Marcelo Yunes
Intelectual marxista del Nuevo MAS


Ya es estrictamente oficial: el kirchnerismo ha abandonado hasta los vestigios de su discurso “de batalla” contra el FMI y se dedica a predicar la más pusilánime resignación al estado de cosas. Pasamos de las denuncias a los gritos del acuerdo con el FMI a justificar que un eventual gobierno de Alberto Fernández convivirá con Lagarde y sus secuaces. ¿Romper con el FMI? Noooo, no se puede, eso es “cosa de troskos”. La nueva onda K ya no es “vamos por todo” sino el “realismo”. Vamos, si hasta se escucha, irónicamente, el recurso a la “pesada herencia” que dejará el macrismo, cerrando el círculo de idénticaexcusa esgrimida por Macri en 2015. Repasemos algunos de los argumentos de quienes hasta hace poco prometían el regreso del asado y ahora pretenden que descubramos las virtudes del morcipán.

 

“La relación de fuerzas no da”

Éste es el profundo razonamiento con el que varias de las espadas mediáticas del kirchnerismo buscan rebatir las críticas que reciben desde la izquierda, que con toda razón les señala la abierta contradicción entre el viejo discurso de Cristina montada al caballo blanco cual San Jorge atravesando con su lanza al dragón Lagarde y las civilizadísimas maneras que exhiben Alberto Fernández y Kicillof en sus reuniones con empresarios, banqueros, inversores y acreedores.

Aclaración muy necesaria: la izquierda revolucionaria, contra las caricaturas que buscan instalar los K, no desprecia las relaciones de fuerza. Mal podría hacerlo: cualquier fuerza de izquierda que tenga presencia e influencia en los lugares de trabajo y en las luchas de los trabajadores tiene la obligación de manejarse responsablemente y de medir con todo cuidado las condiciones para lanzar o sostener medidas de lucha. No somos loquitos enceguecidos que gritamos infantilmente “huelga”, “marcha”, “piquete” o “toma” en cualquier momento y lugar, independientemente de la situación de la base, de su disposición de lucha, de su organización, de las posibilidades de coordinación y solidaridad, de la eventual respuesta de las patronales, la justicia y el aparato represivo del Estado.(1) Pero lo que jamás hace ninguna corriente socialista marxista es renunciar de antemano a toda posibilidad de lucha, y mucho menos cuando el enfrentamiento se vuelve inevitable.

El debate, entonces, no es entre los “realistas” y los “irresponsables”, sino que el kirchnerismo, como lo han hecho todas las corrientes reformistas, progresistas o nacionalistas burguesas cuyo límite insuperable es el orden capitalista, presenta la “relación de fuerzas” como un fetiche que se agita ad hoc ante cualquier crítica y que opera como justificativo de todas las agachadas, cobardías y traiciones. También es el argumento preferido de todos los burócratas sindicales que en el mundo son y han sido, siempre contra la oposición combativa y de izquierda y contra las luchas, especialmente las que amenazan desbordarla.

En este caso, las “relaciones de fuerza” son medidas por los K con total precisión, que les indica exactamente hasta dónde pueden avanzar. Termómetro en mano, el kirchnerismo lo arrima a la axila de la situación política y determina que no, que “no da” para pegarle un portazo al FMI, así que mala suerte, muchachada, en otra será, en la próxima gestión habrá que comer perejil porque lo que nos dejó Cambiemos no se puede arreglar en un par de meses. De nuevo, uno cree estar escuchando la misma grabación de Macri recién asumido, pero con otra voz.

Por empezar, no hay ninguna razón para creer que los K sean unos genios de la estimación de las relaciones de fuerza (la lista de sus metidas de pata la puede hacer cualquiera). Pero la cuestión central es que el kirchnerismo no ignora que, contra la sanata de Alberto Fernández de que “no le tengo miedo al Fondo porque sé cómo salir de él”, no hay posibilidad derepetir la “salida” del FMI de 2005 (es decir, cancelando la deuda con él). Y eso obligará a una futura gestión K o semi K o como se le llame a una relación con el Fondo mucho más estrecha y duradera de lo que quieren hacer creer. Y con márgenes muy finitos, como veremos enseguida.

 

“Vamos a renegociar con el Fondo y los acreedores”

Como muestra de que la fórmula Fernández-Fernández es el polo opuesto de Cambiemos, se agita que “vamos a renegociar”, cosa que el macrismo no haría, ya que, se supone, seguiría a pie juntillas el programa del Fondo. El emisario-virrey del Fondo para Argentina, Roberto Cardarelli, dijo muy suelto de cuerpo que “no habrá renegociación”. Claro, ¿qué otra cosa puede decir? ¿Que ni siquiera este programa de emergencia, este zurcido de urgencia hasta octubre para ayudar a Macri, puede ser cumplido? La verdad es la opuesta: nadie más consciente que el FMI de que el programa para Argentina no tiene más remedio que ser renegociado. De modo que cuando Alberto Fernández o Kicillof posan de guapos con la “renegociación”, no asustan a nadie, sino que simplemente consignan un hecho aceptado por todos los involucrados.

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Ahora bien, ¿en qué consistirá, exactamente, esa renegociación? Por lo pronto, y como ya adelantó el flamante asesor del candidato, Guillermo Nielsen, “nos esperan ocho años de FMI”. ¡Vaya, lo opuesto del “nestorismo”, que supuestamente se desembarazó del Fondo a la primera oportunidad! ¡En vez de sacárselo de encima en dos años, nos anticipan que la cosa va para largo! Así que la primera condición de la renegociación la pone el Fondo: señores, el plan original se vence en 2021; ustedes no van a tener la plata, así que pasamos de un acuerdo stand-by (de corta duración) a uno de facilidades extendidas (cuyo mínimo habitual es diez años). Si necesitan que se los diga más clarito, para eso tenemos al bueno de Nielsen: “Ahora hay que pagar y es la realidad que nos va a tocar vivir. El gobierno que sea va a tener que devolver” la plata prestada por el Fondo (La Nación, 22-5-19). “Hay que pagar, es la realidad que nos toca vivir”… He aquí el alfa y omega, el lugar donde empieza y termina el “realismo”, el “posibilismo” y el profundo análisis de las “relaciones de fuerza”: el último y más importante de los ya casi olvidados “10 puntos” de Macri.

 

Preguntas realistas que los “realistas” temen responder

En resumen, primero y principal, hay que pagarle al FMI. Segundo, es imposible cumplir con el cronograma de pagos original, de modo que hay que estirar muuucho los plazos, digamos el gobierno que viene y el próximo, para empezar a hablar.(2) Pero después vienen otros interrogantes que, de verdad, nos interesaría muchísimo que los abanderados de las “relaciones de fuerza” nos despejaran, tanto como para saber a qué atenernos.

Pregunta 1: ¿qué le van a decir al Fondo cuando, como es de esperar, éste exija a cambio de su benevolencia con los plazos de pago que el gobierno implemente las reformas laboral y previsional, que están en agenda desde hace rato? “Nooo, de ninguna manera”, salen a decir algunos de los voceros K. Mirá vos. No. Qué fácil resuelven las “relaciones de fuerza”: dicen que no las van a hacer. Y… ¿no se les ocurrió que tal vez Lagarde no quede muy satisfecha con esa negativa, y que puede reclamar que entonces el gobierno cumpla lo incumplible?

¿Qué van a hacer los Fernández: especular con que el FMI no va a forzar otro default de Argentina?(3) ¿Ceder en todo, en parte…? Misterio. Aparentemente, debemos confiar en las dotes negociadoras del Alberto y la jefa, que la tienen re clara, parece. Pero los trabajadores no deben dar un cheque en blanco en ningún tema, y menos en éste.

Pregunta 2: ¿qué van a hacer con el esquema de impuestos? No hablemos ya de una reforma tributaria integral, como la que haría falta y que los K ni intentaron en el mejor momento de la “relación de fuerzas”, así que mucho menos ahora. No, hablamos de algo mucho más modesto: las retenciones y el impuesto a las ganancias, por nombrar dos fuentes importantes de ingresos. Alberto Fernández dejó el gobierno, entre otras cosas, disconforme por el enfrentamiento de los K con los ruralistas. Macri prometió eliminar las retenciones hasta que el mismísimo FMI, haciendo números, le exigió que las repusiera al menos en parte. ¿Parte de la cuenta la van a pagar los millonarios del “campo”, o va a seguir cayendo sobre la espalda de la mayoría de la población? Porque los números no dan, eh.

Lo mismo con el impuesto a las ganancias: por favor, Cristina, basta con eso de que los trabajadores que pagan Ganancias son “privilegiados”. Nunca fue cierto, y ahora es directamente una burla: la canasta de pobreza de la ciudad de Buenos Aires es de 29.300 pesos. El piso de la cuarta categoría (asalariados) para pagar Ganancias es 38.300 pesos. ¿Suponen los Fernández que si un trabajador gana apenas un 30% más que la canastade pobreza pasa a ser un privilegiado? ¡Con ese criterio, en los trabajadores del país, salvo la estrecha franja entre 29.300 y 38.300 pesos, no hay más que dos categorías: los pobres y los “privilegiados”! ¿Van a estar a la derecha de Macri, que por supuesto no cumplió pero al menos prometió en 2015 que lo eliminaría? ¿Eso sería demagógico, irresponsable, imposible por la “relación de fuerzas”? Hablen, Fernández y Fernández: dos millones de trabajadores que pagan impuesto al salario los escuchan muy atentamente.

La que no les pide que hablen es, curiosamente, Madame Lagarde. Muy cómoda en su rol de CEO de República Argentina SA, cuando le preguntaron por Cristina Fernández, contestó nada preocupada, casi condescendiente, que “la gente cambia con el tiempo, dependiendo de si están haciendo campaña o están en su cargo”. Se ve que la “renegociación” con que “amenazan” los K no le quita mucho el sueño…

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“Romper con el FMI sería caernos del mundo”

Este argumento, que ya ha aparecido en boca de los voceros K, parece extraído de la campaña de Macri en 2015; sólo hay que reemplazar “FMI” por “EEUU”. Lo irónico, en el caso del macrismo, es que su política de total genuflexión y lamebotismo hacia las grandes potencias capitalistas le ha valido cálidas felicitaciones, encendidos elogios y ni un solo dólar de las inversiones extranjeras directas que iban a llover. Lo que demuestra que ese mundo capitalista occidental del que no debemos caernos no parece reciprocar ese cariño. Eso sí, le sirvió para endeudarse hasta las orejas con bancos y fondos de inversión privados en 2016-2017, y para reanudar el endeudamiento con el FMI en 2018.

Este statu quo heredado de Macri, aparentemente, será respetado con unción religiosa por Fernández-Fernández. Desde el punto de vista de las fuentes de financiamiento, otro dato curioso es que, por fuera del FMI, uno de los grandes proveedores es China con su swap (intercambio) de monedas (en yuanes) por un equivalente a unos 19.000 millones de dólares, algo que Macri heredó de Cristina y que, pese a su sincera defensa de Occidente, se encargó de conservar. Pero aquí la cuestión de fondo es el carácter de clase del kirchnerismo: como se trata de una corriente política 100 por ciento capitalista, es perfectamente consciente de que un rumbo económico completamente divorciado del Fondo, en las actuales condiciones (o “relaciones de fuerza”), sólo puede conducir, si se lo lleva de manera consecuente y hasta el final, a medidas de ruptura con el orden capitalista, y no sólo con el FMI.

Desde ese punto de vista, en verdad, el kirchnerismo tiene razón: romper con el Fondo significa a la vez romper con la lógica de seguir las reglas del mundo capitalista, en la medida en que sostener esa medida implica adoptar otras que afecten los derechos de la propiedad capitalista, y ya no de un puñado de acreedores externos. Por ejemplo, romper con el Fondo y repudiar la deuda externa obliga a medidas como la nacionalización de la banca, el cambio y el comercio exterior, para tener un control de las divisas con las que, sí, seguiremos teniendo relación con el “mundo”. Pero esas medidas, que no son por sí mismas socialistas y que otros gobiernos capitalistas han implementado, en todo o en parte, en épocas pasadas, resulta hoy una frontera imposible de superar para cualquier gobierno que, justamente, se mantenga en los límites de lo “posible”. Por eso mismo, con justificado horror de clase, el kirchnerismo repudia toda posibilidad de ruptura con los acreedores y en particular con el garante internacional de los acreedores (ésa es su principal función), el FMI.

Los socialistas del Nuevo MAS no ocultamos nuestras ideas: siempre hemos defendido que para superar este círculo infernal de ajustes contra la mayoría en beneficio de unos pocos es necesario ir a cambios de fondo que afecten los privilegios y la propiedad de los capitalistas, rechazar las imposiciones y presiones de los organismos y países imperialistas y avanzar a una nueva sociedad donde gobiernen los trabajadores. Naturalmente, no exigimos a los K que abandonen su credo capitalista. La hipocresía y la estafa política del kirchnerismo consiste en que su supuesto modelo alternativo “ni neoliberal ni socialista” de un capitalismo con rostro humano no fue capaz de sobrevivir más allá de unos pocos años de viento a favor excepcional. Hoy, con condiciones no tan beneficiosas, empiezan a salir a la luz, por propia confesión, los límites insalvables de un proyecto que tiene cada vez menos de épica y más de resignación a las “relaciones de fuerza” y a la “realidad que nos toca vivir”.

 

Notas

  1. Las sectas que se manejan de manera ultraizquierdista suelen pagar cara su irresponsabilidad, lamentablemente a veces a expensas de derrotas de los trabajadores.
  2. Recordemos que el “rescate” (las comillas no alcanzan) a Grecia por parte de la troika de la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el FMI supone un control del volumen de deuda y plazos de pago hasta el año 2060. ¡Los nietos y bisnietos de los jóvenes griegos que no hayan emigrado seguirán atados a la noria de los acreedores!
  3. Si se piensa jugar esa carta, no pensar que es el mismo suave chantaje que le hizo Néstor Kirchner a los acreedores privados, ya que el ex presidente jamás se atrevió a pegarle un portazo al Fondo. ¿Y lo va a hacer Alberto? Difícil que el chancho chifle…
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