Hemos hecho escuelas teóricas entendiendo que la política incluye la teoría, los fines de nuestra acción: el balance de la revolución permanente, el socialismo, la teoría de la transición, etc. La teoría es, hasta cierto punto, una generalización de la experiencia; siempre se refiere a un objeto real, sea del cosmos o la política.

En este marco, también hemos hecho escuelas políticas, en el sentido de que su centro es una reflexión sobre nuestra acción: ahí están los textos de Ciencia y arte de la política revolucionaria, “Cuestiones de estrategia” y “Lenin en el siglo XXI”; escuelas, textos, a los cuales ahora queremos agregarles, específicamente, esta reflexión sobre guerra, política y partido.

Sumar una reflexión, un eslabón que tiene que ver con aquellos momentos en los que la política se transforma, abiertamente, en guerra civil, del hecho político al hecho físico, y qué leyes gobiernas estas relaciones.

Una “escuela política” tiene que ver con nuestro quehacer cotidiano. Y esa experiencia nos remite al quehacer de los revolucionarios del siglo XX. Sobre todo su primera mitad, que es muy rica y de la cual tenemos mucho que aprender.

Tenemos que apropiarnos de ese quehacer. Porque nuestro quehacer, nuestra experiencia, está todavía acotado por los límites de nuestra realidad objetiva; aunque los desarrollos muestran ya una tendencia a extremarse cuando imaginamos el mundo de la “pos-pandemia”[1].

Entonces, hemos hecho relativamente pocas escuelas estrictamente políticas. Y esta escuela en particular no es tanto una escuela sobre estrategias (porque el debate estratégico propiamente dicho tiene que ver con un ordenamiento para cierto fin) sino más bien una escuela sobre las interrelaciones entre guerra, política y partido revolucionario, una temática que creemos de enorme actualidad frente al escenario que viene.

Es un desafío avanzar en una temática que hemos procesado menos. Fuimos introduciendo algunas cuestiones en varios textos; abordamos el siglo XX como para tratar el problema de la guerra civil.

Importa sobre todo formar a la generación joven. La generación más grande vivió elementos de guerra civil en los años setenta; la transformación de la política en “guerra civil”, en lucha física.

Esto se vivió en los ‘70. Pero muchísimo menos en las últimas décadas. Ha sido un período dominado por el “pacifismo”, por la democracia burguesa. Se ha quebrado poco la barrera de la acción política mediatizada para pasar a la “lucha física”.

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Sin embargo, esa viene siendo la novedad: la política comienza a forjarse más en las calles[2]. En la acción directa, en el choque entre las masas movilizadas y la represión estatal, en los golpes de Estado, en la apelación a las “instituciones pétreas” del Estado, los “Estados de excepción” en medio de la actual pandemia, etcétera.

De ahí que el tema de esta escuela sea que empecemos a abordar una reflexión sobre este tipo de circunstancias. Introducir una reflexión sobre la política y la acción en condiciones de más contacto entre las clases, de más enfrentamiento. Tratar de evaluar qué leyes, qué reglas del juego gobiernan esas determinaciones. ¿Qué es lo que ordena esas circunstancias de lucha de clases más directa?

El trasfondo de esta reflexión son los desarrollos que estamos viviendo en el mundo: la tercera oleada de rebelión popular que, en un contexto de giro a la derecha internacional multiplicado en lo inmediato por la pandemia, ha dado lugar a una mayor dureza en la lucha de clases; más polarización y radicalización en los desarrollos.

Es esto lo que estuvo procesándose en Francia, Chile, Colombia, Ecuador, Bolivia, Catalunya, los varios países del Mundo Árabe, Hong Kong, etcétera, a finales del año pasado, mostrando tanto una acumulación de experiencias como carencias en materia de la centralidad de la clase obrera y de subjetividad revolucionaria[3].

Una experiencia de enfrentamientos bastante radicalizada comandada por determinaciones políticas como corresponde a toda acción, pero donde se vivieron “elementos de mayor contacto entre las clases”.

Una experiencia de traducción de la política en una “pequeña maniobra”: avanzar, retroceder, etc., tal cual lo vivimos también en diciembre del 2001; cierta traducción de la política en acción directa, una tendencia que podría incrementarse en el mundo pos-pandemia que se viene.

Para esta reflexión nos vamos a apoyar en algunos autores clásicos. Seguramente Clausewitz les resultó arduo. Trotsky es mucho más accesible porque es más político, obviamente (habla en un lenguaje que nos resulta más familiar).

Es un debate en el cual intentamos entrar de la manera más objetiva posible, desde nuestras concepciones. Busca preparar al partido y la corriente para una lucha de clases más dura.

Todos los elementos indican que se va a una lucha de clases más directa, con más contacto, con más enfrentamientos. Y esta charla es una introducción sobre las temáticas que va a tratar la escuela (política, guerra civil y partido). Hay un primer capítulo que es «política y guerra» y luego uno segundo «guerra y política»; un par dialéctico que hay que ver cómo funciona.

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Para nosotros funciona desde la política. Clausewitz es el pensador de la guerra más político que hay. Algo paradójico: es uno de los pensadores más profundos sobre el fenómeno de la guerra y es totalmente “antimilitarista”; no hace ningún fetiche de la misma[4].

Claro que, al mismo tiempo, tampoco se trata de diluir la especificidad de la guerra. Nos interesa entender, más bien, las leyes que gobiernan la transformación de una en otra.

Por lo demás, nuestra escuela es sobre política, guerra y partido porque sin este último término -sin el partido- todo quedaría abstracto, especulativo, no “práctico”.

 

 

[1] Esto remite a la oleada de rebeliones que vivimos a finales del 2019 internacionalmente, y que enseñan circunstancias de mayor contacto entre las clases amén que muestren, todavía, limitaciones subjetivas.

[2] En realidad, la política se está forjando en una dialéctica que combina las instituciones parlamentarias, las acciones directas realizadas simbólicamente frente a las instituciones del poder y la lucha política vinculada a la representación de los grandes sectores de masas. No se trata de una política forjada exclusivamente en las instancias institucionales –como los países “normales” de los que tanto gusta hablar a las clases dominantes– ni en un terreno ya, por supuesto, de abierta y directa puesta en pie de organismos independientes, lo que ya nos estaría colocando en situaciones de crisis revolucionaria o doble poder, que aún no son la tónica pero que podrían estar por delante en el nuevo mundo que está creando el coronavirus.

[3] Atención que en el caso boliviano y otros –ver la “primera línea en Chile– comienzan a emerger embriones de organismos alternativos aunque la conciencia de clase política viene más atrás, lo mismo que la construcción de partido. Para profundizar en las características del actual ciclo de rebeliones remitimos a un texto relativamente “antiguo” pero de plena actualidad: “¿Cómo se crea una revolución?” (de nuestra autoría y publicado recientemente en www.izquierdaweb).

[4] Carl Schmitt destaca, en este sentido, el “célebre capítulo 6 B del libro VIII” de De la guerra donde Clausewitz insiste en la definición de la guerra como un instrumento de la política.

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