Protestas y represión marcaron la inaguración del Mundial

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La inauguración de la “Copa del mundo” era un momento muy esperado, esta era la prueba que mostraría en que medida el “clima mundialista” había ganado a la población. En este sentido buena parte de las críticas acumuladas contra este evento fueron encausadas por medio de algunos debates y propagando que lograron convencer a muchos sectores que los gastos estaban justificados o que no eran tan grandes.

 

No hay clima de fiesta

 

A pesar de la campaña general para que la población se sume al clima mundialista, la apelación al “sentimiento cívico”, el clima social no estaba garantizado a pocos días de la apertura del mundial. Eso es lo que se reflejaban en las encuestas de opinión que mostraban que casi la mitad de la población estaba en contra del evento.

Lo que garantizó el clima necesario para refrenar el descontento existente no fue la “pasión nacional” por el mundial, sino la ostensible presencia de fuerzas policiales en la calle, lo que configuró un aterrorizante escenario para intentar imponer el silencio frente a una situación social y política de creciente desigualdad, baja de salarios, despidos y ajuste.

En la mañana del 12 de junio el clima era tenso. En las inmediaciones del cordón industrial de San Pablo se veían pocas señales de euforia futbolística. En los trenes y ómnibus apenas se veían pasajeros con indumentaria verde y amarilla. Durante el día el clima de fiesta se fue armando con la presencia de turistas y los pocos que pudieron comprar la entrada para asistir al “Itaquerâo”. Por otro lado se vivía en la primeras horas de la mañana un verdadero “estado de sitio” montado por las fuerzas de represión. La situación de excepción fue tan extendida que se llegaron a realizar requisas en las casas de los militantes identificados como parte del Black Blocs con la intención de encontrar “pruebas” en su contra y pasar a detenerlos.

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La decisión del gobierno no era solo impedir que las vías de acceso al estadio fueran ocupadas por los manifestantes, su intención fue implementar el terror para que el “orden” se impusiese sobre las manifestaciones.

En la estación del metro de “vila Carrâo” no se llegó a instalar el acto “No vas a tener Copa” porque los manifestantes fueron atacados por la policía. En el acto realizado por los trabajadores de subte “No vas a tener copa, vas a tener lucha” exigiendo la readmisión de los 42 despedidos con la asistencia de más de 2000 manifestantes, los cordones policiales impidieron el acceso a las avenidas. La dirección del acto definió que la manifestación sería realizada en la sede del sindicato de los “metroviarios”. Pero la saña represiva de la policía no frenó lanzando balas de goma, gases y apaleando a los manifestantes. Como resultado de esta acción quedaron decenas de heridos y detenidos, entre ellos periodistas extranjeros como fue el caso de la corresponsal de CNN.

Mención aparte se merece la acción del PSTU, quien decidió cerrar las puertas del sindicato con la excusa de proteger a quienes estaban adentro y dejando librados a la saña represiva a los grupos que estaban fuera del mismo como era el caso del Black Bloc. Esta actitud es un escándalo, más allá de las profundas diferencias políticas, de clase y de método que tenemos con ese sector.

 

La resistencia continúa durante la Copa

 

Nadie pensaba que las manifestaciones previstas para el inicio de la Copa podían impedir el inicio de la misma, principalmente después de la caída de las principales luchas del último mes. Por un lado estuvo el acuerdo realizado por la dirección del MTST (movimiento de trabajadores sin techo) para levantar las movilizaciones a cambio de la concesión de una zona ocupada en Itaquera y la inclusión en el programa “minha casa, minha vida” (Mi casa, mi vida) lo que configuró un capitulación política de esta dirección al gobierno. Por otro lado la derrota de la huelga de los “metroviarios” (trabajadores del subterráneo) que terminó con el despido de 42 trabajadores e con la decisión de la asamblea de levantar la huelga.

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Queda claro, sin embargo, para quienes presenciaron otros mundiales, que el entusiasmo popular está a media máquina, que está muy lejos de lo que se vivió en otros mundiales. Los medios de comunicación dominantes se tienen que esforzar para demostrar que la población entró en clima mundialista, pero lo máximo que pueden mostrar es la exaltación alcohólica de los miles de turistas con poder económico que llegaron a Brasil.

Es improbable (pero no imposible) que se realicen acciones masivas que pongan en riesgo la realización de algún partido. El deterioro de las condiciones de vida y el desgaste político de los gobiernos en todos los niveles, realimentan la insatisfacción popular, de esta manera, a pesar de que la Copa se configure como un importante elemento de contención social, se continúan verificando una serie de conflictos Hasta ahora lejos de lo que querían el gobierno y los patrones, las manifestaciones durante el 12 de junio mostraron que, de hecho, sigue siendo un gran potencial de explosión política que se manifestará en las huelgas – como la de los trabajadores de las autopistas que semiparalizó Natal (Rio Grande do Norte) antes del partido entre México y Camerún – y varias otras formas de luchas durante y después de la Copa del Mundo.

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