Las consecuencias tan contradictorias de la Segunda Intifada dieron al gobierno sionista la oportunidad de pasar a un nuevo estadio hacia la “solución final” del problema palestino.

Durante los años de ocupación de Cisjordania y Gaza la implantación de colonias fue realizada mediante el progresivo desplazamiento y desmembramiento de la sociedad palestina. Esto se fue haciendo principalmente mediante cuatro medidas:1) Demolición a gran escala de casas y aldeas de palestinos y expropiación sin pago de sus tierras cultivables. 2) Edificación de “asentamientos” de colonos sionistas en esas tierras despojadas. 3) Construcción de una red de carreteras de uso exclusivo para israelíes que ligan esos asentamientos entre sí y con el territorio que ocupaba Israel antes de 1967. Estas carreteras cortan en pedazos el resto del territorio que queda en manos de palestinos e impiden la comunicación entre sí. 4) Check points permanentes y bloqueo parcial o total de las comunicaciones en las carreteras que conectan las zonas en que han sido confinados los palestinos.

De ese modo se fueron desmembrando los territorios de Cisjordania, Gaza y Jerusalén oriental, que hasta 1967 eran habitados exclusivamente por palestinos. Después de Oslo, en vez de revertirse o por lo menos detenerse este proceso se aceleró vertiginosamente, ya que la ANP había sofocado la Primera Intifada que era un obstáculo para su expansión.

Pero no fue suficiente. La “bantustanización” de los palestinos dio un nuevo paso con el “Muro del Apartheid”. Con el pretexto de impedir “atentados terroristas”, los fragmentos de territorios donde han sido confinados los palestinos fueron siendo rodeados de un muro de 8 metros de altura.

Como parte de ese nuevo estadio de la colonización, Sharón –el genocida de Sabra y Chatila que terminó como primer ministro de Israel– formuló la política de “desconexión”. Israel no negociaba ninguna “frontera” con la ANP ni con el supuesto “estado palestino” en proceso de conformación, sino que con el trazado del Muro las establecía unilateralmente. El mapa que publicamos aquí, que sigue el trazado del Muro, habla por sí mismo de lo que sería ese supuesto “estado palestino”.

La “desconexión” implicaba al mismo tiempo que Israel iba a “retirarse” de algunas zonas imposibles de colonizar, como por ejemplo, la Franja de Gaza. Esta supuesta “retirada” dio lugar a un lacrimógeno show internacional montado por la CNN y otras cadenas al servicio de los sionistas. En verdad, en Gaza se creó –como dijo un periodista británico– “la mayor prisión a cielo abierto del mundo”. Y como cualquier guardián de una cárcel, Israel entra cuando quiere para ajustar cuentas con los presos que “se portan mal”.

Sin embargo, este nuevo estadio no parece ser el último. La lógica de la colonización crea nuevos problemas que sólo se resuelven “huyendo hacia delante” y ya aparece en el horizonte la nueva etapa. Esto lo refleja el programa del nuevo vice primer ministro incorporado al gobierno de Israel, Avigdor Lieberman, líder del partido Yisrael Beitenu, cuya principal propuesta es la “transferencia”, es decir, la expulsión de los ciudadanos árabes israelíes.

Es que Israel puede encerrar en bantustanes a los palestinos de Gaza y Cisjordania, pero tiene un serio problema con el crecimiento de la población palestina que restó de la “limpieza étnica” de 1948 y a la que se vio obligado por las resoluciones de la ONU a conceder la ciudadanía. Como tiene una tasa de natalidad mayor que la población judía (y además no existe una migración masiva de judíos de otros países a Israel), va darse la situación a mediano plazo de que los palestinos-israelíes lleguen a ser mayoría. Esto, por supuesto, resulta intolerable no ya para declarados nazifascistas como Lieberman, sino también para los sionistas que tratan de aparecer como democráticos.[9]

El programa de Lieberman puede parecer hoy “inconcebible”, pero ya existe una minoría importante que se manifiesta a favor de la “transferencia”. Es que la constitución de un estado sobre bases religioso/racistas tiene una lógica implacable. Y esa lógica apunta hacia nuevas “limpiezas étnicas”.

Se reactualiza la “solución de un solo estado”

Oslo condujo, entonces, a la situación que describimos. Es decir, a liquidar la “solución de dos estados” como una posibilidad real… salvo que se considere que los bantustanes rodeados por el Muro del Apartheid puedan ser considerados como el futuro “Estado Palestino”.[10] Esto llevó de nuevo al escenario político internacional la propuesta de la “solución de un solo estado”.

Se ha tratado de desestimar la importancia de este hecho político, con el argumento de que se trata de propuestas “utópicas” o que sólo es un tema de reducidos círculos de la izquierda o de la intelectualidad, especialmente palestina.

Esto es lo que alega, por ejemplo, Yoav Peled [11] en su crítica al libro de Virginia Tilley The One State Solution (La solución de un solo estado). El libro de esta profesora de Ciencias Políticas estadounidense ha tenido una inesperada repercusión en el mundo de habla inglesa, lo que indica cómo empieza a soplar el viento en esta cuestión. En su respuesta a Peled [12], Virginia Tilley argumenta en forma convincente que hoy esta cuestión está otra vez sobre el tapete, tanto internacionalmente como en Palestina. Y ha vuelto a estar presente no sólo “objetivamente”, sino en la cabeza de mucha más gente que algunos intelectuales y académicos.

“Mi propia experiencia reciente en Washington, Londres, Jerusalén, Belén, Budapest, Berlín y Pretoria, para no mencionar el amplio activismo que se expresa por Internet, me ha confirmado que la muerte de la «solución de dos estados» se ha vuelto el elefante en el cuarto para los diplomáticos, activistas de derechos humanos, y también para «la calle árabe». A juzgar por informes confidenciales, la creencia de que la «solución de un estado» se ha vuelto inevitable, está circulando dentro de la misma Autoridad Nacional Palestina.

“Estos análisis no se limitan sólo a los palestinos: importantes sectores de diplomáticos y otros funcionarios de la ONU y la Unión Europea están discutiendo privadamente la solución de un estado. Más aún, algunos de los más elocuentes respaldos a esta solución provienen de eminentes profesionales judíos en Israel y el exterior: Tony Judt, el Rabbi David Goldberg, Haim Hanegbi y Tony Lehman son los primeros que vienen a la mente.

Incluso, pese a las presiones nada democráticas de la ANP sobre las bases palestinas, encuestas realizadas ya en 2003, “indican que el 25% de los palestinos está por la ‘solución de un estado’. Bajo tan negativas condiciones como las actuales, ese porcentaje es formidable y pede señalar que existe un sentimiento mucho más profundo a favor de un solo estado”. (Tilley, Virgina, “Debating Israel-Palestine – The Secular Solution”).

Asimismo, encuestas realizadas más recientemente, en 2005, indicarían que esta opinión va en crecimiento: “Las encuestas indican que el porcentaje de palestinos que apoya la solución de un estado, se ha incrementado del 15% al 48%. Aunque prácticamente nadie cree que las negociaciones van a llevar a algo positivo” (“Open Discussion on the Current Situation in Palestine and the Middle East”).

Lo único que se ha revelado utópico es el programa de “dos estados”. Es la historia la que lo ha dejado de lado. La disyuntiva de “solución de dos estados” o “solución de un estado”, ha quedado por fuera de la realidad (si es que alguna vez lo estuvo)

Una análisis verdaderamente objetivo y materialista indica que la disyuntiva real es otra: un solo estado racista tipo enclave-colonial (Israel) con algunos bantustanes en su interior para concentrar a la población nativa que no ha podido ser expulsada y/o exterminada o un solo estado democrático, donde árabes y judíos puedan vivir en paz e igualdad política y civil.

Que la historia desemboque en una u otra opción, dependerá enteramente de las relaciones de fuerza; es decir del resultado de las luchas de clases, sociales y nacionales en Medio Oriente y, más en general, en el mundo.

Por supuesto, si triunfa definitivamente la primera alternativa, un día, a esos bantustanes, Israel –con apoyo de EEUU, la UE y la hipócrita “comunidad internacional”– puede ponerles un cartel que diga “Estado Palestino”, en la puerta de entrada de los Muros que los rodean. De la misma manera, los racistas blancos de Sudáfrica proclamaron que los bantustanes de Transkei, Ciskei y Bophuthatswana eran “estados independientes”. Y muy posiblemente Israel va a conseguir traidores para administrar los bantustanes palestinos. Eso es lo que está buscando junto con EEUU y la UE. Pero esa perspectiva sólo se puede hacer realidad en base a una completa y aplastante derrota, tanto del pueblo palestino como de las masas del Oriente Medio. Sin embargo, no es ésta la tendencia del presente, sino la opuesta.

Por eso, a Israel se le viene haciendo muy difícil “estabilizar” así la situación, y terminar de someter y “pacificar” a los palestinos. La resultante de esto, es que Israel mantiene su dominio militar pero a costa de masacres diarias que le cuestan políticamente, entre otras consecuencias, una pérdida acelerada de la “legitimidad” internacional, una desmoralización de sectores de la sociedad israelí y el odio multiplicado de 300 millones de árabes… que un día podría descargarse sobre su cabeza.

La naturaleza del Estado de Israel

¿Por qué la alternativa “un estado” o “dos estados” resultó ser utópica y la alternativa real ha terminado siendo la de “un solo estado de Israel + bantustanes” o “un solo estado democrático”?

Esto tiene que ver con la naturaleza del Estado de Israel, algo que muchas veces se deja de lado en este debate, cuando en verdad debería ser el punto de partida. Creemos que los años han confirmado la temprana definición del gran historiador y orientalista Maxime Rodinson, de Israel como un estado-enclave colonial. (Rodinson, Maxime, Israel…).

La colonización de la periferia por parte de los países imperialistas asumió distintas formas. Una de ellas, por ejemplo, fue la dominación británica de la India. Un pequeño número de ingleses (que nunca llegaron a 40.000 ó 50.000) –basados en su superioridad militar y económica y en componendas con las clases explotadoras nativas– logró ir dominando esa península durante dos siglos.

Pero otros emprendimientos coloniales fueron diferentes: se basaron en el asentamiento de masas de colonos europeos y el desplazamiento y/o exterminio de la población originaria. La colonización sionista de Palestina fue una imitación explícita y consciente de ese segundo modelo de colonialismo. Como sus precedentes históricos, se enfrenta al problema de qué hacer con la población nativa.

Pero la colonización sionista se inició demasiado tarde y tuvo lugar en una región donde consumar el exterminio y/o desplazamiento era entre difícil e imposible. Entre otros motivos, porque la densidad de población y el grado de desarrollo económico, social, político y cultural de sus pueblos no era el de los indígenas de, por ejemplo, Australia, donde pudieron ser casi totalmente exterminados por los colonizadores británicos con relativa facilidad.

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Estos dos hechos –el haber llegado demasiado tarde y la sociedad que pretendieron desplazar y/o aniquilar– explican que la colonización sionista sea una historia sangrienta de nunca acabar: desde mucho antes de la proclamación del Estado de Israel en 1948 (por lo menos desde la insurrección palestina de 1936 contra el dominio británico), su modo de existencia ha sido el de un estado de guerra permanente, donde sólo varia su nivel de intensidad y los enemigos enfrentados.

Esta situación de guerra perenne, está ligada a otro rasgo de Israel: que, como enclave colonial, aspira a expandirse.[13]. Por eso, Israel constituye el caso poco común de un estado de “geometría variable”, como algunos aviones. Así, desde su fundación en 1948, Israel se ha negado a definir sus fronteras. En vez de eso, dice que quiere tener “fronteras seguras y reconocidas”… pero jamás precisa cuáles serían ellas (salvo algunos acuerdos precarios con Egipto).

En síntesis: la naturaleza del Estado de Israel está definida con exactitud científica en la cita que encabeza este artículo: “Cuando estás en un check point, los obligas a esperar (a los palestinos) mucho más de lo necesario, a veces durante horas, y tomas a un palestino al azar y le das una paliza, de cada quince o veinte que pasan, para que el resto tenga miedo y esté tranquilo. Sólo así tú, que estás con cuatro soldados más, los dominas a ellos, que son miles.” (Saul, Yehuda, “Confesiones de un soldado israelí”)

Esta relación social –el colonizador que apalea y el colonizado apaleado, “para que el resto tenga miedo y esté tranquilo”– es la relación constitutiva del Estado de Israel. Si no se entiende eso, no se entiende nada.

Entonces, el meollo de la cuestión es si se mantiene y consolida esa relación colonial –la cola y apalear palestinos– o si la lucha de las masas de Palestina y Medio Oriente logra acabar con ella y hacer astillas ese infame palo del colonizador que golpea al colonizado. El problema de los estados es sólo un corolario o derivación de este problema central.

Algunos debates

Definir la naturaleza de Israel debe ser, entonces, el punto de partida para cualquier discusión en el terreno programático. Y esto frecuentemente se deja de lado.

Por ejemplo se considera este conflicto como una “disputa territorial” entre “dos naciones” que serían equivalentes. Sorprendentemente, esta vulgaridad usual en comentaristas de televisión “progres”, a veces aparece también a veces entre marxistas.

Así, en un interesante debate promovido por la revista À l’Encontre [14], Martín Thomas, historiador marxista británico, defiende así la “solución de dos estados”:

“1) «Dos estados» significa la autodeterminación para dos naciones, Israel / Palestina. 2) Es lamentable que no sea posible [sic] dividir de manera igual la región y sus recursos. Pero este es un problema general en el mundo. La autodeterminación de diferentes naciones significa que ellas obtienen territorios diferentes, con recursos diferentes, según trazados decididos por guerras, desplazamientos de población, etc. Evidentemente, nosotros somos partidarios de la mayor entidad territorial e independencia posible para el Estado Palestino…” (Thomas, Martin, “La solution de deux Etats”).

Pero este admirador del “hecho consumado” deja de lado lo esencial: Israel y Palestina no son dos “naciones” de la misma naturaleza. Israel es el colonizador y Palestina es el colonizado. Y su relación no es una mera pelea por “territorios”. Este “marxista” se olvida del imperialismo y de sus colonizaciones… La “mayor entidad territorial e independencia posible para el Estado palestino” no es más que una virtuosa expresión de deseos sino se destruye esa relación de dominio colonial.[15]

Con más sofisticación que en el caso anterior, la posición de los “dos estados” sigue siendo oficialmente defendida por una corriente internacional importante del socialismo revolucionario, la que encabeza la LCR francesa.

Así, sus frecuentes declaraciones de denuncia de los atropellos de Israel suelen finalizar de la siguiente manera: “Sigue vigente la exigencia de un Estado Palestino sobre el conjunto de Gaza y Cisjordania, con Jerusalén-Este como capital. Sólo eso puede abrir la vía a una paz durable entre palestinos e israelíes” (LCR, “Un Etat pour les palestiniens”).

Pero la realidad presenta un cuadro que cada vez se contradice más con esta perspectiva. Así, el principal dirigente de esta corriente en Israel, Michel Warschawski [16], se ve obligado a reconocer que:

“El proceso de Oslo está muerto. Fue definitivamente enterrado por Sharon en 2001, reemplazado por la guerra permanente y el unilateralismo político”.

“La cuestión que se plantea es la pertinencia de las soluciones que parecían realistas al momento en que Arafat y Rabin emprendieron la tarea de poner fin al conflicto… En particular, la creación de un Estado Palestino soberano en Gaza y Cisjordania, coexistente con el Estado sionista… Con la aceleración de la colonización en Cisjordania, la construcción del Muro y las medidas territoriales unilaterales, muchos se preguntan si esa «ventana de oportunidad» para la creación de un estado Palestino soberano sobre el 22% de la Palestina histórica, no se ha cerrado definitivamente. […] La realidad de la colonización define los límites del territorio sobre el cual Israel estaría dispuesto a ver constituirse en Estado Palestino, reduciendo la Cisjordania a una serie de cantones aislados unos de otros, sobre el 50% de territorio ocupado (por Israel) en 1967. Los «bloques de colonias», anexados de hecho a Israel, harían caduca la perspectiva de un Estado Palestino en Cisjordania y Gaza”.

Por esos motivos, “tanto en Israel como en el movimiento palestino, numerosos militantes se preguntan sobre la factibilidad de una partición de Palestina en dos estados. ¿Es aún realizable?” ¿Ha llegado entonces el momento de admitir esa realidad y retomar la consigna de estado único?

A esta altura, se esperaría que Warschawski esté de acuerdo con esos sensatos y “numerosos militantes” palestinos e israelíes. ¡Nada de eso! ¡Más que nunca hay que mantener lo de los “dos estados”! “Sería gravemente erróneo pasar de la reivindicación de una partición profundamente injusta (lo reconocemos) pero que aparece como realista, a la reivindicación de estado único”.

Las dos principales razones que da, retratan no sólo a Warschawski sino también a toda su corriente internacional:

“La inmensa mayoría de los Palestinos continúan creyendo y luchando por un Estado Palestino en Cisjordania y Gaza…; una mayoría de israelíes sostienen (o por lo menos creen inevitable), la constitución de un Estado Palestino en Cisjordania y Gaza, aunque más no sea para mantener el carácter demográficamente judío de su propio Estado; la comunidad internacional también comparte ese punto de vista.”

¿Pero si todos están de acuerdo –la “inmensa mayoría” de los palestinos, la “mayoría” (aunque no tan “inmensa”) de los israelíes y, por última, la famosa “comunidad internacional” (léase EEUU y la Unión Europea), por qué se está cada vez más lejos? ¿Sólo por un puñado de políticos belicistas (antes Sharon y ahora Olmert)? Pero el argumento más significativo es el segundo:

“Entre el Mediterráneo y el Jordán, no hay solamente diez millones de individuos, sino también dos naciones que aspiran, la una como la otra, a una existencia nacional propia”.

O sea, el mismo falso argumento que examinamos antes. Se pone un signo igual entre colonizadores y colonizados, que esconde el problema de fondo: que no se trata de dos naciones con meros problemas territoriales, sino de una relación colonizador/colonizado que, naturalmente no permite jamás establecer una convivencia pacífica, porque la “existencia nacional propia” del colonizador consiste en liquidar la “existencia nacional propia” del colonizado… que es lo que ha sucedido y sucede en Palestina.

Sólo después de acabar con esa relación colonial, las naciones que viven allí podrán tener una auténtica “existencia nacional propia”. Y esto es válido no sólo para los palestinos, sino también para los judíos israelíes, especialmente para los estamentos más bajos de la sociedad de Israel, cada días más polarizada socialmente entre una minoría de judíos (ashkenazim, de ascendencia europea) cada vez más ricos y una mayoría de judíos de segunda o tercera clase (mizrahim, etíopes, etc.) cada vez más pobres (que además son mayoritariamente los que van a morir en las aventuras bélicas de Israel).[17]

Como señala Moshe Machover “crear una suerte de bantustán [establecerá] una situación opresiva donde los palestinos serán las primeras víctimas. Pero los trabajadores israelíes también serán indirectamente los perdedores, en la medida que una nación que oprime a otra, no puede ser libre”. (Machover, Moshe, “Un Moyen-Orient socialiste et unifié”).

No va a haber “liberación nacional en un solo país”

Dijimos que la alternativa real en Palestina ha terminado siendo la de “un solo estado de Israel + algunos bantustanes” o “un solo estado democrático”. Y que esto en verdad expresa el meollo de la cuestión: si se mantiene y consolida esa relación colonial –bien graficada por el cuadro que describe el ex soldado israelí: cola y apalear palestinos– o si la lucha de las masas de Palestina y Medio Oriente logra acabar con esa relación colonial. La cuestión de los estados es sólo un corolario o derivación de este problema central.

Pero, en las condiciones del siglo XXI, se hace aún más difícil que en el siglo XX, que esto pueda resolverse enteramente sólo dentro de las fronteras de Palestina. Es una pelea cuyo campo de batalla es directamente regional (y, en última instancia, mundial). Es que Israel existe como enclave colonial inseparablemente vinculado a la acción y el dominio de los diversos imperialismos en Oriente Medio.

Israel, como un caso de colonialismo tardío, no fue patrocinado directa y exclusivamente por un determinado imperio colonial, como sucedió por ejemplo con la colonización francesa de Argelia en el siglo XIX. Por eso estuvo obligado desde el principio a buscarse diversos “padrinos” o “sponsors”.[18] La colonización sionista, antes de la creación del Estado de Israel, se desarrolló en todo un período ligada con el poder del Imperio Británico en la región. Luego, finalizada la Segunda Guerra Mundial, jugó simultáneamente con los apoyos de EEUU y la URSS (decisivos para la constitución del Estado de Israel y la “limpieza étnica” de 1948 donde logró expulsar casi un millón de palestinos). Después se apoyó en Francia y Gran Bretaña, con los que atacó Egipto en 1956. Finalmente, con la guerra de 1967, consolidó una relación cada vez más estrecha con el imperialismo yanqui [19], por la que Israel ha sido calificado como el “estado Nº 51” de EEUU.

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Como tal, Israel juega un papel fundamental en la región, pero inscripto dentro de un proyecto colonial mucho más amplio, el del “amplio Medio Oriente”, impulsado por la administración Bush, como cimiento del “Proyecto de un Nuevo Siglo (Norte)Americano, que iba establecer la hegemonía absoluta del imperialismo yanqui a escala mundial y a lo largo de todo el siglo XXI. Pues bien, este proyecto está fracasando estrepitosamente. Este hecho es hoy el elemento determinante de la situación mundial.

En verdad el imperialismo yanqui –el gran sponsor de Israel– afronta una crisis de hegemonía en dos planos, uno coyuntural y otro estructural. Este último tiene que ver con una declinación a largo plazo de su posición en el mundo, desde el cenit que alcanzó al vencer en la Segunda Guerra Mundial. El otro plano, coyuntural, es el de las catástrofes de las aventuras militares de Bush en el “amplio Medio Oriente”, principalmente la de Iraq. Parte de este desastre fue la derrota de Israel en la última guerra del Líbano, que Bush había saludado como el “tercer frente de la guerra contra el terrorismo” (después de Afganistán e Iraq). Esto también sepultó el mito de “invencibilidad” de Israel.[20]

Por supuesto, lo de Líbano fue un serio contraste militar pero de ninguna manera una derrota estratégica. Sin embargo, tiene una gran importancia como indicio de la situación de conjunto de Medio Oriente y de los cambios en las relaciones de fuerza, a consecuencia de los fracasos de los intentos del imperialismo yanqui de establecer un imperio neocolonial en la región.

Israel ligó su destino a un imperialismo que está en lenta pero firme decadencia, en un mundo donde están en pleno desarrollo mutaciones geopolíticas imprevisibles. La respuesta de un sector de la burguesía norteamericana –neo-cons, íntimamente asociados al lobby israelí [21] de EEUU– para revertir esto y garantizar un siglo de absoluta hegemonía de EEUU, fracasó, lo que ha agravado el problema en lugar de resolverlo. Entonces, no está fuera del horizonte de la realidad, la posibilidad de una derrota de Israel.

Dicho de otro modo: La suerte final de Israel como enclave colonial, está indisolublemente ligada al curso de este proceso del dominio del imperialismo yanqui en la región. Esto va a decidir, finalmente cuál de las dos alternativas que señalamos se hará realidad, o si el resultado por todo un período va ser un híbrido que prolongue las contradicciones y conflictos.

Programas, sujetos sociales y direcciones políticas

Esto a su vez va a estar relacionado con lo que decíamos inicialmente: qué actores sociales y políticos, y qué direcciones y programas van actuar y prevalecer en ese proceso. Si se va a abrir finalmente una alternativa independiente y socialista de las masas explotadas y oprimidas, o si todo va a seguir enredado en la realpolitik de las miserables burguesías de la región, sus partidos y estados (sean estos “seculares” o “islámicos”).

Por diversos motivos que aquí es imposible desarrollar, se da la paradoja de que en ese “amplio Medio Oriente” se están produciendo los enfrentamientos más violentos y decisivos entre el imperialismo yanqui y las masas populares, pero al mismo tiempo está mucho más atrás que América Latina, por ejemplo, en cuanto al papel de la clase trabajadora, las ideologías y la conciencia de la vanguardia y las masas, las corrientes políticas y los movimientos sociales, sus programas, etc. No necesitamos insistir sobre la importancia de esto para el curso y los alcances de las luchas que se están desarrollando allí.

Sin embargo, en el Medio Oriente, en sus más importantes procesos revolucionarios de la posguerra –sobre todo en Iraq e Irán pero también en Egipto–, la clase trabajadora y la izquierda fueron protagonistas de primera fila. El mismo nacionalismo burgués (Nasser en Egipto o el Baath en Iraq y Siria) tuvo que presentarse generalmente como “socialista” para ganar apoyo de masas.

El posterior eclipse del movimiento obrero, por un lado, y de la izquierda, por el otro, fue el resultado de un complejo de factores entre los cuales hay que contabilizar en primer lugar muy duras y sangrientas derrotas, y también que algunos países (como por ejemplo Iraq o Palestina) el desempleo masivo disgregó a amplios sectores de la clase trabajadora.

Sin embargo, esto no quita la importancia del factor político. Las corrientes de izquierda de la región fueron en su abrumadora mayoría de inspiración estalinista (pro Moscú o maoístas). Su política invariable fue, por lo tanto, marchar como furgón de cola de la corriente nacionalista burguesa que juzgara más “progresista”. Esto acabó en sucesivos desastres que finalmente se potenciaron con el derrumbe de la ex URSS (y antes, Afganistán). Así, amplios sectores de bases y cuadros o se fueron a su casa o terminaron, por ejemplo, en el islamismo.[22] Sin embargo, los eclipses no son eternos, si hay escenarios políticos y sociales que abran nuevas oportunidades.

De todos modos, hoy parece incontrastable el ascenso de las corrientes islamistas. La reciente guerra del Líbano ha potenciado entre las masas de todo Medio Oriente la figura de Nasrallah, como héroe de la lucha contra la agresión sionista.

Por supuesto, como cuestión de principios, defendemos incondicionalmente a Nasrallah y Hezbollah de las agresiones del imperialismo e Israel. La misma posición sostenemos respecto a Hamas, sometido a violenta persecución por los sionistas, después de haber ganado legítimamente las elecciones en Palestina, y llamamos a defender incondicionalmente a Irán ante cualquier ataque militar de Israel y EEUU. Asimismo denunciamos la infame campaña “islamofóbica”, montada por las burguesías de EEUU y Europa, para justificar las “cruzadas” del imperialismo en Medio Oriente y para alimentar en sus países la histeria y las percusiones racistas contra las minorías provenientes de la emigración.

Pero, al mismo tiempo, decimos con toda claridad que el islamismo, en cualquiera de sus variantes, no ofrece una alternativa mejor que el fracasado nacionalismo laico.

No se trata sólo de que, en general, el proyecto de sociedad de las distintas corrientes islámicas es reaccionario.[23] El cuestión política inmediata y más grave, es que el islamismo está repitiendo el mismo problema del nacionalismo laico: su incapacidad de unir a las masas del Oriente Medio en una batalla común contra la dominación imperialista. La experiencia más trágica de esto es Iraq.

El nacionalismo laico en sus distintas corrientes –como la de Nasser o la del Baat (Siria/Iraq)– nació planteando la unidad de la nación árabe para enfrentar al imperialismo y la colonización sionista. En los hechos, terminó fragmentando a los pueblos de Medio Oriente y capitulando ante el imperialismo e Israel. El secreto de esto fue que detrás de cada régimen y corriente nacionalista, estaban los miserables intereses particulares de cada burguesía y aparato burocrático “nacional”. El imperialismo e Israel jugaron ventajosamente con esas diferencias.

El islamismo –y con más claridad las corrientes inspiradas por la “Revolución Islámica” de Irán–, sostuvieron que podían superar este desastre del nacionalismo. “Nasser y otros nacionalistas árabes trataron de edificar una nación árabe unida, pero fracasaron…” –critica con plena razón un islamista iraní–. ¿Por qué? Porque no se basaron en lo que realmente tienen de común los distintos pueblos de la región: el Islam. “¿Qué tienen de común un kurdo y un iraquí? –se pregunta– La religión” Si actúa el nacionalismo, se van a dividir. Por el contrario, el Islam será capaz de unirlos como integrantes de la ummah (comunidad de los creyentes). (Naqaví, Alí Muhamad, Islam y nacionalismo).

Como argumento es fuerte. Lástima que, en la realidad, el Islam y sus corrientes políticas están aun más divididos que nacionalismo laico… Y, al igual que éste, se están demostrando incapaces de garantizar la unidad de las masas de Medio Oriente en la lucha contra el imperialismo. La causa es que tanto detrás de las corrientes nacionalistas como de las islamistas actúan los mismos intereses sociales y de clase: los intereses particulares y egoístas de las burguesías y los privilegiados de cada país o región, de sus aparatos estatales y militares, de sus burocracias religiosas (especialmente importantes en el caso del chiísmo), etc.

Iraq es la trágica muestra de eso. Aunque no ha podido evitar un descalabro, el imperialismo logró manipular esos intereses, tratando de alentar la pelea de todos contra todos (detrás de la cual está el motivo nada religioso del reparto de la renta petrolera entre las distintas pandillas). Y a eso se le agrega el papel siniestro cumplido allí por las corrientes afines al régimen de Irán.

Asimismo, en el marco de las peleas por el reparto capitalista, el imperialismo pudo aprovechar legítimos reclamos por agravios e injusticias (como es el caso del pueblo kurdo) para ponerlos a su servicio. ¡Contra lo que dice el islamista que citamos, esto tampoco lo solucionó la religión!

Por supuesto, nada de esto significa que haya comenzado a agotarse la experiencia de las masas con el islamismo (o mejor dicho, los múltiples islamismos). Pero sí que el mismo crecimiento de las corrientes islamistas (y por consiguiente de sus responsabilidades políticas), está dejando al descubierto sus falencias… muy parecidas a las del ciclo nacionalista y esto podría abrir grietas y oportunidades para la izquierda. La cuestión es desde qué perspectivas actuar.

La unidad de las masas trabajadoras y populares de Medio Oriente para derrotar al imperialismo, a Israel y a las pandillas de presidentes y reyezuelos a su servicio, sólo podrá lograrse a partir de una completa independencia política y orgánica de las burguesías de la región, sus estados y corrientes políticas. Son sus mezquinos intereses los que han impedido a las masas del Oriente Medio dar una respuesta unida y de conjunto a un ataque colonizador que también es de conjunto. El imperialismo lo ha dicho francamente una y mil veces: su intento es “remodelar” todo el “amplio Medio Oriente”, no tal o cual país. Esta es una necesidad política objetiva para terminar de derrotar ese intento colonizador y a uno de sus principales agentes, Israel.

Programáticamente, esta necesidad se condensa en una consigna: por una federación socialista de los pueblos del Oriente Medio. No va a haber unidad en los marcos del capitalismo. Tampoco, en ese marco, se van a solucionar con justicia las diferencias y contradicciones religiosas, nacionales y/o étnicas. Ya hace por lo menos dos siglos que el capitalismo se expandió en la región, y los resultados están a la vista.

Es por todo eso que el socialismo y la izquierda podrían volver a escena pero sobre la base de una perspectiva opuesta a la que presidió sus fracasos del pasado: el seguidismo a las corrientes burguesas que juzgaba “progresistas” y sus aparatos estatales. Es decir, una perspectiva independiente, sostenida en las masas trabajadoras, explotadas y oprimidas. Una perspectiva socialista.

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