El morenismo tuvo una particularidad respecto de las corrientes anteriores: partiendo del carácter revolucionario de los procesos de la posguerra, tuvo en general una política independiente respecto de las direcciones que estuvieron al frente de ellos. En este sentido, encarnó una tradición de no capitulación o adaptación a los aparatos y direcciones pequeño burguesas y burocráticas.

Esto hizo, por ejemplo, a una ubicación política práctica sumamente correcta y principista respecto de uno de los fenómenos más importantes en las décadas del 60 y 70 en América Latina, los movimientos guerrilleros, frente a los cuales, a pesar de las inmensas presiones y concesiones parciales, no capituló.

Junto con esto, la corriente morenista tuvo otros rasgos progresivos: la búsqueda permanente de abrirse paso hacia los procesos reales de la clase trabajadora y de salir de la marginalidad política; el haber sostenido prácticamente a lo largo de toda su trayectoria el esfuerzo por ser parte de un marco internacional de relaciones con las corrientes del trotskismo europeo, etc.

Sin embargo, el estallido del morenismo requiere una explicación. Y parte fundamental de ésta es que en el momento de su apogeo (década del 80) sintetizó una elaboración y teorización que, partiendo de un presupuesto metodológico correcto, la necesidad de analizar y dar cuenta de los nuevos fenómenos, dio lugar a una reelaboración globalmente incorrecta de la teoría de la revolución en clave “objetivista”.

Esta reelaboración objetivista [00] se fue constituyendo a lo largo de años en los que, de manera abusiva, se le reconoció a las revoluciones de la posguerra (caracterizadas como de “febrero”, por analogía con el febrero ruso de 1917) un carácter “obrero y socialista objetivo” que no tuvieron. Lo que, además, estaba emparentado con una determinada valoración del carácter de la URSS (“Estado obrero degenerado”) y una concepción también errónea acerca del carácter de la revolución y la transición socialista.

Estos dos elementos, una reelaboración objetivista de la teoría de la revolución y una concepción con rasgos burocráticos y sustituistas de la revolución y la transición, sumados a las presiones y gravísimos errores oportunistas que se fueron acumulando durante la construcción del viejo MAS, dieron lugar al estallido definitivo de la corriente morenista hacia finales de los 80 y principios de los 90. [01]

Sujetos, tareas y carácter de la revolución

Partamos de insistir que, metodológicamente, Moreno tenía una ubicación correcta y no dogmática, en el sentido de señalar que “siempre hemos intentando teorizar sin ignorar los problemas reales”. Pero Moreno, de manera totalmente equivocada, explicitó que entendía que el “error” de la teoría de la revolución permanente era que estaba parada sobre los sujetos y no sobre el proceso objetivo: “Me voy a adelantar a decir cuál es la mecánica de la teoría de Trotsky, una mecánica que (…) tiene algunas fallas. ¿Por qué opina Trotsky que se pasa de la revolución democrática burguesa a la revolución socialista? ¿Por una combinación objetiva de tareas o por lo que en el marxismo y en sociología se llama el sujeto histórico? (…) Según Trotsky, ¿cómo se pasa de la revolución democrática a la socialista? ¿Por el sujeto o por un proceso inevitable en el que la revolución democrático burguesa, al ir contra sectores de la burguesía, va a hacerse socialista inevitablemente? Puede ser que el coche esté en una pendiente, y avanza solo. Esto quiere decir que solucionar las tareas democrático- burguesas significa empezar a atacar el capitalismo: si se pone en la pendiente, el coche anda solo (…) Nosotros creemos que los hechos demostraron que hay un gran error en el texto escrito de la teoría de la revolución permanente (…) Hubo procesos de revolución permanente que expropiaron a la burguesía e hicieron la revolución obrera y socialista sin ser acaudillados por la clase obrera y sin ser acaudillados por el partido comunista revolucionario. Es decir, los dos sujetos de Trotsky, el social y el político, fallaron a la cita histórica, no llegaron a la hora (…) Esta segunda formulación de Trotsky de la teoría de la revolución permanente (…) tiene el grave defecto de que (…) gira alrededor de los sujetos”. [1]

Efectivamente, las revoluciones de posguerra configuraron un enorme desafío teórico y político. Es un hecho que fueron casi completamente originales en lo que hace al cuerpo central de la teoría de la revolución permanente, porque la experiencia histórica anterior había sugerido que no había ninguna posibilidad de que se tomaran medidas anticapitalistas sin la clase obrera y la organización revolucionaria socialista en el centro del proceso. Pero no fue esto lo que ocurrió en la posguerra, sino que, por el contrario, lo que se dio, en cierto sentido, es la hipótesis que Trotsky, reiteradamente –justificado por la polémica contra la concepción estalinista de la “revolución por etapas”– se negaba a considerar: que direcciones burocráticas y pequeño burguesas fueran más allá en el camino del enfrentamiento con la burguesía y el imperialismo y llegaran incluso hasta la expropiación de la clase capitalista.

La novedad estuvo en que la norma en la posguerra fue que estas direcciones pequeño burguesas y burocráticas “fueron más lejos” y expropiaron a la burguesía: en China, Yugoslavia, Corea, Cuba y Vietnam, por intermedio de revoluciones, y en el Glacis, completamente desde arriba. Claro que con una diferencia fundamental: que estos procesos no fueron un “corto episodio hacia la dictadura del proletariado”, sino que el congelamiento de la revolución en ese estadio se hizo permanente.

El enigma teórico a explicar era, entonces, cómo había sido posible que estas direcciones y sectores sociales aparentemente hubieran reemplazado a la clase trabajadora en la tarea de “realizar la revolución socialista”. Moreno intenta explicar esto basado en que la “solución de las tareas democrático-burguesas” (combinación objetiva de las tareas) significaba empezar a atacar al capitalismo. Y, entonces, en la medida que esto ocurre como hecho objetivo (“se pone el coche en la pendiente”) el sujeto que realiza esto no tiene la menor importancia. Como el proceso se desarrolla “solo”, la revolución se hace “objetivamente socialista”, “inevitablemente” socialista. Por lo tanto, había que “dar vuelta” la teoría de la revolución permanente, “ponerla sobre sus pies”. En vez de girar en torno a los sujetos, debía girar en torno al proceso “objetivo”.

Para justificar este análisis, Moreno se apoyó en su particular interpretación del debate de Trostsky con Preobrajensky respecto a cómo había que caracterizar una revolución. Dice Moreno, como parafraseando a E. Preobrajensky (en su debate con Trotsky alrededor del carácter de la revolución china a fines de la década del ‘20): “‘Usted arranca de los sujetos, del sujeto histórico, de la clase obrera, y ése es un mal razonamiento, porque hay que arrancar de la realidad, y ver qué da la realidad. No todas las realidades van a ser como la rusa. Entonces, si en China la revolución es democrático-burguesa, no está descartado que surja un partido pequeño burgués que haga la revolución. En el campesinado de Rusia no se dio, pero no esta descartado que se dé en China. La realidad cambia. ¿Por qué está tan seguro usted de que ése es el sujeto? Puede ser que sí, puede ser que no. No cierre la posibilidad de otros sujetos. Es un razonamiento muy subjetivo, en vez de objetivo. Si hay que hacer una revolución democrático-burguesa, no está descartado que aparezca una corriente pequeño burguesa que la haga, que saque de allí a los imperialistas. Si eso ocurre, con su teoría nos quedamos sin línea. Es una teoría extremista: generaliza la revolución de Octubre, y nosotros recién estamos entrando en Oriente, y no sabemos bien cómo es la cosa. No nos apresuremos‘. Esa es la crítica [de Preobrajensky a Trotsky]”. [2]

En realidad, a nuestro entender, lo que Preobajensky estaba buscando fundamentar era que, a diferencia de la correcta posición de Trotsky, él opinaba que la revolución china no podía superar el estadio democrático burgués producto de las circunstancias “objetivas” (las tareas), comprendidas de manera mecánica y nacionalista: para Preobajensky, la revolución china sólo podía ser burguesa.

Pero Moreno, sin embargo, utiliza las circunstancias objetivas al revés que Preobajensky, argumentando que esa era la respuesta que le dio Trotsky en su última carta, para justificar que aun en ausencia de la clase trabajadora y el partido en el centro del proceso, por las “circunstancias objetivas” y el carácter de las tareas, las direcciones burocráticas se vieron obligadas a ir más lejos hasta llegar a la expropiación de la burguesía (cosa que ocurrió) y, por lo tanto, consumar la transformación de la revolución democrática en obrera y socialista (lo que opinamos que no ocurrió).

Por esto dice: “(…) había habido una gran revolución. Fidel Castro tenía armadas a las masas y resolvió darles las tierras, sin expropiar al imperialismo. El imperialismo lo bloqueó; entonces, se vio obligado a defenderse cada vez más y a adoptar más y más medidas. Es decir que, obligados por las circunstancias, avanzaron muchos más kilómetros de los que ellos planificaban, muchos más kilómetros de los que nosotros creíamos que iban a llegar. Una estación que se llama ‘expropiación de toda la burguesía‘”. [3]

Y agrega: “Trotsky acertó en cómo marchaba el tren, pero no acertó en la estación en la que se detenía. Trotsky dijo: ‘El tren tiene que marchar y marchar (…) y no pararse (…) Y si quien dirige el tren no es la clase obrera y el partido marxista revolucionario, el tren no avanza, o avanza muy poco‘. Y nosotros decimos: ‘La revolución es tan fuerte, empuja tanto, que a pesar de que la dirección oportunista y la pequeño burguesía no hayan sido socialistas ahora se ven obligados muchas veces a hacer la revolución socialista, por la presión‘. Se puede comparar con un tren en marcha: si no está dirigido por el partido bolchevique, el tren se para. Eso se cumplió. ¿Qué decía Trotsky? : ‘se para a los cincuenta kilómetros‘ (…) Hay una estación que se llama ‘expropiación de la burguesía‘. Dirigido por direcciones pequeño burguesas –decía Trotsky– el tren no llega nunca a la estación expropiación de la burguesía. Y los hechos han demostrado que el tren sí llega, presionado por las masas, presionada por el imperialismo”. [4]

El problema aparece, justamente, a la hora de precisar cuánto más lejos había ido el tren de la revolución. A nuestro entender, mucho menos de lo que consideró la inmensa mayoría del trotskismo en la posguerra, e incluso de lo que consideró Moreno: no dieron lugar a revoluciones genuinamente obreras y socialistas, ni abrieron la transición.

Pero Moreno terminaba cayendo en el gravísimo error –y callejón sin salida– de reconocer que las direcciones burocráticas y/o pequeñoburguesas habían encabezado revoluciones lisa y llanamente “obreras y socialistas objetivas o inconscientes” (de “Febrero”), que habían dado lugar a nuevos Estados obreros.

“La revolución de febrero es distinta a la de octubre, pero está íntimamente ligada a ella; debe ser el prólogo obligado a la de octubre para que la revolución siga avanzando. Febrero es una revolución obrera y popular que enfrenta a los explotadores imperialistas, burgueses y terratenientes ligados a la burguesía y destruye el aparato estatal burgués (…). Por la dinámica de clase y por el enemigo que enfrentan, ambas son revoluciones socialistas. La diferencia entre ambas radica en el distinto nivel de conciencia del movimiento de masas y, principalmente, en la relación del partido marxista revolucionario con el movimiento de masas y el proceso revolucionario en curso. Dicho sucintamente, la revolución de febrero es inconscientemente socialista, mientras que la de octubre lo es en forma consciente. Podríamos decir –coqueteando con Hegel y Marx– que la primera es una revolución socialista en sí, mientras que la segunda lo es para sí”. [5]

Porque, según Moreno, “febrero es una revolución socialista, categóricamente socialista, que destruye el aparato estatal capitalista mediante la lucha armada revolucionaria de los trabajadores (…) En este siglo (…) no hay más revoluciones democrático-burguesas; sólo hay revoluciones socialistas, aunque con o sin maduración del factor subjetivo (…). Todas las revoluciones actuales son socialistas por el enemigo que enfrentan –la burguesía y su aparato estatal–, y por el carácter de clase de quienes las hacen, los trabajadores”. [6]

A nuestro entender, todas estas definiciones están mal. La revolución de febrero de 1917 había sido democrático-burguesa, con la particularidad de abrir el proceso de la revolución socialista, consumada en octubre de 1917. Pero, a diferencia de la revolución de febrero rusa, las revoluciones de posguerra no tuvieron esa particularidad de abrir el proceso de la revolución socialista, sino, precisamente, la de impedir esta posible dinámica. Este es un hecho histórico hoy incontestable ante el ignominioso derrumbe de estos Estados.

A la vez, había otro enorme problema en esta tipificación: como estamos intentando demostrar, consideramos un grave error hablar de revoluciones socialistas “inconscientes”. Porque, a nuestro modo de ver, la experiencia histórica ha demostrado que, en este tipo histórico de revolución, la revolución socialista, no hay sustituismo que valga: o la encarna la propia clase trabajadora, o es otro sector o fracción de clase el que ocupa su lugar, en función no de los intereses obreros, sino de sus propios intereses. Lo más que dio el proceso “objetivo” es la dinámica anticapitalista de las revoluciones de posguerra. Pero la igualación de las connotaciones anticapitalistas y socialistas es un paso que la experiencia histórica de la posguerra no autoriza a dar.

Por lo tanto, lo que tenemos son distintos tipos de revoluciones, no sólo la revolución “obrera y socialista”. Porque en la posguerra se desarrollaron revoluciones democrático-nacionales, antiimperialistas y anticapitalistas, pero ninguna propiamente socialista, como sí había ocurrido luego de la Primera Guerra Mundial. Porque los hechos han demostrado que la revolución socialista no puede ser “inconscientemente” socialista. Esto es un tremendo error, porque, una vez más, reiteramos que sin la clase obrera al frente del proceso con sus propios métodos de lucha, conciencia y organización, no hay revolución socialista.

La revolución socialista no puede consumarse como producto de las “circunstancias objetivas”, de las “tareas” que supuestamente cumplen, sin importar que la clase trabajadora como tal no tenga arte ni parte en ella ni la manera en que se cumplen esas tareas. En el caso de la revolución propiamente socialista, existe necesariamente una relación dialéctica entre las tareas, el sujeto y los métodos mediante los cuales aquéllas se llevan adelante. Esta dialéctica de la revolución socialista excluye toda posibilidad de una revolución de naturaleza supuestamente “inconsciente” u “objetivamente” socialista, determinada “objetivamente” por el solo carácter de las tareas. Porque si estas tareas son llevadas adelante por sectores de clase distintos a la clase trabajadora –y, por tanto, con otros métodos– terminan sirviendo a la postre a estos sectores y no a la clase obrera.

En suma, estamos en presencia de una completa revisión objetivista de la teoría de la revolución [7] , tributaria a su vez de la posición teórica mayoritaria de la IV Internacional. Como ha demostrado la experiencia histórica en la posguerra, no son sólo las tareas las que determinan el carácter de la revolución: es decisivo, también, el sujeto y la manera (métodos) en que estas tareas son impulsadas. [8]

Anticapitalistas, pero no socialistas

Moreno luego señala cómo se explicaría que “objetivamente” sectores pequeño burgueses hayan realizado las tareas de la clase obrera: “[las] leyes del desarrollo desigual y combinado (…) dicen que sectores de una clase pueden hacer revoluciones de otra clase (…) para nosotros, en esta posguerra esta ley se dio, pero invertida: sectores de la pequeño burguesía han hecho tareas obreras. Esto demuestra el rol de la clase media. La clase media está condenada, pobrecita, a no tener política propia, porque está en el medio: o está con la burguesía o está con la clase obrera. Inclusive cuando actúa independientemente no puede tener política propia, porque no hay economía pequeño burguesa dominante: o las grandes fábricas (…) pertenecen al pueblo y al Estado, o pertenece a los grandes monopolios (…)

“(…) en China, sacar al imperialismo y darles la tierra a los campesinos ya es socialismo, ya es la revolución socialista. En China no hay señores feudales: los campesinos están explotados por los comerciantes usureros de los pueblos. Entonces, si nosotros les damos las tierras, expropiamos a la clase burguesa china. Si no, no hay salida. Es decir que se trata del propio proceso objetivo. Si hay un proceso de revolución democrática, esa revolución va a ser socialista por su propio contenido. Y lo mismo si se echa al imperialismo, si se expropian las fábricas; eso es expropiar las fábricas más grandes, los puertos, todo lo que tiene que ver con la esencia de la estructura económico-social china. Entonces, no me interesa el sujeto. Sea cual fuere el sujeto, tiene que hacer la revolución socialista”. [9]

Según Moreno, entonces, la revolución es necesariamente obrera y socialista, producto de la aplicación de la teoría del desarrollo desigual y combinado (en el contexto de la economía mundial dominada por el imperialismo). Así como la pequeño burguesía jacobina había tenido a su cargo la fase más radical de la revolución burguesa en la gran revolución francesa; así como el proletariado había tomado a su cargo en la revolución rusa la realización de las tareas de la revolución burguesa que la propia burguesía no había podido llevar adelante, siguiendo este esquema, en el caso de China y las revoluciones de posguerra, la pequeño burguesía habría sido la que encarnó y llevó a cabo las tareas de la revolución proletaria, aun en completa ausencia del propio proletariado.

Esto se apoyaba en otro fundamento teórico: del análisis del propio Trotsky del carácter anticapitalista de las tareas en el siglo XX se desprendía que la revolución devendría en socialista por las determinaciones y circunstancias “objetivas”. Veamos esto más de cerca:

“Esto, en definitiva, tiene que ver con el carácter de la revolución en nuestra época. Sólo hay dos polos: revolución obrera y contrarrevolución burguesa, imperialista. Todos los fenómenos contemporáneos están atravesados por esta realidad. No hay terceras variantes: en todos los países del mundo hay dictaduras burguesas (de las mas variadas formas) o dictaduras obreras, aunque sean burocráticas. No hay posibilidad de una dictadura pequeño burguesa porque no puede haber una economía dominante de relaciones de producción pequeño burguesas. Es por eso que a la dictadura hay que definirla por la clase dominante”. [10]

Pero esto se basaba en un grave error de apreciación: la asimilación de las tareas anticapitalistas como obreras y socialistas. Porque, efectivamente, la reforma agraria, la independencia del país del imperialismo y la expropiación fueron tareas que en las revoluciones de posguerra asumieron un carácter anticapitalista. Pero el error estuvo que en se las asimiló, mediante un esquema mecánico y economicista, a revoluciones obreras y socialistas. Porque en sentido histórico los dos polos son y no pueden dejar de ser los de las clases fundamentales: la clase capitalista y la clase obrera. Pero en tiempo real –incluso destacado por Moreno– se estaba viviendo el fenómeno del fortalecimiento colosal del aparato estalinista, que, por una circunstancia histórica completamente imprevista, original y específica, se había encaramado en un Estado (y estados) como producto de la degeneración de una revolución socialista y de un Estado obrero real. Por lo tanto, en términos circunstanciados, había aparecido en la escena histórica un “tercer actor” condenado a perecer, no orgánico, pero que nosotros no consideramos en modo alguno parte de la clase trabajadora ni sujeto de realización de tareas de la clase obrera (sustituyéndola), que requería una compresión particular: la burocracia estalinista. [11]

En sus manos, reiteramos, la expropiación y la planificación estatal constituyeron medidas anticapitalistas, pero de ninguna manera obreras y socialistas, de modo que no dieron lugar a nuevas dictaduras proletarias ni mucho menos a la apertura de la transición.

Con la caída final de la burocracia a fines de los 80 se volvió nuevamente a la “normalidad”, lo que demuestra que el análisis de las clases fundamentales, en el sentido histórico del término, conservaba plena validez. Pero las lecciones a desprender del fenómeno de la burocratización total de la revolución no pueden ser subsumidas bajo un seudoesquema clasista que desarme a los genuinos socialistas revolucionarios del futuro frente a los peligros de degeneración burocrática.

Volviendo a Moreno, su esquema economicista termina aportando el fundamento “material” del objetivismo: “Lo otro que hay que agregarle a la teoría de la revolución permanente es, primero, que las revoluciones democráticas hoy en día son anticapitalistas y antiimperialistas, y el imperialismo es la máxima expresión del capitalismo. Y, por esa vía, inevitablemente se avanza, se tiene que transformar en revolución socialista”. [12]

Y más adelante: “Es dictadura burocrática del proletariado. [13] ¿Por qué? ¿En que institución se apoya? Este fue el gran problema teórico (…) Se apoya, entonces, en una institución que se llama país o Estado (…) Si la economía cambia de burguesa a proletaria, entonces se está apoyando en una nueva institución, que es el Estado proletario (…) Es un Estado, es decir: indica la clase que se posesiona. [14] Es una dictadura del proletariado porque se apoya en una clase. Más que en una clase, se apoya en la liquidación de una clase (…) Se liquida a la burguesía y, como no puede haber otra economía que no sea obrera, entonces surge un nuevo tipo de país, que origina un nuevo tipo de Estado. A ese Estado podemos llamarlo proletario o transicional. Quizás es mejor llamarlo transicional”. [15]

Aquí son interesantes ciertas sutilezas de Moreno –también visibles en Actualización...–, en el sentido de que, más que apoyarse en la clase trabajadora, el nuevo Estado se apoya en la “destrucción de la burguesía”, así como el planteamiento o la duda acerca de si denominar al nuevo Estado como “obrero” o más bien como “transicional”… Estas sutilezas o vacilaciones remiten a la enorme dificultad de asimilar la connotación anticapitalista a la de obrera y socialista. [16]

Porque en definitiva, a nuestro entender, en circunstancias muy determinadas y específicas, bajo el imperio mundial de los aparatos a lo largo de casi toda la posguerra y de cómo había salido fortalecido el estalinismo luego de la guerra y al frente de territorios inmensos, de manera no orgánica y congelando un posible proceso transicional al socialismo, se alzó de hecho la dominación de la burocracia, usufructuando la expropiación de la burguesía como “más que una mera burocracia, pero menos que una clase orgánica”.

Esto es, las circunstancias “objetivas” alcanzaron a determinar una dinámica democrática, antiimperialista y anticapitalista popular de la revolución, pero, en ausencia de la clase trabajadora en el centro del proceso, no llegaron a configurar una revolución obrera y socialista ni dieron lugar verdaderamente a nuevos Estados obreros. Porque, insistimos, la experiencia histórica ha demostrado que las connotaciones anticapitalistas y socialistas no son sinónimas [17] , como opinó la mayoría del trotskismo de posguerra. Y creemos que esto es lo que explica la paradoja de las supuestas revoluciones “obreras y socialistas” en completa ausencia de la clase y de genuinos partidos socialistas al frente del proceso.

Esta paradoja llevó a Nahuel Moreno a un verdadero callejón sin salida teórico-programático en el que quedó comprometida la entera perspectiva auténtica del socialismo, como producto de una comprensión que, en el plano teórico, lo terminaba aproximando al revisionismo pablista. Porque al verse obligado, por el marco teórico en el que trabajaba, a reconocer que las direcciones traidoras habían llegado tan lejos en el establecimiento y usufructo de auténticos Estados obreros (aun degenerados o deformados), ¿qué lugar podía quedar así para el socialismo revolucionario? [18]

Una concepción sustituista y burocrática de la transición

Sobre la incorrecta base anterior, Moreno terminó desarrollando un corpus de posiciones respecto de la revolución y la transición al socialismo profundamente equivocada, que estaba emparentada con las concepciones objetivistas de la revolución socialista que venimos criticando. [19]

El texto más global de Moreno respecto de estos temas es La dictadura revolucionaria del proletariado. Básicamente, allí se postula que existirían dos dictaduras del proletariado posibles: la dictadura revolucionaria del proletariado y la dictadura burocrática del proletariado, lo que a nuestro entender era completamente equivocado. Porque, como venimos desarrollando en este trabajo, sin la clase trabajadora al frente del proceso de la transición socialista, sencillamente, no hay dictadura del proletariado. Tal es lo que indica la experiencia histórica. Y por tanto, hablar de dictadura “burocrática” del proletariado remite ciertamente a una dictadura, pero de otro sector social que no es el proletariado, lo cual Moreno pasa por alto.

En estas condiciones, el texto hace las veces de una total justificación de la llamada dictadura “burocrática” del proletariado, confundiendo el período “dictatorial” de los bolcheviques con un fenómeno cualitativamente distinto, como lo fue la burocratización de la URSS. Porque, a nuestro entender, los bolcheviques en el poder, en las condiciones impuestas por la guerra civil, cometieron diversos errores que, para agravar las cosas, fueron equivocadamente teorizados especialmente por el propio Trotsky en textos como Terrorismo y comunismo, donde se hacía virtud de esas necesidades perentorias impuestas por la guerra civil.

Pero el Termidor soviético fue algo muy diferente: no se trató de errores de los revolucionarios, sino de una contrarrevolución política y social llevada adelante por una burocracia que, lejos de ser “obrera”, ya había dejado de pertenecer a la propia clase trabajadora y configuraba una nueva categoría social.

El trabajo de Moreno confunde totalmente estos dos procesos, a la vez que carece de todo balance crítico de lo actuado por los bolcheviques en el poder. [20] De este modo, desarma completamente para la lucha contra un fenómeno tremendo de las revoluciones anticapitalistas del siglo XX: el hecho de su burocratización, un proceso específico y no previsto en esta escala por el marxismo clásico, y hoy un elemento fundamental del aprendizaje revolucionario de la clase obrera hacia el siglo XXI.

La elaboración de Moreno parte de un criterio opuesto al del propio Trotsky, que subordinaba la pelea por la “defensa” de la URSS a la estrategia de la revolución contra la burocracia. En Moreno, este criterio aparece totalmente invertido: todo se justifica en virtud del dominio del imperialismo a escala mundial. [21] Dominio que evidentemente existe, pero que no puede servir para justificar las imposiciones de la explotación y opresión burocrática sobre la clase obrera de esos países.

Dice en su texto: “A partir del año 1949, Pablo, Hansen y Moreno profundizaron y ampliaron esa hipótesis ‘altamente improbable‘ de Trotsky del gobierno obrero y campesino que se transforma en dictadura del proletariado, y se la combinó con la muy elaborada para la URSS estalinista de ‘estado obrero degenerado‘, para comenzar a dar la nueva categoría de ‘estado obrero deformado‘. Es un mérito imperecedero de nuestra Internacional, el que haya aceptado sin mayores sobresaltos esta nueva categoría. Ocurrido esto, el país o estado se volvió obrero y su superestructura estatal, dictadura del proletariado”. [22]

Pero este “mérito imperecedero” [23]pereció rápidamente. Porque a la luz del balance de las revoluciones de posguerra, ni el Estado “se volvió” obrero, ni sus “superestructuras” conformaron “dictaduras del proletariado” en total y completa ausencia de toda dominación económica y política del proletariado en esas sociedades. En todo caso, el mérito estaba en mantenerse independiente de esas direcciones burocráticas. Claro que en este texto, Moreno quedaba en la muy mala compañía de Pablo, el mayor capitulador a la burocracia estalinista.

A partir de este error de apreciación acerca del verdadero carácter de las revoluciones de posguerra se encadenan toda una serie de argumentos insostenibles: a) la revolución socialista es necesariamente una revolución minoritaria; b) en la revolución socialista hay dos y sólo dos elementos imprescindibles: la movilización de las masas y el partido. Los organismos de poder y autodeterminación de los trabajadores –sean soviets u otros– resultan totalmente tácticos; c) entre la sociedad actual y el futuro comunismo existirían tres y no sólo dos estadios como señalaba el marxismo clásico; d) El Estado y la Revolución, texto clásico de Lenin, sería “antediluviano”, es decir, anterior a la experiencia de Octubre y por tanto “superado” por los acontecimientos históricos; e) los derechos individuales y colectivos de los trabajadores necesariamente se oponen en la lucha por la revolución socialista y la transición; f) también se oponen necesariamente los derechos sociales (o de clase) y los derechos democráticos considerados “individuales”, por lo cual, fundamentalmente, se trataría de luchar y defender una supuesta “democracia de los nervios y los músculos” en esos Estados; g) la burocracia es considerada parte de la clase trabajadora. La revolución antiburocrática es analizada como un proceso “al interior de la propia clase trabajadora”, esto es, la revolución de un sector de la clase trabajadora contra otro, la “burocracia obrera”. Pablo podría haber firmado esto sin inconvenientes.

El texto, como hemos dicho, termina siendo una desastrosa apología y justificación del rol de la burocracia en los países no capitalistas y desarma completamente frente al fenómeno específico de la burocratización de la revolución proletaria, a la vez que embellece los estados donde se impuso la dominación política y económica de la burocracia estalinista.

La crítica sistemática de este texto de Moreno llevaría mucho más espacio del que disponemos aquí, por lo que sólo nos referiremos a algunos de los problemas que creemos más gruesos.

Uno de los principales núcleos teóricos es la contraposición mecánica entre libertades “formales” (o políticas) y las llamadas “libertades económico-sociales” en los Estados obreros. Contraposición que, en esos términos, es completamente equivocada, porque no discrimina entre coartar esos derechos a la burguesía (como producto necesario de la dictadura sobre esa clase ejercida por los trabajadores) [24] ; o a los propios trabajadores, que, como regla general y salvo circunstancias excepcionales, deberían tender a gozar de la más amplia democracia. [25]

Nunca se debería perder de vista que, bajo el capitalismo, las libertades llamadas “formales” –derecho de reunión, libertad de prensa, derecho de elegir a las autoridades políticas, etc.– no se cumplen (ni se podrían cumplir) de manera consecuente, porque los trabajadores no tienen acceso igualitario a los medios de comunicación ni pueden tenerlo; porque bajo el capitalismo el sufragio universal es un engaño; porque trabajando 12 ó 14 horas es imposible tener el tiempo y el interés de asumir el manejo de la “cosa pública”, etc.

Aquí, entonces, lo que hace Moreno no es más que una cruda justificación del dominio de la burocracia sobre los trabajadores. La posición de Marx y Lenin era la opuesta: hacía falta acabar con la explotación del hombre por el hombre, reducir la jornada laboral, llevar a cabo la revolución socialista, dar paso a la “emancipación humana en general” justamente para crear las condiciones materiales para que el ejercicio de los derechos políticos (“el autogobierno de los trabajadores”) fuera algo real y no meramente formal, como lo es para las amplias masas luego de las revoluciones burguesas.

Dice Lenin: “En la sociedad capitalista, siempre que se desarrolle en las condiciones más favorables, tenemos una democracia más o menos completa en la república democrática. Pero esta democracia se halla siempre encerrada dentro de los estrechos límites de la explotación capitalista y por consiguiente es siempre, en realidad, una democracia para la minoría, sólo para las clases poseedoras, sólo para los ricos. La libertad de la sociedad capitalista es siempre, poco más o menos, lo que era en las antiguas repúblicas griegas: libertad para los propietarios de esclavos. En virtud de las condiciones de explotación capitalista, los esclavos asalariados modernos están tan agobiados por las necesidades y la miseria que ‘no puede preocuparles la democracia‘, ‘no puede preocuparles la política‘. En el curso corriente y pacífico de los acontecimientos, a la mayoría de la población se la excluye de la participación en la vida política y social”. [26]

Moreno no parece comprender esto. No se trata de establecer una contraposición mecánica entre una supuesta “democracia de los nervios y los músculos” –que, por otra parte, no existía– [27] y las llamadas libertades “formales”, sino de cómo realizar la una y las otras de manera consecuente. Porque tal como Moreno presenta la cuestión, a lo único que puede servir es a la justificación del arrebato del dominio político de la clase obrera por parte de la burocracia. Moreno parece no entender que sin democracia de los trabajadores no hay, no puede existir, ni Estado obrero ni sociedad de transición. Y que la burocracia, precisamente para poder quedarse con la parte del león del sobreproducto social en la URSS y demás Estados no capitalistas, se cuidaba como de la peste de todo atisbo de reivindicación de las libertades “formales”. [28]

Dice Moreno: “De entre las libertades, los verdaderos marxistas siempre han reivindicado, en primer lugar, las que tienen que ver con las relaciones económicas y el trabajo; es decir, con los nervios y los músculos de los trabajadores (…). Lo mismo tenemos que hacer con las libertades democráticas: considerar fundamentalmente lasa que tiene que ver con las horas de trabajo y el nivel de vida del trabajador”. [29] Pero estas últimas libertades no son “democráticas”, sino económicas mínimas. Aquí Moreno confunde dos tipos de reivindicaciones de naturaleza distinta y disuelve las reivindicaciones democráticas justamente en un texto que intenta teorizar acerca de la dictadura del proletariado. Las reivindicaciones económicas anticapitalistas son fundamentales, porque hacen a acabar con la explotación del hombre por el hombre y también porque son la base material para otra condición fundamental: que los trabajadores dispongan de tiempo libre y puedan ejercer realmente de manera consciente       su dictadura, su dirección y dominio sobre la sociedad.

De hecho, en las sociedades no capitalistas hubo pleno empleo durante un largo período, pero este pleno empleo coincidió con la represión sistemática de toda manifestación de libre iniciativa de los trabajadores. Porque incluso en una verdadera sociedad de transición, las conquistas de la clase obrera no podrán ser evaluadas sólo desde el punto de vista económico, sino que otro ángulo fundamental será el que hace al desarrollo de la conciencia y organización independiente de los trabajadores. Moreno deja totalmente de lado este criterio al contraponer de manera mecánica y formal las libertades económicas y las libertades políticas.

En consecuencia, el embellecimiento al estalinismo no tiene límites: “En China, el proletariado está organizado en sindicatos y los campesinos en comunas que son legales y abarcan a decenas de millones de trabajadores. Este solo hecho marca una diferencia abismal con respecto al régimen de Chiang-Kai-Shek (…). Lo mismo ocurre con respecto al papel, las rotativas, las radios, las salas de reunión. Antes estaban en manos de la burguesía y el imperialismo; ahora están en manos de la clase obrera y el campesinado, aunque controlados por la burocracia. Por lo tanto, la revolución obrera china, aunque dirigida por la burocracia, significó una colosal expansión de la ‘democracia proletaria‘ (…)”. [30]

Este es un verdadero ”cuento chino”, porque al ignorar que no se trataba de la organización independiente del proletariado y el campesinado se recae en el error común al conjunto del trotskismo “tradicional”: todo estaba “en manos de la clase obrera”, sólo que “controlado” por la burocracia… En realidad, en la transición auténticamente socialista, “en las manos de” y “controlados por” solamente pueden ser sinónimos, si no, no es transición al socialismo. No puede haber sustituismo de clase que valga: si estos medios no están realmente en las manos de la clase obrera, otra capa social, la burocracia, ocupa su lugar; también la política le tiene horror al vacío. Es otro sector de clase el que ocupó el lugar de la clase trabajadora y se aprovechó de la expropiación de los medios económicos y políticos de producción y dominación de la sociedad a su propio servicio, no para “servir indirectamente” a la clase obrera.

Como todo       este problema se pasa por alto, la elaboración termina cayendo en la más burda justificación de la burocracia y, paradójicamente, conduce directamente hacia posiciones muy similares a las del pablismo, lo que demuestra hasta qué punto este erróneo marco teórico era compartido por todo el trotskismo tradicional en la posguerra. Esto es lo que explica las permanentes recaídas y la paradoja de Moreno de darle la razón en la teoría a aquellos a quienes combatió políticamente toda la vida.

Dice Moreno: “Por esto en la actualidad todas las dictaduras proletarias se atrincheran en sus fronteras con ejércitos, policías, burocracia estatales (…). Pero, al mismo tiempo, el hecho de que en todos esos países veamos el mismo fenómeno de un ‘estado capitalista sin capitalismo‘ nos debe hacer pensar que hay profundas razones objetivas que hacen que en todos los Estados obreros aislados el fortalecimiento de la dictadura sea una necesidad”. [31]

Se trata, una vez más, de una justificación de la burocracia (las “razones objetivas” de su necesidad), pasando sin solución de continuidad de las imposiciones por necesidad bajo el poder bolchevique a la típica excusa “antiimperialista” que daba la burocracia para justificar y mantener su represión y explotación sobre la clase obrera en estos países. El criterio unilateralmente “defensista” de Moreno, que recorre todo este trabajo, embellece a la burocracia estalinista en lugar de dar las herramientas para derrotarla.

Este razonamiento llega a extremos inauditos: “Con la aparición de la indiscutible necesidad de fortalecer a la dictadura del proletariado en toda una etapa, quedó desechada una de las premisas teóricas fundamentales del marxismo (…) Existe una ley que se puede contrarrestar, pero no anular: durante la actual etapa de la dictadura del proletariado, de enfrentamiento mortal con el imperialismo y en la que siguen existiendo las fronteras nacionales, es inevitable el fortalecimiento de la dictadura obrera, del Estado proletario. En esta conclusión hay una ‘coincidencia‘ entre Stalin y Trotsky”. [32]

Punto de vista desastrosamente unilateral, porque efectivamente la subsistencia de fronteras nacionales y el bajo desarrollo de las fuerzas productivas en el país donde se realice la revolución –y más aún en condiciones de aislamiento–, plantearán toda una serie de medidas de “excepción”. Pero el problema es lo que se entiende por “fortalecimiento de la dictadura obrera”, que es aquí, para Moreno, la “mano de hierro” de una minoría de la clase sobre todo el resto de la propia clase trabajadora. Para nosotros se debe apuntar a lo opuesto: buscar permanentemente ampliar la base de sustentación de la misma dictadura del proletariado, tratar de llegar a más y más capas de la clase obrera y los sectores explotados y oprimidos para que se asuman la gestión de la economía, de los asuntos de la sociedad y la represión a la propia minoría burguesa y de los sectores que la acompañen. Si esto no se logra, la experiencia indica que un gendarme social se termina elevando por encima de las masas, y poco a poco deja de formar parte de la clase obrera hasta convertirse en otra categoría social. Y esto, lejos de “fortalecer” a la dictadura obrera, no hace otra cosa que liquidarla.

La raíz de estos problemas está en la teorización del “sustituismo” revolucionario. Esto remite a una cuestión ya tratada por Georg Lukács en Historia y conciencia de clase acerca de la “prematuridad” de la revolución socialista en los países atrasados. Esto es, la circunstancia histórica de la oportunidad de la revolución en países con bajo desarrollo de las fuerzas productivas y culturales, donde la clase trabajadora se ve colocada en el poder sin tener tradiciones de mando y dominio ni nivel sociocultural para dirigir los asuntos de la sociedad.

Se trató, sin duda, de un problema real y un drama tremendo en Rusia tras la toma del poder por los bolcheviques, del que el propio Lenin era consciente y que seguramente estará presente en el caso de la toma del poder por la clase obrera en cualquier país semicolonial. Y no sólo en ellos, en condiciones de la terrible barbarie económica, social y cultural impuesta por el imperialismo mundializado a comienzos del siglo XXI. Pero de allí a teorizar que necesariamente la revolución socialista debe ser de minorías es, en verdad, convertir la necesidad en virtud y lo opuesto a la valoración de todo el marxismo clásico en el sentido de que la revolución socialista es la “primera verdadera revolución de las mayorías en virtud de los intereses de esas mismas mayorías”. Es decir, la primera revolución realmente “popular”. [33]

Mirá también:  Revolución y socialismo en el siglo XXI

Para Moreno, en cambio: “Por razones objetivas, y por tanto ajenas a la voluntad de los marxistas, la clase obrera en su totalidad no puede hacer la revolución y ejercer el poder inmediatamente después de haberlo tomado. Trotsky es diáfanamente claro al respecto: ‘una revolución es «hecha» directamente por una minoría‘. El éxito de una revolución es posible, sin embargo, solamente cuando esta minoría encuentra más o menos apoyo, o por lo menos una neutralidad amistosa, de parte de la mayoría (…). Por todo lo anterior, el proletariado no puede tomar el poder sólo a través de organizaciones (…) que lo abarcan de conjunto, lo que sería lo mismo que decir todo el proletariado. Es la clase que está y seguirá estando dividida en sectores antagónicos durante la toma del poder y aun bajo la dictadura del proletariado. Habrá una minoría conciente del proyecto revolucionario, otros que serán neutrales y también los que seguirán prisioneros de la ideología burguesa o reformista y, por lo tanto, serán contrarrevolucionarios”. [34]

Evidentemente, durante la revolución y la transición seguirá habiendo “estratificaciones” y un desarrollo desigual al interior de la propia clase trabajadora, no sólo desde el punto de vista de ciertos aspectos económico- profesionales sino en el desarrollo de su conciencia política. Esto es lo que justifica materialmente, entre otras cosas, la necesidad de la actuación de la vanguardia y el partido revolucionario sobre el conjunto de los trabajadores y el resto de las clases explotadas y oprimidas. Pero de ahí a teorizar que la revolución socialista es un nuevo caso histórico (al igual que la revolución burguesa) de una revolución de minorías hay un paso que no es legítimo dar. Porque la verdad, como ya habían señalado tanto Marx como Rosa y Lenin, es más bien la contraria: se trata de una “revolución de mayorías”, “popular”, aunque no de un sujeto “pueblo” en general, indeterminado desde el punto de vista de clase, sino de la clase trabajadora en el centro del proceso estableciendo su hegemonía sobre el resto de los sectores oprimidos. Esto es, una determinada alianza de clases de los explotados y oprimidos desde la clase obrera. Pero esto presupone entonces a la revolución socialista como una revolución de mayorías, no de minorías.

En este sentido, Lenin afirma lo contrario a lo que señala Moreno: “Si tomamos como ejemplos las revoluciones del siglo XX [hasta 1917], tendremos que reconocer, naturalmente, que las revoluciones portuguesas y turca son burguesas. Ninguna de ellas, sin embargo, es una revolución ‘popular‘, pues en ninguna de ellas la masa del pueblo, su inmensa mayoría, se manifiesta en forma activa, independiente, en ningún grado notable, con sus propias reivindicaciones económicas y políticas. En cambio, aunque la revolución burguesa rusa de 1905 a 1907 no registró éxitos tan ‘brillantes‘ como los que alcanzaron en ciertos momentos las revoluciones portuguesa y turca, fue, sin duda, una ‘verdadera‘ revolución ‘popular‘, pues la masa del pueblo, la mayoría de éste, las ‘más bajas capas‘ sociales, aplastadas por la opresión y la explotación, se alzaron en forma independiente y estamparon en todo el curso de la revolución el sello de sus reivindicaciones, de sus intentos de construir a su modo una nueva sociedad en lugar de la antigua sociedad que estaba siendo destruida”. [35]

De la visión de Moreno se desprende, por el contrario, una concepción donde las formas de autodeterminación y poder de los trabajadores (cualesquiera sean los organismos en que esas formas se encarnen) no tienen la menor importancia: todo se trata de “la movilización de las masas” y “el partido”. Pero si bien la organización de los revolucionarios es un factor absolutamente imprescindible de la revolución socialista, esto no puede significar que los organismos de lucha y autoorganización de las masas no sean un factor específico y valioso por sí mismo. En todo caso, en los mismo términos de Moreno, podemos decir que los socialistas revolucionarios tenemos tres estrategias, y no dos: la movilización de las masas, la construcción del partido revolucionario y la formación de organismos de lucha y autoorganización de la clase trabajadora. [36]

Continuamos con Moreno: “Para los revolucionarios, la única garantía de que su avance no se detendrá es oponer a las instituciones burguesas –inclusive a las obreras en cierta medida– la movilización permanente de la clase obrera y el pueblo trabajador. Por eso, apoyaremos a los soviets sólo si sirven para mantenerla y profundizarla; pero si la frenan o institucionalizan diremos: ‘abajo los soviets‘”. [37]

No se trata de atarse a una u otra forma de organización, sean los soviets, sindicatos o comités de huelga. En esto Moreno tiene razón: si no sirven a la lucha y se los subordina al poder burgués efectivamente hay que plantear la necesidad de otro organismo. En julio de 1917, Lenin barajó los comités de fábrica como alternativa a los soviets subordinados al gobierno burgués de Kerensky. Pero algo totalmente distinto, y un error en el que incurre Moreno, es sugerir un cuestionamiento a todo organismo de autodeterminación de la clase trabajadora como tal, como si impulsarlos no debiera ser también parte central de nuestra estrategia. De esa manera se da lugar a una concepción sustituista sin límites y a la consideración de la clase obrera sólo como masa de maniobras para la movilización. [38]

Dice Moreno: “Después de tomar el poder, los jefes de la revolución se dieron cuenta de que el partido era la institución más importante para desarrollar y consolidar la dictadura del proletariado; que el poder tenía que estar en manos del partido apoyado en los soviets. Lenin comenzó a insistir en que el factor decisivo de la dictadura del proletariado era el monopolio estatal por parte del Partido Comunista”. [39]

Para colmo, junto con esta idea reduccionista del poder en manos del partido y no en las de los organismos de poder dirigidos por el partido, que no es en absoluto lo mismo, Moreno suscribe una falsa teoría, esbozada por Trotsky durante determinado período, acerca de la necesidad de partido único en la dictadura del proletariado. De aquí a la justificación de la errónea prohibición de las fracciones y tendencias en el partido bolchevique (1921) sólo media un paso. En verdad, esta desastrosa conceptualización pierde de vista que el vaciamiento de los soviets trasladó todas las presiones sociales al interior del partido, y que la prohibición de tendencias y fracciones terminó dando lugar al monopolio del poder en el partido –en ausencia de todo verdadero régimen de democracia partidaria– en manos de una burocracia incuestionable, la estalinista.

¿Cómo se entiende que Moreno haya obviado una lección histórica decisiva de la experiencia del siglo pasado, a saber, que la lucha de tendencias y el juego de la democracia de los trabajadores es absolutamente imprescindible para la transición, y que no haya sacado conclusión alguna acerca de la burocratización de la revolución? La única explicación posible pasa por el ya referido marco teórico común de todo el trotskismo tradicional de posguerra.

Así, resume Moreno, “la revolución la hacen los trabajadores movilizados revolucionariamente con sus organizaciones de masas, pero el poder y la dirección lo tiene el partido revolucionario. Una vez en el poder, el partido utilizará los engranajes ‘organizativos‘ más adecuados para cada etapa de la lucha de clases, sin hacer un fetiche de ninguno de ellos”. [40]

Aquí se confunden organizaciones de naturaleza diferente. El propio partido revolucionario, para “preservarse” como tal, necesita que el poder esté en manos de los organismos de la propia clase trabajadora y su vanguardia. Necesita del juego de la democracia de los trabajadores en su seno. En cierto sentido, necesita poder seguir cumpliendo, junto con su papel de dirección y gobierno del Estado obrero, su papel crítico como organización política revolucionaria en cierta forma independiente de las instituciones del Estado proletario. Necesita no ver reducida su actividad a las tareas puramente administrativas, si quiere preservarse como organización revolucionaria política, que pelea por impulsar la transición en las condiciones del atraso económico y cultural de las masas y del cerco imperialista. Es decir, necesita seguir cumpliendo el papel de “tribuno popular” que indicaba Lenin en ¿Qué hacer?, un papel distinto y superior al de mero funcionario sindical, político o estatal.

Otra cuestión es que, efectivamente, el partido pelea por que la clase trabajadora y su vanguardia tomen el poder bajo su dirección; el partido lucha por lograr la mayoría y dirigir los organismos de poder, estar a la cabeza de ellos y tomar el poder al frente de esos organismos. Si el partido no hiciera esto perdería su condición de revolucionario: el partido debe pelear y no puede dejar de pelear por el poder. [41]

Al mismo tiempo, el partido, si pretende mantener su carácter revolucionario bajo la dictadura proletaria, debe pelear por dirigir estos organismos pero sin confundirse con ellos. [42] En cierto sentido, es como dirigir un sindicato o un movimiento en las condiciones “normales”. Se trata de un contrapeso político imprescindible no para rehuir las responsabilidades revolucionarias, sino, por el contrario, para no caer en el oportunismo.

Además, y visto desde otro ángulo, si esto no fuera así, el partido devendría un fin en sí mismo, sin control alguno por parte de la misma clase. Ya no sería ésta la que toma y ejerce el poder por intermedio de sus organizaciones de lucha y el partido, sino que el poder sería ejercido lisa y llanamente por el partido, del cual todas las demás instituciones e incluso la propia clase trabajadora no serían más que meros instrumentos. [43]

A nuestro modo de ver, las formas de organización de los trabajadores como los soviets, sindicatos o movimientos, son más “transitorias” que el partido revolucionario, que es la forma más concentrada y estable de organización de la vanguardia de los trabajadores. A diferencia de la demagogia anarquista y de su posición en oportunidad del levantamiento de Kronstadt de “soviets sin partido”, el agrupamiento de personas alrededor de ideas sobre la sociedad, sobre cómo conducirla, etc., es absolutamente inevitable. Y el agrupamiento de esas personas en una organización y la cristalización de esas ideas alrededor de un programa es un partido, comoquiera que se lo llame. De modo que la lucha de tendencias políticas de la clase trabajadora, la lucha de partidos, es, como ya hemos señalado, connatural a la lucha socialista: hace al contenido intangible de la democracia de los trabajadores.

¿Revoluciones socialistas excepcionales?

Las conclusiones precedentes nos conducen inevitablemente a la polémica actual con algunas corrientes de importancia en América Latina respecto de su ubicación ante el balance y las lecciones programáticas de esta experiencia histórica. Aquí nos referiremos centralmente al PTS argentino, dado que, en relación con el PSTU brasileño y el MST argentino, como hemos dicho, les cabe la misma crítica que a Moreno. [44] Respecto del PO argentino, remitimos al texto de Isidoro Cruz Bernal en la edición anterior de nuestra revista.

El PTS, junto con las corrientes antes citadas, se caracteriza por ser una organización que ha sido incapaz de sacar lección teórico-programática alguna de la caída de los países del Este y la ex URSS. Se presenta como la ortodoxia de la ortodoxia en el sentido de atenerse prácticamente a la letra escrita de Trotsky. Cualquier reelaboración acerca de ella es considerada automáticamente una “desviación” política; éste es el sentido del uso abusivo del concepto de “centrismo”. [45] Veremos que, en lo sustancial, el PTS se mantiene casi completamente acrítico respecto del legado teórico-programático del trotskismo tradicional de posguerra, recorrido por desvíos centristas, oportunistas y de capitulación a los aparatos burocráticos.

Este enfoque contrasta con el punto de vista metodológico del mejor marxismo. Antonio Labriola, por ejemplo, –inspirador, en este aspecto, del mismo Trotsky– apunta contra aquellos que, cual malos idealistas, “creen llevar en el bolsillo el esquema universal de todas las cosas”, y señala que el verdadero marxismo es aquel que comprende que la realidad nos desafía permanentemente a un nuevo esfuerzo de trabajo e interpretación, y que este esfuerzo es connatural a la experiencia histórica y práctica. Veamos el siguiente pasaje:

“Lo que diferencia este sentido de la génesis es el discernimiento crítico y, en consecuencia, la necesidad de especificar la investigación. Esto es, la aproximación al empirismo por lo que hace al contenido del proceso y la renuncia a la pretensión de llevar en el bolsillo el esquema universal de todas las cosas. Los evolucionistas vulgares proceden, en cambio, así: una vez aferrada la noción abstracta del devenir (evolución), meten dentro de ella toda cosa (…) Y así hacían también los repetidores de Hegel con su ritmo trascendente y perpetuo de la tesis, la antítesis y la síntesis. La principal razón del correctivo crítico que el materialismo histórico aplica al monismo es ésta: que el materialismo histórico parte de la praxis, del desarrollo de la actividad laboriosa y que, al igual que es la teoría del hombre que trabaja, así también considera la ciencia como un trabajo. De este modo consuma el sentido implícito de las ciencias empíricas, a saber, que con el experimento nos acercamos a la producción de las cosas y conseguimos la convicción de que las cosas mismas son un hacer, o sea, un producirse”. [46]

Pero el PTS carece de este encuadre en el terreno de la elaboración teórico-programática e, insistimos, ha sido casi completamente incapaz de sacar conclusiones de fondo acerca de la mayor parte de la experiencia de la clase trabajadora en la posguerra.

Una crítica insustancial

Su ubicación respecto de las revoluciones del siglo XX se ha realizado alrededor de la crítica a la elaboración objetivista de Moreno: “el ‘trotskismo‘ de Moreno está basado en una ‘teoría de la revolución‘ adaptada al ‘modelo‘ de las revoluciones de la etapa del 43-48 (…) y las de posguerra, que Moreno llamó de ‘febrero triunfantes‘ y la hija directa de esta teoría globalizada en los ’80: ‘la revolución democrática”. [47]

En la crítica a las supuestas “revoluciones democráticas”, en términos generales, coincidimos. Como ya la hemos desarrollado en otro lugar, no vamos a detenernos aquí en este aspecto. [48] Sucintamente, podemos decir que el cuestionamiento a esta categorización pasa por poner de relieve cómo había que posicionarse respecto de los procesos que Moreno llamó erróneamente “revoluciones democráticas”, las caídas de los gobiernos dictatoriales en los 80 en América Latina. El PTS, tomando la evaluación de Trotsky de la revolución de noviembre de 1918 en Alemania [49] , plantea que se trataba de “abortos de revolución socialista”. Para Trotsky, “en cuanto a la revolución alemana de 1918, es evidente que no fue el coronamiento democrático de la revolución burguesa, sino la revolución proletaria decapitada por la socialdemocracia; o, por decirlo con más precisión: una contrarrevolución burguesa obligada por las circunstancias a revestir, después de la victoria obtenida sobre el proletariado, formas seudo democráticas”. [50]

Esta ubicación cierra la posibilidad que se derivaba del análisis de Moreno, que tendía a ver estos procesos como una etapa previa necesaria en el camino de la revolución proletaria [51] , lo que abría la puerta a los graves peligros oportunistas y etapistas que fueron parte sustancial de la crisis del viejo MAS. El problema del PTS está en otro lado: lo insustancial de la crítica al tronco principal del trotskismo de posguerra, siendo que esa “crítica” acepta todas sus premisas teórico-programáticas. [52]

Los compañeros parten de un presupuesto común tanto a Moreno como a todo el trotskismo “tradicional”: “La ‘teoría de la revolución‘ de Moreno (…) parte del siguiente aspecto de la teoría de la revolución permanente: toda tarea democrática en un país semicolonial es anticapitalista por la base económica de esa semicolonia, que se da en el marco de la economía mundial capitalista y, por lo tanto, es objetivamente socialista. Hasta aquí, correcto”. [53]

Pero “hasta aquí” ya se ha comprado todo el paquete de la equivocada elaboración objetivista que admite (por razones “económicas”) la existencia de revoluciones socialistas “objetivas”. Siendo así, no queda claro qué sustancia queda en la crítica teórico-programática del PTS a la mayoría del “trotskismo de Yalta”. [54] Para no hablar de que Trotsky jamás teorizó nada sobre “revoluciones socialistas objetivas”.

En realidad, el PTS cae en el mismo error de todo el trotskismo de posguerra, que asimiló mecánicamente la connotación “anticapitalista” a la de “socialista”. Era correcto dar cuenta de que, en el siglo XX, llevar adelante las tareas democráticas dejadas pendientes por la revolución burguesa obligaba a una dinámica de expropiación de las clases capitalistas. Pero toda la experiencia de posguerra atestigua que cumplir estas tareas –de manera inconsecuente, por otra parte– en ningún caso significó que automáticamente la clase trabajadora se transformara en la clase social y/o políticamente dominante. Y que, por lo tanto, dar este paso de homologación de la connotación anticapitalista con la obrera y socialista es profundamente equivocado y embellece estos procesos, donde por definición la clase obrera, sus organismos y su conciencia estuvieron completamente ausentes.

Agregan los compañeros: “Moreno, al actuar con el mismo método de contraponer falsamente el contenido social de la revolución con la clase que la dirige –una ‘trampa teórica‘, según Trotsky– la convierte de una revolución objetivamente socialista en automáticamente socialista. Con ello, se transforma en un objetivista, separando las tareas de una revolución de la clase y dirección que las lleva a cabo”. [55]

Esto es correcto, porque, en la polémica con Preobrajensky que ya hemos desarrollado, Trotsky critica precisamente la separación mecánica entre tareas y sujetos. Pero si el PTS coincide con esto, ¿cómo explica que “objetivamente” las revoluciones de posguerra fueron “obreras y socialistas” y que dieron lugar a “Estados obreros” –como dijo todo el “trotskismo de Yalta”–, aun en ausencia total de la clase obrera como sujeto central y consciente?

Hay aquí una contradicción irremediable, que no se puede salvar con la fuga metodológica a la “excepcionalidad” de los años 43-48, que no explica nada. Los compañeros del PTS utilizan el argumento de las “condiciones excepcionales” creadas en la inmediata posguerra –nosotros preferimos hablar de “especificidad” de esas condiciones, justamente para no caer en este mismo error–, para salvar la teoría principal, que queda, como tal, sin explicación.

“Este período 1943-1948 (…) abrió condiciones excepcionales, producto de la más grande guerra mundial que padeció la humanidad, y fue cuando los estalinistas se vieron obligados a ir ‘más lejos de lo que ellos mismos querían en su vía de ruptura con la burguesía‘. En [ese período], lo que Trotsky no descartó como excepcionalidad en determinados países se dio como situación excepcional a nivel mundial, generalizada, y se consiguieron grandes conquistas para el proletariado y las masas del mundo: los nuevos ‘estados obreros deformados‘ de China, el Este de Europa y Corea”. [56]

Lo que se les escapa a los compañeros es que Trotsky veía esta posibilidad sólo como un “corto episodio hacia la verdadera dictadura del proletariado”, lo que, evidentemente, no se dio. Esto es lo que había que explicar.

En un trabajo crítico sobre las concepciones del PTS se dice que “(…) la excepcionalidad prevista por Trotsky ‘se generalizó (…) en el período 1943-1948 y no en toda la posguerra‘. Este esfuerzo por encajar los pronósticos de Trotsky en una realidad que no fue tal (…) ajeno al esfuerzo por comprender los procesos revolucionarios tal cual se dieron, lleva a la conclusión de que en ese período se habrían dado condiciones excepcionales no para el surgimiento de gobiernos obreros y campesinos que fueran un corto episodio en la vía de la dictadura del proletariado, como señalara Trotsky en su ‘hipótesis altamente improbable‘, sino para el logro de ‘grandes conquistas para el proletariado y las masas del mundo‘ (…). Las fechas (…) no coinciden para nada con la realidad, porque la revolución china triunfó recién en 1949, y la guerra antiimperialista de Corea en 1952, lo cual hace incomprensible su afirmación de que la excepcionalidad prevista por Trotsky se cumplió sólo entre 1943 y 1948. Por otra parte, esta falta de rigurosidad confirma el carácter insustancial de la crítica a la elaboración de Nahuel Moreno [y de la mayoría del trotskismo de posguerra. RS], además de no escapar al objetivismo y de rechazar cualquier esfuerzo por repasar los errores del trotskismo respecto de la conformación de ‘nuevos estados obreros deformados‘ (…) En el caso de Cuba (…) la expropiación a la burguesía [llegó] mucho después (…)”. [57]

En la elaboración de los compañeros, la famosa “excepcionalidad” queda sin explicación teórica y estratégica: ¿cómo se había realizado una revolución socialista que abría el proceso de la transición sin dictaduras proletarias genuinas? Porque la expropiación de la burguesía, la independencia del imperialismo y la reforma agraria fueron conquistas materiales, pero a costa de la movilización independiente de los trabajadores, congelando el proceso revolucionario y bloqueando la apertura de la transición socialista. Esta misma realidad, con la burocracia encaramada al frente de esos Estados, fue lo que a la postre dio lugar a Estados no obreros, sino burocráticos, sobre una base social no capitalista.

La “excepcionalidad” de supuestas revoluciones obreras y socialistas sin clase obrera sigue sin explicación, a pesar de que se pretenda “salvar” el problema sugiriendo que, luego de esas condiciones excepcionales, las cosas vuelven a su cauce normal y para expropiar hace falta nuevamente a la clase obrera. Porque para llevar a cabo la revolución propiamente socialista la clase trabajadora es insustituible, pero es por esto mismo que las revoluciones de la posguerra no fueron obreras ni socialistas. Creemos que ésta es la única explicación coherente posible en el marco del marxismo, si lo que se busca es hacer un verdadero balance del trotskismo en la posguerra y modificar las definiciones y teorizaciones equivocadas, resultantes de la presión de los acontecimientos.

En reemplazo de una verdadera explicación de lo ocurrido, el PTS fundamenta las expropiaciones en que “nunca hubo condiciones objetivas tan favorables para la derrota del imperialismo, que, utilizando la expresión de las Tesis [de la LIT] de 1985, era lo más parecido a ‘un tigre de papel”. [58]

Aquí se pierden dos cosas: en primer lugar, no se puede dejar de señalar que el imperialismo yanqui cedió a la burocracia estalinista la periferia para conservar el centro del sistema, y es evidente que en esta apuesta estratégica salió triunfador. Pero, además, es un error afirmar que las condiciones “objetivas” nunca habían sido tan favorables para derrotar al imperialismo como luego de la Segunda Guerra Mundial. Esto es una mistificación completa de cómo se desarrolló el proceso de la posguerra y, además, deja afuera un factor subjetivo y objetivo de inmensa importancia: el peso internacional que había adquirido el aparato estalinista sobre la clases trabajadoras y populares.

Porque en la posguerra intervinieron dos factores que contribuyeron decisivamente a la estabilidad: la resolución de la hegemonía imperialista a favor de Estados Unidos y el fortalecimiento del estalinismo en la inmediata posguerra, sancionada por los pactos de Yalta y Potsdam. Más que la famosa “guerra de los bloques” –argumento por excelencia del curso totalmente capitulador del pablismo, ya comentado–, se trató, como lo definiera el historiador Immanuel Wallerstein, de “un conflicto pautado”.

En nuestro concepto, fue, por el contrario, inmediatamente después de la Primera Guerra Mundial cuando el imperialismo quedó peor parado porque, además de la no resolución de la hegemonía, el desafío del poder bolchevique a la dominación capitalista mundial fue mucho más real que el que significó el estalinismo luego de la Segunda Guerra. Pero comprender esto implica romper completamente con el objetivismo del movimiento trotskista de posguerra, lo cual está más allá del horizonte del PTS.

“Nosotros estamos con Moreno y los que en aquel momento, correctamente, polemizaron con Just, determinando la periodización de la situación mundial esencialmente por los factores objetivos. Pero opinamos que, después, Moreno cae en una unilateralidad cuando abstrae el factor objetivo y le da un valor sin límites, sin ver cómo influía el factor subjetivo, la dirección contrarrevolucionaria, sobre las propias conquistas: hoy se puede ver hasta qué punto influyó la burocracia hundiendo a los estados obreros”. [59]

Pero si esto es así, entonces hay que comprender que la burocracia estalinista influyó desde el inicio –no sólo “después”– en esos procesos revolucionarios, haciendo lo imposible para evitar la acción independiente de los trabajadores, esto es, quitándoles desde el principio todo contenido realmente socialista.

El propio Trotsky entrevió el resultado final de una experiencia tal en La revolución permanente (1927): “En las condiciones de la época imperialista, la revolución nacional-democrática sólo puede ser conducida hasta la victoria en el caso de que las relaciones sociales y políticas del país de que se trate hayan madurado en el sentido de elevar al proletariado al poder como director de las masas populares. ¿Y si no es así? Entonces, la lucha por la emancipación nacional dará resultados muy exiguos, dirigidos enteramente contra las masas trabajadoras”. [60]

Esto se pudo verificar a la postre en la URSS a lo largo de la década del 30, alrededor del desastre que significó para la producción agrícola la colectivización forzosa del campo y la superexplotación redoblada de los trabajadores de los planes quinquenales. [61] Lo propio sucedió en China, con el disparate voluntarista del “Gran Salto Adelante” de fines de los 50, que fue más bien un gran salto atrás. Esto es, las conquistas económico-sociales reales terminaron transformándose en lo contrario: ahí está para demostrarlo el caso de la cuestión nacional, que desangra pueblos enteros en Rusia y el Este europeo, o el hecho de que en los levantamientos populares de 1989-1991 no se viera a ningún trabajador defendiendo la propiedad estatizada. [62]

Pero, para el PTS, “hay que decir claramente que las burocracias contrarrevolucionarias en los Estados obreros deformados de la posguerra, dirigieron ‘a su manera‘ el ‘proceso de la revolución democrática a la revolución socialista”. [63] En esto, “claramente”, el PTS sigue al milímetro las definiciones teóricas del “trotskismo de Yalta”, tradición que dice condenar pero cuyo balance crítico real permanece ausente. Por nuestra parte, nos oponemos totalmente a la definición citada. Creer que las burocracias pequeño burguesas [64] consumaron la revolución socialista es una concepción sustituista sin límites que pierde el contenido esencial de la tradición del socialismo revolucionario: la necesidad inalienable de la clase obrera consciente en el centro de los procesos para que las revoluciones sean socialistas.

Las experiencias de posguerra fueron sin duda procesos revolucionarios progresivos antiimperialistas y anticapitalistas. Pero lo que “hay que decir claramente” es que al quedar dirigidos por la burocracia y con los métodos de ésta (una vez más, el rol decisivo de “el cómo y el quién”) fueron revoluciones no obreras, sin socialismo, que no abrieron el proceso de transición al socialismo. [65]

El mariscal y la criada

“Podría parecer que no existe diferencia, desde el punto de vista de la propiedad de los medios de producción, entre el mariscal y la criada, el director del trust y el peón, el hijo del comisario del pueblo y el muchacho desharrapado. Sin embargo, unos ocupan hermosos departamentos (…) y hace tiempo que no saben cómo se lustrar un par de zapatos; los otros viven en barracas donde a veces no hay tabiques, donde el hambre es cosa corriente (…) Mientas al dignatario esta diferencia le parece insignificante, al peón le parece, razonablemente, muy seria (…) Los ‘teóricos‘ superficiales pueden consolarse diciendo que la repartición de bienes es un factor secundario en comparación con la producción. Sin embargo, la dialéctica de las influencias recíprocas conserva toda su fuerza. El destino de los medios nacionalizados de producción se decidirá, al fin de cuentas, según la evolución de las diferentes cualidades personales. Si un vapor es declarado propiedad colectiva, mientras los pasajeros continúan divididos en primera, segunda y tercer clase, es bien comprensible que la diferencia de condiciones reales termine por tener a los ojos de los pasajeros de tercera clase una importancia mucho más grande que el cambio jurídico de propiedad”. [66]

Para que el repaso de este aspecto de la teoría de la revolución no quede insustancial, es necesario descender a las profundidades de las relaciones de producción en la ex URSS y el resto de las sociedades no capitalistas de la posguerra.

Dicen los compañeros: “en los países en los que expropiaba, [el estalinismo] imponía Estados obreros deformados, que ahogaban todo intento de organización independiente del proletariado y las masas”. [67] Pero si el estalinismo “ahogaba” a la clase trabajadora y las masas: ¿en que consistía y dónde residía el carácter obrero del Estado? ¿Cómo se podía verificar su dominación política o social sobre la sociedad?

Aquí viene otro muy fuerte elemento de continuidad del PTS con la tradición que tanto critica: el aspecto economicista de su objetivismo, al atribuir a la estatización de los medios de producción –al estilo “ortodoxo”– un carácter obrero “objetivo”, sin molestarse por estudiar las relaciones sociales de producción reales como ámbito distinto, de contenido, respecto de las relaciones jurídicas. La rotunda negativa a analizar esas verdaderas relaciones de producción imperantes en la URSS se basa en un error de leso marxismo: confundir la estatización con la socialización de los medios de producción.

Por empezar, el PTS afirma, a kilómetros del mismo Trotsky y de la base material de la revolución permanente, que las imposiciones de la ley del valor –las “leyes del capitalismo mundial”– no dominaban en la ex URSS. Incluso se mofan de la definición perfectamente marxista de Naville de que la ex URSS y el Glacis eran un “subsistema del capitalismo mundial”. Esta ubicación, de hecho, los pone del lado de Ernest Mandel, en el fondo el verdadero mentor teórico de los compañeros del PTS en este terreno.

Véase, por ejemplo, esta declaración: “la propiedad estatal generalizada (es decir, el monopolio) de los medios de producción sólo puede darse por medio de la expropiación de la burguesía y es, por definición, antagónica con las leyes del capitalismo”. [68] Dicho así, tout court, sin determinaciones concretas, esto es erróneo. Porque no se debe oscurecer las continuidad de las imposiciones de la ley del valor, en el marco de la economía mundial y de una sociedad que surge de la vieja base capitalista, y no todavía de una nueva base. Como decía Marx en un texto clásico, la Crítica del Programa de Gotha, al referirse a las sociedades que emergerían inmediatamente después de la revolución proletaria: “de lo que tenemos que ocuparnos aquí no es de una sociedad comunista tal como se ha desarrollado ya sobre sus propias bases, sino, por el contrario, tal como acaba de nacer de la sociedad capitalista; por lo tanto, es una sociedad que, en todos sus aspectos, económico, moral e intelectual, lleva todavía los estigmas de la vieja sociedad en cuyo seno ha surgido”. [69]

Por supuesto que Mandel no planteaba nada de esto, embarcado como estaba en el embellecimiento y mistificación del estalinismo y la capitulación a las direcciones burocráticas. Pero el PTS lo sigue acríticamente: “[En] el caso de fenómenos transitorios entre el capitalismo y el socialismo (…) la ley del valor (ley fundamental de la economía capitalista) no regía al conjunto de la economía, jugando, por tanto, un rol subordinado (…) las leyes que gobernaban al conjunto de la economía eran las leyes de la nacionalización y la planificación (más allá de su carácter burocrático). La ley del valor operaba en estos Estados (…) pero no gobernaba”. [70]

Todo esto es falso de pies a cabeza. Más allá de todos los intentos burocráticos y voluntaristas del Estado por burlar la ley del valor, ésta finalmente se imponía por intermedio de las tremendas inadecuaciones y desproporciones entre las distintas ramas de la producción, e incluso en las propias peleas por el establecimiento del plan. Es harto sabido que la planificación en manos de la burocracia fue una creciente expresión de irracionalidad en la economía y no de “planificación racional” de ella como, de manera objetivista, pretende el PTS. La racionalidad sólo puede provenir de la creciente democracia de los productores y consumidores. [71]

Por otra parte, Trotsky no expresa en modo alguno este enfoque en su análisis más profundo y detallado de la sociedad soviética, La revolución traicionada. Por el contrario, Trotsky no teme mostrar la continuidad de las imposiciones de la ley del valor, a las que ve no disminuyendo sino ampliando su campo de acción: “La nacionalización de los medios de producción (…) supone estrechos límites a la acumulación personal del dinero y dificultan la transformación del dinero en capital privado (…). Esta función del dinero, ligada a la explotación, no se ha liquidado, sin embargo, desde el comienzo de la revolución proletaria, sino que se ha transferido bajo un nuevo aspecto al Estado, comerciante, banquero e industrial universal. Por otra parte, las funciones más elementales del dinero, medida de valor, medio de circulación y de pago, se conservan y adquieren un campo de acción aún mas amplio del que tuvieron en el régimen capitalista”. [72]

Siguiendo a Naville contra Mandel, hay que afirmar una vez más el principio metodológico marxista y trotskista que explica estas imposiciones: la unidad de la economía mundial, en la que las economías no capitalistas de la ex URSS y el resto de los mal llamados “estados obreros” constituían un subsistema.

Dice Naville: “(…) la crisis que presenta actualmente el sistema económico mundial conserva una raíz única: las condiciones de creación de valor por el trabajo humano (…). La burguesía escamotea la explotación del trabajo detrás del esplendor fascinante de los productos del mercado y la danza fantástica de los precios. La burocracia de la planificación estatal disimula las relaciones de explotación mutua y de parasitismo social propias del socialismo de Estado detrás de los fantasmas del salario ‘socialista‘, recompensa del trabajo, honor social, orgullo del patriota, medalla de los buenos servidores (…). [73]

Veamos los problemas que se acumulan al no analizarse las verdaderas relaciones sociales y tenderse a ignorar las imposiciones de la ley del valor. Repasemos la versión que da el PTS del problema: “La ‘propiedad estatal generalizada‘, es decir, el monopolio estatal de los medios de producción, elimina la contradicción capitalista entre la socialización creciente de la producción y la apropiación privada de los frutos de la misma, y por ello es en esencia antagónica con el capitalismo”. [74]

Una vez más, asistimos al dislate de identificar la estatización con la socialización, abonando la mistificación burocrática. En esta definición queda completamente perdido un criterio marxista elemental: que entre estatización y socialización media todo un proceso complejo de verdadera subordinación de las principales ramas de la economía a la dirección consciente de parte del conjunto de los trabajadores. No es éste ningún descubrimiento ni originalidad; ya estaba presente en La revolución traicionada de Trotsky, así como en varios artículos de Karl Korsch respecto de la misma cuestión. Por aportar un pasaje clásico: “La propiedad privada, para hacerse social, debe pasar por la estatización, así como la oruga se hace crisálida antes de ser mariposa. Pero la crisálida no es la mariposa; y millones mueren antes de serlo. La propiedad del Estado no llega a ser del ‘pueblo entero‘ sino a medida que desaparecen los privilegios y las diferencias sociales, cuando el Estado pierde su razón de ser. En otras palabras, la propiedad del Estado se hace socialista a medida que va dejando de ser propiedad del Estado”. [75]

Mirá también:  ¿Revoluciones o contrarrevoluciones? ¿Revoluciones burguesas?

Continúan los compañeros: “El monopolio estatal de los medios de producción, al eliminar la apropiación privada, impide el accionar de la ley de la acumulación del capital y con ello elimina la ganancia como motor de la producción”. [76] Aquí, el tema es, una vez más, si en la URSS seguía imperando la ley del valor y si, en este marco, seguían existiendo el trabajo asalariado y el plusvalor. Nuestra respuesta es categóricamente afirmativa, más allá de distorsiones parciales. Pero si estas leyes seguían imperando, cae por su propio peso la pregunta de en manos de quién se acumula el trabajo excedente. Y la respuesta debe ser concreta, como lo hace Trotsky en los extraordinarios capítulos IX y XI de La revolución traicionada:

“El hecho de que las diferencias de salarios sean en la URSS no menores, sino más considerables que en los países capitalistas, nos lleva a la conclusión de que las acciones están repartidas desigualmente y que las rentas de los ciudadanos se forman, a la vez que de un salario desigual, de partes desiguales de los dividendos. Mientras que el peón no recibe sino b, salario mínimo que en iguales condiciones recibiría también en una empresa capitalista, el stajanovista y el funcionario reciben 2a más b, 3a más b y así sucesivamente, y b puede a su vez ser 2b, 3b, etc. En otros términos, la diferencia de las rentas está determinada no por la sola diferencia del rendimiento individual, sino por la apropiación disimulada del trabajo ajeno. La minoría privilegiada de accionistas vive a cuenta de la mayoría embaucada”. [77]

Para nosotros, efectivamente, seguía existiendo plusvalía, y la parte del león de la acumulación quedaba en manos de la burocracia. El PTS pasa por alto, al mejor estilo de Mandel, la existencia continuada de las imposiciones de la ley del valor y del trabajo por un salario, y se desliza hacia el disparate mandelista de que la producción en la URSS era directamente de valores de uso. Como hemos visto, esto no es más que un craso embellecimiento de la burocracia, que a su vez niega la continuidad de mecanismos de explotación del trabajo.

Dice Naville: “(…) No suprimiendo más que la forma mercancía clásica de las relaciones capitalistas, el socialismo de Estado no elimina más que una forma inferior del fetichismo social. Metamorfosea el capital en ‘acumulación socialista‘ y en fondos de inversión, pero no suprimió el fetichismo del capital, que es presentado como productivo, independientemente de toda relación social. Finalmente, al separar el trabajo de toda relación social, hizo de este el fetiche perfecto (…) Fetichizando el trabajo puro … desviaron a golpes de nagaika a los trabajadores soviéticos de la crítica de las relaciones sociales en las que viven. Mitificaron el trabajo como la burguesía mitificó el capital, y por las mismas razones: porque el trabajo vivo es la fuente real del valor (de cambio y de uso) y que el trabajador (incluso el que está sometido a la explotación mutua en el Estado sin capitalistas privados) no debía aprender a criticar el modo de producción en el seno del que produce y sigue siendo explotado”. [78]

Como al PTS se le escapa todo este ángulo, lógicamente continúa acumulando dislates: “La elevación del rendimiento del trabajo como objetivo en sí mismo puede, sobre esta base, introducirse como principio rector de la vida económica”. [79]

¿Desde cuándo la “elevación del rendimiento del trabajo como objetivo en sí mismo” es la base de la perspectiva socialista y comunista de la transición? Esto sólo puede calificarse como una adaptación teórica grosera al estalinismo. Porque o se cree realmente que en la ex URSS la producción era directamente de valores de uso o, peor aún, se introduce un concepto que es una pura racionalización de la explotación del trabajo por parte de la burocracia. Desde una perspectiva marxista, el criterio no es “la elevación del rendimiento del trabajo como objetivo en sí mismo”, sino el aumento de la satisfacción de las necesidades humanas y la emancipación del trabajador de las imposiciones del trabajo por necesidad, aumentando su tiempo libre.

Otra cuestión es que, por supuesto, esto tiene como base material insoslayable la necesidad del aumento del rendimiento del trabajo; no somos románticos al respecto. Pero precisamente este “aumento del rendimiento del trabajo” no puede ser perseguido como objetivo en sí mismo [80] , sino como condición de posibilidad de la emancipación del trabajo, que es algo muy distinto.

De hecho, el objetivo de la “elevación del rendimiento del trabajo” como condición para la extracción de plusvalor a escala ampliada fue lo que se expresó en el movimiento stajanovista de los años 30, alentado por Stalin y acerbamente criticado por Trotsky en La revolución traicionada. Prueba adicional de que se trata de un criterio no socialista, sino… estalinista.

Afirmamos categóricamente que el principio rector de la vida económica en la transición debe ser vigilar por la tendencia creciente a acabar con la explotación. Y, para esto, el aumento del rendimiento del trabajo es su condición necesaria, pero no suficiente.

El embellecimiento del estalinismo no se detiene allí: “La irracionalidad económica, la anarquía de la producción, propia del capitalismo, tiene por base la lucha entre capitales privados para apropiarse de la mayor cuota posible de ganancia. La expropiación de la clase de los capitalistas privados elimina la persecución de la ganancia como motor de la vida económica y, con ello, permite el fin de la anarquía de la producción. La propiedad estatal generalizada se constituye así en la condición necesaria para la planificación económica, es decir, para la ‘introducción de la razón en la esfera de las relaciones humanas‘ (…) no reconocer esto equivale a quitarle el valor material que de por sí poseen la nacionalización generalizada y la planificación económica como formas que se desprenden de las necesidades del desarrollo de las fuerzas productivas, antagónicas por ende con las relaciones de producción capitalista e indiscutiblemente definitorias del carácter obrero y progresivo del Estado”. [81]

Evidentemente, el PTS no ha roto en verdad con un esquema objetivista, economicista, que le da “valor material de por sí” a la “nacionalización generalizada y la planificación económica”. Porque la nacionalización y planificación son efectivamente formas que se desprenden de las necesidades del desarrollo de las fuerzas productivas en esta época histórica [82] , pero es indispensable identificar en manos de qué clase o sector de clase se encuentran, de manera efectiva, esas formas, es decir, cuál es el contenido socio-político de la acumulación. [83]

Consideremos esta mirada crítica sobre el problema: “Lenin –mucho más enfáticamente que Trotsky– realizó una importantísima distinción entre nacionalización y socialización de los medios de producción (…) la socialización necesita un proceso mucho más largo y difícil porque significa poner bajo la administración de las masas esos medios de producción. Por eso, en sí misma la nacionalización no es una medida ‘socialista‘; cobra ese sentido como un momento en el avance de la revolución hacia la socialización. En los 30, sin embargo, Trotsky adoptó un enfoque abstracto al considerar a la nacionalización ‘en sí’ como una relación socialista (…) La nacionalización por el Estado proletario tiene sólo la capacidad o la posibilidad de socialización (…) No se puede menospreciar la importancia de esta nacionalización y de las potencialidades que encierra; es el significado que tiene la revolución que expropia. Pero en sí misma no decide el desarrollo posterior”. [84] Aunque consideramos que la postura de Trotsky mostraba cierto matiz respecto de este punto de vista, el PTS, siguiendo al resto del trotskismo “tradicional” y después de cerrada la experiencia de los Estados burocráticos, sigue sosteniendo aun hoy este erróneo enfoque abstracto. [85]

Porque, finalmente, lo que el PTS, en su dogmatismo, se niega a reconocer, es que en la URSS burocratizada se relanzó la explotación del trabajo, bajo una forma distinta –aunque emparentada– a la del capitalismo: las formas de “explotación mutua” desarrolladas en el texto precedente. Pero para “descubrir” esto no hacía falta recurrir a Naville. Bastaba con tener en cuenta las descripciones –no sistematizadas teóricamente, es cierto– del propio Trotsky. “[Cuando Pravda dice que] ‘El obrero no es en nuestro país un esclavo asalariado, un vendedor de la mercancía-trabajo. Es un trabajador libre‘ (…) esta elocuente fórmula no es sino una fanfarronada inadmisible. El paso de las fábricas al Estado no ha cambiado más que la situación jurídica del obrero; en los hechos, vive en la necesidad, trabajando cierto número de horas por un salario (…) el nuevo Estado ha recurrido a los viejos métodos: al desgaste de los nervios y los músculos de los trabajadores [86] (…) Trabajando por piezas, viviendo en graves apuros, privado de la libertad de trasladarse, soportando aun en la fabrica un terrible régimen policial, el obrero difícilmente podría sentirse un ‘trabajador libre‘. El funcionario es para él un jefe, el Estado, un amo. El trabajo libre es incompatible con la existencia del Estado burocrático”. [87]

A modo de conclusión, podemos decir que es un hecho que la caída del estalinismo ha creado, en sentido histórico, las condiciones para el desbloqueo de la perspectiva socialista auténtica. El marxismo revolucionario en el siglo XXI tendrá nuevos desafíos y la posibilidad de transformarse en fuerza material entre la clase obrera y las masas populares. Pero para lograrlo no podrá desentenderse de las duras lecciones dejadas por la lucha de la clase trabajadora en el siglo pasado; derrotas que es una obligación transformar en enseñanzas estratégicas para los combates revolucionarios que están por venir.

 

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Notas:

[1].- Nahuel Moreno, Escuela de cuadros Argentina 1984, Buenos Aires, Crux, 1992.

[2].- Nahuel Moreno, Escuela de cuadros…, cit., p. 22.

[3].- N. Moreno, cit., p. 49.

[4].- Idem, p. 47.

[5].- Nahuel Moreno, Actualización del Programa de Transición, Bogotá, Caracteres, 1990, pp. 69-70.

[6].- Idem, p. 72.

[7].- Porque si bien Trotsky, como hipótesis central, no veía que las direcciones pequeño burguesas pudieran llegar a la expropiación de la burguesía, definió correctamente que sin clase obrera no hay revolución socialista.

[8].- Peng Tu Siu (integrante de la mayoría de la IV en ese momento), a fines de los 40 se enfrentó a Pablo alrededor de la definición de la tercera revolución china. Moreno hace referencia a él de esta manera: “Trotsky dice que hay una revolución democrática burguesa distinta a la revolución socialista (…) Peng es uno de los genios políticos más grandes del siglo (…) Los guerrilleristas planteaban ‘socialismo‘ y ‘revolución socialista‘. Peng se planta contra ellos y les plantea que muchos se olvidan de que las Tesis de la revolución permanente son atacadas desde dos ángulos. Uno de ellos, el más común porque es el ángulo reformista, es que en los países atrasados no hay revolución socialista. Pero muchas veces olvidamos que hay un ángulo nefasto, tan nefasto como el otro, que es el que sostiene que en los países atrasados sólo hay revolución socialista” (N. Moreno, Escuela de cuadros…, cit.).

[9].- N. Moreno, Escuela de cuadros…, pp. 41 y 22-23.

[10].- N. Moreno, Actualización del Programa de Transición, cit., p. 95.

[11].- A lo largo de todo Actualización…, en relación con las direcciones burocráticas, Moreno va y viene entre definirlas como “burocracia obrera” o “burocracia pequeño burguesa” sin lograr resolver el problema, porque en última instancia permanecía preso del mismo marco teórico de todo el trotskismo “tradicional” de posguerra. Sin embargo, en estas oscilaciones, se lo ve buscando permanentemente diferenciarse del concepto “fuerte” de “burocracias revolucionarias” que expresaban el pablo-mandelismo y también el SWP de EEUU respecto de Fidel Castro.

[12].- N. Moreno, Escuela de cuadros..., p. 45.

[13] – Enseguida veremos por qué estamos completamente en contra de que pueda haber en la experiencia histórica cosa tal como una forma acabada de “dictadura burocrática del proletariado”. Distinto fue el caso bajo el poder bolchevique (régimen revolucionario) cuando Lenin, con una agudeza mayor a cualquier otro dirigente bolchevique, definió el nuevo Estado, en oportunidad del debate sobre los sindicatos, como “Estado obrero con deformaciones burocráticas”. Los supuestos “Estados obreros deformados” de la segunda posguerra nada tenían que ver con el verdadero Estado obrero “con deformaciones” de comienzos de la década del 20.

[14].- La Escuela de cuadros es en verdad la transcripción de un curso oral dado por Moreno, por lo que la crítica podría parecer algo injusta. Pero aun así, las expresiones utilizadas son sintomáticas: no fue la clase obrera la que “se posesionó” del Estado. En este sentido, hasta la “ortodoxia” pablo-mandelista admitía que la que se posesionó de los medios de producción mediante la expropiación fue la burocracia. En todo caso, era la propiedad la que se suponía que estaba “en manos de la clase obrera”, lo que para nosotros evidentemente no fue así, dado que, en la transición socialista, propiedad y posesión deben tender crecientemente a superponerse.

[15].- N. Moreno, cit., p. 101.

[16].- Así, por ejemplo, en Actualización… se lee: “(…) planteábamos [que] si la revolución de febrero no se transforma en revolución de octubre es inevitable la contrarrevolución burguesa. Pero la complejidad del paso del capitalismo al socialismo ha producido híbridos que no son ni uno ni otro polo. En la URSS no hubo contrarrevolución burguesa sino, por ahora, contrarrevolución burocrática” (p. 89). Así es, y lo que no se puede dejar de lado, a la luz de la experiencia histórica del siglo XX, es la especificidad del fenómeno de la contrarrevolución burocrática, cuya correcta apreciación debe ser parte integrante de la teoría de la revolución en el siglo XXI.

[17].- La explicación aquí es que la economía sólo puede ser burguesa u obrera. Como desarrollaremos más abajo, lo que ocurrió fue que, bajo condiciones excepcionales, la burocracia usufructuó a su servicio la expropiación como subsistema del capitalismo mundial, tributario de formas de explotación del capitalismo, y no Estados obreros.

[18].- Durante los 80, en el viejo MAS, de manera reduccionista se decía que peleábamos por un tipo de régimen, el “socialismo más democracia”, o que lo que nos caracterizaba era la pelea por la “democracia obrera”. A nuestro entender, esto perdía completamente de vista que la pelea de los socialistas revolucionarios es por el proyecto íntegro de la revolución y el socialismo, que de ninguna manera pudo ser cumplido, en el sentido auténtico del término, por las burocracias pequeño burguesas y burocráticas.

[19].- Esto fue en oportunidad de la crítica a un documento de la mayoría mandelista del SU, Democracia socialista y dictadura del proletariado, que, tal como denunciaba Moreno, cedía a las presiones “democratizantes” del eurocomunismo y adelantaba una incorrecta concepción legalista de la revolución.

[20].- Sobre este último aspecto, remitimos a Construir otro futuro, especialmente a la parte referida a la reivindicación crítica de los bolcheviques en el poder. En la tradición de la mayoría de las corrientes del trotskismo, nunca se lleva a cabo este balance crítico y se recae en el error habitual de hacer de las necesidades de la guerra civil una virtud o una norma para toda dictadura proletaria. En este sentido, sigue siendo actual el abordaje metodológico –más allá de errores de contenido en la crítica misma– de Rosa Luxemburgo en su texto La revolución rusa: “Nos vemos enfrentados al primer experimento de dictadura proletaria de la historia mundial (que además tiene lugar bajo las condiciones más difíciles que se puedan concebir) (…). Sería una loca idea pensar que todo lo que se hizo o dejó de hacer en un experimento de dictadura del proletariado llevado a cabo en condiciones tan anormales representa el pináculo mismo de la perfección. Por el contrario, los conceptos más elementales de la política socialista y las comprensión de los requisitos históricos necesarios nos obligan a entender que, bajo estas condiciones fatales, ni el idealismo más gigantesco ni el partido revolucionario más probado pueden realizar la democracia y el socialismo, sino solamente distorsionados intentos de una y otro”. En Obras escogidas, Buenos Aires, Pluma, 1975, tomo 2, p. 171.

[21].- De conjunto, se trata de un trabajo defensista que pierde totalmente la dimensión de la revolución antiburocrática, en momentos (fines de la década del 70) donde no había ningún elemento particular que pusiera sobre la mesa el problema de la “defensa de la URSS”.

[22].- N. Moreno, op. cit., p. 242.

[23].- Un “mérito” puramente defensista, siendo que el defensismo, como decía Trotsky,           debía ser un elemento subordinado a la estrategia del impulso a la revolución antiburocrática.

[24].- Este aspecto de la crítica de Moreno a Mandel era y sigue siendo correcto, porque la idea de que la burguesía, bajo la dictadura del proletariado, goce como norma prácticamente de todos los derechos políticos es una concepción democratista que pierde de vista el contenido de la dictadura del proletariado en tanto imposición sobre las clases ex propietarias. Suponer que no se ejercerá la dictadura sobre nadie es ridículo e irreal, porque el período de la transición será necesariamente convulsivo, cruzado por guerras civiles y enfrentamientos revolucionarios contra el imperialismo. Por esto mismo Lenin se refería a la dictadura del proletariado no sólo como “democracia de nuevo tipo” sino también como “dictadura de nuevo tipo”, esto es, de la mayoría sobre la minoría.

[25].- No consideramos en absoluto que El Estado y la revolución sea “antediluviano”, sino un texto de plena vigencia teórica. Veamos un pasaje significativo: “El oportunismo no extiende el reconocimiento de la lucha de clases a lo fundamental, al periodo de transición del capitalismo al comunismo, al período del derrocamiento y de la eliminación completa de la burguesía. En realidad, este período es, inevitablemente, un período de lucha de clases de una violencia sin precedentes, en que esta revista formas de una agudeza sin precedentes, y, por consiguiente, durante ese período el Estado debe ser inevitablemente un Estado democrático de nuevo tipo (para los proletarios y desposeídos en general) y dictatorial de nuevo tipo (contra la burguesía)”. Obras completas, Buenos Aires, Cartago, 1971, p. 46. Moreno, en cambio, justifica el ejercicio de un poder dictatorial no sólo sobre la burguesía (la imprescindible dictadura del proletariado propiamente dicha) sino sobre la propia clase trabajadora.

[26].- V.I. Lenin, El Estado y la revolución, cit., p. 95.

[27].- Esto es una completa mistificación de los métodos de explotación de la burocracia en los países del Este. El propio Trotsky repite varias veces en La revolución traicionada –ver especialmente el capítulo IX– que la burocracia recurría a los mismos métodos que el capitalismo: la “explotación de los nervios y los músculos” de los trabajadores.

[28].- Otra cuestión es que en sí mismas estas reivindicaciones hayan adquirido una dinámica restauracionista del capitalismo hacia fines de los 80 y principios de los 90, ante la ausencia de toda acción independiente y socialista de la clase trabajadora cuando las revoluciones-desmoronamiento (F. Fejtö) de estos estados. También cabe tener en cuenta que el texto de Moreno era una polémica contra las posiciones legalistas y democratizantes del SU. Pero esto no salva el hecho de que el libro es un desastre de principio a final. En ese sentido, J.P. Divés señala: “Las concepciones generales objetivistas y triunfalistas, la revisión errónea de la teoría-programa de la revolución permanente, están directamente ligadas a esta cuestión de los ‘Estados obreros’ (…) ésta tuvo (…) consecuencias directas en cuanto a la concepción del socialismo y de la transición (…) sistematizaron y agravaron los aspectos más equivocados de la teoría de Trotsky sobre la URSS y luego los análisis igualmente erróneos que la IV Internacional formuló en la posguerra para explicar las transformaciones en Europa del Este (…). Esta sistematización / agravación se condensa en una obra: La dictadura revolucionaria del proletariado (…). No todo lo que dice Moreno en este trabajo es falso (…). Sin embargo, sobre lo esencial, es decir, lo que concernía a la interpretación de las revoluciones del siglo XX y los problemas de la transición al socialismo, este documento estaba globalmente equivocado”. En Construir otro futuro, pp. 185-6.

[29].- N. Moreno, cit., p. 97.

[30].- Idem, p. 100.

[31].- Idem, pp. 264-265.

[32].- Idem, p. 272.

[33].- Esto es, plantea la unidad entre el núcleo del proletariado y las más amplias masas populares explotadas y oprimidas. En el caso del Argentinazo, es en cierto modo a esto a lo que queremos referir con la estrategia de “unidad de clase” entre el núcleo de la clase obrera ocupada y la masa de trabajadores desocupados organizados en los movimientos piqueteros, bajo la conducción de los primeros.

[34].- N. Moreno, cit., pp. 146-7.

[35].- V. I. Lenin, El Estado y la revolución, ed. cit., p. 50. Este magnífico pasaje condensa el carácter realmente de masas, “popular”, de toda verdadera revolución obrera y socialista.

[36].- En Moreno, esta concepción reduccionista de la conciencia de los trabajadores, esta valoración de la clase trabajadora, en última instancia, como masa de maniobra del partido, estaba presente ya en El partido y la revolución (el llamado “Morenazo”) de 1973. Se trata de un trabajo en muchos aspectos valioso y educativo respecto de cómo hacer política revolucionaria en polémica con la orientación pro guerrillera del mandelismo en aquellos años, pero cruzado por esta teorización equivocada de la relación del partido con la clase.

[37].- N. Moreno, La dictadura…, cit., p. 132.

[38].- Esto es muy común en el comportamiento de diversas corrientes del trotskismo argentino. También para ellas “la clase obrera y las masas no aparecen más que como campo de maniobras del partido, no se las considera como sujeto de la revolución y de la construcción del socialismo. Se abandona la base del trabajo marxista revolucionario, la tarea central del partido y de la organización: elevar el nivel de conciencia de las masas y de su vanguardia (…)”. En Construir otro futuro, p. 191.

[39].- N. Moreno, cit.

[40].- N. Moreno, cit., p. 142.

[41].- Al respecto, es casi innecesario aclarar que disentimos completamente con la tesis de John Holloway de que no sólo el partido sino la misma clase trabajadora, para “cambiar el mundo”, deben abstenerse de tomar el poder. Esto no es más que una utopía reaccionaria que impide enfrentar los verdaderos e inevitables “peligros profesionales del poder”. Afirmamos categóricamente que no puede haber transición socialista alguna –como momento esencialmente político– sin que la clase trabajadora asuma firmemente el poder.

[42].- Recordar la preocupación de Lenin hacia el final de su vida por la superposición de los organismos del partido y de las instituciones del Estado soviético.

[43].- Este peligro de instrumentalización de los movimientos, sindicatos u organizaciones de la clase o la vanguardia lo vemos todo el tiempo en algunas de las corrientes revolucionarias como el PO y el MST, que cuando ganan un movimiento o un sindicato se adueñan de ellos como si fueran propios y no de los trabajadores que los votaron para dirigirlo. El PTS hace algo parecido, aunque en muchos casos combina ese aparatismo con demagogia democratista.

[44].- En realidad, la crítica les cabe incluso en mayor medida, dado que a) a diferencia de Moreno, y por simples razones cronológicas, conocieron hechos históricos trascendentales como la caída del Muro sin que ello los moviera a sacar ninguna conclusión teórica, y b) su elaboración suele no ser más que una reedición vulgarizada y empobrecida de la del propio Moreno.

[45].- Centristas son, en la definición de Trotsky, las corrientes que oscilan entre reforma y revolución. Es, efectivamente una categoría muy útil para el análisis de las organizaciones que oscilan a izquierda y derecha en los procesos revolucionarios y para aquellas plagadas de rasgos oportunistas, incluso cristalizados, como es el caso de la LCR francesa. El problema es que el PTS considera a todas las organizaciones, salvo, lógicamente, la propia, como “centristas”. Una muy buena crítica al respecto es la de Jorge Sanmartino, de Socialismo Revolucionario de Argentina.

[46].- Antonio Labriola, Socialismo y filosofía, Buenos Aires, Antídoto, 2004, p. 194.

[47].- Manolo Romano, “Polémica con la LIT y el legado teórico de Nahuel Moreno”, en www.pts.org.ar.

[48].- Ver Construir otro futuro, ed. cit.

[49].- En la revolución del 4 de noviembre de 1918 cae el Káiser como producto de la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial, pero le sucede un gobierno socialdemócrata reformista en el marco de la democracia burguesa.

[50].- L. Trotsky, La revolución permanente, ed. cit., p. 30.

[51].- Sobre las consecuencias oportunistas y etapistas de esta ubicación hay abundante evidencia en la Escuela de cuadros (1984), donde Moreno llegaba a decir que no estaba descartado que en Argentina “venga la democracia y por 10 ó 15 años solucione los problemas” del país. Pero incluso en un texto más trabajado como Actualización… encontramos afirmaciones descarnadamente etapistas: “Nuestro partidos tienen que reconocer la existencia de una situación revolucionaria pre-febrero para sacar consignas democráticas adecuadas a la existencia de direcciones pequeño burguesas que controlan el movimiento de masas y a la necesidad de establecer una unidad de acción lo más pronto posible para hacer la revolución de febrero. Debemos comprender que es inevitable hacerla y no tratar de saltarnos esa etapa, sino sacar todas las conclusiones estratégicas y tácticas necesarias, ser la vanguardia de esa revolución de febrero, ser los campeones de la intervención en ella”.

[52].- El “trotskismo” del PTS es de un tipo bastante alejado del de Trotsky, que se apoyaba en la experiencia viva de las revoluciones para teorizar: “(…) han tenido lugar acontecimientos tales, y hemos aprendido tanto de ellos, que tengo que reconocer que me repugna la manera actual de los epígonos de examinar los nuevos problemas históricos, no a la luz de la experiencia viva de las revoluciones realizadas por nosotros, sino a la vista principalmente de textos que se refieren únicamente a la previsión hecha por nosotros de las revoluciones futuras”. La revolución permanente, cit., p. 55. En clave actual, la lección metodológica es que no pueden aceptarse en bloque los presupuestos teóricos y programáticos establecidos de manera previa al derrumbe final de los países del Este.

[53].- M. Romano, cit.

[54].- El PTS engloba a todas las corrientes del trotskismo en la posguerra bajo esta denominación, que da cuenta de los límites en gran medida insalvables que las determinaron, pero que efectúa a la vez una igualación ahistórica que impide delimitar unas de otras.

[55].- M. Romano, cit.

[56].- Idem.

[57].- M. Martínez, cit.

[58].- M. Romano, cit.

[59].- Idem.

[60].- L. Trotsky, cit., p. 163.

[61].- En este sentido, ver el ángulo distintivo que Rakovsky, Kossior, Murálov y Kaspárova expresaron acerca de estas medidas, desde el interior mismo de la URSS, a comienzos de los 30 en la “Declaración en vista del XVI Congreso del PC”.

[62].- Respecto de las conquistas económicas en los Estados no capitalistas de posguerra veamos lo siguiente: “(…) la especificidad de esta formación social se revela también en la dinámica de las fuerzas productivas (…) El desarrollo industrial y agrario extensivo y la incapacidad del régimen para pasar a un crecimiento basado en la intensidad tecnológica constituye otra desmentida de la tesis que considera a la URSS capitalista, y también de que pudiera convertirse en una sociedad burocrática superadora del capitalismo a nivel mundial”. R. Astarita, Debate Marxista Nº 9.

[63].- M. Romano, cit.

[64].- Ver más arriba nuestra crítica a la categoría de “burocracias obreras” acuñada por Ernest Mandel.

[65].- Por supuesto, esto no quiere decir que al comienzo no haya habido conquistas económicas; las hubo (con un desarrollo extensivo de las fuerzas productivas), pero a costa del proceso de organización independiente de los trabajadores y del desarrollo de la revolución en el centro del mundo, con la particularidad de no abrir el proceso de transición al socialismo.

[66].- L. Trotsky, La revolución traicionada, ed. cit., pp. 225-226. Esto es, no alcanza con la valoración de la estatización como “hecho en sí” de la naturaleza obrera del Estado; el problema es valorar la tendencia general y el verdadero contenido social que éste va adquiriendo. Así lo indica la experiencia histórica, aunque quede malparada una supuesta “ortodoxia».

[67].- M. Romano, cit.

[68].- Paula Bach, “Después del estalinismo y lejos del marxismo”, en www.pts.org.ar.

[69].- Karl Marx, Crítica del Programa de Gotha, Buenos Aires, Anteo, 1972, p. 90.

[70].- P. Bach, cit.

[71].- El PTS incurre entonces, como Mandel, en una mistificación de la burocracia. Siguen acríticamente a Evgeny Preobrajensky y su trabajo La nueva economía, esfuerzo de interpretación valioso pero, no casualmente, nunca asumido por Trotsky, que no lo cita una sola vez en La revolución traicionada. Preobrajensky plantea la teoría de la supuesta oposición de la “ley del plan” frente a la ley del valor. Pero la “ley del plan”, en función de consideraciones de la producción como valores de uso y no de cambio, no puede operar “objetivamente”, ni puede escapar tampoco, en última instancia, a las imposiciones de la ley del valor. Por lo tanto, lo decisivo es nuevamente en manos de quién está la planificación. Cualquier otra posición es un derrape a la capitulación a la burocracia, como ocurrió con el propio Preobrajensky. Esgrimir supuestos principios de racionalidad per se de la planificación, en las condiciones de la burocratización de la ex URSS, no era ni es otra cosa que una racionalización de la explotación burocrática.

[72].- L. Trotsky, La revolución traicionada, ed. cit.

[73].- P. Naville, El nuevo Leviatán, ed. cit.

[74].- P. Bach, cit.

[75].- L. Trotsky, La revolución traicionada, p. 224.

[76].- P. Bach, cit.

[77].- L. Trotsky, cit., p. 227. Nos parece evidente que, en esta descripción de           los mecanismos de apropiación de la acumulación del plustrabajo social por parte de la burocracia, el término “embaucada” es aquí un mero sucedáneo de “explotada”.

[78].- P. Naville, El nuevo Leviatán, cit. Análogamente, los trabajadores, en las condiciones de las experiencias de producción y distribución social en el Argentinazo, tienen que aprender a mirar críticamente las progresivas conquistas y nuevas relaciones en las que están insertos. Pero el PTS, al igual que el PO, es en este sentido completamente ciego a las limitaciones de estas experiencias, en particular cuando las dirige.

[79].- P. Bach, cit.

[80].- El criterio economicista de considerar el desarrollo de las fuerzas productivas como un fin en sí mismo –emparentado además con el reformismo de la II Internacional– pierde de vista que el objetivo principal de la transición es la permanente transformación de las relaciones sociales en todos los terrenos. Y este criterio debe distinguirse del hecho de reconocer que el desarrollo de las fuerzas productivas es una condición indispensable (junto con el desarrollo de la revolución mundial) para el revolucionamiento de las relaciones sociales de producción.

[81].- P. Bach, cit.

[82].- Por otro lado, tenemos otra explicación para el desarrollo de la URSS, China y Cuba durante el período histórico en que se verificaron progresos, aun contradictorios, en el desarrollo de sus fuerzas productivas: el hecho de haber sido –durante algunas décadas– naciones relativamente independientes del imperialismo.

[83].- Rolando Astarita hace, por su parte, una crítica en este aspecto similar a este automatismo objetivista de considerar la planificación “en sí misma” como “introducción de un principio de racionalidad en la economía”, independientemente de la democracia de los trabajadores. En un verdadero Estado obrero, consideramos a esa democracia obrera, como hemos dicho, parte integrante esencial no sólo del régimen político, sino de las propias relaciones sociales de producción. Dice Astarita: “(…) si bien las relaciones de producción no eran capitalistas, tampoco era posible considerarlas ‘socialistas‘ o ‘proletarias‘. Hemos criticado este concepto en nuestro análisis de las posiciones de Trotsky, sobre la base de dos argumentos interrelacionados: la extracción sistemática de excedente, que determina una relación de explotación, y la dinámica no socialista que se originaba en el control burocrático sobre los medios de producción. La propiedad estatal-burocrática de los medios de producción en la URSS impedía el avance de la socialización, reproduciendo una relación de explotación. Los trabajadores no podían administrar la economía, decidir el monto y naturaleza de las inversiones y de los planes quinquenales ni articular la distribución en su beneficio. En un sentido profundo, la ausencia de control y administración de las masas sobre los medios de producción era total, porque el control burocrático sobre el conjunto de la economía era clave para la apropiación del excedente”. R. Astarita, “Relaciones de producción y estado en la URSS”, Debate Marxista Nº 9, 1997.

[84].- R. Astarita, cit.

[85].- “Cerrada”, en realidad, para nosotros, porque estar atados a los esquemas economicistas tiene efectos tremendos sobre las corrientes que no han sacado balance alguno de la experiencia del Este. Tanto el propio PTS, como el PO y el MST (bien que de diferentes maneras) siguen considerando aun “residualmente” como Estados obreros a la actual Rusia, China, etc., lo cual es una aberración política y teórica sin nombre.

[86].- Digamos que esto es un rotundo mentís a la concepción de Nahuel Moreno, que decía (en La dictadura revolucionaria del proletariado) que en la ex URSS imperaba una supuesta “democracia de los nervios y los músculos”.

[87].- L. Trotsky, La revolución traicionada, p. 228.

 

[01].- Recordamos aquí la opinión de León Trotsky acerca de las razones y consecuencias políticas de las concepciones “objetivistas”: “Desde hace mucho, el camarada Vereecken ha caracterizado al POUM de forma totalmente errónea, pensando que, bajo la presión de los acontecimientos, este partido, por así decirlo, evolucionaría ‘automáticamente‘ hacia la izquierda, y que nuestra política en España debería limitarse a un ‘apoyo crítico‘ al POUM. Los acontecimientos no han confirmado en absoluto este pronostico fatalista y optimista, extraordinariamente característico del pensamiento centrista, pero en manera alguna del pensamiento marxista”. León Trotsky, España revolucionaria, Buenos Aires, Antídoto, 2004, p. 250. Estas graves consecuencias políticas de los análisis y la política objetivistas se verificaron palmariamente en la crisis del viejo MAS.

[00].- Hay dos partidos o corrientes principales que se reivindican morenistas: el MST argentino y el PSTU brasileño. Más allá de que tradición y balance son dos planos no necesariamente iguales, podemos decir que, en el caso de estos partidos, ninguno ha logrado pasar el menor balance de la incorrecta síntesis objetivista de los 80: ni en lo que hace a la teoría de la revolución, ni tampoco respecto de los países del Este. En todo caso, se trata de versiones que de una u otra manera son vulgarizaciones de esa elaboración de Moreno, lo que no hace más que agravar los problemas que ya tenía. Por tanto, la critica teórico-programática a Moreno aquí vertida les cabe, con mucho mayor motivo, a estas corrientes.

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