Una fatalidad trágica parece pesar sobre la obra de Carlos Marx: transcurridos cerca de setenta años después de su muerte, y más de cincuenta desde la desaparición de Federico Engels, no existe todavía una edición íntegra de sus escritos, escritos que invocan, sin embargo millones de hombres.

Autor desconocido al principio, y luego, hacia el fin de su carrera, temido y calumniado, Marx, durante su vida, no encontró editor lo bastante decidido y comprensivo que le imprimiese. Engels, que sobrevivió doce años a su amigo, pasó lo mejor de su tiempo en descifrar y poner en orden los numerosos manuscritos de Marx para sacar de ellos los libros II y III de El Capital, pero no pudo realizar el más caro de sus deseos: publicar las obras completas de Marx y escribir su biografía{1}. Después de la muerte de Engels, esta misión parecía corresponderle a Eleonor Marx-Aveling, la más joven de las hijas de Marx. Ya había publicado de su padre diversos escritos redactados en inglés, cuando su suicidio interrumpió la tarea comenzada. El Partido Socialdemócrata alemán, heredero de los papeles de Marx y de Engels no cumplió tampoco el voto que este último le había transmitido hallándose moribundo. La querella del revisionismo levantó, uno contra otro, a Carlos Kautsky y Eduardo Bernstein, que habían vivido en la intimidad de Engels, y les impidió asociarse para la obra común. Por fragmentos, y merced a iniciativas privadas, el período que se extiende desde la muerte de Engels (1895) hasta la primera guerra mundial vio surgir del olvido algunos de los numerosos e importantes manuscritos de Marx{2}.

La revolución rusa de 1917, ¿iba, por fin, a sacar a la luz la obra póstuma de los dos fundadores del socialismo científico? La idea de una edición monumental y completa, tan largo tiempo y tan ardientemente esperada por los socialistas del mundo entero, ¿iba a tomar cuerpo?

El hombre que debía asumir esta obra en la Rusia nueva, y cuyo pasado de investigador y trabajos anteriores calificaban brillantemente para esta gran faena, era D. B. Riazanov. Lo que el socialismo occidental había desatendido hacer, bien que hubiese dispuesto de todos los medios necesarios para tal empresa, el bolchevismo la consideraría en adelante como deber y vocación propios cumplirlo.

He aquí la nota biográfica que sobre Riazanov se encuentra en el índice de nombres del tomo VII de las Obras completas de Lenin, en traducción francesa, publicado en 1928:

«RIAZANOV D. B. (Nacido en 1879). Uno de los más antiguos socialdemócratas rusos. [83] Tomó parte, poco después de 1890, en la organización de los primeros círculos obreros de Odesa. Cinco años de prisión, tres años de estrecha vigilancia; luego emigró. Se esforzó por conciliar las tendencias de la primera Iskra y del economismo; fue uno de los fundadores del grupo Borba. Se consagró durante la revolución de 1905 a la organización de los sindicatos de Odesa y de Petersburgo. Tuvo que emigrar de nuevo y militó en el movimiento socialista de Occidente. Fue encargado por la socialdemocracia alemana de estudiar la herencia literaria de Marx y de Engels y la historia de la Primera Internacional. Internacionalista (centrista) durante la guerra. Volvió a Rusia en 1917, se adhirió al partido bolchevique, tomó parte en la preparación de la insurrección de Octubre. Riazanov es uno de los organizadores de la Academia comunista de Moscú y del Instituto Marx-Engels, que él dirige actualmente. Miembro del Comité Ejecutivo de los Soviets de la U.R.S.S.»

Tres años después de la aparición de esta nota –¡ay!– Riazanov fue separado de su puesto de director del Instituto Marx-Engels, que él había fundado en 1922, sin que se hubiese dicho nada sobre las razones de esta desgracia. Sin proceso ni juicio públicos, Riazanov había sido detenido y deportado. Sobre lo que fue el fin de su vida no se tienen más que indicaciones imprecisas{3}.

 

La obra de Riazanov

En 1930, un año antes de su destitución, Riazanov fue festejado oficialmente con motivo de su 60 aniversario, y proclamado el más grande marxólogo de la época. La Academia socialista celebró de una manera brillante este acontecimiento, publicando un volumen de 650 páginas para rendir homenaje al eminente erudito marxista. La revista germano-rusa Bajo la bandera del marxismo le consagró un artículo entusiasta, que comenzaba así:

«Iniciador de un gran número de estudios sobre la génesis, el desarrollo y la propagación del marxismo; autor del más extendido esbozo biográfico de Marx y Engels; descubridor y editor de varios centenares de sus escritos que habían quedado manuscritos; redactor de la gran edición rusa y de la edición íntegra internacional de su obra; director del Instituto Marx-Engels; redactor de tres revistas científicas consagradas a la investigación marxista; inspirador, finalmente, de un número cada vez mayor de investigadores especializados, Riazanov ha fijado el objeto, las vías y los métodos de la marxología, creando al propio tiempo las condiciones de una organización sistemática y metódica de la marxología y de su desenvolvimiento.»

Para hacer comprender toda la amplitud de la obra cumplida por Riazanov en el curso de sus ocho años de actividad en el Instituto Marx-Engels, digamos –pesando bien cada palabra– que, gracias a los esfuerzos y a la competencia de este erudito, Rusia dispone hoy, con exclusión de todo otro país, de la totalidad de los materiales, documentos y manuscritos indispensables para la realización de una edición histórica y crítica de las obras de Marx y de Engels.

El plan de esta edición fue sometido en 1922 por Riazanov al Gobierno soviético. Este aprobó el proyecto y otorgó los créditos necesarios para ser puesto en ejecución. De 1923 a 1925, Riazanov, rodeado de un equipo de investigadores cuidadosamente escogidos{4}, se lanzó con extraordinario ardor a la búsqueda de todos los materiales que pudiesen servir a la realización de la edición proyectada. Durante sus numerosos viajes a los países de Europa occidental, procedió a la adquisición de diversas bibliotecas privadas que contenían libros y colecciones en extremo raras que se relacionaban con las historias del movimiento obrero y del socialismo, y, principalmente, todas las primeras ediciones de las obras de Marx y de Engels. Constituyó así en el Instituto que dirigía el «gabinete Marx-Engels», único en su género. Pero son, ante todo, los archivos del Instituto los que forman la principal riqueza; ellos son la base de la edición monumental concebida por Riazanov{5}.

El Partido Socialdemócrata alemán, poseedor de la herencia literaria de Marx y de Engels, fue el principal suministrador de Riazanov. Abrió al marxólogo ruso sus archivos y le autorizó a obtener todas las fotocopias deseadas. Fue así como el Instituto de Moscú pudo entrar en posesión del conjunto de esta herencia. Las mismas facilidades le fueron concedidas por otras varias instituciones o bibliotecas, públicas [84] o privadas. Pudo fotocopiar en el «British Museum», en la «New York Public Library», en la Biblioteca de Estado prusiana, en los Archivos Históricos de Colonia, &c., las cartas y manuscritos de Marx y Engels y los documentos relacionados con su carrera. Eduardo Bernstein, en cuyo domicilio se hallaban todavía importantes manuscritos de Marx, dio la mejor acogida a los proyectos de Riazanov, renunciando a sus propios proyectos de edición{6}.

 

Los «Marx-Engels Archiv» y la «Mega»

En 1925, Riazanov concluyó en nombre del Instituto de Moscú un acuerdo con la dirección del Partido Socialdemócrata de Alemania y con la Sociedad de Sociología que dirigía en Francfort el profesor Carl Grünberg. De este acuerdo resultó la fundación de una sociedad editora que publicó seguidamente la primera entrega de «Marx-Engels Archiv»: era un volumen de más de 500 páginas que contenía importantes contribuciones filosóficas e históricas de sabios rusos (Deborin, Volguin), así como el comienzo de una Historia de la Primera Internacional debida a la pluma de Riazanov. Entre los documentos inéditos, figuraban la primera parte del manuscrito de Ideología alemana y el intercambio de cartas entre Marx y Vera Zasulich{7}. Es en ese volumen donde se encuentra también el plan detallado de la edición monumental de las obras de Marx y de Engels, la famosa M. E. G. A. (Marx-Engels-Gesamtausgabe).

Debía comprender cuarenta y dos volúmenes «in octavo», repartidos en cuatro secciones.

Primera sección: Obras filosóficas, económicas, históricas y políticas, a excepción de El Capital (17 volúmenes).

Segunda sección: El Capital según un plan enteramente nuevo, teniendo en cuenta numerosos y voluminosos manuscritos de Marx que habían quedado inéditos (13 volúmenes){8}.

Tercera sección: Toda la correspondencia de Marx y de Engels, reproducida in extenso literalmente (10 volúmenes).

Cuarta sección: Índice general (2 volúmenes).

Cada sección estaba confiada a redactores especializados, ayudados por varios expertos con larga práctica en las escrituras de Marx y Engels, preparación indispensable con vistas al desciframiento de los borradores y de las cartas.

De estos cuarenta y dos volúmenes proyectados, Riazanov no pudo publicar, de 1926 a 1930, más que cinco tomos, de ellos tres de correspondencia entre Marx y Engels. Pero las instrucciones, las notas críticas e históricas que enriquecen estos volúmenes atestiguan la amplitud de su erudición y la riqueza de su experiencia, confirmadas por treinta años de actividad al servicio de la marxología.

No podría decirse otro tanto de su sucesor, V. Adoratski, director de los Archivos del Estado, a quien nada calificaba seriamente para acabar la obra emprendida. Sin embargo, bajo su dirección fueron publicados, de 1931 a 1935, seis volúmenes de la M. E. G. A. cuyos textos habían sido ya establecidos y preparados por Riazanov y sus colaboradores. Fue Adoratski quien tomó la dirección del Instituto fundado por Riazanov, y bautizado luego Instituto Marx-Engels-Lenin.

 

Aniquilamiento póstumo

Hemos ya dicho lo que representó la desaparición de Riazanov. En cuanto a la suerte de las ediciones realizadas por él, no podemos desgraciadamente acariciar ilusión alguna, conociendo los métodos de aniquilamiento póstumo practicados por los inquisidores a las órdenes de Stalin.

En relación con la de los volúmenes aparecidos durante el reinado efímero de Adoratski{9}, tampoco podemos formular todavía más que hipótesis. Sea lo que fuere, después de la liquidación de Riazanov en 1931 y de la suspensión de su empresa en 1935, los indicios se hacen cada vez más numerosos de un abandono definitivo en la Rusia «marxista» de la edición monumental de las obras de Marx y Engels.

La liquidación del pasado se ha proseguido en varias etapas, y en eso todavía se reconoce el estilo tradicional de los métodos stalinistas. Expulsión de Riazanov y de sus mejores colaboradores; eliminación progresiva de todo rastro de su nombre y de su actividad en las publicaciones ulteriores; luego, suspensión total de la publicación de la M. E. G. A., entrañando el lanzamiento como papel viejo de los volúmenes impresos; desaparición de estos volúmenes de las bibliotecas rusas y extranjeras{10}; en fin, [85] depuración de las obras de Marx y de Engels, gracias a ediciones llamadas «populares», limpias de toda erudición. Esta depuración se constata tanto en las ediciones en lengua original como en los textos presentados en versión rusa, como más adelante veremos. Así, poco a poco, reemplazan a la M. E. G. A., obra científica y completa, una serie de publicaciones aisladas, a veces diseminadas en los periódicos, sin plan alguno de conjunto{11}. Por otra parte, se «rusifica» la obra de Marx y de Engels, cuyos manuscritos inéditos son publicados exclusivamente en versión rusa. La manera en que estas diversas publicaciones son presentadas –los comentarios se suprimen frecuentemente o son de un laconismo casi ridículo– traiciona, transparenta la confusión y el miedo de los hombres encargados de esta misión. Y es que, a menudo, cada página de un texto de Marx o de Engels contiene, como anticipación, la condenación del régimen policíaco y esclavista instaurado por Stalin en nombre del marxismo.

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He aquí, sumariamente expuesta, la suerte trágica de la empresa comenzada tan gloriosamente por Riazanov, bajo los auspicios del «Estado marxista», y liquidada por Stalin, el «discípulo genial de Marx». Riazanov –tan severo en su juicio sobre la manera en que la socialdemocracia alemana había administrado la herencia literaria de Marx y Engels– no preveía que su aspiración de una edición monumental de sus obras tenía menos posibilidades de realizarse en el «país del socialismo» que en cualquier país capitalista…

Desgraciadamente, el fracaso de la empresa de Riazanov presenta un aspecto todavía mucho más grave, de incalculables consecuencias para toda futura tentativa de este género.

Cuando el triunfo del nazismo en Alemania, los archivos del Partido Socialdemócrata no pudieron ser salvados y puestos a recaudo más que parcialmente. El principal depósito se encuentra hoy en el Instituto Internacional de Historia Social de Ámsterdam. Habrá aun que esperar a que se publique el inventario de los archivos conservados para apreciar la importancia del mismo. Sin embargo, desde ahora cabe suponer que el Instituto no posee la totalidad de los materiales fotocopiados o adquiridos por Riazanov para el Instituto de Moscú. Este es, pues, el único que dispone a la hora actual de la obra póstuma de Marx y de Engels. Y, por consecuencia, Stalin posee la clave para todo intento de recomenzar o proseguir la obra de Riazanov. Sin duda se podrá reunir los materiales y documentos accesibles en los grandes centros culturales de Europa occidental y de los Estados Unidos; pero es de temer que la edición monumental de los escritos de Marx y de Engels, así como la organización de la investigación científica en el dominio de la marxología y de la historia del socialismo y del movimiento obrero no puedan jamás ser completados en tanto los archivos del Instituto de Moscú permanezcan inaccesibles.

Más que cualquier otro acontecimiento sobrevivido en Rusia después del triunfo de Stalin, la destrucción de los trabajos de Riazanov señala la ruptura definitiva entre el régimen inaugurado por el dictador «marxista» y las fuentes auténticamente marxistas, todavía respetadas cuando vivía Lenin.

Si resulta fácil establecer una cierta continuidad entre las diversas policías secretas que se han sucedido desde 1918, de la Cheka hasta la M. G. B.; si la supresión de toda oposición política fue precozmente inscrita en la tradición bolchevique, no menos claro es que se ha cumplido un salto de la civilización a la barbarie: el trato infligido por la autocracia stalinista a la obra de Marx y de Engels –trato que tiene a la vez de momificación y de falsificación– demuestra de manera ejemplar hasta qué punto el stalinismo es la negación absoluta de toda cultura.

 

Marx monopolizado y rusificado

Al comienzo de toda encuesta sobre la edición en lengua rusa de las obras de Marx y Engels, se impone una significativa constatación: ninguna de las grandes bibliotecas de Europa occidental puede vanagloriarse de poseer la totalidad de los volúmenes de esta edición, que según noticias de fuente soviética contaba en 1947 con veintinueve volúmenes. El investigador o lector, detenido por el telón de hierro, desespera de ver su curiosidad satisfecha, bien sea en las bibliotecas o bien mediante adquisición; tiene que transformarse en peregrino y explorar las capitales intelectuales de varios países occidentales, gracias a lo cual llegará a totalizar veintisiete volúmenes, comprendidos los que habían [86] sido publicados en tiempos de Riazanov{12}.

¿Cuál es, pues, la causa de este estado de cosas que se traduce por la inaccesibilidad de la edición rusa de las obras de Marx y de Engels?

Al igual que la edición alemana proyectada por Riazanov, la edición rusa tuvo su historia, con trágicos avatares.

Después de una primera tentativa –anterior a la publicación interrumpida de la MEGA– de realizar una versión rusa de las obras de Marx y de Engels, Riazanov cambió de parecer y decidió llevar a cabo esta empresa paralelamente a la edición histórico-crítica alemana.

Una vez Riazanov destituido y expulsado del Instituto Marx-Engels de Moscú, fueron publicados bajo la dirección de V. Adoratski, a partir de 1932, tanto los volúmenes de la edición rusa como los de la alemana. Las tímidas Introducciones del nuevo redactor, desprovistas de todo interés y de todo valor científico, están condenadas al olvido; en cuanto a su autor, ni su prudencia ni las rituales genuflexiones que prodigó ante Lenin y Stalin le salvaron de la desgracia. Reconozcamos por otra parte que no obstante su mediocre presentación, los volúmenes que hemos podido consultar superan a menudo en interés las publicaciones análogas realizadas fuera de Rusia, gracias desde luego a la riqueza de los archivos acumulados por Riazanov en el curso de su actividad en el Instituto Marx-Engels. ¿Pero es que tales riquezas han sido divulgadas sin disimulo ni reserva?

Para responder a esta interrogante, abramos el volumen XI, tomo primero, aparecido en 1933. El título de su primera página indica el contenido: Artículos y correspondencia de 1856 a 1859.

 

Expurgación de Marx

Ahora bien, un atento examen nos revela que todos los escritos conocidos de Marx y de Engels correspondientes a esas fechas figuran en el libro, a excepción de un trabajo debido a la pluma de Carlos Marx. Se trata de las Revelaciones sobre la historia de la diplomacia en el siglo XVIII, publicadas por aquel en forma de once artículos en el The Free Press de Londres, del 16 de agosto de 1856 al 5 de abril de 1857 y reimpresos en 1899{13}.

Laguna tan visible no puede ser atribuida ni a la ignorancia ni al descuido de los editores, sino evidentemente a una orden recibida.

Si consultamos la introducción redactada por V. Adoratski, en busca de una explicación, constatamos que no se hace en ella mención alguna a los once artículos de Marx. En otros términos, no se da ninguna razón de la supresión pura y simple del trabajo más importante que el autor de El Capital consagró a la historia política de Rusia{14}.

El denso silencio que rodea este trabajo de Marx tiene la significación de una confesión. En efecto, el análisis a que Marx somete la política y la diplomacia rusas, desde Iván, llamado «Kalita», hasta los Romanov, se opone diametralmente a toda historiografía rusa sedicente «marxista». En particular reduce a la nada la mistificación nacional organizada a partir de 1931 por imposición de Stalin, después de la liquidación física y moral de la escuela histórica de Pokrovski{15}.

Para mejor comprender la importancia de este conflicto, sería necesario presentar, en estudio comparado, los capítulos más salientes de la historia rusa tal como fueron expuestos en los manuales escolares oficiales, junto con los textos de Marx que se refieren a los mismos temas. El resultado sería sorprendente, puesto que puede afirmarse sin exageración que casi cada frase de Marx es un veredicto condenatorio contra la historiografía stalinista actualmente impuesta en Rusia merced a la mentira y al asesinato.

Reducida a su expresión más simple, la histografía stalinista tiende a la glorificación de la política anexionista y expansionista del zarismo, erigida en aliada o en rival de las potencias occidentales, e investida de todos los títulos históricos para preparar, como hacia la «democracia burguesa», la herencia del socialismo. La autocracia [87] zarista y la democracia burguesa aparecen entonces, en una tal concepción de la historia, como dos formas políticas equivalentes, que se sitúan con respecto a la revolución socialista, al mismo «nivel» de la evolución social.

Más aún en la historiografía soviética, es Oriente, y más particularmente Rusia, quienes aparecen retrospectivamente bajo el aspecto más glorioso, como investidos de la misión de emancipar la humanidad.

Se ve inmediatamente que esta manera de concebir el proceso de la evolución histórica se sitúa en el antípoda de todas las concepciones históricas, sociológicas y políticas de Marx. Así comprendemos fácilmente la razón de la supresión en la edición rusa de un texto de Marx que, publicado en 1933, inaugurada ya por orden de Stalin el culto de la grandeza nacional del zarismo, hubiera sido como una voz de ultratumba elevándose sobre los clamores patrióticos de la nueva escuela histórica, por completo prosternada ante el pasado glorioso de la patria.

 

Stalin corrige Marx y Engels en beneficio de los zares rusos

El viraje de 1933 se produjo un año después de la aparición del volumen de la edición rusa en el que se había dejado subsistir –difícil hubiera sido hacer de otro modo– las centenares de cartas y de artículos escritos por Marx y Engels sobre la cuestión de Oriente hacia los años 1850, sobre la guerra ruso-turca y sobre la guerra de Crimea{16}.

A decir verdad, hasta entonces la historiografía stalinista no estaba específicamente constituida; todavía buscaba su camino. En lo sucesivo, dos vías se abrieron ante ella: o bien depurar Marx y Engels en tanto que historiadores de Rusia, o bien proceder a la refutación abierta de sus enseñanzas. Se comenzó por emplear el primer medio, siendo así que se produjo el escamoteo de las Revelaciones de Marx. ¡Pero cuál no debió de ser el embarazo de los historiadores a las órdenes de Stalin y de los editores de las obras de Marx y de Engels, tropezando constantemente con nuevos textos que ponían en la picota la historia de la autocracia rusa y su política expansionista!

Vino la segunda guerra mundial. La actitud de Stalin, todavía el día antes enemigo irreductible de Hitler, correspondía lúgubremente a las peores tradiciones del zarismo; la invasión de Polonia y la agresión contra Finlandia, realizadas por los ejércitos «rojos», eran como la exacta reproducción de los crímenes de la autocracia zarista, incansablemente condenados por Marx y Engels. Fue entonces cuando Stalin se vio forzado a salir de su silencio y de realizar un gesto que ninguno de sus criados se hubiese atrevido a hacer, por temor a verse rayado de la lista de los vivos: ese gesto fue la desaprobación abierta de las concepciones que invariablemente habían sido las de Marx y Engels respecto a la política exterior del zarismo.

Este acto «histórico» fue ejecutado por Stalin en mayo de 1941, unas semanas antes de la «traición» cometida por Hitler, cuyos ejércitos iban a invadir Rusia; lo hizo en forma de una «Carta» publicada en Bolchevique, órgano teórico del Partido comunista, especialmente destinado a la educación de los cuadros.

La «Carta» de Stalin tratando de la «Política exterior del zarismo», apuntaba particularmente contra un artículo escrito por Engels en 1890 y destinado a los marxistas rusos{17}. Este texto de Engels era una requisitoria en regla contra la diplomacia moscovita, «orden jesuítica moderna» que reclutaba sus miembros entre los aventureros extranjeros y que no reculaba ante medio alguno –perjurio, corrupción, asesinato– para lograr su objetivo. «Esta sociedad secreta –escribía Engels–, desprovista de escrúpulos, pero plena de talento», contribuyó más que todos los ejércitos rusos a extender las fronteras de Rusia desde el Dniéper y el Dvina hasta más allá del Vístula y hasta el Pruth, el Danubio y el mar Negro, desde el Don y el Volga, pasando por el Cáucaso, hasta las fuentes del Oxo y del Iaxarte. Fue ella la que logró «hacer de Rusia un país inmenso, poderoso y temible, y abrirle el camino hacia la dominación del mundo». El escrito de Engels era al mismo tiempo un amargo panfleto contra la diplomacia occidental –en particular contra Gladstone– acusada de dejarse engañar constantemente por la diplomacia rusa. Finalmente, en su conclusión, el autor afirmaba que sin un derrumbamiento completo del sistema de gobierno en Rusia –y en especial sin una revolución burguesa que condujese a una asamblea constituyente–, la revolución socialista no podría triunfar en Occidente. La existencia de la autocracia rusa hacía inevitable una guerra mundial de una violencia inaudita, cerrando así el camino hacia el progreso social.

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Fue contra estas afirmaciones de Engels que Stalin, en un momento decisivo de su carrera, [88] inscribió su falsedad en lo que modestamente denominó una «Carta».

Como correctivo a la ideología oficial, el jefe genial presentaba e imponía a la vez, si no la apoteosis del zarismo, al menos su apología y la de su diplomacia imperialista. Se burlaba de la «ingenuidad» de Engels, bastante tonto para confundir la moral y la política; le reprochaba finalmente el haber ignorado el imperialismo británico y su papel en los acontecimientos que, después de entonces, condujeron a la primera guerra mundial. Stalin defendía contra el Occidente la política de conquista del zarismo, que «no fue en modo alguno el monopolio de los zares». Fingiendo dirigir su crítica únicamente contra Engels, Stalin atacaba en realidad a Marx mismo, pues Engels en dicho artículo declaraba continuar la lucha contra la autocracia rusa. Por vez primera, el dueño de Rusia citaba los textos sagrados, no para utilizarlos o explotarlos, sino para contradecirlos abiertamente{18}.

Es, pues, Stalin mismo quien se encarga de destruir la leyenda que en los países occidentales los comunistas se esfuerzan en acreditar: aquella según la cual la Rusia contemporánea es «el país del socialismo» y su dictador el heredero espiritual de Carlos Marx.

«Una simple substitución de nombres y de fechas nos proporciona la prueba evidente de que entre la política de Iván III y la de la Rusia moderna existe no solamente una similitud sino también una identidad. Iván III, por su parte, no hizo otra cosa que perfeccionar la política tradicional de Moscovia, que le había legado Iván Kalita. Ivan Kalita, esclavo de los Mongoles, logró su poderío dirigiendo la fuerza de su mayor enemigo, el Tártaro, contra sus enemigos más pequeños, los príncipes rusos. No pudo utilizar esta fuerza sino bajo falsos pretextos. Obligado a disimular a sus dueños el poderío que había realmente adquirido, tuvo que deslumbrar a sus súbditos, esclavos como él, mediante una fuerza que no tenía. Para resolver este problema, tuvo que elevar a la categoría de sistema todas las astucias de la servidumbre más repugnante y realizar este sistema con la laboriosa paciencia del esclavo. Incluso la violencia abierta no pudo emplearla más que en tanto intriga en todo un sistema de intrigas, de corrupciones y de usurpaciones secretas. No pudo golpear sin haber, previamente, envenenado. La unidad del objetivo se juntaba en él a la duplicidad de la acción. Ganar en poderío mediante el empleo fraudulento de la fuerza enemiga, debilitar esta fuerza al propio tiempo que se servía de ella y, finalmente, destruirla después de haberla utilizado como instrumento, tal fue la política inspirada a Iván Kalita por el carácter particular de la raza dominante así como por el de la raza sometida. Su política fue también la de Iván III. Y fue asimismo la de Pedro el Grande y es la de la Rusia moderna, aunque el nombre, el país y el carácter de la potencia enemiga engañada hayan cambiado.» (Carlos Marx: Revelaciones sobre la historia de la diplomacia en el siglo XVIII.)

——

{1} Véase Maximilien Rubel, «Para una biografía monumental de Carlos Marx», en la Revue Socialiste, octubre 1950.

{2} F. Mehring publicó en 1902, en tres volúmenes, un cierto número de obras y escritos olvidados o inéditos de Marx y de Engels que databan de los años 1841 a 1850: Aus dem literarischen Nachlass (traducción francesa por J. Molitor en la serie «Obras filosóficas» de Carlos Marx. A. Costes, editor, París); Kautsky de acuerdo con los manuscritos editó Teorías de la plusvalía de Marx (traducción francesa de J. Molitor con el título Historia de las doctrinas económicas. Costes, Editor); Bernstein y Bebel hicieron aparecer los cuatro volúmenes de Correspondencia Marx-Engels; Riazanov dio al público en 1917 las a «Obras políticas» de Marx-Engels de 1852 a 1855 (artículos en periódicos norteamericanos, ingleses y alemanes). Hay que mencionar igualmente la publicación del volumen Cartas de Marx y de Engels a F. A. Sorge, en 1906, traducción francesa de Bracke, Costes, editor, 1950.

{3} Parece que vivió algún tiempo en Saratov y que debió morir en vísperas de la segunda guerra mundial. Souvarine relata que se implicó a Riazanov en el asunto llamado de los mencheviques, pero que fue mantenido descartado del proceso, donde sin duda se habría justificado en lugar de acusarse. (Véase Staline, pág. 488).

{4} En sus Recuerdos, Gustave Mayer dice haber sabido en octubre de 1931 que Riazanov había sido separado de su puesto por haber tenido en cuenta para la elección de sus colaboradores, la competencia científica de los mismos, sin preocuparse de sus opiniones políticas.

{5} Se da un resumen de la organización interior del Instituto Marx-Engels de Moscú en un folleto de Riazanov (hoy imposible de encontrar), publicado en Moscú en 1923, y en el volumen I Marx-Engels-Archiv (libro muy raro) aparecido en 1925. El plan de edición establecido por Riazanov preveía, entre otras cosas, las obras completas de Carlos Kautsky en 21 volúmenes. Un informe más detallado sobre el Instituto de Moscú se encuentra en Grunberg Archiv, 1930.

{6} Bernstein poseía el manuscrito de la Ideología alemana, obra redactada por Marx y Engels en 1845-1846, y abandonada por falta de editor a la «crítica roedora de las ratas».

{7} Véase Maximilien Rubel, «Marx y el socialismo popular ruso», en la Revue Socialiste, mayo 1947.

{8} Véase Maximilien Rubel, «Contribución a la historia de la génesis de El Capital», en la Revue d’Histoire Economique et Sociale, II, 1950.

{9} A partir de 1940 su nombre desapareció de todas las publicaciones del Instituto Marx-Engels-Lenin. Murió en 1945. La Gran Enciclopedia soviética, cuyo primer volumen acaba de aparecer, no hace ninguna mención de su actividad como redactor de la M. E. G. A. y de la edición rusa de las obras de Marx y Engels.

{10} Se pueden contar con los dedos de una sola mano las bibliotecas públicas o privadas que poseen la serie entera de los volúmenes publicados por la M. E. G. A. Para estudiar estos once libros, por ejemplo en París, el investigador deberá frecuentar varias bibliotecas y recurrir a la benevolencia de prestadores privados. No terminemos esta nota sin lanzar un urgente llamamiento a alguna o algunas de las instituciones científicas de Occidente para que se proceda al inventario y reproducción –mediante fotocopia o microfilm– de las obras y documentos procedentes de Rusia y puestos en el Index por el Papa ruso, primera y necesaria etapa para que sea publicada una M. E. G. A. digna del genio de Marx.

{11} Así, la Correspondencia Marx-Engels, 4 volúmenes, Ring-Verlag, Zurich, 1936; las Cartas a Bebel, Liebknecht, Kautsky, &c., Moscú-Leningrado, 1933; en ocasión del 40 aniversario de la muerte de Engels, en 1935, un volumen en la presentación de la M. E. G. A., pero en «edición separada», con el Anti-Duhring, la Dialéctica de la Naturaleza y diversos trabajos inéditos. En 1940, dos volúmenes con los manuscritos económicos de Marx de 1857-58, volúmenes que tienen una existencia espectral, pues no se encuentra en ninguna de las grandes bibliotecas de Europa.

{12} Citemos, entre las bibliotecas que hemos visitado con vistas a esta encuesta: todas las bibliotecas públicas de París, comprendidas desde luego la Biblioteca Nacional y la Biblioteca de Documentación internacional contemporánea, el British Museum de Londres y el Instituto Internacional de Historia Social de Ámsterdam. Sin embargo quedaríamos muy agradecidos a todo aquel que nos señalara la existencia de esos volúmenes en otras bibliotecas, públicas o privadas, accesibles al investigador que se encuentre más acá del telón de hierro.

{13} Fue en esta fecha que la hija de Marx, Eleonor Marx-Aveling los reimprimió en folleto con el título Secret Diplomatic History of the Eighteenth Century (London, Swan Sonnenschein, editor). Esta reedición contiene no obstante varias omisiones importantes. En Herr Vagt (1860), Marx precisa la génesis de las Revelaciones, en tanto que «introducción a una obra más importante», que no parece haber realizado.

{14} Notemos, al objeto de evitar una objeción legítima, que no se trata aquí de saber si los puntos de vista históricos de Marx escapan a toda crítica. Justas o erróneas, deben de ser tomados en consideración por todo historiador interesado ser objetivo. ¿Mas qué decir entonces del silencio de los historiadores que confiesan un culto al fundador del «materialismo histórico»? Riazanov no sintió impedimento alguno en someter las Revelaciones a un examen crítico y rechazar algunas ideas de Marx en su folleto Karl Marx uber der Ursprung der Vorherrschaft Russlands in Europa, 1909. Para desgracia suya, Riazanov no tuvo ocasión de dejarnos un nuevo testimonio sobre la visión histórica de Marx respecto a Rusia; ¿no le ha mostrado su propia suerte que esta visión era justa?

{15} Sobre este episodio, puede verse el capítulo que le consagra A. Ouralov en Staline au pouvoir, París, «Les Iles d’Or», 1951.

{16} En estas numerosas páginas, la Rusia zarista es denunciada y condenada con furor como el principal enemigo de la democracia y de la revolución occidentales, así como potencia «bárbara y asiática» que amenaza de muerte la civilización.

{17} El artículo de Engels apareció primero en ruso, en el órgano de Plejanov y Axelrod, luego en alemán y en inglés, en Neue Zeit y Time.

{18} Diez años más tarde, hemos visto renovarse el ataque contra Engels, esta vez merced a la pluma de F. I. Kojevnikov, que llegó hasta justificar todas las anexiones realizadas por el zarismo en el curso de los siglos. Este artículo apareció en la revista Sovetskoïe gossoudarstvo i pravo, el 12 de diciembre de 1950 y se titula «Engels sobre la diplomacia rusa en el siglo XIX». Las anexiones zaristas, comprendida la de los pueblos del Cáucaso, eran «progresivas», puesto que significaban la unión de estos pueblos con el pueblo ruso y no con el zarismo. Señalemos otro ejemplo típico de expurgación del marxismo: en el artículo que E. Tarlé consagra a la historia de las relaciones anglorusas –en la revista Neus, publicada en Moscú–, el nombre de Marx ni siquiera es mencionado, no obstante haber sido uno de los temas predilectos del autor de El Capital.

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