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La renuncia no es la garantía del fin de las inmensas movilizaciones. Las protestas vienen paralizando el país con cortes en los principales accesos a la capital Beirut y con bancos, escuelas y universidades cerradas.

La renuncia fue recibida con fuegos artificiales en varios puntos del país. El clima de celebración además de la moralización indican que la inestabilidad continúa y los manifestantes prometen seguir exigiendo la salida de toda la clase política corrupta del país.

Las protestas comenzaron el 17 de octubre, cuando el gobierno de Hariri anunció que pretendía crear un impuesto sobre las llamadas hechas a través de la aplicación Whatsapp, una medida que pretendía beneficiar a las grandes empresas de telefonía.

La propuesta fue retirada en seguida debido a la intensidad de las manifestaciones en la capital, Beirut, en las primeras horas del anuncio. Así como ocurrió en Chile, el descontento de los manifestantes continuó y rápidamente fue canalizado contra la terrible situación económica que el país vive hace décadas.

Aun después de los treinta años de guerra civil (1975-1990), las inmensas desigualdades sociales entre pobres y marajás en el Líbano siguen presentes, y la política de los sucesivos gobierno de orientación neoliberal de la región siempre fue la de mantener a los ricos cada vez más ricos y de relegar a la clase trabajadora y las mayorías populares del país condenadas a la extrema pobreza.

Se exigen cambios estructurales en el país. Los continuados periodos de inestabilidad política y los terribles efectos de los conflictos locales no justifican la escasez crónica de agua y electricidad como quieren hacer pasar la burguesía y la casta política millonaria y absurdamente corrupta del país.

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El 21 octubre, el ex primer ministro Hariri había anunciado un plan de reformas. Eso no convenció a los manifestantes. Hoy mismo, aun con su renuncia, los manifestantes siguen luchando por la salida de todo el gobierno corrupto y por transformaciones sociales de fondo.

Las manifestaciones populares en Irak y el Líbano encienden una señal de alerta en la burguesía occidental, que ya se manifiestan a favor de la “paz”, como ya se pronunciaron en París y Washington. El gobierno francés pidió a Hariri que permaneciera en su puesto en nombre de la “estabilidad” política del país. “Francia apela a todas las autoridades libanesas a que hagan todo lo posible para garantizar la estabilidad de las instituciones y la unidad del Líbano” como declaró el ministro de Relaciones Exteriores francés, Jean-Yves Le Drian.

Los manifestantes no sólo conquistaron la renuncia del primer ministro sino que, de acuerdo con la agencia nacional de noticias libanesa NNA, continuarán concentrándose en la capital con la pretensión de marchar hasta la sede del Banco Central -como ha sido costumbre en todas las manifestaciones- hasta que se vaya todo el gobierno.

Este ha sido el tercer gobierno liderado por el ex primer ministro desde 2009. Hariri se mantuvo tanto tiempo gracias al apoyo y la influencia de Arabia Saudita. Pertenece a una familia influyente con grandes negocios con la burguesía saudí. Asumió el poder después de la muerte de su padre, quien fue primer ministro dos veces, RafikBaha’eddin Al-Hariri, un magnate y filántropo que gobernó hasta su muerte en 2005 fruto de un atentado atribuido al gobierno sirio. La conmoción popular luego del atentado y la influencia política de Arabia Saudita contribuyeron a  que Hariri asuma enseguida el mando del país.

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Es extremadamente valioso que las impresionantes manifestaciones de este último domingo ocurridas en todo el país hayan puesto fin a un legado mafioso de años. En una demostración de fuerza y unidad nunca visto en el país, los manifestantes formaron una corriente humana de norte a sur con 170km de longitud.

La magnitud del acontecimiento consiguió sobrepasar el bloqueo mediático, que venía manteniendo a las manifestaciones en un aislamiento político criminal. Anteriormente la censura local era tal que llevó a un grupo de artistas reconocidos a irrumpir en un canal de televisión en medio de un programa. Indignados exigieron la cobertura de las protestas y responsabilizaron al gobierno por la censura y por la situación caótica en que se encontraba el país.

La falta de cobertura por parte de la prensa mundial ante la presencia de más de un millón de personas en las calles no fue solamente un crimen político ante un gran acontecimiento en la región, sino también un crimen contra el derecho a la información de la población mundial, que está atenta a todos los procesos de radicalización hoy en curso.

Nos solidarizamos con los heridos en el día de hoy, que luego del  anuncio de la renuncia del ex- primer ministro fueron atacados por centenares de miembros de Hezbolah,- movimiento político oficialista de religión chiita- que con bastones atacaron el principal campamento de los manifestantes en Beirut destruyéndolo y persiguiendo hasta  dispersar a los manifestantes con la complicidad de la policía local.

 

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