Oslo y la Primera Intifada

Durante largos años después de ser arriada la bandera de “un estado” y reemplazada por la de “dos estados”, Israel no hizo ninguna señal de responder positivamente a las propuestas de negociación en ese sentido. Por el contrario, continuó el exterminio de palestinos con renovados bríos. Así, en 1982, Israel invadió Líbano y al llegar a Beirut organizó una las más terribles masacres de palestinos, la de Sabra y Chatila, con miles de víctimas, principalmente ancianos, mujeres y niños, ya que la mayoría de los hombres se habían retirado con las milicias de la OLP.

Pero, inesperadamente para todo el mundo (y, en primer lugar, para Fatah y demás corrientes de la OLP), en 1987 estalló la Primera Intifada, que puso al Estado de Israel y a la sociedad israelí a la defensiva, ante la más grave crisis de su historia.

“La Primera Intifada comenzó en diciembre 1987 bajo la forma de una explosión espontánea de cólera de los palestinos de Gaza y se extendió como un reguero de pólvora a Cisjordania y al conjunto de los territorios ocupados. Fue una sublevación verdaderamente popular, que puso en movimiento prácticamente al conjunto de la población palestina, y principalmente a sus capas más pobres, con una participación remarcable de mujeres. Una sublevación cuya única «arma» fueron las piedras –lo que bautizó a la Primera Intifada como la «revolución de las piedras», para subrayar que con ellas hacían frente al aparato represivo israelí.

“La verdadera arma de la Intifada era su carácter popular, sus manifestaciones masivas, la fuerte participación de mujeres, otros tantos aspectos que impresionaron a la sociedad israelí y que verdaderamente desmoralizaron al Ejército de Israel.

“Fue un shock moral para la sociedad israelí, confrontada a su status de ocupante, de opresor… La Primera Intifada provocó una crisis moral en la sociedad israelí, cuya consecuencia fueron los Acuerdos de Oslo firmados años más tarde… La Intifada convención a la elite de poder israelí, al establishment sionista de la necesidad de buscar una solución a fin de desembarazarse rápido del problema del control de las poblaciones de Cisjordania y Gaza, lo que se había tornado muy embarazoso para un Ejército puesto a hacer el papel de policía antimotines” (Achcar, Gilbert, “De la première Intifada au succès du Hamas”).

Desde otro ángulo político, un autor israelí describe así la Primera Intifada: «Cuatro factores permiten caracterizar a la Primera Intifada como una revolución:

“1. Quebrantó el aparato de ocupación israelí. Éste nunca se recobró. Aún hoy, Israel es incapaz de tomar otra vez sobre sí mismo, la administración total de los Territorios.

“2. La que primero se levantó en la revuelta fue la «gente sin importancia»; los trabajadores, las mujeres y los jóvenes.

“3. La Intifada generó una dirigencia local enraizada en la gente [con comités populares], al revés del modelo histórico de la OLP.

“4. La Intifada inauguró un período de agitación que aún continúa, aunque ahora en la forma pervertida de la venganza por cuenta propia (por ejemplo, las acciones suicidas). Israel nunca logró volver a meter al genio dentro de la botella. […]

“En solo un mes, Israel perdió el control sobre la población palestina. Las riendas fueron arrebatadas de las manos de la administración militar… […] Fueron tiempos en que los pobres de las ciudades se levantaron para imponer su autoridad sobre los vecindarios de los ricos. Desde el principio, la Intifada tomo el aspecto de una revuelta social. Es decir, de una resistencia no sólo contra el dominio israelí, sino también contra el establishment local. En ese clima de romper los yugos, los trabajadores inmigrantes de los huertos se adueñaron de ellos, por una hora, pasando sobre sus patrones. Los alumnos obligaban a sus maestros a ir con ellos a las manifestaciones. Las mujeres dejaban sus hornadas y se iban sin pedir autorización a sus maridos. Todas las apariencias y las convenciones sociales tradicionales estallaban en pedazos; las viejas estratificaciones sociales eran violadas. De repente, las masas de «gente sin importancia» se volvieron la fuerza dominante, y daban el tono” (Ben Efrat, Roni “Revolution and Tragedy: The Two Intifadas Compared”).

Pero, contradictoriamente, esta inmensa rebelión de masas que pone en crisis a Israel, se producía en marcado contraste con la situación a escala mundial y de Medio Oriente. Aquí, el “desarrollo desigual y combinado” jugó en contra de los palestinos.

Es que la Primera Intifada sucedió en el cuadro de la ofensiva global del imperialismo iniciada en los 80, que marcó una avalancha de derrotas cuyo pico fue la restauración capitalista en la ex URSS y el Este. En el mundo árabe e islámico en particular, los 80 estuvieron marcados por sucesivos desastres: la invasión soviética a Afganistán –que no sólo mejoró cualitativamente la posición de EEUU y los gobiernos “islámicos” más reaccionarios (como Arabia Saudita y la dictadura de Pakistán) sino que también puso en crisis a las fuerzas de izquierda en la región–, la guerra fratricida desencadenada por Saddam Hussein contra Irán, el aplastamiento de las fuerzas obreras y de izquierda en la Revolución de Irán y la consolidación del régimen archireaccionario del clero shíita y, finalmente, la Guerra del Golfo de 1991 contra Iraq. Y, en medio de la restauración del capitalismo en la ex URSS, el Este y China, la embestida de la globalización neoliberal y la euforia de la burguesía mundial por el “fracaso del socialismo”, se produjo en Oriente Medio y en el resto del Tercer Mundo la bancarrota de los viejos nacionalismos burgueses florecidos en la posguerra.

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En ese marco mundial y regional, y confrontado a la Primera Intifada que no lograba sofocar, “Israel estuvo frente a tres alternativas: 1) Continuar la ocupación directa. 2) Encontrar líderes locales que estuvieran dispuestos a administrar los Territorios para él. 3) Entrar en negociaciones con la OLP”

“Israel fracasó en la primera de esas alternativas. Trató lograr la segunda durante la Intifada, así como durante la Conferencia de Madrid de 1991-92, pero esto no anduvo. Probó, entonces, la tercera alternativa.

“La fórmula que Isreal finalmente adoptó –llamada “Acuerdo de Oslo– lo llevó al caos en que se encuentra aún. Inició conversaciones con la OLP solamente con el fin de neutralizarla y transformarla en una mutación dictatorial, conocida como «Autoridad Nacional Palestina» (ANP)” (Ben Efrat, Roni “Revolution and Tragedy…”).

El papel asignado a la Autoridad Nacional Palestina que iba a establecerse, era el de bombero-gendarme: sofocar esa rebelión revolucionaria que fue la Primera Intifada, mediante el engaño de que Oslo era el primer paso en el camino a un Estado Palestino independiente en Cisjordania y Gaza.

Como señala un autor antes citado, “los fondos del petróleo se secaron para OLP después de la Guerra del Golfo de 1990-91 [donde tuvo la mala idea de alinearse con Saddam]. La OLP necesitaba nuevos financistas. Allí hicieron entrada EEUU y sus aliados, cuyos términos no sólo incluían la capitulación de Oslo, sino también que la nueva Autoridad Nacional Palestina controlada por Fatah sería armada y sus armas dirigidas contra un nuevo blanco: el mismo pueblo palestino. La ANP continuó recibiendo estos fondos hasta la Segunda Intifada, en la cual, contra su razón de ser, algunas de sus fuerzas de seguridad dispararon contra los israelíes… Entonces, los fondos fueron intermitentemente bloqueados, Arafat fue puesto bajo arresto domiciliario y los israelíes reinvadieron” (Massad, cit.).

Oslo y sus consecuencias

Paradójicamente, contra lo que creyeron las masas palestinas con la mejor buena voluntad (y también, incluso, muchos judíos israelíes que honestamente deseaban un “acuerdo de paz”), Oslo sentó las premisas materiales para hacer imposible la “solución de dos estados” –Israel y un Estado Palestino– que pudieran convivir pacíficamente en el territorio de la Palestina histórica.

“Once años atrás –señala un activista de la izquierda israelí–, estábamos a favor de la partición [en dos estados]. Es por eso que nos opusimos al Acuerdo de Oslo, porque no iba a conducir a un Estado Palestino independiente. Cuando los líderes palestinos firmaron Oslo en 1993, ellos perdieron su estado. El Acuerdo no incluía nada sobre los asentamientos de colonos, Jerusalén y los refugiados. Tampoco tenían el control de las puertas de Palestina al mundo. Aceptaron restricciones en las importaciones y exportaciones. Todos los problemas importantes fueron dejados para el futuro. Pero los palestinos reconocían de inmediato a Israel. No tenían entonces nada que ofrecer en futuras negociaciones. Se ponían totalmente a merced de Israel… Si Arafat estaba todavía interesado en un estado palestino independiente, no debería haber firmado el Acuerdo de Oslo” (Issawi, Hani and Ben Efrat, Yacov, “Disengagement and the Death of the Two-State Solution”).

Los “Acuerdos de Oslo” fueron un clásico ejemplo de la táctica de “concesión-trampa”. Israel y su sponsor, el imperialismo yanqui, daban algo (el establecimiento de la Autoridad Nacional Palestina en Cisjordania y Gaza, con Arafat a la cabeza) a cambio de mucho (el reconocimiento de Israel sin siquiera retirarse de los Territorios Ocupados en 1967)… y con la perspectiva de liquidar así la lucha palestina y lograr mucho más después.

Pero esta capitulación de Arafat y la OLP no fue inmediatamente visible para las masas palestinas que, comprensiblemente, festejaron como un triunfo de su lucha esta concesión: la constitución de la ANP y la instalación de Arafat en Ramallah. Creyeron lo que les decían sus dirigentes históricos: que era el primer paso en la conquista de un estado propio.

En el campo del nacionalismo “laico”, sólo algunos intelectuales lúcidos, como Edward Said, denunciaron rotundamente la trampa (y la traición) de Oslo. La izquierda de la OLP (el FPLP y el FDLP) criticó a Oslo, pero no fue a una ruptura y un enfrentamiento frontal con Arafat y Fatah. Por otra parte, ambas corrientes estaban inmersas en la crisis global de la izquierda estalinista de los años pos-Muro de Berlín.

Fue Hamas, desde afuera de las viejas camarillas de la OLP, quien apareció ante las masas palestinas oponiéndose irreductiblemente no sólo a Oslo, sino también al curso de cooptación y corrupción abierto con el establecimiento –bajo la bendición de Israel y EEUU– de la “Autoridad Nacional Palestina”. Esto le permitiría muchos años después arrasar en las elecciones palestinas del 2006.[6]

Efectivamente, como se señala más arriba, Oslo tornó finalmente imposible la “solución de dos estados”. A lo que condujo, fue al dominio de un estado –el Estado de Israel– sobre la totalidad de Palestina y al establecimiento dentro de ese territorio de algunos bantustanes donde encerrar a la molesta población “indígena”… hasta que llegue la posibilidad de “trasladarla” a los países vecinos y/o exterminarla.

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Pocos días después de la firma de los “Acuerdos de Oslo”, Edward Said denunciaba así su significado y hacía profecías que se cumplieron con creces:

“Primero, debemos llamar a los Acuerdos por su verdadero nombre: un instrumento de la rendición palestina, Versalles palestino. […] La OLP ha acabado con la Intifada… a pesar de que Israel seguirá ocupando Cisjordania y Gaza. La primera consideración del documento es por la seguridad de Israel, no por la seguridad de los palestinos ante las incursiones de Israel. El 13 de septiembre, en una conferencia de prensa, Rabin ha adelantado que Israel seguirá controlando la soberanía de los Territorios. Además, ha dicho, Israel seguirá teniendo el río Jordán, los límites con Egipto y Jordania, el dominio del mar, la tierra alrededor de Gaza y Jericó, los asentamientos de colonos y todas las carreteras…

“Ni Arafat ni el resto de los delegados palestinos en Olso ha visto jamás un asentamiento israelí. Ya hay doscientos de ellos, principalmente en puntos estratégicos… Un sistema independiente de carreteras los conecta con Israel y crean a su vez la desconexión entre los centros de población palestina… La tierra ocupada por esos asentamientos más lo que está designado para expropiar, ya constituye más del 55% del área total de los Territorios Ocupados… Además, Israel se ha apoderado de todos los acuíferos de Cisjordania y bombea el 80% del agua para sus asentamientos y para el mismo Israel” (Said, “The Day After”).

Siete años después, en el 2000, al estallar la Segunda Intifada, el balance final sobrepasaba incluso estas pesimistas previsiones: “La señales de este desastre ya estaban desde 1993… Los dirigentes israelíes laboristas y del Likuk no hicieron ningún secreto del hecho que Oslo fue diseñado para segregar a los palestinos en enclaves discontinuos, rodeados de límites controlados por Israel, con asentamientos y carreteras, violando la integridad de los territorios, expropiando y demoliendo casas, impulsando la multiplicación de los asentamientos, la continuación de la ocupación militar… y aplastando cada pequeño paso de los palestinos hacia su soberanía […]

“Mientras tanto, Arafat (con su régimen corrupto y estúpidamente represivo, apoyado por la CIA y el Mossad) continúa esperanzado en una mediación de Washington, aunque el «equipo de paz» de EEUU está dominado por ex funcionarios del lobby israelí, y por un presidente cuyas ideas sobre el Medio Oriente son la de los fundamentalistas cristianos sionistas” (Said, “The end of Oslo”).

La Segunda Intifada pone en crisis los acuerdos

La paciencia de los palestinos duró siete años. Durante ese período, sin que la ANP moviese un dedo, Israel aprovechó para extender la colonización y fragmentar aún más a la población palestina. Es un “sociocidio”, como lo caracterizó acertadamente el profesor Saleh Abdel Jawad.[7]

La rabia acumulada terminó estallando en la Segunda Intifada en septiembre del 2000. Esta puso en crisis a Oslo, pero al mismo tiempo no tuvo el mismo curso ni las consecuencias de la Primera.

Los distintos autores ya citados coinciden en que mientras la Primera Intifada puso en crisis al Ejército y la sociedad israelí, la Segunda no lo logró eso, ni por lo tanto mejorar las relaciones de fuerza. Después de un estallido de masas inicial, se estableció un control vertical de los aparatos político-militares tanto de la ANP como de los vinculados a Hamas. Por el contrario, la Primera Intifada se había basado en comités populares, constituidos democráticamente, donde tenía un gran peso la izquierda, y que movilizaban amplias masas.

La Segunda Intifada, rápidamente, tomó las características de una lucha “militar” de los diversos aparatos armados, tanto islámicos como “laicos”. Pero sus principales acciones armadas fueron los estallidos suicidas, que además no tenían generalmente como blanco no al Ejército sionista sino a la población civil de Israel. Un hecho agravante fue que el mayor número de victimas se produjo entre los sectores judíos más pobres, que frecuentan y viven en lugares menos custodiados que los de la burguesía y la alta clase media ashkenazim, que no sufrieron daños significativos.

La Primera Intifada, conducida por comités populares y basada en la movilización de masas, no sólo había dividido a la sociedad israelí, sino que también había empujado a una minoría hacia la izquierda. La Segunda Intifada, conducida desde arriba por aparatos político-militares y focalizada en los atentados suicidas, produjo el efecto opuesto: unificó a la sociedad israelí y la volcó en bloque hacia la derecha.[8]

Asimismo, las diferencias entre la Primera y Segunda Intifada tuvieron consecuencias internacionales muy importantes. La Primera había logrado una amplia simpatía mundial por la causa palestina, especialmente en Europa. En la Segunda, en cambio, el imperialismo y los sionistas pudieron manipular con facilidad a la opinión pública, presentando a Israel como “víctima” del “terrorismo islámico”. Esto se agravó luego del 11 de septiembre.

Sólo en los últimos tiempos esto se ha ido revirtiendo. Las matanzas de Israel, especialmente en Gaza, y sobre todo las atrocidades cometidas en Líbano, han producido un giro. Internacionalmente, Israel ha venido perdiendo aceleradamente simpatías y sobre todo legitimidad. Las organizaciones sionistas denuncian eso como un “crecimiento mundial del antisemitismo”, lo que es una falsedad evidente.

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