En abril de 1970, Nabil Shaath –uno de los dirigentes de Fatah, que años después sería uno de los negociadores de los Acuerdos de Oslo– hizo la formulación pública de una consigna democrática radical que se venía discutiendo en el movimiento palestino en los finales de la década del 60. Con algunas variantes, ella se convertiría en el centro del programa de la OLP durante algunos años: “Por una Palestina democrática, no confesional, donde cristianos, judíos y musulmanes puedan vivir y ejercer su culto sin discriminación” (Machover, Moshe, “Un Moyen-Orient…”).

Posteriormente, esto fue reformulado de distintas formas, que estaban centradas en la definición del estado. Ellas se resumían en la propuesta de un estado único, laico (secular), democrático y no racista, con plena igualdad para árabes, judíos y demás nacionalidades y/o credos, que se establecería en todo el territorio de la Palestina histórica.

Esto se oponía al carácter expresamente racista/confesional que está en los cimientos del Estado de Israel. Pero también es opuesta al concepto de “estado islámico”.

Estado laico significa que no estará basado ni sostendrá ninguna religión, ni islámica, ni judía, ni cristiana. Un Estado Palestino laico no se basará ni en el “Antiguo Testamento y los profetas de Israel” (como es el caso del actual Estado sionista, de marcado carácter no sólo racista sino teocrático), ni tampoco en la “sharî‘a” (derecho islámico tradicional). Al mismo tiempo, garantizará a cada uno de los habitantes una total libertad de practicar el culto que deseen o no tener ninguna religión si así lo prefieren.

Pero la religión es sólo la “cáscara” del problema: por sobre todo, se establecerá una completa igualdad de derechos políticos, civiles y jurídicos. O sea, lo opuesto de la actual situación, que constituye una especie de pirámide racial/social, en cuya cúspide están la burguesía y la alta clase media judía de origen europeo (ashkenazim) y en cuya base están los palestinos de Gaza y Cisjordania, que ocupan un status igual o peor que el de los negros en la Sudáfrica del apartheid.

Ellos pueden ser legalmente despojados de sus tierras y otras propiedades sin compensación, demolidas sus viviendas, encerrados en guetos o bantustanes [3] rodeados de un muro de cemento de 8 metros de altura, detenidos sin juicio por tiempo indeterminado, torturados [4] y masacrados si resisten a esa bárbara opresión.

En el marco de esta definición de estado democrático, tanto en las corrientes palestinas como en la izquierda israelí no sionista, se desarrollaron diversos debates y posiciones acerca de esta fórmula y de una mayor precisión de ella.

Así, para algunos, ese estado único no sólo debería ser laico (secular) y democrático, sino también binacional. Es decir, expresar en su constitución la existencia de dos nacionalidades, una árabe y otra judía. Esto tiene que ver con un complejo debate sobre en qué medida se ha ido desarrollando allí una nacionalidad judeo-israelí (junto a otra árabe preexistente). Esta cuestión nacional no es exactamente lo mismo que las diferencias confesionales entre musulmanes, judíos y cristianos.

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En relación a esto, Nasser Aruri, señala que tras “las fallas y fracasos de Oslo, ha comenzado un nuevo discurso… Diferentes versiones de un solo estado –democrático secular o binacional– está siendo prevista y debatida entre un creciente número de personas de ambos lados, como una alternativa viable para terminar con un conflicto perpetuo. Por supuesto, la mayoría de la gente involucrada en este debate son intelectuales y activistas, que están la mayoría de ellos por fuera de los centros políticos de tanto de Israel como de Palestina. Pero este discurso atrae cada vez más gente y no disminuye…” (Aruri, Naseer, «One State, One Solution»)

Sin embargo, posiblemente la mayoría de los partidarios de un estado único, se remiten a la concepción más democrática radical, que se puede sintetizar en un estado único democrático y laico, basado en el principio de “un hombre, un voto”.

Aquí no vamos a entrar en este debate particular, aunque tiene desde ya su gran importancia.[5] Lo que nos interesa ahora es examinar cómo se puso a prueba la otra “solución” –los “dos estados”– y las razones de su total fracaso.

También trataremos de explicar por qué esto que aparecía como lo más “sensato” y “realista” –lo “único posible”–, resultó ser lo más utópico e imposible. Se produjo ese espejismo frecuente –no sólo en Palestina sino también en el resto del mundo– cuando se trata de cuestiones sociales y políticas trascendentales. Lo que aparece como lo más “realista” y “posible”, muchas veces termina siendo lo más utópico.

Un programa de corta duración

La bandera democrática-revolucionaria del estado único levantada a principios de los 70, no estuvo sin embargo izada demasiado tiempo en el mástil de Fatah y la OLP. Comenzó ser arriada mucho antes del sometimiento de Oslo, cuando la OLP anunció que estaba dispuesta a reconocer a Israel y aceptar la partición de Palestina: “Desde 1974, los palestinos han propuesto una solución basada en dos estados viviendo uno junto al otro; el Estado Palestino en las tierras ocupadas en 1967 con Jerusalén como capital, y el estado de Israel” (Shaath, Nabil, “Our Tragedy…”). Tal fue el nuevo programa de “dos estados”.

Es que Arafat, Fatah y la OLP acompañaron el curso declinante y degenerativo del nacionalismo laico en la región, pero con una combinación especial de elementos y factores. Uno de ellos fue el de que no estaban administrando un estado y territorio propios, como era el caso del nacionalismo burgués laico en Egipto, Siria, etc. Otros elementos fueron las consecuencias de una serie de derrotas (las principales, Jordania en 1970 y Líbano en 1982), así como también los efectos de la política de domesticación (vía financiamiento) que aplicaron los diversos regímenes árabes en relación al movimiento nacional palestino. Pero también, dentro de un cuadro cada vez más difícil, apareció inesperadamente una oportunidad: el estallido de la Primera Intifada de 1987. Sin embargo, Arafat, Fatah y la OLP no la aprovecharon para profundizar la lucha contra Israel sino para capitular. Un analista resume así esta compleja trayectoria:

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“La OLP fue establecida y controlada principalmente por el régimen de Gamal Abdel Nasser. Pero la derrota de 1967 debilitaron ese arreglo, llevando a que las guerrillas revolucionarias se apoderaran de la organización en 1969. Con Fatah y la guerrillas palestinas de izquierda al frente, el potencial revolucionario de la OLP constituyó una amenaza que precipitó la guerra total con el gobierno de Jordania en 1970, una situación que los poderosos y represivos regímenes árabes no deseaban que se repitiese. Fue en ese contexto, que el dinero del petróleo (desde Arabia Saudita, Kuwait, Libia, los Emiratos Árabes Unidos e Iraq) comenzó a llenar los cofres de la OLP; primariamente para asegurase que no alentara ningún cambio revolucionario en los países árabes y que no comprometiese los intereses de sus regímenes. Sus armas sólo debían dirigirse contra Israel. La guerra civil libanesa y el papel de la OLP en ella, en la segunda mitad de los años 70, fueron un problema. Pero, en lo que concernía a los regímenes árabes, era un problema que podían contener.

“Con los ataques de los 80 y la derrota militar de la OLP en 1982, la financiación árabe no sólo mantuvo la condición de que no dirigiera sus armas contra ellos, sino que tampoco apuntara contra Israel. Los diferentes acuerdos entre la OLP y el rey Hussein de Jordania, a mediados de los 80, fueron parte de ese plan.

“Debido a la continua negativa de Israel y EEUU de negociar con la OLP a pesar de sus cambios ideológicos y políticos, la situación se mantuvo congelada hasta que la Primera Intifada de 1987 dio a la OLP la oportunidad de negociación para bajar sus armas frente a Israel. La formalización de este cambio tuvo lugar en Argel (1988) y luego en la Conferencia de Paz de Madrid” (Massad, Joseph, “Hamas and…”) Este camino, después de la Guerra del Golfo de 1990-91, llevaría directamente a los Acuerdos de Oslo.

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