La conformación del bloque soviético o “glacis” fue un proceso complejo, condicionado por las tensiones geopolíticas entre las potencias aliadas y por la dinámica interna de la lucha de clases en los Estados controlados por la URSS. De esta forma, los contornos de los regímenes del Este europeo se delinearon con el pasar de los años y según los intereses de la burocracia estalinista, aunque siempre mantuvo su carácter anti-obrero y expoliador.

 

    1. 1945-1948: inicios del modelo de ocupación anti-obrero y expoliador

Entre 1945 y 1948 la URSS ensayó un modelo de “nuevas democracias” con gobiernos de coalición entre las fuerzas antifascistas que conformaban los Frentes Populares, aunque tuteladas por la presencia militar directa de la URSS (Nagy, 1968). Debido a esto, en un inicio el estalinismo toleró un régimen multipartidista con sectores burgueses y los partidos socialistas, así como la realización periódica de elecciones parlamentarias. En materia económica la URSS garantizó el respeto a la propiedad privada capitalista, aunque realizaron nacionalizaciones parciales en la industria y reformas agrarias para distribuir la tierra entre el pequeño campesinado.

Esta agenda conservadora del estalinismo tenía como objetivo apaciguar las aspiraciones de la clase obrera y sectores del movimiento de masas en los países ocupados, pues la llegada del “Ejército Rojo” despertó esperanzas revolucionarias y el deseo por regir sus destinos. Esto se tradujo en el desarrollo de iniciativas obreras desde abajo, un fenómeno profundamente progresivo considerando que muchos de estos países estuvieron sometidos a la dictadura nazi y pasaron enormes penurias durante la guerra mundial: “El avance del ejército ruso despertó en la clase obrera de estos países toda una serie de esperanzas revolucionarias (…) Los comités de liberación yugoeslavos (…) dictan leyes sobre provincias enteras incluso antes de la llegada de las avanzadillas rusas (…). Los obreros armados checos participan en la liberación de Praga (…) e instauran el control obrero dentro de las fábricas. Los obreros de Varsovia participan en la insurrección del verano de 1944 (…). En todas las fábricas alemanas del Este se constituyen consejos obreros que asumen la gestión de la empresa” (Broué, El partido bolchevique, 542).

Conscientes de esto, los representantes locales del estalinismo insistieron en que no iban a expropiar, pues su proyecto era realizar una “revolución democrática y nacional” (Broué, 2007). Pero fueron más allá de las palabras, pues desarrollaron una campaña de ataques contra las iniciativas de organización obrera, procurando que todos los espacios de organización civil quedaran bajo control de las tropas rusas.

En Alemania, los comunistas comandados por Walter Ulbricht, ordenaron la disolución de los comités antifascistas (también denominados “Antifas”) y sus miembros fueron integrados a los organismos oficiales controlados por el ejército ruso1. Estos comités estaban constituidos por militantes socialdemócratas y comunistas que adoptaron la táctica de frente único implementada en 1932, cuando se realizó la Conferencia Antifascista entre ambos partidos, la cual fracasó debido a la política ultraizquierdista del estalinismo que calificó a la socialdemocracia como “socialfascismo”, con lo cual dividió al movimiento obrero y facilitó el ascenso al poder del nazismo en 1933. Por este motivo, los Antifas hicieron un esfuerzo consciente para no repetir los errores sectarios del pasado y, a pesar de constituir un movimiento de vanguardia pequeño en la posguerra, tuvieron cierto impacto en algunas ciudades donde armaron a los pobladores, organizaron prácticas de tiros, persiguieron a los nazis ocultos en las comunidades, organizaron cocinas populares para refugiados en las provincias orientales y varios de sus miembros fueron electos como representante sindicales en las fábricas. Aunque carecieron de un proyecto global para reconstruir el país y se concentraron en las acciones anti-nazis, representaron un esfuerzo de organización independiente muy progresivo y, por lo tanto, desarticularlos fue un objetivo prioritario del estalinismo y las potencias aliadas en la zona occidental (Balhorn, A história perdida dos Antifas)2.

Aunado a esto, en 1946 el estalinismo fundó la Federación Sindical Alemana Libre (FDGB), con el objetivo de establecer el control sobre las fábricas, lo cual realizó por medio de la organización de los trabajadores bajo los intereses directos de la burocracia; además la FDGB instauró esquemas de «competición socialista», como el trabajo por piezas y paquetes de feria patrocinados por el sindicato, muy útiles para fomentar la división interna de la clase trabajadora (Balhorn, A história perdida dos Antifas). Para finales de 1948, el estalinismo impuso los sindicatos burocráticos en la mayoría de las fábricas y disolvió los consejos de empresa.

Algo similar ocurrió en Checoslovaquia, donde los obreros fueron obligados a entregar sus armas, se suprimió el control obrero en las fábricas cuando pasaron a estar directamente controladas por el Ejército Rojo y se impuso la “renovación” del consejo central sindical desde arriba, incorporando representaciones paritarias de todos los partidos (incluidos los burgueses) para eliminar las autoridades obreras rivales o independientes del estalinismo.

Aparejado al encuadramiento militar de la clase obrera, el estalinismo estableció un sistema de expoliación en los países ocupados, ya fuera mediante el saqueo directo de sus riquezas o con acuerdos económicos leoninos en beneficio de Moscú. Esta expoliación se justificó como “reparaciones de guerra”, un criterio burocrático que responsabilizó a la clase obrera de la guerra que provocaron los gobiernos fascistas que los oprimió sistemáticamente.

Al respecto, es importante anotar que la URSS enfrentó la guerra mundial en clave nacionalista y apelando a la grandeza rusa, lo cual perfiló el futuro comportamiento del ejército ruso como una fuerza de ocupación y no de liberación: “En su famoso discurso diez días después de haber sido sorprendido por la Operación Barbarroja [se refiere a la invasión nazi de la URSS –VA-], Stalin convocó a defender la ‘Madre Patria’ llevando adelante la ‘Gran Guerra Patria’(…) Así, la defensa de la URSS no se planteó en un sentido socialista sino nacional, y fue también con ese criterio que se peleó la guerra, que luego serviría de referencia para la experiencia de las ‘democracias populares’ de la posguerra” (Saénz, Causas y consecuencias del triunfo de la URSS sobre el nazismo, 239).

Uno de los casos más dramáticos fue la expoliación de Alemania Oriental, donde las tropas soviéticas llevaron a cabo un desmontaje masivo de fábricas que luego fueron trasladas hasta la URSS.3 Esto tuvo un golpe devastador sobre la clase obrera alemana, pues muchas de esas fábricas funcionaban por iniciativa de los consejos obreros: “Por orden del gobierno de Moscú, la comandancia, ayudada por los comunistas alemanes, emprendió, desde el mes de mayo, el desmontaje de toda una serie de fábricas (…) No se puede exagerar el efecto desmoralizante de estos desmontajes. Frecuentemente se desmontaban empresas que los obreros acababan de restablecer penosamente” (Sarel, Iniciativas obreras en Alemania Oriental, 332).

El caso alemán no fue un hecho aislado, sino que constituyó un rasgo común al resto de países ocupados por la URSS, donde las tropas soviéticas y los partidos comunistas satélites se comportaron como los garantes de la expoliación de sus industrias y recursos. Por ejemplo, la URSS responsabilizó a Hungría por la adhesión del régimen fascista de Horthy al Eje durante la guerra mundial, por lo cual le impuso el pago de sumas multimillonarias: “Hungría fue obligada a entregar a la Unión Soviética reparaciones por valor de 600 millones de dólares. Además, los húngaros fueron obligados a pagar todos los gastos del Ejército Rojo estacionado y en tránsito por Hungría. Tan sólo en el primer año de la ocupación se expropiaron 4 millones de toneladas de cereal para alimentar las tropas de ocupación rusa” (Citado en Nahuel Moreno, El marco histórico de la revolución húngara, 30).

Otra táctica fue la constitución de “sociedades mixtas”, mediante las cuales la URSS controló las principales empresas y recursos de los países ocupados. Siguiendo con el ejemplo de Hungría, la burocracia soviética invirtió el dinero de las reparaciones de guerra en la producción de petróleo, bauxita, carbón, minerales, usinas, automóviles y se adueñaron de los once mejores aeropuertos del país (Moreno, 2001).

Aunque este modelo de ocupación/expoliación era rentable para la URSS, resultó inviable de sostener a largo tiempo por varias razones. En primer lugar, porque las “nuevas democracias” requerían la presencia de burguesías nacionales que colaboraran con los soviéticos, pero en su mayoría se habían desintegrado tras seis años de guerra mundial y ocupación nazi. Esto conllevó a que la URSS nacionalizara muchas ramas industriales, porque no habían sectores burgueses capaces de ponerlas a funcionar de nuevo (Broué, 2007).

En segundo lugar, el estalinismo se mostraba temeroso de la clase obrera, particularmente por la existencia de fuerzas políticas críticas a la burocracia soviética en los partidos socialistas, muchos de los cuales cuestionaban los métodos de la ocupación y eran permeables a ideas radicales de izquierda. Esto motivó la cacería de todos los sospechosos de trotskismo: “La ocupación rusa, en su primera fase, supuso la liquidación de todos los elementos sospechosos de trotskismo. Sverma, secretario del partido comunista eslovaco, murió en 1944 en unas circunstancias aún no esclarecidas: había formado parte clandestinamente de la oposición de izquierda. La represión se abate sobre todos los antiguos trotskistas de los países de democracia popular. Este es el caso del alemán Oskar Hippe que, tras su salida de los campos de concentración nazis, habrá de emprender el camino de Siberia, o también el del trotskista búlgaro Gatcheff; el checo Zavis Kalandra será colgado después de que su antiguo amigo el poeta Eluard se negase a intervenir alegando que bastante tenía con defender a los acusados que clamaban su inocencia para poder ocuparse también de los que afirmaban su culpabilidad” (Broué, El partido bolchevique, 546-547).

Por último, las “nuevas democracias” resultaron inviables tras la ruptura de la alianza anti-hitleriana y el incremento de las tensiones de la URSS con el imperialismo estadounidense, particularmente tras el lanzamiento del “Plan Marshall” en 1947, por medio del cual los Estados Unidos otorgaron enormes sumas de dinero para reconstruir las economías de los países devastados por la guerra, cuya ayuda inicialmente también se ofreció a los países del bloque soviético.

En este contexto de polarización con las potencias capitalistas por el reparto de Europa, la burocracia soviética reformuló su “teoría de los campos” para orientar su estrategia continental, aunque ahora la contienda no era contra el campo fascista, pues su lugar fue ocupado por el imperialismo norteamericano, la nueva superpotencia capitalista. En ese marco se produjo la fundación de la Kominform (acrónimo ruso para Oficina de Información de los Partidos Comunistas y Obreros) en octubre de 1947, cuyo objetivo fue establecer un organismo a través del cual la URSS dictara su política internacional al resto de partidos comunistas de la región4. Durante la conferencia fundacional, el delegado soviético A. Jdanov delineó la nueva política internacional de la URSS para la Guerra Fría: “En el mundo se han formado dos campos: por un lado, el campo imperialista y antidemocrático, que tiene como objetivo esencial establecer el dominio mundial del imperialismo americano y aplastar la democracia, y por el otro el campo antiimperialista y democrático, cuya finalidad esencial consiste en minar el imperialismo, reforzar la democracia y liquidar los restos del fascismo” (Citado en Nagy, Democracias Populares, 73).

De esta forma, la burocracia estalinista trazó una hoja de ruta para consolidar su poder en la Europa bajo su control, convirtiendo a los países ocupados en verdaderos Estados vasallos en todos los planos (político, económico, social). Para esto fue necesario imponer regímenes burocráticos dirigidos despóticamente por los partidos comunistas satélites y resguardados por las tropas de ocupación. Esto se conocería como el “viraje decisivo”, el cual inició en 1948 y se extendería hasta 1953, año en que muere Stalin.

 

    1. La Guerra Fría y el “viraje decisivo” de 1948

A partir de 1948 la URSS modificó su modelo de ocupación, dejando atrás las “nuevas democracias” para constituir las “democracias populares”, las cuales fueron definidas como una etapa intermedia entre el capitalismo y el socialismo. Fue un proceso complejo que implicó la transformación radical de los países ocupados, los cuales en cuestión de meses experimentaron cambios abruptos de régimen, pasando de los gobiernos de Frente Popular a los gobiernos de “unidad política e ideológica” del partido único estalinista.

¿Qué factores incidieron para que la burocracia soviética ejecutara este giro de 180° en su modelo de ocupación? Como apuntamos anteriormente, en parte fue una respuesta a las nuevas condiciones geopolíticas impuestas por la Guerra Fría, lo cual devino en una escalada en las tensiones entre los soviéticos y las potencias capitalistas. En este marco era muy peligroso permitir la acción de los partidos burgueses, los cuales podían fungir como una “quinta columna” pro-imperialista. Pero también se produjo porque tres años de ocupación militar rusa aplacó las aspiraciones revolucionarias de la clase obrera y el movimiento de masas, lo cual permitió a la burocracia estalinista avanzar en la “asimilación estructural” de los países ocupados, instaurando regímenes que parecían calcados del modelo estalinista ruso (Broué, 2007).

Al respecto es muy agudo el análisis de Paul Barton sobre este proceder de Stalin, el cual está directamente vinculado con el origen y consolidación del poder de la burocracia en la URSS como subproducto del retroceso revolucionario: “La experiencia rusa, por otra parte, explica suficientemente la negativa de Stalin a admitir la toma del poder por sus epígonos en plena fermentación revolucionaria: los bolcheviques llegaron al poder gracias al desencadenamiento de las aspiraciones populares, pero el sucesor de Lenin ha necesitado más de veinte años para liquidar las veleidades de sus súbditos y asentar sólidamente su régimen (… ) No ordena la «acción directa» más que allí donde sus emuladores operan en plena apatía general de las «masas». A partir del momento en que éstas comienzan a moverse con sinceridad, los estalinistas reciben la consigna de establecer una coalición con sus adversarios. (…) El objetivo es volver a sujetar a las masas revolucionarias cuya vanguardia pretenden ser los estalinistas. Una vez domesticadas, serán utilizadas al día siguiente para desembarazarse de los aliados del momento; la «revolución nacional democrática» se verá entonces completada, proclamándose el comienzo de la «edificación del socialismo»” (Citado en Broué, El partido bolchevique, 544-545).

El viraje decisivo tuvo cuatro episodios determinantes a lo largo de 1948: a) la crisis de Berlín; b) el golpe de Praga; c) el fracaso finlandés; y d) la excomunión de Yugoeslavia del bloque soviético. A continuación haremos un breve repaso de cada uno.

  1. La crisis de Berlín

Las primeras tensiones de la Guerra Fría se concentraron alrededor de Berlín, ciudad que tras la caída del régimen nazi quedó dividida en dos zonas donde convergían los ejércitos de las cuatro principales potencias del momento: la zona occidental, controlada por los estadounidenses, británicos y franceses, la cual contaba con 480 kilómetros cuadrados de extensión y 2.200.000 habitantes, y la zona soviética con 400 kilómetros cuadrados y 1.100.000 habitantes.

Además tenía un gobierno cuadripartido (o Komandatura) para la reorganización de la ciudad y el resto del país; para ese momento no había ningún proyecto por dividir Alemania. Esta peculiar situación convirtió a Berlín en la zona fronteriza entre la URSS y los aliados Occidentales, por lo que el control de cada centímetro de territorio se volvió fundamental.

La pugna se incrementó significativamente desde 1947 tras el fracaso de la conferencia de Londres, por lo que cada bando avanzó en consolidar la “soberanía” de su Alemania (Nagy, 1975). Por ejemplo, la bizona anglo-americana instituyó un gobierno económico alemán en febrero de 1948 y, a inicios de junio, anunciaron la introducción de una reforma monetaria y la convocatoria a una asamblea constituyente para las tres zonas occidentales.

La respuesta soviética no se hizo esperar y crearon el marco alemán oriental el 23 de junio del mismo año, el cual no fue reconocido por los aliados occidentales como el único medio de pago sobre su territorio. Ante esto, ese mismo día la URSS estableció un bloqueo total sobre la ciudad, con la prohibición de circular en las autopistas, ferrocarriles y los canales; además a partir del día siguiente se suspendió el suministro de carbón y electricidad.

El objetivo ruso era expulsar a las tropas de los ejércitos imperialistas y hacerse del control absoluto de Berlín, pero antes que impulsar una acción unitaria de la clase obrera alemana, prefirió desplegar su aparato militar movilizando 300 mil soldados para imponer un bloqueo criminal que se extendió hasta el 12 de mayo de 1949 (¡casi once meses de duración!).

Sin lugar a dudas, el movimiento obrero alemán salió muy debilitado tras doce años de dictadura nazi y la devastación de la guerra. La clase obrera fue el sector más golpeado por la dictadura nazi, a grado tal que destruyó las conquistas obreras obtenidas desde la era de Bismarck (1871-1890) y los militantes obreros sufrieron una fuerte represión: “Para 1939, unos 150 000 comunistas y socialdemócratas habían sido encerrados en campos de concentración (…) Durante la guerra, cuando el número de delitos castigados con pena de muerte se elevó de 3 a 46, unas 15000 condenas a muerte fueron ordenadas por los juzgados civiles alemanes. Una sola cárcel, la prisión Steinwache, en Dortmund, tiene registros de 21 823 alemanes detenidos por ˊdelitosˋ políticos durante la dictadura nazi, la enorme mayoría de los cuales (…) eran obreros industriales. En el área Rin-Ruhr, un total de 523 juicios masivos, en los que estaban involucrados 8 073 personas, terminaron con 97 casos de penas de muerte y en la condena a un total de 17 915 años de prisión para los miembros condenados de los grupos obreros de resistencia. Se acepta que más de 2 000 individuos de la clase obrera, miembros de organizaciones ilegales de resistencia en esa región, perdieron sus vidas a manos del terror nazi” (Kershaw, La dictadura nazi, 275-276).

Pero también es cierto que el movimiento obrero mostró signos de recuperación en la inmediata posguerra. Además del movimiento de los Antifas que reseñamos anteriormente, se produjo un crecimiento de la afiliación al KDP (Partido Comunista Alemán) y, según los datos de 1947, contaba con 300 mil militantes en las tres zonas occidentales, mientras que en la zona soviética tenía 600 mil previo a la fundación del Partido Socialista Unificado de Alemania (SED) en 1946 (Balhorn, A história perdida dos Antifas). Esto demuestra que era factible impulsar una campaña contra la ocupación imperialista del país, pero la URSS no lo hizo porque esto cuestionaba la expoliación que realizaba en los territorios bajo su control. Por esto optó por el criminal bloqueo, el cual sin duda afectó a militantes comunistas en el lado occidental.

A pesar de la intenciones soviéticas, el bloqueo fracasó debido al establecimiento de un puente aéreo por parte de los Estados Unidos, el cual en enero de 1949 transportaba hasta 8 mil toneladas diarias de alimentos, carbón (el doble de lo requerido para abastecer a la población) y hasta una central eléctrica por partes.

Más allá de la derrota del bloqueo de Berlín, los que nos interesa resaltar es el desprecio de la burocracia estalinista hacia la población alemana, incluyendo a la clase obrera, a la cual trató como responsable por las atrocidades del imperialismo germano bajo la forma del nazismo y no tuvo reparo en someter a millones de personas al hambre con el bloqueo. Un accionar típico del estalinismo, donde un objetivo formalmente progresivo (expulsar los ejércitos de ocupación imperialista) se realizó de espaldas a la clase obrera porque estaba en función de los intereses expoliadores de la burocracia de Moscú, cuyo resultado fue la profundización de la división del proletariado alemán y facilitarle al imperialismo estadounidense posicionarse como un ejército “libertador”: “Los soviéticos, que estaban absolutamente convencidos de que Berlín caería por sí mismo, como una fruta madura, tarde o temprano, se frotaban las manos y observaban divertidos cómo los anglo-sajones intentaban lo imposible: el abastecimiento total por vía aérea de una población de dos millones de almas. Pero no contaban con la capacidad de resistencia y la disciplina de los berlineses y la tenacidad de los ex aliados (…) los berlineses soportaron heroicamente los rigores de un racionamiento draconiano” (Nagy, Democracias Populares, 85).

El bloqueo aceleró (y facilitó) la división de Alemania, en lo cual las potencias occidentales tomaron la delantera con la progresiva transformación de las tres zonas bajo su control en una República Federal Alemana, la cual fue formalmente constituida el 12 de setiembre de 1949. Por su parte, los soviéticos respondieron con la proclamación de la República Democrática Alemana el 07 de octubre de ese mismo año. La fundación de la nueva “república socialista” se produjo a partir de la criminal división del proletariado alemán, uno de los más importantes y con mayor tradición revolucionaria en el mundo.

  1. El golpe de Praga

En febrero de 1948 tuvo lugar el golpe de Praga, en ese entonces capital de Checoslovaquia. De acuerdo a la historiografía soviética fue una revolución popular, mientras que para los historiadores burgueses fue un simple golpe de Estado. En realidad tuvo un poco de ambos, porque combinó algunas acciones de masas con la intervención de la policía y las milicias controladas por el Partido Comunista.

Esta acción se produjo en un ambiente de mucha polarización, debido a que la correlación entre las fuerzas estalinistas y las pro-occidentales era muy pareja, aunque con una leve mayoría popular para estas últimas, por lo cual apostaban a dirimir la pugna de poder por medio de las elecciones. Por su parte, el partido comunista contaba a su favor con la fuerza militar, pues en la reconstrucción de los Estados ocupados se reservó el control de la policía y los ejércitos, algo que sería de enorme importancia para imponerse por la fuerza al momento de romper sus acuerdos de Frente Popular.

A sabiendas de lo anterior, los estalinistas optaron por escoger el terreno del enfrentamiento, por lo cual tramaron un golpe de Estado que maquillaron con algunas acciones populares. La excusa utilizada fue la apertura de una investigación acordada por el Consejo de Ministros el 13 de febrero contra los “comunistas” que manejaban el Ministerio del Interior, debido a las denuncias de torturas contra acusados de espionaje con el objetivo de arrancarles testimonios falsos para utilizar en contra de sus oponentes en el gobierno checoslovaco (un método empleado por el estalinismo en las purgas de Moscú y la guerra civil española).

Esto fue rechazado por los estalinistas e impidieron la apertura de la investigación, lo cual provocó la renuncia el 20 de febrero de doce ministros nacional-socialistas, socialdemócratas y demócratas. Esto planteaba un escenario complejo, pues podía convocarse a nuevas elecciones para elegir un nuevo gobierno donde el Partido Comunista iba a perder espacio.

Por eso el estalinismo planteó que estaba en curso un alzamiento burgués y, desde el 21 de febrero, convocó a sus bases a organizarse en “comités de acción revolucionaria” y conformó una milicia obrera que armó a toda prisa. Incluso realizó una enorme movilización de doscientos mil obreros en apoyo a la gestión del representante estalinista Klement Gottwald ante el presidente Benes para que le encargara conformar un nuevo gabinete (Nagy, 1968).

De acuerdo a los datos que brinda Broué, el estalinismo contaba con unos 8 mil delegados de fábricas de su lado y milicias obreras en todo el país, pero su accionar estaba lejos de representar una apuesta a la lucha obrera desde abajo. Por el contrario, el grueso de las acciones fueron ejecutadas por medio de los cuerpos policiales que controlaba el estalinismo, por medio de los cuales lanzó una persecución contra las personalidades de la oposición y sitió sus locales partidarios.

Los socialdemócratas se fraccionaron y una pequeña mayoría se volcó a favor de los comunistas. Ante el peligro de guerra civil, el presidente Benes cedió y el 25 de febrero delegó a Gottwald la conformación del nuevo gabinete con veinticuatro ministros, donde los comunistas tenían doce, los socialdemócratas tres y el resto eran “compañeros de viaje” del estalinismo. El 30 de mayo se organizó una elección para legitimar el golpe, donde participó una sola lista patrocinada por el partido comunista y dio paso a un nuevo gabinete constituido depurado del resto de partidos.

Con el control del gobierno, Gottwald impuso una nueva constitución que señalaba que “Checoslovaquia se encaminaba por la vía soviética de la construcción socialista” (Nagy, 1968). El 14 de junio fue oficialmente electo como presidente de Checoslovaquia.

Así se consumó el golpe de Praga que, a pesar de contar con algunos episodios de movilización popular, toda su lógica fue forzar el ascenso de los agentes estalinistas a los principales puestos del gobierno para controlar el Estado, bloqueando de inmediato cualquier curso de acción revolucionaria desde abajo. La transformación que sobrevendrá en el régimen político y las relaciones de propiedad emanaron desde arriba, bajo el control de una casta burocrática que gobernó sin ningún control democrático de la clase obrera desde el primer minuto en el poder: “No habrá soviets Checoslovacos, sino una sociedad y un Estado cuyas estructuras y funcionamiento parecen estar calcados del modelo ruso. El proceso de asimilación estructural está llegando a su fin” (Broué, El partido bolchevique, 544).

  1. El fracaso finlandés

En Finlandia el estalinismo orquestó un golpe similar al de Praga, aunque tenía menos facilidades a su disposición porque el país no estaba ocupado por las tropas soviéticas y el ejército finlandés respondía por entero al gobierno nacional.

El 22 de febrero de 1948 (coincidiendo con los eventos en Praga) se publicó una carta de Stalin hacia el gobierno finlandés, donde sugería un pacto de colaboración que, en materia militar, planteaba una alianza automática en caso de un ataque enemigo contra cualquiera de los dos países, así como el derecho de mantener tropas del ejército soviético en territorio finlandés como una medida preventiva. A todas luces era una trampa para “legalizar” la entrada de las tropas estalinistas en el país e implementar su expoliación.

Tras varias rondas de tensas negociaciones, los finlandeses lograron un acuerdo relativamente favorable, en el cual se comprometían a resistir con las armas cualquier ataque contra Finlandia o la URSS que se desarrollara en su propio territorio y, si fuese necesario, solicitarían la ayuda militar de los rusos (Nagy, 1968).

A pesar de que el acuerdo se aprobó en el parlamento, los estalinistas locales lanzaron una campaña contra el gobierno, aprovechando que tenían un cuadro suyo al frente del Ministerio del Interior, el comunista Yrjo Leino. A sabiendas del accionar del Partido Comunista en Praga, los finlandeses pasaron a la ofensiva y ordenaron al ejército reunir todas las armas de la policía (controlada por los comunistas) y resguardarlas en el arsenal central. Además el parlamento aprobó un voto de censura contra Yrjo Leino y fue removido del gobierno.

Ante esto, los comunistas convocaron a una huelga general y esperaban repetir el éxito de sus correligionarios polacos, pero su operativo se frustró porque la policía no tenía armas ni tampoco lograron el apoyo obrero para la huelga, principalmente porque los socialdemócratas no se sumaron al movimiento. Este fracaso se consumó con el resultado de las elecciones de junio de ese mismo año, donde el Partido Comunista perdió once escaños y el derecho a encabezar el Ministerio del Interior.

Dado el retroceso estalinista en Finlandia, la URSS desistió de sus aspiraciones e incluso concedió una disminución significativa en el cobro de las reparaciones de guerra hacia ese país.

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d) La excomunión de Yugoeslavia

En el caso de Yugoslavia su liberación del nazismo fue producto de una guerra partisana encabezada por Josip Broz Tito (dirigente del Partido Comunista) y con ayuda limitada de la URSS. Así, a pesar de que Tito instauró un régimen estalinista apegado al modelo soviético (aunque tendría matices en la gestión económica), representaba una facción burocrática que llegó al poder por sus propios méritos y contaba con una base social de masas construida durante la resistencia contra el nazismo, por lo cual no estaba dispuesta a someterse al control de Stalin fácilmente.

Por este motivo, Tito y los comunistas yugoeslavos externaron su malestar ante los intentos soviéticos por expoliar el país, lo cual atentaba contra la liberación nacional recientemente conquistada (Nagy, 1968). Por ejemplo, se opusieron a las sociedades mixtas controladas por la URSS y tampoco aceptaron el plan ruso de constituir zonas económicas especializadas, donde su papel sería convertirse en un país agrícola y sin desarrollo industrial dependiente de la URSS: “En efecto, el partido comunista yugoeslavo ha sido el único que ha encabezado una lucha de carácter revolucionario contra el ocupante alemán al mismo tiempo que contra las fuerzas sociales dirigentes de la pre-guerra (…) Los dirigentes yugoslavos, orgullosos de su fuerza, de su ambición y de la confianza popular, critican los tratados económicos injustos que la U.R.S.S. ha firmado con sus aliados, se oponen a la intromisión de los militares y, sobre todo, de la policía secreta rusa en su país, y a los intentos de los caciques del aparato soviético de prescindir de ellos y quitarles el control del partido” (Broué, El partido bolchevique, 545-546).

Junto con esto, Tito siempre aspiró a jugar un rol en política internacional, lo cual cuestionaba el monopolio de Stalin en el campo soviético y puso en evidencia las contradicciones entre ambos jefes, tal como sucedió cuando los yugoeslavos criticaron la política de coexistencia en los primeros años de la posguerra y el oportunismo de los partidos comunistas de Italia y Francia (Broué, 2007).

Estas posturas independientes de los yugoeslavos dieron paso a una creciente pugna con la URSS, la cual tuvo varios episodios. En marzo de 1948 los soviéticos retiraron a todos sus especialistas técnicos del país y pidieron a los partidos de la Kominform que enviaran una carta a Moscú y Belgrado con su opinión sobre los “errores” de Tito y su partido. Junto con esto, los soviéticos lanzaron una campaña de ataques contra la política yugoeslava, acusando a Tito y sus partidarios de fungir como espías de la Gestapo, la CIA e incluso de estar aliados con los movimientos trotskistas internacionales.

Esto evidenció la envergadura del ataque que pretendían gestar los soviéticos, confiados en que la rebelión de Tito no tenía perspectiva alguna. De hecho, según denunció Jruschov en el XX Congreso del Partido Comunista de la URSS (el de la “desestalinización”), Stalin repetía en julio de 1948: “Voy a mover mi dedo meñique y Tito desaparecerá” (Broué, El partido bolchevique, 546).

La respuesta de Tito no se hizo esperar y convocó a una sesión del Comité Central del partido para evaluar la respuesta a los soviéticos, en la cual dos ministros se mostraron favorables a retractarse en público y congraciarse con Stalin…fueron arrestados en el acto y mientras se realizaba la reunión Tito ordenó redadas para depurar el ejército, la policía y la vieja guardia de los cuadros pro-soviéticos. Para que no quedaran dudas de su firmeza, el 26 de julio fueron condenados a muerte 15 acusados pro-soviéticos (Nagy, 1968).

Lo anterior explica la expulsión formal de Yugoeslavia del “bloque soviético” el 20 de junio de 1948, cuando la Kominform emitió un comunicado donde condenó al “titoismo” como una corriente revisionista, nacionalista burguesa y sometida al imperialismo. En uno de los tantos opúsculos soviéticos de la época sobre las democracias populares, caracterizaban al “titoismo” de la siguiente manera: “El no querer aceptar la ayuda de las fuerzas revolucionarias y democráticas, la sobreestimación de sus propias fuerzas interiores, el abandono del internacionalismo y el paso al nacionalismo burgués conducen infaliblemente al abandono del campo democrático, a la subordinación al imperialismo, a la pérdida por consiguiente de la independencia nacional, como lo testimonia el resultado de la funesta actividad del grupo nacionalista de Tito en Yugoslavia (…) La lucha por el socialismo sólo es posible bajo la bandera del internacionalismo proletario y en fraternidad con la Unión Soviética” (Farberov, Las democracias populares, 15).

 

    1. La “estalinización” de las democracias populares

A partir del “viraje decisivo” el estalinismo se abocó a delinear un nuevo modelo de ocupación bajo los criterios del Estado burocrático ruso. El “affaire Tito” fue de suma importancia en este proceso, porque en medio de la escalada de tensiones de la Guerra Fría, la burocracia soviética se convenció de que era necesario cerrar los espacios a cualquier tipo de disidencia que podría afectar su control sobre los países ocupados (Bensaïd, 2008).

Esto dio lugar a una asimilación estructural de los países ocupados, la cual estuvo conducida desde arriba y sin mediación democrática de la clase obrera. En este sentido, la primera medida de la burocracia estalinista fue erigir regímenes de partido único con un fuerte dispositivo represivo, como paso previo a las expropiaciones capitalistas5.

Pilares del Estado burocrático y la supremacía indiscutible de la URSS

El giro hacia un nuevo modelo de ocupación obligó al estalinismo a elaborar una “teoría” que justificara las nuevas orientaciones, en particular el abandono de los gobiernos de frente popular que defendieron durante el período 1945-48.

Para esto desempolvaron los viejos argumentos de la revolución por etapas, según la cual primero había que hacer la revolución democrático-burguesa de la mano de los sectores burgueses “progresivos” y, cuando maduraran las condiciones objetivas, avanzar hacia el socialismo. Para el caso concreto de la posguerra, maquillaron el etapismo con elementos de la lucha antifascista, tal como expuso el dirigente comunista húngaro József Révai en 1949: “El desarrollo de nuestra democracia popular no es otra cosa que una lucha que comenzó con los objetivos iniciales de destruir al fascismo, de la realización de nuestra independencia nacional, y de la constante ejecución de las tareas cívicas democráticas; y que se fue transformando posteriormente en una pelea en contra de las grandes fortunas y luego contra todo tipo de burguesía (…) Esta transformación comenzó siendo antifascista, nacional, cívico-democrática, y se hizo más y más grande hasta desarrollar una lucha para lograr una transformación socialista” (Révai, Sobre el carácter de nuestra democracia popular, 20).

A primera vista, este planteamiento de Révai parece coincidir con el señalamiento de Lenin de que la clase obrera llegó al poder en Rusia como “agente de la revolución democrático burguesa”, por lo que empezó por resolver los problemas democráticos más importantes y, de forma progresiva, enfocó las cuestiones socialistas mediante “la lógica de su dominación” (Trotsky, 2000b).

Pero en realidad la experiencia del estalinismo en los países ocupados no tiene ningún paralelo con lo acontecido en la revolución rusa, porque la burocracia bloqueó el desarrollo de las fuerzas revolucionarias desde el primer minuto de la ocupación y, antes que fomentar la lógica de la dominación proletaria, se esforzó en diluir los intereses de la clase obrera dentro de los gobiernos de Frente Popular (donde incluso el Partido Comunista era minoría). El mismo Révai, unas líneas más adelante, señala que los gobiernos de democracia popular previos a 1948 incluían a elementos de los kulaks (campesinos ricos), representantes de la burguesía y hasta agentes imperialistas.

Lo anterior es un elemento fundamental a la hora de caracterizar ¿qué tipos de Estados surgieron en Europa del Este luego de 1948? El estalinismo los presentó como nuevas formas de la dictadura proletaria cuyo fin era abrir la transición al socialismo. Para probar esto utilizaron las estadísticas sobre las expropiaciones capitalistas en los países ocupados que, en términos generales, para 1949 representaban entre el 80 y 95% de la producción industrial.

Por ejemplo, en Checoslovaquia el estalinismo expropió todas las empresas con más de 50 trabajadores durante el primer semestre de 1948 y, para 1949, el 95% de la industria del país estaba nacionalizada. En Hungría sucedió algo parecido, pues a finales de 1948 nacionalizaron el 75% de la industria. En Bulgaria los datos son abrumadores: en enero de 1948 sólo el 16% de las empresas eran estatales, mientras que en 1949 la cifra ascendió al 90%. En Polonia el Estado y las cooperativas industriales controlaban el 85% de la producción nacional. Para el caso rumano prácticamente no existían empresas nacionalizadas hasta 1948, pero tras hacerse del poder absoluto, el estalinismo aprobó una ley para la nacionalización de las empresas de cien obreros.

A pesar de que estas expropiaciones tuvieron un papel progresivo por su contenido anticapitalista, fueron realizadas en función de los intereses de la burocracia, la cual se constituyó en una capa social que usufructuó de los recursos estatales, pues en los Estados burocráticos estalinistas no existió ningún mecanismo de control democrático por parte de la clase obrera. En este sentido, es falso que las expropiaciones capitalistas dieran paso a la transición al socialismo, porque la clase obrera nunca estuvo en el poder, para lo cual era necesario que se constituyeran organismos de base y con democracia obrera, los cuales nunca existieron en las democracias populares.

Esto lo expuso con claridad Naum Farberov, uno de los “ideólogos” estalinistas de los nuevos regímenes del Este europeo, donde señala con lujo de detalle las diferencias entre la experiencia de los soviets en los primeros años de la revolución rusa (es decir, antes del estalinismo) y lo que sucedía en los países ocupados: “La forma del Estado socialista soviético es la república soviética. Los soviets de diputados obreros, de los campesinos y del ejército rojo, base política de la república soviética en la primera fase de su desarrollo, estaban constituidos con arreglo a un derecho de voto que no era ni igual ni universal (…) La forma de Estado de los países de democracia popular es la de la república popular, cuya base política está constituida por los comités populares, los consejos populares, los comités nacionales; elegidos todos por sufragio universal igual. Todos los organismos de poder, inferiores, medios y superiores son elegidos por sufragio directo” (Farberov, Las democracias populares, 16-17).

De lo anterior se desprende que la clase obrera nunca estuvo al mando en las democracias populares (para lo cual son imprescindibles los organismos de clase ejerciendo el poder directamente), a pesar de lo enunciado por las constituciones políticas estalinistas donde las relaciones jurídicas de propiedad se definían como “socialistas” (en tanto la propiedad era de “toda” la clase obrera), cuando en realidad estaba bajo el control de la burocracia sin ningún control democrático desde la sociedad, lo cual le permitió usufructuar del plusproducto social en detrimento de la clase obrera y el conjunto de sectores explotados y oprimidos: “…las relaciones de propiedad, en definitiva, son una superestructura: una ˊformaˋ cuyo contenido es consagrar determinadas relaciones materiales y de hecho: qué clase social tiene realmente en sus manos los medios de producción y el sobreproducto social…En un Estado obrero esta pregunta requiere parámetros algo distinto a los de un estado capitalista. Porque una vez expropiada la burguesía, la propiedad pasa a ser estatizada, y entonces es inevitable interrogarse acerca de un problema político: en manos de qué clase o capa social está realmente ese estado. Porque de ello dependerá el nuevo contenido social real que tiene la propiedad” (Sáenz, Causas y consecuencias del triunfo de la URSS sobre el nazismo, 247)

Aunado a esto, el estalinismo garantizó que las democracias populares asumieran de lleno la supremacía de la URSS, o lo que es lo mismo, el sometimiento a las directrices del PCUS en todos los planos. Para muestra citamos el discurso de G. Dimitrov durante el V Congreso del partido obrero búlgaro en diciembre de 1948, donde delineó algunos de los aspectos fundamentales de las democracias populares, entre ellos el dominio absoluto de la URSS: “c) El Estado democrático popular se construye en colaboración y con la amistad del país del socialismo –la Unión Soviética (…) Cualquier tendencia hacia el debilitamiento de la colaboración con la Unión Soviética está dirigida contra los mismos fundamentos de la existencia de la democracia popular en nuestro país (…) d) El Estado democrático popular forma parte del campo democrático antiimperialista. Solamente alineándose dentro del campo democrático unificado, a cuyo frente se encuentra el poderoso Estado soviético, podrá asegurar cualquier democracia popular su independencia y su seguridad contra la agresión de las fuerzas imperialistas”. (Citado en Nagy, Democracias Populares, 92).

Visto lo anterior, los nuevos Estados surgidos con las democracias populares profundizaron los rasgos anti-obreros y expoliadores del modelo de ocupación soviética, a grado tal que los países del glacis estaban aislados unas de otros, pues su interrelación con el “campo democrático” se reducía a las giras de los dirigentes locales a reunirse con Stalin en Moscú: “En realidad, las democracias populares estaban sabiamente aisladas las unas de las otras (…) El derecho de la U.R.S.S. a subordinar el interés de esos países a su propia política no fue jamás incriminado. Stalin tuvo personalmente un papel muy importante en la organización de las relaciones entre la U.R.S.S. y sus aliados: convocaba regularmente a cada uno de los dirigentes de los países socialistas y les daba órdenes directas. Además, no se decidió sin su aprobación personal ningún nombramiento ni destitución” (Nagy, Democracias populares, 108).

Regímenes de partido único y supresión de la oposición

Líneas atrás citamos el discurso de Naum Farberov, ideólogo de las democracias populares, donde explicaba que la elección de los puestos de representación política en los países del glacis se realizaba por voto popular. Agreguemos que estas elecciones eran verdaderos rituales que no decidían nada, pues no habían partidos de oposición y las votaciones consistían en ratificar con un 99% de los votos a favor a la única lista que se presentaba, obviamente del Partido Comunista (Nagy, 1968).

Esta fue una de las principales transformaciones de los regímenes de las democracias populares que, a partir del viraje decisivo, profundizaron los rasgos antidemocráticos como parte de la asimilación estructural al modelo de Estado burocrático estalinista. Esto implicó la imposición del sistema de partido único, alegando que era un factor necesario para potenciar la unidad de la clase obrera en su lucha contra el capitalismo: “(…) la unificación de los partidos obreros no es la simple adición, sino la multiplicación de sus fuerzas puesto que, poniendo fin a la existencia de dos corrientes ideológicas diferentes, aumenta la cohesión de la clase obrera, y refuerza su papel dirigente en el Estado y en la sociedad” (Révai, Sobre el carácter de nuestra democracia popular, 11).

Esto iba dirigido contra los partidos socialdemócratas, los cuales contaban con sus propias tradiciones políticas y una base social construida a lo largo de varias décadas de intervención sindical y parlamentaria. Además, dentro de la socialdemocracia europea hubo alas que giraron a la izquierda, algunas mostrando simpatías hacia el trotskismo6. Por eso mismo, el estalinismo ocupaba desmontar estas organizaciones para asegurarse el control absoluto en la “representación” de la clase obrera, lo cual hizo a partir de 1948 con la absorción de esos partidos a las organizaciones comunistas pro-soviéticas.

Oficialmente se presentó como un acuerdo de unidad libre para fortalecer a la clase obrera, pero en realidad fue producto de la intimidación hacia las dirigencias socialdemócratas, aunque hubo algunos casos donde sectores socialdemócratas aceptaron hacerlo por cuenta propia (Nagy, 1968). De esta forma se fundaron “nuevos partidos” que pasaron a ser la dirección oficial de las democracias populares: Partido Obrero Rumano; Partido de los Trabajadores Húngaro; Partido de los Trabajadores Búlgaros, Partido Obrero Unificado Polaco, etc.

La fusión de los partidos socialdemócratas con los partidos comunistas estalinistas constituyó el primer paso hacia el régimen de partido único, pues supuso un avance en la obtención de representación parlamentaria a favor del estalinismo. Por ejemplo, en el caso de Hungría en las elecciones parlamentarias de 1947 se presentaron diez partidos y los estalinistas obtuvieron 100 escaños; en las elecciones de mayo de 1949 (aún prevalecía el multipartidismo) se presentó una lista de coalición llamada “Frente Nacional de la Independencia de Hungría”, el cual estaba compuesto por seis partidos y el nuevo Partido de los Trabajadores Húngaros (PTH) se dejó 285 escaños; para las elecciones de 1953 se presentó el mismo “frente electoral”, aunque en esta ocasión compuesto solamente por el PTH y obtuvo el cien por ciento de las diputaciones.

De esta forma, el estalinismo impuso regímenes de partido único en las democracias populares, prohibiendo cualquier tipo de organización política por fuera de su control. Así, la clase obrera quedó encuadrada por el aparato de los partidos estalinistas, los cuales se erigieron como la autoridad infalible de los nuevos Estados burocráticos: “«La autoridad suprema de las masas trabajadoras» y su instrumento, el Estado, fueron puestos en manos de los partidos comunistas de los respectivos países, considerados como infalibles y dotados de un poder monopolístico que no tenía limitación alguna institucional. El Estado, tenía, pues, no solamente el derecho, sino el sagrado deber de garantizar el papel dirigente del partido, o, mejor dicho, de aquel puñado de revolucionarios profesionales que se encontraban al frente” (Nagy, Democracias Populares, 92).

Para el estalinismo la dictadura del proletariado era sinónimo de régimen de partido único y la disidencia política estaba prohibida porque el Partido Comunista, en tanto que “representante” de la clase obrera, no podía compartir el poder ni presentar diferencias a lo interno. Esto lo justificaba como parte de la “tradición” de la revolución rusa, debido a la famosa votación promovida por Lenin en el X Congreso del Partido Bolchevique en marzo de 1921, donde se prohibieron las tendencias y fracciones dentro del partido como una medida temporal y en respuesta a la “crisis general de la revolución” en ese momento, lo cual fue aprovechado por Stalin y su camarilla para afianzar su control sobre el partido y el Estado soviético.

La experiencia histórica demostró que la votación del X Congreso bolchevique fue un terrible error, pues no midieron las terribles implicaciones que tendrían las crecientes presiones hacia la burocratización a lo interno del partido producto de la guerra civil. Peor aún, el estalinismo aprovechó esta votación impulsada por Lenin para convertir dicha medida transitoria en un “principio” de organización soviética, revistiendo de “legitimidad” leninista la imposición de regímenes policíacos en los partidos comunistas y los Estados bajo su control, tal como lo expuso Stalin en su obra Cuestiones del leninismo: “El dirigente en el sistema de la dictadura del proletariado, es un solo partido, el partido del proletariado, el partido comunista, que no comparte ni puede compartir la dirección con otros partidos” (Citado en Révai, Sobre el carácter de nuestra democracia popular, 25).

A finales de los años treinta Trotsky analizó lo perjudicial que fue esta medida asumida en el X Congreso, pero además enfatizó en que representaba la negación de la historia y del carácter revolucionario del bolchevismo: “La doctrina actual que proclama la incompatibilidad del bolchevismo con la existencia de fracciones está en desacuerdo con los hechos. Es un mito de la decadencia. La historia del bolchevismo es en realidad la de la lucha de las fracciones. ¿Y cómo un organismo que se propone cambiar el mundo y reúne bajo sus banderas a negadores, rebeldes y combatientes temerarios, podría vivir y crecer sin conflictos ideológicos, sin agrupaciones, sin formaciones fraccionales temporales? (…) La prohibición de los partidos de oposición produjo la de las fracciones (…); la prohibición de las fracciones llevó a prohibir el pensar de otra manera que el jefe infalible. El monolitismo policíaco del partido tuvo por consecuencia la impunidad burocrática que, a su vez, se transformó en la causa de todas las variedades de desmoralización y corrupción”” (Trotsky, La revolución traicionada 107-113).

Por todo lo anterior, afirmamos que el régimen que se instauró en las democracias populares fue el de la decadencia burocrática y no el de la clase obrera ejerciendo en el poder.

Purgas y terror estalinista

Posteriormente a la destrucción de los partidos de oposición, la burocracia estalinista desató una cacería de brujas contra los “disidentes” políticos de izquierda, aunque en realidad la persecución fue contra toda figura política de la cual se sospechara algún tipo de independencia en su accionar e, inclusive, contra cuadros que siempre profesaron su total sumisión a los mandatos de Stalin (conocidos como “moscovitas”).

Las primeras víctimas fueron los militantes socialistas que se opusieron a la unificación con los partidos comunistas y, poco después, arrasó con los socialistas que apoyaron la unificación. Tras el fracaso ruso por derrocar a Tito en Yugoslavia, Stalin desató una campaña de purgas a lo interno de los partidos comunistas, en procesos cargados de acusaciones falsas similares a los juicios de Moscú de los años treinta.

El primer episodio de las purgas ocurrió en Albania, dado que la cúpula comunista entró en un debate interno a la hora de tomar postura al inicio de las tensiones entre Tito y Stalin, pues no había claridad con que bando alinearse. El resultado de la purga: de los 31 miembros del Comité central entre 1943-48, solamente nueve seguían en funciones en 1953, mientras que los veintidós restantes fueron purgados, de los cuales catorce fueron ejecutados (Nagy, 1968).

El segundo proceso tuvo lugar en 1949 en Hungría, en esta ocasión contra Laszlo Rajk, un connotado militante desde la adolescencia, héroe en la guerra de España y ministro en varias ocasiones. Su arresto fue promovido por sus opositores “moscovitas” en el partido, compuesta por la camarilla Rakosi, Revai, Gerö y Farkas (varios de estos tendrán protagonismo en la revolución de 1956). A Rajk se le endilgaron cualquier cantidad de acusaciones falsas y sin sentido: soplón del régimen fascista de Horthy, agente de Churchill, espía de la CIA y, finalmente, de secuaz de la pandilla fascista de Tito para restaurar el capitalismo en las democracias populares. Fue sometido a torturas y Rajk aceptó todos los cargos, por los cuales fue condenado a muerte el 22 de setiembre de 1949.

La tercera purga también se produjo en Hungría en diciembre de 1949. El acusado fue Traitcho Kostov, un reconocido “moscovita” acusado de sostener relaciones con agentes trotskistas y con Tito. Inicialmente aceptó los cargos (bajo tortura), pero cuando estaban leyendo su declaración en el juicio se levantó y retractó de la confesión, alegando que era inocente. Igualmente fue condenado a muerte el 14 de diciembre.

Otra purga de relevancia fue la de Checoslovaquia entre 1951 y 1952, la cual destacó por su crueldad y desarrollo macabro. El proceso estuvo dirigido por Rudolf Slansky, un “moscovita” de línea dura que persiguió a figuras de bajo perfil acusados de nacionalistas, desviacionistas de derecha y titoistas, cuyo líder era el antiguo ministro de Asuntos Exteriores Clementis. En un giro inexplicable del proceso, pocos meses después Slansky fue arrestado bajo los cargos de anti-sovietismo y comenzó a ser llamado por la prensa por su apellido judío, pues en ese momento Stalin libraba su cacería antisemita en la URSS. En este punto sucedió algo que califica de tragicómico: se emparejó el proceso de Slansky y el de Clementis, por lo que el antigua acusador y su víctima fueron condenados a muerte y ahorcados juntos el 3 de diciembre de 1952.

Estos son tan sólo algunos ejemplos relevantes de las purgas estalinistas en las democracias populares, pero en realidad fue una práctica sistemática que alcanzó a cientos de miles de militantes en toda Europa del Este. Algunas estimaciones de las purgas por países arrojan los siguientes números: Checoslovaquia, 500 mil; Polonia, 370 mil; RDA, 300 mil; Hungría y Rumania, 250 mil cada una; Bulgaria, 90 mil (Nagy, 1968).

Al leer los discursos de los dirigentes estalinistas de las democracias populares, es notable su insistencia en fortalecer la seguridad del Estado como un principio rector de las democracias populares, lo cual justifican como parte de la lucha contra las fuerzas capitalistas, pero que en realidad estaban más enfocados en aplacar y silenciar cualquier oposición bajo la supuesta defensa de la “dictadura del proletariado”. Por ejemplo, esta es la postura del burócrata húngaro Révai en 1949: “«Dictadura», también significa el ejercicio de la fuerza para oprimir a los enemigos. La comprensión de que la democracia popular es una variación de la dictadura de los proletarios nos arma con el conocimiento de que, en la lucha contra el enemigo de clase los órganos destinados a aplicar esta fuerza deben de hacerse más eficaces y unificados de lo que son”. (Révai, Sobre el carácter de nuestra democracia popular, 20).

Por todo lo anterior, resulta comprensible la caracterización László Nagy (historiador suizo-húngaro especialista en democracias populares), cuando señala que en 1948 se impuso el dominio de la psicopatología propia de una historia kafkiana, donde cada tanto se organizaba la distribución de los papeles de juez, acusados y testigos, lo cual respondía a un plan preconcebido del estalinismo para imponer su control absoluto sobre los partidos comunistas y la sociedad civil previamente a la realización de las expropiaciones al servicio de la burocracia: “El terror no fue la consecuencia fortuita e inevitable, de la aplicación de la colectivización y la planificación; la instauración del poder absoluto del partido comunista precedió a la puesta en práctica del proyecto socialista” (Nagy, Democracias Populares, 106).

La planificación al servicio de la acumulación burocrática

De nuestra investigación histórica se desprende que el estalinismo midió muy bien los tiempos para realizar las expropiaciones capitalistas, garantizando previamente la desarticulación de la clase obrera en los primeros años de la posguerra, para luego organizarla (o encuadrarla) dentro de sus estructuras burocráticas. Esto vino acompañado de la instauración del régimen de partido único y las purgas, para aniquilar cualquier expresión de disenso con los mandatos de la cúpula estalinista.

¿Qué importancia reviste que las expropiaciones estuvieran precedidas de las purgas y el terror burocrático? A nuestro modo de ver mucho, pues evidencia que la propiedad estatizada y la posterior instauración de la planificación económica nunca estuvieron bajo control democrático de la clase obrera y los sectores populares; por el contrario, desde el inicio respondió a los intereses de la burocracia estalinista de la URSS y sus emisarios locales. En otras palabras, las democracias populares surgieron como Estados burocráticos desde el primer minuto, diferente al caso de la URSS que fue producto de una revolución auténticamente obrera que se burocratizó en un lento proceso, el cual se extendió desde los años veinte hasta inicio de los años cuarenta.

Debido a esto, en el período 1948-53 las democracias populares reflejaron todas las contradicciones económicas de la URSS estalinista, pues la planificación de la economía estuvo en función de garantizar la acumulación de la burocracia y no para dar paso a la transición al socialismo. Esto es clave para comprender los límites que tuvieron la colectivización de la tierra en el campo y la nacionalización de las industrias, medidas progresivas por su contenido anticapitalista, pero que inmediatamente fueron reabsorbidas por la burocracia estalinista en las democracias populares.

La vía libre para la colectivización de la tierra se decretó en el documento de la Kominform donde se expulsó a Yugoslavia del bloque soviético (del 28 de junio de 1948), donde se acusaba a ese país de subestimar la experiencia del partido comunista de la URSS y evitar la lucha contra los elementos capitalistas en el campo. Era una acusación absurda, dado que Yugoslavia era el país más colectivizado de los países del Este en ese momento (incluso la URSS lo frenó en este proceso), pero tenía un objetivo claro: imponer un bandazo en la orientación de las partidos comunistas del glacis para que avanzaran en la colectivización forzada en el campo (Nagy, 1968).

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Hasta ese momento la orientación del estalinismo fue implementar reformas agrarias y respetar la pequeña propiedad campesina, lo cual sirvió para garantizar el reabastecimiento de alimentos de la población en la posguerra. Tras el giro impuesto desde Moscú, los epígonos estalinistas de las democracias populares cambiaron de discurso para concentrarse en la lucha contra los kulaks (campesinos ricos en ruso) y avanzar en la socialización de la tierra en el campo: “Ganando a los campesinos, libre y progresivamente para las cooperativas agrícolas de producción, multiplicando las estaciones de máquinas y tractores, prohibiendo el arriendo de tierras, limitando y prohibiendo la compra y venta de tierras, se crean las condiciones propicias para la nacionalización de la tierra” (Farberov, Las democracias populares, 9).

Estas palabras de Naum Farberov son de 1949 y, aunque formalmente repite los criterios de Lenin para ganar al campesinado a la socialización de la tierra de forma libre y paciente, en los hechos se tradujo en una campaña de colectivización forzosa desde 1950 mediante vejaciones, amenazas, persecuciones, torturas, confiscaciones, etc7. Para el caso de Hungría, la aceleración de las colectivizaciones no tardó en reflejarse en las estadísticas, pues en menos de un año se duplicó la cantidad de familias campesinas que “libremente” se integraron a las granjas estatales y cooperativas: para el 20 de febrero de 1949, un total 118 mil familias (con más de 160 mil miembros) cultivaban 1.160.000 hectáreas, equivalente a una sétima parte del territorio cultivable del país (Révai, Sobre el carácter de nuestra democracia popular, 20).

La colectivización forzosa generó un enorme malestar social porque fue impuesta sin ninguna discusión democrática y, además, afectó a los pequeños campesinos (aunque iba dirigida contra los kulaks), los cuales eran apreciados por la clase trabajadora y la población en general debido a su esfuerzo por reabastecer de alimentos a los países en la posguerra (Nagy, 1968).

En el caso de las nacionalizaciones de las industrias fueron bien recibidas por la población. Empezaron antes de 1948 como medida urgente para reactivar ciertas ramas económicas destrozadas por la ocupación nazi y la guerra mundial. Pero luego del “viraje decisivo” el estalinismo nacionalizó más industrias y, para 1950, controlaba prácticamente el 100% de la producción industrial bruta en los países del Este: Yugoslavia (ya expulsada del glacis), 100%; Bulgaria, 97,2%; Polonia y Checoslovaquia, 96,3% en cada una; Rumania, 92,4%; Hungría, 91,5%, RDA, 74,8%.

Con la consumación de la colectivización en el campo y las nacionalizaciones industriales el estalinismo ejecutó los primeros planes económicos de las democracias populares, los cuales inicialmente fueron más cortos para sincronizarse con el plan quinquenal de la URSS en 19558. Como era de esperarse, estos planes fueron confeccionados a imagen y semejanza de los empleados en la URSS, por lo cual presentaron las mismas desproporciones de los soviéticos.

En primer lugar, establecieron metas de producción inalcanzables y eran constantemente revisados por la burocracia…. ¡para elevar las metas aún más! Por eso siempre hubo dos versiones de los planes: a) la “original”, excesiva pero en principio ajustada a los criterios de cada país; b) el llamado “plan tenso” que, como su nombre lo indica, tensaba la cuerda con imposiciones de la URSS según sus intereses coyunturales (Nagy, 1968).

Los planes del período 1948-53 establecieron objetivos agrícolas inalcanzables. Por ejemplo, en la versión original impusieron como meta un aumento anual de la producción del 5 al 7% como promedio para Checoslovaquia, Polonia y Hungría, mientras que para Rumania y Bulgaria la meta osciló entre el 9 y 13,5%. Eran cifras prácticamente inalcanzables al considerar las condiciones objetivas de la producción agrícola en esos países por la calidad de los equipos de trabajo, la falta de inversiones en el campo y, ante todo, por los trastornos sociales provocados por la colectivización forzosa, la cual aceleró el éxodo de la población rural hacia las ciudades y una caída de la producción agrícola. A pesar de estos indicadores materiales, en la versión tensa del plan los especialistas de la burocracia elevaron las cifras: 8% para Checoslovaquia, Polonia y Hungría y 11% para Bulgaria.

En el caso industrial sucedía algo similar, pues las tasas de crecimiento oscilaron entre el 11,9% y 13%. Con la versión tensa del plan se impuso un 14,6% para Checoslovaquia, un 17% a Polonia y Rumania, un 21% a Bulgaria y un 26% a Hungría. Además, se fijó un índice de crecimiento de la renta nacional entre el 8 y 15%, el cual luego fue aumentado hasta el 12 y 18%, cifras imposibles de lograr desde todo punto de vista, pero que, por el simple hecho de estar planteadas como objetivo por el estalinismo, representaron un despliegue enorme de esfuerzos y sacrificios de la población para acercarse a la meta.

La segunda característica de los planes estalinistas fue la exacerbada desproporción entre el desarrollo de la industria pesada en detrimento de la industria ligera de bienes de consumo y la agricultura. Esto constituyó el punto más débil de las economías en las democracias populares y tuvo fuertes implicaciones en el nivel de vida de la clase obrera y el campesinado, el cual cayó significativamente con el pasar de los años debido al despilfarro de recursos, la constante escases de productos básicos y por la mala calidad de los que se obtenían: “Ningún régimen del mundo ha sentido un desprecio tan acusado por los deseos del consumidor como el sistema socialista en su versión estalinista” (Nagy, Democracias Populares, 100).

Lo anterior representa una terrible ironía para Estados que se presentaban como paraísos del socialismo “gobernados” por la clase obrera y donde los “planes tensos” proyectaban un crecimiento del nivel de vida del 55 y 150%.

¿Cómo se explica que la planificación centralizada de la economía diera como resultado una caída en el nivel de vida de la clase obrera y el campesinado por la escasez de productos de consumo básico? La respuesta es simple: porque las democracias populares nunca fueron Estados obreros, pues el poder estuvo bajo control absoluto de la burocracia estalinista que colocó el plusproducto social en función de garantizar una acumulación según sus intereses.

En los debates sobre el curso de la economía soviética en los años veinte, Trotsky legó importantes criterios para orientar la transición al socialismo, para lo cual tenían que confluir tres reguladores principales: a) la planificación centralizada de la economía, en la perspectiva de propiciar un desarrollo armónico de las fuerzas productivas y el incremento del nivel de vida de la clase obrera, el campesinado y los sectores populares; b) el mercado, en tanto un Estado obrero no puede desvincularse de la economía mundial donde imperan las relaciones capitalistas y, por ende, la ley del valor ejerce presión sobre la economía de transición, aunque de forma distorsionada por medidas de proteccionismo socialista; y c) la democracia socialista, factor determinante para conducir racionalmente la economía según los intereses de la clase obrera9.

Estos criterios son fundamentales para comprender que no existe ninguna “ley de la planificación económica” que objetivamente garantice la transición al socialismo, pues la clave radica en que clase ejerce el poder efectivamente. Al respecto de esto, Trotsky alertó sobre la relación entre la centralización de la economía y la dirección política del Estado, lo cual podía potenciar los aciertos pero también los errores: “Los éxitos y los fracasos de un capitalista dependen, aunque no enteramente, de sus cualidades personales (…) el Gobierno soviético se ha puesto, respecto al conjunto de la economía, en la situación del capitalista respecto a una empresa aislada. La centralización de la economía hace del poder un factor de enorme importancia. Justamente por esto, la política del Gobierno no debe ser juzgada por balances sumarios, por las cifras desnudas de la estadística, sino de acuerdo con el papel específico de la previsión consciente y de la dirección planificada en la obtención de los resultados” (Trotsky, La revolución traicionada, 70-71).

En este sentido, resulta fundamental quién y cómo planifica, aspecto clave para determinar en función de que intereses se racionaliza la actividad económica, porque es totalmente diferente una economía dirigida por la burocracia de otra por la clase obrera: “Si la planificación no tiene una racionalidad per se, si todo depende de quién y cómo planifica, ya salimos del mero nivel económico: vamos a la definiciones políticas y de estrategia de política económica. Más aún cuando la economía, los medios de producción, han sido estatizados: es fundamental quién decide en el Estado, porque ese sujeto será quien maneje el plusproducto, la plusvalía estatizada” (Sáenz, La dialéctica de la transición socialista, 150).

Lo anterior explica que en la URSS y los Estados burocráticos de Europa del Este, el estalinismo aumentó la producción económica a costa del nivel de vida de la clase obrera, priorizando de forma exagerada la industria pesada (sector I) en detrimento de la producción de bienes de consumo y la agricultura (sector II), indispensables para elevar las condiciones de vida. En el caso de la URSS fue un rasgo constante de la planificación burocrática, lo cual se verifica con la creciente desproporción entre los sectores I y II a través de los años: en 1928 el sector I representaba el 39,5% de la producción y el II el 60,5%; en 1940, el I, 61,2% y el II, 38,8%; en 1965, el I, 74,1% y el II 25,9%, y en 1973, el I, 73,7% y el II, 26,3% (Sáenz, 2011).

El estalinismo orientó una planificación económica cuyo eje fue acumular en tanto que Estado, fortaleciendo la industria pesada y de medios de producción, así como el ejército. Esta orientación la justificó con elementos parcialmente correctos, como el peligro de agresiones imperialistas y la necesidad de construir una infraestructura económica para el desarrollo de la economía. Pero todo esto lo hizo a costa de la inversión estatal en el desarrollo del sector II, indispensable para aumentar el nivel de vida de las masas trabajadoras con bienes de consumo abundantes y de calidad.

El resultado fue una acumulación burocrática que no benefició a las futuras generaciones soviéticas (o de las democracias populares), porque la prioridad a la inversión en el sector I redundó en carencias de todo tipo para las masas (no así para los burócratas que vivían con enormes privilegios). En el caso de las democracias populares este rasgo se agravó debido a su condición de Estados vasallos expoliados por la URSS, lo cual ahondó las desproporciones de los planes económicos, pues en las versiones tensas las revisiones se hicieron en función de los intereses coyunturales de Moscú.

Como parte de la lógica de acumulación burocrática, el estalinismo propició un enfoque productivista con eje en la cantidad en desmedro de la calidad, lo cual se tradujo en la fabricación sistemática de productos defectuosos. Esto no es casual, pues en un régimen de transición al socialismo la calidad de los productos de consumo presupone un control de calidad democrático desde la clase obrera, factor ausente bajo las dictaduras burocráticas estalinistas. Esto generó situaciones absurdas, como esta anécdota de Nahuel Moreno sobre la irracionalidad de la producción en la URSS: “Lo de los zapatos (…) hacen todos del mismo número. Eso lo hacen siempre. Sale una resolución: ˊtal fábrica hace diez mil pares de zapatosˋ. Entonces (…) como no dijeron si del número 38, 40 ó 41, hacen todos del 38 (…) Después sale la queja en Pravda: sólo hay pares 38 (…) Da risa pero es para llorar” (Citado en Sáenz, La dialéctica de la transición socialista, 150)10.

Ante esto, el programa de la Oposición de Izquierda en la URSS planteó un ángulo diferente para la planificación económica, el cual priorizaba alcanzar el óptimo de la producción para lograr un equilibrio entre el desarrollo de la industria pesada, la ligera y la agricultura. Esta era la única de forma de garantizar una acumulación en función de la transición al socialismo, la cual presupone ciertos sacrificios en tanto requiere un “ahorro” de la sociedad para impulsar determinadas ramas industriales y la infraestructura básica del país, pero sin desatender la calidad de vida de las generaciones actuales, pues de lo contrario las masas trabajadoras se tornaría hostiles hacia el Estado obrero.

Este análisis sobre la “racionalidad” de la planificación por parte del estalinismo, explica el motivo por el cual las expropiaciones capitalistas en las democracias populares rápidamente fueron reabsorbidas en función de una lógica de acumulación burocrática, la cual sacrificó el nivel de vida de las masas trabajadoras en función de los intereses de Estado de la burocracia estalinista. Las consecuencias de esto se hicieron patentes a partir de 1953, cuando se abrió un período de luchas obreras en los países del glacis exigiendo un aumento en la calidad de vida de la clase obrera y la población en general, cuyo punto más alto fue la revolución húngara de 1956.

¿Estados obreros o Estados burocráticos?

Antes de cerrar este capítulo histórico y conceptual sobre las democracias populares, nos referiremos brevemente a la caracterización que sostuvo la mayoría del trotskismo de posguerra en torno a estos nuevos Estados, a la vez que sintetizaremos la perspectiva estratégica que elaboramos desde la corriente Socialismo o Barbarie.

Las expropiaciones en Europa del Este abrieron un debate a lo interno del movimiento trotskista que, justo en ese momento, estaba inmerso en un esfuerzo por reconstruir la IV Internacional luego del asesinato de Trotsky en 1940 y tras la finalización de la II Guerra Mundial. De acuerdo a Nahuel Moreno las expropiaciones capitalistas de 1948 los tomó por sorpresa y sin herramientas para comprender los acontecimientos, pues hasta ese momento la dirección mayoritaria sostenía que sin movilización revolucionaria no podía darse un cambio estructural anticapitalista en los países ocupados por la burocracia soviética (Moreno, 2003).

Producto de este debate, la IV Internacional adoptó la tesis que impulsaron Moreno, Hansen y Pablo (aunque con diferencias metodológicas entre ellos), según la cual las democracias populares a partir de las expropiaciones de 1948 se constituyeron en Estados obreros deformados o burocráticos, caracterización que finalmente fue asumida por la mayoría del movimiento trotskista de posguerra11.

Era una solución que formalmente daba continuidad a la definición de Trotsky sobre la URSS como un Estado obrero degenerado, debido a la persistencia de las medidas anticapitalistas surgidas de la revolución rusa (propiedad estatizada) pero bajo un gobierno burocrático encabezado por Stalin. En ese caso Trotsky formuló su posición a partir de un proceso en curso, porque el desarrollo de la burocratización fue de larga data y culminó en los años cuarenta.

De ahí que Trotsky fuera muy cauteloso a la hora de abordar las implicaciones de la burocratización sobre el carácter del Estado soviético, pues no podía aventurarse a formular definiciones cerradas que enterraran una revolución que aún podía estar viva y provocara la desubicación política de la Oposición de Izquierda (y posteriormente la IV Internacional), particularmente teniendo presente la proximidad de la II Guerra Mundial que podía cambiar el curso de la historia mundial con un nuevo ascenso revolucionario a nivel mundial (lo cual sucedió, aunque paradójicamente el estalinismo salió más fortalecido para contenerlo). Al respecto nos parece de gran valor los criterios metodológicos con las cuales balanceó su caracterización de la URSS como un Estado obrero degenerado en 1936: “En nuestro análisis tememos, ante todo, violentar el dinamismo de una formación social sin precedentes y que no tiene analogía. El fin científico y político que perseguimos no es dar una definición acabada de un proceso inacabado, sino observar todas las fases del fenómeno y desprender de ellas las tendencias progresistas y las reaccionarias, revelar su interacción, prever las diversas variantes del desarrollo ulterior y encontrar en esta previsión un punto de apoyo para la acción” (Trotsky, La revolución traicionada, 215).

Pero la extensión de la definición de Estado obrero deformado para caracterizar a las democracias populares representó una generalización abusiva del término acuñado por Trotsky, por lo cual perdió su contenido histórico-concreto para convertirse en una categoría lógica, donde se perdía de vista el proceso genético de los nuevos Estados: “Si había expropiación se consideraba que instantáneamente el Estado se transformaba en ˊobreroˋ, haciendo abstracción total del proceso de la lucha de clases que había llevado a cabo esa medida; es decir, dejando de lado los sujetos sociales y políticos que la aplicaban, y cómo lo hacían (…) Quién expropiaba y cómo lo hacía eran cuestiones relegadas al último plano o desaparecían por completo” (Ramírez, Sobre la naturaleza de las revoluciones de posguerra y los estados “socialistas”, 233)

Bajo la definición de Estados obreros deformados o burocráticos se puso un signo de igual entre expropiación capitalista y dictadura del proletariado, aunque en esos Estados la clase obrera de carne y hueso nunca tuvo el poder efectivamente. Así, el movimiento trotskista de la posguerra incurrió en una concepción objetivista de la transición al socialismo, al sobredimensionar unilateralmente los factores objetivos de la situación mundial (guerra mundial, crisis capitalista, expropiaciones burocráticas) para determinar el carácter de clase de los nuevos Estados del Este europeo, en detrimento de los factores subjetivos de la lucha de clases (sujetos sociales, organismos de clase y partidos políticos). Paradójicamente, esto se complementó con un enfoque sustituista de la revolución, al plantear que otros sujetos sociales por fuera de la clase obrera podían avanzar en la transición al socialismo, ya fuera la burocracia estalinista o las direcciones pequeñoburguesas radicalizadas guerrilleras (Mao, Castro, Tito).

El trotskismo de posguerra justificó esto a partir de una frase puntual de Trotsky en el Programa de Transición, donde sentó la remota posibilidad de que sectores de la pequeñoburguesía o los partidos estalinistas fueran más lejos de lo previsto en la ruptura con la burguesía bajo situaciones excepcionales: “(…) es imposible negar categóricamente por adelantado la posibilidad teórica de que, bajo la influencia de una combinación completamente excepcional de circunstancias (guerra, derrota, quiebra financiera, ofensiva revolucionaria de las masas, etc.), los partidos pequeño-burgueses, incluyendo a los stalinistas, puedan ir más lejos de lo que quisieran en el camino del rompimiento con la burguesía. En todo caso, una cosa está fuera de toda ayuda (sic): si esta variante altamente improbable se realizara en alguna parte, y que ˊun gobierno obrero y campesinoˋ en el sentido indicado más arriba se estableciera de hecho, no representaría nada más que un corto episodio en el camino de la verdadera dictadura del proletariado” (Trotsky, Programa de Transición, 244).

Esta hipótesis que Trotsky valoró como “altamente improbable”, nutrió el marco estratégico del trotskismo de posguerra, pues parecía dotar de sentido al viraje que realizó el estalinismo a partir de 1948 en los países ocupados de Europa del Este. Pero fue una lectura errada o, mejor dicho, forzada por la presión que ejercieron las expropiaciones estalinistas sobre un movimiento trotskista en reconstrucción y todavía inexperto que, además, obvió la parte final de la frase donde Trotsky señaló categóricamente que, una ruptura con la burguesía del estalinismo o las direcciones pequeñoburguesas, correspondería a “un corto episodio” en el camino hacia la dictadura del proletariado, algo que no ocurrió en los países del glacis porque las dictaduras burocráticas se perpetuaron por medio siglo, tiempo durante el cual sofocaron cualquier intento de organización independiente de la clase obrera.

Sin duda alguna, el mundo de la posguerra fue muy complejo por la simultaneidad de procesos políticos en todo el orbe, algo difícil de descifrar para el movimiento trotskista de la época, compuesto en ese momento por pequeños grupos y con direcciones muy jóvenes. Pero es absurdo que tras el desplome estrepitoso de la URSS y las democracias populares a finales del siglo XX, aún muchas corrientes trotskistas sostengan que fueron Estados obreros degenerados, aunque toda la evidencia histórica señala que la clase obrera nunca tuvo el poder y, por el contrario, siempre estuvo sometida a una dictadura burocrática que reprimió las iniciativas revolucionarias desde abajo. Con mucha más razón en el caso de las democracias populares, pues en estos países ni siquiera hubo revoluciones que provocaran la expropiación capitalista, sino que fue una medida ejecutada desde arriba por la burocracia y el ejército de ocupación ruso.12

Desde la corriente Socialismo o Barbarie tenemos nuestro balance estratégico de las revoluciones del siglo XX y los Estados burocráticos donde se expropió el capitalismo, los cuales no definimos como dictaduras del proletariado porque la clase obrera nunca estuvo en el poder. En el caso de los Estados del glacis esto fue mucho más claro, pues fueron expropiaciones ejecutadas desde arriba por los Partidos Comunistas y las tropas de ocupación rusa, estableciéndose una situación muy contradictoria, pues al mismo tiempo que fueron medidas anticapitalistas progresivas, de inmediato fueron reabsorbidas por la burocracia en su provecho particular: “Sociedades que en ausencia de cualquier manifestación de poder o soberanía de los trabajadores (tanto política como económica), no queda mejor categoría para identificarlos que como Estados burocráticos. Esto es, caracterizados por una progresiva expropiación de la burguesía, pero con la clase obrera imposibilitada de aprovecharla a su favor (…) A la salida de la segunda posguerra, el trotskismo se inclinó a caracterizar los nuevos estados donde había sido expropiada la burguesía (no importa si con revoluciones o no) como “estados obreros deformados” (…) Pero esta definición, la luz de los acontecimientos históricos, es particularmente cuestionable en países como los que estamos haciendo referencia (…) las transformaciones ocurridas en materia de derecho de propiedad fueron impuestas mediante un ejército de ocupación que se dedicó a mantener a raya a la clase obrera mediante un régimen totalitario” (Sáenz, ¿Qué tipo de estados puso en pie el stalinismo en Europa Oriental?).

La experiencia histórica es contundente: en la URSS estalinista y las democracias populares no hubo ninguna transición al socialismo, porque la clase obrera no tuvo el poder ni controló la propiedad estatizada. Las formaciones sociales producto de la degeneración estalinista fueron en sentido contrario, al erigir Estados donde la burocracia ensayó una forma inestable de extracción del plusvalor social por medio del control de la propiedad estatizada, lo cual devino en el restablecimiento capitalista, una forma más estable y eficiente para la apropiación privada del plusvalor social mediante la división de clases sociales.

1 Antifa es la abreviación de «Antifaschistische Aktion». El logo que distingue al movimiento originalmente estaba compuesto por dos banderas rojas, las cuales simbolizaban la unidad entre los socialdemócratas y comunistas. Fue realizado por Max Kleison y Max Gebhard, miembros de la Asociación de Artistas Visuales Revolucionarios. Posteriormente, en los años ochenta, se le agregó una bandera negra en representación del movimiento anarquista y autonomista (Balhorn, A história perdida dos Antifas).

2 Además, la dirección del SDP (Partido Socialdemocráta) giró a la derecha en la posguerra y se alió con los ejércitos en la zona occidental, obligando a su militancia a no participar de los Antifas. En el lado soviético persistieron algunos años más, pero se diluyeron conforme avanzó la estalinización del régimen y el cierre de espacios de organización por abajo (Balhorn, A história perdida dos Antifas).

3 Es reconocido que la burocracia soviética despreciaba a la población alemana, incluida la que estaba bajo su control en la RDA, a la cual responsabilizaron de las atrocidades del nazismo. Entre el inicio de la ocupación y la muerte de Stalin, la URSS suscribió sesenta y cinco acuerdos económicos con los países ocupados, con la particularidad que todos eran anti-alemanes. Incluso en los años sesenta, ]ruschov se refería a Berlín como un “tumor canceroso” (Nagy, 1968).

4 La Internacional Comunista fue disuelta por el estalinismo en 1943, como parte de los acuerdos con las potencias imperialistas. De acuerdo a Broué, Stalin entregó la Internacional como una ofrenda para sus aliados, con la cual demostraba que no tenía intenciones revolucionarias (Broué, 2007b).

5 La categoría de “asimilación estructural” fue acuñada por el mandelismo dentro del movimiento trotskista, en referencia al proceso de transformación de los Estados ocupados por la URSS a partir de 1948. En nuestro caso la utilizamos en un sentido diferente, pues a diferencia del mandelismo (y de la mayoría del trotskismo de posguerra) no consideramos que las democracias populares fuesen Estados obreros degenerados, sino llanamente Estados burocráticos donde la clase obrera nunca estuvo en el poder. Sobre esta distinción volveremos más adelante, cuando analicemos los procesos de expropiación y planificación en las democracias populares.

6 Incluso en los años treinta, Trotsky planteó la táctica del entrismo a ciertos partidos socialistas para tratar de ganar a las alas de izquierda radicalizadas, algunas abiertamente simpatizantes con el programa de la Oposición de Izquierda, como fue el caso de la Juventud Socialistas del PSOE en España (que terminó absorbida por el estalinismo ante la negativa en ese momento de Nin por realizar la táctica).

7 Es decir, similares a los métodos brutales y administrativos empleados por Stalin para la colectivización forzosa en la URSS en los años treinta, cuyo resultado fue una caída estrepitosa de la producción agrícola y la consecuente hambruna.

8 Por ejemplo, Hungría tuvo primero un plan trienal entre 1947-49, y luego pasó a uno quinquenal entre 1950-54.

9 Sobre los debates de la transición al socialismo sugerimos la lectura del ensayo La dialéctica de la transición socialista de Roberto Sáenz, en la revista Socialismo o Barbarie n° 25.

10 Al respecto sugerimos la película «Historias de la edad de oro» (2009), ambientada en Rumania en los años ochenta durante la dictadura de Ceaucescu, la cual retrata ocho leyendas populares sobre la contradicción entre los logros pregonados por la burocracia y las condiciones de vida de la clase trabajadora y la juventud: el mercado negro, las estafas, el abuso de poder y los caprichos de las autoridades, hacen parte de la bizarra cotidianeidad en los Estados burocráticos.

11 Otras corrientes minoritarias se aparataron de esta caracterización, como sucedió con la que encabezaba Tony Cliff que sostuvo que la URSS y los países satélites estaban regidos por un “capitalismo de Estado”; o la corriente de Hal Draper que se decantó por la tesis del “colectivismo burocrático”.

12 Un caso pasmoso es el PTS-FT de Argentina, corriente que no tiene ningún balance de fondo de las revoluciones y Estados burocráticos de posguerra. Por ejemplo, en un artículo de 2017 se referían a los países del glacis en los siguientes términos: “Los trotskistas consideramos que la URSS fue un Estado obrero degenerado, ya que nació revolucionario pero degeneró con la formación de la burocracia. El resto de los países, aunque hayan nacido de procesos revolucionarios, fueron controlados desde el inicio por el estalinismo o por direcciones pequeñoburguesas que por condiciones excepcionales terminaron yendo más allá de lo que querían (Liszt, La revolución húngara del 56).

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