Marcelo Yunes
Intelectual marxista del Nuevo MAS

Entre los pocos beneficiados con este gobierno deben estar los columnistas económicos, porque nunca les falta material de trabajo. En efecto, con cada nuevo giro del equipo económico (incluyendo los cambios en su seno y su eventual reemplazo por los técnicos del Fondo, como ahora) aparece la necesidad de desmenuzar, explicar y desmentir la siempre fresca provisión de mentiras y delirios PRO para consumo del público incauto. De esa cantera inagotable nos permitimos empezar sólo por algunos, ya que es imposible dar cuenta de tanta sanata en tan poco espacio.

 

“Desarmamos la bomba de las Lebac”

Seamos magnánimos: olvidemos por ahora que cuando economistas de todos los colores advertían por la bola de nieve de las Lebac, Sturzenegger, Caputo y el resto del club de los renunciados replicaban que era una genialidad. Dejemos de lado que la idea de que las Lebac eran una bomba sólo fue adoptada por Macri cuando Lagarde se lo gritó en el oído. Concentrémonos, por favor. Recordemos rápidamente que las Letras del Banco Central eran un instrumento “antiinflacionario”, en el sentido de que servían para “sacar de la plaza” los pesos emitidos por el BCRA para comprar dólares, financiar al Tesoro y todas esas cosas que ahora parece que le están prohibidas. Al sacar esos pesos de circulación, transformados en Lebac, se evitaba que esos pesos fueran al dólar (que es alimentar la inflación) o al circulante (que es alimentar la inflación). El detallecito que se le escapó a los genios del BCRA es que, a diferencia de los billetes en poder del público, las Lebac pagan intereses, y bien altos (lo suficiente como para desalentar la compra de dólares). Así, se fue acumulando una deuda llamada “cuasifiscal” (por que el BCRA es “independiente”, no estatal, vean ustedes) que trepó hasta casi 60.000 millones de dólares, al tipo de cambio de 2017.

Ese monstruo sólo pudo ser domado (esto es, se evitó una crisis cambiaria general) mediante a) licuar esa deuda en dólares vía la devaluación de más del 100% en menos de un año, y b) rescatar esas Lebac al costo de reventar los primeros 15.000 millones de dólares que había prestado el Fondo (y que se suponía NO eran para eso). ¿Puede decirse entonces que el problema se ha resuelto, aunque a un costo elevadísimo en términos de ingresos, nivel de vida y actividad económica? Y… no.

Porque resulta que uno de los instrumentos de reciclaje de las Lebac es otro engendro, las Letras de Liquidación (Leliq), que son como las Lebac pero sólo para bancos, con un plazo mucho más corto (7 días en vez de 30-60 días como la mayoría de las Lebac) y con una tasa de interés mucho más alta, ya que arrancó a un 73% y ahora anda por arriba del 60%, cuando las Lebac ya eran un quebradero de cabeza con tasas del 35-45%.(1) Y ojo, que la carta de intención firmada con el FMI estipula expresamente que esa tasa sólo puede bajar del 60% cuando las expectativas de inflación “bajen dos meses consecutivos”.

Hablando en plata: si las Lebac llegaron a apilarse en 1,3 billones de pesos, las Leliq están ya, ahora, en 676.000 millones de pesos, es decir, algo más de la mitad. Y según cálculos de economistas nada opositores, que calculan un descenso de la tasa de interés hasta el 45% de aquí a junio de 2019, sólo de intereses y sólo por las Leliq el BCRA debería pagar más de 460.000 millones de pesos (El Cronista Comercial, 19-11-18). La única posibilidad de que el BCRA evite esa montaña de pagos es… patear todo para adelante, es decir, convencer a los bancos de, en vez de cobrar los intereses e irse (¡en una inversión a siete días!), renovar la letra. Pero, claro, eso alivia el pago hoy pero genera una bola de intereses para mañana (o para la semana siguiente, más bien). Igualito que las Lebac. La única diferencia es que como el BCRA se comprometió a no prestarle plata al Tesoro (claro, ahora es “independiente”) y como seguramente no estará en situación de comprar dólares para las reservas, no tendrá necesidad de emisiones todavía mayores (como sí sucedía con las Lebac).

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Para darse una idea de la cifra, es prácticamente equivalente a todo el ajuste fiscal 2019 comprometido en el presupuesto de la vergüenza aprobado hace días. Así que vean si el chistecito de las Lebac no salió bien caro, y vean si las Leliq (a las que hay que sumarle otras letras como las Lecap) no pueden ser unas Lebac recargadas, 2.0 o como quieran llamarle.

 

Déficit cero, superávit cuatro y deuda “no sustentable”

Ya nos hemos referido en estas páginas al “razonamiento” falaz, ignorante, infantil e irremediablemente estúpido de que “un país no puede gastar más de lo que recauda”, y en consecuencia debe programar un presupuesto sin déficit. Toda la experiencia y la realidad actual del capitalismo internacional desmienten esa sandez, que encima se presenta con valor de axioma universal para todo tiempo y lugar. Aquí nos vamos a ocupar, entonces, de pinchar este nuevo globo amarillo desde otro ángulo.

Por lo pronto, la mayor trampa, es sabido, es presentar el presupuesto como si los pagos de la deuda no existieran: el “déficit cero” no incluye la cuenta de intereses de deuda. Por lo tanto, el déficit financiero real total no es cero, sino, a esta altura, el 4% del PBI por lo menos.(2) De modo que el falso déficit cero, sencillamente, no alcanza: si se quiere estar en verdaderas condiciones de iniciar el repago de la deuda, hace falta, como mínimo, un superávit real superior al 4% del PBI, ya que si es “sólo” del 4%, ése sería el verdadero “equilibrio”: se pueden pagar los intereses sin endeudarse, pero no sobra nada para achicar la deuda.

Por supuesto, un esquema de “devolución de deuda” a pura austeridad fiscal, además de social y políticamente delirante, es inviable incluso financieramente, como lo demuestra el genial “plan” el FMI le propuso a Grecia: ajuste fiscal continuo en función del servicio de deuda hasta el año 2060 (sí, dos mil sesenta). Una receta de ese tipo es la que le espera a Argentina en manos de Macri y Dujovne, o, para ser más honestos, de Lagarde y Cardarelli, el jefe del equipo del FMI instalado cómodamente en una oficina… en el piso de arriba del presidente del BCRA (si querían símbolos, ahí tienen).(3)

Y, como veremos ahora, el staff técnico del FMI no es el único en dudar de la “sostenibilidad” del esquema de deuda argentino, que según el versallesco lenguaje de Cardarelli y Cía. sí es “sustentable”, sólo que “con baja probabilidad”. Son muy explicables las razones políticas que les impiden decir, como correspondería en gramática humana, que “hay una alta probabilidad de que la deuda argentina no sea sustentable”, pero otros actores tienen menos compromisos.

Por ejemplo, el Banco Mundial, en su último informe titulado “De la incertidumbre conocida a los cisnes negros”, nos dice que Argentina ha batido el récord latinoamericano de ratio deuda pública/PBI, superando el 80%. El economista jefe del BM para la región, Carlos Vegh, señaló que “hay una situación de fragilidad”, que “el endeudamiento es preocupante” y que el principal problema es que la deuda llegue a “niveles insostenibles”, máxime cuando la entrada neta de capitales a la región se derrumbó. En todos esos rubros, la palma se la lleva Argentina.

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Pero incluso la cifra del BM ya es vieja, porque no incluye el ingreso del segundo tramo del stand by del FMI del 30 de octubre (5.630 millones de dólares). La consultora Ecolatina estima que a fin de este año, y suponiendo que los vencimiento de Letras del Tesoro se renueven íntegros, la deuda pública superará el 93% del PBI. Cifra que debe sumir, por supuesto, en 2019, al compás del mayor endeudamiento (seguirá entrando plata del FMI) y de la caída del PBI. En tanto, la calificadora internacional de riesgo Moody’s, fervorosa macrista si las hay, estima que la deuda estará en el 82% del PBI en 2018. Con un serio agravante: mientras en 2017 los acreedores privados internacionales (incluidos los organismos multilaterales) representaban deuda por el 30% del PBI, esa cifra se ha duplicado en la actualidad hasta casi el 60% del PBI (Ámbito Financiero, 20-11-18). Lo que significa, sencillamente, que la deuda pública es menos interna y más externa, menos en pesos y más en divisas, menos “intra Estado” y más con privados… en una palabra, menos manejable.

Otra consultora local, Delphos, teme que los “agentes del mercado”, hoy apaciguados, descubran súbitamente que todo puede irse a los quintos infiernos dado que “como en el resto de la economía, en el Banco Central los funcionarios parecen no tener plan B”, y advierten que es imprescindible una desaceleración de la inflación “antes de que el mercado conciba que la dinámica es insostenible”. También ellos identifican el peligro de los “pasivos remunerados” (esto es, Leliq, Lecap y tutti quanti), y el escenario más probable no es el “optimista” del BCRA, sino uno “negativo” en el que el total del déficit público “ascendería al 11,3% del PBI hacia fines de 2019” (Ámbito Financiero, 21-11-18).

Déficit cero… ¡ppffff!

 

 

Notas

  1. Aclaración técnica pero necesaria: esa tasa del 60-70% es la tasa nominal anual. El cálculo de la tasa a siete días se hace dividiendo esa cifra por 52 (la cantidad de semanas del año). Pero la tasa anual efectiva, por la magia del interés compuesto (algo que sabe cualquiera que haya renovado dos o tres meses un plazo fijo), siempre es mayor. En este caso, la tasa efectiva que debe pagar el BCRA supera el 100% anual. Este país es el paraíso de los financistas de todo el planeta.
  2. Naturalmente, tanto la proporción de pagos de deuda respecto del PBI como la relación deuda/PBI sólo pueden empeorar si, como va a ocurrir en 2019, no sólo la deuda crece sino que la economía decrece por la recesión. Aritmética elemental: se agranda el numerador (deuda total o pago de intereses) y se achica el denominador (PBI).
  3. Como ya señalamos en otra oportunidad, si a la deuda externa del Tesoro en divisas se le agrega la deuda interna “cuasifiscal” del BCRA en pesos y dólares, el total oscila entre el 8 y el 11% del PBI, según la mejor o peor voluntad del economista garca que haga la cuenta.
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