Hacia el final de la Guerra Civil en Estados Unidos, Friedrich Engels es- cribió a Joseph Weydemeyer haciendo la siguiente profecía: «Una vez que la esclavitud, la mayor cadena para el desarrollo político y social de Estados Unidos, ha sido rota, el país está destinado a recibir, en el tiempo más breve posible, un impulso con el que adquirirá una posición bien diferente en la historia del mundo, y pronto encontrará uso para el ejército y la marina que la guerra le está proporcionando»1. Efectivamente, la guerra proporcionó un gran impulso al capitalismo del norte, después del cual se embarcó en una precipitada expansión continental. Durante tres décadas, esto resultó ser una tarea tan absorbente que se hizo poco para proyectar el poder estadounidense fuera de sus propias fronteras. William Seward, secretario de Estado con Lincoln y después con Johnson, quiso hacer adquisiciones en el Caribe, pero los republicanos radicales no estaban interesados. Se enviaron tropas para reprimir la resistencia de sioux y apaches; se compró Alaska y se dieron pasos para modernizar la mari- na de guerra. Pero, durante una generación, las terribles pérdidas de la Guerra Civil legaron una gran desconfianza en las aventuras militares. En vez de ello, los principales temas de controversia eran tres procesos íntimamente relacionados que eran del máximo interés para Marx y Engels: el avance del capitalismo en América del Norte, el despliegue de una lucha de clases épica y el progreso hecho hacia la construcción de un genuino partido obrero. El resultado de esta tremenda contienda iba a determinar la posibilidad, el ritmo y el carácter de cualquier tentativa de Estados Unidos por construir un imperio.

En la era posterior a la Guerra Civil, los recientemente reunificados Estados Unidos eran el más dinámico y pronto el mayor Estado capitalista del mundo. Ningún país ilustraba con más precisión las ideas de Marx. Grandes líneas de ferrocarriles se extendieron por el continente, por doquier aparecieron enormes fábricas que producían acero, maquinaria agrícola y máquinas de coser. La emancipación de cerca de cuatro millones de esclavos, la desmovilización de millón y medio de soldados, y la llegada de una corriente de nuevos inmigrantes aumentaron el tamaño de la clase obrera más diversificada del mundo. Marx había pronosticado que las condiciones capitalistas generarían conflictos de clase a medida que los obreros entraran en contacto unos con otros y descubrieran su común condición. Aunque al principio pudieran seguir a sus patronos, los intentos obreros por conseguir seguridad y mejoras salariales o de las condiciones laborales los llevarían repetidamente al conflicto con éstos. Esto les enseñaría la necesidad de organizarse y de buscar la representación política. Y ya que el capitalismo creaba riqueza en un polo y miseria en el otro, y ya que era presa de crisis recurrentes, los obreros se verían arrastrados a apoyar medidas cada vez más radicales.

En abril de 1866, Marx escribía a Engels diciendo que, «después de la fase de la Guerra Civil, es cuando Estados Unidos está entrando realmente en la fase revolucionaria»2. Claramente, los dos hombres esperaban que la victoria de la Unión significara algo más que el fin de la esclavitud, por trascendental que ésta fuera. También esperaban que sirviera para afirmar nuevos derechos políticos y sociales. Si los libertos cambiaban simple- mente de ser esclavos de una persona a esclavos de un salario, si se les negaba el derecho de voto, de organización o de acceder a la educación, entonces el término «emancipación» sería una burla. A medida que fue avanzando, la era de la Reconstrucción trajo de hecho una oleada radical tanto en el sur como en el norte, con el Partido Republicano buscando cabalgar sobre los acontecimientos adoptando las ideas de los abolicionistas radicales, tanto negros como blancos, y con una presión que ejercía una cambiante coalición de sindicatos obreros, reformadores sociales, convenciones afroamericanas y, por último, pero no menos importante, por el creciente número de secciones estadounidenses de la Asociación Internacional de Trabajadores.

La radicalización posterior a la Guerra Civil en América del Norte se puede comparar de algunas maneras con la experiencia británica de la emancipación de los esclavos y de la reforma política en la década de 1830. En ambos países, el abolicionismo y la doctrina del «trabajo libre» parecieron en un momento dado consagrar el trabajo asalariado y su papel central dentro del capitalismo, pero solamente para dar pie al auge de los movimientos populares –el cartismo en Gran Bretaña, una oleada de luchas de clases y radicalismo popular en Estados Unidos– que desafiaban la forma establecida de hegemonía burguesa. Aunque el estandarte del trabajo libre expresaba la hegemonía burguesa en un momento dado, proporcionaba un medio de movilizarse contra ella en otro. A determinado nivel, el ideal del trabajo libre alentaba la aspiración de los trabajadores a convertirse en pequeños productores independientes, con su propio taller o granja. De ahí el eslogan republicano de «Suelo libre, trabajo libre, hombres libres» y su incorporación a la Ley de Colonización de 18623. Pero en los Estados Unidos de las décadas de 1860 y 1870, como en la Gran Bretaña de la década de 1840, había un número creciente de trabajadores asalariados que no querían convertirse en granjeros y que buscaban la mejora colectiva de los derechos de la gente trabajadora4. Desde luego, algunos trabajadores aceptaron la oferta de tierras, pero muchos se die- ron cuenta de que eso podía ser una trampa. Ya a finales de la década de 1860, los agricultores organizados en el movimiento Grange estaban enfrentándose a las exorbitantes tarifas del transporte por ferrocarril y a la feroz competencia de los grandes productores.

La Edad Dorada, con sus barones-ladrones capitalistas y sus titánicos conflictos laborales, sirvió como prueba de laboratorio para las ideas de Marx y confirmó muchas de ellas. Pero, a pesar de diversos intentos, en Estados Unidos no surgió un partido con una amplia base entre la clase obrera y el país se quedó rezagado a la hora de desarrollar un Estado de bienestar. En estos aspectos, el progreso fue mucho mayor en Europa, especial- mente en la Alemania natal de Marx, donde la aparición de un Partido Socialdemócrata inspirado en las ideas de Marx convenció al canciller alemán Otto von Bismarck para empezar a construir un sistema de seguridad social. En lo que sigue a continuación, me detendré en las tremendas oportunidades y desafíos que la Reconstrucción, «la inacabada Revolución americana» como la denominó Eric Foner, legó a Marx y a los seguidores de la Internacional en Estados Unidos5.

Reconstrucción

Marx había señalado que el trabajo entre la población blanca no podía ser auténticamente libre mientras el trabajo de la población negra permaneciera encadenado. Esto debería entenderse como una compleja proposición sociológica tanto como una simple declaración moral. La Decimotercera Enmienda (1865), que abolía la esclavitud en Estados Unidos, puso fin a un estatus legal formal que ya estaba desmoronándose por las masivas deserciones de esclavos, la Proclama de Emancipación y los profundos y perjudiciales avances del ejército de la Unión. La mayor parte de las fuerzas de la Confederación se desvanecieron y los propietarios de las plantaciones se tambalearon con su espectacular derrota. Pero, paradójicamente, en algunos aspectos el poder blanco local se mostró más fuerte en la era posbélica que antes. Alarmados ante la vista de negros libres, antiguos oficiales y soldados de la Confederación formaron milicias y patrullas destinadas a defender a las familias blancas de morbosas amenazas imaginarias, a negar la tierra o la caza a los libertos y a asegurar que siguieran disponibles para el trabajo. En Washington, el nuevo presidente compartía y toleraba esta reacción blanca en el sur, dictando miles de perdones para los oficiales confederados. El 15 de julio de 1865, Engels escribió a Marx atacando al presidente Johnson: «Su odio hacia los negros se muestra cada vez más vio- lentamente […] Si las cosas siguen así, en seis meses todos los viejos villa- nos de la secesión estarán sentados en el Congreso en Washington. Sin el sufragio para la población de color no hay nada que se pueda hacer allí»6.

Los republicanos radicales en el Congreso fracasaron por poco en impugnar al sucesor de Lincoln, pero impusieron gran parte de su propia perspectiva sobre la Reconstrucción en los antiguos estados esclavistas –incluido el voto para los libertos– gracias a la presencia de las tropas de la Unión y a la aparición de las Ligas Unionistas, que obtuvieron el apoyo de los libertos y de los blancos sureños que estaban resentidos del poder de los hacendados. Sin embargo, los vigilantes armados blancos todavía acechaban en la sombra y organizaban ataques al anochecer7.

Cuando en el norte la opinión pública se dio cuenta de la gran indulgencia presidencial con los traidores y del recurso a la violencia de los hacendados en su intento de reconstruir un régimen de trabajo coercitivo, creció el apoyo para los radicales. La indignación en el norte ante los perdones presidenciales y ante el despiadado revanchismo racial del Ku Klux Klan y grupos similares llevó a la mayoría republicana en el Congreso a apoyar medidas más radicales y a proponer la ampliación del voto a los libertos del sur. La concesión del derecho de voto para los varones negros fue establecida por las Leyes de la Reconstrucción de 1867-1868 y las Decimocuarta y Decimoquinta Enmiendas de 1868 y 1870 respectivamente. En 1866-1868, los republicanos radicales se las arreglaron para anular al presidente en asuntos clave y retuvieron alguna influencia en 1868 apoyando a Ulyses S. Grant, el general en jefe de la Unión, como candidato republicano en las elecciones presidenciales. El nuevo presidente dio su respaldo a la estrategia republicana de restaurar algunas de las sanciones sobre antiguos oficiales confederados y de obligar a los reconstruidos estados a dar el voto a los libertos como precio para su reentrada en la Unión.

La Reconstrucción se dispuso a hacer más tangibles la libertad y la igual- dad, y por un tiempo tuvo éxito en dominar el terror blanco y en promover la representación negra y la igualdad. En Luisiana se habían hecho intentos de segregar el espacio público y los medios de transporte. En 1868, la Convención Constitucional del Estado afirmaba el novedoso concepto de «derechos públicos» que otorgarían la igualdad de acceso al espacio público. La Carta de Derechos Humanos de la Constitución declaraba que todos los ciudadanos del Estado deberían disfrutar de «los mismos derechos y privilegios civiles, políticos y públicos, y estar sujetos a las mismas penas y castigos». El concepto quedaba claro con la prohibición de la discriminación racial en el transporte público y en los lugares públicos de esparcimiento o alojamiento. Rebecca Scott contrasta esta clara exigencia con el «lenguaje oblicuo» de la Decimocuarta Enmienda8.

Muchos abolicionistas y republicanos radicales creían que la supresión de la esclavitud no era suficiente y que los libertos merecían por lo menos educación libre pero también el derecho a la tierra y al voto. En esta situación, fue importante que algunas Ligas Unionistas fueran sensibles a los llamamientos abolicionistas y que una convención de 144 hombres negros de 18 estados se reuniera en Siracusa, Nueva York, en octubre de 1864. La convención de Siracusa y los posteriores encuentros en Charles- ton y Nueva Orleans formularon un amplio programa a favor de la igual- dad civil y de los derechos políticos. Muchos de los participantes en es- tos actos ya eran libres antes de la guerra. Articularon las aspiraciones de las comunidades negras de Luisiana, las islas de Carolina del Sur y Tennessee, zonas ocupadas por las fuerzas de la Unión mucho antes del co- lapso final. Los dirigentes afroamericanos sostenían que los soldados ne- gros se habían ganado la ciudadanía ayudando a salvar a la Unión. También pagaban sus impuestos y por ello merecían estar representados. En Siracusa, Charleston y en otras partes, el llamamiento no era simple- mente a favor de los derechos en abstracto, sino por expresiones tangibles de un nuevo estatus, el derecho a votar o a formar parte de un jura- do y a favor de una Ley de Colonización para el sur que diera tierra a los libertos. Una «Declaración de Derechos e Injusticias» adoptada tanto en Siracusa como en Charleston advertía de que las medidas favorables a los libertos serían una completa burla si los propietarios de las plantaciones seguían disfrutando de la libertad de intimidarlos y sojuzgarlos9.

Bajo la vigilancia de los soldados de la Unión, los libertos eligieron nuevos representantes y enviaron congresistas y senadores a Washington. Las administraciones de la Reconstrucción fomentaron una variedad de pro- gramas sociales. Estos regímenes, que duraron entre cuatro y diez años, asistieron a la elección de muchos representantes negros tanto locales como en Washington. Como explica Eric Foner, los gobiernos de la Re- construcción eran innovadores: «Escuelas públicas, hospitales, penitenciarias y asilos para huérfanos y enfermos mentales se crearon por primera vez o recibieron mayor financiación. Carolina del Sur financió la asistencia médica para ciudadanos pobres y Alabama estableció la asistencia legal gratuita para acusados sin recursos»10. Con alguna ayuda benéfica, las administraciones de la Reconstrucción sentaron las bases para un sistema educativo que comprendía escuelas universitarias y secundarias abiertas a los libertos y a sus descendientes. Pero el empoderamien- to de los libertos se desarrolló a pesar de la feroz resistencia de los «clubes del rifle» blancos, del Ku Klux Klan y de organizaciones similares. La opinión pública del norte estaba muy inquieta por el terror blanco y los sanguinarios «disturbios raciales», pero tenía poca paciencia con los ele- vados costes de una prolongada ocupación y estaba desmoralizada por los informes de corrupción de políticos oportunistas. A medida que el ta- maño de las fuerzas de ocupación de la Unión se veía disminuido, los grupos parapoliciales blancos fueron envalentonándose. En Carolina del Sur se hicieron algunos intentos para defender la Reconstrucción apoyándose en milicias mixtas locales, pero finalmente, en los estados clave, los gobernadores republicanos se apoyaron en las tropas federales11. El punto muerto que produjeron los resultados de las elecciones de 1876 condujo a un acuerdo por el que los republicanos accedieron a la Casa Blanca pero el ejército federal fue retirado del sur. Los últimos gobiernos de la Reconstrucción colapsaron, siendo reemplazados por los «redentores» blancos.

Nuevas voces

Durante el apogeo de la Reconstrucción radical, los trabajadores blancos del norte también dieron importantes pasos adelante. Mientras los libertos estaban luchando por el control del espacio, tanto público como privado, los trabajadores del norte buscaban controlar el tiempo. En esta era de industrialización, la jornada media de trabajo estaba por encima de las once horas. En 1868, se convenció al Congreso para que estableciera una jornada de trabajo de ocho horas para los empleados federales. Ocho estados tenían leyes similares, aunque su implantación era débil. La Reconstrucción radical también favoreció los primeros intentos para regular los ferrocarriles. Los indicios de un nuevo utopismo social y de un movimiento sindical efectivo se vieron alentados por las polarizaciones alrededor del republicanismo radical. Wendell Phillips se puso al frente de destaca- dos abolicionistas y de algunos radicales –de ninguna manera a todos– para apoyar las Ligas de las Ocho Horas. Al exigir la jornada de ocho horas, los «reformadores laborales» aceptaban un control de horarios y un grado de disciplina laboral como parte de un plan más amplio de mejo- ras. Partiendo de los principios del trabajo libre, Ira Steward sostenía que menos horas de trabajo significaban un salario más alto y que un salario más alto combatiría el desempleo. Sin rodeos, decía: «Los nuevos empleos dependen de un tren de vida más alto»12.

En 1866, se fundó la National Labor Union para reivindicar la jornada de ocho horas. En su primera reunión nacional, la NLU declaraba: «La National Labor Union no diferencia entre el norte y el sur, el este y el oeste; tampoco diferencia el color o el sexo por lo que se refiere a los derechos de los trabajadores»13. Algunos negros se unieron al movimiento. The New Orleans Tribune, publicado por periodistas negros, apoyaba el movimiento a favor de las ocho horas, y una Convención Estatal de Trabajadores en Carolina del Sur pedía la jornada de nueve horas. En Washington, una Convención de Trabajadores de Color pretendió en 1869 construir un puente entre los trabajadores organizados y los libertos; los distritos mineros de Tennessee se convirtieron en una de las pocas áreas del sur don- de los sindicalistas hicieron algunos avances, algunas veces reuniendo a trabajadores blancos y negros14.

El Comité Central de América del Norte de la Asociación Internacional de Trabajadores se fundó en mayo de 1871. Marx y sus seguidores habían trasladado su sede a Nueva York tras el pánico europeo ocasionado por la Comuna de París. Esto a menudo se considera una estratagema de Marx y sus seguidores para evitar que la AIT cayera en manos anarquistas y sin duda hay algo de verdad en ello. Sin embargo, como afirmaba Marx, había realmente una prometedora apertura en Estados Unidos que podía servir a la Internacional para hundir unas auténticas raíces en América del Norte. A principios de la década de 1870, la AIT tenía cincuenta secciones en una docena de áreas urbanas que se extendían desde Boston y Nueva York hasta San Francisco y Chicago. Se dijo que una milicia afroamericana de Nueva York se había afiliado a la Internacional, pero semejantes desarrollos no eran posibles en el sur. Una sección de la Interna- cional desempeñó un papel protagonista en la primera huelga general en una ciudad, la que se produjo en Saint Louis en 187715.

Algunas destacadas abolicionistas rehusaron apoyar la Decimocuarta Enmienda aduciendo que, aunque otorgaba el derecho de voto a los negros, lo negaba a las mujeres16. Ésta era una discusión sobre prioridades, ya que prácticamente todos los abolicionistas apoyaban el sufragio de la mujer. La gran mayoría de los abolicionistas insistían en que había argumentos excepcionales para conceder el voto a los varones negros. El hecho de que los afroamericanos hubieran arriesgado sus vidas por la Unión te- nía un gran peso entre los votantes del norte, y lo convertía en una pro- puesta práctica inmediata17. Además, las comunidades negras estaban más expuestas a los ataques físicos que las mujeres blancas, lo que les otorgaba una mayor prioridad. Realmente, incluso con el derecho de voto, la dificultad de defender a las comunidades negras del sur se iba a demostrar muy grande. Sin embargo, estas tristes disputas no evitaron, en la dé- cada de 1870, nuevos intentos para explorar las posibilidades de una coalición progresista que incluyera el sufragio de la mujer.

La aparición de los movimientos obreros alentó la perspectiva de que en la década de 1870 podía generarse un escenario inédito, con la emergencia de nuevos temas y nuevas voces. El racismo, el sexismo y la ideología burguesa, consciente o inconsciente, continuaban sometiendo a gran parte de la población y debilitando a los movimientos progresistas. Pero algo más destacable que este previsible estado de cosas fue la aparición de desafíos al racismo, incluido el racismo institucional, a los privilegios de los varones en los hogares y lugares de trabajo así como en las urnas, y al divino derecho de los patronos a gobernar sobre sus empleados y a acumular enormes fortunas personales.

Durante un breve periodo de tiempo, unos seis años, las secciones estadounidenses de la AIT se convirtieron en guía y estandarte de diversas iniciativas radicales después de que la propia Internacional hubiese sido formalmente disuelta. La AIT y la NLU se consideraban organizaciones hermanas. Los marxistas germano-estadounidenses propugnaban lo que entonces era una doctrina muy novedosa: la idea de que solamente con que el movimiento de los trabajadores estuviera bien organizado, se convertiría en una poderosa palanca para el avance social, abriendo el camino para todas las estirpes de oprimidos. Los privilegios de los trabajadores blancos y varones no se abordaron y toda la atención se puso en la gran concentración de privilegios representada por el capital. En teoría, se daba la bienvenida a los trabajadores negros y a las mujeres trabajado- ras blancas para que se unieran a las organizaciones de trabajadores y dis- frutaran de los mismos derechos dentro de ellas, aunque en la práctica a menudo quedaban a la zaga. Algunas de las secciones de la AIT en Estados Unidos desarrollaron un marxismo primitivo y sectario que contrasta- ba con el programa y la práctica del Partido Socialdemócrata alemán. In- cluso Marx y Engels se mostraron a menudo inquietos ante la estrechez de miras de sus colegas de Estados Unidos, pero fueron parcialmente responsables de ello, ya que todavía no habían desarrollado una concepción sobre el diferente carácter y objetivos de sindicatos, por un lado, y partidos políticos, por otro.

El hecho de que la Internacional abarcara o mezclara ambos tipos de organización no era algo malo, pero la falta de una teorización de sus diferentes y específicos propósitos creaba a menudo confusión y tensión. También había un dilema sobre el alcance de las alianzas sociales. Los trabajadores necesitaban organizarse como un cuerpo diferenciado; sin embargo, también necesitaban encontrar potenciales aliados –agricultores y trabajadores agrícolas, miembros progresistas de la clase media, trabajadores por cuenta propia– en un abanico de temas. La implícita metafísica obrera de algunos de los marxistas germano-estadounidenses fracasó a la hora de afrontar estos temas. Sin embargo, a corto plazo la Internacional había crecido realmente, evitando mantener una postura clara sobre semejantes cuestiones, permitiendo simplemente que cada sección se organizara a su modo según sus propias prioridades. Los marxistas germano-estadounidenses pu- dieron ser estrechos de miras, pero estaban comprometidos con los ideales de igualdad racial y de género, a pesar de que minimizaran esos temas mientras buscaban reclutar trabajadores asalariados bona fide que no compartían semejantes compromisos, con el argumento de que sería más fácil educarlos una vez que se hubieran unido a la AIT.

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Derechos de todas las cosas vivientes

La AIT se convirtió en un punto de reunión para muchas de las dispares fuerzas que luchaban por la emancipación y que pretendían tomar parte en la reconstrucción del orden social. Atrajo la atención de Victoria Woodhull –de alguna manera la Arianna Huffington de la década de 1870–, editora de Woodhull & Claflin’s Weekly, una revista que alcanzó amplia difusión y polémica. Woodhull la utilizó para dar publicidad a las iniciativas de la AIT. En 1870 y 1871, la revista también publicó diversos artículos re- sumiendo el Manifiesto comunista y explicando los documentos de la AIT. Denunciaba los planes de los empresarios del ferrocarril y sostuvo que la avaricia de los propietarios del ferry de Staten Island los había llevado a escatimar la seguridad, conduciendo a un desastre en el que perecieron cien de pasajeros. Un editorial explicaba: «Ésta es la edad de los derechos, cuando por primera vez en la historia de la humanidad los derechos de todas las cosas vivientes están, de alguna manera, reconocidos como existentes. Sin embargo, estamos bastante lejos de conceder a todas sus derechos, pero hablamos de ellos, los vemos, y el pensamiento está ocupado determinando cómo deberían quedar asegurados»18.

Una serie de artículos titulados «Derechos del hombre o ¿cómo te gustaría que fuera?» exploraban la idea de las mujeres tomando posiciones dirigen- tes en los asuntos económicos mientras era el turno de que los hombres fueran «las gobernantas y chicas de la cocina»19. Otros artículos buscaban reconciliar la necesidad del colectivismo con los derechos del individuo. Los bancos y empresas deberían pasar a propiedad pública, y las institu- ciones democráticas deberían asegurar «la participación personal de cada uno en la preparación, administración y ejecución de las leyes que nos gobiernan». Pero el Estado no debía prescribir la manera de vivir de la gente: «La libertad social significa la absoluta inmunidad frente a la imper- tinente intrusión en todos los asuntos de incumbencia personal, tales como las creencias científicas o religiosas, las relaciones sexuales, los há- bitos de vestir, la alimentación, etc.»20. Con su hermana Tennie Claflin, Woodhull fue la fundadora de la primera agencia de bolsa femenina y uti- lizó sus ganancias para financiar el Weekly, «el periódico de bolsa para las damas». Ecléctico, cultivado y radical, el interés del Weekly por el socia- lismo y por las nuevas formas de autogobierno lo llevó a publicar una edición especial de La guerra civil en Francia de Marx. A su vez, Marx le escribió una amistosa carta en la que sugería que su hija Jenny podía ofre- cer un artículo sobre sus experiencias en Francia tras el aplastamiento de la Comuna de París en 187121.

En Europa, la buena sociedad estaba escandalizada por los supuestos ex- cesos de la Comuna, pero en Estados Unidos el sangriento aplastamiento de ésta provocó la simpatía hacia las víctimas. La guerra civil en Francia de Marx tuvo una gran difusión entre reformadores y radicales. La AIT convocó una manifestación de más de 70.000 personas en Nueva York en diciembre de 1871 para honrar a las decenas de miles de mártires de la Comuna. La manifestación reunió a los Skidmore Guards (una milicia ne- gra), la dirección femenina de la Sección 12 (Woodhull y Claflin), una banda irlandesa, un abanico de sindicatos, simpatizantes de la guerra de

la independencia cubana marchando bajo una bandera de Cuba y un amplio espectro de socialistas, feministas y políticos radicales y reformistas. En su estela, la Sección 12 y sus seguidores, reunidos alrededor de una nueva formación, la Equal Rights Convention, propusieron presentar una candidatura a las siguientes elecciones generales con Victoria Woodhull y Frederick Douglas como candidatos. Durante un breve momento, hubo un intento de presentar una alternativa progresista en las elecciones de 1872, pero acabó desvaneciéndose22.

Muchos de los seguidores de Marx desconfiaban de Woodhull. Ella era presidenta de la American Association of Spiritualists y su agencia en Wall Street había apoyado a Cornelius Vanderbilt, el hombre más rico de Estados Unidos. El Consejo de la AIT declaró que los asalariados deberían formar por lo menos el 66 por 100 de los miembros en todas las secciones. La Sección 12 fue expulsada por no alcanzar estas cifras. Aquí, parte del problema fue la incapacidad para distinguir entre sindicato y partido, así como la concepción de que los intereses de los trabajadores estaban de algún modo natural y sociológicamente establecidos, sin tener que beneficiarse de la ideología o de la política. La sectaria exclusión de la Sección 12 debilitó a la Internacional, aunque el desacuerdo que provocó se desvaneció en poco tiempo, cuando Woodhull y su Weekly se vieron envueltos en un juicio por obscenidades que la llevaron a una corta estancia en la cárcel y le impidió desarrollar su perfil político. Sus intransigentes ataques contra la mojigatería sexual llevaron a las principales corrientes feministas y espiritualistas, así como socialistas, a mantenerse prudentemente apartadas de ella23.

¿Partido contra sindicato?

Se iba a producir un gran legado de desconfianza y conflicto fraccional entre los seguidores germano-estadounidenses de Marx que pensaban que la construcción del partido era prioritaria y los que consideraban que la primera tarea estaba en los sindicatos. Como señala Bruce Levine en The Spirit of 1848, la gran emigración alemana de mediados de siglo había tenido un impacto transformador sobre la cultura estadounidense. En el momento en que la emigración estaba alcanzando nuevas cotas, los alemanes formaban casi la mitad de ella, muchos de ellos radicalizados por las experiencias de 1848. Con sus cervecerías y sus bares con terrazas, con los conciertos de música y los Turnvereine (gimnasios), los radicales alemanes habían construido una fuerte corriente secular antiesclavista antes de la Guerra Civil. Los más radicales entre ellos apoyaban los derechos de la mujer y el sufragismo; Mathilde Anneke publicaba un periódico en alemán para mujeres, mientras que Margarethe Schurz tuvo un destacado papel en la introducción de las guarderías públicas24.

En la década de 1870, los internacionalistas «yanquis» y alemanes lamentaban la violencia racial y apoyaban el derecho de voto de la mujer, pero los sindicalistas no daban prioridad a semejantes temas, mientras que muchos socialistas despreciaban la estrechez de miras y prudencia de los di- rigentes sindicales. El precio estuvo claro: los pasos que hubieran conducido al establecimiento de un partido de trabajadores y campesinos en suelo estadounidense. Robin Archer ha arrojado recientemente nueva luz sobre por qué esta posibilidad quedó cortada de raíz. Considera que se debió a la combinación de una feroz represión, el sectarismo socialista y la reluctancia de las organizaciones de los trabajadores para afrontar cuestiones políticas, ya que, de hacerlo, corrían el riesgo de enfrentarse a un gran número de trabajadores con ideas religiosas que tenían lazos con el sistema partidista existente25.

El sistema de partidos era difícil de batir, porque reaccionaba a la amena- za de terceros partidos robando sus consignas o haciendo frente común contra ellos, como hicieron republicanos y demócratas con su candidatura conjunta en Illinois en la década de 1880. Los dirigentes sindicales que destacaban eran cortejados como candidatos por cualquiera de los dos partidos establecidos. Pero ambos se lavaron las manos respecto a los barones- ladrones, mientras que las asambleas del Estado se convertían en peones de los empresarios del ferrocarril, facilitándoles grandes extensiones de terrenos públicos a cambio de sobornos. Las autoridades del Estado también utilizaban con frecuencia a la milicia estatal como rompehuelgas. Aunque algunas veces los huelguistas obtenían el apoyo de la opinión pública, los periódicos y la clase media la volvían con facilidad contra ellos.

Desde la gran huelga de ferrocarriles de 1877 y la de los mineros de Illi- nois y los metalúrgicos de Pensilvania de la década de 1880, hasta las huelgas de Pullman y Homestead de la década de 1890, Estados Unidos estuvo sacudido por luchas industriales épicas y desesperadas. Estas batallas implicaron a decenas, algunas veces centenas, de miles de trabajadores y no tenían igual en Europa. La gran huelga de 1877 ha sido descrita como «una de las más implacables explosiones de lucha de clases en la historia de Es- tados Unidos»26. Fue provocada por la pretensión de las compañías de ferrocarriles, en respuesta a la crisis económica, de recortar los salarios un 10 por 100. Los trabajadores ferroviarios contaban con la simpatía de la opinión pública, y las grandes empresas hacían frente a la militancia laboral en minas y acerías así como en los propios ferrocarriles. Las huelgas también explotaron en un gran descontento urbano. La huelga cobró impulso por- que las unidades del ejército se resistieron a poner vidas en peligro. Uno de los comandantes del ejército, el general de división Alfred Pearson, ex- plicaba: «Cuando te enfrentas al enemigo en el campo de batalla, tienes que matar. Pero aquí tenías hombres con sus padres, hermanos y familiares mezclados en la multitud. La simpatía de la gente, la simpatía de las tropas, mi propia simpatía estaba con los huelguistas. Todos nosotros sentíamos que estos hombres no estaban recibiendo el suficiente salario»27.

Al mismo tiempo que en el sur la retirada de las tropas federales dejaba el campo en manos de las milicias blancas semiprivadas, en el norte los patronos podían pagar a miles, algunas veces decenas de miles de guardias nacionales, «ayudantes de policía» especialmente reclutados y hombres de Pinkerton para romper la huelga, que se extendió hasta alcanzar ámbito nacional28. En el transcurso de la lucha, cien huelguistas perdieron la vida. Los patronos trajeron trabajadores negros para ocupar su sitio. Algunos sindicalistas concluyeron que también había que dar la bienvenida y organizar a los negros, pero llevó tiempo el que este reconocimiento formal se llevara a la práctica29.

En la década de 1880, la Agencia Pinkerton tenía más de 30.000 hom- bres, que la convertían en una fuerza mayor que el ejército de la República. Las fuerzas de este último habían caído hasta los 27.000 hombres, con los soldados que no estaban en el oeste reducidos a labores de rompehuelgas. En 1877, los demócratas pedían que el ejército se redujera a menos de 20.000 hombres. Los barones-ladrones del norte y oeste y los propietarios de las plantaciones del sur habían encontrado maneras bru- talmente efectivas de intimidar a los trabajadores. Ambos desconfiaban del ejército y ambos odiaban el poder recaudatorio federal. La marcada reducción del establishment militar federal reflejaba la convicción de muchos patronos en todos los sectores de que el ejército que había surgido de la Guerra Civil y de la Reconstrucción no estaba bien adaptado para imponer la disciplina laboral. Stephen Skowronek describe las últimas décadas del siglo como la época del «Estado construido a retales» y enfatiza el papel de las luchas obreras en modelar su peculiar formación30. Mientras que el régimen prebélico defendía las plantaciones sin regularlas, el posbélico realizaba un servicio similar para las nuevas cor- poraciones.

Derrotas y triunfos

La doble derrota de la Reconstrucción había aplastado los derechos de los negros en el sur y restringido los derechos laborales en el norte. El modelo Jim Crow en el sur y el recurso generalizado a los hombres de Pinkerton y demás matones en el norte fueron victorias de la violencia privatiza- da y de una concepción mínima del Estado. Fueron una derrota para el ideal republicano de una autoridad federal unificada y responsable. En las grandes batallas de las décadas de 1880 y 1890, cientos de huelguistas mu- rieron, miles fueron encarcelados y decenas de miles pasaron a formar parte de las listas negras. Estas duras batallas laborales fueron un eco de la guerra civil. Las empresas de los ferrocarriles buscaban adoptar una disciplina de estilo militar, vistiendo a sus trabajadores con uniformes e insignias, con un célebre general o dos en el consejo de dirección.

Aunque en el norte existía una violencia orquestada, quedó relegada por la actuación de Jim Crow. De 1884 a 1889, entre 107 y 241 negros fueron asesinados cada año por los grupos de linchadores, con un número total de víctimas superior a las 3.000 personas. Los linchamientos se concentraron en el sur y la gran mayoría fueron dirigidos contra los negros, pero en los demás sitios no eran algo desconocido y algunas veces actuaban contra sindicalistas blancos, chinos y mexicanos. A los largo de la fronte- ra con México, decenas de hispanos fueron linchados durante esos años. Y también hubo linchamientos de blancos en otras partes de la Unión, es- pecialmente en el «salvaje oeste»31. La intensificación a la hora de aplicar el modelo Jim Crow en el sur fue acompañado por duras, aunque no tan extremas, prácticas de exclusión racial en otras áreas que afectaron a la residencia, al empleo y a la educación32.

Los libertos del sur y los sindicalistas del norte no solamente hicieron frente a amenazas físicas, sino que también vieron sus intentos de organizar- se y negociar agredidos en nombre de la misma presión conservadora sobre la ideología del trabajo libre; la misma presión que llevaba a interpretar cualquier regulación o asociación como una violación de la «libertad de contrato». Los republicanos y demócratas prorrogaron esta doctrina y el Tribunal Supremo le dio carta de ley. Esta legislación pulverizó a los trabajadores y aparceros permitiéndoles negociar sólo como individuos.

¿Socialdemocracia estadounidense?

Sin un ordenamiento político capaz de regular a los patronos, era más difícil de defender la idea de un partido socialdemócrata y, para algunos, la perspectiva sindicalista parecía más realista. Otro obstáculo para las pro- puestas a favor de un partido de los trabajadores era el hecho de que el Estado federal estaba fiscalmente atado de pies y manos, produciendo pro- yectos poco viables para un Estado de bienestar. Los desembolsos de la Unión durante la Guerra Civil se habían afrontado parcialmente con un im- puesto sobre la renta progresivo. Este impuesto había sido propuesto por Schuyler Colfax, un republicano radical representante de Indiana, que más tarde fue vicepresidente con Grant33. Sin embargo, a principios de la dé- cada de 1870 el impuesto sobre la renta fue derogado y más tarde declarado inconstitucional por el Tribunal Supremo. La Decimocuarta Enmienda había prometido a «todas las personas» la misma protección de las leyes. Mientras esto se demostraba papel mojado por lo que a los libertos se refiere, las empresas –que tenían el estatus legal de personas– la invocaban con éxito contra medidas fiscales y de regulación sobre las empresas.

Estas y otras iniciativas reaccionarias podían haber aumentado la disposición de los sindicatos para respaldar a un partido de los trabajadores. Realmente, todos los que estaban tratando de organizar sindicatos generales o industriales dirigidos a las masas de trabajadores se daban cuenta de que necesitaban el apoyo del gobierno. Pero Archer afirma que muchos dirigentes gremiales claves –especialmente Samuel Gompers– tenían mayor poder de negociación industrial y temían poner en riesgo a sus organizaciones si se asociaban a aventuras políticas.

Varios sindicatos claves se habían inspirado en la agitación que rodeaba a la AIT y a los escritos de Marx sobre la importancia de la autoorganización de los obreros. Un cierto número de ellos se definían como organizaciones «internacionales» –la International Longshoremen, la International Garment Workers Union, etc.– haciéndose eco de la AIT. Algunas veces la palabra «internacional» estaba justificada por las referencias a la organización en Canadá, pero sus resonancias también se debían algo a la AIT. Si los seguidores de Marx, muchos de ellos germano-estadounidenses, pueden tener parte del mérito por el impulso dado a las organizaciones sindicales, tienen que aceptar algo de la culpa por el fracaso del movimiento obrero en Estados Unidos para desarrollar un partido de trabajadores y por la consiguiente debilidad y tardanza del desarrollo del Es- tado del bienestar en Estados Unidos. De hecho, algunos culparon de es- tos fracasos a la influencia de Marx34.

Sin embargo, Marx se mostraba a favor tanto de los sindicatos como de los partidos socialdemócratas o socialistas en la década de 1870, como fácil- mente se puede ver en el caso de Alemania. El SPD alemán estaba clara- mente vinculado a las organizaciones de trabajadores a las que apoyaba, pero su programa de Erfurt lo comprometía con unos objetivos revolucionarios y democráticos, y con las reformas inmediatas. Hizo campaña a fa- vor del voto de la mujer y de la defensa de los bosques alemanes. Más tarde apoyaría los derechos de los homosexuales y el fin de las explotaciones imperiales alemanas en África, y debatió la «cuestión agraria»35. La amplitud del programa del SPD desde luego no procedía por completo de Marx sino también de otras fuentes diversas, como, por ejemplo, los partidarios de Lasalle. Aunque Marx había luchado tenazmente contra lo que consideraba la equivocada creencia de Lasalle en el carácter progresista del Estado alemán, se desvivió por advertirle de sus errores y, por encima de todo, por conservar la relación con las decenas de miles de socialistas ale- manes que estaban influidos por Lasalle.

El ámbito programático del SPD no es la única evidencia de la aproximación defendida por Marx y Engels. La plataforma del partido de los traba- jadores franceses estaba directamente inspirada por las ideas de Marx. Su primera cláusula declaraba que «la emancipación de la clase de los pro- ductores implica a todo el género humano, sin distinción de raza o sexo»36.

Otras cláusulas comprometían al partido con el sufragio universal y con el principio de a igual trabajo igual salario. Sin duda, el economicismo toda- vía merodeaba, pero en 1879 no era un mal punto de partida. La contraposición de los sindicatos y de las organizaciones políticas como mutuamente excluyentes que realizaron en Estados Unidos socialistas y sindicalistas supuestamente marxistas no concordaba con su mentor.

En 1887, Engels rindió homenaje a los grandes progresos que estaba haciendo el movimiento obrero en Estados Unidos, mostrando su solidaridad con las trascendentales luchas de clases en Illinois y Pensilvania, la extensión de las Ligas de las Ocho Horas, el crecimiento de la Noble Orden de los Caballeros del Trabajo, los sacrificios que habían establecido el primero de mayo como el Día Internacional del Trabajo y los éxitos electorales de los primeros partidos de trabajadores de ámbito estatal37. Pero, elogioso como era, insistía en que todo el movimiento perdería el rumbo a no ser que pudiera desarrollar su propio programa de transformación: «Un nuevo partido debe tener una plataforma específica», adaptada a las condiciones de Estados Unidos. Sin él, cualquier «nuevo partido no tendría más que una rudimentaria existencia». Sin embargo, más allá de decir que el núcleo de este programa tendría que ser la propiedad pública «de la tierra, los ferrocarriles, las minas, las instalaciones industriales, etc.», no hacía conjeturas sobre qué problemas debería abordar ese programa. Engels reprendía el carácter doctrinario del germano-estadounidense Partido Socialista de los Trabajadores por su hostilidad hacia los sindicatos y su fracaso para lidiar con la realidad del país. Les urgía para que, «despojados de cualquier remanente de su vestimenta extranjera», «caminen hacia los estadounidenses que son la gran mayoría» y para que, «por encima de todo, aprendan inglés»38.

La advertencia que hacía Engels, aunque completamente justificada, también era elemental e incluso simplista. El pensamiento programático no estaba totalmente ausente de Estados Unidos, pero estaba estrangulado por las formas existentes del movimiento obrero. En muchos sindicatos había una prohibición formal de cualquier discusión política, con el argu- mento de que provocaría divisiones. La mayor organización de la clase obrera, la Noble Orden de los Caballeros del Trabajo, tenía una prohibición similar. Los Caballeros del Trabajo solamente salieron de la clandestinidad en 1881 y nunca abandonaron por completo sus raíces como sociedad secreta. Las amenazas a la seguridad y el temor de sus dirigentes a revolucionarios extranjeros la desviaron del debate público sobre sus objetivos. Los sindicatos y los Caballeros hicieron algunos esfuerzos para organizar a los trabajadores negros y a las mujeres, pero no discutían sobre cómo avanzar en la práctica hacia sus derechos39. El texto de Engels parece más dirigido a los miembros del Partido Socialista de los Trabajadores, pero no llevaba la presión suficientemente lejos como para que se volvieran conscientes de las condiciones de Estados Unidos.

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La insistencia de Engels en que el partido de los trabajadores de Estados Unidos tendría que comprometerse a la nacionalización de los ferrocarriles y de la siderurgia, era oportuna y, si alguna coalición progresista la hubiera adoptado, la propiedad pública podría haber impedido el desastre que esperaba a estas industrias en el siglo XX. Su breve lista pronto hubiera incluido la propiedad pública de los bancos, ya que eran básicos para la industria y la agricultura. Su llamamiento para la nacionalización de la tierra evitaba los enmarañados problemas de los tres millones de agricultores del país y los cuatro millones de peones y arrendatarios. Se- gún el censo de 1870, había 4,9 millones de asalariados, algunos de ellos administrativos, pero el sector agrícola todavía era muy importante. El crecimiento de la Farmer’s Alliance en las décadas de 1880 y 1890 mostraba las grandes posibilidades que había para movilizar a agricultores endeudados, arrendatarios agobiados por las rentas o aparceros, tanto blancos como negros. Engels aprobaba la idea de que un partido de los trabaja- dores de Estados Unidos debía aspirar a obtener la mayoría en el Congreso y elegir su candidato a la Casa Blanca, pero sin un llamamiento a los agricultores, arrendatarios y peones rurales –y a otros muchos– eso era una quimera. Aunque Marx y Engels tenían razón para rechazar a muchos de los «reformadores sentimentales» con sus patentados remedios para todo, algunos de estos individuos se centraron en temas fundamentales que atañían al sistemas fiscal y bancario, o a la seguridad y la democracia. El entorno de los reformadores laborales había identificado el tema de la jornada de ocho horas, explotándolo con habilidad, una demanda programática que tuvo un impulso movilizador universal (aunque su aplicación fuera a menudo difícil en las condiciones de Estados Unidos). Los radicales cuáqueros más tarde apoyarían la campaña de Ida B. Wells contra la segregación y los linchamientos.

La Internacional de Londres mantenía relaciones cordiales con Richard Hinton, un reformador laboral y organizador de la Sección de Washington DC. Cuando el dirigente marxista alemán Friedrich Sorge quiso con- trolar esta Sección, el Consejo General de Londres declaró que aquello era excederse en sus funciones y que la Sección debía ocuparse de sus propios asuntos. Realmente, la Sección de Washington se negó a respaldar la expulsión de la Sección 12 que realizó Sorge. Hinton, británico de nacimiento, era un antiguo compañero de John Brown y oficial del Primer Regimiento de Color de Kansas, un hombre fascinado por el plan de Edward Kellog de una red de bancos públicos y por las propuestas de Osborne Ward sobre las cooperativas en la agricultura y la industria. A finales del siglo XIX, las condiciones que afrontaban los pequeños agricultores les llevaban a desvanecerse en la nada, y con algún apoyo público las cooperativas hubieran tenido mucho sentido. La Sección de Hinton incluía a muchos funcionarios que, de hecho, hubieran tenido que poner en práctica cualquier programa masivo de nacionalización. Probablemente eran conscientes de que el país sólo tenía 60.000 funcionarios y de que cualquier plan socialista tendría que estimular empresas locales con fon- dos públicos o empresas de propiedad social e iniciativas desde abajo40. Hinton se asociaría más tarde con el Partido Socialista de Eugene Debs, como editor de su revista.

En su estudio, Engels desarrollaba una crítica muy comedida de las ideas de Henry George, aunque se concedía que el impuesto sobre la tierra po- dría haber desempeñado algún papel. Otra propuesta radical sobre los impuestos que mereció su examen fue la idea de Schuyler Colfax sobre una tasa sobre todo el capital accionarial. Finalmente estaba el tema de la revolución inacabada de Lincoln en el sur de Estados Unidos. Antes del triunfo de los ultrarracistas en 1900, hubo diversos movimientos que mos- traron que los agricultores y trabajadores blancos y negros podían traba- jar juntos, como, por ejemplo, los Readjusters, que obtuvieron el poder en Virginia a finales de la década de 1870, la Farmer’s Alliance, algunas ramas del populismo y el movimiento fusión de Carolina del Norte41.

En su correspondencia privada, Engels mostraba una mala opinión sobre la comprensión teórica de los marxistas y socialistas estadounidenses. Pero, poco más o menos una década después de su muerte, aparecieron tres sobresalientes trabajos que probablemente le hubieran hecho cambiar de opinión: The Theoretical System of Karl Marx (1907), de Louis Boudin, The Theory of Business Civilization (1904), de Thorstein Veblen, y The Souls of Black Folk (1903), de W. E. B. Du Bois. La erupción de titánicas luchas de clases también tuvo su impacto sobre otras corrientes de la vida intelectual muy alejadas del marxismo. La American Railway Union (ARU) de Eugene Debs rompió con la cautela del sindicalismo gremial y trató de organizar la industria ferroviaria en conjunto. En 1894, la ARU obtuvo grandes concesiones de la Great Northern Railroad y sus miembros crecieron hasta los 150.000. Sin embargo, cuando la ARU mostró que podía paralizar la mitad de la red ferroviaria, la Administración Grover Cleveland intervino para romper la huelga con mandamientos judiciales y encarcela- mientos. Una conversación con un miembro de un piquete de la ARU tuvo un impacto electrizante sobre el filósofo John Dewey:

Mis nervios estaban más excitados de lo que lo habían estado desde hacía años; sentía que haría mejor en renunciar a mi trabajo en la enseñanza y se- guirle hasta volver a la vida. Uno perdía cualquier sentido de lo que estaba bien o mal admirando su absoluta, casi fanática sinceridad y seriedad, admi- rando la magnífica asociación que estaba en marcha. Simplemente como una cuestión de estética, no creo que el mundo haya visto más que unas pocas ve- ces semejante espectáculo de magnífica unión de hombres con un interés común como esta huelga pone en evidencia […] El gobierno evidentemente va a intervenir en ella y con toda seguridad los hombres serán derrotados, pero es una gran cosa y el principio de otra mayor42.

Eugene Debs fue arrestado por desafiar los mandamientos del gobierno y leyó la obra de Marx en la cárcel. Las ideas de Marx estaban empezando a influir la cultura del radicalismo estadounidense, al mismo tiempo que, a su vez, eran modeladas por la experiencia estadounidense del ca- pitalismo de los barones-ladrones y de la desesperada lucha de clases. La sombría visión de Marx proporciona claramente los temas centrales de la extraordinariamente poderosa novela de Jack London The Iron Heel [El talón de hierro], un libro leído por millones de personas en un gran número de lenguas y que muchos sostienen que cambió sus vidas. La historia de Estados Unidos en la Era Dorada reflejaba luchas de clases tan épicas que dieron cuerpo al imaginario social de socialistas y de otros radicales no sólo en América del Norte sino en Europa y mucho más allá: América Latina, Asia y África. El Nuevo Mundo siempre había explotado los anhelos utópicos europeos, algunas veces también acompañados por temores distópicos. Los Estados Unidos de los grandes trusts capitalistas y de sus marionetas en el Congreso ofrecían un impresionante espectáculo, pero lo mismo hacía la resistencia de sus obreros y agricultores. Después de todo, el día internacional de la clase obrera, el Primero de Mayo, recuerda a los mártires de Haymarket de mayo de 1886. Así que, igual que el capitalista estadounidense, con su sombrero de copa y su cigarro, tipifi- caba la clase de los patronos, el obrero estadounidense, con su camisa y sus vaqueros o sus monos, se convirtió en la imagen del proletariado. Las obligadas batallas de ambos en la América industrial fueron normalmente de mayor escala que las disputas industriales europeas. Desde luego, queda la ironía del hecho de que, a pesar de su carácter de icono, el obre- ro estadounidense fuera finalmente derrotado o contenido, mientras que el trabajador organizado en Europa y en las antípodas obtuvo su representación e incluso algunas ganancias sociales.

Un factor de la vulnerabilidad de los trabajadores estadounidenses fue su fracaso a la ahora de estar a la altura de los ideales antirracistas que tan- to se habían proclamado durante el periodo de la Reconstrucción. Los pa- tronos a menudo pudieron explotar y fomentar el antagonismo racial. El ala más ideológica del socialismo germano-estadounidense nunca se re- tractó de su compromiso con la unidad humana. Incluso un escritor tan crítico con los marxistas germano-estadounidenses como Messer-Kruse reconoce que «nunca renunciaron a su devoción por los principios de la igualdad racial»43, algo que no puede decirse de varias tradiciones del so

cialismo anglo-estadounidense. Realmente, al margen de cuáles fueran sus defectos, los marxistas estadounidenses del siglo XX, blancos y negros, iban a hacer una excepcional contribución a la batalla contra el racismo blanco y por los derechos civiles. Ninguna otra corriente política tiene un palmarés tan honorable y valeroso.

Sólo queda afrontar un problema final. La concepción de Marx de la his- toria legó un puzle teórico a los posteriores partidarios del materialismo histórico, en concreto, ¿cuál es el papel del individuo en la historia? Es- critores y pensadores tan contundentes como Plejanov, Deutscher, Sartre y Mandel debatieron el tema, haciendo notar el hecho de que incluso pro- cesos históricos profundamente establecidos dependen a menudo de ca- pacidades y decisiones altamente personales. Por medio de la AIT, Marx tuvo un impacto en la generación de trabajadores y radicales estadouni- denses, pero, a pesar de sus heroicas batallas, la generación se demostró incapaz de construir un movimiento político de trabajadores comparable con los de Europa y Australia. Engels recibió un gran estímulo de sus vi- sitas a Nueva York y Boston en 1888. Esto me lleva a una reflexión final: si Marx y Engels hubieran navegado desde Inglaterra para establecerse en Nueva York o Chicago, ¿podrían haber sido capaces de educar a sus se- guidores y encontrar un camino de desarrollo político más prometedor para la izquierda en Estados Unidos?

No hay manera de saberlo. Pero si su conducta en Alemania en 1848-1849, o en la década de 1860, puede servir de guía, Marx y Engels podrían ha- ber ayudado a consolidar los logros de la Internacional. Probablemente hubieran favorecido la apertura de los sindicatos a la generalidad de los trabajadores y seguramente hubieran dado una importancia excepcional a poner freno a la violencia libre de los «clubes del rifle» sureños y de los matones de las empresas del norte. Marx hubiera urgido a los trabajado- res para que desarrollaran sus propias organizaciones. Pero, igual que percibió la importancia de la esclavitud al comienzo de la Guerra Civil, también se hubiera centrado con seguridad en «ganar la batalla de la de- mocracia», protegiendo los derechos básicos de los trabajadores –inclu- yendo a los libertos– en todas las secciones como preparación para la subsiguiente revolución social. Evitando el socialismo reaccionario o la falsificación del antiimperialismo de algunos poseedores de esclavos del sur, hubieran insistido en que solamente la socialización de las grandes compañías y grupos financieros podía permitir a los productores y a sus aliados sociales afrontar los cambios de la modernidad, y aspirar a una sociedad en la que el desarrollo libre de todos es la precondición para el desarrollo libre de cada uno.

Publicado originalmente en https://newleftreview.es/


1 Carta de Friedrich Engels a Joseph Weydemeyer, 24 de noviembre de 1864.

2 K. Marx y F. Engels, The Civil War in the United States, Nueva York, 1961, p. 277 [ed. cast.: La guerra civil en los Estados Unidos, México DF, Roca, 1973].

3 El estudio clásico de la doctrina del trabajo libre es la obra de Eric Foner, Free Soil, Free Labor, Free Men. The Ideology of the Republican Party Before the Civil War, Nueva York, Ox- ford University Press, 1970.

4 David Montgomery toma una muestra de setenta sindicalistas de finales de la década de 1860 sobre los que hay información disponible, y encuentra que la mayoría de ellos eran la segunda generación de trabajadores asalariados y aproximadamente la mitad eran emigran- tes británicos. Sus esfuerzos se centraron no en adquirir tierra sino en regular las condicio- nes de trabajo y asegurar la representación política y laboral de los trabajadores. David Montgomery, Beyond Equality. Labor and the Radical Republicans, 1862-1872, Nueva York, Knopf, 1967, pp. 197-229.

5 E. Foner, Reconstruction. America’s Unfinished Revolution, 1863-1877, Nueva York, Har- per & Row, 1988.

6 K. Marx y F. Engels, The Civil War in the United States, cit., pp. 276-277.

7 E. Foner, Reconstruction. America’s Unfinished Revolution, 1863-1877, cit.; William McKee Evans, Open Wound. The Long View of Race in America, Urbana, University of Illinois Press, 2009, pp. 147-174. Véase también David Roediger, How Race Survived US History, Londres y Nueva York, Verso, 2008, pp. 99-135.

8 Rebecca Scott, Degrees of Freedom. Louisiana and Cuba after Slavery, Cambridge (Mass.), Belknap Press of Harvard University Press, 2005, pp. 43-45.

9 Steven Hahn, A Nation under Our Feet. Black Political Struggles in the Rural South from Slavery to the Great Migration, Cambridge (Mass.), Belknap Press of Harvard University Press, 2003, pp. 103-105.

10 E. Foner, Reconstruction. America’s Unfinished Revolution, 1863-1877, cit., p. 364.

11 S. Hahn, A Nation under Our Feet, cit., pp. 302-313.

16 Angela Davis, Women, Race and Class, Nueva York, 1981, pp. 30-86 [ed. cast.: Mujeres, raza y clase, Madrid, Akal, 2004].

17 Robert Dykstra muestra cómo el servicio militar era una baza de triunfo en el debate so- bre la concesión de voto a los negros en Iowa. Robert Dykstra, Bright Radical Star. Black Freedom and White Supremacy on the Hawkeye Frontier, Cambridge (Mass.), Harvard Uni- versity Press, 1993. Las mujeres habían sido alabadas por su contribución en la guerra como enfermeras y responsables del hogar, pero de ahí a concederlas el derecho de voto había mucho camino. Véase también la introducción a Elizabeth Cady Stanton y Susan B. Anthony, Correspondence, Writings, Speeches, ed. Ellen Dubois, Nueva York, Schocken Books, 1981, pp. 92-112, 166-169. Dubois sostiene que ambas mujeres trataron, de maneras diferentes, de adaptar el movimiento de la mujer a la necesidad de alianzas más amplias. Mientras Anthony recurría a la ideología del «trabajo libre» para criticar la dependencia de la mujer, Stanton es- bozaba las bases programáticas de una alianza entre las mujeres y los movimientos de trabajadores.

12 Citado por David Roediger y Philip Foner, Our Own Time. A History of American Labor and the Working Day, Londres y Nueva York, Verso, 1989, p. 85.

13 Citado por Timothy Messer-Kruse, The Yankee International. Marxism and the American Reform Tradition, 1846-1876, Chapel Hill, University of North Carolina Press, 1998, p. 191.

14 Karin Shapiro, A New South Rebellion. The Battle Against Convict Labor in the Tennessee Coalfields, 1871-1896, Chapel Hill, University of North Carolina Press, 1998.

15 David Burbank, Reign of the Rabble. The St Louis General Strike of 1877, Nueva York, A. M. Kelley, 1966.

18 «The Rights of Children», Woodhull & Claflin’s Weekly, 6 de diciembre de 1870.

19 «Man’s Rights, or How Would You Like It?», Woodhull & Claflin’s Weekly, 8 de septiembre de 1870.

20 «The International. Appeal of Section No. 12», Woodhull & Claflin’s Weekly, 23 de septiem- bre de 1871.

21 Desafortunadamente este tono cordial no se mantuvo. Marx se refiere informalmente a Woodhull en un texto posterior como «la mujer de un banquero, partidaria del amor libre y farsante general». Por lo que respecta al aspecto sexual, Marx, el probable padre de Frede- rick Demuth, se merecía más que Woodhull el calificativo de «farsante». Véase T. Messer-Kru- se, Yankee International, cit., p. 171.

22 El trabajo clásico sobre este momento es el de D. Montgomery, Beyond Equality. Labor and the Radical Republicans, 1862-1872, cit., donde se debate sobre la AIT en las páginas 414-421. Véanse también Samuel Bernstein, The First International in America, Nueva York, A. M. Kelley, 1962, y Herbert Gutman, Work, Culture and Society in Industrializing Ameri- ca, Oxford, Blackwell, 1976, pp. 293-343.

23 Amanda Frisken, Victoria Woodhull’s Sexual Revolution, Filadelfia, University of Pennsyl- vania Press, 2004.

24 La declaración fundacional de la Liga de Trabajadores Americanos (Amerikanische Arbei- terbund), redactada en 1853 por Weydemeyer y otros, decía que «todos los trabajadores que vivían en Estados Unidos sin distinción de ocupación, lengua, color o sexo podían ser miembros de ella». En la actualidad, semejante fórmula suena completamente convencional, pero en la década de 1850 era algo nuevo. Bruce Levine, The Spirit of 1848. German Im- migrants, Labor Conflict and the Coming of the Civil War, Urbana, University of Illinois Press, 1992, p. 125. El primer marxismo germano-estadounidense tenía una formación con- servadora y familiarista, algunas veces lamentablemente apoyada por Marx; pero la poste- rior evolución del Partido Socialista de los Trabajadores, la principal organización marxista germano-americana, le llevó a adoptar posiciones más progresistas sobre la «cuestión de la mujer», como explica Mari Jo Buhle, Women and American Socialism, Urbana, University of Illinois Press, 1981, pp. 1-48. El cambio se debió a la afluencia de mujeres sindicalistas y a la influencia de August Bebel con Woman Under Socialism [1879]. Bebel, entonces presiden- te del PSDA, insistía en que los socialdemócratas debían luchar por la plena igualdad de la mujer, incluidos el derecho de voto y el acceso al mismo trabajo por el mismo salario.

25 Robin Archer, Why Is There No Labour Party in the United States?, Oxford, 2008. Esta cui- dadosa investigación y argumentado estudio es el trabajo más provocativo sobre este tema desde Prisoners of the American Dream, de Mike Davis, y profundiza la comparación que hacía este último de Estados Unidos y Australia. Véase M. Davis, Prisoners of the American Dream, Londres y Nueva York, 1985.

26 E. Foner, Reconstruction. America’s Unfinished Revolution, 1863-1877, cit., p. 383. Para este memorable acontecimiento véanse también Robert Bruce, 1877. Year of Violence, Nue- va York, Bobbs-Merrill, 1959, y Philip Foner, The Great Labor Uprising of 1877, Nueva York, Monad Press, 1977.

27 Citado por John P. Lloyd, «The Strike Wave of 1877», en Aaron Brenner, Benjamin Day y Immanuel Ness (eds.), The Encyclopedia of Strikes in American History, Armonk (NY), M. E. Sharpe, 2009, p. 183. Sobre las luchas posteriores, véase Theresa Ann Case, «Labor Uphea- vals on the Nation’s Railroads 1877-1922», en esta valiosa obra de referencia.

28 Samuel Yellin, American Labor Struggles, 1877-1934 [1937], Nueva York, Pathfinder, 1974.

29 H. Gutman, Work, Culture and Society, cit., pp. 131-208.

30 Stephen Skowronek, Building a New American State. The Expansion of National Admi- nistrative Capacities, 1877-1920, Cambridge, Cambridge University Press, 1982, pp. 38-84.

31 Joel Williamson, The Crucible of Race. Black-White Relations in the American South sin- ce Emancipation, Nueva York, Oxford University Press, 1984, pp. 117-118, 185-189; Ida B. Wells-Barnett, On Lynchings [1892], con introducción de Patricia Hill Collins, Amherst (NY), Humanity Books, 2002, pp. 201-202.

32 Desmond King y Stephen Tuck, «De-Centring the South. America’s Nationwide White Su- premacist Order after Reconstruction», Past and Present 194 (2007), pp. 213-253.

33 W. Elliot Brownlee, Federal Taxation in America, Cambridge, Cambridge University Press, 1996, p. 26.

34 Tanto Messer-Kruse en Yankee International como Archer en Why Is There No Labour Party in the United States? se aproximan a ello, pero finalmente conceden que había una gran brecha en estas cuestiones entre Marx y los que se consideraban sus seguidores en Es- tados Unidos, entre los que estaba Samuel Gompers.

35 Tengo una breve discusión sobre las ideas programáticas del SPD en «Fin de Siècle. So- cialism After the Crash», NLR 1/185 (1991). Las posiciones del partido sobre la sexualidad es- tán recogidas por David Fernbach, «Biology and Gay Identity», NLR 1/228 (1998), p. 51 [ed. cast.: «Biología e identidad gay», NLR 13 (2002)].

36 Karl Marx, «Introduction to the Programme of the French Workers Party», Political Wri- tings, vol. 3, Londres, 1974, p. 376.

37 F. Engels, «Preface to the American Edition», The Condition of the Working Class in En- gland, Nueva York, 1887.

38 F. Engels, «Preface to the American Edition», cit., p. 14.

39 Mike Davis, Prisoners of the American Dream, cit., pp. 30-31.

40 D. Montgomery, Beyond Equality, cit., pp. 387-477.

41 W. M. Evans, Open Wound, cit., pp. 175-187.

42 Citado por Louis Menand, The Metaphysical Club, Nueva York, Farrar, Straus and Giroux, 2001, p. 295; véase también el epílogo de David Montgomery en Richard Schneirov et al., (eds.), The Pullman Strike and the Crisis of the 1890s, Urbana, University of Illinois Press, 1999, pp. 233-250.

43 T. Messer-Kruse, Yankee International, cit., p. 188.

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