Sobre pandemias, cuarentenas e intelectuales

Miserias de la infectadura

El lunes 1 de junio se dio a conocer una “carta-denuncia” titulada “La democracia está en peligro”.

Martín Primo
Director del semanario Socialismo o Barbarie.


La misma está firmada por algo menos de 250 personas entre ellos licenciados e investigadores (en su inmensa mayoría del área social) y entre los que se cuentan menos de 25 científicos del área de la medicina o biología.

Esta carta abierta, que fue impulsada por la investigadora del Conicet, Sandra Pitta, tuvo una fuerte repercusión en los medios de comunicación ante todo porque en la misma se calificaba al modo de gobernar de Alberto Fernández como una “infectadura”.

La estructura de la carta es la siguiente: empieza con un párrafo en donde se acusa al gobierno que en un principio ninguneo el peligro de la pandemia. Hay que reconocer que algo de esto es verdad. Pero esta acusación solo tiene la función de dar pie al segundo párrafo en donde se busca desprestigiar la medida de la cuarentena por haber sido “improvisada”. Es decir porque no se tenía un plan ya previsto de cómo enfrentar una pandemia. Lo cierto es que el problema central no fueron las idas y venidas del gobierno, ni el nivel de improvisación. No fue centralmente un problema de tiempo, sino tomemos en cuenta que pasados casi 80 días de cuarentena seguimos sin test ni insumos en los hospitales. El problema más grave y del que son responsable todos los gobiernos patronales es que la Argentina es un país con altísimos índices de pobreza. Situación agravada porque cuenta con un sistema sanitario extremadamente frágil y carente de recursos materiales y humanos. Claro, de esto la carta no dice nada.

Una vez sentado el desprestigio original contra la medida de la cuarentena, estos intelectuales dan rienda suelta a su fibra libertaria. ¿Serán un nuevo grupo anarquista? No, son 244 pequeños burgueses que miran la pelusa de su ombligo y cuidan los intereses de los de arriba. Entonces, disfrazados de un grotesco Robespierre con la adarga al brazo y la lanza en ristre, se lanzan contra el estatismo del gobierno que ha decretado que estamos ante “la hora del Estado”.

Vemos como sigue.Una vez estatuido que la cuarentena improvisada dio lugar a un estatismo asfixiante pueden preparar el terreno para su cuarto párrafo que podríamos titular “la amalgama y el desbarranque”. Montados en el hastío que genera la cuarentena, nuestros intelectuales muestran sus habilidades ora como teóricos, ora como lingüistas. Primero soslayan las necesidades que impone el cuidado de la salud pública y lo igualan con el discurso sobre “seguridad nacional”. Esto no es casual, el discurso sobre la seguridad nacional es el que levantaron siempre las dictaduras latinoamericanas: en pos de la seguridad de la nación, todo estaría admitido, incluso la suspensión de las garantías constitucionales. Este paso era necesario para darle lugar a su neologismo estrella: infectadura.

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Hagamos acá un parate. La torpeza de nuestros intelectuales los llevo a un choque inesperado. Es que en su argumentación declaran que la “infectadura” está legitimada por el relato de expertos quienes estarían “seguramente acostumbrados a lidiar con escenarios que se asemejan a situaciones de laboratorios y ratones de experimentación, pero ignorantes de las consecuencias sociales de sus decisiones”. ¡Sí, leyeron bien, nuestros intelectuales, periodistas y escritores acusaron a los infectólogos de ser ignorantes que viven dentro de una campaña sanguchera!

Como era de esperar la Sociedad Argentina de Infectología se sintió tocada y en menos de 24 horas les respondió con un contundente comunicado en donde les informan a nuestros intelectuales: “Nosotros los infectólogos enérgicamente repudiamos la desgraciada referencia a la “dictadura de la infectología”[…] No somos nosotros los que trabajamos diariamente con animales de experimentación, sino con seres humanos. De hecho, la Infectología es posiblemente una de las ramas más sociales de la medicina; la que se ocupa de las enfermedades que afectan a las personas más vulnerables”.

Luego de leer la respuesta de los infectólogos, volvamos al manifiesto de “nuestros intelectuales”. El siguiente párrafo es lo más parecido a una cortina de humo. Es el párrafo en donde los firmantes de tan bella epístola nos desasnan con las preanunciadas “consecuencias sociales”. Acto seguido pasan a una mescolanza que trata (torpemente) de ocultar sus verdaderas intenciones. Allí se mezclan la denuncia a las muertes en algunas penitenciaria, con las prisiones domiciliarias; los turistas varados en el exterior, con los hijos de padres separados, la suspensión de las clases, con la militarización de los barrios. En definitiva  un cambalache en donde se mezcla la biblia y el calefón cuya resultante rezuma una agria hipocresía. Por lo pronto recordemos todos estos temas denunciados, ya vamos a ver con cuanta vehemencia los recogen al final de la misiva.

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Así llegamos al sexto de nuevepárrafos, la divina y dorada proporción, el momento en donde los grandes retóricos clásicos enseñan que hay que incluir lo más importante, el climax del discurso. Aquí nuestros intelectuales decidieron poner el nudo real de su denuncia: “el desdén por el mundo productivo no tiene antecedentes”. En definitiva, la guita hace al mundo andar.

Luego del clímax, viene el relax. Y el párrafo que continúa es un verdadero relajo. El mismo empieza con una sentencia grandilocuente: “la democracia está en peligro”. Y para darle más dramatismo le agrega: “posiblemente como no lo estuvo nunca desde 1983”. Ante estas afirmaciones rubricadas por tantos politólogos, ensayistas y doctores en filosofía uno anticipaba un buen puñado de argumentos que despierten las mentes menos sensibles… Pero no, la frustración que nos embarga es directamente proporcional a las expectativas generadas: en una línea nos  comentan que el gran drama de la democracia es que el congreso funciona a medias (ojo, esto lo podría firmar el FIT) y que la Justicia sigue de feria y se autoexcluye de la actual coyuntura.

Y así llegamos al octavo párrafo, el último que vamos a comentar, puesto que el noveno es simplemente de forma. Este es su verdadero cierre. Después de una no tan extensa, pero si aburrida “carta-denuncia”, nuestros intelectuales se aprestan a realizar un llamado y una exigencia. El primero es una convocatoria a todos sus amigos a “redoblar una actitud crítica y vigilante hacia el poder gubernamental, aumentando la deliberación y conversación social sobre las consecuencias del aislamiento obligatorio”. Sí, nuevamente leyeron bien, no les preocupa la pandemia, solo la cuarentena. Y por último, coherentes con su preocupación central, la gran “exigencia”: que el gobierno presente “un plan de salida para esta situación anormal” (la cuarentena).

En definitiva, la carta-denuncia es un texto pequeñoburgués al servicio del gran capital cuya objetivo es acorralar al gobierno para que este flexibilice o levante la cuarentena. Una política negacionista que no le importa en lo más mínimo la salud de la población y solo le preocupa volver a poner en marcha sus negocios: money, money, money.

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