Marcelo Yunes
Intelectual marxista del Nuevo MAS


Las manifestaciones continuaron toda la semana, algunas de ellas rodeando el Consejo Legislativo, equivalente al Parlamento, con represión brutal de la policía, decenas de detenidos, y un muerto. La jefa de gobierno, Carrie Lam, desafió a los manifestantes y los acusó de “violentos”, justificando la represión… hasta que a horas de una nueva marcha convocada para el sábado 15, Lam bajó el copete y salió a pedir “disculpas” entre lágrimas y anunciar una “suspensión” (no un retiro) del proyecto de ley. Ese día fue la convocatoria más masiva de la historia de Hong Kong: se habló de casi dos millones de personas ¡en un territorio de 7,4 millones de habitantes! Una de las principales consignas fue el pedido de renuncia de Lam.

Se trata, sin duda, de un triunfo parcial de la movilización, que le torció el brazo a un gobierno totalmente pro Beijing. Si bien el proyecto no fue retirado, debido al complejo sistema legislativo de Hong Kong y al estrechamiento del margen político, activistas como Au Lung Yu  consideran que “la tarea de reintroducir el proyecto de ley quedará para la próxima gestión”, es decir, cuando Lam concluya su mandato, en tres años (www.jacobinmag.com/2019/06/hong-kong-extradition-bill-protest-movement). En lo que sigue, intentaremos resumir los antecedentes y perspectivas de este poderoso movimiento de masas y, en el contexto de la muy particular relación entre Hong Kong y China, puntualizar algunas de sus fortalezas y también sus contradicciones y peligros.

 

¿Por qué las masas de Hong Kong rechazan la ley de extradición?

Hong Kong, desde el fin de la Guerra del Opio, en 1841, una de las habituales operaciones de pillaje colonial inglés, pasó a ser uno más de los tantos territorios dependientes de la corona británica. Fue esencialmente un puerto libre y cabeza de puente del comercio, con una superficie de apenas 1.100 km² (cinco veces la Capital Federal), y fue devuelto a China en 1997 bajo un régimen particular conocido como “un país, dos sistemas”.

Conforme al tratado firmado por China y el Reino Unido, Hong Kong retendría su propio sistema económico, su aparato judicial (incluida su Ley Básica, equivalente a una constitución) y su sistema legislativo, bajo un jefe de gobierno o representante ejecutivo. Oficialmente es una “región administrativa especial”, con un nivel de autonomía mucho mayor que el de las demás regiones chinas; por ejemplo, puede promulgar sus propias leyes. También tiene su propio sistema aduanero y una Bolsa de valores de las más pujantes de Asia. Para tener una idea del peso económico de Hong Kong (y de lo acelerado del desarrollo chino), digamos que en 1993, cuatro años antes del traspaso de soberanía, Hong Kong representaba el 27% del PBI chino; hoy, el 2,9%.

El esquema dual apuntaba a tranquilizar a Occidente, el Reino Unido y los propios ciudadanos de Hong Kong de que lo esencial de su modelo de capitalismo ultraliberal en lo económico y muy distinto del opresivo sistema político chino sería respetado. Pero con límites claros: la soberanía territorial, la defensa y la política exterior quedan en manos de China, y además el tratado tiene fecha de vencimiento: 50 años desde la firma, es decir, hasta 2047, cuando esas prerrogativas especiales dejarán de existir.

Desde el momento mismo del fin de la era colonial, China ha intentado recortar de múltiples maneras no tanto la libertad de movimiento de los capitales, que por el contrario ha recibido pleno impulso y ha hecho de los grandes capitalistas de Hong Kong excelentes aliados del PC chino, sino las libertades políticas heredadas del dominio británico y totalmente ajenas al régimen continental.

Ha habido varios hitos de estos intentos del PC chino, todos los cuales generaron resistencia y manifestaciones masivas. En 2003, medio millón de personas marcharon contra una modificación a la ley de seguridad nacional en el sentido que buscaba China (el jefe de gobierno renunció meses después). En 2014, la “revolución de los paraguas” se oponía a la ley que limitaba los candidatos a jefe de gobierno a la aprobación previa de un comité compuesto en su mayoría por funcionarios pro Beijing. Algo parecido sucede con los integrantes del Consejo Legislativo (Legco), que directamente no pueden asumir si no juran fidelidad y respeto al statu quo, renunciando de antemano a todo esbozo de cambio serio.

El último intento de creciente adaptación del sistema de Hong Kong al de China continental es la modificación de la ley de extradición, es decir, el régimen de deportación legal de personas que hayan cometido delitos y sean reclamados por otro país. Hong Kong tiene tratados de extradición con más de 20 países, pero no con China. Y no es de extrañar: hay una justificada desconfianza en la población de Hong Kong de que cualquier ciudadano de ese territorio que sea extraditado al continente sufrirá una fuerte merma de sus derechos y garantías. El sistema judicial chino es famoso por su arbitrariedad y opacidad; por ejemplo, es imposible saber cuántos condenados a muerte son ejecutados por año.

Un ejemplo reciente y muy vívido para los habitantes de Hong Kong fue el caso, en 2015, de cinco libreros de Hong Kong, arrestados bajo oscuros cargos que en realidad se reducían a que publicaron y vendieron libros sobre la vida privada del líder chino Xi Jinping. Como era imposible juzgarlos en Hong Kong, tres de ellos fueron arrestados en China, y otros dos secuestrados y trasladados de manera totalmente ilegal a China desde Tailandia y Hong Kong por agentes chinos. Varios pasaron meses en cárcel e incomunicados incluso antes del juicio. El incidente cosechó repudio y repugnancia general.

Por más que el gobierno de Hong Kong se apoyara para justificar el cambio en la legislación en un caso que involucraba delitos en Taiwán y aclarara que sólo se aplicaría para los delitos más graves, no engañó a nadie. Con estos antecedentes, es evidente que nadie en sus cabales querría correr el riesgo de ser extraditado a China. Como dijo el activista chino Lam Chi Leung, de Left21, “los que critiquen al PC chino, los que organizan las vigilias todos los años en el aniversario de la masacre de Tiananmen [este año, con una inmensa concurrencia de 180.000 personas. MY] , los que ayuden a disidentes chinos, incluso los activistas de Hong Kong que defienden los derechos laborales y otros en China continental podrían ser considerados una amenaza a la seguridad nacional y extraditados a China” (www.jacobinmag, cit.).

Mirá también:  China 1949: revolución campesina anticapitalista | SoB 19, 2005

De allí la masividad inédita de las marchas, en las que se involucró muchísima gente que jamás había participado en protesta alguna, incluso personas y organizaciones que en otros respectos son aliados de Beijing: se trata de un tema que puede afectar potencialmente la libertad de expresión y personal de cualquiera.

Sin embargo, si bien la amenaza a las libertades democráticas es indiscutiblemente el primer factor de rechazo a la ley, el movimiento de masas que se ha puesto en marcha también se nutre de un extendido descontento que admite otros motivos.

Con la tremenda densidad de población de Hong Kong (6.700 habitantes por km²), el acceso a la vivienda es uno de los problemas centrales, y cada vez más, sobre todo para los jóvenes, incluso los de alto nivel educativo. El capitalismo ultraliberal de Hong Kong se apoya en su carácter de paraíso fiscal y plaza bursátil mayor de Asia, lo que le da al territorio un PBI muy similar al de Argentina con una población 7 veces menor, con un PBI per cápita promedio de 65.000 dólares. Pero ni siquiera esa cifra, de las más altas del mundo, oculta el avance de la pobreza y la desigualdad, como sucede en el resto del planeta. Casi el 20% de la población vive debajo de la línea de pobreza, y su coeficiente de desigualdad (índice de Gini) es de 0,539, mucho más alto que el de países como Argentina.

 

El rostro social de la protesta

La cara visible de las marchas de 2014 fueron jóvenes activistas, algunos de los cuales fueron electos como legisladores y, bajo las antidemocráticas regulaciones que mencionábamos, no sólo no pudieron asumir sino que algunos fueron procesados y encarcelados. El protagonismo juvenil, en una población donde el porcentaje de estudiantes en la juventud es muy alto, fue muy claro también en las recientes protestas. Pero a este elemento hay que agregar otros tres, que obedecen a la masividad aún mayor del movimiento actual, alentada también por el repudio a la brutal represión y al cinismo de los gobernantes.

Primero, como señalamos, hubo una participación muy grande de la población en general, incluyendo gente que fue por primera vez en su vida a una manifestación. Segundo, un factor muy dinámico en la organización y el colorido de las protestas fue el ingreso masivo al movimiento de estudiantes secundarios muy jóvenes, de 14 o 15 años. Y tercero, en un nivel mucho mayor que en 2014, hubo atisbos de presencia del movimiento obrero:

el sociólogo y activista de la Universidad China de Hong Kong Chris Chan cuenta que “durante la revolución de los paraguas, sólo algunos dirigentes estudiantiles llamaron a los sindicatos a sumarse con huelgas. Pero en el movimiento anti extradición, hubo miles de trabajadores que reclamaron a sus sindicatos que hicieran huelga” (cit.).

Además, las marchas de 2019 fueron más combativas y preparadas para enfrentar la represión, con un tono más duro en el discurso (el pedido de renuncia a la jefa de gobierno nunca había sido tan masivo) y un decidido repudio a la represión, con gente vestida de negro y flores en homenaje a las víctimas. Hubo un intento radicalizado de bloquear e ingresar a la Legislatura y choques fuertes, aunque minoritarios, con la policía, si bien en la marcha del 15 el gobierno estaba tan debilitado que no se atrevió a reprimir como en la marcha del 9 de junio. Hubo 60 manifestantes heridos, pero también 22 policías. Y el ambiente general no es el de aceptar compromisos, sino más bien de profunda desconfianza en el gobierno y de voluntad de seguir la movilización hasta que la nueva ley de extradición sea retirada, no simplemente “suspendida” (BBC News, 17-6-19).

En cuanto a la pregunta de quién dirige u organiza las manifestaciones, la respuesta es compleja. El movimiento de 2014 empezó de manera bastante espontánea, aunque con fuerte presencia de la Federación de Estudiantes de Hong Kong. Esta vez, según Au Lung Yu, “las organizaciones de estudiantes son mucho más pequeñas y fragmentadas. Los partidos políticos establecidos, de grado o por fuerza, son marginales a la movilización” (cit.). El Frente por los Derechos Humanos y Civiles (FDHC) es uno de los convocantes principales, en tanto frente único de decenas de organizaciones civiles. Pero de ninguna manera puede decirse que sea un “organizador” de las marchas, que se convocaron de manera descentralizada, desde pequeños núcleos autoorganizados, mediante redes sociales y foros online, es decir, “la continuación de una tendencia ya muy visible en 2014, a saber, el fuerte sentimiento a favor de acciones descentralizadas y sin dirigentes. La revolución de las comunicaciones facilita mucho la coordinación” (ídem).

Desde ya, las acusaciones del gobierno chino (y de Hong Kong) de que las protestas están fogoneadas y financiadas por potencias occidentales son un dislate. No porque no exista ese financiamiento, sobre todo del NED (National Endowment for Democracy, Fondo Nacional por la Democracia, un ente oficioso del gobierno yanqui fundado por Ronald Reagan en 1983), sino porque esos fondos van a los llamados partidos “pan-democráticos” cuya influencia, dentro y fuera del FDHC, es muy limitada. De modo que el movimiento anti extradición, por ahora, no tiene ni líderes referentes ni organización formal.

Eso supone un problema que Au Lung Yu identifica muy bien: “Hay una especie de fetichismo de la espontaneidad entre los jóvenes activistas. Muchos simplemente consideran toda organización como superflua o necesariamente autoritaria. Ni siquiera Demosisto, la organización fundada y dirigida por Joshua Wong [joven activista conocido durante la revolución de los paraguas, juzgado, encarcelado y recientemente liberado. MY], parece ser atractiva para los jóvenes. Hoy cualquiera puede ser un líder temporario y llamar a acciones radicales sin medir las consecuencias. Y las luchas sin dirigentes, por grandes que sean, son también menos capaces de pensar cuidadosamente antes de tomar medidas drásticas, ni hablar de combatir a los provocadores y agentes tanto del gobierno de Beijing como del de Hong Kong. Dicho esto, hay que reconocer que el polémico intento de irrumpir en la legislatura fue, por primera vez en décadas, bien recibido por muchos en Hong Kong” (cit.).

Mirá también:  Los acuerdos entre Cristina y Xi Jinping

 

Los peligros del “localismo”

Para la amplia mayoría de los manifestantes, ninguna organización política tiene legitimidad o incluso sentido. Entre muchos jóvenes, la idea de acción colectiva coordinada por organizaciones genera rechazo, algo que es en parte herencia (negativa) de la revolución de los paraguas. Contradictoriamente, esta tendencia se da en medio de un creciente proceso de politización y de involucramiento en los asuntos públicos, que suele concebirse como resultado de decisiones individuales o de pequeños grupos en forma “horizontal”. Inclusive, según el activista de Left21 Chun-Wing Lee, “la experiencia de enfrentar a la policía en 2014 sin duda templó a muchos activistas, y hay más gente receptiva a acciones radicales en las calles” (cit.). Pero el horizonte ideológico del movimiento es aún muy confuso, lo que, en el marco del ciclo de recomienzo de la experiencia histórica que estamos atravesando en general globalmente, también admite explicación en buena medida a partir de ciertos rasgos muy específicos de la sociedad honkonesa.

Es muy fuerte el rechazo a los partidos “pan-demócratas” (liberales moderados) por su carácter acomodaticio al statu quo con Beijing. Ese rechazo adopta formas de derecha y más de izquierda. En el primer caso, movimientos como Civil Passion y Youngspiration apelan a la sinofobia racista, rechazando no sólo al PC chino sino a los chinos (sobre todo los hablantes de mandarín) y la inmigración china, incluso con la pretensión de negar ciudadanía honkonesa a quienes no hablen cantonés o inglés (siendo que muchos residentes de Hong Kong hablan otros dialectos). Incitan al odio y la violencia contra los chinos continentales y, por supuesto, no hacen la menor referencia a derechos laborales o civiles.

Este nativismo brutal no es muy atractivo en general pero apela a una cuerda sensible en la juventud: la creciente desidentificación con China y, per contra, el desarrollo de una identidad cultural honkonesa. Naturalmente, el PC chino busca explotar esto para identificar al movimiento anti extradición con el separatismo o el independentismo, lo cual es ya totalmente abusivo. El rechazo al régimen opresivo de Beijing puede adoptar formas reaccionarias: en las marchas se vieron banderas británicas y de Hong Kong de la época colonial (Time, 17-6-19). Pero atención que, como señala Lam Chi Leung, “el período relativamente liberal ha terminado. El gobierno de Hong Kong va a enfrontar los movimientos y democráticos de manera más represiva (…). El pueblo de Hong Kong está bajo la doble opresión del capitalismo burocrático chino y del capitalismo monopólico de Hong Kong. Necesitamos una perspectiva china amplia que aumente los intercambios de experiencias con movimientos sociales y activistas de izquierda en China continental” (cit.). Esta perspectiva de tender a unificar y entrelazar las experiencias de los chinos de Hong Kong y los del continente es absolutamente correcta y le hace correr sudor frío a Xi Jinping, quien “probablemente se vea profundamente perturbado por una movilización popular que pueda aportar combustible o inspiración a sus enemigos dentro y fuera de China” (The Guardian, 18-6-19).

En cambio, el ala izquierda del movimiento hace énfasis en la autodeterminación y no hace referencia al sentimiento anti chino en clave xenófoba (aunque los prejuicios contra los chinos continentales son extendidos); más bien, se vincula a una plataforma difusa en la que conviven los elementos democráticos, los derechos laborales, la agenda de género y los derechos de las minorías. Pero esto se combina con un localismo que divorcia (a veces conscientemente) el destino del movimiento de lucha en Hong Kong con el movimiento social en China. Desde ya, Beijing explota esto y el resultado es que no parece haber una corriente de simpatía fuerte en China continental con la rebelión honkonesa, cuyos motivos aparecen, justamente, como demasiado “locales”. El elemento antiorganizacional es también muy fuerte, y los agrupamientos de izquierda o socialistas son extremadamente débiles.

Esto último también deviene de la particular historia y configuración social de Hong Kong. Como resume Au Lung Yu, “estamos ante una nueva generación [distinta de la de 2014. MY]. La movilización callejera contra la ley de extradición es obra suya. Sin embargo, si no puede desarrollar su política en dirección de una izquierda democrática y superar su fragmentación, quizá no pueda consolidarse como una fuerza progresiva sólida. El énfasis en acciones mediáticas, un legado de los pan-demócratas, aún domina al activismo, a punto tal descuidan la organización a largo plazo e incluso muestran indiferencia hacia la situación de los trabajadores. El recorrido histórico de Hong Kong la vuelve una ciudad hostil a los valores de izquierda de solidaridad, fraternidad e igualdad. La cultura de darwinismo social, resultado de haber sido un puerto libre durante más de un siglo y medio, ha penetrado tanto en la población que a las fuerzas de izquierda les es difícil crecer. Para que eso suceda, los jóvenes activistas deben encarar la cuestión de clase” (cit.).

En el futuro inmediato, si el gobierno de Lam no logra manejar la crisis y “se refuerzan las percepciones de que tanto la Legislatura como el ejecutivo están ahora completamente sometidos al control del gobierno central chino (…), es probable que los elementos radicalizados de la oposición se fortalezcan”, en la política o en las acciones (The Economist, 10-6-19). Es lo que podemos esperar en los próximos días, o semanas; el 1º de julio, día nacional de Hong Kong, puede ser un test en ese sentido. Pero el verdadero impacto de esta verdadera irrupción de masas en Hong Kong quizá sólo pueda medirse más adelante, y será tanto más progresivo cuanto más irradie fuera del territorio, hacia la inmensa China continental.

 

Print Friendly, PDF & Email

DEJAR UN COMENTARIO

Ingresar comentario
Ingrese su nombre