Las dos caras de Hegel

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Por Marcos Duch

El pasado 27 de agosto se cumplieron 248 años desde el nacimiento de Georg W. F. Hegel. En ocasión de este aniversario y el recurso a este filósofo en nuestras recientes III Jornadas del Pensamiento Socialista, realizaremos un escueto repaso de algunos puntos importantes de su obra, tan extensa e intrincada como fundamental para comprender a la totalidad de las corrientes de pensamiento contemporáneas (incluido el marxismo).

 

Pinceladas histórico-biográficas

Hegel nació en Stuttgart, entonces ubicada en el Sacro Imperio Romano Germánico (el cual fue disuelto en 1806 tras la invasión napoleónica). Desde temprana edad demostró interés por la filosofía en su conjunto, estudiando en profundidad a pensadores como Platón, Aristóteles, Descartes, Hobbes, Spinoza, Kant y Rousseau. Asimismo, durante su formación entró en contacto con filósofos contemporáneos (Schelling, Fichte) que dejarían una clara impronta en su obra.

Hegel impartió clases de filosofía en la Universidad de Jena, ciudad invadida y derrotada por Napoleón en octubre de 1806. Según sugirió el estudioso Alexandre Kojève, este acontecimiento ocurrió mientras el padre de la dialéctica elaboraba su Fenomenología del Espíritu, causando una gran impresión en él, reafirmando su concepción de que el Espíritu Absoluto (encarnado en el ejército napoleónico como portador de la Modernidad) había culminado su propia historia al encontrarse con el conocimiento de sí mismo (representado en la propia obra hegeliana).

Tras dictar clases por varias universidades a lo largo y ancho de Prusia, Hegel murió en 1831. No es conveniente detenerse en detalles secundarios para el objetivo de esta nota. Pero sí lo es notar que, a lo largo de sus seis décadas de vida, este pensador fue un testigo privilegiado de un mundo que se sacudía de encima, con avances y retrocesos, la pesada carga filosófica, política y económica de la Edad Media. En 1789 ocurrió la Revolución Francesa, acto fundador de la era moderna que fue estudiado y apoyado apasionadamente por el filósofo que nos ocupa, a pesar de su distanciamiento al comenzar la etapa de reacción. Asimismo, estudios más recientes desmienten el supuesto carácter estrechamente eurocéntrico de su obra: son varios los autores que sugieren que la materia prima para sus reflexiones publicadas en la Fenomenología del Espíritu fue, principalmente, la revolución haitiana[1] (la cual combinó la lucha por la independencia nacional con las revueltas emancipatorias de los esclavos negros). Nos encontramos con un filósofo multifacético, complejo, difícil de encasillar y profundamente marcado por los acontecimientos de su tiempo, todo lo cual le ha valido adhesiones y ataques por parte de todas las corrientes de pensamiento existentes a lo largo de los últimos doscientos años.

 

Método y concepción histórica

Como todo filósofo serio, Hegel debió comenzar su labor definiendo su método de interpretación del mundo. Rompiendo con la mayor parte del pensamiento predominante a lo largo de los siglos anteriores, comprendió que el universo, considerado desde sus aspectos físicos, pasando por todos los fenómenos naturales hasta llegar a la acción y el pensamiento humanos, es objeto de un movimiento permanente. Lejos de considerar a la dialéctica un simple método, este pensador postulaba que esa es la propia forma en la cual se desenvuelve la realidad; asimismo, no negaba la existencia del mundo material (como postulan los críticos más superficiales), sino que este se produce en el propio desarrollo del espíritu absoluto. Se trataba de un pensador idealista, hijo de una rica tradición filosófica asentada en un territorio técnicamente atrasado, pero su idealismo era muy refinado y, más allá de algunas contradicciones, no simplemente contemplativo.

El esquema general de la dialéctica es el de un movimiento tripartito: cada categoría filosófica que comienza el ciclo (llamada universal abstracto), así como cada etapa histórica, engendra su propia negación (particular); al desarrollarse, diferenciarse y colisionar, esta negación produce la superación (Aufhebung) de los dos aspectos previos, engendrando de esta forma el universal concreto.. Este es uno de los puntos nodales que pueden ser rastreados en la posterior obra de Karl Marx, que le dio carne y sangre a estas categorías filosóficas mediante sus desarrollos sobre la lucha de clases.

Corresponde recordar que, a diferencia de lo que postularía Marx, el motor de la historia para Hegel es el espíritu absoluto. Lejos de ser una categoría abstracta y estéril, Hegel llegó a teorizar que aquel se desplazó históricamente de Oriente a Occidente, atravesando distintas etapas de autoconciencia. Comenzando en el Lejano Oriente, en su tiempo filósofo que nos ocupa postulaba que dicho espíritu se encontraba en Europa. Incluso llegó a predecir que en el futuro llegaría a América del Norte. Evidentemente la dialéctica hegeliana debía ser puesta sobre sus pies para adquirir todo su potencial explicativo e interpretativo, y esa obra descomunal sería abordada algunos años después por Marx. Pero es indiscutible el carácter auténticamente revolucionario de una concepción del mundo que pone en el centro mismo la transformación permanente de todo lo existente.

 

Hegel: ¿conservador o revolucionario?

Una crítica parcialmente cierta (y, por lo tanto, totalmente incorrecta) que se hace de Hegel apunta a que sería, esencialmente, un pensador conservador. Efectivamente, su concepción era que la filosofía siempre llega tarde, a posteriori, para interpretar la realidad como tal (lo cual sería magníficamente contestado en la undécima tesis sobre Feuerbach, una vez más en la pluma de Karl Marx). En palabras del propio Hegel, quien además tenía una notable sensibilidad estética, “el búho de Minerva inicia su vuelo a la caída del crepúsculo”.[2] Minerva, diosa romana de la sabiduría, representa aquí a la filosofía, cuyo vuelo de pájaro sólo es capaz de aprehender los hechos consumados.

Efectivamente, Hegel no era inmune a la tradición idealista alemana. Uno de los aspectos problemáticos de su obra es el lugar que tiene en ella la acción transformadora del ser humano, que con frecuencia aparece simplemente como un instrumento de la Idea universal o el ya mencionado espíritu. Sin embargo, lo más interesante es rastrear las marcas que el agitado mundo de ese entonces dejó en la obra de Hegel. Como ya se dijo previamente, fue uno de los primeros pensadores, y definitivamente el más comprometido, en dedicar su extensa obra a la búsqueda de respuestas a la pregunta: “¿cómo se producen las transformaciones en la realidad?” en lugar de “¿cómo es la realidad, supuesta inmutable?”. La diferencia entre ambas no podría ser mayor, y no es casualidad que el marxismo, el sistema filosófico-político más revolucionario que ha producido la humanidad a lo largo de su existencia, haya tomado como base los trabajos del gran filósofo prusiano. Para mencionar un sólo aspecto más del cual el marxismo es tributario, Hegel desarrolló también la categoría de “trabajo abstracto”, siendo pionero en la comprensión de los procesos de tecnificación de la industria y comprendiendo que esta sentaba las bases para una aceleración en la transformación del mundo.

Si bien su obra es inconmensurable y llevaría una vida entera estudiar en profundidad apenas una parte de la misma, recomiendo hacer el esfuerzo de asimilar los principales aportes de este gran pensador.  Sin ese bagaje, aunque sea de las herramientas más importantes, no sólo es imposible el estudio del marxismo, sino de la época en que nos tocó vivir.

 

[1] Tesis defendida por Susan Back-Morss en su libro “Hegel y Haití”.

[2] Hegel, Georg W. F. “Fundamentos de la Filosofía del Derecho”, Ed. Leviatán, Buenos Aires, 2015.

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