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Como resultado de los sucesos de octubre, Perón había sido repuesto en el poder, pero el gobierno militar se vio obligado a convocar a elecciones para comienzos de 1948. La Unión Democrática se integró con los aparatos políticos tradicionales, es decir, los existentes en el país antes del 4 de junio de 1943. Tras ella se alinearon el gobierno norteamericano, las clases dominantes argentinas en masa, la clase media acomodada y reducidos núcleos obreros de larga tradición gremial y relativamente alto nivel de ingresos. Los tipos sociales característicos de la Unión Democrática eran el gran empresario, el profesional universitario, el estudiante. La candidatura de Perón llevó tras de sí un conglomerado formado por la burocracia sindical respaldada desde la Secretaría de Trabajo y Previsión, por militares y por políticos de tercera o cuarta categoría desprendidos de los partidos tradicionales. Respaldando a Perón estuvieron el ejército, la policía, la iglesia y, last but not least, los intereses británicos. El peronismo halló su clientela electoral en la clase obrera y en las masas trabajadoras urbanas y rurales, entre la “gente pobre” en general. La probabilidad de que un votante fuera peronista estaba en relación inversa al nivel de sus ingresos y a la altura y seguridad de su status. Los tipos sociales característicos del peronismo eran el dirigente gremial, el militar retirado, el tránsfuga.[4]

El mayor peso de la campaña electoral peronista estuvo a cargo del Partido Laborista, organización fundada en noviembre de 1945, en una convención a la que asistieron 2.000 delegados. La mayor parte de los dirigentes sindicales del país ingresaron a este partido, cuya dirección era compartida por Luis Gay, dirigente de los trabajadores telefónicos, y Cipriano Reyes, dirigente de los trabajadores de la carne y principalísimo protagonista del 17 de octubre. (Para un juicio sobre lo que significó el gobierno peronista para la clase obrera argentina conviene retener estos tres nombres: Partido Laborista, Luis Gay, Cipriano Reyes).

Junto al Partido Laborista, levantó la candidatura de Perón una “Junta Renovadora de la Unión Cívica Radical” en la cual se aglomeraron los políticos radicales, que supieron prever de qué lado estaba el camino más corto para llegar al poder. Los arquetipos de este nucleamiento eran viejos políticos corrompidos como Hortensio Quijano o diputados radicales alguna vez subsidiados por las compañías extranjeras de electricidad.

Prácticamente toda la prensa diaria del país apoyaba a la Unión Democrática. Perón sólo disponía de un diario, y éste se imprimía en los talleres del Buenos Aires Helrald, órgano de la colectividad comercial británica en Buenos Aires, con anuencia de la embajada británica[5]

La ofensiva norteamericana contra Perón arreciaba cada semana, pero los capitalistas ingleses no lo abandonaban.

“.. .el presente régimen argentino no es parlamentario —decía su vocero— pero hay regímenes similares en varias naciones sudamericanas con los cuales Estados Unidos mantiene cordiales relaciones” (South American Journaly agosto 4, 1945). Y poco después agregaba:

“Perón tiene un fuerte prestigio entre los obreros, por supuesto la vasta mayoría en cualquier país; es concebible que en las elecciones retorne al gobierno como un líder democrático. Empero cuanto hagan los argentinos alrededor de sus .asuntos internos es cuestión de ellos y no nuestra. Sin embargo, muchos extranjeros persisten en intervenir de una forma u otra en los asuntos argentinos. Mister Braden, que fue hasta hace poco embajador de los Estados Unidos en la Argentina y es ahora secretario asistente de Estado encargado de asuntos latinoamericanos, está volviendo plenamente a la política intervencionista. No es propósito de este periódico (South American Journal) defender o atacar al presente régimen de la Argentina. La política argentina concierne al pueblo argentino y, a menos que y hasta que él viole los derechos de otras naciones, es un problema argentino solamente. Esta ha sido siempre la política británica.

“Desde los primeros días de la República, han existido lazos muy estrechos entre la Argentina y Gran Bretaña, y nunca Inglaterra trató de dominar la política argentina” (Ídem, octubre 8, 1945). Después de esta franca manifestación de apoyo al gobierno militar y a Perón, difícilmente era aceptable la manifestación de la misma fuente británica de que “Personas mal informadas podrían dar crédito a las noticias de que intereses británicos están interviniendo en la política interna de la Argentina. Hay una creencia fuertemente extendida en el hemisferio occidental de que intereses británicos están apoyando activamente la campaña presidencial del Coronel Perón” (Ídem, febrero 9. 1946).

Ciertamente, los banquetes que el embajador inglés brindaba al gobierno militar en momentos en que toda la burguesía argentina lo condenaba al ostracismo confirmaban, más bien que desmentían, esa “creencia”. La campaña electoral peronista tuvo un marcado carácter “antiyanqui”, y su slogan básico fue “Braden o Perón”. Se habló también contra “la oligarquía” y “el capital”, pero en general la campaña fue respetuosa del orden social imperante. Perón se complacía en señalar que su apoyo provenía no sólo de la clase obrera, sino también de las columnas del orden: ejército, policía, iglesia. La crónica de su discurso en el mitin inaugural de su campaña dice así: “Más adelante el orador expresó su deseo de ver al pueblo unido con el ejército y las fuerzas del orden, e hizo el elogio de la institución policial para agregar: la iglesia argentina es siempre benemérita, porque hoy como siempre está con su pueblo” (La Prensa, diciembre 15, 1945). Para suplir la ausencia de consignas anticapitalistas o antiimperialistas se dio a las masas slogans “antioligárquicos”, acudiéndose a la consabida martingala del odio al cajetilla y al pituco. Se dijo “Alpargatas sí, libros no!”

En verdad, los profesionales de los libros y la política, experimentados ex ministros y diputados, rectores de universidades e intelectuales de nota, demostraron que políticamente no valían el precio de una alpargata. Daban por sentado que el pueblo trabajador iba a votar a viejos figurones como los candidatos de la Unión Democrática, comprometidos en todo el desprestigio del régimen anterior al 4 de junio y ahora impregnados en el agua bautismal de la embajada norteamericana. El tema de la campaña democrática era “batir al nazi-peronismo”. A los peones agrarios, que por primera vez en la historia del país habían recibido una serie de elementales mejoras económicas y sociales, a los arrendatarios a quienes Perón prometía darles la tierra en propiedad, se les ofrecía como candidatos los terratenientes de la Sociedad Rural Argentina; que eran “progresistas” según reciente descubrimiento del Partido Comunista. “Por la libertad y la democracia contra el nazismo”, proclamaba la Unión Democrática. ¿Pero qué sentido tenían para los trabajadores la libertad y la democracia voceadas por los candidatos de las organizaciones patronales? El peronismo les recordaba que eso significaba la libertad de morirse democráticamente de hambre, “como antes de Perón”. Por otra parte, era falso de raíz llamar “nazi” al peronismo. El nazismo es la guerra civil de la pequeña burguesía dirigida por el gran capital contra la clase obrera. Perón se apoyaba en la clase obrera contra el gran capital y la pequeña burguesía. Esto era lo esencial, y no se modifica porque los métodos totalitarios del peronismo fueran un intento de calcar los métodos nazis.

El principal argumento de su campaña lo dio el peronismo en diciembre de 1945. Desde los balcones de la Casa de Gobierno, y dejando bien claro que tras todo eso estaba Perón, el gobierno anunció a la clase obrera un decreto que implantaba el sueldo anual complementario y las vacaciones pagas. Desde luego, el decreto no se aplicaba a los ferrocarriles ingleses, pero nadie reparó en ello, salvo las empresas interesadas. Era una nueva e importante mejora concedida a los trabajadores. ¡Demagogia!, gritaron los oradores de la Unión Democrática mientras sus sostenedores de las organizaciones patronales declaraban un cierre general del comercio y la industria que fue fácilmente quebrado por el Gobierno. En una asamblea monstruo de todas las entidades patronales (Unión Industrial, Sociedad Rural, etc.), “las fuerzas económicas resolvieron desconocer el reciente decreto sobre aguinaldos y sueldos” —anunciaban con alborozo los grandes diarios. En nombre de toda la burguesía argentina, habló un director de innumerables sociedades anónimas y dijo:

“El carácter electoralista del decreto es el aspecto más importante que debemos considerar y que asigna a nuestra resolución una enorme trascendencia, porque con medidas de pretendido carácter social y de indudable trascendencia económica se nos lleva, aun contra nuestra voluntad, al terreno político. No podemos pues rehuir la lucha en este terreno del que hemos querido estar alejados.

“No podemos, colocados en este trance, permanecer indiferentes. No se juega en este caso la preeminencia en el gobierno o la conquista del mismo, por uno u otro de nuestros partidos tradicionales. Se juega algo más que una cuestión partidaria: se repite aquí la lucha que ha tenido para bien de la humanidad, su definición victoriosa en Europa, y que está librando en el país una batalla decisiva; es la democracia contra el totalitarismo, el respeto a la dignidad de la persona humana y sus derechos esenciales, contra la absorción del individuo y de sus bienes por el Estado.” (La Prensa, diciembre 28, 1945.)

La dignidad humana exigía que los obreros no tuviesen vacaciones pagas. Darles un sueldo anual complementario era ya la barbarie totalitaria. Tal era la filosofía de la burguesía argentina. Los legistas, que no faltaban en la Unión Democrática, demostraron abundantemente que el decreto sobre aguinaldo y vacaciones era anticonstitucional. Los obreros no dejaron de advertir que la Unión Democrática —sin excluir al partido Comunista— se oponían a las mejoras que Perón les concedía.

Estados Unidos Interviene Contra Perón

El argumento de más grosor que utilizó la Unión Democrática fue lanzado días antes de las elecciones y era de un carácter completamente distinto. No fue dado a conocer desde la Casa de Gobierno de la Argentina, sino desde la Casa Blanca, en Washington. Se trataba de un Libro Azul, en donde el Departamento de Estado norteamericano acusaba al gobierno militar, y a Perón, de ser una banda de espías alemanes.

El New York Times editorializó que el libro “demuestra por encima de toda duda razonable que los gobiernos argentinos de Castillo y de Farrell-Perón, fueron socios activos del Eje durante la guerra; que sólo las deficiencias de armamentos les vedaron entraren ella; que el gobierno Farrell-Perón ha seguido firmemente la línea nazi-fascista y en fin, que hoy intenta perpetuar en este hemisferio el tipo de Estado nazi, con el cual sus jefes esperan volver a desafiar algún día a las democracias” (La Nación, febrero 14, 1946). El New York Herald Tribune aseguró que “el problema argentino ha llegado a tal punto de peligro para el mundo, que exige una acción efectiva”. Y el Christian Science Monitor advirtió que “los líderes políticos de la Argentina deben reconocer la posibilidad de que se le retire al gobierno argentino el reconocimiento diplomático, no sólo por Washington, sino por otras capitales americanas, si gana Perón. Solamente un cambio básico del gobierno argentino podría evitar el aislamiento de la Argentina de la sociedad mundial”. Walter Lippman escribió especialmente para La Prensa de Buenos Aires que “los norteamericanos teníamos y tenemos todo derecho de tratar al gobierno argentino como un gobierno inamistoso” (La Prensa, febrero 16, 1946). Y el corresponsal en Buenos Aires del New York Herald Tribune escribió: “Los cargos contra Perón infligirán un serio golpe a sus proyectos presidenciales. Se cree que el documento hace imposible la retención de la presidencia por parte de Perón, ya llegue a ella por la fuerza o por las elecciones. Es de la mayor significación el hecho de que Perón nunca será aceptado como presidente de la Argentina por Estados Unidos, sin considerarse el medio porque haya llegado al poder” (Crítica, febrero 13, 1946). Con agudo sentido político el Departamento de Estado, la Unión Democrática y la prensa que la apoyaba, dieron amplia publicidad al documento y exclamaban radiantes: “¿Han visto? Norteamérica demuestra que Perón es nazi. ¿Cómo va a votar por los nazis el pueblo argentino?” Para confirmar la imposibilidad, el dirigente comunista Rodolfo Ghioldi declaraba a los diarios extranjeros que “Perón en el gobierno será siempre una amenaza terrible para la paz de este continente” (La Prensa, febrero 16, 1946). Coincidentemente, el New York Times afirmaba: “Nuestro gobierno no tiene motivos para tratar de derrocar a Perón poniendo clandestinamente armas en manos de sus enemigos. Hay medios más francos para obtenerlos, entre ellos el retiro del reconocimiento en el caso de que se apodere del poder. Es de esperar que el pueblo argentino encuentre la forma de impedir que llegue al poder” (New York Times, febrero 1, 1946). Ese mismo día, un vocero tradicional de las clases dominantes argentinas adornaba e] tope de su primera página con el siguiente titular a cuatro columnas: “El tan mentado ‘imperialismo yanqui’ parece no hallar eco en los Estados Unidos” (La Nación, febrero 1, 1946). Ante el Libro Azul norteamericano, Londres comentó: “Después de todas las medidas adoptadas para asegurar elecciones reales, deja atónito ver emanada de Washington esta extravagante denuncia de presentes y pasados gobiernos argentinos y de uno de los actuales candidatos presidenciales. Aún más curioso en el documento norteamericano son los cargas sumamente graves contra uno de los candidatos presidenciales, cargos que necesitan sólidas pruebas antes de que se les pueda dar crédito. La denuncia, en esa forma y en estos momentos, sólo puede ser descripta como una tentativa de intervención en la política argentina, y debe ser deplorada” (South American Journal, febrero 23, 1946).

Las elecciones se realizaron el 24 de febrero de 1946. La campaña electoral —abundante en agresiones físicas por ambas partes— culminó por el lado peronista con un acto en e! que Perón derrochó su mejor talento de demagogo.

”En nuestra patria —comenzó diciendo— no se debate un problema entre ‘libertad’ o ‘tiranía’, entre Rosas y Urquiza, entre ‘democracia’ y ‘totalitarismo’. Lo que en el fondo del drama argentino se debate es, simplemente, un partido de campeonato entre la justicia social y la injusticia social”. ¿Quiénes apoyaban a la Unión Democrática? La Unión Industrial, la Bolsa de Comercio, la Sociedad Rural, que quieren “derogar la legislación del trabajo e impedir cuanto significara una mejora para la clase trabajadora”. “Desde que a mi iniciativa se creó la Secretaría de Trabajo y Previsión —agregó— no he estado preocupado por otra cosa que mejorar las condiciones de vida y de trabajo de la población asalariada. La medida de la eficacia de la Secretaría de Trabajo y Previsión nos la da tanto la adhesión obrera como el odio patronal. Si el organismo hubiese resultado inocuo, les tendría sin cuidado su existencia y hasta es posible que muchos insospechados fervores democráticos tuviesen un tono más bajo.

Y es bien seguro que muchos hombres que hasta ayer no ocultaron sus simpatías hacia las dictaduras extranjeras, o que sirvieron a otros gobiernos de facto en la Argentina, no habrían adoptado hoy heroicas y espectaculares posiciones pseudo-democráticas. Si el milagro de la transformación se ha producido, ha sido sencillamente porque la Secretaría de Trabajo ha dejado de representar un coto cerrado sólo disfrutable por la plutocracia y por la burguesía. Se acabaron las negativas de los patrones a concurrir a los trámites conciliatorios promovidos por los obreros; se terminaron las infracciones sin sanción a las leyes del trabajo; se puso fin a la amistosa mediación de políticos, de grandes señores y de poderosos industriales para lograr que la razón del obrero fuese atropellada.

La Secretaría de Trabajo hizo justicia estricta, y si en muchas ocasiones se inclinó hacia los trabajadores, lo hizo porque era la parte más débil en los conflictos. Esta posición espiritual de la autoridad es lo que no han tolerado los elementos desplazados de la hegemonía que venían ejerciendo, y esa es la clave de su oposición al organismo creado. A eso es a lo que llaman demagogia. Que el empleador burle al empleado, representa para ellos labor constructiva de los principios democráticos; pero que el Estado haga justicia a los obreros constituye pura anarquía.”

“De cada 35 habitantes rurales —continuó diciendo Perón— sólo uno es propietario. Ved si andamos muy lejos cuando decimos que debe facilitarse el acceso a la propiedad rural. Debe evitarse la injusticia que representa el que 35 personas deban ir descalzas, descamisadas, sin techo y sin pan. para que un “lechuguino” venga a lucir la galerita y el bastón por la calle Florida, y aún se sienta con derecho a insultar a los agentes del orden porque conservan el orden que él, en su inconsciencia, trata de alterar con sus silbatinas contra los descamisados.” “La Argentina necesita la aportación de esta sangre juvenil de la clase obrera.

Esta sangre nueva la aporta nuestro movimiento; esta sangre hará salir de las urnas el día 24 de este mes esta nueva Argentina que anhelamos.” Y terminó con un violento alegato antiyanqui: “Denuncio al pueblo de mi patria que el señor Braden es el inspirador, creador, organizador y jefe verdadero de la Unión Democrática. El señor Braden quiere implantar en nuestro país un gobierno propio, un gobierno títere y para ello ha comenzado por asegurarse el concurso de todos los quislings disponibles. Si por un designio fatal del destino, triunfaran las fuerzas regresivas de la oposición, organizadas, alentadas y dirigidas por Braden, será una realidad terrible para los trabajadores argentinos la situación de angustia, miseria y oprobio que el mencionado ex embajador pretendió imponer sin éxito al pueblo cubano. En consecuencia, sepan quienes voten el 24 de febrero por la fórmula del contubernio oligárquicomunista que con ese acto entregan sencillamente su voto al señor Braden. La disyuntiva en esta hora trascendental es esta: o Braden o Perón. Por eso, digo: Sepa el pueblo votar” (coronel Juan Perón, discurso en el acto de proclamación de su candidatura, el 12 de febrero de 1946, en DSCDN, junio 4. 1946. pág.48 y ss.).

Era un lenguaje directo, que llegaba a las masas trabajadoras.

La Unión Democrática coronó su actuación con un acto que inició el literato Ricardo Rojas, quien comenzó leyendo un trozo de los Evangelios y explicó la lucha electoral en estos términos:

“Se trata, conciudadanos, de nuestro destino propio como nación, porque ha llegado el momento de justificar al general San Martín cuando en 1812 vino del mar para emanciparnos como nación” (La Nación y La Prensa, febrero 10, 1946). El líder comunista Rodolfo Ghioldi pronosticó: “Referido a términos electorales, la candidatura fascista está irremediablemente derrotada”. Se mostró a continuación seriamente preocupado por la amenaza del imperialismo… argentino: “Tenemos también profunda preocupación internacional. Cómo no tenerla, si escuchamos decir que el 4 de junio ha de expandirse por toda Sudamérica? La orientación y la técnica son las de Hitler, y se basan en la idea de la desaparición de los estados nacionales dentro de un estado continental”. Y terminó así: “Hoy, aquí, estamos escribiendo el epitafio electoral del fascismo aborigen. Es el triunfo de la unidad argentina, por sobre las clases y las tendencias, y al que concurrió con resolución nuestra heroica clase obrera” (ídem). ¡Quién hubiera dicho que 98 años antes se había escrito el Manifiesto Comunista!

El candidato presidencial de la Unión Democrática resumió su programa en pocas palabras: “He de ser antes que nada —y quiero expresarlo con la sencillez de las decisiones irrevocables— el presidente de la Constitución Nacional”.

“Creo —añadió— que no existe una sola persona honrada que no desee la felicidad de sus semejantes. Todos aspiramos a que haya sobre la tierra una mayor justicia social. Pero aliento la convicción de que para obtenerla hay que multiplicar las fuentes de producción.” Sus palabras finales tuvieron este rico contenido: “El 24 de este mes vamos a confirmar en las urnas nuestra serena voluntad de ser libres, Al día siguiente de la victoria y antes de reiniciar las fatigosas tareas que nos aguardan, he de saludarlos con palabras inspiradas en las de un gran argentino: Sois los dignos herederos de las glorias antiguas. Descansad un instante a la sombra protectora de la bandera de la patria” (ídem).

“Justificar al general San Martín”, “Constitución Nacional”, “voluntad de ser libres”, “Unidad Argentina por sobre las clases”. El diario tradicional de las clases dominantes explícito con toda claridad la política que esas frases encubrían: “Con anterioridad al gobierno surgido del movimiento militar de 1943, se había establecido la armonía entre el capital y el trabajo. En la actualidad el panorama ha cambiado. El gobierno intervino ordenando el alza de las retribuciones, a veces con carácter retroactivo. Al restablecerse la normalidad constitucional con el triunfo de la democracia, habrá necesidad, según ya se ha dicho, de emprender una obra de restauración” (La Nación, febrero I, 1946).

Las elecciones del 24 de febrero fueron irreprochables, las primeras sin fraude en la historia del país. Así lo atestiguan las declaraciones de la Unión Democrática aparecidas en los diarios del 25 de febrero, día en que la gran prenda proclamaba por anticipado el triunfo de la Unión Democrática. Pero al terminar el escrutinio Perón era presidente, electo por significativa mayoría de votos. Sólo tres personas lo habían previsto, y tenían motivos para alegrarse: el embajador inglés, el corresponsal del Times de Londres y el Nuncio papal (Kelly, Sil). “Las elecciones argentinas —comentó con satisfacción el vocero del capital británico— constituyen la mayor derrota diplomática que ha sufrido Estados Unidos en los últimos tiempos, y le ha sido infligida por los electores argentinos.” (South American Journal, abril 13, 1946.) Junto con la presidencia de la República, Perón obtuvo casi dos tercios de la Cámara de Diputados, todos los puestos del Senado excepto dos, todas las gobernaciones de provincia y mayoría en todas las legislaturas provinciales excepto la de Corrientes. La maquinaria estatal había quedado en manos de dirigentes gremiales, tránsfugas del partido Radical y militares. Perón era coronel. Los gobernadores peronistas de Buenos Aires, Córdoba, Tucumán y Mendoza eran coroneles también. Los gobernadores peronistas de Corrientes y de Entre Ríos eran generales.

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Perón e Inglaterra Sientan las Bases de 20 Años de Estancamiento Argentino

Perón asumió el cargo de presidente de la República a mediados de 1946. Las existencias de oro y divisas totalizaban 1.425 millones de dólares (Memoria del BCRA, 1947[6]). Desde 1940 el comercio exterior arrojaba un saldo crecientemente favorable. Se vivía en estado de plena ocupación, de inflación y de prosperidad. Crecía el mercado interno para todos los productos y en el mercado mundial se obtenían elevadísimos precios por las exportaciones agropecuarias. Pero en el fondo de todo esto yacía una aguda descapitalización de la economía argentina. El sistema de transportes era anticuado y estaba agotado. La producción de energía no satisfacía las necesidades ni el previsible aumento de la demanda. La agricultura trabajaba con un utilaje anticuado que agravaba su tradicional insuficiencia en punto a mecanización. La industria había llegado desde 1943 al límite máximo en la plena utilización de sus equipos (Memoria del BCRA, 1943) y los incrementos en la producción se lograban en base a un desgaste intensísimo y al agotamiento de los equipos —que no se reemplazaba y ni siquiera se reparaba adecuadamente— y al empleo de cantidades siempre crecientes de obreros (entre 1937 y 1949 su número aumentó en 96 %), lo que elevaba los costos y reducía la productividad.

A diferencia de lo ocurrido al termino de la primera guerra mundial, cuando el gran problema de la industria argentina residía en asegurarse una protección contra la competencia de las mercancías metropolitanas, en 1946 la esencia de una política industrialista consistía en asegurar las divisas necesarias para la modernización y expansión de la industria y de todo el aparato productivo del país— contrarrestando las previsibles maniobras de las metrópolis destinadas a saquear las reservas acumuladas durante la guerra. En 1955 todos estos problemas continuaban en pie y la Argentina seguía siendo un país atrasado y semi-colonial, y por añadidura estancado. El “Informe Económico” publicado en el último año del gobierno peronista por la peronísima CGE expresaba, entre adulaciones y eufemismos, la realidad de una economía dependiente y en progresivo deterioro[7].

El peronismo no modificó la estructura tradicional del país, es decir las relaciones de propiedad y la distribución del poder preexistentes.

En 1946 fue nacionalizado el Banco Central según los lineamientos del Plan Pinedo de 1940 (DSCDN, diciembre 5, 1946). Pero la política del Banco Central nacionalizado continuó sirviendo al tradicional conglomerado de intereses extranjeros y nacionales que controlan la economía argentina[8]. El Banco de Crédito Industrial actuaba en el mismo sentido, y año tras año destinaba más del 50 % de sus préstamos a apoyar unas 400 grandes empresas —vinculadas casi todas al capital extranjero. Además, la nacionalización del Banco Central permitió modificar su carta orgánica en forma tal que desde entonces la mayor parte del respaldo metálico del peso argentino reside en el Banco de Inglaterra (DSCDN, agosto 25 y 26, 1949). Se creó el Instituto Argentino para la Promoción del Intercambio (IAPI), inspirado también en los principios del Plan Pinedo, y en la experiencia de la Junta Reguladora de Granos, con la misión de “sostener los precios de los productos agrícolas, oponiendo al comprador único y trustificado en pool la fuerza del vendedor único” (DSCDN, diciembre 17 y 18, 1949).

Las ganancias obtenidas por el IAPI en el mercado mundial durante el trienio dorado 1946-1948 sirvieron para subvencionar las exportaciones de carne a Gran Bretaña, para subvencionar a las empresas frigoríficas y azucareras, para subsidiar el consumo y mantener precios políticos en diversas industrias. Luego, al comenzar el descenso de los precios agropecuarios en el mercado mundial, el IAPI comenzó a apuntalar el mercado interno —y la renta agraria— comprando las cosechas a pérdida, como lo había hecho la Junta de Granos bajo los gobiernos conservadores, es decir, aprovechando la coyuntura no para debilitar a la burguesía terrateniente sino para fortalecerla. En fin, el IAPI fue uno de los más importantes creadores de inflación y el más importante dilapidador de divisas (ver Memorias del IAPI, Informe ya citado de la CGE y Sociedad Rural Argentina, Informe sobre la producción rural argentina (Bs. As., 1964), página 68).

En 1947 el gobierno peronista nacionalizó los ferrocarriles británicos en condiciones desastrosas para el país, subordinando los intereses y necesidades de la economía nacional a las conveniencias de la decadente metrópoli. El peronismo prostituyó así una vieja aspiración nacional, pero su propaganda convirtió la nacionalización de los ferrocarriles en símbolo de… la independencia económica[9].

El contenido y el estilo de la política económica peronista se sintetizó en los llamados Planes Quinquenales. Estos “planes” consistían, en esencia, en una recopilación de proyectos inconexos, reunidos con fines de propaganda más que de desarrollo económico y cuyo punto de partida era la propiedad privada capitalista, y la estructura de clases. que frena el desarrollo del país.

Las bondades de la llamada planificación peronista pueden juzgarse por sus resultados.

Hasta 1955 el producto por habitante permanece estancado al nivel de 1948 y otro tanto ocurre con el volumen de la producción industrial per cápita, y con la acumulación de capital por habitante (CGE, 22 y CEPAL, 20).

Ocaso de Gran Bretaña e Ingreso de la Argentina en el Sistema Panamericano

Perón llegó al gobierno como enemigo de Estados Unidos. Pero en 1946 la situación internacional del país no era la misma que en 1943. El imperialismo inglés había sufrido un debilitamiento general en todo el mundo, y también en la Argentina. Cada vez estaba menos en condiciones de satisfacer las necesidades financieras y comerciales del capitalismo argentino, que como Pinedo lo había previsto en 1940 necesitaba de Estados Unidos, y tanto más cuando mayor era el peso de la industria.

En 1947, en Río de Janeiro, el peronismo abandona la vieja tradición diplomática nacional y firma un tratado por el cual la Argentina se comprometía a acatar las decisiones políticas, incluida la declaración de guerra, emanadas de un súper-estado panamericano controlado por Estados Unidos (el texto del tratado en DSCDN, junio 28, 1950). Frente al sistema panamericano controlado por Estados Unidos la política tradicional de las anglófilas clases dominantes argentinas, puesta en práctica por los gobiernos conservadores tanto como por los gobiernos radicales, había oscilado entre el aislamiento y el rechazo activo. Con el gobierno peronista se

inaugura una política que oscila —según las posibilidades ofrecidas por la situación internacional y por los déficit de la economía argentina— entre el acatamiento pleno de las exigencias norteamericanas y las maniobras dilatorias tendientes a retrasar la hora de cumplir los compromisos más gravosos, y a conservar algún margen de maniobra dentro de la situación de dependencia.

Existía conciencia hecha de que, aun cuando la Argentina formaba oficialmente parte del sistema panamericano, en esta participación había mucho de convencional. Con todo, fue bajo el gobierno de Perón que la Argentina dio los pasos más largos y más decisivos para someterse al sistema panamericano. Ahora bien: “No hay compatibilidad posible entre el panamericanismo oficial y los intereses vitales de la Nación Argentina” (Amadeo, Convivencia, 70).

Mientras ingresaba a regañadientes en el sistema panamericano, el gobierno peronista suscribía con Inglaterra convenios bilaterales que descapitalizaban crecientemente al país y perjudicaban la competencia norteamericana en el mercado argentino.

En tanto duraron las reservas de oro y dólares y se mantuvieron los buenos precios para las exportaciones argentinas, fue posible prescindir de Estados Unidos. Mas, ya en 1950, agotados los dólares, el gobierno suscribe con el Export Import Bank de Washington un empréstito de 125 millones de dólares, el primer empréstito que solicitaba la Argentina después de más de 10 años.

Las condiciones explícitas del empréstito eran más onerosas que las de los viejos empréstitos. Las condiciones no expresas eran varias: entre otras, significaron eximir del impuesto a las ventas, con carácter retroactivo, a las compañías petroleras norteamericanas operantes en la Argentina. Con todo, la guerra de Corea trajo, ese mismo año de 1950, una mejoría en la balanza de pagos y en la situación económica; se aflojó la urgencia de dólares y las relaciones con los Estados Unidos continuaron frías. Pero desde 1952 el valor de las exportaciones desciende, y los términos del intercambio se deterioran incesantemente; el mercado interno se contrae, disminuye la producción industrial, aumentan las quiebras y se insinúa la desocupación obrera. Un economista vinculado al gobierno declara que el país necesita capital extranjero por valor de 4.000 a 5.000 millones de pesos (suma superior al ingreso nacional en 1952). The Economist informa “Existen indicios de otro cambio en la política económica de Perón —un creciente reconocimiento de la urgente necesidad de nuevas inversiones extranjeras—. Hay razones para suponer una relación entre, esto y la calurosa recepción que ha recibido en Buenos Aires la victoria de Eisenhower. Del propio Perón proviene la manifestación de que la victoria republicana puede marcar un nuevo capítulo en las relaciones argentino-norteamericanas. Parece que Perón está aprovechando la elección para colocar sobre bases más amistosas las relaciones con los Estados Unidos” (Ecónomo Review of Argentina, noviembre 4, 1952).

Poco después de la misión Eisenhower, que inspeccionó la América latina en 1953, Perón escribía: “Hace pocos días, un americano ilustre, el doctor Millón Eisenhower, llegaba a nuestro país en representación de su hermano, el presidente de los Estados Unidos. Su misión era, simplemente, de acercamiento amistoso. El gran país del Norte tomaba la iniciativa para estrechar relaciones con sus hermanos del Sur y suavizar asperezas. La elección del enviado, sus palabras y actitudes demuestran el acierto de su elección y el talento del que lo eligió. Fue un amigo sincero y leal. El gobierno y el pueblo argentino lo recibieron y lo agasajaron como imponían su representación, sus cualidades y calidades. El doctor Milton Eisenhower tuvo la virtud de disiparlo todo. Una nueva era se inicia en la amistad de nuestros gobiernos, de nuestros países y de nuestros pueblos” (Democracia, julio 30, 1953).

En 1953 se sanciona una Ley de Inversiones Extranjeras que asegura trato excepcionalmente favorable al capital internacional. Se obtiene un empréstito norteamericano de 60 millones de dólares para construir una planta siderúrgica, se entrega al capital internacional la industria automotriz y se confía a la Standard Oil de California el desarrollo de la producción petrolera, estancada como toda la economía argentina.

Apogeo del Bonapartismo

Pero mientras la evolución molecular de la estructura económica erosionaba los fundamentos del alegre carnaval denominado “revolución nacional”, el peronismo se afianzaba en el poder y crecía su apoyo de masas. Entre 1945 y 1951 la población aumentó un 14 por ciento, el producto per cá-pita en 11 por ciento y los medios de pago en 127 por ciento. Pero los votos peronistas aumentaron aún en mayor medida que el circulante. Pasaron de 1.400.000, en febrero de 194G, a 4.700.000 en noviembre de 1951; la ventaja peronista sobre la oposición creció de 260.000 votos en 1946 a 2.300.000 en 1951.

Hasta 1949, la clase obrera fabril siguió recibiendo mejoras, aumentando su participación en la renta nacional —a expendas, bien entendido, no de la burguesía industrial sino de los sectores de ingresos fijos, de la pequeña burguesía rentista y de los chacareros y los obreros rurales (CEPAL, América latina, 13).

El proletariado y el ejército continuaron apoyando firmemente al peronismo, y sobre esa sólida base el gobierno pudo construir —sin chocar contra la mayoría del pueblo y ante su indiferencia—, un aparato semi-totalitario de captación y de represión. Todas las fuerzas políticas que lo apoyaron quedan bajo el control personal de Perón. La prensa y la radio son monopolios del gobierno; se liquida la prensa opositora, tolerándose sólo un diario tradicional de la burguesía argentina, La Nación, que hace prodigios de equilibrio para conciliar su aparición con las críticas veladas al gobierno. La oposición —de izquierda, centro y derecha— es perseguida en todas las formas; se suprimen una tras otra las libertades democráticas y se crea una- formidable legislación represiva que permite encarcelar a cualquiera por cualquier motivo que el gobierno invoque y también sin ningún motivo (DSCDN, agosto 25, setiembre 7 y 8, 1950, y setiembre 29 y 30, 1952).

Desde 1951 rige el “Estado de Guerra Interno”, que da carácter legal a la suspensión de todas las garantías constitucionales. Se modifica la ley electoral, reduciendo a un mínimo la representación parlamentaria de la oposición (DS CDN. julio 5 y 6, 1951). Las fuerzas represivas reciben continuos privilegios y mejoras.

Apenas asume la presidencia, Perón otorga al Ejército aumentos de sueldos por 70 millones de pesos. (Esta suma alcanzaba para comprar todas las usinas eléctricas, o para comprar los frigoríficos, o para construir 400.000 viviendas. o para servir cómodamente un empréstito de 2.000 millones, suficiente para construir dos grandes represas aptas para satisfacer toda la demanda de energía eléctrica.) (DSCDN, octubre 25, 1946.) El 50 % del presupuesto nacional se destina a gastos militares y policiales. Todo este proceso se inicia en 1946 y culmina en 1951, rigiendo desde entonces sin variantes hasta junio de 1955.

Y eso no es todo. La propaganda totalitaria todo lo envuelve y lo estrangula. Al lado de cada árbol plantado en cualquier plaza, junto a todo baño público recién pintado, una cartelera gigante recuerda que “Perón cumple”. El rostro de Perón es el obligado primer plano, plano medio y plano alejado de todo noticioso cinematográfico. Minuto a minuto, los locutores deportivos martillan el éter recordando que “Perón apoya al deporte”. Y cuando los locutores terminan, el campeón de box, o el de automovilismo, o el forward más goleador, se acercan fatigados al micrófono para dedicar a Perón sus triunfos, sus récord o sus goles. Además, los escolares aprenden a leer en libros que llevan textos eminentemente pedagógicos, como “Viva Perón. Perón es un buen gobernante. Manda y ordena con firmeza. ¡Viva el líder! ¡Viva la bandera argentina! El líder nos ama a todos. ¡Viva el líder! ¡Viva la bandera argentina! ¡Viva el general Perón!” (Alelí, libro de lectura para la escuela primaria, editado por Angel Estrada y Cía).

Para congestionar el cerebro de las masas, se crea una impostura “ideológica” sincrética y desprovista de sentido, llamada Doctrina Nacional o Justicialismo, compuesta con toda clase de remiendos tomistas, musolinianos o falangistas. y otros igualmente reaccionarios pero sin prosapia alguna, coronando el todo una monumental apoteosis al lugar común. Su nota más característica es una pretendida tercera posición internacional, equidistante del comunismo y el capitalismo, que bien entendido no impide que en todas las cuestiones esenciales entre el imperialismo y la URSS o China y la revolución mundial, la posición adoptada por el gobierno argentino sea de solidaridad con el imperialismo. (La Argentina fue la primera nación que en la UN votó porque se declarase agresora a China comunista-; la Argentina no movió un dedo en favor de Guatemala invadida por los mercenarios de la United Fruit Company, y se apresuró a reconocer al gobierno cipayo de Castillo Armas-Foster Dulles, etc.). El verbalismo absurdo de la propaganda totalitaria, la superchería “ideológica” del justicialismo y el culto sabiamente orquestado de Perón, el Líder, el Conductor, crean en él país “una atmósfera irritante de violación mental” (Mende, 155).

A fin de aumentar el caudal electoral peronista se otorga el voto a la mujer, mas para compensar esta progresiva medida democrática se perpetúa la enseñanza religiosa y todas las variantes del pensamiento reaccionario son colocadas al frente de la vida cultural. Se elimina en la escuela primaria la coeducación de los sexos, y en las universidades se destruyen los laboratorios de psicología experimental, ventajosamente sustituidos por Santo Tomás.

 

Se Acentúa la Estatización del Movimiento Obrero

Paralelamente, a través de la CGT y con la colaboración del aparato policial, Perón acentúa y refuerza la estatización del movimiento obrero y la transformación de la burocracia sindical en un estrato relativamente privilegiado de funcionarios estatales. En noviembre de 1946, de los noventa y nueve integrantes del Consejo General de la CGT, por lo menos trece tienen algún puesto gubernamental, ocupan una banca en el Congreso o provienen de sindicatos que están subsidiados o directamente intervenidos por el Estado. Sin embargo, esta situación permite que estén al frente de la CGT, un Luis Gay, organizador del gremio telefónico y dirigente del partido Laborista, quien se considera un aliado servicial pero no un títere de Perón» un colaborador pero no un empleado del Estado peronista. En consecuencia, un día de enero de 1947, el presidente de la República llama a los dirigentes de la CGT a la Casa de Gobierno y les ordena que Luis Gay sea destituido. La orden es acatada. Gay es destituido y reemplazado por un Aurelio Hernández, ex comunista carente de toda representatividad, quien a su turno queda despedido y es reemplazado por un José Espejo, sujeto sin ninguna experiencia sindical previa pero destacado personaje en la corte de mandaderos de Eva Perón.

Mediante sucesivas intervenciones la CGT liquida todos los intentos de los trabajadores peronistas de manejar sus sindicatos por su cuenta, independientemente de la Presidencia de la Nación. A mediados de 1946 es intervenida la Unión Obrera Metalúrgica; en enero de 1947, la Federación de los Telefónicos; luego la Federación Bancaria, después la Federación Gráfica Bonaerense, más tarde la FOTIA, la Unión Ferroviaria… Uno de los focos de mayor resistencia contra la completa estatización —doblemente significativo por tratarse de un foco intensamente peronista— es la Federación Obrera de la Carne, caracterizada por una actitud militante contra la patronal. En 1950, la CGT trata de dividirla formando una “Junta Intersindical de la Carne”, que no logra afiliados. En consecuencia, la CGT interviene a la Federación de la Carne… pese a que la Federación no está afiliada a la CGT.

 

Una Constitución Peronista

En 1949 se reforma la Constitución Nacional, a fin de dar fundamento institucional a las necesidades del poder peronista, entre otras la reelección de Perón. Cada artículo de esta Constitución contiene su propia antitesis. En la frase general la proclamación de un derecho, en el comentario su anulación, en la práctica su desmentido. Así, por ejemplo, “El Estado no reconoce libertad para atentar contra la libertad”; norma que se entiende “sin perjuicio del derecho de expresión del pensamiento”, que está, a su vez, “sometido únicamente a los preceptos de la ley” —que lo hacen imposible—. Se reconoce el “Derecho al Trabajo”, pero eso no impide que las empresas despidan obreros en masa. La Constitución peronista no reconoce el derecho de huelga, pues “darlo sería como poner en los reglamentos militares el derecho de rebelión armada”, según el informante peronista ante la asamblea constituyente. Otro convencional peronista agregó: “Como dirigente obrero debo exponer por qué razón la causa peroniana no quiere el derecho de huelga. Si deseamos que en el futuro esta nación sea socialmente justa, deben estar de acuerdo conmigo los señores convencionales en que no podemos, después de enunciar ese propósito, hablar a renglón seguido del derecho de huelga que trae la anarquía y que significaría dudar de que en adelante el país será socialmente justo”. Provenientes de un alto dirigente de la CGT, estas palabras comunican con suma transparencia el estilo de la constitución peronista y la naturaleza de los dirigentes cegetistas.

Por otra parte, la Constitución de 1949 toma de la Constitución mexicana de 1917 el famoso artículo por el cual “los minerales, las caídas de agua los yacimientos de petróleo, de carbón y de gas y las demás fuentes naturales de energía, con excepción de las vegetales, son propiedades imprescriptibles e inalienables de la nación”. Teóricamente, esto significa, según el miembro informante peronista, la creación del monopolio estatal sobre el petróleo, ya que se convierte a los yacimientos petroleros en bienes públicos que no pueden ser concedidos a particulares para su explotación. En la práctica, el gobierno peronista no hace el menor caso de este precepto constitucional y confía a los trusts petroleros internacionales el desarrollo de la industria petrolera argentina (DS Convención Constituyente, 164, 209, 281. 486)

 

El Bonapartismo Semi-totalitario y la Clase Obrera

El semi-totalitarismo peronista, la paulatina liquidación de las libertades democráticas, actuaba no sólo contra la oposición burguesa y pro norteamericana sino también, aunque de modo mucho más sutil y eficaz, contra las masas trabajadoras que eran la base del peronismo. La liquidación del partido Laborista constituye una manifestación dramática de este último aspecto del régimen peronista.

En marzo de 1946, apenas ganadas las elecciones, Perón anuncia su intención de disolver al partido Laborista e integrarlo en un “Partido Único de la Revolución”. De inmediato, los dirigentes laboristas se oponen, encabezados por Cipriano Reyes. Perón resiste por unos meses, pero poco después de asumir el poder ordena por radio la disolución del partido Laborista y de la Junta Renovadora de la UCR, y su fusión en el “Partido Único”, que a poco andar pasaría a llamarse, simplemente, partido Peronista.

Pero el partido Laborista detenta una amplia mayoría dentro de los bloques parlamentarios peronistas. Reyes decide resistir. Convoca a una convención del partido, a la cual asisten prácticamente los mismos delegados que lo habían fundado un año antes, y allí se resuelve desafiar a Perón. Perón responde con represión y soborno y uno a uno todos los dirigentes laboristas capitulan. Sólo 12 parlamentarios laboristas permanecen junto a Reyes. Gay, presidente del partido, lo abandona también —lo cual no impide que al poco tiempo Perón lo elimine de la CGT y de su propio sindicato—. Desde mediados de 1946, Reyes sufre por lo menos seis atentados y para las elecciones de 1948 el gobierno retira la personería al partido Laborista, eliminándolo formalmente de la escena política. Por fin, a mediados de 1948, Perón liquida definitivamente al héroe del 17 de octubre, anunciando al país el descubrimiento de un supuesto complot entre Reyes y otros dirigentes laboristas, destinado a… asesinar a Perón y a Eva Perón.

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La CGT declara el correspondiente paro de 24 horas, las masas trabajadoras son convocadas a la Plaza de Mayo, donde Perón se compara a Sandino y denuncia a Reyes como agente del imperialismo norteamericano. Las masas ovacionan a Perón y celebran alegremente la destrucción del primer intento de organización política autónoma del nuevo proletariado argentino. Bajo el peronismo, dentro del peronismo, no había lugar para un partido obrero peronista, es decir, para dirigentes obreros de ideología burguesa, colaboradores del Estado pero respaldados, ante todo, en las organizaciones sindicales. El peronismo sólo tenía lugar para dirigentes obreros convertidos en funcionarios del Estado.

El bonapartismo peronista tendía al totalitarismo, pero no llegaba a serlo. Era un semi-totalitarismo. Perón centralizó fuertemente el poder en sus manos, eliminó a los competidores políticos, los sometió a un control severo y los redujo a una mínima expresión mediante el uso intensivo del aparato represivo. Pero no los eliminó completamente de la escena política. La vida política fue encerrada bajo una especie de campana neumática, puesta bajo llave mediante el control policial, y sus manifestaciones fueron debilitadas y ahogadas con mayor o menor intensidad. La oposición estuvo controlada y sojuzgada por los órganos del poder estatal, pero existió, sin embargo, y pudo actuar. Al lado del estado peronista, al lado del grupo que detentaba el monopolio del poder y de la administración, existían los elementos de una sociedad local.

Pese a sus intentos en tal sentido, el peronismo estuvo inmensamente lejos de alcanzar la estructura totalitaria, que hace desaparecer la oposición entre el Estado y la sociedad y realiza el ideal de un gobierno que no conoce ninguna limitación. Bajo un régimen totalitario. la administración del Estado se convierte en una sucursal del partido único, y a través de sus ramificaciones el partido penetra en la sociedad hasta sus núcleos más periféricos y menos importantes.

Bajo el bonapartismo peronista, en cambio, el centro de gravedad del poder continué siendo el aparato estatal. Este aparato hacía sentir pesadamente su autoridad sobre toda la población, pero, a diferencia de lo que ocurre en un régimen totalitario, la población no fue regimentada políticamente y sometida autoritariamente a una disciplina política. El bonapartismo peronista intentó algunos pasos en esta dirección, pero estuvo muy lejos de encuadrar al país en un molde totalitario.

Y todo eso lo hace el peronismo sin perder en ningún momento su carácter de gobierno bonapartista, que se apoya en la clase obrera y en las fuerzas del orden para imponerse a la burguesía y resistir a los Estados Unidos. Todos los 1º de Mayo y 17 de Octubre —declarado este día fiesta nacional— se paralizan por completo todas las actividades en todo el país y las masas son convocadas y conducidas a la Plaza de Mayo a vitorear a Perón y dar mueras a los partidos opositores, demostrando así a la burguesía argentina y a Washington que las masas están con Perón. Más aún. después de 1946, el bonapartismo peronista produce su fruto más pintoresco con el encumbramiento de Eva Duarte de Perón.

 

La CGT Contra la Clase Obrera

Después del fracaso electoral, la Unión Democrática se desintegró, y la oposición más poderosa quedó constituida por la UCR, en tanto que las primeras semillas del golpe de estado anti-peronista germinaban dificultosamente en las Fuerzas Armadas ya desde 1946. En todas las elecciones posteriores a 1946, el peronismo tapó con votos a la oposición, y la persecución a que ésta fue sometida no interesó a la mayoría de la población. Sin embargo, aunque el peronismo siguió obteniendo amplias mayorías, aunque la oposición no ganara terreno, existe desde 1949 una corriente molecular de desperonización que afecta incluso a la clase obrera, principal respaldo del peronismo.

A partir de ese año —con pasajera interrupción en 1950—, se inicia el descenso en los precios de las exportaciones, las reservas de divisas se agotan, y sólo se mantiene el equilibrio de la balanza comercial merced a una franciscana política de importaciones que priva al país de los medios de producción más necesarios. Termina entonces el período de superganancias, que el capitalismo argentino disfruta desde 1940. Comienza el ciclo opuesto. El gobierno permite incesantes aumentos de precios, pero intenta congelar los salarios. Lentamente la participación de la clase obrera en la renta nacional disminuye, el salario real se contrae y los obreros palpan una disminución en su nivel de vida (CGE, Informe, 185 [10]).

Los obreros van experimentando, aunque tardan en tomar conciencia de ello, que su enemigo en las fábricas no es sólo la patronal, sino la propia CGT. El complejo contenido del proceso de desperonización surge entre otras cosas, del complejo carácter que el peronismo tiene ante los ojos obreros. Para los obreros, en el centro del peronismo se halla Perón, las mejoras que otorgó, su demagogia antiyanqui y anticapitalista. Alrededor de Perón está la CGT, la Secretaría de Trabajo, con sus burocracias auxiliadas por la Policía Federal, y rentadas por el Estado, que aplastan a los obreros dondequiera que éstos se disponen a enfrentar, por su cuenta, a la burguesía.

El proletariado detesta a la burocracia de la CGT y lucha contra ella todos los días (al menos en esa forma primitiva de lucha que es el desprecio y la indiferencia), y sus luchas económicas, se convierten en movimientos que tienden a colocarse al margen de la CGT. En estos choques la confianza del proletariado en el gobierno va aflojando, pero aún cree en Perón. Y éste aprovecha la situación para aparecer como el fiel amigo de los obreros, que siempre está con ellos. Ante cualquier movimiento huelguístico de envergadura, Perón, luego de destruir al movimiento y aplastar a su dirección, hace alguna concesión económica y hasta voltea a algún cabeza de turco cegetista particularmente desprestigiado y odiado por los obreros.

 

El Peronismo Intenta Adecuarse a las Necesidades del Capitalismo Argentino y de Estados Unidos

Pero la desperonización de la clase obrera, su creciente antagonismo con la CGT, no tienen nada que ver con el anti-peronismo y el odio a la CGT que alimenta la burguesía. Esta continúa firme en su anti-peronismo, como en 1945, pero sus métodos de combate varían, y pasa a combinar la preparación permanente del golpe de Estado con una política envolvente, orientada a bloquear al gobierno, y copar desde adentro su conducción económica. El empeoramiento de la situación económica requiere un frente único de todos los sectores capitalistas con el gobierno, para poner en vereda a la clase obrera, y por ello, en 1953, Pinedo dirige una carta pública al gobierno planteando la urgencia de una conciliación entre peronismo y oposición para salvar la economía del país —es decir, las ganancias del capital— y preservar el orden, evitando las luchas sociales y creando un clima atractivo para los inversores extranjeros. En el mismo año se crea la Confederación General Económica, poderoso organismo gremial que agrupa a toda la burguesía argentina y de inmediato obtiene una participación indirecta pero eficaz en el gobierno[11]. Al reorganizarse el elenco ministerial, se organiza un gabinete íntimo de Perón, en el cual se halla el ministro de Asuntos Económicos Gómez Morales, que “ha presidido muchas modificaciones, discretas pero firmes, en la anterior política del régimen de aplacar a cualquier costo el movimiento obrero. A través de él, la nueva federación patronal, oficialmente apoyada, se halla representada en el gabinete íntimo; la otrora todopoderosa CGT no lo está”.

Hacia la misma época, un destacado capitalista y dirigente empresario argentino declaró ante una asamblea del gran capital latinoamericano: “una profunda transformación se está operando en nuestro país. Se reconoce a la empresa privada y se confía en el hombre de empresa. Los bienes que alguna vez fueron nacionalizados se están devolviendo unos tras otros a las entidades privadas. Se nos invita a participar en la dirección de las organizaciones estatales. Y todo ello con absoluta libertad de opinión y total independencia política. Sin embargo, éstos son sólo los primeros pasos. Piensa nuestro gobierno aflojar paulatinamente los resortes burocráticos y dar a las actividades privadas no solamente el rol de su propia existencia, sino, además —y de eso ya tenemos signos inequívocos—, hacer desaparecer su intervención en nuestras actividades” [12].

Cuando el gobierno peronista entra en su último año de vida es notorio que “La influencia de la CGE está creciendo. Un reciente decreto le asegura un ingreso anual de 140 millones de pesos. La CGE será involucrada en las actividades gubernativas, según manifestación textual del presidente de la República” (Quaterly Report, marzo 1955). Entre tanto, la prensa económica internacional informa: “Los norteamericanos están ganando en favor, y las recientes misiones económicas han sido cordialmente recibidas” (ídem, noviembre 1954), pues “se admite que para aceitar los engranajes más resentidos de su economía el país necesita 200 millones de dólares anuales durante un periodo de varios años” (US News and World Report, agosto 12, 1955). Una misión enviada por la CGE a Estados Unidos recomienda a su retorno diversas franquicias cambiarías para los inversores norteamericanos, y el gobierno las pone en práctica rápidamente. La misma misión recomienda una política petrolera sumamente liberal en sus concesiones a las compañías petroleras internacionales (Quaterly Report, marzo 1955). Además, la CGE propone que se deje a cargo del capital privado —extranjero— el desarrollo de la producción de energía eléctrica (CGE, Informe, 113). (Las necesidades de divisas son cuantiosas, pero la posibilidad de acumularlas mediante las exportaciones se alejan cada vez más. En 1954 caen los precios de casi todas las exportaciones del país. La exportación de cereales duplica en volumen a la del año anterior, pero su valor es apenas mayor; el volumen de la exportación de carne crece 10 %, pero su valor se reduce 2 %.)

A comienzos de 1954, en ocasión de renovarse los convenios colectivos de trabajo, los salarios son aumentados imperceptiblemente, en tanto que se legaliza el aumento irrestricto de los precios. Por primera vez desde su aparición en 1943, Perón no anuncia aumentos de salarios, declarándose neutral durante las negociaciones entre la CGT y la CGE. Sus órdenes, sin embargo, imponen moderación a la CGT y la aceptación de la mayor parte de las exigencias patronales, aunque no todas. Para presionar a la patronal algunos sindicatos declaran paros parciales, pero pese a sus inmensos recursos la CGT no apoya a las huelgas, saboteándolas de hecho. Cuando la clase obrera —especialmente el gremio metalúrgico— realiza por su cuenta algunos paros efectivos, la CGT actúa de rompehuelgas.

Paralelamente, a partir de 1954 se inicia una fuerte ofensiva patronal sobre la clase obrera para aumentar la intensidad del trabajo y restablecer la disciplina en las fábricas, disminuyendo las prerrogativas sindicales. Las empresas comienzan a, desconocer sistemáticamente las leyes que protegen al obrero, y el Estado se muestra cada vez más inclinado a dictaminar en favor de la patronal en todos los conflictos colectivos o individuales con los obreros De tal modo el peronismo, que había surgido en 1945 apoyándose en la clase obrera contra la burguesía nacional y el imperialismo norteamericano, diez años después tendía aceleradamente a adecuarse a las necesidades y exigencias de sus enemigos.

 

Raíces internacionales y Nacionales de un Golpe de Estado Anti-peronista

Pero no tanto ni tan rápidamente como lo querían Washington y la burguesía. Perón había hecho sustanciales concesiones al imperialismo, diplomáticas y económicas.

La penetración norteamericana avanzaba de tal modo que en setiembre de 1955 en lo que a dependencia respecto de Estados Unidos se refiere, la Argentina se parecía mucho más al resto de América latina que a la Argentina de 1940. El imperialismo inglés se había debilitado, y su peso específico en el país no era comparable al de la preguerra. Inglaterra seguía ocupando un sitio estratégico en el comercio exterior argentino, pero su capacidad como inversor de capital era muy inferior a las necesidades del capitalismo argentino.

Y, sin embargo, aunque menos intenso el contraste, todavía eran correctos en 1955 los tonos con que un vocero norteamericano describía en 1942 la situación de América latina: “La posición económica de Estados Unidos es más fuerte en la parte norte del continente y se debilita a medida que avanza hacia el sur hasta que alcanza su punto más débil en la Argentina, donde en tiempos normales Estados Unidos vende mucho más de lo que compra. No es mera coincidencia que la Argentina sea el punto más frágil y más peligroso en toda la política latinoamericana de Estados Unidos, incluyendo la defensa hemisférica” (White, 290).

Es que aún no están dadas las condiciones económicas para que la Argentina “encaje” plenamente como semi-colonia norteamericana. La industria ha crecido mucho, y con ella la influencia del capital norteamericano. Pero la estructura económica argentina sigue siendo predominantemente agropecuaria: el 97 % de los valores exportados corresponde a productos agrarios naturales (granos, por ejemplo) o con transformaciones industriales simples (carne, cueros, etc.). Esas exportaciones son fundamentalmente competitivas con la producción similar norteamericana, y la competencia lejos de disminuir se ha acrecentado.

Si antes de la guerra se limitaba a la carne y la lana y tenía lugar sólo dentro del mercado estadounidense, ahora se ha extendido a los cereales y su escenario es el mercado mundial, con consecuencias desastrosas para la Argentina.

Desde 1945-46 Estados Unidos es el primer exportador mundial de trigo y harina, aumentando sus exportaciones en 1952 ocho veces con respecto a la preguerra. Sus excedentes almacenados —más de 27 millones de toneladas— por simple acción de presencia deprimen los precios en el mercado mundial. De modo que aun esforzándose para complacer a Washington el gobierno peronista no podía dejar de señalar —cuando se enteraba del propósito norteamericano de colocar sus excedentes en mercados tradicionalmente argentinos— que “frente a este grave problema cabe repetir que es una perturbación creada exclusivamente por la voluntad de los Estados Unidos.

Los excedentes que se acumulan son el resultado de una política de subsidios en escala jamás aplicada por ningún país a su producción agropecuaria. Por lo demás, resulta inadmisible que en los Estados Unidos no se comprenda el daño tremendo que causa la destrucción de los mercados internacionales normales, particularmente en países como el nuestro, que tienen en las exportaciones de productos agropecuarios más del 90 por ciento de sus ingresos en divisas” (Democracia, agosto 20, 1955).

Por otra parte, el comercio exterior argentino se orienta principalmente hacia Inglaterra. En la década 1945-54 la Argentina exporta a Gran Bretaña y la zona de la libra por valor de 16.200 millones de pesos, e importa desde .allí 8.985 millones. A los Estados Unidos exporta 7.100 millones, importando 12.700; como la libra es inconvertible, el saldo favorable con Gran Bretaña no sirve para cubrir el déficit con los Estados Unidos, de modo que hay que reducir drásticamente las compras en Norteamérica.

Estas condiciones, propias de la estructura económica, constituyen un serio obstáculo para el avance norteamericano. El apoyo popular con que contaba el peronismo agregaba una dificultad adicional y particularmente irritante, pues sumado a las características de la economía argentina, y al respaldo británico, concedía a Perón una amplia posibilidad de maniobrar, perturbando continuadamente el viejo deseo monroísta de tener un apéndice continental rígidamente obediente desde el Rió Grande hasta el Cabo de Hornos. Resulta explicable entonces que la prensa norteamericana fuera profesionalmente anti-peronista y que el Departamento de Estado, por muchas concesiones que obtuviese de Perón, estuviera siempre bien dispuesto hacia cualquier movimiento burgués capaz de acabar con Perón. Washington no ignoraba que por su naturaleza necesariamente anti-popular, por su inevitable carencia de respaldo de masas, cualquier gobierno burgués anti-peronista sería infinitamente más débil que el peronismo para negociar con los Estados Unidos. Sin duda, los intereses imperialistas no podían en 1955 concederse el lujo de intervenir en la Argentina al estilo Braden, ni podían armar algunos cuantos bandidos para que repitiesen en el Río de la Plata la “operación Guatemala”. Mas ello no invalidaba la necesidad que sentía Norteamérica de desembarazarse de Perón. Y aunque Washington declarase una y otra vez que no intervenía en la política argentina, la no intervención —ya lo dijo Tayllerand— es un concepto difícil: significa, aproximadamente, lo mismo que intervención. Todos los anti-peronistas burgueses conocían perfectamente que contaban con la tácita aprobación norteamericana, y si tenían alguna duda les Bastaba leer la prensa de ese origen.

En junio de 1954, Castillo Armas y sus bandoleros ocupan Guatemala. En agosto, tras una campaña de escándalo bien orquestada, los generales brasileños suicidan a Getulio Vargas, quien molesta al capital brasileño-norteamericano con proyectos de salario mínimo, introducidos “como criminal fermento de agitación en el seno de la masa trabajadora” —según declara el Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas brasileñas— (Esto Es, agosto 23, 1955). Washington extendió dos reconocimientos diplomáticos y sendas “ayudas” económicas. Más de un antiperonista pensó, en Buenos Aires, que había llegado el momento de merecer el tercero.

Ciertamente, los aspirantes argentinos a Castillo Armas sabían que no sólo en Washington encontrarían apoyo. Si eran eficientes, las clases dominantes argentinas en masa los apoyarían, hartas como estaban —como lo estuvo siempre, desde 1944— de Perón y del peronismo, de la CGT y de Evita, viva o muerta, de la dictadura que no le permitía jaquear eficazmente al gobierno, del bonapartismo que sobresalta sus nervios y saqueaba su bolsa. Indudablemente, Perón sentía su vocación de garantizar el orden capitalista. “Yo estoy hecho en la disciplina. Hace treinta y cinco años que ejercito y hago ejercitar la disciplina.” Pero la fuerza del orden burgués está en el burguesía. Perón se sabía, por lo tanto, representante de la burguesía, y gobernaba en tal sentido. Pero si era algo, era gracias a haber roto y a romper diariamente la fuerza política de la burguesía. Pero, al proteger su fuerza material, engendraba de nuevo su fuerza política. La tarea del peronismo consistía, entonces, en mantener viva la causa, pero suprimir el efecto allí donde aquella se manifestara. Pero esto no era posible sin una pequeña confusión de causa y efecto, pues al influir el uno sobre la otra y viceversa, ambos pierden sus características distintivas. Luego, Perón se reconocía frente a la burguesía como el representante de las masas trabajadoras, llamado a hacer felices dentro del orden capitalista a las clases inferiores del pueblo. Esto es propio del bonapartismo, y en el constante ir y venir de izquierda a derecha y viceversa, la acumulación del capital se resiente. Bien entendido, desde 1949, y particularmente a partir de 1952, la situación económica obliga al gobierno peronista a marchar continuadamente hacia la derecha, desandando el camino iniciado en 1944. Mas el peronismo no marchaba en este sentido con la celeridad requerida por la evolución —es decir, por el estancamiento— del capitalismo argentino[13]. Desde el punto de vista de la evolución capitalista del país había, pues, sobradas razones para que las clases dominantes en su conjunto contemplaran como una necesidad el derrocamiento de Perón. Perspectiva esta que, además, presentaba la ventaja para la burguesía, los industriales en especial, de eliminar una fuente de fricción con los Estados Unidos y facilitar los acuerdos con la nueva metrópoli, que si a Perón le prestaba equis millones de dólares era seguro que a un gobierno más manejable le suministraría equis por dos.

Por lo demás, desde 1944 el bonapartismo peronista había diseminado e infectado profundas e irreparables heridas políticas y sociales en el seno de las clases dominantes y de amplios sectores de la clase media. Por completa que fuera la conversión del peronismo a una política económica ortodoxamente conservadora, libre empresista y anti-obrera, densos núcleos de las clases dominantes habrían de conservar intacta una pasión política anti-peronista que sólo podría satisfacerse con el derrocamiento de Perón.

Una cosa era, sin embargo, la aspiración de las clases dominantes de deshacerse de Perón —coincidente, por lo demás, con las aspiraciones de Norteamérica y del capital financiero internacional— y otra su capacidad para realizar semejante tarea, pues el peronismo había debilitado considerablemente a los aparatos políticos opositores. La suprema esperanza de la oposición residía en las Fuerzas Armadas. Pero la mayor parte de los oficiales de las tres armas, bien cebados, colmados de privilegios y seguidos de cerca por la policía, eran fíeles a Perón —al menos mientras no hubiera una fuerza política que lo amenazara seriamente—. Con todo, la oposición no se hallaba enteramente desamparada. Trabajaban para ella el progresivo deterioro de la estructura económica y la torpeza del aparato totalitario que golpeaba e irritaba ciegamente a izquierda y derecha, empantanado en la charca de su corrupción y de la creciente decadencia personal de Perón. Pronto el anti-peronismo golpista encontraría un eficacísimo instrumento político, surgido inesperadamente del ala derecha del bonapartismo.

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