Victor Artavia
Historiador. Dirigente del Nuevo Partido Socialista de Costa Rica, miembro de la Corriente Internacional Socialismo o Barbarie.


De esta forma, la burguesía mexicana saldó cuentas con el dirigente campesino del Ejército Liberador del Sur, quien –junto con Pancho Villa en el norte del país- fuese la figura central de la revolución campesina que recorrió México entre 1910 y 1920.

En conmemoración de la lucha que encabezó Zapata, realizamos esta serie de artículos sobre el surgimiento y desarrollo del zapatismo como expresión del agrarismo radical durante la revolución mexicana[1]. En esta primera entrega analizaremos las causas que conllevaron a la radicalización del campesinado durante la revolución, de las cuales la corriente zapatista se erigió como el sector más radical y con elementos anticapitalistas en su programa sobre la tenencia de la tierra, algo muy profundo en un país dominado por las grandes haciendas que funcionaban como un Estado dentro del Estado.

 

La Revolución mexicana de 1910

La revolución mexicana inició con el llamamiento que Francisco Madero realizó en el Plan de San Luis Potosí, donde incitaba a la población para que se insurreccionara contra el dictador Porfirio Díaz el 20 de noviembre de 1910 a las 6 de la tarde. La misma formalidad de su convocatoria -que según el escritor Taibo II la convierte en “la revolución más anunciada del planeta”– era sintomática del encuadramiento político que le pretendió imprimir desde el comienzo la dirección burguesa maderista.

Madero era el principal representante de un sector de la burguesía que reclamaba una transición política en el Estado mexicano, la cual se veía obstaculizada por la negativa de Porfirio Díaz de retirarse de manera pactada del poder.

La burguesía maderista veía con preocupación la forma despótica con que Díaz ejercía el poder, la cual estaba causando un desgarramiento profundo del tejido social del país. Este desgarramiento tuvo dos manifestaciones sociales principales. Por un lado, significativos sectores de la burguesía nacional veían con recelo que las actividades industriales estaban bajo control de los capitales imperialistas, lo cual era favorecido por el régimen de Díaz. Esto impedía que un segmento de la oligarquía terrateniente pudiese constituirse también en empresarios industriales, de forma tal que resultaban marginados de las actividades económicas más rentables del país[2].

Por otro lado, el porfiriato había tensado al máximo las contradicciones sociales en el campo. Para 1910 -luego de treinta y cinco años de despojos violentos contra el campesinado- el 81% de todas las comunidades habitadas estaban bajo control de las haciendas, particularmente en el norte y sur del país. (Gilly, 1971). Junto con esto, bajo la impronta liberal que caracterizó a Díaz se implementó la política de los “científicos” o positivistas mexicanos, según la cual era preciso extirpar la cultura indígena del país debido a que la misma era un síntoma del subdesarrollo nacional. Todo esto hacía del campesinado el sector social más explosivo, cuya miseria económica se entrecruzaba con una profunda marginalidad sociocultural.

La combinación de todos estos factores provocó que Madero, a nombre de un sector de la burguesía mexicana, organizara y liderara una revolución tras el fraude electoral de Díaz en las elecciones de 1910. Desde un inicio el maderismo pretendió limitar la revolución a una disputa contra el reeleccionismo de Díaz, tratando de descomprimir la polarización política por medio de una figura burguesa de recambio. Pero otra realidad se presentaba entre la base campesina, la cual se sumó al levantamiento por la promesa de la repartición de tierras que se establecía en el punto tercero del Plan de San Luis.

Esta “doble revolución” causó preocupación entre la burguesía mexicana, que temía que se produjera un desborde por la izquierda a la dirección maderista. Su instinto de clase le indicaba que algo no andaba del todo bien, sospecha que se sustentaba en un elemento político real que se hizo cada vez más palpable con el avance de la revolución: Madero era la principal figura pública revolucionaria, pero de ninguna manera esto significaba que controlara plenamente a las milicias campesinas de todo el país, en particular a los campesinos del sur (donde tenía su base social Zapata).

A pesar de las pretensiones iniciales de Madero y compañía, la promesa de reforma agraria del Plan de San Luis desencadenó un nuevo estallido revolucionario de masas en el país. Al igual que en las luchas del siglo XIX (nos referimos a la guerra de independencia, las leyes de reforma y la guerra contra la ocupación francesa) el campesinado mexicano volvió a irrumpir abruptamente en el escenario político nacional, pero en esta ocasión su participación sería diferente, debido a que las experiencias previas generaron una maduración política en la masa campesina: “Detrás de la irrupción campesina, se precipitan y convergen en la revolución de 1910 desde el espíritu de frontera del norte hasta la persistencia de la memoria de las comunidades del sur y del centro, desde las guerras de masas de Hidalgo y Morelos hasta la expulsión del imperialismo francés por los hombres de Juárez, desde el fusilamiento de Maximiliano hasta las múltiples y anónimas sublevaciones locales, desde el desgarramiento exterior de la guerra del año 47 hasta el desgarramiento interior de la guerra del yaqui.” (Gilly, 1980: 26).

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Prueba de esto es la radicalidad con la cual las masas campesinas se sumaban a la revuelta, las cuales no eran del agrado de la burguesía –inclusive la maderista-. En el norte y en el sur del país, las tropas de campesinos armados retomaron las tierras que anteriormente les habían sido arrebatadas por los hacendados. Centurias de resentimiento social operaban detrás de la violencia revolucionaria. 

Ante esta nueva situación política, Porfirio Díaz optó por negociar su renuncia con Madero y firmó los acuerdos de Ciudad Juárez en mayo de 1911. De esta forma la burguesía mexicana pretendió cerrar la revolución y estabilizar de nuevo al país, aunque claro está, dejando intactas todas las instituciones y el funcionamiento del estado burgués que había creado Díaz. La mejor muestra de esto fue que Madero y la burguesía “revolucionaria” no tuvieron el menor reparo en dejar por fuera de los acuerdos toda referencia a la problemática de la tierra, con lo cual se veían frustradas nuevamente las aspiraciones campesinas. (Gilly, 1917)

A la hora de realizar esta nueva traición al campesinado, la burguesía mexicana apostó al liderazgo de Madero como figura revolucionaria para apaciguar a las masas. Pero como señalamos anteriormente, para 1910 muchas cosas habían cambiado y madurado desde la insurrecciones campesinas del siglo XIX. Los acuerdos de Ciudad Juárez significaron el final de la revolución burguesa de Madero, pero a la vez marcaron el comienzo de la revolución campesina, la de Zapata y luego la de Villa.

 

El Plan de Ayala y la revolución campesina

Tras la firma de los acuerdos de Ciudad Juárez, el objetivo político inmediato de Madero consistió en normalizar al país, empezando por el desarme de todos los campesinos. Tan sólo el Ejército Libertador del Sur, comandado por Emiliano Zapata, se negó a deponer sus armas debido a un razonamiento muy elemental pero profundamente político: no se habían repartido las tierras.

Toda la experiencia de resistencia campesina acumulada durante el siglo XIX produjo un desarrollo político inigualable en el campesinado mexicano. Y sin lugar a dudas, Zapata y su base social representaban el sector más avanzado de la revolución, cuya larga tradición de lucha les sirvió para construir sus propios organismos independientes de la burguesía: los pueblos campesinos. [3]

Esta es la gran particularidad del ejército campesino comandado por Zapata; funcionaba a partir de la democracia campesina, siendo los pueblos quienes tomaban las tierras y organizaban su repartición[4]: “Los pueblos, todavía vivos como centro de vida comunal de los campesinos en su resistencia de siglos al avance de las haciendas, fueron el organismo autónomo con que entraron naturalmente a la revolución los surianos. Todo eso se resumía en el grito con que Otilio Montaño proclamó la insurrección del sur: ‘¡Abajo haciendas y viva pueblos!’. Era un grito político, profundamente revolucionario, porque para los oídos campesinos hablaba no sólo de la recuperación y el reparto de tierras, sino también de la conquista de la capacidad de decidir, arrebatada a las haciendas como encarnación local del poder omnímodo del Estado nacional y entregada a los pueblos” (Gilly, 1980: 33)

Lo anterior da cuentas de por qué el zapatismo fue el único sector campesino que no depuso sus armas ante el llamado de Madero ni de los venideros gobiernos burgueses. Pero más importante aún, es lo que nos explica que, contra todo cálculo político, el Ejército Libertador del Sur optara por continuar la lucha armada contra el nuevo gobierno hasta obtener la reforma agraria. Esto marcaría un punto de quiebre en el desarrollo posterior de la revolución, puesto que significaría la continuidad de la misma (Gilly, 1980).

La independencia política del zapatismo con respecto a la burguesía y su funcionamiento democrático a través de los pueblos, se materializó en la formulación del Plan de Ayala de 1911. Este programa campesino marcaría el nacimiento del zapatismo como corriente política revolucionaria y fue el instrumento político a partir del cual sostuvo de manera aislada su enfrentamiento militar contra el gobierno de Madero durante un año y nueve meses (1911-1913), y posteriormente se transformaría en el eje centralizador para el conjunto del campesinado mexicano en su lucha contra el ala burguesa de Venustiano Carranza.

Este plan sintetiza las más avanzadas conclusiones políticas que elaboró el campesinado durante la revolución mexicana. Se enfocaba exclusivamente en resolver el tema de la tierra y no se planteaba la destrucción del capitalismo mexicano, pero era profundamente radical al plantear la expropiación de todos los bienes de quienes se opusieran a la revolución –es decir, todos los hacendados- y se traía abajo la lógica jurídica burguesa al señalar que se repartiría inmediatamente la tierra a los campesinos, y luego los hacendados tendrían que demostrar su derecho de propiedad para recuperarlas: “En el Plan de Ayala se dispone que la tierra se repartirá de inmediato y que posteriormente serán los terratenientes expropiados quienes deberán presentarse ante los tribunales para justificar el derecho que invocan a la tierra que ya les ha sido quitada. Es decir, al principio burgués de ‘primero se discute y después se reparte’, los campesinos surianos opusieron el principio revolucionario de ‘primero se reparte y después se discute’ (…) Esta inversión radical constituye una subversión de la juridicidad burguesa.” (Gilly, 1980: 34)

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La esencia de sus propuestas hacen del Plan de Ayala un programa agrario empíricamente anti-capitalista. A diferencia de las anteriores revoluciones campesinas que sirvieron para abrirle paso al desarrollo del capitalismo mexicano, la revolución zapatista –aunque no se lo planteara conscientemente- atacaba las bases fundamentales del capitalismo nacional (Gilly, 1971). Esta dinámica anti-capitalista del zapatismo se profundizaría durante el enfrentamiento contra las burguesía –en sus diferentes facciones-, lo cual se puede apreciar en una carta del general Manuel Palafox escrita en setiembre de 1914, donde a nuestro gusto sentencia con una frase el verdadero sentir del campesinado suriano durante la revolución: “por humanidad es preferible que se mueran de hambre miles de burgueses y no millones de proletarios, pues es lo que aconseja la sana moral” (Gilly, 1971: 125)

Este tipo de posicionamientos políticos explican por qué el zapatismo se transformó en el principal objetivo político-militar del gobierno “revolucionario” de Madero y del conjunto de la burguesía mexicana en los años venideros.

 

A pesar de la enorme fuerza social que representaba el campesinado y la radicalidad del zapatismo como dirección política  (sintetizado en el Plan de Ayala), las perspectivas de Emiliano Zapata no lograron sobreponerse a los límites de clase del campesinado. Incluso cuando se produjo la unidad con Pancho Villa (el caudillo campesino del norte), destruyeron al ejército burgués y tomaron el Palacio Nacional (epicentro del poder burgués mexicano), ambos se fueron a sus lugares de origen y no tendieron puentes con la clase trabajadora de las ciudades. Esto posibilitó que la burguesía mexicana, aunque golpeada militarmente, se rearmara y con claridad estratégica en la lucha por el poder, fuera reconquistando plazas para luego acabar con ambos sectores campesinos y sellara la derrota de la revolución campesina en 1920.

 

BIBLIOGRAFIA

 

  • Alba, Oscar. La Revolución Mexicana de 1910. Socialismo o Barbarie, periódico, 13/12/07.

 

  • Azuela, Mariano. Los de Abajo. Ediciones Cátedra. Madrid, España: 1985.

 

  • Burn, Kathryn. “Desestabilizando la raza”, páginas 35-54 en Formaciones de indianidad: articulaciones raciales, mestizaje y nación en América Latina. Editorial Envion, 2008.

 

  • Fernández, Octavio. “Qué ha sido y adónde va la revolución mexicana” en Escritos Latinoamericanos. CEIP. Buenos Aires, Argentina: 2000.

 

  • Gilly, Adolfo. La revolución interrumpida. México D.F. Ediciones el caballito: 1971.

 

  • “La guerra de clases en la revolución mexicana (Revolución Permanente y auto-organización de las masas)” en Interpretaciones de la revolución mexicana. Editorial Nueva Imagen. México D.F.:1980.

 

  • Juárez, Martín. “Apuntes para una interpretación de la Revolución Mexicana” en Estrategia Internacional 24. Publicación de la Fracción Buenos Aires, Argentina: 2007.

 

  • Lynch, John. Las revoluciones hispanoamericanas 1808-1826. Editorial Ariel. Barcelona, España: 1997.

 

  • Marx, Carlos, y Engels, Federico. Manifiesto del partido comunista. Editado por Centro Internacional del Trotskismo Ortodoxo. Sin data. Bogotá, Colombia.

 

  • Ramírez, Roberto. “Cuba frente a una encrucijada” en Socialismo o Barbarie 22. Publicación de la Corriente Internacional Socialismo o Barbarie. Buenos Aires, Argentina: 2008.

 

  • Sáenz, Roberto. “China 1949: revolución campesina anticapitalista” en Socialismo o Barbarie 19. Publicación de la Corriente Internacional Socialismo o Barbarie. Buenos Aires, Argentina: 2005.

 

  • Taibo II, Paco Ignacio. Pancho Villa. Una biografía narrativa. Editorial Planeta mexicana. México D.F.: 2006.

 

  • Trotsky, León (a). “La industria nacionalizada y la administración obrera” en Escritos Latinoamericanos. CEIP. Buenos Aires, Argentina: 2000.

 

  • ____________ (b). “La revolución permanente” en La teoría de la revolución permanente. Compilación. Buenos Aires, Argentina: 2000.

 

  • Wolf, Eric R. Las luchas campesinas del siglo XX. Siglo veintiuno editores. México D.F.: 1972.

 

 

[1] Para una visión global de este importante proceso revolucionario latinoamericano, remitimos a nuestro artículo “México 1910: una historia que contar, una herencia que reivindicar”, publicado en la revista Socialismo o Barbarie n° 23/24, disponible en http://socialismo-o-barbarie.org/revista_23_24/100300_273_mexico.pdf).

 

[2] Francisco Madero hacía parte de estos burgueses anti-reeleccionistas que se veían afectados por las políticas del gobierno que favorecían al capital extranjero. En alguna medida, esto explica la confusa intervención del imperialismo durante la revolución mexicana, puesto que la burguesía que luchaba contra los ejércitos campesinos era de corte “anti-imperialista”. Además, cuando explota la I Guerra Mundial el imperialismo mundial se volcó de lleno a defender sus intereses principales, por eso México no tuvo tanta importancia en la política internacional. Los EUA asumieron la defensa de los intereses imperialistas en México, pero su poca experiencia los llevó a divagar sobre qué sector apoyar: apoyaron a Madero contra Díaz; luego a Huerta para frenar la revolución y finalmente se decantarían por Carranza contra Villa y Zapata, puesto que éste representaba los intereses históricos de la burguesía, aunque tuviera roces con el gobierno estadounidense. (Gilly, 1971)

[3] De hecho, Zapata era la síntesis personificada de esa larga tradición de resistencia campesina, puesto que sus familiares habían participado activamente en la guerra de independencia y en la guerra contra la invasión francesa.

[4] La democracia campesina zapatista es sin lugar a dudas un elemento central que explica la particularidad de la revolución mexicana. Por ejemplo, marca un punto de diferenciación medular con respecto a la revolución campesina china de 1949, puesto que el ejército de Mao funcionaba de manera burocrática.

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