Cine

“La vida ante sí” o cuando un hecho artístico (otro más) desmiente a Adorno

En estos días Netflix acaba de estrenar el film realizado este año (en plena pandemia) “La vida ante sí” dirigida por Edoardo Ponti, hijo de la inmensa Sofía Loren que tiene uno de los protagónicos junto al deslumbrante debut cinematográfico de un niño africano

Guillermo Pessoa
Columnista de Izquierda web.


La vida ante sí es en verdad una adaptación de la novela de Romain Gary del mismo nombre. Ya en 1977 fue llevada al cine en una producción israelí que obtuvo el Oscar a la mejor película extranjera de aquel año. No vamos a incurrir en el bien repudiado spoiler. Digamos sí que fue rodada íntegramente en Bari al sur de Italia, una bellísima ciudad puerto bañada por el Mar Adriático en un barrio proletario y desclasado de la misma.

Los personajes centrales son Madame Rosa una anciana que había ejercido la prostitución, judía y sobreviviente de Auschwitz y que ahora en su precaria casa alberga a niñxs mientras sus padres trabajan. El otro protagonista es Mohamed o Momo (como prefiere que lo llamen), un chico de 12 años, senegalés y musulmán, venido a Italia a los tres años de edad al quedar huérfano y que logra en la península ser adoptado por un médico del lugar. En determinado momento se verá obligado a vivir en la casa de Rosa “por dos meses”. Paramos acá para no caer en el ya citado spoiler.

Sofía Loren y el debutante Ibrahima Gueye, se “roban” literalmente la cámara, sin olvidarnos de personajes secundarios que no les van en zaga. Amén de escenarios naturales casi impresionistas. El cine ha sabido incurrir en historias de niños que han crecido solos, naturalmente pertenecientes a familias trabajadoras o marginales de la sociedad. Pensamos en “Los cuatrocientos golpes” de Truffaut o la ópera prima de Favio “Crónica de un niño solo”. La diferencia con ésta es el contrapunto y a la vez la complementariedad que aquel logra con la vieja “señora” italiana.

Sofía Loren (¿será esta actuación su “canto del cisne?) vuelve a demostrar su versatilidad actoral. Incursionó en el drama con su debut en “Dos mujeres” y en especial en ese clásico de Ettore Scola como fue “Un día muy particular”. Asimismo no fue menos creíble cuando de hacer diversas comedias se trataba, “Hogar flotante” con Cary Grant, creemos su punto más alto. Precisamente el que fuera su esposo Carlo Ponti , produjo muchas películas de la posguerra, aquellas del denominado neorrealismo italiano, movimiento del cual La vida ante sí puede decirse heredera pero con una belleza poética que no tenían la mayoría de aquellos films. Volveremos sobre esto.

La Italia (como la Europa toda) de los años 50 se reconoce poco en las postales de la actualidad. A pesar de las prohibiciones y represiones, la inmigración invade las ciudades y sus barrios modificando costumbres y hábitos en una interacción que se torna inevitable, por más ghettos que quieran imponerle. Obviamente el capitalismo no le tiene reservado ni empleos estables ni menos que menos, agradables a los miles que logran llegar. Además de la necesidad de complementarlo con actividades “non sanctas”. El realismo de la película y sus diálogos, jamás subrayados ni retóricos, es realmente notable conformando un verdadero fresco del sur italiano actual.

Pero La vida ante sí está además, y fundamentalmente, hecha de miradas, de gestos, de sueños y pesadillas que vuelven una y otra vez. Aquí la actuación de Ibrahima sorprende por su naturalidad. Emociona. Nos morimos de ganas por develar dos o tres escenas (en realidad son más) en donde esto se muestra con suma claridad, pero preferimos que el espectador las descubra por sí mismo.

Borges decía que el “hecho estético” muchas veces estaba en los detalles y en las cosas cotidianas. El film de Ponti es una magnífica demostración de eso. Sin perder de vista (esto ya es de Marx) que siempre “detrás está la sociedad”. Un filósofo alemán de este siglo, dijo un tanto provocativamente (o desesperanzadamente) que después de Auschwitz era imposible hacer poesía. Afortunadamente La vida ante sí lo desmiente. Cruda, desgarradora pero nunca sensiblera, ella respira poesía en cada uno de sus rapidísimos noventa y cinco minutos. No hay que perdérsela. Y está “la” Loren con sus más que dignos 86 años.

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