Gatillo fácil, represión y desapariciones forzadas

Para la represión no hay cuarentena

Las distintas fuerzas represivas quedaron a cargo del control social, descargando a diario su brutalidad y violencia contra jóvenes y trabajadores en los barrios a lo largo y ancho del país. Están a cargo del cumplimiento de la cuarentena, están en las calles y, golpean, torturan, violan y matan, incluso desaparecen personas mientras son considerados “esenciales” por el gobierno y la oposición.

Luz Licht
Redacción Izquierda Web.


El 10 de julio a horas del mediodía, la Policía Bonaerense fusiló mientras iba en la moto con un amigo a Lucas Nahuel Verón de 18 años, en el barrio Villa Scaso de La Matanza. El 7 de julio en Jujuy fallecía tras días en terapia intensiva, Ariel Valerian, un mecánico de 39 años, luego de recibir una golpiza en la comisaría. El 24 de junio, Walter Ceferino Nadal en Tucumán moría asfixiado por una maniobra que le aplicó la policía de la provincia de Tucumán en plena calle del centro (la misma maniobra con la que la policía asesino George Floyd en EE.UU y que desató una enorme rebelión anti racista)

Mientras hacemos este repaso de casos de violencia policial, nos toca preguntarle al gobierno nacional y de la provincia de Buenos Aires, ¿dónde está Facundo Astudillo Castro?, porque la última vez que lo vieron lo estaban subiendo a un patrullero policías de la Bonaerense, fue el 30 de abril pasado cuando iba camino a Bahía Blanca. Y esta no fue la primera desaparición forzada en lo que va de la cuarentena, el 15 de mayo policías de la provincia de Tucumán golpeaban, y asesinaban a Luis Armando Espinosa de un disparo. Su cuerpo fue encontrado una semana después en un barranco en Catamarca.

El aislamiento social y obligatorio fue decretado el viernes 20 de marzo, y desde ese momento las distintas fuerzas represivas, llamadas de “seguridad” del estado argentino descargan a diario su brutalidad y violencia contra jóvenes y trabajadores en los barrios a lo largo y ancho del país. Están a cargo del cumplimiento de la cuarentena, están en las calles y, golpean, torturan, violan y matan, incluso desaparecen personas mientras son considerados “esenciales” por el gobierno y la oposición.

La situación social y económica se degrada en lo cotidiano en medio de la pandemia, despidos, desocupación, pobreza, hambre. Sumemos a eso una situación habitacional que en los barrios de trabajadores pobres es de hacinamiento, sin agua corriente, cloacas, etc. El cumplimiento riguroso y en condiciones dignas del asilamiento es un enorme privilegio de clase, y enciman ponen a controlar que se cumpla el decreto de “quedarnos en casa” a verdaderos criminales de uniforme.

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Como olvidar el extremo al que llegaron aislando y cercando a un barrio entero por quince días con más de 300 efectivos de distintas las fuerzas como pasó en Villa Azul, en la zona sur del conurbano.

El problema de delegar la tarea a las fuerzas represivas no tuvo tanto que ver con una vocación humanitaria o pragmática de las mismas, como muchas/os en la base social del gobierno progresista quisieron ver. El temor a los desbordes o “violencia” por parte de los sectores sociales más empobrecidos llevo a tal resolución. Desde las mesas de coordinación entre las distintas esferas del gobierno nacional, provincial y locales, cuando agitaban algunos la necesidad del estado de sitio, resolvieron llenar las calles de los barrios con policías, gendarmes, infantería, etc.

Podemos decir, que el temor a los sectores sociales subalternos, no es nuevo para quienes administran el aparato estatal en nombre de los intereses de los capitalistas. ¿Acaso es cuidar a la gente en general y los más pobres en particular, la función del aparato represivo del estado y sus fuerzas?

Podemos remitirnos a mediados del siglo XIX, cuandosurgían las escuelas de criminología quedesde la pseudo-ciencia y el darwinismo social hablaban de los rasgos físicos, psicológicos y de clase de los criminales. En el fondo se trataba una vez más de legitimar la represión a toda desobediencia y alteración del orden social burgués que por entonces se ponía en pie.

El capitalismo es un sistema basado en la explotación y opresión, y la clase beneficiada con ese orden busca de diversas formas que la mayor riqueza para unos pocos obtenida a costa de la explotación y creciente empobrecimiento de las grandes mayorías, sea aceptada como natural. Por ello, las leyes, las instituciones judiciales, las fuerzas represivas buscan“educar” y disciplinar a las y los de abajo. Para que no osen atentar contra el orden de cosas, y acepten como su destino las injusticias cotidianas de todo tipo que padecen.

Desde que el capitalismo existe, reprime, violenta y criminaliza a su adversario de clase, por ello proletario-pobre-criminal son sinónimos para señalar la peligrosidad del sujeto social que puede poner en peligro la paz y orden social basados en los privilegios de la minoría capitalista.[1]

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Desde el comienzo de la pandemia la violencia institucional se recrudece a diario, pero no es un fenómeno novedoso ni reciente. Tampoco es patrimonio exclusivo de un gobierno patronal u otro (según un reciente informe de Correpi, en los últimos cuatro años, asesinaron un promedio de una persona cada 19 horas porel gatillo fácil o en lugares de detención) sino que es una pieza necesaria para mantener la disciplina y el control que garanticen el orden capitalista. Esto no significa que haya que tolerarla, depende de nosotros/as poner freno a la impunidad con la que creen contar las distintas fuerzas.

Por cada caso tiene que haber justicia, cada miembro de una fuerza asesino se tiene que pudrir en la cárcel. Pero eso conquista con organización y lucha desde abajo. Nos gustaría ya no escribir sobre los crímenes contra las/los pibes y laburantes en los barrios, pero los asesinos de uniforme siguen en las calles.

Esto es así porque el principal responsable por su accionar, el estado y el gobierno nacional, no ve al aumento de la violencia institucional más que como una consecuencia del buen cumplimiento de su función de sus perros guardianes. Están para reprimir y violentar, para mantener el orden donde las mayorías somos explotadas/os y oprimidas/os. Solo saben cuidar a la clase privilegiada cuyo orden social explota, excluye y hambrea.

Ante los casos que se suceden, el de Fernández como todo gobierno capitalista no quiere ir a fondo, porque ello implicaría sincerar que en el capitalismo no ganan todos, no hay conciliación de clases, ni “fuerzas de seguridad democráticas”. Básicamente que detrás de la vida de cada joven y laburante que se llevan, está el criterio de la clase para la cual él y las fuerzas represivas trabajan.

[1]Pavarini, M. “Control y dominación social”, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, cap 1.

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