medidas económicas apuntan a remover los rasgos no capitalistas del régimen precedente, mientras que el centro de gravedad de la economía se traslada, de manera creciente, al sector privado.

Desde el punto de vista de la «acumulación», las medidas están orientadas a convertir a China en una especie de taller manufacturero mundial integrado a la mundialización, ofreciendo como «ventaja competitiva» una reserva inagotable y barata de mano de obra.Su potencial demográfico permite estabilizar salarios de esclavitud de 40 centavos de dólar la hora, un sexto de los niveles vigentes, por ejemplo, en las maquilas mexicanas.

En estas condiciones, está en curso un escandaloso aumento de la desigualdad, de la pobreza y de las agresiones oficiales contra viejos bastiones y conquistas de la clase obrera. El nivel de vida de los trabajadores retrocede junto al desmembramiento de la industria estatal y la pérdida de protección social y del empleo de por vida que singularizaron al «socialismo chino». Este atropello –reiteradamente pospuesto a lo largo de la década del 90 por razones obvias– se ha intensificado en los últimos años y está originando, según diversas fuentes, un explosivo aumento de las tensiones sociales en las ciudades. Se estima que un tercio de los 140 millones de trabajadores estatales perderán su empleo con la reestructuración en marcha.

A nivel interno, la reestructuración capitalista introduce un cataclismo en las relaciones sociales vigentes desde hace medio siglo. La tensión creada por esta diferenciación social podría quizá ser amortiguada por la acelerada formación de una clase media urbana de unas 200 millones de personas. Los desequilibrios que genera la sustitución de la vieja industria por los nuevos polos de acumulación privada están desatando una explosiva migración de la población rural hacia las ciudades, flujo históricamente regulado durante el maoísmo.

De todos modos, es ineludible dar cuenta de la explosividad del crecimiento chino de los últimos años. Según Katz, «la primera explicación de semejante desarrollo se encuentra en el carácter extremadamente atrasado del país y la consiguiente existencia de unamplio margen para introducir formas mercantiles en el rudimentario universo campesino. Por eso, la descolectivización agraria produjo en los 70 y 80 un florecimiento económico inmediato. Y este mismo subdesarrollo permitió el avance industrial de las ciudades luego de la apertura mercantil. Pero el espectacular salto de crecimiento se explica, en segundo término, por la notable adaptación de China a las condiciones creadas por el avance registrado en la mundialización. Este marco le ha permitido al país convertirse en un taller internacionalizado. La revolución informática, el desarrollo de las comunicaciones, la fabricación segmentada y la división internacional del trabajo dentro de las propias corporaciones favorecieron un tipo de inserción productiva inconcebible hace tres décadas» (Katz, cit., p. 89).

Otros autores también han señalado el efecto inmediato de las «ventajas del atraso»respecto de la situación de China hoy y la «independencia» relativa que aún posee respecto del imperialismo (ver al respecto el trabajo de Juan Chingo en Estrategia Nº 21). En el mismo sentido, Katz sostiene que la inmadurez económica de China facilitó esta conexión con el mercado mundial, a diferencia de Rusia, que ha sufrido un proceso mucho más traumático dado el mayor grado de industrialización autónoma relativa que había alcanzado en el período anterior. Debido al atraso rural, el subdesarrollo urbano y la extraordinaria dimensión de su población, el gigante asiático reunía las condiciones económicas y demográficas para convertirse en «taller del mundo globalizado». Por el contrario, al gozar de un mayor desarrollo productivo, la URSS siempre afrontó la amenaza de una competencia devastadora por parte de las corporaciones occidentales, que luego se convirtió en realidad.

De todas maneras, pronto o tarde, según Katz, en la rivalidad con las grandes potencias saldrán a luz, inevitablemente, todas las debilidades de la factoría exportadora chinaPor esto concluye: «¿Mantendrá China su ritmo de acumulación sostenida (…)? ¿Repetirá (…) el curso exitoso de Japón? No es posible formular una respuesta, pero sí puntualizar una diferencia histórica clave. Cuando emergió Japón, regían sistemas precapitalistas en la mayor parte del mundo y existía un amplio margen para el desenvolvimiento del nuevo modo de producción. En cambio, en la actualidad, el capitalismo es totalmente dominante y el espacio que conquista cada país en el mercado mundial se obtiene a costa de algún competidor. La restauración difiere del surgimiento del capitalismo en este horizonte decreciente de oportunidades, y en este aspecto la perspectiva de China no se asemeja al antecedente japonés» (Katz, p. 93).

Cabe acotar, finalmente, que las proyecciones de crecimiento a futuro de China tienen mucho de fábula, en la medida en que las actuales ventajas pueden transformarse en su contrario: la dinámica de largo plazo a la recolonización y subordinación de China al imperialismo mundial.

 

Bajo las banderas del socialismo revolucionario

 

«[Esperamos el] nuevo ascenso del proletariado chino. Cuando éste llegue (…), serán los discípulos, el partido y el método de Chen Du-Xiu y no los de Mao los que pasarán a un primer plano histórico» (Moreno, cit.).

A cinco décadas de la revolución de 1949, se observa esta paradoja: un corto período de tiempo no capitalista que nunca logró alcanzar a estabilizarse, sucedido por una –hasta el momento– «exitosa» vuelta al capitalismo. Pero, como advierten muchos analistas, se trata de una situación preñada de tremendas contradicciones que sólo buscan su momento para explotar.

Nadie puede anticipar lo que serán las convulsiones revolucionarias del país más poblado de la tierra para las condiciones de desarrollo mundiales del siglo XXI. Sin embargo, la revolución de 1949 ha dejado, a pesar de todo, un importantísimo elemento favorable y persistente más allá de todos sus avatares: la creación de un inmenso proletariado, hoy en pleno cambio de sus condiciones, con una crisis de la vieja clase trabajadora estatal y la emergencia de una nueva clase obrera joven, aunque salvajemente explotada.

El proletariado como totalidad nunca se recuperó de la derrota de la experiencia de la segunda revolución de 1925-27. Pero tarde o temprano se pondrá de pie. Es unánimememente señalado el enorme crecimiento de la conflictividad social, aunque todavía por motivos centralmente de lucha económica, no con una proyección política más vasta. Y cuando se incorpore, el gigante chino y el mundo van a temblar.

Para preparar este momento es que resulta clave hacer un balance descarnado de la revolución de 1949, de sus límites y problemas, así como los de la etapa no capitalista de las décadas inmediatamente posteriores a la segunda posguerra. Esta es la condición para relanzar en China la perspectiva auténtica del socialismo revolucionario, que deberá recoger en sus banderas las tradiciones fundacionales de comienzos del siglo pasado. Esto es, las lecciones dejadas por figuras como Chen Du-Xiu, Peng Shu-Tse y otros socialistas revolucionarios, muchos de los cuales pasaron años o décadas en las cárceles nacionalistas o estalinistas. Estos revolucionarios encarnaron la perspectiva socialista auténtica, y no el curso anticapitalista y nacionalista del PCCh que se reveló históricamente de corto alcance. Es esa tradición y esa renovada perspectiva la que pueden ofrecer una esperanza de salida a la opresión y explotación a las masas del país más populoso del planeta.

NOTAS

1 En el mismo sentido, tenemos el agudo señalamiento metodológico de Benjamin I. Schwartz, importante estudioso de la revolución china: «Para aquellos que habitan en el presumible Olimpo de la abstracción sociológica, económica, geopolítica e histórica, todo lo ocurrido en China parece haber fluido inexorablemente de la ‘situación objetiva’ (…). Sería, obviamente, estúpido desconocer la importancia trascendente de las condiciones objetivas. Toda acción política debe ser llevada adelante con referencia a tareas impuestas por las condiciones objetivas. Sin embargo, rechazo enfáticamente el tipo de animismo que sostiene que las “situaciones” automáticamente crean sus propios resultados. La manera en la cual las tareas son alcanzadas o no está determinada en gran medida por las ideas, intenciones y ambiciones de aquellos que finalmente asumen la responsabilidad de llevarlas a cabo» (El comunismo chino y el ascenso de Mao. Harvard University Press, Cambridge Massachusetts, 1952, p. 1).

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2 En nuestro país, corrientes maoístas residuales como el PRL (Partido Revolucionario de la Liberación) siguen repitiendo incluso hoy la cantinela de que China era una país feudal o semi-feudal, que el PCCh «representaba al proletariado en la revolución» y que la lucha de clase debía ir del campo a la ciudad. Ver «Mao Tse Tung y la revolución china», en el periódico No transar del 26/9/05.

3 Una posición de este tipo es la que defienden los compañeros del SWP ingles, así como los de la ISO de Estados Unidos. Estos últimos señalan: «Tampoco puede la revolución china ser caracterizada como ‘revolución campesina’ en ningún sentido real. La dirección del PCCh provenía, primariamente, de las clases urbanas, particularmente intelectuales. Los campesinos que se sumaron al EPL (…) no podían ser considerados como expresando los intereses campesinos. Ellos se transformaron en soldados profesionales. La lucha no era una lucha de clases, sino una lucha militar». Ahmed Shawki, Internacional Socialist Review Nº 1. A lo largo de este trabajo intentaremos demostrar que  se trato de una revolución campesina, pero de un campesinado encuadrado desde el comienzo burocráticamente, lo que cortó de cuajo toda posible dinámica socialista.

Por su parte, las posiciones «colectivistas burocráticas» tendían a ver la revolución china lisa y llanamente como la imposición de una «nueva forma de totalitarismo», perdiendo de vista el carácter revolucionario (y por tanto progresivo, aun de manera limitada y distorsionada) de los acontecimientos.

4 Desde algunos sectores hemos escuchado el argumento de que deberíamos embanderarnos en algunas de las definiciones que jalonaron el movimiento trotskista en la posguerra. Desde ya que rechazamos este método, ya que una nueva investigación sobre los procesos, a posteriori del cierre del ciclo histórico de la segunda posguerra, no tiene por qué que atarse a evaluaciones que, a nuestro modo de ver han sido superadas por los hechos.

5 Esto no quiere decir que como hipótesis deba descartarse de plano, mediante el recurso de una sectaria y dogmática afirmación de «principios», la eventualidad de una auténtica revolución socialista agraria. Pero entendemos que la concreción de esta hipótesis requeriría de tres condiciones: la estrecha ligazón con el proletariado urbano, elementos reales de autodeterminación campesina y, sobre todo, su vinculación con un proceso de revolución socialista internacional. Ninguno de estos elementos estuvo presentes en la revolución de 1949. Nos proponemos analizar, precisamente, las circunstancias que impidieron esta posible dinámica de revolución socialista agraria.

6 Theda Skocpol, Los Estados y las revoluciones sociales, México, FCE, 1984, p. 20. En adelante, las referencias a textos como éste y otros, que citaremos con cierta profusión, se darán al final de cada cita para comodidad del lector, mencionando sólo autor y número de página.

7 Prácticamente ninguna de las corrientes del movimiento trotskista de Latinoamérica (LIT, UIT, PO, PTS, etc) ha escrito absolutamente nada nuevo al respecto, aunque en varios casos se muestran prestos a descalificar (oralmente, claro) nuestra elaboración como «subjetivista», «irrespetuosa de los maestros», etc. Una excepción es el trabajo de Valerio Arcary (del PSTU brasileño), Las esquinas peligrosas de la historia. Lamentablemente, este esfuerzo de elaboración termina reiterando las tesis tradicionales de una manera, si cabe, más sustituista y determinista, en la medida en que abreva en fuentes como Plejanov, Deutscher y Preobrajensky. Entre los intelectuales de izquierda de tradición trotskista de nuestro país, un trabajo de interés es el del economista Claudio Katz, El porvenir del socialismo.

8 El sur del país fue la sede de la revolución obrera frustrada de 1925-27 y del comunismo de Chen Du-Xiu (ver más abajo). Pero, lamentablemente, la revolución triunfante, la de 1949) vino del noroeste del país; es decir, de una de sus zonas más atrasadas e insulares. Esto no dejaría de tener consecuencias sobre el carácter de la revolución. Esto mismo señalaba Peng Shu-Tse en su ya citado informe al III Congreso de la IV Internacional: «La victoria obtenida por un partido como el PCCh, que se separó de la clase obrera y que se sostuvo enteramente en las fuerzas armadas campesinas, no es sólo algo anormal en sí mismo. Ha sentado la base para muchos obstáculos en el camino de los desarrollos futuros del movimiento revolucionario chino».

9 Veremos que en el caso del maoísmo no se trataba sólo de la repetición de la formula estalinista de «la construcción del socialismo en un solo país», sino que incluso se reforzaba con la máxima voluntarista de que esto debía hacerse estrictamente «sobre la base de las propias fuerzas». Es decir, se trataba de un agrarismo nacionalista de lo más estrecho, en las antípodas de las tradiciones internacionalistas del socialismo revolucionario.

10 Aun hoy, según Fairbank, China sigue siendo un subcontinente en su mayor parte autosuficiente.

11 Se sabe que en el marxismo, el campesinado, en realidad se constituye por un conjunto de situaciones de clase muy diversas, según el grado de propiedad de la tierra; o incluso, dentro de el, están los campesinos sin tierra. Al mismo tiempo, la clase de los trabajadores asalariados del campo forma parte de la clase obrera y no del campesinado. En las condiciones de China de 1949, mayoritariamente se trataba de pequeños propietarios de la tierra, con diversas condiciones de arrendamiento y de sectores campesinos sin tierras.

12 Ernest Mandel, «La tercera revolución china», Fourth International, septiembre-octubre de 1950, p. 147. Otro histórico dirigente trotskista, Nahuel Moreno, señalaba lo mismo: «En 1911, al caer el último emperador, se inicia en China la revolución burguesa. La podrida clase de los compradores y la raquítica burguesía nacional van a ser incapaces de resolver las históricas tareas planteadas: la independencia nacional y la revolución agraria. Por el contrario, su impotencia se va a manifestar en un retroceso: China queda de hecho dividida en regiones controladas por señores de la guerra, que se apoyan en distintos imperialismos. Es así como la revolución de 1911, en lugar de solucionar los dos grandes problemas históricos planteados, agrega otro mas: conseguir la unidad nacional» (Las revoluciones china e indochina, Buenos Aires, Pluma, 1974).

13 Se le dio ese nombre a la que emprendió Mao luego de la derrota de la Republica Soviética de Kiangsi, que significó la salida de escena del campesinado del sur. Se cerró así definitivamente el ciclo revolucionario que marcó a las ciudades y el campo del sur del país como centro de la segunda revolución china.

14 Isaac Deutscher, La década de Jrushov, Madrid, Alianza, 1971, p. 124.

15 Lo que no significa «revolución socialista agraria». Así lo da a entender Peng Shu-Tse en el Informe ya citado: «Mao Tse-Tung, en las tesis sobre ‘la nueva democracia’ abiertamente declara que Stalin ha dicho que ‘en esencia, la cuestión nacional es la cuestión campesina’. Esto significa que la revolución china es esencialmente una revolución campesina (…) Esencialmente, la política de la Nueva Democracia significa darles a los campesinos sus derechos».

16 En el modo de producción mercantil simple se produce una mercancía para obtener en el intercambio otra mercancía por intermedio de la venta por dinero de la propia (M-D-M). Va de suyo, entonces, que al no estar basada en el trabajo asalariado sino en el propio, no hay plusvalor ni capital. La forma de acumulación del sobreproducto social por el Estado era una apropiación de tipo «extraeconómica»: por la vía de los impuestos y todo tipo de gabelas, origen de las rebeliones campesinas que cruzaron la vida del Imperio.

17 La ideología Taiping (levantamiento de mediados del siglo XIX) presentaba un mundo social sin ricos y con igualdad económica y entre los sexos dentro de las comunidades agrarias. Frank Glass presenta la rebelión de los Taiping (luego de la Guerra del Opio), la rebelión de los Boxers (a comienzos del 1900) y la revolución burguesa de 1911 como eventos en gran medida antiimperialistas.

18 Precisamente, la inglesa fue un ejemplo de revolución burguesa que sí fue capaz de resolver las tareas que tenía planteadas, a diferencia de lo que ocurrió en los países semicoloniales, ya dominados en el siglo XX por el imperialismo.

19 El concepto de «bandidismo social» o «bandolerismo social» ha sido explicado por E. J. Hobsbawm en su obra Rebeldes Primitivos. Su argumento es que ciertos tipos de sociedades agrarias, incluida la china, hicieron surgir una «clase» relativamente permanente y consciente de bandolerismo social, a la que llama Haidukry: «los haidukssiempre estaban en las montañas (…) como núcleo reconocido de disidencia potencial. A diferencia de los Robin Hood, que existen como individuos célebres o como nada, los haiduks existen como entidad colectiva (…) Haidukry es quizás lo más cerca que llega a estar el bandolerismo social de un movimiento organizado y consciente de rebelión potencial».

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20 Li Fu-Yen, «China: potencia mundial», en la revista Cuarta Internacional, enero-febrero 1951, p. 10.

21 Junto con Chen, los otros dirigentes importantes a la hora de la fundación, fueron Li Da-Zhao (asesinado por el Kuomintang a fines de la década del 20) y Peng Shu-Tse, expulsado del partido junto con Chen y militante trotskista por el resto de su vida. Peng es el autor del notable Informe dado al III Congreso de la IV Internacional que venimos citando. Por mor de honestidad intelectual, debemos subrayar que Peng militó en la «extrema izquierda» de la posición tradicional que terminaba reconociendo a China como «Estado obrero deformado». Pero esto no obsta que sus observaciones acerca de la dinámica real de la tercera revolución china fueran de una gran agudeza y que se haya enfrentado públicamente a los sectores más liquidadores u oportunistas como Pablo y Mandel. El suyo y el de Frank Glass constituyen los mejores testimonios de compañeros con experiencia sobre el terreno real revolucionario.

22 El detonante inmediato del movimiento estudiantil, que duró un año y tendió a confluir con los sindicatos obreros, fue el traspaso a los japoneses de los territorios que venían siendo ocupados por el imperialismo alemán, derrotado en la I Guerra.

23 El escritor francés André Malraux hizo un vívido relato de esta matanza en su conocida novela La condición humana.

24 De manera bastante convincente, Nahuel Moreno presenta a la corriente Mao como «revolucionaria agraria, con concepciones ideológicas y organizativas estalinistas» pero no directamente dependiente de Moscú. Correctamente señala que con la Larga Marcha y la virtual extinción del PCCh promediando la década del 30, el estalinismo moscovita como tal desaparece en China. En todo caso, podríamos agregar que, para nosotros, se ajusta mejor al mote de «rebelde agrario», más que revolucionario en el sentido socialista del término.

25 Citado en «Crítica a las revoluciones socialistas ‘objetivas’», Socialismo o Barbarie 17-18, p. 46.

26 En la actualidad tenemos una amplia experiencia de «partidos-movimiento» o, más bien, «movimientos-partido» en el ámbito internacional, regional y/o nacional, más allá de su relativamente diversa base social. Por su organización asamblearia fuera de lugares de trabajo y por su composición social de trabajadores extremadamente pobres, los movimientos piqueteros argentinos, lamentablemente, también se prestan en muchos casos a este tipo de prácticas.

27 Los hechos heroicos que produjeron los evacuados transformaron esa tremenda derrota en un mito que alimentó la liturgia guerrillera a lo largo de décadas. Aunque se salvó un núcleo de la fuerza comunista, las pérdidas en vidas fueron, si se quiere, más catastróficas que las sufridas por el partido con la derrota de la revolución de 1925-27. La militancia del PCCh, que en 1927 había quedado reducida oficialmente a 10.000 militantes, alcanzó en 1933 entre 150.000 y 300.000, y cayó en 1936 a unos 20.000. El grupo Mao marchó a lo largo de 235 días –entre 1934 y 1935– a razón de 27 kilómetros por día, librando continuas batallas y atravesando 11 provincias. Otros grupos no llegaron sino un año después que Mao a Yenan. De los 90.000 militantes que emprendieron la Larga Marcha, llegaron entre 8.000 y 20.000.

28 No un «gobierno obrero y campesino», como lo proclamara Mao. Es respecto del debate acerca del carácter del Soviet en Kiangsi (1931-34) que Trotsky rechaza su supuesto carácter obrero, en ausencia de la propia clase trabajadora en el poder. La tesis de Mao es que se trata de un «gobierno obrero y campesino» como producto del carácter «proletario» del PCCh. A lo que Trotsky responde que, respecto de la naturaleza social del poder, lo que decide son las clases y no los partidos: «¿Quién puede entender un estado proletario si el poder no está en manos de la clase obrera?». Volveremos sobre esto.

29 Estudiar específicamente este vínculo requeriría una mayor investigación de autores como Mark Selden, que estuvo en Yenan a principios de la década del 40 y volvió a China después de la revolución, o Franz Schurman, que no podemos encarar aquí.

30 Transformar en regla este tipo de fenómenos fue el error común de muchas elaboraciones acerca de la teoría de la revolución en la posguerra, como en el caso de Nahuel Moreno.

31 Un testimonio reciente sobre el campesinado chino hacia finales de la década del 50 narra que «los campesinos no eran en realidad grandes sabios. Quienes los idolatraban no tenían mayores posibilidades de hacer migas con los aldeanos que quienes los discriminaban (…). Algunos de nuestro grupo se mezclaban fácilmente con los campesinos, entreteniéndose mutuamente con chistes verdes o contándose chismes (…). Hablando con franqueza, aunque trabajé muy duro 9 años, nunca llegué a intimar realmente con los campesinos pobres». Qin Hui, «Dividir el gran patrimonio familiar», en New Left Review, junio 2003, p. 136.

32 Ver R. Sáenz: «Tupac Amaru, Mariátegui y Hugo Blanco: jalones revolucionarios», en periódico SoB N° 61.

33 En los tres años siguientes a 1946, unos 178 millones de campesinos en áreas comunistas obtuvieron la tierra, mientras que la proporción de campesinos medianos subió del 20% de la población campesina antes de la reforma agraria a más del 50%.

34 Esta observación, realizada sobre el terreno con criterios auténticamente marxistas revolucionarios, era muy aguda. Las décadas posteriores de idas y vueltas del PCCh, sin lograr nunca una real estabilización de la situación económica, en buena medida confirman estas apreciaciones.

35 El trabajo de Harold Isaacs sobre la segunda revolución china es un clásico muy valioso del marxismo. Lamentablemente, luego se pasó a posiciones democrático-burguesas, desconociendo el carácter anticapitalista de la revolución de 1949.

36 Andrés Romero, Después del estalinismo, Buenos Aires, Antídoto, 1995, p. 85.

37 Por su carácter inmediato, Moreno la define (correctamente, a nuestro juicio) como «guerra nacional plebeya que se transforma en revolución agraria». El problema viene cuando le atribuye una dinámica «socialista y de clase» que a nuestro entender no tuvo.

38 Independientemente de que, a nuestro juicio, no produjo en lo inmediato el retorno al capitalismo, sino la emergencia de un «híbrido» histórico: el Estado burocrático sobre la base de una formación social no capitalista de explotación mutual.

39 Respecto del funcionamiento de las leyes sociales ya no en la transición, sino en el comunismo mismo, tenemos esta genial observación del marxista húngaro István Meszáros: «El término de ‘ley’ es empleado de maneras muy diferentes (…) Cuando es impuesta gracias a un mecanismo que se hace valer ciegamente, Marx lo analiza como análogo a la ley natural mediante la cual se quiere caracterizar al sistema capitalista. Pero existe otro sentido de ‘ley’. Representa un marco o procedimiento de regulación ideado por una agencia humana en fomento de sus objetivos elegidos. Es este último sentido –’la ley que nos damos’– el que resulta pertinente en el contexto del empleo económico del tiempo bajo las condiciones del sistema comunal. De acuerdo con ello, Marx insiste en que esa clase de regulación del tiempo disponible de la sociedad es ‘esencialmente diferente de una medición de valores de los cambio (trabajo o productos) mediante el tiempo de trabajo’» (Más allá del capital, p. 879).

40 Históricamente hubo muchas y largas discusiones sobre cómo caracterizar al maoísmo. Por nuestra parte, lo consideramos categóricamente como parte del estalinismo, más allá de que es un hecho cierto que tuvo fuertes rasgos particulares. Podríamos decir que es una rama o manifestación específica del aparato estalinista mundial.

41 Hacemos notar que, para Mandel, la «manera» en que son llevadas adelantes las tareas no introduce nunca cuestionamientos sobre la naturaleza socialista de las tareas mismas.

42 El desbarranque en la concepción de las revoluciones obreras y socialistas «objetivas» requirió un paso más, que se dio en los 80 en la vieja LIT (ni hablar de la actual LIT o la UIT). Ver al respecto «Las revoluciones de posguerra y el movimiento trotskista» en SoB 17/18.           43 Definición retomada por el ya mencionado trabajo de Valerio Arcary, del PSTU brasileño, que termina defiendendo las tesis sustituistas y deterministas de cuño deutscheriano y plejanoviano.

44 Moreno toma este análisis de un texto muy citado sobre China del periodista Jack Belden, China Shakes the World, un libro anterior al triunfo de la revolución de 1949.

45 Sería un interesante tema de estudio hasta qué punto se avanzó realmente en la emancipación de la mujer. Al respecto, Fairbank hace un crudo análisis de la cruel práctica del vendaje de pies de las mujeres en el período imperial, y parece haber sido una conquista de la revolución haberla dejado atrás.

46 Esto tuvo lugar también en momentos en que China se veía involucrada en la guerra de Corea (1950-53), que llevó a la dirección de Mao a acelerar las medidas anticapitalistas en las ciudades. La falta de un mayor abordaje de las implicancias de la guerra sobre el curso del PCCh en el poder es un déficit que en este trabajo no podemos resolver.

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