Hacía varios meses que los tercerizados del ferrocarril Roca venían peleando por su efectivización. Miles de ellos, con tareas de ferroviarios, trabajaban bajo convenios precarizados y sin ningún “amparo” sindical, siendo abandonados a su suerte tanto por el gremio ferroviario como por las burocracias de los sindicatos a los que estaban afiliados por convenio (UOCRA y otros). Organizados en asambleas, los trabajadores habían impulsado ya varios cortes de vías para hacer valer su reclamo. La dirección de la Unión Ferroviaria había respondido con campañas de amedrentamiento y carteles: “los ferroviarios no cortamos vías” decían las banderas que colgaban de la terminal de Constitución, con la firma de la UF y el infaltable color verde. “Los ferroviarios” no eran los trabajadores que cumplían esa función sino los que Pedraza y seguidores daban calidad de tales.

“Ferroviarios” eran sí quienes ingresaban al ferrocarril para cumplir el rol de policías de Pedraza. Porque los “representantes” de los trabajadores tenían sus propios hombres en la directiva de la empresa que operaba el Roca, UGOFE. Los sindicalistas eran también patrones y disfrazaban de “ferroviarios” a quienes hacían ingresar para ser sus ojos, sus botas, sus puños y sus balas entre los trabajadores luego de ejercer otras honestas profesiones, como barrabravas. “Los ferroviarios no cortamos vías” decían los que administraban el Roca junto a otras empresas lucrativas, los que ponían el ojo vigilante y la mirada amenazante en quienes realizaban tareas de obra en las vías, los que no eran “ferroviarios” por no estar bajo el convenio de su actividad, por tener salarios más bajos por la misma tarea, por no tener la misma estabilidad laboral que sus compañeros.

“¿Qué hacía él ahí?” preguntaron en su momento los defensores de este sistema de fraude heredado del menemismo. “¿Qué tenía que ver él en eso?” decían algunos de los miembros de la llamada “juventud maravillosa” por el personal gobernante del momento. “¡Lo mandaron al frente!” decían intelectuales de incuestionable progresía kirchnerista, que desde sus cómodos sillones escribieron acerca de Mariano, tratándolo como una pobre e inconsciente víctima. ¿De quién? ¿De Pedraza y sus patoteros? No. ¿Del sistema de negociados perverso del que eran parte empresas, gobierno y sindicato? Tampoco. Según ellos, era víctima de sí mismo, de haber estado donde no tenía que estar. Trataron a Mariano como a una oveja, como a un arriado, como alguien que no se movía por su propia conciencia.

Según ellos, la juventud militante estaba en otro lado. Estaba entre quienes iban a los actos electorales a aplaudir, entre quienes habían organizado charlas de “formación política” con el propio Pedraza, entre quienes miraban con desdén a los trabajadores tercerizados como gente que no sabía lo que hacía, que no entendía que, después de todo, nada podía andar mal. Porque aun con explotación laboral, tercerización, salarios miserables, con condiciones de trabajo deplorables e inseguras, el modelo era el modelo. Y Pedraza era parte del modelo.

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Mariano Ferreyra tenía mucho que ver con los tercerizados del Roca. No porque él mismo lo fuera, no porque él trabajara en el ferrocarril, no porque estar ahí cambiara algo de su propia vida individual. Qué mezquina mentalidad la progre, que sólo puede entender a quien se mueve por su propio bolsillo.

Mariano Ferreyra era parte de la generación de la juventud militante trotskista que nació con el 2001. Aunque a esta altura podríamos hablar de “generaciones”, hoy Mariano tendría más de 30 años y hay pibes como él haciendo lo que hacía él por doquier que no llegan a los 18. Cuando recibió la bala mortal, contaba con 23 años de edad y diez de militancia. Él era uno de esos pibes (uno destacado) que se pasean por los pasillos de las facultades discutiendo con todo lo que se les cruce, amigo y enemigo, partidario y adversario; de esos que pintan carteles a mano, a veces prolijos, otras de una abnegada fealdad, hablando de tercerización, de rebelión, de estudiantazos, de la facultad y del mundo; él era unos de esos pibes que ponen el cuerpo por gente que no conocen.

Dijimos “estudiantazo”, sí. Cuando cayó Mariano todavía había muchas facultades y colegios tomados por reclamos edilicios. Y en casi todos los puntos del país, la noticia, la llegada misma a muchos por primera vez del nombre “Mariano Ferreyra” fue un espantoso baldazo de agua fría. Con él, nos habían tratado de arrancar un pedazo de nuestra historia. Para muchos se sintió como si les hubieran arrancado al compañero que tenían todos los días al lado, para algunos lo fue. Se sintió como algo sumamente cercano, acontecido a la vuelta misma del aula. Se habían llevado a uno de los nuestros. Uno como nosotros, que estaba ahí tomando como propio, con la misma abnegación, el conflicto de “otros”. Uno como nosotros, que estuvimos este año con los mineros, con el Astillero, con EPEC, con Minetti. Por hacer lo que hacemos nosotros, por eso lo mataron.

Porque no hay tal cosa como “conflicto de otros”. El militante que acompañó al movimiento piquetero, a los trabajadores del Garrahan y el Subte en 2005, a los obreros de FATE en 2007, a los docentes de Neuquén cuando fue asesinado Carlos Fuentealba, de Kraft en 2009, del Roca en 2010, siente esas luchas como descarnadamente propias. Y lo son, tan propias que queman en el cuerpo cada una de sus derrotas y sus victorias. Tan propias que se pasan los días pintando carteles, hablando con paredes con orejas que no escuchan (que solamente buscaban su aula), discutiendo en asambleas (a veces más grandes, a veces más chicas, pero siempre como si nadie hubiera faltado); tan propias que muchas veces suenan a cosas raras entre quienes simplemente viven su vida. Mariano había elegido la vida militante, militante de verdad, sin prebendas ni ventajas, sin la comodidad del poder pero con la convicción del presente y la confianza en el futuro. No en un futuro mesiánico traído por algún salvador religioso o laico, un futuro construido con nuestras propias manos, un futuro socialista.

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Sí, un futuro que para muchos no existe. Y de esos muchos, sin duda alguno vio en su momento a Mariano militando y le pareció una cosa rara, incomprensible, tanto como ese futuro.  Y sin embargo, muchos de los que miraron con incomprensión a Mariano – o tal vez no a él personalmente sino a ese Mariano genérico que es la juventud militante – se convirtieron en lo que él era. Porque sí, hoy somos más, somos muchos más que antes. Y seremos aún más, porque los que eran la novísima juventud del 2010, hoy son experimentados militantes que pueden contar con sus 30 años de edad sus mejores anécdotas militantes a quienes no habían comenzado la secundaria cuando cayó Mariano. Porque no hay una juventud militante; con los años, ya hay muchas. Y no se pierden, se acumulan y se complementan. Los que le ponen el cuerpo a las luchas “de otros” son más “otros” que nunca, porque son más y de más diversos lugares de estudio y de trabajo.

Alguno de los lectores de estas líneas se sentirá identificado. Sabrá que estuvo entre quienes miraban de reojo, con incomprensión, a los militantes como Mariano. Sabrá también que encontrarse del otro lado, del que marcha, reparte volantes, discute con quien se cruce, fue como despertar de una larga, demasiado larga siesta.

Con Mariano nos quisieron sacar un pedazo de nuestra historia, convirtiéndolo en todo un capítulo, uno al que hay que remitirse para entender los demás. ¿Quién defiende hoy a los Pedraza? ¿Quién recuerda siquiera el nombre de quien jaló el gatillo? Un lector sincero consigo mismo se dirá que no puede saberlo sin buscarlo, porque su memoria no lo retiene. Mariano, en cambio, es nombre y bandera.

Vayan estas líneas en homenaje desde Izquierda web y el Nuevo MAS a Mariano Ferreyra, militante socialista del PO, a uno de los nuestros.

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