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[1] Guillermo Cieza: Chávez, Perón, Kirchner…, Buenos Aires, Dialectik, 2006. Folleto publicado por la agrupación Frente Popular Darío Santillán, integrante del MIC (Movimiento Intersindical Clasista) argentino. Se trata de un librito apologético que parece pretender que la crítica a Chávez quede librada no a los “mortales” sino a un supuesto juez supremo que estaría –no se sabe en razón de qué– por encima de los mismos.

2 Al respecto, ver también “La bancarrota del tacticismo” y “Trotsky, Mariátegui y el PSUV”, en www.socialismo-o-barbarie.org. Sin duda, se trata de la polémica política más candente hoy en el seno de la izquierda en la región.

3 Nos vienen a la memoria las reflexiones de Caio Prado Junior (Brasil) respecto del desastre del 1º de abril de 1964 (día del golpe militar que depuso sin ninguna resistencia al gobierno populista de Joao Goulart) en su libro La revolución brasileña.

4 Nótese que la definición del gobierno de Chávez como nacionalista burgués está encomillada, como sugiriendo que en realidad es algo distinto (¿qué, en ese caso?). En el mismo sentido, Pedro Fuentes, del MES, se queja de aquellos que “reducen solamente la definición del gobierno de Venezuela sólo como burgués, por lo que la política central es de confrontación con el mismo”. En Alternativa Socialista, 23-05-07.

5 Con ser la dominante, esta no es la única tónica en la izquierda en la región. En el reciente Congreso del P-SOL brasileño (y en polémica con el MES de Brasil y otras corrientes oportunistas), fue un hecho notable la autocrítica política de Plinio Arruda Sampaio, histórica figura de la izquierda reformista “nacional desarrollista” y del PT en ese país. Volveremos sobre esto.

6 La historia del “apoyo a las medidas progresivas” de gobierno burgueses o burocráticos es una de las historias mas negativas de amplios sectores del trotskismo en la segunda posguerra. El criterio general de la corriente de Nahuel Moreno fue oponerse a esta orientación. No es el caso de la corriente mandelista, el Secretariado Unificado de la IV Internacional (SU), que se caracterizó por la tradición contraria: capitular a cuanta dirección populista o reformista tome incluso tímidas medidas. Por su parte, el PO de Argentina ha sido tradicional defensor de lo actuado por el POR boliviano en oportunidad de la Revolución de 1952 y de la “estrategia” del Frente Único Antiimperialista (ver Osvaldo Coggiola, Historia del trotskismo en la Argentina y América Latina). La Revista de América del MST y el MES se ha pasado ahora, con armas y bagajes, a la tradición del “apoyo crítico” a medidas de gobiernos burgueses.

7 Hugo Chávez ha afirmado que “nuestro socialismo acepta la propiedad privada, sólo que debe estar en el marco de una Constitución, de las leyes y del interés social. Nuestro modelo socialista acepta en Venezuela la presencia de empresas privadas extranjeras, siempre que acaten las leyes venezolanas (…) Eso mismo hablé con Fidel Castro hace unas semanas (…) no debemos aferrarnos al dogma, no hay que estatizar toda la economía”. Nuevo Herald, 22-07-07.

Estas declaraciones esconden una trampa, porque lo que se está planteando, con la excusa de que “no hay que estatizar toda la economía”, es una cerrada negativa a expropiar a la burguesía como clase. Porque no se trata de un problema básicamente económico, sino de una decisión político-social con consecuencias económicas. Es sabido que aun el Estado soviético bajo Lenin admitió determinado tipo de “inversiones extranjeras”, por ejemplo en materia petrolera. Pero los bolcheviques siempre dejaron claro que se trataba de un retroceso impuesto por las circunstancias, y jamás intentaron transformar esta necesidad en virtud ni mucho menos en “modelo antidogmático”.

Todo lo contrario de Chávez, que ha declarado que su “modelo” es “tanto Estado como sea necesario; tanto mercado como sea posible”.

8 En esta ubicación unilateral ha hecho escuela el PO argentino. Dice Coggiola: “Peña definió a los movimientos nacionales como «siendo en esencia la explotación política del proletariado por la burguesía nacional», lo cual es cierto pero también unilateral si no se señala que reciben el apoyo obrero justamente porque constituyen un progreso histórico objetivo (o sea, independiente de la vocación capituladora de sus dirigentes) en relación al dominio incontrolado del imperialismo (…). El atraso del país y la opresión imperialista abren la posibilidad de que la burguesía nacional plantee el cumplimiento de las tareas democráticas y de liberación nacional (…). Una nacionalización de los recursos naturales (…) decretada por el gobierno nacionalista burgués, es progresiva por referencia a la conducta de los gobiernos que resuelven sus problemas recurriendo al despilfarro de las riquezas naturales” (en Historia…, cit.). Pero no existe tal “progresividad histórica” del proceso considerado de manera puramente “objetiva”. Lo decisivo es su vinculación con un auténtico proceso de transformación socialista. Faltando esa condición, el “progreso histórico” más “objetivo” se vuelve a la larga contra las masas y/o se desvanece o desvirtúa.

9 Argumento muy similar con el que en la Argentina el populismo justificó la política de “desendeudamiento” de Kirchner. La “compra de soberanía” se hizo en 10.000 millones de dólares contantes y sonantes al FMI… entidad con la cual ya está acordado que se buscará reanudar la relación a partir de 2008. Más que de una compra, debería hablarse en todo caso de un “alquiler” temporario de “soberanía” con fines más políticos que económicos.

10 De paso, dejamos anotado que este mismo criterio es el que se debe aplicar cuando se trata del análisis de las expropiaciones de los capitalistas en las revoluciones de la segunda posguerra del siglo pasado. Porque la mayor parte de las tendencias trotskistas las consideraron, y siguen haciéndolo, como per se “socialistas”, independientemente del hecho de que la clase obrera no haya tenido arte ni parte en ellas. Desde Socialismo o Barbarie Internacional hemos tendido a definirlas más bien como revoluciones “anticapitalistas burocráticas”, sin socialismo.

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11 “Bolivia tiene ahora grandes dificultades para obligar a las compañías a abastecer el mercado interno a precios inferiores a los internacionales. Continuará exportando materia prima con destino a la industria argentina y brasileña, mediante la construcción de enormes gasoductos, en tanto las regiones del interior del país seguirán careciendo de recursos energéticos. Tampoco podrá, con la garantía del valor de las reservas anotadas por las empresas foráneas, obtener los préstamos necesarios para impulsar proyectos capaces de transformar nuestra economía”. Ver texto completo de Solís Rada en www.socialismo-o-barbarie.org.

12 En este sentido, dice un diputado chavista, seguramente exagerando la nota pero reflejando un aspecto real del capitalismo de Estado venezolano: “En Venezuela el tema de la propiedad tiene características muy particulares; los principales medios de producción aquí son estatales. La producción petrolera (…) es estatal. Y también es estatal la producción y comercialización del gas, así como las hidroeléctricas (…). La reparación de barcos (…) es una actividad estatal, la producción ferro-minera es estatal, también la producción siderúrgica y la de aluminio, la de derivados del petróleo, buena parte de las tierras (…). Deberíamos avanzar en todo caso en la transformación de nuestro capitalismo de Estado en un socialismo de Estado”. En “PSUV: germen de poder popular”, Marcelo Colussi, www.argenpress.org.

13 En este sentido crudamente sustituista leemos: “La comparación entre China y algunos procesos de Latinoamérica o Asia también podría sugerir diferencias importantes con los pronósticos definitivos de la teoría de la revolución permanente tal como había sido formulada por Trotsky, particularmente en torno al sujeto social y político. Es justamente debido a esa evidencia que en la posguerra las corrientes trotskistas más sensibles se vieron obligadas a una obvia reconsideración de sus textos”. J. Sanmartino, cit. Esto no es otra cosa que el retorno de la teoría de las revoluciones “objetivamente” socialistas, a caballo del impresionismo que genera su visión del proceso venezolano. Lo cual es más grave aún si se considera que en este operativo oportunista de retorno a las fuentes del “socialismo nacional”, lo que vuelve junto a él es la consideración de dinámicas “permanentistas” y revoluciones “socialistas”, sin clase obrera, es decir, el “sustituismo socialista”.

14 Específicamente respecto de la “burguesía nacional” argentina, Horacio Tarcus comenta que Peña, “lejos de considerarla como un actor social preconstituido, entendió que la «burguesía nacional», o bien «industrial», «democrática» y aun «antiimperialista», no era más que una aspiración de deseos del peronismo (o bien de ciertas vertientes de izquierda de orientación nacionalista) y una figura ideológica de su discurso. No es que, advirtámoslo, Peña desconozca la existencia material de empresarios industriales pequeños y medianos que produzcan para el mercado interno. Lo que pone en cuestión es la existencia de una burguesía industrial argentina como clase autónoma (…) portadora de un proyecto de industrialización (en el marco de un proyecto histórico democrático-burgués) e impulsora, por tanto, de un proyecto político acorde a estos intereses y estas tareas. No se trata, simplemente, sostendrá solitariamente Peña, de que tal burguesía no existe salvo en la fantasía de Puiggrós, Ramos y Codovilla, sino que, por añadidura, de ningún modo puede entenderse al peronismo como una expresión de dicha clase (…). El conjunto de las entidades empresarias del país rechazó sin excepciones el gobierno juniano y la candidatura de Perón en 1946”. En El marxismo olvidado de Silvio Frondizi y Milciades Peña, Buenos Aires, El cielo por asalto, 1996, p. 294.

15 En el mismo sentido, Laclau agrega, citando aprobatoriamenten a Zizek: “Lo que se pasa por alto, al menos en la versión estándar del antidescriptivismo, es que el hecho de garantizar la identidad de un objeto en todas las situaciones contrafactuales –a través de un cambio en todos sus rasgos descriptivos– es el efecto retroactivo del nombrar: es el nombre mismo, el significante, el que sostiene la identidad del objeto”. Ídem, pp. 133. Es decir –y traducido al análisis social–, si Chávez dice que es “socialista” es porque… lo es. ¡Creer o reventar!

16 Es sabido que ciertos pasajes del Lukács tan rico y valioso de Historia y conciencia de clase pueden dar lugar a esta interpretación erróneamente cerrada, aunque precisamente ese texto es una de las aportaciones más clásicas y valiosas a la filosofía marxista en ruptura con el positivismo de la II Internacional.

17 Esta renuncia explícita a la apuesta por la clase obrera se está volviendo rasgo esencial de identidad de las corrientes que están agrupadas en la Revista de América; un caso realmente impactante tratándose de tendencias que se dicen “trotskistas”.

18 Como para identificar el terreno que pisan nuestros autores, es reveladora la frase inmediatamente posterior a la que acabamos de transcribir: “Desde el punto de vista del debate del socialismo desde abajo, esta claro que en Venezuela conviven dos tendencias en un difícil equilibrio”. ¡Vaya novedad! El problema es que Revista de América, de manera vergonzante, cuestiona la perspectiva misma de la autodeterminación de clase en beneficio de un renovado culto al estatismo chavista, al que se presenta con capacidad de encarar, eventualmente, un curso anticapitalista e incluso “socialista”. Lo que no es otra cosa que pasarse con armas y bagajes a la concepción del socialismo desde arriba. En verdad, a los editores de la Revista de América –que se reclaman “morenistas”– les cabe en todos sus términos la ya clásica crítica de Nahuel Moreno a Pierre Lambert en La traición de la OCI (1981), texto que tiene hoy, si cabe, aún más vigencia que cuando fue escrito.

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19 Así, por ejemplo, Marea Clasista y Socialista Nº3 caracteriza a los millones de inscriptos de la siguiente manera: “valoramos el hecho descomunal de que casi 6 millones de compatriotas pasaron del acto de votar a inscribirse para militar en una organización revolucionaria”. Respecto del carácter del PSUV, señala que se trataría de: “un proceso organizativo fundacional donde seguro están en su gran mayoría los actores anónimos del Pueblo Bolivariano (…) y que de hecho, por la composición de clase de esa vanguardia multitudinaria, ya le da un carácter antioligárquico, anticapitalista y antiimperialista al PSUV que estamos construyendo todos”. Lamentablemente, esta idílica pintura no pasa del terreno de la fábula: ni la inscripción es tan voluntaria, ni los inscriptos serán todos militantes, ni mucho menos el PSUV es una “organización revolucionaria”, sino un partido de Estado.

20 En cuanto a los aspectos históricos –o, más precisamente, fácticos– de esta argumentación, es decir, respecto de si Trotsky efectivamente alentó el ingreso en estas organizaciones, véase R. Sáenz, “Trotsky, Mariategui y el PSUV”, en www.socialismo-o-barbarie.org.

21 En cuanto a esta postura, nos parecen atinadas estas observaciones del marxista argentino Alan Rush: “Laclau y Mouffe proponen una teoría de lo social como constituido discursivamente (…) quienes han leído a L-M saben que hay en ellos un discursivismo y un politicismo que se ofrecen en reemplazo del «esencialismo economicista» que atribuyen a Marx y sus discípulos (…). La construcción de las identidades socio-políticas, sus antagonismos y luchas hegemónicas, transcurre únicamente en términos de relaciones significantes, metafóricas, metonímicas, de ejes paradigmáticos y sintagmáticos (…) Geras acusa a Laclau-Mouffe de caer en un idealismo discursivo que se traga el objeto real y por tanto en relativismo y oscurantismo sofístico, que viola la coherencia lógica del pensamiento. Creo que (…) tiene un parte importante de razón (…) a pesar de las declaraciones anti-idealistas de L-M, la construcción discursiva de las identidades y ordenamientos políticos queda casi separada por un abismo del mundo natural y de la interrelación humana con él (…). Al pasar del marxismo al posmarxismo, L-M tienden a dar cada vez menos importancia a la interpenetración de lo político y lo económico (…). La tendencia del politicismo discursivista a abstraerse «idealistamente» de lo económico se advierte ya en Hegemonía y estrategia socialista, en la presentación de la «revolución democrática» como un torrente político discursivo desconectado del mercado capitalista”. En “Polémica Laclau-Mouffe versus Geras. Primeras hipótesis y especulaciones”. Recordemos una vez más, de paso, que la formación política de Laclau, argentino radicado hace años en el Reino Unido, es claramente tributaria del “socialismo nacional” y de Jorge Abelardo Ramos.

22 Respecto de los que ingresaron al PSUV, Roland Denis señala, con mucho más sentido de la realidad que los que ponen los ojos en blanco por esa organización, lo siguiente: “En el mejor de los casos es posible (…) que logren cierto poder en los cargos internos del partido; lo que es imposible es que su estar en el partido no se convierta automáticamente en una operación de chantaje, conservador, de silencio, de alcahueteríacon todas las arbitrariedades y formas de corrupción que seguirán presentándose. Pongamos casos concretos: (…) ¿Si se toma una institución y de ambos lados (pueblo e institución) hay militantes del partido, cuál es la voluntad y la verdad que priva? Si el colectivo obrero –como ya ha pasado– toma una empresa y las estructuras de gobierno lo adversan, ¿quién priva, el partido de gobierno o la iniciativa revolucionaria de las masas?”. En “Frente al Partido. A propósito de la decisión del PNA-M13A de no entrar al PSUV”.

23 Por ejemplo, en el unilateral texto “El exilio de Trotsky”. A pesar de su muy respetuosa pero equivocada evaluación (“hasta este momento, los hechos no dan la razón al trotskismo”), en lo que hace a la teoría de la revolución (como en otros aspectos) sus puntos de vista eran ampliamente convergentes con los del gran revolucionario ruso.

24 Nuestros autores, en diferentes textos, dan a entender que Trotsky habría estado a favor del ingreso al Kuomintang. Es cierto que el revolucionario ruso tuvo apreciaciones disímiles en textos de la década del 20 alrededor del ingreso del PCCH al partido nacionalista. Sin embargo, no lo es menos que a partir de la formulación definitiva de la teoría de la revolución permanente, las sistemáticas recomendaciones de Trotsky pasan por acuerdos prácticos definidos de frente único, pero señalando expresamente la necesidad de mantener la más absoluta independencia política y organizativa respecto de las formaciones populistas. Utilizar el prestigio de Trotsky para defender una política de “Kuomintang latinoamericano” implica ignorancia de su evolución política o, más probablemente, mala fe y vocación por confundir con citas de autoridad.

25 En otro trabajo –“China 1949. Una revolución campesina anticapitalista”, en SoB 19– aclaramos que la política de Mao significó una ruptura y un camino opuesto al que pretendía Chen en la época fundacional y clásica del PCCH.

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