Las mentiras de La Nación y el fraude del “periodismo objetivo y neutral”

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Editor en Jefe del portal IzquierdaWeb - Noticias de los trabajadores, las mujeres y la juventud.

Por Fernando Klaus y Federico Dertaube

Pero periodismo hay uno solo: el clásico, histórico y fundacional. El que narra los hechos en forma objetiva, desde un lugar neutral, sin tomar partido. El que prefiere perder una primicia a exponerse a una desmentida. El que necesita al menos dos fuentes para darle entidad a una versión. (La Nación, 03/08/18)

La Nación han publicado una serie de notas en las últimas semanas en defensa del “periodismo objetivo”, en relación al gran “triunfo” que fue el descubrimiento y la investigación del caso de los cuadernos. Analicemos este tipo de “periodismo”.

En principio debemos hablar de que un periodismo objetivo sería natural al de la mirada de un robot. Es absurda la pretensión de una mediocre (e imposible) objetividad, defendida y canonizada por sujetos como Lanata. La realidad es que ninguna mancha de tinta está exenta de una posición tomada. Y el abordaje, el criterio, la orientación, todo lo que define al modo de encarar una nota tiene motivos profundamente políticos. Y por supuesto que los grandes medios como el Grupo Clarín y La Nación se encuentran de un lado de las barricadas que dividen a la sociedad. Hoy son oficialistas, con la clara intención de defender a rajatabla el gobierno reaccionario de Macri. En la historia, aliados de los peores monstruos, como la dictadura militar y la iglesia, por ejemplo. Incluso en 2018, estos medios cuestionan a los 30.000 compañeros desaparecidos y algunos hasta se encargan de enaltecer a dictadores como Franco. Si esto no es tomar partido, vaya uno a saber qué es. La sociedad está dividida en clases, y los grandes medios de comunicación existen no para “informar objetivamente”, sino para ser voceros de la clase que gobierna e instalar su agenda, como herramienta clave para hacer girar la opinión pública en torno a lo que los ricos quieran. Más aún, son un fuerte punto de apoyo para mantener el status quo, la ideología dominante, los prejuicios burgueses que abundan en la cabeza de la gente.

Pero no sólo el contenido de un artículo es tomar posición, también lo es la distribución de la información. Por ejemplo, si uno entraba en la página web de La Nación el día de la tragedia de Moreno, en medio de una puesta en evidencia del estado lamentable de los colegios públicos, cuando miles y miles de docentes y estudiantes se conmocionaron por la muerte evitable de Sandra y Rubén… ¿Qué encontrabas? Una hilera seguida de 13 artículos sobre los “cuadernos” y apenas una marginal mención de los docentes de Moreno en la nota 14. Los números son exactos, los contamos. ¿Qué nos decían al día siguiente del repugnante ataque fascista a la docente Corina en Moreno? Recién en el puesto diez se hablaba del tema. Tenía más prioridad evidentemente… River y Boca, que tenían dos artículos dedicados a ellos, en el puesto 2 y 3. En primer lugar se hablaba de créditos inmobiliarios. ¡Vaya una objetividad! Detrás del disfraz de la “imparcialidad” se esconde la cobardía de no hacerse cargo de las propias posiciones ideológicas y políticas: la de un rastrero “periodismo militante” macrista.

Pero el colmo de los colmos fue cuando salieron a hacerse eco de la insólita versión vidalista del “ollas no” en la panza de una docente: que sospecharían del… narcotráfico. No sólo se trata de una bomba atómica de humo sino de un evidente prejuicio respecto a sus lectores: toma a miles y miles de personas por unos irremediables imbéciles.

Como vemos, estos personajes disfrazados de “objetividad” son los primeros en violar cualquier tipo de “ética periodística”. Son plumíferos a sueldo, mercenarios de la palabra, mercachifles de la información. Los que se encargan de las mentiras, la manipulación periodística, los que tapan las verdaderas noticias. Esto se pudo ver claramente en relación a la desaparición forzada seguida de muerte de Santiago Maldonado, caso por el cual se armaron todo tipo de declaraciones falsas, acusaciones y calumnias descaradas de la vida de Santiago. Hoy lo podemos apreciar cada vez que una situación desborda al gobierno, como las jornadas de diciembre, la lucha por el aborto legal, la situación económica y ahora con la gran rebelión educativa, lo único que hacen es correr el eje montando grandes escenarios, operativos mediáticos, para salvar a Macri. No paran de votarse tomas de facultades, pero en La Nación solo hay notas sobre “los cuadernos de corrupción” y sobre cómo los pobres estudiantes estarían siendo víctimas de una minoría que no los deja estudiar. No les importa, siquiera, el famoso “chequeo” de información. A este respecto le podemos sumar un elemento completamente antidemocrático: el papel prensa. Todo medio gráfico, para vender su diario, le compra a un solo proveedor. Clarín posee el 49% y La Nación (que además tiene su propia imprenta) el 22%. En lo que va del año hubo un aumento del 79% en la venta del papel, más que el dólar y la variable inflacionaria, en un claro intento de eliminar cualquier competencia.

Izquierda Web nació para combatir a estos monstruos, para defender los derechos de las mujeres, de los trabajadores y de la juventud, para visibilizar las luchas en pos de que ganen, para dar elaboración política e intentar explicar y acercar los fenómenos que ocurren desde una visión  de izquierda y marxista, analizando la realidad tal cual es. No, el periodismo no es objetivo. El periodismo es de clase. O se usa para adormecer al pueblo trabajador, o se usa para desarrollar la conciencia de los trabajadores, las mujeres y la juventud y fortalecer sus peleas.

Para finalizar, podemos hacer nuestras las palabras de Trotsky respecto a los historiadores, perfectamente aplicables a los periodistas:

“Uno de los historiadores reaccionarios, y, por tanto, más de moda en la Francia contemporánea, L. Madelein, que ha calumniado con palabras tan elegantes a la Gran Revolución, que vale tanto como decir a la progenitora de la nación francesa, afirma que «el historiador debe colocarse en lo alto de las murallas de la ciudad sitiada, abrazando con su mirada a sitiados y sitiadores»; es, según él, la única manera de conseguir una «justicia conmutativa». Sin embargo, los trabajos de este historiador demuestran que si él se subió a lo alto de las murallas que separan a los dos bandos, fue, pura y simplemente, para servir de espía a la reacción. Y menos mal que en este caso se trata de batallas pasadas, pues en épocas de revolución es un poco peligroso asomar la cabeza sobre las murallas. Claro está que, en los momentos peligrosos, estos sacerdotes de la «justicia conmutativa» suelen quedarse sentados en casa esperando a ver de qué parte se inclina la victoria.

El lector serio y dotado de espíritu crítico no necesita de esa solapada imparcialidad que le brinda la copa de la conciliación llena de posos de veneno reaccionario, sino de la metódica escrupulosidad que va a buscar en los hechos honradamente investigados, apoyo manifiesto para sus simpatías o antipatías disfrazadas, a la contrastación de sus nexos reales, al descubrimiento de las leyes por que se rigen. Ésta es la única objetividad histórica que cabe, y con ella basta, pues se halla contrastada y confirmada, no por las buenas intenciones del historiador de que él mismo responde, sino por las leyes que rigen el proceso histórico y que él se limita a revelar.” Prólogo a Historia de la Revolución Rusa

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