Marcelo Yunes
Intelectual marxista del Nuevo MAS


El derrumbe económico en todos los frentes complica cada vez más la vida cotidiana de millones. Quien no pierde el trabajo teme perderlo, quienes viven de un salario ven cómo la inflación se lo devora día tras día, la pobreza se extiende, el malhumor y el cúmulo de problemas envenenan las relaciones sociales, la violencia aumenta. La relativa novedad es que este estado de cosas de la Argentina bajo Macri ya no es privativo de los sectores populares: ahora también en el empresariado argentino cunde el desánimo generalizado. Sencillamente, nadie está conforme con el macrismo: ni los pobres ni los ricos.

Lo que era murmullo en privado toma cada vez más estado público: en el conjunto de la clase capitalista hay decepción con Macri y su rumbo económico, temor a un posible regreso del “populismo” (con o sin Cristina) y, sobre todo, una profunda incertidumbre por el futuro. Aclaremos: ese futuro, para la gran patronal –sobre todo la agraria, la financiera y la vinculada a los negocios con el Estado–, es el 2020; para buena parte de los industriales de medianos para abajo, son los próximos meses. El goteo de cierres de empresas ya es un torrente, y si el ahora renovado temblor cambiario deriva en crisis, se volverá una ola al peor estilo 2001. Es en este marco que parte buena parte de la patronal busca una alternativa al desastre de Macri o al “populismo”. Por ahora, lo único que encontró es Roberto Lavagna.

 

De la cuadratura del círculo…

El mismo establishment que ahora mastica bronca contra el gobierno es el que hasta hace meses nomás festejaba y compartía la visión de “acabar con la decadencia de los últimos 70 años”, esto es, lo que macrismo y clase capitalista llaman la “Argentina peronista”, el “populismo”, la sindicalización masiva, las paritarias, las comisiones internas, las obras sociales… Aunque el peronismo “populista” sólo gobernó menos de 25 años desde 1946, no se equivocan los ideólogos y economistas liberales en despotricar contra ese conjunto de instituciones que han hecho de Argentina un país “anormal”.

Para no alargar la explicación, sólo diremos que una economía como la argentina, cuya relación con el mercado mundial e ingreso de divisas dependen del agro, pero cuyo tejido social urbano depende de una industria relativamente atrasada y poco competitiva, vive en desequilibrio perpetuo. Sin agro no hay divisas, pero sin “subsidios cruzados” no hay país sino factoría agrícola en un mar de pobres urbanos desclasados.(1) Ése es el “equilibrio” que el peronismo trajo, a su manera, al capitalismo argentino. En cierto modo, la medida de ese equilibrio la da el precio del dólar, que por eso fue siempre tan determinante, a lo que después de la dictadura militar se agregó la complicación adicional de la deuda externa en dólares.

Esta matriz era la que el macrismo aspiraba (y aún aspira, cada vez con menos realismo) a cambiar de raíz. Este diagnóstico estratégico estaba desde antes de 2015, pero Macri y su equipo se vieron obligados a una “readecuación táctica” tras ganar las elecciones: la campaña de Cambiemos había sido tan mentirosa que un viraje de 180 grados en 2016 hacia el desmantelamiento de todo el relativo “Estado de bienestar” e institucionalidad sindical era políticamente inviable. Allí tuvo su partida de nacimiento el llamado gradualismo, que los profetas neoliberales de laboratorio ajenos a la política (Miguel Ángel Broda, José Luis Espert y toda esa runfla) siempre aborrecieron, con total incomprensión de lo que significa la lucha de clases en Argentina. El resto del establishment, en cambio, se armó de paciencia y mantuvo su apoyo monolítico a la gestión Macri, poniendo en segundo plano sus diferencias tácticas. El pico de adhesión y optimismo fue el triunfo oficialista en las elecciones de octubre de 2017: parecía la confirmación de que el camino gradualista era la mejor garantía de a la vez éxito electoral y avance moderado, pero continuo, de las “reformas estructurales”.

Pero ya las jornadas de diciembre de 2017 dejaron en evidencia que todo era una ilusión. Sencillamente, el ritmo “gradualista” de las reformas, tributo último a las relaciones de fuerza, no era compatible con las necesidades de un capitalismo argentino que no sólo no había resuelto ninguno de sus problemas históricos, sino que los había agravado con el factor endeudamiento, irresponsablemente impulsado por el macrismo. Y en Argentina los desajustes estructurales siempre terminan condensándose, por las razones expuestas, en el problema cambiario, que estalló en 2018 en dos crisis sucesivas, en abril y en septiembre. La devaluación, el salto en la inflación, la recesión y el deterioro de las cuentas del Estado dejaron al país no ya en desequilibrio sino en serio riesgo de default.

Mirá también:  Otra batalla difícil para el “progresismo” latinoamericano

Aquí entra al galope en su caballo blanco el Fondo Monetario Internacional, al rescate de una gestión irremediablemente fracasada, con un objetivo de mínima y uno de máxima. El mínimo es evitar un derrumbe de Macri con salida anticipada, escenario estilo 2001 que no conviene a nadie del establishment. La dorada (y hoy muy lejana) meta es que su apuntalamiento financiero logre la reelección de Macri. Y que éste, en su segundo mandato, finalmente, emprenda las contrarreformas neoliberales que sepulten la maldición del sistema laboral heredado del peronismo, que, si bien muy erosionado por las crisis sucesivas, se niega a desaparecer.(2)

Desde ya, el propio FMI es el primero en reconocer que tanta alegría junta es poco probable, en lo cual demuestra más sentido de la realidad que los “cerebros” (harían falta más comillas) de Cambiemos. De allí sus renovados contactos con figuras de la oposición, incluido el kirchnerismo, de los que hemos dado cuenta en estas páginas. La relativa novedad, nacida del escepticismo teñido de desesperación de una parte importante de la patronal, sobre todo la industrial, es la aparición de la figura del ex ministro de Economía de Eduardo Duhalde y Néstor Kirchner, Roberto Lavagna, como eventual “opción superadora” de la grieta Macri-Cristina.

 

… a la triangulación del círculo

Hasta ahora, Lavagna no se mueve del espacio del Frente Renovador de Sergio Massa, pero suena como candidato en las PASO no sólo entre los dirigentes del PJ Macri-friendly (Urtubey, Picchetto y el propio Massa) sino tal vez en una interna más amplia del peronismo. El kirchnerismo, por su parte, no ha salido a cruzarlo sino que más bien tantea la posibilidad de integrarlo a esa interna, cosa que Lavagna por ahora descarta.(3)

Ahora bien, desde el punto de vista de la estrategia de la clase capitalista que veníamos describiendo, ¿dónde ubicar al Lavagna versión 2019? La respuesta, por ahora, difícilmente atraiga demasiado: se parece más a una opción por default que a una verdadera elección. No casualmente, el inefable garca (y calificado vocero de la patronal) Miguel Broda no lo prefiere en ningún escenario, salvo… en un ballotage contra Cristina.

Tal vez esto se deba a la edad de Lavagna (76 años), que indicaría más bien que se trataría de una figura de transición, sin reelección a la vista, con la idea de entregar el poder en 2023 (que suena casi como el siglo XXIII) a alguien más “estratégico”, luego de haber puesto un poco de orden en el tembladeral de la economía argentina. Lavagna pone en su currículum haber hecho exactamente ese trabajo con Duhalde y los primeros años de Kirchner. Pero no hay muchas razones para suponer que la historia se repetirá de manera tan lineal.

De hecho, las pocas señales que dio hasta ahora (también él juega al misterio) apuntan a un esquema que va a ser casi tan difícil de sostener como el actual. Lejos del “populismo kirchnerista”, la “agenda Lavagna” es tan moderada que puede resultar casi peligrosa. Veamos: se opone a poner en el centro una política de redistribución de ingresos porque, a su juicio, de esta crisis “no se sale repartiendo, porque no hay mucho para repartir, no hay nada para repartir. Lo que se busca es que el esfuerzo que hay que hacer para salir no sea de los sectores más bajos y medios” (La Nación, 27-3-19).

Pero esto es un contrasentido total. Primero, por supuesto, es falso de toda falsedad que “no hay nada para repartir”. A pequeña y reformista o a gran y revolucionaria escala, hay muchísimo para repartir, empezando por las decenas de miles de millones de dólares de servicio de deuda, siguiendo con otras decenas de miles de millones de dólares que hoy se fugan alegremente al exterior y la asombrosa evasión fiscal de los grandes empresarios, para no hablar de la gran propiedad capitalista. Si Lavagna no ve que haya “nada” en todo eso es simplemente porque considera sagradas no sólo la propiedad, sino la deuda con el FMI, la evasión fiscal y la fuga de capitales.

Mirá también:  La Nación se hizo eco del reclamo de unidad del Nuevo MAS

Segundo, Lavagna deja en una conveniente vaguedad qué clase de “esfuerzo” se le pedirá a los que “no sean de sectores bajos y medios”, es decir, los capitalistas, y, sobre todo, cómo hará para que le hagan caso, se “esfuercen” y le dejen algo al fisco. Por otra parte, si fuera cierto y lo hiciera en serio, si exigiera, lograra y capitalizara de los empresarios ese “esfuerzo” que no se le pediría a los “sectores más bajos y medios”… pues bien, eso sería, justamente, una política redistributiva, aunque fuera de manera indirecta y archi reformista. El hecho de que Lavagna descarte de plano toda redistribución es un indicador muy significativo del grado de verdad que hay detrás de ese mayor esfuerzo que se pediría a los ricos: poco y nada.

Las preguntas que cabe hacerse son: ¿qué nivel de sustentabilidad social tendría un plan económico “no redistributivo” y donde el acento está en el “esfuerzo”? ¿En qué se diferencia eso, exactamente, del ajuste sobre ajuste que propone Cambiemos? ¿Qué piensa hacer Lavagna con el acuerdo con el FMI: lo cumplirá, lo rechazará, lo renegociará? En ese caso, ¿en qué términos? Nadie que pretenda ser siquiera precandidato puede jugar a la escondida con las definiciones centrales.

Tal vez la respuesta a la primera pregunta esté en una idea más vieja que andar a pie, pero que en Argentina se ha demostrado como mucho menos practicable, que es “la creación de un consejo económico y social donde las partes sean capaces de sentarse en torno de una mesa” (La Nación, cit.).

A decir verdad, esto debe sonar como música para los oídos del peronismo tradicional y, sobre todo, de uno de sus sectores más orgánicos, la burocracia sindical, que en todas sus variantes ha sido siempre gran defensora de ese “consejo económico y social”. Justamente, porque no es otra cosa que la forma institucionalizada de la política de conciliación de clases que ha caracterizado siempre al peronismo.

Ahora bien, es precisamente por ese carácter del tal “consejo” que éste casi nunca ha podido materializarse. En el fondo, Lavagna busca sintetizar una aspiración recurrente de la clase capitalista argentina, el “gobierno de unidad nacional”, sobre todo en épocas en las que, como ahora, la situación es aguda y peligran los ingresos de casi todos los sectores burgueses. Lo que ni Lavagna ni sus patrocinantes actuales parecen considerar es que Macri está llevando la crisis económica y social a un nivel de profundidad tal que hace no más fácil sino más difícil una solución donde todo se resuelve sentándose “en torno de una mesa”. La disputa por el excedente social, por la ganancia, por el salario, por si la riqueza producida en Argentina terminará en la mesa de los trabajadores o en una cuenta en las Islas Caimán nunca se saldó con charlas amigables sino en las calles.

 

Notas

  1. A otra escala y con otras urgencias, la mayoría de los países del mundo, desarrollados o atrasados, practican un cierto “proteccionismo social” con sus sectores menos competitivos en aras de evitar una total disrupción del entramado social. Por ejemplo, Francia fue casi siempre el caso opuesto de Argentina: su industria subsidia una producción agrícola (y la población rural que depende de ella) que no podría competir en términos internacionales.
  2. Digamos que a esta altura de las cosas Macri ya no disimula su propia impaciencia y, lejos de toda veleidad gradualista, ahora repite a quien quiera escucharlo –como en el Congreso de la Lengua en Córdoba– que si llega a ser reelecto hará todas las porquerías que tenga que hacer “lo más rápido posible”.
  3. Este trato desparejo parece ser uno más de los infinitos sapos que deberá tragar la base kirchnerista como resultado de las geniales elucubraciones tácticas de “la jefa”. El sapo feo y gordo más reciente es el retiro de la candidatura K en Córdoba para, en aras de la “unidad opositora” (?), votar a Juan Schiaretti, a quien le falta hablar con errores de ortografía para ser lo más parecido a Macri que hay en plaza.
Print Friendly, PDF & Email

DEJAR UN COMENTARIO

Ingresar comentario
Ingrese su nombre