Hace cuatro semanas, cuando los casos diarios de coronavirus rondaban los 600-700, advertíamos que la combinación de presión empresaria y autocomplacencia oficial podía dar como resultado una dinámica similar a la de los países con crecimiento imparable de casos. Lamentablemente, y como resultado de no corregir ese rumbo –por el contrario, se mantuvo y hasta se reforzó–, en menos de un mes estamos hablando de una triplicación de casos positivos y una duplicación del número de muertes.

Digámoslo de entrada: hace seis semanas que Argentina está entre los diez países del mundo con peor tasa de crecimiento semanal de casos. Y en los últimos días está en el segundo lugar de esa tasa entre los 60 países con más casos, sólo por detrás de la catastrófica situación de Iraq e incluso por encima de los países que peor vienen en ese sentido, como Sudáfrica, Guatemala y Omán. Esta estadística comparativa, tomando los datos oficiales de cada país1, no es mencionada casi nunca, ni por los medios oficialistas ni por los medios de derecha anticuarentena. Cada cual tiene sus propios motivos para ocultar estos datos, que analizaremos enseguida con más detalle.

Una trepada vertical en los rankings negativos

El indicador más importante para medir la evolución de la pandemia es la famosa “curva de casos”. Aquí hay varias precisiones para hacer. Tanto el gobierno nacional como, en particular, el de la ciudad de Buenos Aires, sostienen, hipócritamente, que “la curva se mantiene”. Pues bien, mienten descaradamente, y en dos sentidos.

En primer lugar, como lo indica la tabla 1, a nivel nacional el piso del crecimiento semanal de casos se logró hace más de un mes, con una tasa del 23%. En ese momento, Alberto Fernández decidió que se podía empezar a relajar la cuarentena porque “veníamos bien”. Es verdad que en ese momento se dijo que, en caso de haber un repunte de casos, se “revisaría” y se “volvería para atrás”. Verso. Casi inmediatamente se dio un fuerte aumento de casos en números absolutos y de tasa de crecimiento, pero el “volver para atrás” jamás sucedió. Se llegó a un pico de tasa de crecimiento semanal (TCS) del 45% (semana concluida el 23 de mayo) y desde entonces ha fluctuado siempre entre el 35 y el 40%. Eso NO es “mantener la curva”, sino, por el contrario, ser absolutamente incapaces de reducir su desarrollo.

Tabla 1. Casos totales y tasa de crecimiento semanal (TCS)

Elaboración propia sobre datos oficiales. * Proyección para la semana del 21 al 27/6 sobre los datos del 21 al 23/6.

Eso nos conduce al segundo aspecto: no alcanza con “mantener” la curva: hay que reducirla, como han hecho casi todos los países que tuvieron desarrollo importante de la pandemia. Esto obedece a una relación que es en parte matemática: es mucho más fácil alcanzar tasas altas de crecimiento de casos cuando éstos son relativamente pocos; cuando el volumen total de casos es cada vez más grande, y salvo que se esté frente a una catástrofe sanitaria abierta, la TCS tiende a bajar. Eso es lo que ha pasado, sin excepción, con todos los países que hace uno o dos meses encabezaban la lista de casos totales. Así, en la tabla de los 60 primeros países por cantidad de casos, todos los países desarrollados que fueron el centro de la pandemia en marzo-abril habían logrado reducir su TCS al 10% o menos.2 Es por eso que la línea global de la pandemia es hasta ahora descendente, tanto en la tasa promedio de crecimiento por semana como en la tasa de mortalidad general, más allá de la posibilidad de rebrotes.3

Esto es a tal punto así que incluso en países cuya política oficial no logra –o ni siquiera se propone– limitar el avance del virus (el caso paradigmático es Brasil, a los que pueden sumarse Chile, Sudáfrica o Iraq), ha habido una reducción continua de la TCS. Pues bien, eso no ha sucedido en el caso de Argentina. Y, lógicamente, si casi todos los demás países bajan su tasa de crecimiento semanal y Argentina la “mantiene” (en realidad, con tendencia a la suba), el resultado es que la TCS de Argentina pasa a instalarse en la zona de las más altas del mundo.

Y Argentina no trepa sólo en el ranking de los países con mayor tasa de crecimiento, es decir, en las proporciones relativas, sino también en los números absolutos de casos totales, donde se pasa del puesto 54 hace un mes y medio al puesto 30 hoy, con una tendencia clara a superar en cantidad de casos a países que venían mucho peor que la Argentina. Más preocupante aún es lo que se da en la tabla de casos activos (esto es, restando los recuperados y los fallecidos, que se consideran “casos terminados”), que es la que en realidad importa (por ejemplo, China tiene casi el doble de casos totales que Argentina, pero sus casos activos son apenas unos pocos cientos). En ese ranking, el ascenso de Argentina ha sido vertiginoso, ya que se ubica ahora entre los primeros 20 países del mundo, como se observa en la tabla 2:

Tabla 2. Ubicación de Argentina en el ranking global de casos

Datos al

9/5

16/5

23/5

30/5

6/6

13/6

20/6

23/6

Casos totales

54

50

45

44

38

36

32

30

Casos activos

45

42

37

36

31

27

21

19

Por millón

52

52

47

48

47

46

44

44

Tasa Crec. Sem.

24

14

7

5

9

5

4

2

Fuente: worldometers.info/coronavirus, elaboración propia. Se consideran sólo los 60 países con mayor cantidad de casos.

La tendencia es inequívoca: cada semana que pasa Argentina trepa varios puestos en todas las tablas “malas”; no recordamos que ningún medio local haya advertido que ya estamos entre los 20 peores países en casos activos. Digamos de paso que esto también refleja que la tasa local de casos recuperados es relativamente baja, del orden del 30%, cuando el promedio mundial es del 54%. Es cierto que esto obedece en parte a que los países que están en la parte descendente de la curva de crecimiento de casos, sobre todo los de Europa Occidental, tienen una tasa de recuperados mucho mayor. Pero también es verdad que Argentina no logró superar nunca ese 30% de recuperados, ni cuando los casos eran relativamente pocos ni ahora.

De aquí se desprende que las únicas cifras que siguen siendo relativamente aceptables son las de casos (y fallecidos) por millón de habitantes.4 Algo que es importante para no perder de vista las proporciones ni entrar en pánico, pero que termina siendo el único dato al que se aferran continuamente los propagandistas del oficialismo. Como vimos, hay otros indicadores que deben encender ya mismo la luz roja de alarma. O, mejor dicho, que debieran haberla encendido hace semanas. ¿Por qué no se hizo?

De la cuarentena a la agenda del empresariado

Es sabido que el epicentro de la disparada de casos es el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA), es decir, Capital Federal y Gran Buenos Aires, que concentran entre el 90 y el 95% de los nuevos casos, que ya se han instalado en un piso de 2.000 casos diarios. Esto pone el foco en la relación entre el gobernador bonaerense, Axel Kicillof, y el jefe de gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta, y de ambos con el gobierno nacional. Mucho se ha dicho sobre la renuencia de Larreta a reintroducir restricciones a la circulación y/o salida de personas, que chocaría con la intención de Kicillof de “volver a la fase 2” de la cuarentena, y del supuesto rol “mediador” de Alberto Fernández.

Este cuadro, presentado interesadamente –cada cual por sus propios motivos– tanto por los medios oficialistas como por los opositores gorilas, es completamente superficial e insuficiente, y deja de lado los principales vectores de la verdadera explicación de la, a esta altura, increíble inacción del gobierno nacional. Recordemos que fue el propio presidente quien, señalando sus famosos gráficos “pedagógicos”, prometió “volver para atrás” si la evolución de la curva no era la esperada.

Pues bien, desde ese momento no hay ninguna discusión que la evolución de la pandemia en Argentina ha ido de mal en peor en casi todos los rubros. Y era imposible que eso no sucediera, ya que, en realidad, se hizo todo lo que se debía evitar, y se dejó de hacer lo que era imprescindible. Cuando correspondía mantener o extremar los controles para consolidar el descenso de la tasa de crecimiento de casos que se verificaba hasta principios de mayo, al revés, se relajó todo. La polémica de los “runners” es superficial si se la toma en sí misma. Los casos no crecieron porque se contagió la gente que salió a correr, sino por el mensaje político que dio el espectáculo de miles de personas paveando en la calle sin ningún cuidado. Y ese mensaje que todo el mundo leyó fue muy sencillo: la cuarentena ya fue.

A partir de ahí, todo fue un crescendo de descuidos y descontrol que, por otra parte, establece un peligrosísimo sentido común y sensación general de “hasta acá llegamos, no pidan más”. Pero con este cuadro, y de manera inexplicable y en buena medida irresponsable, desde hace semanas el gobierno sigue deshojando la margarita para ver si se decide de una buena vez a tomar la única medida que puede revertir el panorama actual: volver a endurecer la cuarentena, so pena de enfrentar seriamente la posibilidad de colapso del sistema sanitario en cuestión de semanas.

Cada día perdido son miles de casos nuevos y decenas de muertos. ¿En qué quedó eso de que “la economía se recupera, pero los muertos no pueden volver a la vida”? Si el gobierno decidió repentinamente que, después de todo, se pueden sacrificar algunos miles de muertos y algunas decenas de miles de casos en el altar de los intereses empresarios, podría tener la honestidad de decirlo.

Es lo que hace gente con menos pelos en la lengua y menos escrúpulos políticos. Al respecto, el CEO del fondo de inversión BlackRock (uno de los principales acreedores de los títulos de deuda argentinos que ahora se están negociando en EEUU), Larry Fink, no deja nada que desear en cuanto a claridad. En su visión, en la tensión entre economía y salud pública hay dos posturas: la “compasiva”, que prioriza la salud, y la “pragmática”. Se imaginarán dónde está parado este hipergarca global: “Tiene que haber un balance de cuánto la sociedad puede soportar el incremento de los niveles de infección. (…) Ahora mismo, el mercado está buscando una sociedad más pragmática, que está aceptando niveles de infección más altos (que pueden derivar en un aumento de mortalidad)” (Ámbito Financiero, 24-6-20).

Por si no quedó claro: el “mercado” (o sea, Fink y sus secuaces) quiere que la sociedad, “pragmáticamente”, acepte un “aumento de la mortalidad” para que estos señores sigan ganando dinero. Cuál es la cifra “soportable” de muertos es el dato que estas verdaderas basuras humanas –y sus replicantes locales, como la repulsiva Silvia Mercado, a la que le gustaría ver varios miles de muertos más para “justificar” la cuarentena– nunca se molestan en aportar, por miedo a que la gente común haga la cuenta de cuánto vale su vida para los capitalistas. Ahora bien, si el punto de vista del empresariado y los “mercados” puede resumirse en “todos a trabajar y que se mueran los que se tengan que morir”, el gobierno, decididamente, NO está en la vereda de enfrente. Más bien, está intentando un “equilibrio” que, en las últimas semanas, se parece cada vez más a la complicidad con la patronal abanderada de la muerte.

Las consecuencias son las que estamos viendo: mientras los números se descarrilan día a día, Alberto Fernández, Kicillof y Larreta se ponen en “modo CGT”: están estudiando si alguna vez se van a reunir para discutir hacer una nueva reunión que evalúe si hace falta una nueva reunión para ver si, llegado el caso, se considera tomar alguna medida. Pero mientras se suceden estas dilaciones, que llevan semanas y semanas, los casos pasaron la barrera de los 1.000 por día en total, y luego 1.500, y enseguida llegaron a los 2.000 (con 1.000 casos sólo en Capital y otros tantos en el GBA).

No se trata de que haya mucho que evaluar, o que haya que estudiar los consejos de los epidemiólogos –que hace rato vienen sosteniendo la necesidad de endurecer la cuarentena–; lo que falta, lo que no hay, es decisión política de decirle que no al conjunto del empresariado y a sus reclamos de reactivar la economía al costo de que explote la difusión del virus.5

Es aquí (y también en el caso Vicentin, tema que excede esta nota) donde el carácter 100 por ciento capitalista del gobierno de Alberto Fernández deja al desnudo sus límites insalvables. Porque la única manera de sostener una extensión de la cuarentena en serio es financiando a los trabajadores que no pueden ni deben salir a exponerse al virus, sosteniendo la relación laboral y asegurando que los sectores estratégicos, en primer lugar la salud pública, tengan todos los insumos materiales (equipamiento, respiradores, barbijos, testeos en la cantidad que haga falta, lugares de aislamiento para infectados y personas cercanas) y humanos (es una vergüenza y una tragedia aparte la cantidad de personas del área de salud infectadas y fallecidas por falta de esos insumos) necesarios para combatir la pandemia. Pero el gobierno, poco a poco y empujado por las urgencias que más le importan, las del empresariado y de los acreedores externos, está dejando claro que sus prioridades son otras. Y se parecen menos a las de los discursos (sin hechos) de Alberto Fernández que a las recomendaciones de Larry Fink.

1 Como señalamos en su momento, por supuesto que los datos deben tomarse con precaución, habida cuenta de las grandes diferencias entre países, considerando las variaciones en a) el perfil demográfico (población, nivel de urbanización, de pobreza, pirámide etaria, etc.); b) su capacidad de recopilación y procesamiento de datos, y finalmente, factor no menor, c) las manipulaciones y ocultamientos deliberados de información. Por dar sólo dos ejemplos: 1) la tasa de mortalidad de varios países (Singapur, Qatar y otros del Golfo Pérsico) es ridículamente baja y fuera de toda proporción con el resto del mundo; 2) según informó el fin de semana pasado El Mercurio de Chile (uno de los diarios más derechistas del continente, y vaya que tiene competencia), si las autoridades computaran los muertos con los criterios de la OMS, la cifra pasaría de unos 4.500 a más de 7.100, ¡un salto de casi el 60%!

2 Del citado grupo de 60 países con más casos, si se ordenan por su tasa de crecimiento semanal actual, entre los primeros 30 países encontramos sólo uno de los del “Primer Mundo”, Suecia. Todos los demás son latinoamericanos, africanos o asiáticos (Golfo Pérsico, subcontinente indio, sudeste asiático, Asia Central), confirmando la tendencia que denominábamos de “tercermundización” de la pandemia.

3 Como también observábamos en nuestra columna de hace un mes, ha habido focos de rebrote en varios países, algunos de cierta importancia. Pero dado que estos focos son en general a) limitados geográficamente a localidades específicas, b) controlados en su expansión, y c) en el orden de decenas (Corea del Sur, China) o centenares (Alemania) de casos diarios, no miles o decenas de miles, por el momento no se justifica hablar de “segunda ola” de la pandemia, sino más bien de recidivas de la “primera ola”, especialmente en países que tuvieron políticas erráticas o directamente irresponsables respecto del aislamiento social, como ocurre ahora en Estados Unidos. Desde ya, nada de esto significa descartar la posibilidad de que la “segunda ola” efectivamente se produzca.

4 También mejoró la tasa de mortalidad (fallecidos/casos), que ha bajado abruptamente del 5,2% a principios de mayo al 2,3% actual (a la vez que la de Chile, que denunciábamos como artificialmente baja, se fue deslizando del 1% al 1,8%, con lo que la diferencia entre ambos países pasó de 5 a 1 a apenas un 24% mayor). Esto se puede deber a una baja global de la tasa de mortalidad promedio (gracias a que se afinan los instrumentos terapéuticos), pero sobre todo a que, tal vez, en el período anterior había menos capacidad de detección de casos (testeos, esencialmente), lo que dejaba una tasa de mortalidad “inflada”. Sea como fuere, es una buena noticia y un mérito sobre todo del personal de salud.

5 En el caso de Larreta, también se da la presión política de los sectores de derecha anticuarentena, cuya política coincide al milímetro con las exigencias de la patronal aunque no sean parte de ella. Pero cuesta creer que las marchas marginales de delirantes –algunos parecen escapados de psiquiátricos– como las que vimos en el Obelisco el sábado 20 sean realmente un factor de presión para el gobierno nacional. Otra cosa es que efectivamente hay un cierto hartazgo con las restricciones de la cuarentena, que se combina con la presión muy real de la necesidad económica en amplios sectores de la población a los que la miserable suma del IFE no puede contener.

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