Luis Franco: escritor, poeta y revolucionario

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Editor en Jefe del portal IzquierdaWeb - Noticias de los trabajadores, las mujeres y la juventud.

Por Guillermo Pessoa

Los aniversarios “redonditos” dan el pretexto justo para recordar a figuras que la burguesía oculta, distorsiona o directamente persigue y mata (recordar Garcia Lorca por nombrar sólo uno de los tantos). En 2018 se cumplen 120 años del natalicio y 30 años de la muerte de Luis Franco: escritor, ensayista, poeta y fundamentalmente, revolucionario socialista y trotskista.

Luis Leopoldo Franco (tal era su nombre completo) había nacido el 14 de diciembre de 1898 en una pequeña ciudad de la provincia de Catamarca: Belén, que se halla ubicada allende las ruinas incas de El Shincal, al pie de las sierras de Quimivil. Es llamada junto a la vecina Londres, la “cuna del poncho” por su multitud de “hadas londrinas”, que es el nombre con el que se designan allí a las tejedoras. ­Actualmente cuenta con 12.256 habitantes (INDEC, 2010), lo que representa un incremento del 11% frente a los 11.003 habitantes del censo anterior.

 “Yo, señor, hombre rasgado de ojos y de corazón, limpio de conciencia y de ahorros, de suerte oscura y risa clara, nací y vivo en un lugar tan huido que amagando juntarse en él los rieles (¿las paralelas no se juntan en el infinito?) el tren no ha podido acercarse”.

Así se definía en uno de sus primeros trabajos. Pero su reivindicación de lo telúrico fue también crítica: la influencia de la iglesia, el conservadorismo político y social existente (Franco será luego activista en conflictos protagonizados por incipientes chacareros puntanos), la nula existencia de bibliotecas en donde formarse lo obligan al peregrinaje hacia distintas ciudades. Recala en Catamarca capital hasta llegar a Buenos Aires en la década del veinte. Es parte de una camada variopinta de escritores con los cuales compartía reuniones y primeras publicaciones: Leopoldo Lugones, Roberto Arlt, Gonzalez Tuñón, Martinez Estrada, entre otros.

El contacto con un movimiento obrero de fuerte impronta anarquista primero y comunista después, lo introducen en la obra de los clásicos revolucionarios: Marx, Engels, Lenin y el revulsivo Trotsky (como él escuchó decir a más de un militante y cuadro stalinista). Además de lecturas desordenadas pero que abarcan un espectro amplísimo: escritores griegos y latinos, Shakespeare, Goethe, Whitman, los realistas rusos y franceses, Nietzsche, Darwin, etc.

Comienza escribiendo poesía y luego incursiona en un género al cual le dedicó páginas de gran valía: el ensayo, en donde dejó ver una prosa particular y única. En uno de los primeros “El general Paz y los dos caudillajes”, como muchos que seguirían después, intenta una superación de la vieja historia liberal mitrista y de los revisionismos nacionales e hispanistas que estaban surgiendo. Su acercamiento a las primeras corrientes trotskistas del país le permiten conocer a un joven Milcíades Peña, con el cual colaborará y será él  quien termine algunos de los tomos del proyecto de Historia del Pueblo Argentino que aquel realizaba y que se interrumpe por su lamentable suicidio en 1965.

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En toda su producción vemos como fustigó a las diversas sociedades de clases y al capitalismo como la última de éstas, en textos antológicos como “Pequeño diccionario de la desobediencia” o “Biografía de la guerra”. No escapó al deslumbramiento del comienzo de la revolución cubana a la cual le dedicó “Espartaco en Cuba”. Visitó la URSS con toda la desconfianza de su formación trotskista y de las caracterizaciones políticas que los morenistas hacían de ella y éstas se vieron confirmadas con creces. En su “Prometeo en la URSS” cuenta el mal trago que pasó al solicitar en una biblioteca moscovita una obra de Trotsky y como casi es expulsado del lugar.

¿Qué el autor de “Biografía patria” no tuvo menguas o errores en muchas de sus apreciaciones? Sí que las tuvo: cierto unilateralismo en el análisis del primer peronismo, por momentos cayó en determinismos históricos y geográficos en su cosmovisión general del mundo y la que hoy suena más desagradable: si bien reivindicó el papel de la mujer y la reconoció oprimida desde el comienzo de la civilización, tuvo desaciertos y juicios reaccionarios (como la iglesia a la que tanto combatió) en relación a la homosexualidad en todas sus manifestaciones.

Pero de conjunto, en Luis Franco y su obra priman los aspectos revolucionarios tanto en su prosa como en su accionar político (ya grande, firma la solicitada de fundación del MAS en setiembre de 1982 y acompañó reclamos por desapariciones aún estando la dictadura). Murió como vivió, pobre y cobrando migajas de las corporaciones como la SADE que poco lo reconocieron. Contó solamente con el apoyo de amigos y compañeros del mundo del arte y de la militancia. Falleció el 1 de junio de 1988 en Ciudadela en donde vivía en una casa hecha con sus propias manos en un terreno que había podido comprarse décadas atrás.

Siempre confió en que en los puños, como él decía, de la clase trabajadora autodeterminada, está la posibilidad de la destrucción del estado actual y la creación de uno propio, hasta llegar a una sociedad que careciera de esa institución y fuera la primera a la cual se le podría dar el nombre de humana. Como reza la Internacional, jamás creyó en dioses ni amos ni en sustitucionismo alguno cuando de clase obrera se trata. Oigamóslo de su propia pluma:

“Pese al juicio despectivo o negativo de los rabinos de la sociología burguesa –y de los socialistas y otros obreristas de su laya que lustran con sus ya ralas melenas las botas de los generales, o de los radicales persignándose antes de besar las nalgas sagradas de los obispos– la clase obrera argentina de hoy, que se ha mostrado capaz de sobrenadar a la presión gigantesca de todos los sectores coaligados de la reacción y la rutina, esa clase ha dado las mejores garantías de que sabrá encontrar su propio camino, es decir, el camino de avance de la sociedad entera”.

Pero sobremanera la poesía de Franco es una de las más bellas que conoció el continente. Diáfana, rica en forma y contenido y potente como un viento que busca derrotar prejuicios y lugares comunes y es un acicate para la acción. Y siempre poniendo proa hacia el porvenir. No hay mejor cierre entonces que transcribir uno de sus trabajos más bellos.

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Saludo a lo que deviene

¡Salud! Todo está hecho con material de fuga

con su adiós y su albricia en cada extremo.

El presente es un baile de libélula.

 

Todo está caminando y avanzando

y todo está cambiando y ascendiendo,

y ella, ella la temida, es forma del movimiento sólo.

 

Más allá de latidos y amapolas y sueños,

más allá del espanto y la ceniza,

lo que fue recomienza.

Ninguna cosa existe fuera del tiempo en marcha.

 

El movimiento, sacra levadura,

lo leuda todo.

El letargo, las pausas y las lápidas

son ilusiones transeúntes.

El eterno reposo es la quimera

de las almas cansadas.

Y las mismas estrellas vivaquean

sin detenerse, es claro.

La muerte es el más vano de los sueños.

Lo que está adentro estuvo afuera

o aún lo está.

¡La cantidad, oh, dioses, trocándose en espíritu!

Ya por los agujeros que el gusano

abre en la oscuridad

se miran las estrellas.

 

La apariencia se impregna de esencia y se hace diáfana.

La vida angosta hecha de sustancia infinita.

Las formas venideras fraguándose a ojos vistas.

¿No zumban las abejas ebrias de miel futura?

¿No puede un beso ser inmortal de belleza?

 

El cargado de augurios y destino,

el hombre jornalero de la tierra y la historia,

el que avanza creciendo como un río

¿no es el que ya transita por encima

de las nubes y el tiempo?

 

El pasado

es venerable como la armadura

de un héroe difunto,

pero a nosotros no nos sirve

y nos estorba ya.

El hombre corcovado de siglos y despojos

¿no ha de asumir al cabo

la contagiosa navidad del alba

con su alma siempre encinta de esplendores inéditos

que peligró morir bajo la carga

de un astro muerto:

la fe vuelta de espaldas?

(En secreto las brújulas vuélvense hacia el futuro,

septentrión verdadero.)

 

Espoleada por el hombre

y hastiada ya de su horizonte inmóvil

escribirá la Esfinge su secreto

en su piso de arenas y de siglos

donde hundidos están los horizontes

que emergerán mañana.

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