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Donde no hay discusión posible, y sólo caben posibles interpretaciones, es en lo que algunos economistas como Michael Roberts llaman “La larga depresión”, dando cuenta del escaso crecimiento real del PBI, la productividad, la inversión y el empleo en las mayores economías del mundo, después de la salida de lo que el consenso convencional llamo la “Gran Recesión” en 2009. Fernald (2016) da cuenta de un crecimiento del PBI en EEUU mucho más lento que el ritmo típico de posguerra, lo que lleva a preguntarse si hay una “nueva normalidad” para su crecimiento, debido a la declinante participación de la fuerza de trabajo, el crecimiento lento de la productividad, que superó el 2,5% anual en 1995-2004, pero apenas supera el 1% en 2004-2015, y no llega al 0,5% en 2010-2015, el promedio más bajo de la posguerra, afectado por el lento ritmo de las innovaciones e inversiones y por el estancamiento del avance educativo de los más jóvenes. La economía de EEUU está creciendo más despacio en el largo plazo, y la llegada de internet y los teléfonos móviles no lo puede cambiar.

No es la idea de este trabajo desarrollar este punto, que se trata en otros textos de esta edición, sino sólo dar cuenta de la casi unanimidad de los economistas convencionales sobre el tema. A lo sumo, el debate gira sobre si es un proceso que se había iniciado antes de la crisis de 2007 o es consecuencia de ésta, o si el crecimiento de la productividad no se está captando adecuadamente en los datos porque no se mide la producción correctamente, en parte al no capturar los servicios gratuitos que generan una gran plusvalía no medida. Pero como señala Martin Wolf, del Financial Times, “no está del todo claro por qué las estadísticas deberían haber perdido repentinamente su capacidad de medir el impacto de las nuevas tecnologías a principios de la década de 2000”. Una vez más, la mayoría de las nuevas tecnologías (pasadas) también han generado una gran plusvalía no medida; por ejemplo, el impacto de la luz eléctrica en la capacidad de estudiar.

En otras palabras, el crecimiento de la productividad todavía depende de que la inversión de capital sea lo suficientemente grande. Y eso depende de la rentabilidad de la inversión. Como advierte Michael Roberts, “bajo el capitalismo, hasta que la rentabilidad no se restablezca lo suficiente y la deuda se reduzca (y ambos trabajen juntos), los beneficios de productividad de las nuevas ‘tecnologías disruptivas’ (como dice la jerga) de robots, IA, impresión en big data, etc., no ofrecerán una reactivación sostenida del crecimiento de la productividad y, por lo tanto, del PBI real”.

El otro punto que queremos destacar es el amplio acuerdo en lo que se ha dado en llamar la “polarización laboral” en por lo menos la última década, esto es, el declive de ocupaciones de nivel medio, como las de fabricación y producción, y el crecimiento en ocupaciones de alta y baja calificación, tales como gerentes y ocupaciones profesionales en un extremo, y ayudar o cuidar a personas en el otro.

Para Dvorkin y Shell (2016), el fenómeno estaría impulsado por la automatización de tareas rutinarias y repetitivas, que disminuyó el empleo en esas ocupaciones. A medida que las computadoras y la tecnología avanzaban, había menos trabajos repetitivos disponibles. Por otro lado, el desarrollo de la globalización permitió que algunas etapas del proceso de producción de EEUU se realizaran en países extranjeros donde la mano de obra es más barata. A pesar de que, como a todos los economistas convencionales, se les escapa que lo que en realidad mueve la producción en la economía capitalista es “la mayor producción posible de plusvalor y por consiguiente la mayor explotación posible de la fuerza de trabajo”, y los “fenómenos” son simplemente su expresión, brindan una descripción detallada de ellos: “Este cambio resulta en una brecha salarial entre las ocupaciones cognitivas no rutinarias altamente remuneradas y los trabajos no rutinarios manuales de bajo salario. (…) Este cambio puede ser un factor importante para aumentar la desigualdad de ingresos”.

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Para estudiar la polarización del mercado laboral, Dvorkin y Shell desglosaron la lista completa de ocupaciones del gobierno de EEUU, denominada Clasificación Ocupacional Estándar, en cuatro grupos: a) no rutinarios cognitivos: ocupaciones que se basan en habilidades mentales e implican la adaptación al proyecto en cuestión, tales como gerentes, informáticos, arquitectos, artistas; b) rutinarios cognitivos: ocupaciones que implican tareas repetitivas no físicas, como el personal de ventas y administrativo; c) rutinarios manuales: ocupaciones que incluyen aquellas que requieren trabajo físico, como fabricación, transporte y construcción; d) manuales no rutinarios: ocupaciones que incluyen aquellas que brindan servicios adaptativos basados ​​en la tarea requerida, tales como trabajadores de comercio, preparación de alimentos y asociados al cuidado personal.

Sostienen que “el empleo en ocupaciones no rutinarias, ya sea cognitivas o manuales, creció más rápido”, en tanto que ”el empleo en ocupaciones rutinarias cognitivas creció a un ritmo muy modesto (…) y el empleo ocupacional de rutina manual disminuyó”.

En términos de salarios, las ocupaciones de rutina tendieron a estar en el medio de la distribución de salarios, mientras que las ocupaciones no rutinarias cognitivas tenían salarios mucho más altos y las ocupaciones no rutinarias manuales generalmente tenían los salarios más bajos. “Esta diferencia salarial destaca la polarización en el mercado laboral, ya que el empleo crece más en los polos opuestos de la distribución salarial”.

Una mirada a la tasa de desempleo proporciona información complementaria: ”Las ocupaciones que requieren un mayor grado de habilidades cognitivas tenían, en promedio, una tasa de desempleo más baja. Además, los trabajos manuales de rutina tenían una mayor volatilidad en la tasa de desempleo, y los trabajos cognitivos no rutinarios tenían una menor volatilidad. Los trabajos cognitivos rutinarios y manuales no rutinarios, por otro lado, tuvieron volatilidades similares en la tasa de desempleo y, hacia el final de la muestra, niveles similares”.

Una de las implicaciones de la polarización laboral es un cambio en el tipo de trabajo que debe realizar el empleado promedio. Dvorkin y Shell analizan también los tipos de trabajos realizados en cada ocupación en base a la Encuesta de Requisitos Ocupacionales de la BLS (Oficina de Estadísticas Laborales de EEUU). La encuesta muestra un fuerte contraste entre los requisitos de habilidades en los dos grupos ocupacionales que crecen más rápido. El grupo cognitivo no rutinario requiere una toma de decisiones compleja, condiciones de trabajo independientes y menos esfuerzo físico, mientras que el grupo manual no rutinario todavía requiere un poco de esfuerzo físico y no implica un alto nivel de tareas cognitivas. Esta diferencia resulta en una polarización en el mercado laboral, entre empleados capacitados capaces de realizar las tareas desafiantes en las ocupaciones cognitivas no rutinarias y los empleados de nivel inicial que son físicamente lo suficientemente fuertes como para realizar las tareas manuales no rutinarias.

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La polarización del empleo entre ocupaciones no es exclusiva de Estados Unidos. Autor (2015) estudia los cambios en la proporción del empleo entre 1993 y 2010 dentro de tres amplios conjuntos de ocupaciones: bajo, medio y alto salario, cubriendo todo el empleo no agrícola en 16 economías de la Unión Europea. En todos los países, las ocupaciones de salarios medios disminuyeron como porcentaje del empleo, mientras que las ocupaciones de salarios altos y de bajos salarios aumentaron sus porcentajes de empleo en este período de 17 años.

Haldane (2015) señala: “En recientes años, en Reino Unido y Europa hay un registro consistente de trabajos medianamente calificados perdidos, empleos altamente calificados que crecen, y en menor grado, de baja calificación. (…) En el Reino Unido el total de personas en alta educación se ha incrementado de 130.000 en 1970 a 2 millones hoy; en EEUU, de 2,4 millones en la posguerra a 20 millones hoy. Pero otros no han subido, sino bajado, tomando trabajos para los que están sobrecalificados. No están desempleados, sino subempleados. Las tasas de subempleo han subido significativamente, alrededor del 15% en la UE, reduciendo el crecimiento de los salarios no calificados. La relación entre productividad y salarios reales muestra una historia similar. (…) Y como los salarios reales han caído más rápido que la productividad, que se ha mantenido extraordinariamente débil en los últimos 6 años, la participación de los asalariados en el ingreso británico ha caído desde 2009 del 58% al 53%“.

Con el tiempo esta brecha puede generar grandes diferencias de ingresos: “Si en EEUU los salarios hubiesen seguido a la productividad desde los 70, hoy serían un 40% más altos: el trabajo no ha recogido los frutos del reciente salto adelante”. Además, “los contratos de cero hora han subido del 0,6% al 2,4%, todos signos de flexibilidad laboral. Como si fuera poco, el salario real no alcanzó el nivel precrisis, sino que es un 6% más bajo, lo que supone el mayor congelamiento desde al menos 1850”.

Para Haldane, como muchos economistas convencionales, no son los capitalistas que les han arrebatado más riqueza a los trabajadores, sino que un incorpóreo trabajo, vaya a saber uno por qué, no pudo realizar una cosecha exitosa. Haldane, jefe de economistas del Banco de Inglaterra, expuso ¿insólitamente? estas consideraciones ante el Congreso de la TUC, central obrera inglesa, señalando que al menos desde la Revolución Industrial los ciclos y cambios en empleos y salarios son tan viejos como la civilización; los actuales son un eco del pasado: “Como en el pasado, la tecnología está cambiando la cantidad y naturaleza del trabajo, desplazando unos y creando otros. Pero esta vez, el cambio puede ser más rápido y profundo que antes (…). La brecha entre aquellos con calificación y no, o los que tienen trabajo o no, puede ensancharse como nunca antes”.

Así, cual maldición bíblica, la “tecnología” tendría vida propia, ajena al interés de clase capitalista en el proceso productivo: los ludditas hoy deberían romper robots, quemar computadoras e infectar algoritmos.

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