Por Tofi Mazú

Cristina Fernández de Kirchner era la oradora más esperada del senado en el debate por el derecho al aborto. Eso es así por dos motivos. Principalmente, porque amplios sectores del movimiento de mujeres la ven como referente, en contraposición a Macri. También, porque ya se sabía que iba a votar a favor, cuando su posición manifestada hasta ese entonces había sido el rechazo a esta ley.  Este fenómeno nos obliga a hablar de su intervención, a analizarla y discutirla. El movimiento de mujeres está dando una batalla a brazo partido por el aborto legal y todos sus derechos y se vuelve imperioso el debate entre las corrientes que forman parte de él, para que ganemos. Cristina, como tal, es una empresaria y funcionaria del Estado burgués que no interviene en el movimiento. Pero sí lo hacen agrupaciones y mujeres independientes, que aunque estén años luz a la izquierda de esta senadora más papista que el papa, piensan que es una figura detrás de la cual puede embanderarse el feminismo. Hoy, por lo tanto, corresponde discutir con quien tuvo ocho años para evitar la muerte de miles de mujeres, pero eligió no legalizar el aborto.

 

“Trabajar contra el status quo”

La ex presidente arrancó su discurso mencionando las agresiones que diversos diputados de su bloque habían sufrido a manos de los fascistas. Obviamente, nada comparable con las brutalidades que muchas compañeras de pañuelo verde han vivido en la vía pública. En ese contexto, se expidió acerca de lo duro y difícil que es “trabajar contra el status quo”. En ese momento, una se podría detener a pensar en qué significaría esto último. Trabajar contra el status quo sería, por ejemplo, promover la separación de la Iglesia y el Estado. Sería, también, abonar a la idea de que sólo las mujeres por sí mismas, acompañadas de amplias capas de la juventud y los trabajadores, tienen el poder de fuego de conquistar sus derechos con la organización y la movilización callejera. Trabajar contra el status quo sería garantizar educación sexual laica, científica y feminista en todos los niveles. Podría ser arremeter contra la idea de que el Senado, el Congreso y las instituciones del Estado son verdaderamente democráticas. Hay mil caminos para “trabajar contra el status quo”. El problema es que Cristina, como primera mandataria, nunca trabajó en contra del sentido común real de la sociedad capitalista y patriarcal, aunque se pintara de progre. Por el contrario, abonó a perpetuar el mismo, para que nada cambiara de fondo.

 

Cristina en el poder

No decimos ésto en el aire. Por el contrario, hay mil elementos que acompañan esta definición. Cristina gobernó ocho años; doce, el kirchnerismo. Pero nunca jamás promovieron ninguna de las mencionadas iniciativas. Ella intervino en el Senado para enumerar una serie de medidas que habrían servido para ayudar a las mujeres. Tomaremos algunas, para no extendernos tanto.

Mencionó la Ley de Educación Sexual Integral, por ejemplo. Un proyecto que, aunque aprobado, nunca se implementó efectivamente, porque en sí mismo contiene un artículo que lo impide, dejando la libertad a gobernadores y autoridades varias de no hacer uso de esta ley en sus provincias, ciudades e instituciones educativas. Es así como en la provincia de Salta no solo no existe este derecho indispensable para la juventud, sino que hay catequesis en las escuelas públicas, impartida por seres que difunden las ideas de sujetos como el doctor Albino.

Cristina relató cómo en París había sido interpelada por el padre de dos chicas francesas víctimas de femicidio en nuestro país (nuevamente, en la provincia de Salta, el feudo de Urtubey). Cómo “gracias a un extranjero” que le había pedido que se incluyera la figura de fimicidio en nuestra constitución, ella había promovido como presidenta esta modificación. Por supuesto, se olvidó de mencionar que antes de eso, las Argentina entera se había movilizado masivamente para exigirle al Estado que ella gobernaba que no hubiera #NiUnaMenos… Se olvidó de mencionar que el presupuesto por mujer para combatir la violencia machista durante su último año de gobierno equivalía al valor de dos caramelos, y que perdíamos a una compañera cada 16 horas solo por el hecho de ser mujer.

Pero el colmo del cinismo fue su afirmación de que siempre gobernó y votó “por la vida”. Cristina, que en el terreno de los derechos de las mujeres nunca supo tomar una sola medida verdaderamente nacional y popular, se llevó el diploma a la presidente clerical, por los ocho años de mandato con una cerrada negativa a legalizar el aborto. En ese período, la por aquel entonces existente Casa del Encuentro, registraba la cifra de 500 muertes de mujeres al año por abortos mal practicados. Más aún, la única vez que el proyecto llegó a comisiones (antes del 2018) fue en el 2011. La propia Cristina, con mayoría parlamentaria a favor de la ley, dio orden a los miembros del bloque del FPV de que no dieran quórum a la sesión. Así, cajonearon el proyecto. En su discurso como senadora “progresista”, Cristina declaró que “cambió de posición” gracias al “primer 8 de marzo” – el de 2018- (!!!), cuando vio a las más jóvenes organizadas. Pero, y esto seguro que no se le pasó por alto, el “primer 8 de marzo” que salió de la norma (aunque, obviamente, fue mucho menos nutrido que el del corriente año) fue el de 2012, cuando la indignación del movimiento ante lo acontecido en el Congreso en noviembre del año anterior, construyó una marcha que sería fundacional para la fuerza que tenemos hoy. Días después de esa jornada, conseguiríamos el fallo de la CSJ por los no punibles.

No, Cristina no trabajó contra el status quo. Cristina, en sus años de gobierno, fue un dique de contención con rostro popular. Ahora, como senadora, en verdad también. Es por ello que, mientras la cola para apostatar era infinita en la vigilia de la semana pasada, ella llamaba a “no enojarse con la Iglesia”. Esto es, ni más ni menos, que una flagrante demostración de que en verdad, ella no quiere que las cosas cambien de fondo. Quiere, “como cristiana y peronista”, que la curia siga teniendo los privilegios que ha sabido tener desde tiempos inmemoriales. Tampoco quiere perder el vínculo político que ha sabido construir con la Iglesia. En especial, con el papa Francisco, importantísimo aliado político incluso para las elecciones de 2019.

 

“Feminismo” burgués o feminismo socialista

La senadora, entre todo lo que dijo, dedicó unos cuantos minutos de su intervención a explicar que, según ella, “los que creen que solo las mujeres pobres son víctimas del patriarcado están muy equivocados”.  Hay varias cosas que decir en relación a esta cuestión. Incluso da para un artículo específico.

Lo primero es abordar la cuestión material. No se puede hacer este tipo de afirmaciones, cuando las mujeres que mueren a causa de la clandestinidad del aborto son las más pobres. Basta solo con tomar el caso de Liz, la joven que hace sólo dos días murió en el hospital tras haberse practicado un aborto con perejil (!!!). Las mujeres de clase alta pueden hacerlo sin riego en clínicas privadas, las mismas instituciones que supieron rogarle a Macri para que vetara la ley y no perder los negocios millonarios que arman a costa de no reconocernos el derecho a decidir. Las jóvenes trabajadoras y estudiantes, con mucho esfuerzo, hacen lo posible para conseguir Misoprostol y se practican los abortos en sus casas, sin las condiciones de asepcia de una hospital, sin profesionales de la salud siguiendo el proceso… y, aunque no vivan en la villa miseria, al no poder pagar las centenas de miles de pesos que los doctores de la doble moral les cobran a las hijas de los patrones, llegan con horribles complicaciones al hospital, con su vida en riesgo y con el peligro de ser denunciadas.

Es verdad, como dijo Cristina, que una mujer de clase alta también puede ser violada. Pero eso no le quita la importancia que tiene al hecho de que las mujeres y niñas que son víctimas de violencia y abuso intrafamiliar, en las familias de la clase trabajadora, no tengan los medios materiales para poder escapar de esa situación. Desconocer la falta de alternativa que tienen las mujeres, que en muchos caso dependen económicamente de los violentos y abusadores; desconocer la falta de infraestructura estatal para contenerlas no es ingenuidad. Es una posición política, para no tener que admitir que se puede ser mujer y gobernar sin cambiar la situación del grueso de la población femenina.

No, la situación, por ejemplo, de Juliana Awada no es la misma que la de nuestras compañeras de trabajo o nuestras hermanas. Juliana Awada, como empresaria, tiene los medio materiales para huir si su marido se llegara a violentar con ella. Pero sobre todo no es la misma, porque ella forma parte del entramado político y social que nos somete a las enormes mayorías. Esto no es así únicamente porque es la primera dama. No ocurriría solamente con las mujeres funcionarias de los gobiernos de la burguesía. Sino con las mujeres burguesas en general.

El planteo de Cristina, esconde bajo la alfombra que el hecho de que la violencia machista llegue a perjudicar también a las mujeres de la burguesía es, ni más ni menos, que un subproducto de la verdadera necesidad capitalista de someter a las mujeres de la clase trabajadora, de atarlas al hogar y a la sumisión; un efecto colateral.

Los lazos entre el sistema capitalista y el patriarcado son muy fuertes. La burguesía ha cambiado de posición sobre el aborto (ver Para el capitalismo patriarcal, el cuerpo de las mujeres nunca es de las mujeres) una y mil veces. Lo único que ha guiado la brújula de los dueños del Mundo siempre ha sido tratar de someter al 50% de la humanidad a dos clases de opresión diferentes, pero que trabajan juntas. El feminismo burgués nos quiere convencer de que todas las mujeres somos iguales y tenemos los mismos problemas, de que la “sororidad” es posible entre Cristina, Lospenatto, Gabriela Michetti, Manuela Castañeira, Liz, Alika Kinan y las madres de las víctimas de femicidio. El feminismo socialista, revolucionario, busca explicar la razón de ser de nuestra opresión, los vínculos materiales con la globalidad y, así, poder efectivamente ganar nuestra emancipación.

 

La “deconstrucción” de Cristina y el 2019

El discurso de Cristina fue dedicado a las urnas. Fue una intervención de cara a la campaña electoral, para empatizar con un movimiento de masas nuevo y profundamente anti – Macri. Un sector compuesto por nuevas y nuevos votantes (algunos que lo harán por primera vez), kirchneristas progresistas y gente más a la izquierda, a la que quiere convencer de que “se deconstruyó” y ya no es la misma oscurantista que antes. Ocurre que la realidad no es estática. Por el contrario, ahora nos encontramos más cerca del 18 de diciembre y los piedrazos en el Congreso que de las elecciones del año que viene. Dos millones de personas en las inmediaciones del Senado, incluso bajo la lluvia y el frío de la madrugada, hablan de un país convulso. Hablan de una juventud, unas mujeres y un pueblo trabajador que están dispuesto, cada vez más, a batallar por sus derechos. El discurso de Cristina vino a encauzar esa bronca en votos peronistas. “El peronismo incorporó, con nosotros, al cuestión democrática. Ahora hay que sumar a lo nacional y popular el feminismo”. Exacto, no lo pudo haber dicho más claro: el PJ, tradiconalmente clerical y proxeneta (no nos olvidemos de que sujetos como Alperovich y Urtubey eran soldados de la jefa), si quiere posicionarse como alternativa a Macri se tiene que “deconstruir”, o esta sociedad empañuelada en los derechos de las mujeres les va a pasar por encima. Hoy no se puede ser oposición (siquiera testimonial) al macrismo, si no se esboza al menos un discurso más progresivo en temática de género.

El problema es que el aborto legal no se puede ganar con los votos de 2019. No se puede ganar con tibiezas y no se puede ganar pensando que el Senado es la democracia (ver Hay que abolir el Senado). Si Cristina hubiera querido que se aprobara efectivamente la ley, si le preocupara honestamente la vida de las más pobres. Si se hubiera “deconstruído” de verdad, y no de palabra, de mínima se habría reunido con su bloque para evitar que legisladoras como Larraburu votaran en contra. De mínima, hubiera hecho un escándalo en plena sesión, acerca de cómo la Cámara Alta no estaba escuchando a las mayorías (no hace falta ser revolucionario para ello). A Cristina, en cambio, ni se le erizó la piel al escuchar cómo sus antiguos camaradas relativizaban la violencia en las violaciones y abusos intrafamiliares.

Cristina no es parte del movimiento. Cristina fue, durante años, enemiga del movimiento. Ahora, que no es gobierno, propone una salida que es, nuevamente, el fracaso. Las pibas están muy por delante de eso. Las pibas están enojadas con las bancadas y los dinosaurios que las ocupan. Las pibas están iracundas y se sienten estafadas. Las pibas están enojadas con la iglesia, y sí están peleando contra el status quo. Las pibas salieron a la guerra y a formar su propia conciencia. Mal que le pese a la ex presidente, eso está mucho más allá de la “deconstrucción” del peronismo. De eso no hay vuelta atrás.

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