Notas sobre la situación mundial

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Un giro a la derecha de la coyuntura internacional

Roberto Sáenz, 22 de marzo 2016

Recientemente realizamos la reunión anual de nuestra corriente internacional. Su apertura estuvo signada por un informe acerca de la coyuntura mundial, cuestión que abordaremos en el siguiente texto. Lo haremos sin perder de vista que dar una “panorámica” de los asuntos mundiales es muy complejo dada la magnitud de los problemas a evaluar, así como el tamaño limitado del conjunto de las corrientes revolucionarias hoy.

En todo caso, y a modo de síntesis de lo que sigue, lo que podemos señalar es que la coyuntura mundial está dominada por un evidente giro a la derecha de los asuntos internacionales. Esto en un contexto en el que la economía mundial no termina de recuperarse, y donde está presente una circunstancia de crisis hegemónica relativa de los Estados Unidos. Es decir: la coyuntura es desfavorable, los problemas del capitalismo tienden a hacerse más graves y el ciclo político mundial de conjunto marca el reinicio de la experiencia de los explotados y oprimidos.

En lo que sigue nos dedicaremos a llevar adelante un análisis “estilizado” de las principales tendencias de la situación mundial actual, texto que servirá de base para el debate internacional de nuestro partido camino a su Congreso Nacional en abril.

 

  1. Una larga depresión de la economía mundial  

 

Lo primero que queremos subrayar es el rasgo general y el trasfondo de los desarrollos internacionales: la crisis económica mundial abierta en el 2008, la cual no se ha cerrado. Por el contrario, han retornado las preocupaciones acerca de una posible recaída recesiva, en un plazo de dos a tres años, de las economías del norte del mundo: eso explica las fuertes caídas en los mercados accionarios vividas a comienzos de este año.

De ocurrir una nueva crisis recesiva en el centro del mundo, configuraría un desarrollo “paradójico”; porque convergerían, por así decirlo, dos crisis: la más estructural abierta en el 2008 (y no resuelta), y una crisis de coyuntura, cíclica, como las que ocurren cada ocho o diez años, sólo que en este caso superpuesta o “sobreimpresa” a la crisis general, lo que podría potenciar sus consecuencias adversas.

Es lo que sostiene, entre otros analistas, Michael Roberts (economista marxista norteamericano), que subraya el aumento del riesgo de una nueva recesión global en los próximos años, la cual ocurriría en el contexto de esta larga depresión que se está viviendo, multiplicándose de este modo los efectos negativos de la misma (“Predicciones para el 2016”, 5 de enero 2016). De ahí que no llame la atención que Christine Lagarde, jefa del FMI, hable de “la nueva mediocridad” que acecha a la economía mundial: del “riesgo de un crecimiento débil persistente”, un rasgo característico de la economía mundial en la actualidad.

En este contexto, las principales preocupaciones se cifran tanto en el crecimiento de Estados Unidos como en el de China, primera y segunda economías mundiales. Arranquemos por el gigante oriental.

El caso de China es que luego de dos décadas y media de crecimiento de dos dígitos, y de ser la “locomotora sustituta” de los Estados Unidos desde el inicio de la crisis, China se va acomodando a índices de crecimientos más normales: la propia burocracia del PCCH habla de “una nueva normalidad” (nueva normalidad que se coloca en torno a un 7% de crecimiento anual).

Más abajo nos referiremos a las causas estructurales de esta reducción en el ritmo del crecimiento chino[1]. En todo caso, esto renueva los interrogantes sobre la dinámica del crecimiento mundial. Recordemos que China fue el país que ayudó a crear el fenómeno del “desacople” económico en el apogeo de la crisis (es decir, que los países emergentes no se vieran arrastrados a la caída recesiva) y que ese desacople ha finalizado. Así lo indican la crisis recesiva, la caída del precio de las materias primas y las devaluaciones que están viviendo los países BRIC (salvo India) y demás países emergentes[2]. Dentro de este cuadro, un lugar de relevancia lo tiene la aguda crisis que está en curso en Brasil, crisis que ha dejado al borde del juicio político a Dilma Rousseff, que en materia económica ha significado una brutal caída del producto industrial del orden del 9.9% en 2015, algo sin antecedente en las últimas décadas[3]

Con la tendencia a la reducción del ritmo del crecimiento chino, el interrogante se dirige a los alcances de la recuperación de los Estados Unidos: si éste podrá recuperar su lugar de “primer motor” del crecimiento mundial. Es verdad que Estados unidos ha sido el país imperialista con el desempeño más vigoroso de las economías desarrolladas (el otro es Alemania, pero éste, a diferencia del país norteamericano, es un exportador neto y no consumidor[4]). Sin embargo, muchos analistas destacan que su actual recuperación, aunque prolongada como ya señalamos, es la más modesta –en términos de crecimiento- desde la Segunda Guerra Mundial.

Esto es lo que coloca el interrogante acerca del desarrollo futuro de la economía norteamericana. Concretamente: están en debate los alcances de las ganancias de productividad logradas al calor de la “revolución digital”, la llamada “tercera revolución industrial”. ¿Podrá su “efecto de arrastre” ser comparable a las primeras y segundas revoluciones industriales? Una preocupación que ya hemos señalado en otros análisis de nuestra corriente[5]: “Gordon ha sostenido que las innovaciones en materia de investigación y desarrollo e internet, así como la elaboración de datos automatizados y a gran velocidad, y el comercio electrónico, resultan muy inferiores en comparación con los avances de la Revolución Industrial, incluidos el motor a vapor, la electricidad y las instalaciones sanitarias domésticas. (…) Las señales recientes de aminoramiento del aumento de la productividad, tanto en los EEUU como en China, subrayan esta realidad. Para un mundo que podría caer en un estancamiento persistente, se trata de una noticia preocupante por no decir algo peor” (“EEUU, China y la paradoja de la productividad”, Stephen S. Roach, Proyect Syndicate, 25 de junio de 2015).

En todo caso, es evidente que la resolución de esta contradicción no dependerá solamente de la evolución económica, sino de cómo serán los desarrollos de la lucha de clases los próximos años y décadas. Pero lo que sí parece evidente, es que dichos desarrollos se sustanciarán en este escenario de mediocridad económica, que tanto puede “apocar” las tendencias a la lucha como, más seguramente, potenciarlas; no hay nada mecánico en ello. Es sintomático al respecto lo que dice Harold Meyerson, uno de los pocos periodistas “socialistas” de renombre en los Estados Unidos: “(…) un crecimiento lento será la norma para lo que resta de este siglo todavía nuevo. Y debido a que la desigualdad económica ralentizará nuestro progreso aún más, todo el mundo, salvo el 1% más rico, verá el crecimiento de su consumo ralentizado. (…) Una Norteamérica sin crecimiento será un país diferente, en el que el conflicto de clase será más abierto, duradero… y necesario. (…) El estancamiento a largo plazo (…) podría transformar esta guerra de clases unilateral en una guerra de clases con dos bandos” (“La guerra de clases en un futuro sin crecimiento”, 22/10/12, Sin Permiso)[6].

En todo caso, en un escenario en el que por añadidura la Unión Europa (con excepción de Alemania[7]) y Japón han permanecido sin crecer, se entiende que emerja una grave preocupación acerca del “estancamiento secular” que estaría afectando a la economía mundial[8]. Concomitante con esto, como acabamos de ver en la cita de Meyerson, está la preocupación por la creciente desigualdad engendrada por el capitalismo en estos comienzos del siglo XXI, desigualdad que la crisis no ha hecho más que profundizar. De ahí surgen obras como la del economista francés Thomas Piketty (El capital en el siglo XXI) que alertan que el mundo se estaría aproximando a niveles de desigualdad similares a las de finales del siglo XIX, circunstancia en la cual se forjó esa “era de los extremos” que fue la primera mitad del siglo pasado. Sí está claro que entre desigualdad económica y revolución social no hay ninguna relación mecánica, la creciente preocupación por la desigualdad que está generando el sistema, es un síntoma de que algo muy grave podría estarse procesando en las entrañas de este capitalismo mundializado.

En síntesis: es un hecho que la Gran Recesión del 2008 no llegó a transformarse en una Gran Depresión como la de 1930, esto debido a la masiva intervención de los Estados para rescatar el capital en quebranto. Sin embargo, tampoco estamos frente a un escenario de vigorosa recuperación. La circunstancia que venimos describiendo es la de una Larga Depresión: una situación de mediocridad y estancamiento duradero, de falta y/o agotamiento de zonas dinámicas de valorización de capital: “Un año y medio atrás, los que esperaban que en el año 2017 se alcance un retorno a la senda de la producción potencial [concepto que se refiere a la recuperación de todo lo que se perdió en materia de crecimiento por la crisis, R.S.], estimaron que la Gran Recesión en última instancia cuesta a la economía del Atlántico Norte alrededor del 80% del PBI de un año, es decir 13 millones de millones de dólares, en pérdidas de producción. Si tal recuperación a cinco años comenzara ahora (mediados 2014) –un escenario altamente optimista- significaría pérdidas de alrededor de 20 millones de millones. Si, como parece más probable, la economía va a tener un desempeño similar durante los próximos cinco años al que tuvo durante los últimos dos, la recuperación tomaría otros cinco años, lo que significaría que se perdería una masiva cifra equivalente a 35 millones de millones de riqueza[9]. ¿Cuándo vamos a admitir que es hora de llamar a lo que está sucediendo por su verdadero nombre?: una Grandísima Depresión” (J. Bradford Delong, “La Grandísima Depresión”, 28 agosto 2014).

En todo caso, el concepto de Larga Depresión nos parece más ajustado, pero eso en nada quita que el evento que está viviendo la economía mundial a pesar de no ser por ahora catastrófico, es de enorme gravedad.

 

  1. China y EE.UU.: el principal problema geopolítico del siglo XXI[10]

 

Junto con las tendencias a una nueva crisis de la economía mundial, están los problemas de orden geopolítico. Se vive un declive relativo de la hegemonía norteamericana. Este debilitamiento hunde sus raíces en la economía: Estados Unidos ya no fabrica el 50% del producto mundial como lo hacía a la salida de la Segunda Guerra Mundial, sino algo en torno al 20%. El sheriff del mundo no tiene capacidad de resolver, por sí solo, los problemas del mundo; sigue siendo la primera potencia (¡y la primera potencia militar!), pero necesita del concurso de otros para afrontar los problemas del mundo.

 

El desafío hegemónico que le plantea China se afirma como el principal asunto geopolítico del siglo actual; cuestión que hace parte, por lo demás, al traslado del centro de gravedad de la economía mundial al Pacífico[11]. Esto no niega que la “agenda geopolítica” se haya complejizado y enriquecido con otros “actores”: desde Rusia que bajo Putin le puso un freno al proceso de semicolonización que se anunciaba en los años 90, pasando por países con arsenales atómicos como Pakistán e India, Alemania que es la gran potencia de la UE (¡aunque sigue siendo un enano militar, contradicciones si las hay para un país imperialista de peso!), y las varias potencias regionales emergentes[12].

 

Se plantean una serie de problemas de definición en lo que hace a la jerarquía de país e imperialismos. Hay sectores de la “izquierda” que creen ver en el ascenso de China el de una “potencia benigna” que vendría a “emancipar a los pueblos” (caso del fallecido geógrafo marxista Giovanni Arrighi[13]). Nada más alejado de la realidad. China –una sociedad devenida en un capitalismo de Estado por un curso original– tiende a moverse en la arena internacional como un “imperialismo en construcción”. Si hace alguna “concesión” es en mor de este desarrollo. Sus patrones de relacionamiento, la matriz de sus inversiones e intercambio en el terreno del comercio internacional son similares al del resto de los imperialismos.

 

Es verdad que aún China no logró su autonomía en materia de investigación y desarrollo, como también que todavía hay que ver en qué punto está en el acceso a este estatus (¡da toda la impresión que está muy cerca!), cuestión que dependerá de un conjunto de circunstancias, entre ellas solucionar su relativamente frágil estabilidad social interna. Aunque la “rebelión de los paraguas” en Hong Kong parece haber sido reabsorbida, los últimos informes sobre el gigante asiático indican que los “incidentes” laborales crecieron en el 2015, y que sigue en ascenso la dinámica de la conflictividad obrera. Como se sabe, dicha conflictividad y el grado de organización de los trabajadores, es incipiente. No sólo aún no tiene traducción política alguna, sino que incluso siguen estando ultra restringidos los derechos a la organización sindical. Y, sin embargo, la conflictividad se duplicó el año pasado en relación al 2014, si bien los conflictos fueron, sobre todo, reivindicando cobrar lo que les adeudan sus patronos, no por aumentos de salarios.

En todo caso, señalemos que en China el nivel de productividad de su economía así como el ingreso per cápita, están todavía muy por detrás de los EEUU y de la totalidad de las economías imperialistas. Además, en términos de potencia económica real, China permanece subordinada a Estados Unidos en muchos aspectos. De todas maneras, esto no puede ocultar la radical novedad de la circunstancia de que, habiendo quedado relegadas Inglaterra y Francia a potencias de segundo orden, estando Alemania cruzada todavía por el síndrome de su papel en las dos guerras mundiales que asolaron al siglo pasado, lo mismo que el caso de Japón respecto a la segunda (aunque en el país nipón el gobierno está intentando avanzar en su remilitarización, derogando las cláusulas pacifistas de su Constitución), estando Rusia todavía demasiado dependiente de la producción de recursos naturales y la industria armamentística, todas las miradas se focalizan en la ascensión de China.

Un ascenso que parece imparable pero cuya dinámica está en debate debido a los desequilibrios dramáticos que entraña su crecimiento; al necesario cambio que deberá hacer en el patrón de su acumulación. En todo caso, China destaca por lo paradójico de su evolución. Cuna de una gran civilización que se mantuvo al margen del curso central de los acontecimientos en el “mundo occidental”, luego sometida de manera creciente a las potencias imperialistas a partir de su derrota en la “Guerra del opio” (mediados del siglo XIX) que instituyeron las oprobiosas “ciudades bajo tratado”[14], y que finalmente su unidad e independencia nacional vino a ser conquistada por la revolución anticapitalista de 1949.

 

Fueron esas conquistas las que crearon las condiciones para la revolución industrial y la extensión universal de la producción de mercancías que se vivió en el país a partir del giro hacia el capitalismo instrumentado por Deng Xiao Ping a finales de los años 1970. La inmensa reserva de mano de obra campesina del multitudinario país, es lo que posibilitó esa revolución industrial tardía que, aunada al bajo costo de la mano de obra fabril, llevó a transformar al gigante asiático en “taller del mundo” durante las últimas décadas.

El dinamismo de su crecimiento, amén de un comportamiento más “asertivo” en los asuntos en su propia región (ver el litigio por las islas artificiales que está construyendo en el Mar de la China Meridional) y más allá[15], es lo que coloca el debate acerca de las posibilidades de una evolución “pacífica” de dicho ascenso: “En Asia oriental, China ha emprendido un pulso con Japón (…) y con ello desafía a EEUU: puesto que ya es miembro permanente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y posee oficialmente el arma nuclear, reclama el pleno reconocimiento como potencia” (Pierre Rousset, “China: un imperialismo en construcción”, en www.socialismo-o-barbarie.org).

 

Más allá de China, es evidente que el orden geopolítico internacional está mutando.Pero también es un hecho que en el último año EEUU logró triunfos diplomáticos significativos que, de todas maneras, lo obligaron simultáneamente a hacer concesiones como la reapertura de relaciones diplomáticas con Cuba reconociendo a los hermanos Castro como interlocutores de la restauración capitalista en la isla; el acuerdo con el gobierno de Irán por su plan nuclear, al que sin embargo se les aceptó que lo mantengan para objetivos pacíficos. Y aun así, esto demuestra que Estados Unidos mantiene capacidad de maniobra aun en su debilidad.   

 

De todas maneras, nunca se debe perder de vista que las modificaciones geopolíticas profundas jamás fueron pacíficas. Esto es lo que pone, en el largo horizonte, el fantasma de las guerras y conflagraciones. Aunque no de manera mecánica, nadie espera una gran guerra en el futuro próximo, sí es un hecho que se están viviendo conflictos localizados –una suerte de “estado de guerra permanente”-, que marcan la coyuntura mundial: Siria, Irak, Afganistán, Ucrania, etcétera. Conflictos en los cuales se arma un rompecabezas donde se entrecruzan reivindicaciones y demandas desde abajo, así como los intereses de las distintas potencias con su “guerra contra el terrorismo” desde arriba y también organizaciones de corte semifascistas como ISIS.

 

De ahí que en muchos casos no sea fácil orientarse desde un punto de vista de clase; que sea un esfuerzo de apreciación saber de qué lado de la barricada combatir. Esto debido a la difuminación de los contornos sociales que se vive en muchos de estos conflictos. Casos como Siria, Irak o Ucrania se transforman en un verdadero laberinto que desafía a la izquierda revolucionaria a no perder su independencia política.

 

  1. Un recomienzo de la experiencia histórica de los explotados y oprimidos

 

Sobre el trasfondo de la mediocridad económica mundial, y del debilitamiento hegemónico de los Estados Unidos, y antes de ir a una definición específica de la coyuntura internacional, es importante reafirmar la definición de conjunto del ciclo mundial por el que estamos atravesando. Nuestra corriente viene manejando una tesis que hemos ratificado, tesis que nos delimita de dos visiones opuestas, pero simétricas, tanto de las definiciones objetivistas, catastrofistas, que ven siempre el “derrumbe” del sistema y las “revoluciones” a la vuelta de la esquina (representaciones vulgares características de organizaciones como el PSTU de Brasil o el PO argentino); como también de aquellas marcadas por una suerte de “pesimismo histórico” que sólo ve derrotas, que no establece ninguna inflexión entre los profundos retrocesos de los años 80 y 90 y la situación actual (caso de la mayoría del Secretariado Unificado[16]).

Nuestra visión se apoya en la idea de que el actual ciclo de rebeliones populares (que no significa que haya rebeliones todo el tiempo, ni vulgaridades por el estilo) está marcado por un retorno general de las luchas sociales, retorno que señala históricamente un recomienzo de la experiencia de los explotados y oprimidos, y que se expresa en los cuatro puntos cardinales del globo: desde la nueva clase obrera china, pasando por los sentimientos “socialistas” que anidan en una enorme franja de la juventud menor de 30 años en los Estados Unidos e Inglaterra, hasta los movimientos de Indignados y “mareas” expresadas en puntos tan disimiles como Brasil, España, Egipto, Túnez y un largo etcétera.   

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Es un hecho que a finales del siglo XX se vivió una profunda “desacumulación” en materia de conciencia y organización entre los trabajadores. La caída del Muro de Berlín y de los países no capitalistas del Este europeo fue vivido como una derrota; derrota cuyos antecedentes, en verdad, se remonta a momentos muy anteriores en las profundidades del siglo XX[17]. Hubo retrocesos generalizados en materia de conquistas sociales y laborales de los explotados y oprimidos en todo el mundo. Nuevas regiones fueron sometidas a la mercantilización y valorización directas del capital. Toda una generación obrera quedó fuera de los lugares de trabajo, y una nueva ingresó en condiciones de precariedad.

Y, sin embargo, a medida que fueron asentados nuevos núcleos y lugares de valorización del capital, fue emergiendo una nueva generación trabajadora, una nueva clase obrera, al tiempo que con el retorno de las luchas a partir de Seattle (noviembre 1999), emergió una nueva generación luchadora, juvenil, trabajadora, obrera, del movimiento de mujeres y militante que es la protagonista de las luchas en las más diversas partes del globo. Una generación que comienza a hacer su experiencia y de la que se nutren las corrientes revolucionarias hoy.

Perder de vista la emergencia de esta nueva generación, y el punto de inflexión que esto significa respecto de las derrotas de las décadas anteriores, es un grave error y una grave ceguera política. Al mismo tiempo, también es verdad que al calor de este ciclo de rebeliones populares todavía no se han vivido verdaderos procesos de radicalización política: no han ocurrido nuevos “Mayos Franceses”. El proceso es un recomienzo aún inicial de la experiencia, marcado por la continuidad de una grave crisis de alternativas socialistas: por una falta de radicalización que hace que los procesos sean muy incipientes todavía. De ahí que nuestra definición sea la de un ciclo de rebeliones populares, en el que todavía no se observa el retorno de revoluciones propiamente dichas.

Pero de todas maneras, si se perdiera de vista la inflexión que está en curso, se cometería un crimen político: no es lo mismo el ciclo anterior de durísimas derrotas, que el actual que exhibe un refrescante reinicio de la experiencia: ¡una nueva generación comienza a pedir la palabra política!

Por esta razón, no hay manera de abordar la actual coyuntura mundial si se pierden de vista las definiciones arriba señaladas: a) que el contexto material de los desarrollos mundiales es el de una larga depresión económica que no tiene visos de terminar, larga depresión que aunque no está caracterizada por desarrollos catastróficos, da lugar a una mediocridad económica persistente y abre interrogantes sobre la dinámica de la economía capitalista; b) que vivimos un nuevo ciclo de recomienzo de la experiencia de los explotados y oprimidos caracterizado por los dolores de parto de todo recomienzo, con todas las dificultades de su falta de radicalidad, pero que no es el ciclo de derrotas históricas vividas en la etapa anterior. Por el contrario, se caracteriza por la emergencia de una nueva generación que hace las veces de la “materia prima” de la que se nutren nuestras corrientes, sobre todo en los países del centro imperialista y Latinoamérica, pero que también se comienza a expresar en países insospechados como los Estados Unidos: “El largo declive en la identidad de clases entre los adultos jóvenes puede ayudar a explicar la sorprendentemente poderosa performance del insurgente candidato Bernie Sanders en la interna demócrata, el que ha prometido eliminar las cuotas universitarias y elevar el salario mínimo” (US millennials feel more working class tan any other generation”, The Guardian, 15 de marzo 2016). Los autores de la nota añaden que una mayoría de la nueva generación se siente integrante de la clase trabajadora y no de las clases medias como en el pasado, a lo que hay que agregarle que entre los menores de 30 años la palabra socialismo cobra mayoritariamente una relevancia positiva en oposición a una connotación negativa del capitalismo, volveremos más abajo sobre esto.

De ahí, por otra parte, que el estudio del siglo XX, el correcto abordaje de sus enseñanzas, el balance acerca del mismo hecho desde la perspectiva estratégica del relanzamiento de la lucha por el socialismo, tenga semejante importancia: hace a la forja de la conciencia revolucionaria de las nuevas generaciones militantes en momentos donde recomienza la experiencia de lucha, y en este sentido sólo nuestra corriente internacional ha llevado adelante esta tarea en nuestra región de origen, Latinoamérica[18].

 

  1. Una coyuntura mundial girada hacia la derecha

 

Es dentro de las coordenadas señaladas que debe definirse la coyuntura mundial. Sin embargo, el marco general no debe servir para diluir la especificidad del momento que se está viviendo. Es que la coyuntura política mundial aparece marcada, a trazo grueso, por un evidente giro a la derecha de los asuntos, aun si esto no significa, necesariamente, el cierre de ciclos políticos, o anular los elementos de polarización social y política hacia la izquierda que también ocurren.

Es decir: definimos que los asuntos mundiales están marcados por una coyuntura girada hacia la derecha. Porque es un hecho que los desarrollos en las regiones que venían siendo más dinámicas han ido para el lado reaccionario y conservador de los asuntos. Si las herramientas del análisis marxista sirven para algo, es porque son flexibles: valen para “leer” la realidad tal cual es, no son “milenaristas”, no se pueden mantener sin modificación por años[19]. Son flexibles ante los cambios de frente, precisamente para poder dar las respuestas revolucionarias dinámicas que correspondan en cada caso.

Varios son los desarrollos hacia la derecha que se observan en la coyuntura internacional: la “guerra contra el terrorismo” desencadenada por el imperialismo con la excusa de los atentados en Francia a los que se viene a sumar ahora Bélgica, los atentados de ISIS en sí mismos, la internacionalización de la guerra civil en Siria y la dramática crisis de los refugiados en Europa generada por la degeneración reaccionaria de la Primavera Árabe. Todos estos elementos “entremezclados” son los que han estado en el centro de los acontecimientos internacionales, desplazando del lugar de privilegio que llegaron a ocupar las rebeliones populares años atrás.

En realidad, el drama de los inmigrantes es un fenómeno mundial, subproducto de las tendencias generadas por la acumulación del capital en la actualidad. Ya Marx había señalado que los flujos migratorios seguían como la sombra al cuerpo a los de la acumulación. Es el caso de México y Centroamérica, por ejemplo, que alimentan el flujo continuo que va hacia Estados Unidos, en condiciones donde, a la vez, se trata de verdaderos “país fallidos” caracterizados por una inconmensurable descomposición social[20].

 

De todas maneras, el centro de la crisis migratoria ha estado últimamente en Europa, transformándose en una verdadera crisis humanitaria: con “centros de refugiados” que se asemejan demasiado a los campos de concentración de las guerras mundiales, cuestión agravada por el acuerdo reaccionario de la UE con Turquía para echar a los refugiados a dicho país[21].

Son el conjunto de estos elementos los que vienen alimentando este giro reaccionario de los asuntos. En un sentido, tienen todos un mismo origen: la proyección de la crisis en Siria e Irak al centro de la coyuntura internacional (herencia de la desastrosa intervención imperialista en dicha región). Es verdad que luego de varios años, ahora parece que podría haber una reabsorción de la guerra civil en Siria, con la recuperación de Al-Assad que ha contado con la ayuda inestimable de Putin, y el involucramiento de las potencias imperialistas volviendo sus ojos sobre él como “mal menor” ante el Estado Islámico [22].

Así las cosas, la degeneración reaccionaria de la Primavera Árabe, y su impacto en los asuntos internacionales, son el primer factor reaccionario internacional. Recordemos que a la hora de las “mareas” y movimientos de Indignados en España y Turquía, el ejemplo de la Plaza Tahrir (Egipto) fue de enorme importancia. Esto ocurría en medio del apogeo de las rebeliones populares en 2011 y 2012; hoy la imagen es distinta: en Egipto, Siria, Libia y Turquía (el caso de Túnez parece distinto, manejándose bajo patrones de democracia burguesa), los desarrollos dominantes han ido para el lado reaccionario, o, incluso, contrarrevolucionario de los asuntos. Y esto por toda una serie de razones que es complejo desarrollar aquí, pero que tienen que ver, en última instancia, con la enorme complejidad para la maduración de los factores subjetivos en esta región donde los problemas de clase, tribus y religión están tan “enredados”.

En el propio mundo árabe se registran, de todos modos, “contrapesos”, contratendencias que no llegan a anular la principal pero que están ahí marcando el carácter más complejo de los acontecimientos. En Turquía, por ejemplo, domina con puño de hierro Erdogan; sin embargo, a mitad del año pasado el Partido Democrático de los Pueblos, una organización de centroizquierda vinculada al pueblo kurdo, se alzó con el13% de los votos (el reflejo en dicho país de las votaciones de Syriza y Podemos en Grecia y España). También en Turquía, Siria e Irak tiene sus raíces el Partido de los Trabajadores del Kurdistán, marcando por experiencias comunales, de armamento popular y de las mujeres. Esto muestra el otro polo de los desarrollos: los elementos de radicalización, políticos y sociales que también comienzan a hacerse presentes en la situación mundial.  

 

  1. El giro reaccionario en Europa continental

 

Corresponde abordar ahora, específicamente, la situación en Europa occidental, sobre todo Francia y Grecia, y como contrapeso España. Podríamos decir que con una situación política y social tan “inmutable” en Alemania[23], el fiel de la balanza está en Francia, al que le podemos sumar la desmoralización causada por la traición de Tsipras en Grecia, experiencia que había levantado todo tipo de expectativas de un curso –al menos- “anti austeridad” de dicho gobierno.

Francia ha sido la sede de dos atentados terroristas en 2015: contra Charly Hebdo a comienzos del año pasado, y en el teatro Bataclan a finales del mismo. Ambos atentados no podían tener otra consecuencia que un giro a la derecha de la coyuntura y el “Estado de excepción” que hoy domina el país (reforzado ahora nuevamente con los atentados en Bélgica).

En realidad, hay una regresión en este sentido. Cuando ocurrió el atentado a Charly Hebdo, hubo una reacción espontánea muy progresiva en los primeros días; incluso posteriormente se encauzó el repudio por la vía de una movilización por la unidad nacional encabezada por Hollande (¡en la que incluso participó Netanyahu!). Esa movilización inicial sentó las bases para ponerle un freno al giro reaccionario.

Ya en el segundo atentando esa movilización popular no ocurrió; el giro reaccionario en esta oportunidad fue mucho más marcado, cuestión que le permitió al gobierno de Hollande poner en práctica una agenda de derecha.

Es verdad que en estos momentos hay un reanimamiento de las luchas a propósito del rechazo a la contrarreforma laboral presentada por la ministra de Trabajo de Hollande. Reanimamiento que se está expresando, entre otras cosas, en extraordinarias visitas de los estudiantes a los lugares de trabajo llamando a los obreros a salir a una lucha conjunta. Pero justo en medio de esta recuperación viene a caer el nuevo atentado en Bélgica: ¿puede haber ejemplo más claro de cómo estos atentados semifascistas le dan armas a la reacción?

En todo caso, no debe perderse de vista que en medio de esta coyuntura adversa, el Front Nacional logró quedar como primera fuerza en la primera vuelta de las elecciones municipales francesas: un peligro que alimenta los rasgos reaccionarios de la coyuntura. Es verdad que es muy difícil que el FN gane una elección presidencial: tiene el 30% de los votos y el repudio del otro 70%; esa votación es, previsiblemente, su piso y su techo. Además, no es una formación fascista, sino de extrema derecha, que opera hoy por hoy dentro de los marcos de la democracia patronal. Sin embargo, esto no le quita gravedad al hecho que una franja de la clase trabajadora la vote hoy, ni que una porción de la juventud menor de 30 años, haga lo propio, lo que expresa el otro polo de la juventud mundial por oposición a la que forma fila entre los Indignados o se considera “socialistas” en los Estados Unidos, por poner un par de ejemplos.

En todo caso, el ascenso del FN no deja de ser grave; sobre todo cuando recordamos que Francia siempre ha estado marcada políticamente por dos tendencias “polares” muy fuertes, contrapuestas: las tendencias revolucionarias provenientes de la Revolución Francesa, de la Comuna de París, de la huelga general del 36, del Mayo Francés del 68, y las reaccionarias originadas en los nostálgicos de la restauración borbónica, los antidreyfusianos, la Acción Francesa de Charles Mauras, la Francia de Vichy, y que el FN viene a representar.

Si de Francia pasamos a Grecia, se debe señalar que la situación política cambió radicalmente a partir de la capitulación de Tsipras a las instituciones de la Unión Europea, a su ajuste brutal y sus memorándums. El apogeo de la movilización había estado en los años 2011 y 2012; posteriormente, ante los límites de una inmensa movilización pero que no lograba ir a un escalón superior, el movimiento de masas vio en al terreno político (aunque distorsionado por la “forma electoral”), una vía de salida: de ahí la votación masiva a Syriza a comienzos del 2015.

Pero la esperanza duró poco; hicieron el ridículo aquellas corrientes que, como la mayoría del Secretariado Unificado, esperaron en vano que Tsipras tomara el camino de la ruptura con el capitalismo: ¡una ilusión que solamente podía estar en sus cabezas! Por el contrario, el gobierno de Syriza demostró mucha menos capacidad de resistencia, por así decirlo, que sus homónimos latinoamericanos, capitulando en forma ignominiosa en menos de seis meses de gestión. Lo que siguió fue una ola dedesmoralización no sólo entre los trabajadores griegos, sino en amplios sectores en Europa.

De todos modos, todavía no está dicha la última palabra en el proceso griego: el gobierno de Tsipras se encuentra nuevamente ante una grave crisis, buscando la alternativa de un “gobierno de unidad nacional”; mientras tanto, la bronca en la población vuelve a crecer y se desarrollan nuevas luchas. Se verá si el pueblo griego consigue volver a las calles y sacarse de encima las consecuencias de la desmoralización. Mientras tanto, al parecer, no se ha fortalecido Alba Dorada, una formación de corte fascista antiinmigrantes, que expresa el peligro nada menor de una radicalización hacia la extrema derecha en el país heleno.

Por otra parte, en la situación europea, uno de los contrapesos es España. Si bien el derechista Partido Popular salió primero en la reciente elección presidencial, no le alcanzó para formar gobierno, por lo que quedó abierta una aguda crisis política (tampoco el PSOE pudo hacer lo propio). El tradicional bipartidismo español se ha visto desbordado por la derecha con Ciudadanos, pero sobre todo por la izquierda reformista con Podemos, similar en sus rasgos a Syriza, pero con una base en el movimiento de los Indignados que es diversa respecto del caso griego.

Pablo Iglesias, su líder, se ha ido desplazando a la derecha rápidamente, abandonando en gran medida las aspiraciones originales del movimiento. De todas maneras, la mera existencia de Podemos y la importante votación obtenida (quedó como tercer fuerza a centésimas del socialismo español), expresan que si bien el proceso de indignación no ha dado un salto en materia de radicalización, España persiste como uno de los países europeos continentales que se encuentran a la izquierda del espectro político.  

 

  1. La debacle del populismo en Latinoamérica

 

Vayamos ahora a la situación en Latinoamérica. Es a esta altura evidente que se está viviendo el fin del ciclo de los gobiernos progresistas y que la región está girando hacia la derecha. ¿Acabará esto con el “santuario” de la lucha de clases que viene siendo Sudamérica?

No está claro. Es decir: el giro conservador es evidente, y sólo con los lentes deformantes del objetivismo se podría negar; objetivismo y falencia completa respecto del análisis de clase de los fenómenos.

Pero en medio de este giro a la derecha, no hay que olvidar, de todos modos, que la región está caracterizada por una serie de rasgos “estructurales” que hacen las veces de “contrapesos”: un relativamente elevado nivel cultural, sumado como factor que dinamiza las cosas una base económica obviamente más endeble que la de los países centrales; una rica vida política y de sus movimientos obreros y sociales, al tiempo que sus delimitaciones se juegan, esencialmente, en términos de clase, sin combinación con las complejidades del factor religioso que tanto daño hacen en regiones como el mundo árabe.

Es este conjunto general de determinaciones lo que ha hecho de la región una de las más dinámicas, desde el punto de vista de la lucha de clases, en la última década y media, por lo que todavía es demasiado pronto, quizás, para definir qué pasará con ella.

Otra cuestión es la evaluación concreta de la coyuntura. Hay corrientes que señalan sin sonrojarse la cara que “no hay giro a la derecha”: son tan ciegas que llegan a afirmar que votaciones como las de Macri serían “progresivas”[24]… Este es un disparate monumental: ¡no es lo mismo un desborde electoral por la izquierda que uno por la derecha! Claro que la fuente de cualquier voto castigo al progresismo es el justo malestar sufrido por los trabajadores en la medida que todo gobierno de signo populista no deja de ser 100% capitalista, y que por lo tanto, no resuelve las lacras estructurales del país ni de los explotados y oprimidos. Así es como los trabajadores se terminan cansando de que su rutina de explotación siga como tal cosa, y votan otra cosa.

Pero que la votación vaya para la izquierda o la derecha, no es indistinto. Para que la misma fuese masivamente hacia la izquierda, para que significara lo que “esperamos durante años” (es decir: ¡una ruptura hacia la izquierda que desborde las representaciones burguesas!), hace falta un ascenso de la lucha de clase, una radicalización política que todavía no está[25]. Esto no quita que existan frentes y partidos de la izquierda que acaparen parte del voto que rompe por la izquierda: es el caso del FIT y el Nuevo MAS en la Argentina, así como del PSOL en Brasil.

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Pero hay que ser idiotas para no ver que si la votación favorece a Macri en la Argentina, o a Aecio Neves en Brasil, eso no configura un factor de progreso, sino de confusión[26]. Progreso es lograr una ruptura por la izquierda con estos gobiernos, que repiten en un nivel político más bajo, el ciclo populista del siglo XX: terminan en medio de elementos de desmoralización de su base social, casos de corrupción: una gestión “capitalista de Estado” que sólo puede tener ese epílogo desastroso como se observa hoy en Venezuela, Brasil o asimismo en Argentina.

Claro que hay grados de bancarrota: la del chavismo en Venezuela llega a niveles de verdadera vergüenza. Es que si prometió el “socialismo del siglo XXI” y al final hay que hacer colas interminables para comprar papel higiénico u obtener agua potable porque en 16 años no se ha llevado a cabo ninguna modificación estructural, las consecuencias son las que se pueden observar cotidianamente en dicho país.

También está la tremenda bancarrota del PT en Brasil, un partido transformado en una organización “carrerista”: toda una camada enriquecida al calor de las intendencias, de los gobiernos “estaduales” y del Estado nacional. ¡Porque eso es lo que se refleja desde Lula hasta el último funcionario del PT!

Si la Bolivia de Evo Morales parecía un bastión más sólido, la derrota en el referéndum por la reelección en 2020, y el escandalete generado por el supuesto hijo no reconocido de Morales, vino a ponerle fecha cierta a su salida del gobierno abriendo la incertidumbre de si con otro candidato el MAS boliviano podrá mantenerse en el poder…

En el caso de Argentina, la solución resultó más coherente para los intereses de los de arriba que en Brasil. Es falso que Scioli hubiera sido exactamente igual a Macri, como insiste el PO: ¡hubiera sido probablemente más como Dilma! Pasa que, si bien los iguala a ambos ser gobiernos capitalistas y perseguir el ajuste, la base social que legitima a unos y otros es diversa: para llevar adelante un ajuste brutal como el que se les impone, es más coherente hacerlo con las clases medias giradas hacia la derecha como base de sustentación, que con una base social “progresista” que, aun en crisis, hubiera colocado otras exigencias; de ahí la actual crisis terminal de Dilma, y el recorrido hasta aquí exitoso de Macri.

En síntesis: más temprano que tarde los gobiernos progresistas deben enfrentar su final de ciclo: sin modificaciones de fondo en el capitalismo regional, con la caída de los precios de las materias primas de las cuales fueron tributarios, reabsorbidos  los fervores populares dentro de las instituciones, pierden su razón de ser. La patronal y el imperialismo vuelven por sus fueros: exigen gobiernos agentes directos de ellos, “economicistas”, que coloquen las exigencias del mercado por encima de las de la “política”: que se retiren las concesiones que ya no se consideran necesarias, y que hacen a una suerte de “improductividad” general de la economía en términos de ganancias capitalistas.

Otra cuestión distinta, todavía no clarificada, es hasta dónde darán las relaciones de fuerzas. Es verdad que han dado mucho de sí: el ciclo regional ha venido siendo incomparablemente largo, y ahora parece estar terminándose. De todos modos, en casos como Argentina, donde se está frente a “una sociedad movilizada”, conviene no apresurarse en sacar conclusiones definitivas. Sabemos que se está frente a gobiernos y un imperialismo que vienen envalentonados: en su visita a Cuba y la Argentina, Obama se ha jactado que hay un cambio de clima regional, mucho más acorde a los intereses estadounidenses[27]. En todo caso, se trata de enfrentar a estos gobiernos con la movilización lo más unitaria posible, al tiempo que se mantiene la independencia política de clase más intransigente; lo que salga de esta lucha dará el tono real de las relaciones de fuerzas en definitiva.

 

  1. La revalorización del “socialismo” entre los jóvenes del mundo anglosajón

 

Paradojas si las hay, entre las novedades para el lado izquierdista en materia de polarización política (no tanto social), es el caso de los EEUU e Inglaterra. Es que la enorme elección interna que está haciendo en el Partido Demócrata Bernie Sanders como candidato “socialista” y la elección de Jeremy Corbin al frente del Partido Laborista en Inglaterra, son un fuerte llamado de atención de que algo se está moviendo en dichos países, los más afectados por la contrarreforma neoliberal de los años 80.

Claro está que en ambos casos se trata de figuras reformistas dentro de partidos bien establecidos del sistema. De todas maneras, algo deben estar reflejando. Que en el caso de los EEUU, una mayoría de la juventud menor de 30 años se incline por el “socialismo”, algo debe estar significando.

Es verdad que la polarización se está jugando, en realidad, entre las candidaturas ultrareaccionarias de Trump en el Partido Republicano (¡a no olvidarse que este es el otro polo de la realidad!) y que, además, lo más probable es que entre los demócratas se imponga la candidata del aparato partidario: Hilary Clinton.

Pero Sanders, así como Corbyn en Inglaterra, están expresando elementos de un malestar que maduran desde abajo, y que tienen que ver con la enorme desigualdad social a la hora de la distribución de la riqueza que señalábamos al comienzo de este texto, con la precarización laboral de las nuevas generaciones, con el altísimo costo de los estudios universitarios, con la falta de perspectivas de progreso que ponen en tela de juicio el “sueño americano”.

En todo caso, no se trata que en los EEUU haya habido un reanimamiento de las luchas; luego de la crisis del 2008 no se verificó un ascenso en las mismas. Sí ocurrió un voto joven por Obama; una forma muy distorsionada de expresar un descontento y que el primer presidente de color se encargó de defraudar.

Pero, en todo caso, sí se expresó el movimiento de los Indignados, ganando relevancia la consigna de “somos el 99%” por oposición al 1% opulento. La expresión político electoral de esto es ahora Sanders, cuyo perfil está a la izquierda del de Obama en su momento.

En todo caso, insistimos, no deja de ser paradójico que en el momento que dominan los elementos reaccionarios en la coyuntura mundial, en dos países “buques insignia” de la contrarrevolución liberal de las últimas décadas, se comiencen a expresar este tipo de tendencias; tendencias que en definitiva, reenvían a los fundamentos más profundos de las dificultades para una estabilidad duradera de la situación mundial, para el “rebote” de la coyuntura reaccionaria volviendo el péndulo a girar hacia la izquierda; en las nuevas revueltas, mareas, y rebeliones populares que están en el porvenir y que pueden ser más radicalizadas que lo que hemos visto hasta el momento, precisamente por ocurrir como respuesta al giro reaccionario actual.

 

  1. Las tareas democráticas al centro de la escena       

 

Sobre la base del programa democrático revolucionario hay que oponer a los obreros a la burguesía (…) Luego, en determinada etapa de la movilización de las masas bajo las consignas de la democracia revolucionaria, pueden y deben surgir los soviets. Su papel histórico, en cada período dado, en particular su relación con la Asamblea Nacional, estará determinado por el nivel político del proletariado, su vinculación con el campesinado y el carácter de la política del partido revolucionario (…)”(León Trotsky, El Programa de Transición).

Para concluir este texto, resumamos las tendencias en obra en la situación mundial: una crisis económica que no se ha resuelto, una creciente crisis geopolítica, la emergencia de una nueva generación militante, el reinicio de la experiencia histórica de la lucha de clases.

En este contexto, una coyuntura mundial girada hacia la derecha que coloca en su centro tareas democráticas urgentes para parar la ofensiva capitalista. Tareas democráticas que como señalara Trotsky, pueden tener el efecto de abrir un amplio cauce que genere una movilización de masas que, derrotando los zarpazos reaccionarios, lleve el péndulo de la lucha de clases hacia el otro lado: hacia una radicalización mayor que la que hemos visto hasta el momento.

Una radicalización cuyos fundamentos están en los problemas que minan la estabilidad capitalista, y que en algún punto del camino pueden llegar a desbordar los límites de la democracia patronal; democracia patronal que, de momento, es el lugar obligado en el que se sustancian los asuntos políticos, la forma de mediación política general.

Esta realidad es la que nos lleva a insistir en la importancia de las tareas democráticas. Ocurre que cuando una coyuntura es reaccionaria, cuando la legitimidad está unilateralmente de parte de las autoridades (sea como producto de los atentados, sea por cuenta de la bancarrota del populismo), cuando se vive un giro a la derecha de porciones enteras de las clases medias, las tareas y reivindicaciones democráticas son, muchas veces, las únicas que nos permiten “acorralar” a los gobiernos; de ahí que sea fundamental combinarlas con las tareas mínimas, con las reivindicaciones económicas: esta combinación le dará mayor potencialidad a las mismas.

Es bastante claro que en la escena internacional, al menos en Europa y Latinoamérica, las tareas democráticas son de suma importancia: pararle la mano al gobierno de Macri, su ajuste y su protocolo contra la protesta social; derogar el “Estado de emergencia” en Francia, enfrentando, a la vez, la reaccionaria contrarreforma laboral; levantar la salida de una Asamblea Constituyente en Brasil frente a la bancarrota del gobierno del PT y la ofensiva reaccionaria de la derecha patronal. Esto por poner unos pocos ejemplos de la intervención política de nuestra corriente en la actual coyuntura.

Tareas democráticas, impulso a la más amplia unidad de acción en las calles, sin perder de vista nunca la perspectiva de clase e independiente: la combinación de las tareas democráticas con los objetivos más generales de la política revolucionaria, el privilegio de la lucha de clases como terreno central de nuestro accionar, la apuesta estratégica por el poder de los trabajadores[28].

Nuestra corriente se encuentra en un momento extremadamente favorable, caracterizado por un enorme entusiasmo militante. Muchas de las corrientes del trotskismo se encuentran atravesadas por fuertes crisis. Socialismo o Barbarie luce sólida política y estratégicamente, así como en medio de un salto constructivo. Salto constructivo que se sustancia a partir de un nivel de acumulación todavía inicial como corriente. En todas partes el desafío es ir a un escalón superior en tanto organización.

 

 

 

 

 

 

 

[1] Adelantémonos a declarar, que dicha crisis tiene que ver con los límites de una economía orientada hacia las exportaciones, la presión al alza de las condiciones de vida, salario y empleo de los propios trabajadores del país, la sobreinversión que no encuentra todavía salida en materia de valorización, y un largo etcétera de problemas muy profundos que entraña la dinámica del gigante chino.

[2] Para un completo análisis de la evolución de los países emergentes, ver “El fin de la década dorada” de Marcelo Yunes.

[3] Demás está decir la importancia que tiene el retroceso del PBI interno e industrial en dicho país para la Argentina, que exporta el 28% de su producción manufacturera a Brasil.

[4] Para una análisis interesante sobre Alemania ver “¿La capitalisme allemand, un vainqueur dans la crise?”, Thomas Sablowsky, revista Contretemps.

[5] “Perspectivas del capitalismo a comienzos del siglo XXI”, del mismo autor de esta nota.

[6] Meyerson es un histórico periodista del Washington Post, uno de los diarios más influyentes de los Estrados Unidos. Se considera “uno de los pocos socialistas que caminan las calles de la capital norteamericana” junto con Bernie Sanders, actual candidato “socialista” en la interna demócrata.

[7] Las causas de fondo de la fortaleza alemana, en realidad, son clásicas: “Alemania pertenece a ese pequeño grupo de países que disponen de una productividad del trabajo relativamente elevada y de un aparato productivo excepcionalmente diversificado, particularmente en los dominios de la construcción de máquinas y herramientas, y en general en la producción de medios de producción, y que por esta razón se coloca en una posición internacional dominante”, Thomas Sablowsky, ídem.

[8] Es sintomático que entre los economistas del establishment de los Estados Unidos se esté abriendo paso el debate y la preocupación acerca de las perspectivas de crecimiento de dicho país; entre ellos, Larry Summers, Paul Krugman, el ya citado Robert Gordon y muchos otros.

[9] Señalemos que la creación mundial anual de riqueza ronda los 50 millones de millones de dólares, y así podremos entender la magnitud de las pérdidas vividas estos años por la economía internacional.

[10] Parafraseamos con este título un conocido folleto de León Trotsky de 1926 titulado América y Europa, donde colocaba las contradicciones entre el ascenso mundial de la primera y el descenso de la segunda como centro del conflicto geopolítico de su tiempo.

[11] Este es un mayor cambio económico y geopolítico cuando se considera que a lo largo de doscientos años, el centro gravitatorio pasó por el Atlántico; esto ya no es más así, por lo menos en materia económica.

[12] Ver a este respecto el estudio que estamos próximos a publicar de Roberto Ramírez, específicamente dedicado a los problemas geopolíticos en el mundo hoy.

[13] Hemos criticado estas tesis en nuestro trabajo ya citado aquí “Perspectivas del capitalismo a comienzos del siglo XXI”.

[14] Se trataba de las principales ciudades costeras del país que pasaron a estar bajo administración directa de los distintos imperialismos.

[15] Aquí cabe señalar, también, que China ya está construyendo bases militares en África, y patrulla mares que están mucho más allá de sus costas.

[16] Son característicos de un abordaje así los textos de Françoise Sabado, actual dirigente de esta corriente.

[17] Nos referimos por ejemplo, a la derrota de la clase obrera rusa, que acaeció en los años 1930, cuando fue desalojada del poder por el estalinismo liquidando el carácter obrero del Estado soviético; una posición que no comparten, obviamente, corrientes doctrinarias como es el PTS argentino, que sigue sin lograr sacar una sola enseñanza de dicha experiencia.

[18] Ya hemos señalado cómo el PTS ha sido incapaz de dar un paso en este sentido dado su doctrinarismo; ni qué hablar el caso de las demás corrientes en la región.

[19] Esto último lo señalamos con respecto a las derivas del morenismo y la LIT actual, que consideran que el mundo continúa en una “situación revolucionaria” que se habría abierto en el año 1985… El morenismo se caracterizó por este tipo de elaboraciones, que extendía las categorías de análisis por años hasta perder toda funcionalidad analítica: dejaban de ser así una herramienta flexible que sirviera a una justa política revolucionaria, para transformarse en otras tantas fuentes de desorientación.

[20] Nuestra corriente conoce bien la circunstancia a partir de la experiencia de nuestros compañeros en Honduras.

[21] En esta dinámica ha habido un giro a la derecha específico en el sentido que si a comienzos del 2015 la recepción de los refugiados en Alemania, por ejemplo, había sido muy favorable, luego de una serie de desarrollos la opinión pública europea en general y germana en particular fue poniéndose cada vez más a la derecha concluyendo hoy en lo que se está viviendo: ¡la literal expulsión de los inmigrantes del suelo europeo!

[22] Para el debate acerca del carácter de ISIS ver nuestros textos “Surgimiento y expansión del Estado Islámico”, de Elías Saadi, y “Terrorismo, Estado Islámico y marxismo”, de Marcelo Yunes. También, el intercambio desplegado en las páginas de la revista International Socialist. Hasta donde hemos podido seguirlo, se cuestiona que pueda definirse a ISIS como “fascista”; se lo reconoce como contrarrevolucionario, pero se señala el contexto en el cual ha surgido dicho movimiento. En nuestra opinión, opinamos que se debe evitar toda definición del Estado Islámico que signifique algún tipo de justificación de esta organización ultrareaccionaria.      

[23] Sería demasiado largo desarrollar aquí el conjunto de problemáticas que caracterizan Alemania; sólo digamos que en un contexto de estabilidad económica y profundo consenso social liberal, la burguesía alemana ha avanzado cualitativamente en reforzar las condiciones de explotación del trabajo: sólo con señalar que millones están hoy bajo el régimen de los “minijobs” (trabajos precarios y eventuales que no tienen horario: hay que presentarse cuando uno sea llamado), alcanza.    

[24] Nos vemos tentados a citar a la LIT: “Esta ruptura es un gran avance en su conciencia (…) no es un avance lineal, pero sí altamente contradictorio (…) pero esa ruptura de los trabajadores y las masas con el kirchnerismo, el chavismo, el PT o Evo es el proceso más importante que está ocurriendo en la conciencia de las masas porque, sin él, no hay posibilidades de construir una fuerte alternativa obrera, revolucionaria y socialista para la crisis del capitalismo. Esta ruptura política es el proceso que esperamos durante años” (“¿Hay una derechización política en América Latina?”).

[25] Un análisis similar al del PSTU brasilero es el que lleva adelante el PO de la Argentina, partido que viene teniendo una política conservadora horrible de negarse de enfrentar de lleno al gobierno de Macri con la excusa del kirchnerismo residual y al que el PTS le viene haciendo un seguidismo completo con tal de mantener el “chiringuito” electoral del FIT.

[26] A diferencia de los objetivistas, en nuestro análisis el problema de la votación a Macri es que un amplio sector de los trabajadores siguió a la clase media con su voto a Cambiemos; no sólo con su voto, sino con todo un conjunto de representaciones reaccionarias del estilo de que muchos trabajadores del Estado son “ñoquis” y muchas otras.

[27] Hemos señalado más arriba la importancia del acuerdo de Obama con los Castro; el paso atrás táctico del gobierno norteamericano de haber retomado las relaciones diplomáticas y no poner como condición la salida del castrismo del poder para avanzar en relaciones que, estratégicamente, se han reforzado en el sentido de la restauración capitalista en la isla. Se trata, ni qué decirlo, de un dato que impacta sobre la coyuntura girada hacia la derecha en la región.

[28] Es fundamental para la militancia de nuestra corriente estudiar textos como “Cuestiones de estrategia”, cosa que no se ha hecho hasta el momento de la manera sistemática que necesitamos. ¿Cómo pasar de manera revolucionaria por la experiencia parlamentaria? ¿Cómo construir partidos que conquisten un peso orgánico entre los trabajadores y la juventud? ¿Con qué política enfrentar gobiernos como el de Syriza o uno eventual de Podemos en España? ¿Cómo combinar las tareas democráticas, la más amplia unidad de acción en la lucha, con las perspectivas más generales del poder y la transformación social? ¿Cómo evitar las derivas oportunistas y sectarias? Son todos interrogantes que intentan encontrar una respuesta en dicho texto.

 

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