Hong Kong

Ni Washington ni Pekín: autodeterminación

El intelectual socialista revolucionario hongkonés Au Loong Yu sobre las perspectivas de la rebelión en Hong Kong. Traducción de Viento Sur.

Au Loong Yu
Escritor y activista marxista de Hong Kong. Autor del libro China’s Rise: Strength and Fragility.


Los grandes medios occidentales suelen describir la situación en Hong Kong de una manera unidimensional, presentando el enclave como víctima de la tiranía de Pekín, mientras que EE UU y el Reino Unido, dicen, apoyan la autonomía y la democracia de Hong Kong. A su vez, Pekín afirma que sigue comprometida con la autonomía y la democracia de Hong Kong y que esta última se halla amenazada por la “intervención extranjera”. Ambos bandos esgrimen sus argumentos de toma y daca, pero la situación real es mucho más compleja.

Un compromiso histórico

El primer hecho es que cuando Londres y Pekín firmaron la Declaración Conjunta Sino-Británica en 1984, las dos partes apenas estaban interesadas en promover los derechos democráticos de la población de Hong Kong. Ninguno de los gobiernos se molestaron que consultar a la población durante y después de la negociación sobre el destino del territorio, mostrando su desprecio por la población de la antigua colonia. La Declaración de Pekín solo prometía vagamente la “elección” del legislativo y del jefe del ejecutivo después del traspaso. El principal objetivo del pacto entre los dos gobiernos no consistía más que en afirmar su mutuo interés en preservar el régimen capitalista liberal de Hong Kong y su legislación colonial a cambio del compromiso del Reino Unido de devolver la isla a China en 1997.

Al proteger los intereses occidentales en Hong Kong, Pekín también considera que es una buena oportunidad para utilizar la isla como una plataforma para lograr una plena reintegración en el capitalismo global y cosechar los correspondientes beneficios comerciales. Ambas partes consiguieron lo que querían. Pekín utilizó Hong Kong a fin de acumular enormes capitales para sus empresas, hasta el punto de que las compañías chinas representan hoy más del 60 % del valor de mercado de la bolsa de valores de Hong Kong, cuando hace 30 años su proporción era prácticamente nula. Sin Hong Kong, China no habría ascendido con tanta rapidez. Por otro lado, el capital occidental también utiliza Hong Kong para canalizar la inversión extranjera en China continental: más del 70 % de la inversión extranjera directa en China proviene de Hong Kong.

Ahora Pekín ha denunciado repetidamente que fuerzas extranjeras están interviniendo en Hong Kong. Los hongkoneses odiamos a esas fuerzas extranjeras. Desde el estallido de la revuelta actual, el jefe de la policía de Hong Kong, el superintendente Rupert Dover, británico de nacimiento, se ha hecho famoso por dirigir continuos ataques feroces contra los y las manifestantes. De hecho, hay cientos de agentes de policía blancos que tienen pasaporte extranjero y también cargan contra las manifestaciones. Esto nos lleva a una cuestión importante: no solo hay aquí fuerzas extranjeras, sino que ante todo fue Pekín quien reconoció a Occidente, con el Reino Unido y EE UU a la cabeza, como parte intresada en Hong Kong.

Hong Kong no es comparable con Ucrania. El llamado un país, dos sistemas, consagrado primero en la declaración conjunta sino-británica y después en la Ley Fundamental de 1997, fue desde el principio un compromiso histórico de Pekín con Occidente. La promesa solemne de la Ley Fundamental de que “el sistema y modo de vida capitalista existente se mantendrá intacto durante 50 años” sirve ante todo para dar garantías a los intereses empresariales occidentales. De ahí, también, que la Ley Fundamental reconozca el inglés como lengua oficial de Hong Kong y que permita que los habitantes conserven su pasaporte británico, que Hong Kong mantenga su propia legalidad británica, que sus tribunales recluten a jueces extranjeros (artículo 92) e incluso que personas extranjeras puedan ser contratadas como funcionarias de todas las categorías, salvo el nivel ministerial y la jefatura del ejecutivo (artículo 101). Es este artículo el que permite que Rupert Dover nos aplaste el cráneo.

Occidente, con EE UU y el Reino Unido a la cabeza, está sin duda satisfecho con este arreglo y no tiene interés alguno en desestabilizar Hong Kong. Al contrario, necesitan mantener el enclave tal como se define en la Ley Fundamental, que está en vigor hasta 2047. De ahí que los representantes del Reino Unido y EE UU dijeran a los pandemócratas hongkoneses que en vez de votar en contra deberían aceptar el paquete de reforma política planteado por Pekín en 2014, antes del estallido de la Revolución de los Paraguas, por mucho que el paquete siga permitiendo a Pekín nombrar a dedo al jefe del Ejecutivo de Hong Kong, disfrazándolo con alguna forma de voto popular.

Los defensores de Pekín se quejan de que todavía pervive un legado colonial excesivo en Hong Kong y dicen que por tanto hace falta otra ola de descolonización, refiriéndose a que la población hongkonesa sigue siendo prooccidental, a que sus calles conservan los nombres coloniales, etc. Sin embargo, está claro que Pekín no desea eliminar todos los aspectos del legado colonial. En realidad, el gobierno chino está muy interesado en mantener los aspectos represivos de todas las leyes coloniales. La Ley Fundamental copia básicamente el sistema político colonial, que hace que el poder ejecutivo prevalezca sobre el legislativo; su artículo 8 estipula que “las leyes que estaban en vigor en Hong Kong… se mantendrán”, lo que prácticamente conserva intactas la mayor parte de las leyes coloniales represivas, como por ejemplo la Ordenanza de Regulación de Emergencia de 1922, invocada por el gobierno hongkonés el pasado 4 de octubre para prohibir las máscaras faciales.

Irónicamente, dicha ley fue promulgada por el gobierno colonial británico para reprimir, aunque sin éxito, la huelga general impulsada en la época por el sindicato de marinos, entonces dirigido por el Partido Comunista Chino. Esta vez, la ley colonial ha sido invocada de nuevo por un gobierno hongkonés dirigido por China para reprimir a la población de su país hermano. Precisamente por el hecho de que Pekín ha mantenido intacta la mayor parte del legado colonial represivo se puede afirmar que lo que practica es nada menos que una especie de colonización interna contra el pueblo de Hong Kong.

El pueblo olvidado

En la época de Mao, Hong Kong ya era tan importante para Pekín que tuvo que tolerar el gobierno colonial a cambio de poder utilizar su puerto franco a fin de ingresar un tercio de sus divisas extranjeras en plena Guerra Fría. Pekín había apoyado con entusiasmo el movimiento anticolonial mundial, pero su incoherencia en relación con un puerto importante dentro de su territorio fue objeto de burla por parte de Moscú a comienzos de la década de 1960, lo que llevó a China a reclamar que Naciones Unidas tachara a Hong Kong de la lista de Territorios no autónomos en 1972, después de ser admitido su ingreso en la ONU un año antes. Sin embargo, esto no acabó con la dominación colonial británica y nosotros seguimos estando colonizados y sufriendo por ello.

Por entonces, Pekín también comenzó a acomodarse más con el régimen colonial ordenando a sus bases de apoyo en Hong Kong que no lucharan contra los británicos, sino que esperaran pacientemente la liberación que vendría de Pekín en un futuro indeterminado. De ahí que a partir de 1969 hubo una nueva ola de radicalización en una delgada capa de gente joven que quería luchar contra el colonialismo y que, como es natural, se inspiró en corrientes de izquierda al margen de los maoístas: anarquistas, trotskistas, liberales de izquierda y reformadores sociales, etc. Esta generación joven solía autocalificarse de “generación desarraigada”, pues se sentía abandonada frente al feroz gobierno colonial, ya que ni Pekín ni Taipei estaban dispuestas a echarle una mano.

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Sin embargo, esta delgada capa de gente joven de izquierdas no logró hacerse oír seriamente en el seno de una clase trabajadora terriblemente explotada. Esta última estaba formada sobre todo por refugiados de China continental y sus descendientes, que preferían centrarse en su trabajo para llegar a fin de mes a rebelarse contra el orden colonial. Esto explica asimismo por qué la población de Hong Kong ha sido siempre muy moderada. Quienes reclamaban una participación política bajo el régimen colonial eran muy poca gente. En la década de 1980, cuando estaba a la vista un cambio de soberanía, su número aumentó un poco, pero siguió siendo muy moderada: en 1986, los pandemócratas solo se atrevieron a solicitar elecciones directas parciales al órgano legislativo, pero el Reino Unido rechazó incluso esto. Algunos pequeños grupos de izquierdistas reivindicaron la autodeterminación del pueblo de Hong Kong, pero nadie se molestó en escucharles. Entonces trataron de defender públicamente el sufragio universal para la elección del órgano legislativo como punto de partida para el empoderamiento político de la población local. El resultado fue el mismo. El público se contentó con la promesa de Pekín de implementar gradualmente el sufragio universal. “No hay que apresurarse” es el sentimiento más extendido.

Seis años después del traspaso en 1997, Pekín adoptó una medida importante: en vez de otorgar a Hong Kong el sufragio universal prometido, intentó imponer su Ley de seguridad nacional, cosa que indignó a la población, que respondió con una manifestación de 500.000 personas el 1 de julio de 2003. Retrospectivamente, aquello no fue más que el comienzo de una resistencia prolongada frente al intento de Pekín de acabar de una vez por todas con la autonomía hongkonesa. Cuando la población, después de esperar durante cerca de dos decenios, comenzó a organizar una amplia ocupación en 2014 para exigir a Pekín que cumpliera su promesa de sufragio universal en Hong Kong, el gobierno chino decidió hacer todo lo contrario cercenando la autonomía de la antigua colonia.

El pueblo de Hong Kong siempre se ha visto denegar el derecho a administrar sus propios asuntos, tanto bajo el mando británico como bajo el régimen chino. Sin embargo, Pekín le está demostrando que es peor que los británicos. Años antes de presentar la Ley de extradición a China, Pekín ya trató de imponer su versión chovinista de la identidad china, cosa que los británicos no habían hecho: intentó que el gobierno de Hong Kong sustituyera la lengua cantonesa por el chino mandarín como lengua vehicular en la enseñanza. Además, Pekín comenzó a aplicar el programa de educación nacional, seguido de la Ley del himno nacional, que castiga a toda persona que no cante como es debido la versión oficial. Esto enfureció al pueblo hongkonés, que empezó a protestar. Por eso, cuando se presentó la Ley de extradición a China, el pueblo de Hong Kong sabía muy bien que ahora era inevitable una confrontación absoluta con Pekín.

Hong Kong como palanca de Pekín

Durante mucho tiempo, el pueblo de Hong Kong ha luchado solo. Esto no empezó a cambiar hasta queel gobierno chino, bajo el mando de Xi Jinping, se volvió todavía más agresivo en su voluntad de imponer su nuevo plan global y para Hong Kong.

Hace 30 años, cuando Pekín redactó la Ley Fundamental, no había previsto que China adquiriría la condición de segunda economía más grande del mundo en tan poco tiempo. Cuando Xi Jinping accedió al poder en 2012, se convirtió en el dirigente chino más asertivo en el escenario mundial de naciones. Cada vez se siente más tentado no solo de rechazar el cumplimiento de su promesa de sufragio universal en la Ley Fundamental, sino también de utilizar Hong Kong como palanca en su confrontación global con EE UU en general y el caso Huawei en particular. De ahí el intento de imponer la Ley de extradición a China.

Hasta antes de presentar dicha ley, EE UU siguió presentando cada año una apreciación positiva de la autonomía de Hong Kong de acuerdo con la Ley política de 1992, lo cual es determinante para el gobierno de EE UU para seguir reconociendo el territorio como zona aduanera separada. Fue el cambio unilateral de Pekín de su política hacia Hong Kong el que puso en contra a EE UU y a Occidente en general, al igual que lo fuera la presentación de la Ley de extradición.

Hay que tener mucha fantasía para afirmar que la única finalidad de dicha ley consiste en extraditar a los chinos continentales ricos acusados de corrupción a China continental para que sean debidamente juzgados. La palabra utilizada en la ley es “toda persona” en Hong Kong, no solo los continentales ricos corruptos. Además, el incidente de los cinco libreros de Causeway Bay todavía estaba fresco en la memoria de mucha gente. Entre octubre y diciembre de 2015 desaparecieron cinco propietarios y empleados de la librería de Causeway Bay. En febrero de 2016, las autoridades de Cantón confirmaron que los cinco habían sido detenidos por un antiguo accidente de tráfico en que estuvo implicado Gui Minhai, uno de los propietarios. Poca gente, al margen del gobierno chino, se creyó la explicación. Es un secreto a voces que los cinco fueron detenidos por publicar libros sobre la vida privada de Xi. Lo alarmante de todo esto no es tan solo esta violación del principio de un país, dos sistemas, sino también el hecho de que dos de las detenciones fueron a todas luces extrajudiciales. Por eso la gente de toda condición, desde la clase política hasta los ricos, pasando por los europeos y estadounidenses que residen aquí, se sienten amenzados por la ley y no quieren que se promulgue.

Hong Kong tiene tratados de extradición con una veintena de países, incluidos el Reino Unido y EE UU, pero no con China continental. El bando favorable a Pekín, aquí y en el extranjero, alega que puesto que Hong Kong tiene tratados de extradición con Occidente, ¿por qué no puede tenerlo con China continental? El caso es que nadie confía en el sistema judicial chino. China no solo desdeña el principio de juicio justo, sino también la independencia judicial. De hecho, Pekín reconoce esta desconfianza y la codifica en el mencionado artículo 8 de la Ley Fundamental, que estipula que “las leyes que estaban vigentes en Hong Kong… se mantendrán”, lo que significa que Hong Kong está separada del sistema judicial chino. Sin esta separación no hay autonomía ni un país, dos sistemas. Si el sistema judicial chino mejorara significativamente, sería posible discutir sobre un tratado de extradición con China. Pero en realidad, la cosa ha ido de mal en peor.

En última instancia, no tenemos una versión de un país, dos sistemas según la definición de Pekín, a saber, uno que es socialista y el otro, capitalista. La realidad es más bien que tenemos dos sistemas de capitalismo: en el continente, un capitalismo burocrático que combina el poder coercitivo del Estado con el poder del capital, y un capitalismo liberal en Hong Kong. Sin duda, este último es muy problemático para la gente trabajadora de allí, pero este capitalismo, tal como está definido en la Ley Fundamental, también asegura la protección de derechos humanos fundamentales, lo que permite el crecimiento de un movimiento social. De hecho, es esta característica de Hong Kong la que preocupa cada vez más a Pekín.

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Desde el comienzo del nuevo siglo, un número creciente de personas del continente han empezado a imitar el movimiento social hongkonés y a organizarse informalmente o mediante ONG. Este fue el precio que tuvo que pagar Pekín por utilizar a Hong Kong para ayudar a construir el nuevo capitalismo chino. Pekín ha pasado a considerar progresivamente que este precio es excesivo, y desde que Xi Jinping accedió al poder en 2012, el gobierno chino debió de pensar que había reunido fuerza suficiente para acabar de una vez con la autonomía de Hong Kong. De ahí que la vía de progreso de la gente trabajadora de Hong Kong pase, a corto y medio plazo, por defender y ampliar nuestros derechos con el fin de prepararnos para una lucha prolongada por sustituir este capitalismo liberal por una sociedad realmente igualitaria y democrática.

¿Promueve EE UU la democracia de Hong Kong?

No cabe duda de que EE UU también utiliza a Hong Kong para atacar a Pekín. Desde 2012 mantiene una práctica de contención con respecto a China. La Ley de Derechos Humanos y Democracia en Hong Kong que ha promulgado se celebra en Hong Kong como un medio para salvar su libertad, pero en realidad el nombre de esta ley induce a confusión. En primer lugar, en el artículo 3 se deja muy claro el propósito de la ley: lo que importa es el interés nacional de EE UU en Hong Kong. El artículo 5 a) 6 estipula una evaluación de si Hong Kong aplica debidamente las sanciones estadounidenses contra determinados países o individuos. Entre los motivos de tales sanciones se incluye la implicación de países o personas en actos de “terrorismo internacional, narcotráfico internacional o de proliferación de armas de destrucción masiva, o que de otra manera suponen una amenaza para la seguridad nacional, la política exterior o la economía de Estados Unidos”.

La finalidad es proteger los intereses nacionales de EE UU, no defender los derechos humanos y la democracia del pueblo hongkonés. Esta vinculación de los derechos humanos de Hong Kong con la política exterior de EE UU es en sí misma una burla de los derechos humanos. La definición de lo que constituye el interés nacional de EE UU corresponderá siempre al gobierno de ese país. Así, esta ley también incluye el mandato al gobierno de Hong Kong de sancionar a Corea del Norte e Irán. Incluso numerosos países europeos se niegan a secundar la iniciativa de EE UU de retirarse del acuerdo nuclear con Irán, ya que se trata claramente de una provocación por parte de Trump.

Ni la defensa de la política exterior de EE UU ni su guerra comercial contra China, como tampoco su confrontación global, son nuestra batalla. En general, la gran carrera por la dominación mundial entre China y EE UU no es más que una lucha por el reparto del botín. Sin embargo, no podemos negar que desde el punto de vista de la defensa actual de la autonomía de Hong Kong en general, y de la lucha contra la Ley de extradición a China en particular, existe un interés claramente definido y compartido por el pueblo de Hong Kong y los países occidentales, dado que Hong Kong es una ciudad internacionalizada y el interés de Occidente está hasta cierto punto institucionalizado en la Ley Fundamental. No debemos dejar de defender nuestros derechos o de exigir a Pekín que cumpla su promesa de sufragio universal por el hecho de que EE UU y el Reino Unido también reclamen lo mismo.

Por otro lado, hemos de añadir que el movimiento hongkonés debe organizar su lucha independientemente. La izquierda también debería ser consciente de que el interés histórico de la clase trabajadora de Hong Kong no consiste en defender el conjunto del status quo tal como está definido en la Ley Fundamental, sino en ampliar sus derechos e ir más allá de la Ley Fundamental, sin temer la colisión con los intereses empresariales chinos y occidentales una vez hayan construido un movimiento suficientemente fuerte. Pero la ampliación de sus derechos no será posible si la gente trabajadora ni siquiera es capaz de defender los que tiene actualmente.

Desigualdad social e identidad hongkonesa

Los dos millones de participantes en la marcha del 16 de junio pasado demostraron que el movimiento cuenta con un apoyo mayoritario. El movimiento no reclama la independencia, como afirma Pekín. Al igual que todas las antiguas colonias, el pueblo de Hong Kong tiene el derecho de autodeterminación, incluida la opción de la independencia. Sin embargo, el movimiento hongkonés está unido en torno a las cinco reivindicaciones, que son muy moderadas. Existe una pequeña corriente poco organizada que aspira a la independencia, pero no ejerce influencia alguna en el movimiento.

A diferencia de las anteriores generaciones, la juventud aspira a una identidad hongkonesa, pero esto no implica necesariamente que desee la independencia. Se trata, también, de una reacción ante las políticas cada vez más nacionalistas y chovinistas de Pekín. China, bajo la dirección del PCC, se ha convertido hoy en una sociedad represiva con la que poca gente en Hong Kong desea asociarse, de ahí la aspiración a un Hong Kong libre. El aumento de una identidad hongkonesa tampoco es un fenómeno aislado.

Nativistas

Un sondeo reciente revela que cerca del 40 % de los y las estudiantes afirman ser localistas, pero la interpretación que hace la juventud radical de este término es muy variable. Mucho antes del surgimiento del movimiento actual, la interpretación nativista era la más influyente entre quienes afirmaban ser localistas. Sin embargo, cuando el movimiento se convirtió en una movilización masiva, en su seno se manifestaron, como es lógico, tendencias múltiples e incluso contrapuestas. Si por un lado existe una corriente nativista que muestra aversión a los inmigrantes del continente, por otro también hubo una manifestación mucho más numerosa, encaminada a ganarse las simpatías de los visitantes de China continental. Es responsabilidad de la izquierda unirse a la lucha y convencer a la juventud de su posición democrática e inclusiva, en vez de mantenerse al margen.

El tercer componente es el de los localistas xenófobos, que ya existían antes de la Revolución de los paraguas de 2014. Esta corriente se ha debilitado desde 2016. Los medios occidentales aman a esta gente, pero sus organizaciones son pequeñas, con no más de dos o tres docenas de miembros, a lo sumo algo menos de un centenar. Pero sus posiciones políticas siguen siendo peligrosas, dado que la sociedad hongkonesa siempre ha sido de derechas y la gente puede hacer suya la idea de que los continentales son el problema y de que hay que expulsarlos.

Es interesante señalar que quedaron tan desacreditados que perdieron las elecciones de 2016 y desde entonces han estado marginados. Existen unas pocas organizaciones nativistas muy pequeñas, creadas por gente joven, pero son tan pequeñas que carecen de músculo institucional para imponer su programa en el movimiento. Si ejercen alguna influencia ideológica es, en primer lugar, porque Hong Kong siempre ha sido conservadora en el contexto de una llamada sociedad liberal; en segundo lugar, ya existe una multitud que, enloquecida por la represión de Pekín, considera erróneamente que toda la población china es responsable y así adoptan una postura hostil indiscriminada hacia el pueblo chino en general. Pero esta corriente nativista es muy pequeña. En general, los autoproclamados localistas pueden acaparar un poco más del 10 % de los votos, pero hemos de tener en cuenta que no todos los localistas son nativistas.

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