Las sardinas asustan a los tiburones de Wall Street

Lecciones del affaire GameStop

El hecho mismo de que el affaire GameStop resulte tan excepcional respecto de la regla no debe conducirnos a creer que estamos ante un cambio fundamental de los patrones de funcionamiento del orden capitalista, sino, más bien, a reflexionar sobre lo poderosos y arraigados que son éstos.

Marcelo Yunes
Intelectual marxista. Especialista en economía.


Por una vez, una noticia del mundo financiero alcanzó repercusión fuera del círculo especializado y pasó a ser comentario de muchos que normalmente ni se enteran ni les interesa lo que pasa en Wall Street. El hecho generó la simpatía que siempre se tiene cuando muchas personas anónimas les dan una buena patada a los ricos y poderosos. Por supuesto, compartimos de buena gana ese sentimiento, pero es posible también indagar un poco no ya en lo sucedido en sí sino en lo que revela sobre el funcionamiento del capitalismo.

Empecemos por un repaso de los hechos. La noticia fue un salto formidable en la cotización bursátil de una compañía de videojuegos y productos de electrónica, GameStop. La acción de la empresa, que en marzo de 2020 valía 6 dólares y que luego de muchos altibajos estaba en unos 17 dólares a principios de año, voló en tres semanas casi a 350 dólares. Ganadores: una multitud de pequeños inversores, la mayoría muy jóvenes y amateurs. Perdedores: varios fondos de cobertura (hedge funds) que vieron cómo se vaporizaban –los cálculos varían salvajemente– más de 10.000 millones de dólares. Un solo fondo, Melvin Capital, requirió un aporte de capital de dos magnates por un total de 2.750 millones de dólares para evitar la bancarrota. Otros fondos tuvieron pérdidas inmensas, lo que generó una airada protesta de los “lobos de Wall Street” –posando ahora de inofensivos caniches– exigiendo la intervención de las autoridades para frenar la “especulación” mancomunada de los pequeños inversores. El mundo al revés.

Pero entender el significado de estos hechos, es necesario reponer cierto contexto, comenzando por conocer más de cerca algunas prácticas de Wall Street. Los fondos de cobertura inicialmente tenían un sentido análogo al de una póliza de seguros. Por ejemplo, productores agrícolas vendían su cosecha por adelantado, a un precio estipulado a esos fondos, con la idea de cubrirse (hedge) contra oscilaciones violentas de precios. Es decir, se trataba de una cobertura contra el riesgo y la volatilidad. Pero, como explica el economista marxista británico Michael Roberts, andando el tiempo la actividad financiera le dio un carácter opuesto: los hedge funds pasaron a actuar como simples apuestas a que los precios de determinados commodities, o acciones de empresas, fueran a subir o bajar. Y esto derivó en lo que se conoce como “estar corto” (go short) o “estar largo” (go long).

Expliquemos rápidamente eso, que en el fondo es muy simple. Estos fondos piden prestados (sin comprar) acciones de una empresa cuyo precio calculan que va a bajar, y las venden. El contrato implica que esas acciones prestadas deben ser devueltas en un determinado plazo. Si en el ínterin las acciones bajaron, es un negoción: el fondo pidió acciones que valían, digamos, 10 millones, y las vendió. Si el precio de esas acciones, pasadas las semanas o meses que indica el contrato, bajó a 8 millones, el fondo en cuestión las compra y las devuelve… embolsando los 2 millones de diferencia. Eso es “estar corto”. La operación inversa –esperando que los precios suban– es “estar largo”.

Hasta aquí, todo parece una apuesta que puede salir bien o mal. La trampa es que los fondos en cuestión manejan tal volumen de acciones –y tanta información– que en un momento dado ya deja de ser una apuesta y pasa a ser directamente una intervención perversa con el objetivo de llevar las acciones de una empresa al nivel de bancarrota. Lo han hecho infinidad de veces, con el consiguiente resultado desastroso en términos de puestos de trabajo. Por supuesto, a estos lobos de Wall Street eso les importa menos que nada.

Aquí entra GameStop. Es una empresa “física”, esto es, con un modelo de negocio basado en las ventas en locales, no por la vía digital. Y, en consecuencia, había sido especialmente golpeada por la pandemia. Todo esto llevó a que los hedge funds se hicieran un festival apostando en corto contra el valor de su acción.

¿Qué cambió? Que la pandemia hizo que millones de estadounidenses recibieran generosos pagos de la seguridad social –a veces, incluso superiores a los salarios que ganaban en sus empleos perdidos– que, aunque de manera temporaria, les dieron cierto margen de excedente. Muchas de estas personas, en su mayoría jóvenes, ingresaron al mundo de las operaciones financieras, ahora facilitadas gracias a múltiples aplicaciones electrónicas y también foros para novatos en estas lides.

Uno de esos foros, wallstreetbets (apuestas de Wall Street), parte de la red social Reddit –también muy popular entre los jóvenes–, sirvió de plataforma para que cientos de miles de mini inversores decidieran desafiar a los fondos en su propio juego, a través de la aplicación Robinhood. ¿De qué manera? Pues haciendo las apuestas contrarias a las del mainstream financiero. En este caso, los hedge funds estaban decididos a llevar a GameStop a la quiebra apostando en corto. Lo que hicieron estos “nuevos inversores” fue dedicarse a comprar acciones de GameStop. Aunque los montos individuales eran ínfimos para lo que acostumbran a invertir los peces gordos –en general, unos pocos cientos de dólares; lo poco que hubieran podido ahorrar durante la pandemia gracias a los subsidios de desempleo–, el hecho de que actuaron de manera inéditamente coordinada para tantos inversores disparó el precio de la acción de GameStop, que se multiplicó por 20 en menos de un mes. Por lo tanto, todos los hedge funds que habían apostado en corto contra la empresa, al vencer su contrato y verse en la obligación de devolver las acciones que habían vendido muy baratas, perdieron las millonadas que ya mencionamos.

Como era de esperar, los buitres de Wall Street no tomaron la situación con flemática resignación ni musitaron filosóficamente “a veces se gana, a veces se pierde”, como haría cualquier apostador decente. Porque no lo son: son los dueños del juego acostumbrados a que funcione para ellos, y en todo caso aceptarían ser derrotados por un par, pero jamás por unos novatos advenedizos. De modo que los tipos estaban, y están, que echan humo por las orejas.

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Lógicamente, los hipergarcas de las finanzas no podían esperar mucha simpatía de la opinión pública, por lo que jugaron la carta “popular”, y salieron a llorar que las futuras pensiones de millones de trabajadores estaban en riesgo. No mentían del todo: gracias al siniestro sistema jubilatorio completamente privatizado de EEUU, esos fondos cumplen un rol muy parecido al que se esperaba que tuvieran las AFJP en Argentina, o las AFP chilenas, en la administración de fondos de pensiones.

Ni que decir tiene que las autoridades regulatorias salieron inmediatamente al rescate de los fondos de cobertura y hasta tuvieron el descaro de lanzar advertencias contra millones de minoristas, a los que acusaron de “apostar, no invertir”, y de “hacer trampa”. ¡Increíble: las mismas autoridades que dejaron pasar las mayores mega estafas de la historia financiera, desde Enron hasta Lehman Brothers, sin decir una palabra ni hacer la menor autocrítica por los millones de damnificados que perdieron ahorros y dinero de su retiro, se permiten criticar a los pequeños inversores por hacer infinitamente menos que los buitres de Wall Street! Lo más irónico es que esos pequeños inversores no hicieron otra cosa que la práctica más habitual y simple de las finanzas: comprar acciones. Todas las trampas, instrumentos sofisticados y mecanismos retorcidos están del lado de los que ahora se sienten estafados.

Así las cosas, en las redes sociales implicadas y en las otras hubo una lógica e inmediata corriente de simpatía por los millones de Davids que le pegaron semejante paliza a los Goliats de las finanzas. Por otra parte, la historia continúa; ya se habla de operaciones parecidas con otras compañías que venían de capa caída y eran candidatas al bullying financiero de los hedge funds, como Blackberry (compañía de smartphones que fue furor hace unos años, hoy en declive) y AMC (entretenimiento), entre otras. Sin embargo, quizá lo más importante es tomar nota de qué lecciones y conclusiones, aun provisorias, pueden extraerse de todo el episodio.

¿Derrotar al sistema capitalista con sus propias armas?

La sonrisa que nos sacó a la mayoría ver a los lobos de Wall Street morder el polvo de la derrota y clamar por la intervención urgente del habitualmente vituperado “Estado regulador” no debe cegarnos. La legítima satisfacción de muchos de esos pequeños inversores y del público por haber usado los propios instrumentos del sistema financiero capitalista para humillar a los magos y gurúes supuestamente “especialistas” no puede esconder la pregunta clave: ¿cuál es el alcance de esta victoria de las muchas sardinas sobre los escasos tiburones?

Para intentar una respuesta es necesario poner las cosas en perspectiva. Contra el candoroso optimismo de algunos, no es el fin de la dictadura financiera de los grandes fondos, derrocada por las masas de pequeños inversores. Tampoco es el advenimiento de una nueva era de finanzas “democráticas” gracias a que el avance de la tecnología digital, con sus aplicaciones y foros como Robin Hood o wallstreetbets, pone a disposición de millones la posibilidad de invertir en instrumentos antes sólo accesibles vía brokers o agentes de Bolsa.

Es verdad que se trata de un fenómeno generalizado, aunque, naturalmente, mucho más desarrollado en EEUU, por varias razones. Por ejemplo, la combinación de un acceso mucho más fácil, ingresos en alza gracias a los subsidios estatales por la pandemia y la brusca baja de las tasas de interés han generado una especie de boom de pequeños inversores bursátiles en Brasil. Con todo, sólo uno de cada 50 adultos de ese país posee acciones; en EEUU, la proporción era de uno cada siete en 2019, y este año está cerca del 20% de la población adulta (The Economist, “Joining the fray”, 16-1-21).

Desde ya, esta “masividad” no es proporcional. Roberts recuerda que hasta hace poco, mientras el 1% de los hogares poseía el 53% de los activos de Bolsa, y el 10% más rico poseía el 93% de esa riqueza, el 90% de la población sólo poseía el 7% de los activos bursátiles (“Stop the game – I want off!”, 28-1-21).

De todos modos, el auge de las inversiones bursátiles era esperable dada la estampida –o más bien, para usar la expresión del ex titular de la Reserva Federal en los 90, Alan Greenspan, “exuberancia irracional”– de los valores de Bolsa, con escasa o ninguna relación con el paupérrimo desempeño de la economía, salvo en el caso de unas pocas compañías, en general de tecnología digital. Por ejemplo, en EEUU el mercado de opciones (definidas como el derecho a comprar o vender acciones o bonos en un momento determinado a un precio determinado) pasó de 20 millones de operaciones diarias en 2019 a 30 millones en 2020… y saltó a 40 millones en lo que va de 2021 (The Economist, “Bucket list”, 16-1-21). La diferencia se explica en buena medida por el ingreso de millones de pequeños inversores, que ahora tienen a su disposición la combinación de medios técnicos (aplicaciones gratuitas) y financieros (ahorros) para entrar al sistema y hacer estas “travesuras”. La más conocida de esas aplicaciones es Robinhood, que ha sido presentada como la encargada de “abrir la inversión a las masas” (CNN, 29-1-21).

Pero, como se supo casi inmediatamente, esta situación de “capitalismo popular” donde muchos peces pequeños compiten (y ganan) en pie de igualdad con los peces gordos no puede continuar. Por lo pronto, los gerentes de la propia aplicación Robinhood fueron los primeros en poner restricciones a la compra de acciones “altamente volátiles”. Con lo cual estos gurúes del “capitalismo popular”, cuyo slogan era “no hacer falta tener traje para invertir en la Bolsa”, bien podrían llamarse Hoodrobin, ya que en cuanto los pobres empezaron a sacarle ventaja a los ricos, se alinearon enseguida a favor de éstos. Por supuesto, la restricción sólo alcanza a los pequeños, no a los grandes fondos.

En declaraciones que parecen hechas a propósito para fungir de símbolo, Michael Burry, un gurú de las finanzas que fue retratado en la película The big short, tuvo el descaro de tuitear (luego debió borrar el post) pidiendo “consecuencias regulatorias y legales” para la conducta “innatural, demencial y peligrosa” de los inversores que causaron el “short squeeze” de los grandes fondos, generándoles inmensas pérdidas. Lo curioso es que el fondo del propio Burry, Scion Asset Management, se benefició de la suba de GameStop; parece que la solidaridad entre los estafadores profesionales es más fuerte (B. Chapman, The Independent, 29-1-21)

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Estas muestras escandalosas de que en el “juego de la Bolsa” las cartas están marcadas en beneficio de los poderosos generaron una ola de indignación en los mismos usuarios que la habían utilizado. Ya hay demandas judiciales en curso contra Robinhood, y figuras importantes de la política yanqui se pronunciaron contra esta grosera “cancha inclinada” para los grandes fondos y contra los pequeños inversores. Es el caso de la diputada demócrata Alexandria Ocasio Cortez, cuyo tuit de denuncia a Robinhood fue apoyado incluso por el senador republicano ultraconservador Ted Cruz.

El desenlace de esa disputa sigue abierto, con novedades diarias. Pero la lección ya está clara: el juego de las finanzas no tiene reglas limpias, sino que está hecho por y para sus dueños. Cuando los invitados a la fiesta se quieren apropiar de la comida, viene el personal de seguridad (es decir, los reguladores) a poner orden y expulsar a los revoltosos. ¿Antidemocrático? Por supuesto, pero ¿quién creía que el capitalismo era democrático?

Como dice Michael Roberts, “en la disputa actual, el pequeño inversor lleva las de perder. El regulador del estado de Massachusetts, William Galvin, ya pidió a la Bolsa de Nueva York que suspenda por 30 días las acciones de GameStop para permitir que la cosa se enfríe. ‘Esto no es invertir, esto es apostar’, dijo. ¡A quedarse tranquilos!” (Roberts, cit.). El cinismo de esta gente no tiene límites: ¡ahora resulta que los especuladores son los usuarios de aplicaciones que invirtieron 500 o 1.000 dólares de manera perfectamente legal, no los bandidos de Wall Street que hacen cualquier cosa con total impunidad!

Tanto Robinhood como otras aplicaciones, así como brokers y agentes tradicionales de Bolsa, han introducido, para la furia de las “masas inversoras”, crecientes restricciones y obstáculos de dudosa legalidad para evitar que la saga GameStop continúe, o peor aún, se reedite con acciones de otras empresas.

Es parte de la elaboración marxista clásica sobre el tema que es parte de la esencia del sistema crediticio (cuyo pilar son las estructuras financieras como los bancos y la Bolsa) desarrollar en su seno la misma lógica de la producción capitalista, es decir, “el enriquecimiento por explotación del trabajo ajeno, hasta convertirlo en el más puro y colosal sistema de juego y fraude, restringiendo cada vez más el número de individuos que explotan la riqueza social” (K. Marx, El capital, III, 7, cap. 27, p. 569).

No obstante, esto no implica que los dueños del juego quieran excluir a los pequeños inversores. Por el contrario, está en sus mejores intereses dejar que el juego se llene de amateurs. Lo que de ninguna manera aceptará es que en el largo plazo salgan ganando, incluso si, como en este caso, se atienen a las mismas reglas que los grandes fondos violan sistemáticamente. Por eso dice Marx que lo que se restringe es el “número de individuos que explotan la riqueza social”, no el número de personas que simplemente participan del juego.

Como señala de forma más explícita aún el economista marxista del siglo pasado Henryk Grossman: “Forma parte de la esencia de la especulación bursátil el que deban existir dos grupos de personas: los ‘miembros de la Bolsa’, los iniciados, o mejor dicho, los informados (…), y la gran masa de los que se encontraban afuera, el ‘público’” (La ley de la acumulación y del derrumbe del sistema capitalista, p. 366). Grossmann cita aprobatoriamente al economista alemán F. Schmidt, que señala que dado que “es típico de la especulación el inevitable divorcio de una parte respecto de la otra (…), así el grupo que se encuentra afuera, el público, debe necesariamente constituir la víctima” (Die Effektenbörse und ihre Geschäfte [La Bolsa de Valores y sus negocios], en Grossman, cit., p. 366-367).

Víctimas de los enjuagues, manejos, asimetrías de información y otros trucos de los “especialistas profesionales” de la Bolsa: ése es el rol que siempre les estuvo destinado a los incautos que, con buena fe o con codicia mal aprendida, quieren entrar al casino del gran capital. Y hasta ahora, ha funcionado a las mil maravillas para los dueños de la casa de apuestas, cuya función, lejos de ser una “excrecencia especulativa” ajena al capitalismo “virtuoso y productivo”, es esencial a la estructura del conjunto del sistema.

Tan lejos estamos de que haya una contradicción esencial entre el capitalismo “especulativo” y el “productivo” que uno de los grandes beneficiados de la exuberancia de activos –especialmente los vinculados a la tecnología–, el sudafricano Elon Musk, que fue muchas veces víctima de los apostadores “en corto”, ahora se mostró de acuerdo con Ocasio Cortez y con los pequeños inversores. Ahora bien, Musk es en este momento exactamente la persona más rica del planeta, gracias a la disparatada suba de la valuación bursátil de sus compañías, especialmente la fabricante de autos eléctricos Tesla.

El hecho mismo de que el affaire GameStop resulte tan excepcional respecto de la regla no debe conducirnos a creer que estamos ante un cambio fundamental de los patrones de funcionamiento del orden capitalista, sino, más bien, a reflexionar sobre lo poderosos y arraigados que son éstos. Con toda la simpatía y el aplauso que nos merece la movida de estos cientos de miles, o acaso millones, de pequeños inversores, hará falta mucho más que unas aplicaciones accesibles para, como decía la canción, “que la tortilla se vuelva / y que los pobres coman pan / y los ricos, mierda mierda”.

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