Artículo de Esquerda Web

Traducción del portugués: Luz Licht

Las enfermedades nos asolan desde que el género homo comenzó a caminar en las sabanas africanas [1]. Existen enfermedades que son hereditarias y otras adquiridas durante la vida. Las primeras documentaciones de una enfermedad que alcanzó a buena parte de la población se registran en la antigüedad. En Grecia durante la Guerra del Peloponeso, en el segundo año de combates en 430 a. C, Tucídides relata que los atenienses aglutinados dentro de los muros de la ciudad para evitar la confrontación con la poderosa fuerza militar espartana estuvieron en el escenario ideal para que una enfermedad contagiosa se propagara, siendo él mismo alcanzado por esta enfermedad. La misma causó tantas víctimas que mereció su registro en la historia de aquella civilización.

Pero fue en la Edad Media que varias enfermedades alcanzaron a la población en magnitudes masivas generalizadas. La lepra, por ejemplo, es una de las enfermedades infectocontagiosas más antiguas de la que se tenga registro y fue uno de los grandes males de este período. Sin embargo, otra enfermedad presentó una diseminación a gran escala, esparciéndose por el mundo y provocando millares de muertos. Fue la peste negra que dejó a Europa desolada con el peligro de la muerte en cada rincón.

Historia y virus, bacterias y demás pestes

En la Edad Media, la ruta de la seda transportaba productos desde Asia central. Dentro de las caravanas estuvo la Peste Bubónica o Peste Negra, llegando a los puertos del Mediterráneo y consiguiendo entrar a toda Europa. Los barcos que traían mercancías tenían que quedar en observación por 40 días antes de entrar al puerto. Aún con las restricciones, la enfermedad fue avanzando e infectando a millones de personas y matando a un tercio de la población europea. La palabra cuarentena viene del italiano, por el aislamiento que realizaban los pasajeros de los navíos antes de entrar a los puertos de Italia como Génova o Venecia.

Hoy, después de 600 años de la primera pandemia, la situación se asemeja, pero con una dosis mayor de barbarie. Las condiciones de salud continúan siendo inadecuadas, aún con la expansión de la tecnología y del mundo- teóricamente- desarrollado. El capitalismo nunca dio importancia a este sector y ahora padece con la precarización de la salud y del control sanitario. Las consecuencias de no tener políticas de contención de las epidemias colapsaron los hospitales públicos y privados.

En la Edad Media, la primera medida tomada fue el aislamiento de las personas. Los más ricos se alejaban de las ciudades. En 1350, la enfermedad ya estaba instalada en todo el continente, la diferencia con la actualidad es que demoró más de 3 años en expandirse. La peste negra por ser una enfermedad respiratoria era de fácil contagio.

Lo que se vivía en Europa se trasladó a las Américas en un genocidio premeditado e intencional. Ya los primeros navíos que llegaron a las islas del Caribe traían las enfermedades comunes en España, como gripe, tifo, sarampión, tuberculosis y la peste bubónica, que ya eran conocidas en Europa. Pero principalmente la gripe mató a la mayor parte de las y los habitantes de las Américas. [2]

Los conquistadores usaron eso a su favor, con millares muriendo por día la tarea de conquista se tornaba más fácil. Años después, con el tráfico de esclavos llega a América la viruela. En Brasil no fue muy diferente. Los portugueses dejaban ropa con viruela para que se disemine entre los pueblos originarios. Desde 1552 la gripe ya mataba. Luego en 1562, la viruela se diseminaba en las poblaciones. Se calcula que en el siglo XVI sólo quedaba cerca de un 10% de los habitantes nativos previo a la conquista. Las muertes fueron entre 13 y 90 millones desde la llegada de los colonizadores.

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Otra semejanza es la de señalar al extranjero como el propagador de la enfermedad. En la Edad Media los judíos fueron perseguidos y asesinados por supuestamente ser los transmisores de la peste.

Giovanni Boccaccio escribió lo siguiente “Para dar sepultura a la gran cantidad de cuerpos ya no era suficiente la tierra sagrada junto a las Iglesias; por eso pasaron a edificarse Iglesias en los cementerios; se apilaban en esas Iglesias, de a centenas, los cadáveres que iban llegando; y ellos eran apilados como las mercancías en los navíos”. Hoy no es muy diferente: el desprecio del capitalismo con los hospitales colapsados evidencia que no fueron tomadas las medidas preventivas a su debido momento. O como Bolsonaro, que intenta boicotear el aislamiento y poner a todo el mundo a trabajar de nuevo en medio de una epidemia.

En un tiempo marcado por el nuevo coronavirus, los recuerdos de las pandemias se tornan cada vez más presentes. Las semejanzas asustan: un nuevo virus o bacteria aparece, se transmite rápidamente- dejando a todos preocupados-, la población no posee anticuerpos para el nuevo huésped, millares de personas se infectan y, dependiendo del grado de letalidad, provoca muertes en masa.

En el mundo globalizado, el desplazamiento fluido entre regiones o países diferentes es parte del capitalismo desenfrenado, que en la búsqueda de nuevos negocios/mercados transporta miles de mercancías y personas diariamente. El mercado frenético y el turismo realizado por millares de personas propagaron el Covid-19 en menos de dos meses. El virus ya alcanzó la mayor parte del mundo, hoy no hay lugar donde el coronavirus no haya entrado, como en las islas del pacífico y en los países cerrados como Corea del Norte. La particularidad del virus de entrar en las personas sin que presenten síntomas de la enfermedad ha sido el vehículo perfecto para diseminarse por el globo de forma silenciosa.

En un juego sucio del capitalismo, Trump habla de que está cerca de obtener una vacuna para el coronavirus, días después es desmentido por todos los medios. Es una maniobra de distracción frente a la inoperancia del capitalismo para contener una pandemia. En Brasil, Bolsonaro difunde mentiras para confundir a la población. Afirma que tal droga combate al virus. En repetidas ocasiones mencionó a la cloroquina como remedio sin tener la comprobación científica para tal afirmación. Pero que en una amplia camada de la población se convierte en una verdad irrefutable.

Otra forma de engañar a la población es sobre la inmunidad. Hablar de que se consuma tal cosa; que tal vitamina aumenta su inmunidad; una serie de cosas que sólo sirven como engaño. “La inmunidad se forma por un conjunto de factores que actúan en la defensa del cuerpo contra una serie de enfermedades, virus y bacterias. No podemos apelar a un alimento o a una vitamina para resolver un problema de salud”, dice el infectólogo Hélio Bacha. “Tampoco existe ningún estudio en medicina que compruebe que quien come más ajo tiene menos enfermedades.”

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Las enfermedades como vehículos del genocidio

Desde las primeras pandemias estas fueron utilizadas para desarmar al enemigo. Ejércitos combatían contra enfermedades desconocidas, el enemigo invisible mató más que la guerra en sí. Al final de la Primera Guerra Mundial la influenza ganó fuerza entre las tropas, siendo una de las epidemias más mortíferas de la historia.

El médico epidemiologista Stefan Cunha Ujvari cuenta en su libro como la gripe fue censurada: “Los países en guerra difícilmente admitirían que sus ejércitos estaban siendo diezmados por el virus de la gripe. La censura de las naciones en guerra omitía el declive del poderío militar ante una lucha tan álgida. La epidemia podía perfectamente ser atribuida, entonces, a una nación neutra en la guerra. Ese debe haber sido el motivo de que la epidemia haya sido conocida como “gripe española”…. En Inglaterra y en el País de Gales murieron cerca de doscientas mil personas. Los Estados Unidos computaron medio millón de muertes. Buena parte de ellos entre los campamentos militares con soldados prontos a ser enviados a los campos de batalla europeos…» el negacionismo no es tan diferente en este período de coronavirus.

El negacionismo es parte de un genocidio cuando los gobiernos quieren imponer a un sector amplio de la población que es obligada a trabajar sin la protección adecuada. Las actitudes de Bolsonaro tratando la enfermedad como una “gripecita” desprecian a la población más pobre dejando a millares de trabajadores expuestos a la enfermedad sólo en función del lucro.

El mundo ya cambió, lo que deja claro que el capitalismo desprecia la vida humana y es en estos momentos en que la percepción de la depredación capitalista se hace sentir con más fuerza. La falta de preparación que se tiene para combatir una enfermedad no se justifica ante los avances tecnológicos que la humanidad consiguió. Por eso el oscurantismo de la Edad Media se hace evidente en la actualidad a través del negacionismo de los gobiernos. La elección de la preservación o no de la vida es una cuestión política, de intereses de clase opuestos.

[1] “Este Homo erectus recorrió planicies y valles africanos por millares de años antes de nuestra llegada. Sus huesos muestran que no se encontraba solo. Su esqueleto presenta cicatrices que revelan una enfermedad causada por una bacteria del mismo género de la sífilis. Ese ancestro nuestro no sufría de sífilis, pero sí de otra enfermedad causada por una bacteria semejante, la frambesia. Como en el ejemplo de la sífilis, la bacteria de la frambesia se disemina por la sangre y los huesos dejando marcas y cicatrices.” Relata el médico infectólogo Stefan Cunha Ujvari, en su libro; La historia de la humanidad contada por los virus.

[2] “El descubrimiento de América por los europeos trajo una inundación de microorganismos a los indios americanos, que desconocían sus enfermedades. La viruela y el sarampión vinieron en las embarcaciones europeas. Diezmó a los indios y auxilió a los españoles en la conquista de los pueblos incas y aztecas. Bacterias de la tuberculosis llegaron en una nueva onda de ataques. La gripe causo epidemias en los indígenas…” Stefan Cunha Ujvari, en su libro; La historia de la humanidad contada por los virus, describe en su libro como los genocidios se propagaron por el mundo.

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