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Editor en Jefe del portal IzquierdaWeb - Noticias de los trabajadores, las mujeres y la juventud.

José Luís Rojo

“El economista Carlos Melconian, quien aún mantiene un contacto regular con Macri, habló esta semana de ‘régimen de transición’. Es la misma expresión que utilizan las calificadoras del mercado para referirse a la Argentina. Aluden al período que va desde el reciente acuerdo con el FMI hasta las elecciones de 2019, la brecha en que el país tiene cubierta sus necesidades de financiamiento por los desembolsos que anunció Christine Lagarde (…) Emerge entonces una pregunta central (…) ¿qué dinámica terminará dominando la realidad argentina durante el período de transición? ¿La que propone el gobierno, basada en la paciente aceptación social del ajuste (…)? ¿O por el contrario prevalecerá el malhumor creciente generado por el interminable círculo de subas de tarifas-inflación-recesión, que asfixia a sectores importantes de la sociedad y que derivaría nuevamente en alguna forma de populismo económico” (Jorge Lliotti, La Nación, 4/11/18)

El próximo 10 de diciembre se cumplirá tres años de Macri en el gobierno. Como reza el título de este texto, se tratará de la paradójica continuidad de un gobierno en gran medida fracasado, que este año pasó por el peor año de su gestión.

Lo que presentaremos a continuación es una minuta para el debate nacional de nuestro VIII Congreso Nacional, mediante la cual queremos hacer parte a todos los simpatizantes y amigos de nuestro partido y que está enfocado con la idea de, partiendo de la coyuntura, y también a modo de “resumen” o balance de lo actuado hasta aquí por Macri, poner como una especie de “mira telescópica” que nos permita adelantar algunas de las tendencias que se vienen en el país.

Como es evidente, ninguno de los desarrollos nacionales pueden ser apreciados hoy sin tener en cuenta la reciente elección de Bolsonaro. La Argentina no es Brasil, pero es evidente el impacto que ha tenido su elección presidencial en toda la región. Razón de más para estudiar este documento a continuación de los textos presentados sobre Brasil la semana pasada en esta misma prensa.

 

Introducción

 

El cambio de coyuntura que ha significado el triunfo de Bolsonaro en Brasil, sumado a la segura aprobación del presupuesto en senadores, adelantan el calendario electoral en la Argentina. Esto ocurrirá en medio de la profundización de la crisis económica y social, y la eventualidad de luchas y desbordes.

El país se encamina así a un 2019 donde se vivirá una suerte de “coyuntura mixta”: convivirán las tendencias a la crisis económica y social subproducto del ajuste impuesto mediante el acuerdo con el FMI, con el encaminamiento electoral. Todo esto sin descartar agudos conflictos sociales más allá del convicto y confeso rol de contención de las direcciones sindicales burocráticas de todos los colores y de todas las expresiones de la oposición política (incluyendo en esto a los K). El reciente acuerdo de la CGT para “levantar el paro” (¡un paro que en realidad no estuvieron nunca dispuestos a convocar!) a cambio de un impreciso bono por $5000 en dos cuotas es solo la última muestra de su pusilanimidad[1].

Sin embargo, más allá de la coyuntura, el gobierno de Macri es un fracaso en gran medida. Ha reinstalado el pleno imperio de la ley del valor en la economía: es decir, la ha colocado bajo férreos criterios de ganancia empresaria: de ahí la eliminación de subsidios y la apelación a que se pague los servicios y cualquier otra cosa “por lo que valen”.

Sin embargo, como tal, su gestión económico-social es un fracaso (al menos hasta esta parte), como lo afirman incluso los propios empresarios. No ha logrado imponer grandes transformaciones estructurales: es decir, contrarreformas legalizadas vía el Congreso Nacional. El grado de derrota y regresión social que exigen la burguesía y el imperialismo para “hacer competitivo” el país, se encontró permanentemente con las relaciones de fuerzas. En esto la dinámica Argentina ha sido divergente del Brasil[2].

Entre esas relaciones de fuerzas y las limitaciones de la economía nacional e internacional, amén de las veleidades reeleccionistas, fracasó el gradualismo[3]. Posteriormente, a partir de la interminable corrida contra el peso iniciada en abril, se terminó imponiendo desordenadamente una “lógica de shock”: no solamente con un dramático costo económico-social, sino abriendo interrogantes sobre qué saldrá de las elecciones del 2019 (un factor evidente de imprevisibilidad).

Entre una base económica endeble y las relaciones de fuerzas, como para mediatizar los desarrollos, estuvo (¡y está!) el rol de contención del peronismo, el kirchnerismo, las Iglesia Católica (ya veremos más adelante el rol distintivo de los evangélicos) y todas las alas de la burocracia sindical, amen de los medios de comunicación masivos, cada uno siguiendo su libreto. Entre todos ellos, pero sobre todo la burocracia y los K (con su campaña/justificación del “Hay 2019), se las arreglaron para evitar una salida anticipada de Macri. Salida anticipada que parece una perspectiva cerrada en estos momentos[4].

Para el próximo año se viene un escenario electoral “tripartito”: el macrismo y las dos alas del peronismo (PJ y los K), sin que se pueda saber por anticipado (aún falta muchísimo para las elecciones), quien se impondrá; siquiera se puede adelantar quien disputará la segunda vuelta (al ir dividido el peronismo, Cambiemos podría mantener aspiraciones hasta el final).

En cualquier caso, los desarrollos en el país dependerán también –aunque nunca mecánicamente- de lo que ocurra en el mundo y la región el próximo año. La coyuntura regional se encuentra girada a la derecha. El triunfo de Bolsonaro en Brasil parece consolidar estas tendencias.

Al mismo tiempo, la economía mundial no parece ir bien y se está viviendo una renovada crisis de la deuda externa en los países emergentes, lo que podría venir a desestabilizar las cosas con resultados inciertos.

Así las cosas, de una coyuntura regional reaccionaria podríamos estar pasando a un ciclo derechista; ciclo derechista que, al menos en Brasil, coloca la eventualidad de un desborde de la democracia burguesa por derecha.

Con ser este un desplazamiento grave de los acontecimientos, no es la única realidad: Argentina no es Brasil. Como hemos señalado muchas veces, un movimiento pendular que se desplaza muy hacia la derecha puede rebotar más a la izquierda que el “reformismo descremado” que se vivió en la primera década y media del siglo XXI en la región.

Un reformismo descremado y cretino de la institucionalidad, que es el primer responsable del ascenso de los “Bolsonaros” que hay en la región y el mundo. Porque una inocultable clave de la votación a Bolsonaro de millones de ex votantes petistas desengañados es que después de 14 años en el poder, no se puede anotar una sola transformación de fondo en Brasil[5].

En la Argentina no hay por ahora hipótesis de una figura tipo Bolsonaro. Esto no quiere decir que las campañas de Cambiemos y el PJ no vayan a tocar acordes reaccionarios anti-inmigrantes y represivos como se puede ver ya en declaraciones de Pichetto (“a los inmigrantes que delinquen hay que echarlos a patadas”), Bullrich (“el que quiere andar armado, que ande armado”), o Massa (“Bolsonaro puso primero a Brasil”)…

En cualquier caso, las relaciones de fuerzas y las tradiciones de lucha en el país, aun a pesar del criminal rol de contención de las direcciones, y también del impacto de lo que vaya a ocurrir en Brasil, adelantan un procesamiento nacional de las tendencias internacionales menos corrido hacia la derecha[6].

No hay que olvidarse, tampoco, que como señalamos en nuestro documento internacional, el mundo vive un corrimiento dominante hacia la derecha, pero también están en obra fuertes tendencias de “bipolaridad” desde la izquierda, tendencias que se expresan en el movimiento de mujeres, el ascenso de la juventud y las nuevas generaciones, así como toda suerte de fenómenos políticos y políticos-electorales (ver ahora, por ejemplo, la elección de Alexandria Ocasio-Cortez por adentro de los demócratas).

La izquierda revolucionaria tiene un lugar ganado de trascendencia en nuestro país. Su ubicación política sigue estando en discordancia con su peso orgánico real: un auditorio político y político-electoral de una franja minoritaria de masas, y un peso orgánico de amplia vanguardia.

Sin embargo, en un escenario general donde las cosas tienden a extremarse, donde se va al experimento de un gobierno de extrema derecha en Brasil, la izquierda debe prepararse para desafíos mayores. No solamente hay que sacudirse la “modorra” de años de actuación bajo condiciones más o menos normales de la democracia burguesa; también hay que madurar para estar listos para una eventual onda de radicalización política como hace décadas no se vive en la región.

La unidad de acción contra los zarpazos reaccionarios y derechistas debe ser reafirmada. Lo mismo que la más completa independencia política de todo sector patronal. Si debemos sostener la exigencia y la denuncia sobre las direcciones tradicionales así como la acción unitaria cuando se deciden a movilizar, al mismo tiempo hay que pugnar por desbordarlas reafirmando el polo independiente, de clase: defendemos las conquistas democráticas y sociales frente al acecho derechista; pero no aceptamos el chantaje de los reformistas responsables últimos del ascenso de los “bolsonaro”.

Se viene un año de tareas mixtas: la campaña electoral que se adelanta será de enorme importancia para el curso del ciclo político más general del país, con impacto y / o contrapeso sobre la región, lo mismo que habrá que ir viendo como se procesa la crisis económica y social por abajo alentando la salida a luchar contra el ajuste.

No vemos muchos escenarios de unidad de acción dada la política criminar de la burocracia sindical y mismo los k; una política criminal expresada a lo largo de este año en el “Hay 2019” y que garantizó la continuidad de Macri. Los mismo hicieron el PT y la CUT el año pasado en Brasil: “Hay 2018” decían y les salió un Bolsonaro…

Estaremos en la primera fila unitaria cuando se trate de salir a la pelea efectiva, lo mismo que alentaremos el desborde. En el terreno electoral nuestra orientación será un implacable ni-ni: ¡ni Macri, ni Pichetto (o cualquier otra variante pejotista), Ni Cristina: vamos por la unidad de la izquierda clasista!

Nuestro partido está recorriendo un nuevo salto en sus filas. Nuestro balance del último años es extraordinario. Vamos a encarar las tareas del 2019 para hacer del Nuevo MAS uno de los principales partidos de la izquierda argentina.

 

La coyuntura se da vuelta

 

En las últimas semanas la coyuntura nacional se ha dado vuelta. La mayoría de los elementos que la constituyen siguen presentes, pero han comenzado a ordenarse de una manera diferente. Es lo habitual: cuando una coyuntura no termina siendo explotada por la izquierda, comienza a rebotar hacia la derecha. La realidad es dinámica; nunca se queda quieta marcando el paso.

Los factores de este giro son bastante claros. El primero y determinante, es el triunfo de Bolsonaro en Brasil, un país de dimensiones continentales, la principal potencia Latinoamericana. Entre Brasil y la Argentina siempre ha habido relaciones de mutua interdependencia; en algunos casos es nuestro país el que marca cierta tónica en Brasil; en otros casos es al revés. Lo que nunca ocurre es que los acontecimientos en uno pasen desapercibidos en el otro.

Cuando el impacto del Argentinazo en Brasil, la burguesía encontró como mejor alternativa un gobierno preventivo de Lula, que cumplió su tarea y evitó una radicalización en el país hermano: en Brasil no hubo rebelión popular.

Ahora la presión se ejerce en el sentido inverso: todo el año Macri estuvo en la cuerda floja. Y, si no cayó, fue por la exclusiva responsabilidad del PJ, los K y la burocracia, enseguida volveremos sobre esto. Pero llegando a fin de año, Macri se ha sostenido.

Y ahora le ha llegado la buena noticia del triunfo de Bolsonaro: “Jair Bolsonaro es una pregunta sin respuesta para el mundo, pero no deja de ser una buena noticia para Macri. La otra opción era peor, no por el candidato Fernando Haddad, un intelectual al que el presidente argentino frecuentó cuando era alcalde de la ciudad de San Pablo. Pero el triunfo del PT hubiera sido leído por el kirchnerismo como una victoria propia. Como el comienzo del regreso, tal vez, de una corriente afín en el sur de América” (Joaquín Morales Solá, “Bolsonaro, una buena noticia para Macri”, La Nación, 31/10/18).

Al inevitable impacto de Bolsonaro se le suman elementos nacionales. Primero, la aprobación del presupuesto nacional para el año que viene, que con idas y vueltas y tironéos, cuenta con el apoyo de la mayoría de los gobernadores del PJ. Patrocinado por Trump, el FMI, y toda la patronal, el presupuesto es parte de un plan de ajuste mayor: el giro al déficit cero para evitar que el país caiga en cesación de pagos (al menos hasta finales del año que viene)[7].

La burocracia se encargó de “vaciar” las calles para la sesión del 24 de octubre. En realidad, se congregaron decenas de miles de personas. Pero no alcanzó frente al sólido acuerdo por arriba para que el presupuesto pase. “Sólido” acuerdo fundado en necesidades mutuas, y en concesiones de Macri a los gobernadores (que le abrieron una crisis con Vidal).

Hubieran hecho falta un millón de personas para derrotarlo. Y podría haber habido ese millón si se trabajaba en ese sentido. Pero cuando la burocracia se avivó de lo que podía venirse, de que podría ocurrir un escenario tipo diciembre, en conjunto con la Iglesia Católica inventaron una maniobra distractora.

Convocaron para el sábado 20 de octubre un acto “político-religioso” en Lujan, al cual llevaron la base trabajadora a hacer nada: solo para adormecer su conciencia política y luchadora. Al mismo tiempo, sumando vergüenza al bochorno, la CGT declaró que “el jueves 25/10 le pondría fecha a un paro general de 36 horas con movilización” en … noviembre; un verso que ahora negocian “levantar” por chirolas.

El kirchnerismo hizo un show en diputados ese día, y movilizó algo de su base política. Pero se cuidó de no volcar peso social real en las calles; calles que igualmente estuvieron “calientes” aunque no alcanzó. Aquí hay que tomar nota entre otras cosas que incluso los K, que vendrían a ser algo así como la oposición burguesa más “radicalizada” están por “renegociar el acuerdo con el FMI”, no por romper con el mismo.

El criterio de gobernabilidad (capitalista), está por encima de todas las cosas: ningún actor de los de arriba saca los pies de ese plato. Por lo menos, ningún de los actores que responde a los criterios del “progresismo” o de la oposición burguesa normal. Otra historia es el caso de la extrema derecha tipo Bolsonaro, que sí cuestiona –¡y de manera estridente!- las “reglas de juego”, lo que hace más repugnante aun la pleitesía que le rinden al juego institucional los “reformistas”.

En todo caso, y como hemos marcado en nuestro documento internacional, la izquierda revolucionaria obviamente no cuestiona toda democracia –como sí lo hace la extrema derecha-: defiende la superación de la democracia burguesa por parte de la democracia obrera ejercida en las calles y lugares de trabajo.

Para el cambio de coyuntura debemos sumar un tercer elemento: el frenazo en senadores de la ley del derecho al aborto. Las jornadas del 13J y el 8A fueron históricas y se logró una mayoría social a favor de este derecho elemental. El movimiento por el derecho al aborto se hizo de masas simbolizado en la marea de pañuelos verdes.

Sin embargo, cuando la cosa amenazaba con desbordarse y conquistarse el derecho al aborto, el gobierno se rearmó y montó una contraofensiva: pasó un acuerdo con las iglesias católicas y evangélicas, la burocracia sindical traidora, la CTEP y con porciones enteras del peronismo; así frenaron la cosa en el senado.

La “derrota” del derecho al aborto en el Congreso, una “jugada” de todas maneras estúpida de Macri, que terminó instalando el debate por el aborto en el escenario nacional, está dando lugar ahora a una “contra ola reaccionaria” motorizada sobre todo desde el Brasil, pero que ha encontrado puntos de apoyo aquí entre los sectores más reaccionarios[8].

Las cosas en la Argentina este año han estado como “invertidas”: el polo más dinámico fue el de la crisis y la eventual salida anticipada de Macri, y el “bi-polo” ha sido el de su sostenimiento, el ajuste brutal y la contraofensiva reaccionaria y oscurantista de la campaña contra la “ideología de genero”. Lo concreto es que en estos momentos, estas dinámicas podrían “normalizarse”. Aunque atención que la Argentina es la Argentina: un país cuyas relaciones de fuerzas siguen sin estar resueltas.

A duras penas, el gobierno parece estar recuperando algo parecido a una “iniciativa” (exánime por cierto). Y en el terreno de los derechos de las mujeres se vive, repetimos, una cierta contraofensiva de los sectores más oscurantistas.

En algunos aspectos el gobierno ha debido soltar lastre (lo cual también es una medida de las cosas): por ejemplo, “mediatizando” en parte el ajuste del gasto por la vía de aumentos en los impuestos o convalidando aumentos paritarios del 40% como en los casos de Camioneros y Judiciales (que no quita que los salarios reales promedios caigan este año en algo en torno al 10%; volveremos más adelante sobre esto).

El gobierno ha sacrificado popularidad para parar la corrida con un durísimo ajuste pactado con el FMI. Ha debido hacerlo al costo, incluso, de crecientes desavenencias internas no solo en Cambiemos, sino en el PRO (ver las peleas crecientes entre Macri y Vidal).

En síntesis: la coyuntura se ha dado vuelta (al menos, en lo inmediato). Si el presupuesto se aprueba en el senado, aun con todo lo que de “formal” tendrá (es decir: sujeto a tironéos en las legislaturas provinciales y los lugares de trabajo), significará un costoso triunfo político para Macri (una cierta “institucionalización” de la política de shocK).

Además, el G-20 significará una “militarización” del país por algunas jornadas; un palco privilegiado para que Macri se muestre con las principales autoridades del mundo.

Pero ni aun así las “bombas” están todas desactivadas: diciembre ronda por el imaginario popular como un mes en el que podrían haber estallidos sociales conforme muchas familias trabajadoras no tengan nada que poner sobre la mesa.

Y, sobre todo, a pesar de “factores estabilizadores” como el encaminamiento electoral, la crisis económica-social está comenzando recién ahora a hacer impacto pleno, lo que augura meses de “malaria”, descontento y eventuales desbordes sociales[9] (de ahí las reiteradas advertencias de la Iglesia Católica[10]).

Aunque la coyuntura puede haberse dado vuelta transitoriamente, el balance del gobierno es un fracaso. Un fracaso que visto el contexto económico internacional deteriorado que se avecina (así como los potenciales cuestionamientos de Bolsonaro al Mercosur; principal destino de las exportaciones argentinas), abre interrogantes sobre cómo será 2019.

En todo caso nuestra apreciación es que se abre una coyuntura mixta donde el encaminamiento electoral convivirá con fuertes “ramalazos” de crisis económica, social y política.

 

Un gobierno “fracasado”

 

Dediquémonos ahora a poner a prueba la definición que titula este punto. Cuando ponemos comillas a la palabra “fracasado” no es porque queramos negarla, sino simplemente para dar cuenta de un fenómeno algo más contradictorio, pero que evidencia sin duda un fracaso[11].

Macri logró avances en el sentido de una redistribución regresiva de los ingresos, pero el efecto final de estos tres años de gestión ha sido una desestabilización de la situación económica, social y política del país; un fracaso en llevarla a un puerto seguro.

El elemento clave aquí se organiza alrededor de la idea que la aguda crisis vivida este año ha sido una “crisis auto-inducida”. Veamos qué queremos decir con esto.

Al llegar Macri al gobierno a finales del 2015 comenzó a aplicar un modelo económico neoliberal casi “de manual” (demasiado de manual podría decirse[12]). Desde el vamos nuestro partido lo definió marcando una ruptura respecto del kirchnerismo: un gobierno burgués normal y hasta reaccionario por oposición a un gobierno burgués de mediación.

Esta ruptura venía a marcar también una inflexión regional, inflexión que se confirmaría –¡y con creces!- con el “golpe parlamentario” durante el 2016 contra Dilma Rousseff, y la asunción del gobierno espurio Michael Temer.

Macri tomó la decisión de unificar el mercado del dólar (aun sin contar con las reservas suficientes); pocos meses después el Congreso Nacional le votó en pleno (salvo los K) el pago de 10.000 millones de dólares a los fondos buitre; eliminó las retenciones a las exportaciones agrarias, mineras e industriales; comenzó un plan de reducción de las retenciones a la soja (única retención agraria mantenida); también un aumento gradual de las tarifas de los servicios públicos; etcétera: medidas todas caracterizadas por una transferencia regresiva de recursos[13].

Sin embargo, le costó endosar la totalidad del ajuste a las masas. El clima político se corrió a centroderecha: abundaron los reflejos reaccionarios entre los sectores medios y los trabajadores (las clases medias arrastrando a los trabajadores), reflejos del tipo de rechazar el “sostener a los vagos que no trabajan”, seguridad, corrupción, etcétera.

El gobierno fogoneó en distintas oportunidades estas motivaciones –caso Santiago Maldonado o ahora mismo los ataques a los inmigrantes-, alentó la campaña “anticorrupción”, etcétera, pero por dos veces consecutivas hizo campañas con globos de colores: no dijo lo que pretendía hacer en el terreno económico-social.

Su posicionamiento pro-mercado hizo que vinieran al país sumas siderales de “capitales golondrina” (a hacerse la América con el “carry trade”): llegada de dólares financieros, cambiados por pesos, colocados a altas tasas por un plazo x, posteriormente retiro de los bancos, compra de dólares y salida del país con una ganancia extraordinaria… También sumó fondos con el blanqueo de capitales. Todo muy “lindo” pero artificial.

Hacia finales del 2016 las circunstancias internacionales comenzaron a cambiar. Muchos analistas alertaron al gobierno que las tasas de interés tenderían a aumentar.

Sin embargo, por razones diversas (desde veleidades reeleccionistas hasta las relaciones de fuerzas), el gobierno fue postergando el ajuste puro y duro hasta después de las elecciones de medio termino: la divisa fue el “gradualismo”[14].

Para cubrir el “descalce” entre ingresos que dejaron de entrar y egresos crecientes, el gobierno comenzó a endeudarse de manera sideral. El kirchnerismo había dejado las arcas vacías en materia de divisas (¡siempre hay que recordar que “compro soberanía” pagando 200.000 millones de dólares[15]!); pero el país no estaba en bancarrota.

Llegado diciembre del año pasado, el país explotó en las jornadas de diciembre cuando Macri intentó imponer una reforma laboral fracasada; impuso un cambio jubilatorio a la baja pero no la cirugía mayor que necesitaba: un “triunfo” pírrico.

Para ese momento, el país ya se había endeudado por algo en torno a 100.000 millones de dólares nuevos y comenzaba a sospecharse cómo haría Macri para pagar[16]

Esa es la base de la crisis cambiaria que se desató a partir de abril: una sangría adicional por algo en torno a los 50.000 millones de dólares que se fugaron del país y que requirió de dos acuerdos con el FMI para evitar un nuevo default.

Corrida imparable que dejó por el piso el prestigio de Macri: “El mercado no le cree más a Macri’ afirmó Cristiano Rattazzi (…) El empresario (…) definió como ‘ingenuo’ al gobierno por la corrida cambiaria de abril (…) a la vez que cuestionó el gradualismo y explicó que es el momento de una reforma laboral (…) también habló del alto nivel de las tasas de interés, que consideró ‘absolutamente absurdo” (Clarín on line).

Macri logró reestablecer el criterio de ganancia empresarial para todas las actividades (incluyendo las naftas dolarizadas y los servicios estatales prestados por empresas privadas); logró quitar las concesiones impuestas por el kirchnerismo -en materia de impuestos y rentas- a los sectores capitalistas más concentrados; y se reveló claramente como lo que es: un agente directo de los mercados, los capitalistas, los negocios y el imperialismo. En eso es “exitoso”.

Pero, al mismo tiempo, su plan económico ha sido un fracaso rotundo: a finales del 2019 dejará el país al borde de la bancarrota. El préstamo acordado con el fondo, por 57.000 millones de dólares, es una especie de “by-pass” para que este año y el que viene no haya default. A partir del 2020, nadie sabe qué ocurrirá.

De ahí que los mercados hablen del gobierno como una suerte de “régimen de transición”; pero una transición muy característica porque no se sabe a dónde va…

El fracaso de Macri es que el kirchnerismo dejó el país en gran medida estabilizado. Un país capitalista que había “honrado deuda” a troche y moche, pero que quedó “desendeudado”. Un país sin divisas como subproducto de la baja productividad de la economía capitalista argentina.

Macri no solamente vino a multiplicar los males estructurales del país, sino que ha creado nueva deuda que nadie sabe realmente cómo se afrontara: esta es la esencia de su fracaso; su “legado” para el que le siga.

Antes de terminar este punto, refirámonos someramente al balance de su agenda derechista. También en este terreno el “tanteo” de Macri tuvo marchas y contramarchas; dificultades marcadas por las relaciones de fuerzas.

Instaló el debate por el derecho al aborto, sólo para girar luego en redondo a su verdadera posición: el rechazo reaccionario a este derecho elemental de las mujeres.

En materia de derechos humanos, su acción fue algo más “consistente” (lo que no quiere decir exitosa). Primero fracasó en establecer el 2 x 1 a los genocidas. Pero luego lanzó una cacería de brujas contra el pueblo mapuche y el buen nombre de Santiago Maldonado (al que la Gendarmería asesinó y desapareció por dos meses para luego montar el bochornoso espectáculo de que se habría “ahogado”).

Tuvo la crisis del submarino. Submarino que sigue sin aparecer pero que fue utilizado para forzar su agenda derechista en materia de presupuesto militar e involucramiento de las fuerzas armadas en tareas de represión interna.

Ahora mismo está involucrado en una renovada cruzada para criminalizar a los inmigrantes: una política que Bullrich afirma “es previa a los resultados electorales en Brasil”… Dado el efecto Bolsonaro, se puede esperar una nueva vuelta de tuerca derechista en la materia.

Aunque ahora no está en el centro de la escena, no nos olvidemos que con la historia de los Cuadernos que desnudó elementos de corrupción real de los k, pero escondió la propia (papá Macri dixit entre otras cosas), se puede esperar que el tema corrupción esté presente durante todo el 2019.

Y ahora pretende imponer una reforma reaccionaria del Código Penal que incluye la criminalización de la protesta social, así como su defensa cerrada de Chocobar.

Las pulsiones derechistas del gobierno son categóricas: tiene un público favorable en esta materia. Pero compiten con el malhumor social de la población, que es la primera preocupación en las encuestas.

Hasta ahora, el límite para el giro reaccionario han sido las relaciones de fuerzas. Macri no ha logrado resultados categóricos en su búsqueda de llevar la sociedad hacia la derecha; las coyunturas en la materia han ido y venido.

En síntesis: el gobierno sobrevive a su fracaso. Y en la medida que sobrevive, la dinámica no está saldada. Pero el diagnóstico global no está menos claro: el gobierno llegará a los tumbos a las elecciones, elecciones de las cuales hoy no se puede adelantar resultado alguno.

 

La crisis estructural del capitalismo dependiente   

 

Profundicemos en la coyuntura económica. Los números globales de Macri son pésimos. Este año la inflación alcanzaría el 47.5%, una cifra record desde el 2002 (cuando alcanzó el 80%). La devaluación de este año, algo en torno al 122%, también ha sido record desde el 2002[17].

Por lo demás, el país quedó al borde de la cesación de pagos por primera vez desde 2001. No es cualquier cosa que la economía haya llegado a un punto tan bajo, y, para colmo, de manera auto-inducida, La mala praxis del “mejor equipo en 50 años” ha sido dramática.  

Si revisamos otros números, el balance se muestra igualmente malo. Este año el PBI caerá un 2.4%, y en 2019 un 1.0% como mínimo. Habría que esperar a 2020 para un módico crecimiento del 2%. En materia de crecimiento el país no solamente no levantó el amperímetro: la gestión ha sido completamente deficitaria.

La “lluvia de inversiones” y los “segundo semestre” de crecimiento quedaron en puras palabras. Las únicas “inversiones” que llegaron fueron las que fueron a la timba de las tasas (antes de la corrida y nuevamente ahora).

Alguna inversión real se está verificando en materia petrolera (a costa de convenios laborales a la baja donde se condiciona, incluso, el derecho constitucional a la huelga), y también en producción agrícola, donde la competitividad del país siempre fue importante[18].

La obra pública está paralizada, y con el presupuesto de déficit cero sólo se puede esperar un mayor deterioro de la infraestructura[19]. El país atrasa 50 años en esta materia, lo que remite a la incapacidad de la burguesía para garantizar lo que Marx llamaba “las condiciones generales de la acumulación capitalista”: ferrocarriles, autopistas, puentes, túneles, represas, electricidad, conectividad, gas, energía nuclear, etcétera; todo un índice de su fracaso.

Inflación y tasas por el techo y producción, inversión y salarios por el piso, es el balance económico de Macri. Y sumándole a esto, otra vuelta de tuerca en la transnacionalización económica, la desindustrialización del país y la multiplicación del endeudamiento: ni la “burguesía nacional” de los k, ni el liberalismo económico de los mercados funcionan.

Esto muestra los límites del capitalismo dependiente argentino: un país en crisis. Esta idea de la Argentina como “país en crisis permanente” alude a una base social asalariada moderna concomitante con una industrialización relativamente importante pero sobre la base de una productividad muy baja, un déficit en infraestructura histórico, falta de industrias de medios de producción, etcétera, lo cual remite a la incapacidad de la burguesía para sacar adelante el país[20].   

El déficit de la balanza comercial se ha equilibrado (sobre una base miserable, por cierto) no tanto por el aumento de las exportaciones sino, más bien, por la caída de las importaciones (por la crisis). Además, se ha abierto un signo de interrogación sobre el futuro de los intercambios comerciales a partir del triunfo de Bolsonaro. Paulo Guedes, su candidato a súper Ministro de Economía, declaró que “el Mercosur no es prioridad” y sólo se desdijo parcialmente posteriormente…

Otra historia es la “balanza de pagos”, totalmente desbalanceada. Con un “superávit comercial” miserable, y un crecimiento sideral de la deuda externa, la balanza de pagos es, evidentemente, ampliamente deficitaria.

Se sabe que el déficit cero es déficit cero en materia de gastos corrientes: sin contabilizar pagos de deuda. Si se toma el déficit total, el mismo está en algo en torno al 3 o 4% del PBI: alrededor de 30.000 millones de dólares al año que se cubren con deuda.

La adversidad de estos números es lo que se expresó en la inédita corrida cambiaria comenzada en abril y mediatizada ahora, una corrida que no se sabe sino se reemprenderá en cuanto bajen las tasas.

La base real del problema es la señalada: el país no tiene la suficiente productividad como para generar las divisas que requieren su funcionamiento (una proporción enorme de los componentes de la producción son importados). Esto en un ambiente económico internacional que, por los demás, se puso más adverso para los países emergentes.

La suma de la caída de los precios de las materias primas, la profunda recesión en Brasil, el aumento de las tasas de interés en los Estados Unidos y el acelerado endeudamiento externo, son los factores que generaron la corrida, esto sobre la base real de la insuficiente generación de divisas, un fenómeno estructural recurrente en la Argentina[21].

Continuemos con el diagnóstico económico. Vayamos a la economía de los trabajadores. Este año se espera una caída del salario real, algo en torno al 10%, sino más. Detrás de la caída del salario, viene la del consumo. Ya en 2016 había caído el salario real (cerca del 6%). Pero este año la cosa es cualitativa: la caída del salario real más elevada desde el 2002[22].  

La devaluación hizo lo suyo para derrumbar el salario en dólares: a finales de este año el promedio de los trabajadores ganará la mitad en dólares que un año atrás. Pero incluso en pesos el salario real viene cayendo rotundamente y la noticia es que lo seguirá haciendo el año próximo.

Todos los precios de la economía -precios liberados por el macrismo- pugnan por recuperar su valor en dólares. Pero el único precio controlado de la economía es, no casualidad, el salario, que se mueve mucho más lentamente porque su indexación no es ni por “clausula gatillo”, ni por indexación automática, sino por las famosas “clausulas de revisión”, que implican el pesado mecanismo administrativo de las paritarias: que los sindicatos se sienten con el gobierno y las cámaras empresarias a negociar.

El salario es así el único precio “institucionalizado” de la economía de mercado de Macri; un precio institucionalizado que depende del “poder de fuego” de cada gremio. Y eso si es que el trabajadores no está lisa y llanamente en negro, lo que atañe al 40% de la fuerzas de trabajo, fuerza de trabajo no registrada que es la más desguarnecida.

El minué de algunas paritarias como Camioneros o Judiciales, o la negociación de un bono de fin de año, no alcanzan para tapar la estafa a los trabajadores que significa la negociación sector por sector: el hecho que los precios y el dólar sean libres y el salario no[23].

Luego está el problema de las suspensiones, los despidos y el cierre de empresas. La tasa de desempleo más alta del país está en una zona estratégica: el gran Buenos Aires, el principal núcleo industrial de la Argentina. En esta región el desempleo alcanza el 12.4% y el subempleo el 12.5% (Diario Popular, 23/09/18); tres puntos por encima de la media nacional.

Este índice no configura todavía un “apocalipsis”, pero es grave. En datos de junio pasado (evidentemente desfasados ya por la dinámica de la crisis), el desempleo en el Conurbano Norte estaba en 9.5%, Conurbano Oeste 11%, Conurbano Sur 13.2% y el Interior de la provincia 7.3% (iprofesional.com).

Al mismo tiempo, las suspensiones atañen a amplias porciones de la clase obrera industrial como las automotrices. En la FORD Pacheco se espera la discontinuidad del Focus y no se sabe que ocurrirá con un turno entero de trabajo. Es evidente que se trata de una maniobra de la patronal para precarizar las condiciones de trabajo, lograr retiros “voluntarios” y largar posteriormente un nuevo modelo con condiciones de trabajo a la baja (el sindicato, con sus campañas de miedo, colabora con la empresa en estos objetivos).

Se trata de un fenómeno universal: la patronal utiliza la crisis para dar una nueva vuelta de tuerca en la explotación obrera.

En cualquier caso, la tasa de desempleo comenzó a aumentar y evolucionará conforme el desarrollo de la crisis económica (se están verificando ya conflictos por despidos y cierres en empresas medianas varias).

No se vive un estallido de despidos todavía. Quizás estén operando algunos mecanismos de cuidado del gobierno y las patronales, al menos hasta ahora: cierta prevención a que una ola de despidos genere circunstancias como las vividas quince años atrás (Argentinazo mediante).

Esto no es algo “samaritano” de los gobiernos, la patronal, la Iglesia, sino una “realidad de dos caras”: los despidos debilitan estructuralmente a los trabajadores, pero también generan reacciones políticas. Algo que refleja, quizás, las relaciones de fuerzas[24].

Otra cosa es que sí estamos frente a una ola de despidos y cierres en el Estado (por razones políticas y de plantilla): el Hospital Posadas, los mineros de Río Turbio, la PIAP, Agroindustria, el caso del Astillero Río Santiago, el INTI, etcétera, donde se ha luchado todo el año pero los ataques continúan[25].

La mala situación económica es la primera preocupación de la población trabajadora y no solamente es la base material del deterioro social creciente que se vive bajo Macri: será el motor de la conflictividad y el desborde social en el próximo período.

Esto amén de una pésima noticia para las perspectivas electorales de un gobierno que considera retiene en sus manos algo en torno al 25% del electorado (sobre todo entre las clases medias y medias altas), pero en la oposición a todo el resto.

La coyuntura a la que vamos será sin duda alguna mixta: con luchas y elecciones entrelazándose.

 

Una bronca creciente entre los de abajo

 

La contracara de la crisis económica es la tremenda bronca por abajo: salarios miserables a razón de 15.000 pesos por mes; despidos y cierres de servicios como el de cirugía cardiovascular infantil en el Hospital Posadas; la situación edilicia en las escuelas con Sandra y Rubén muertos en Moreno, ritmos de trabajo incrementados; millones de trabajadores y trabajadoras en negro; los desocupados con la miseria de los planes sociales. Esta es la Argentina de Macri, ¡la Argentina de los capitalistas incluyendo en esto a los “progresistas” también!.

En estas condiciones, la mayoría de los trabajadores y sobre todo las generaciones más jóvenes, han pasado a la oposición: han roto con el gobierno. Todavía se mantiene un sector conservador de trabajadores; pero son los menos. La mayoría se siente desengañada; siente que se equivocó al votar, aunque la campaña de la corrupción K pesa en todo un sector.

Es obvio que a nadie le cae bien los que se han enriquecido en el poder; esto independientemente que la “Justicia” y los medios manejen las cosas para que caiga solamente sobre los K (y que rechacemos su utilización para proscribir políticamente a Cristina Kirchner).

La “corruptora campaña de la corrupción” pega por olas sobre la población trabajadora; pero no parece que tenga aquí el mismo impacto anti-político que en Brasil, cuyo electorado es más despolitizado. De cualquier manera, con el cambio de la coyuntura esto podría variar.

Entre los trabajadores hay disposición para luchar; una disposición dilapidada por las direcciones sindicales. Cada vez que se abrió un poco la “tranquera”, amplios sectores salieron a manifestarse: aquí están las históricas jornadas de diciembre pasado, pero también la masividad de los paros general.

Sumémosle a esto las expresiones de vanguardia de los trabajadores: Astilleros Río Santiago, Luz y Fuerza de Córdoba, Mineros de Río Turbio, molinos Minetti también en Córdoba, Télam, Agroindustria, el Hospital Posadas, el INTI, los petroleros en Chubut, etcétera. Otras tantas expresiones de sectores que salieron a luchar de manera más o menos independiente: sectores de vanguardia de los trabajadores que no se veían en esta escala años atrás y que recuperan históricos métodos de lucha.

Se trata de un conjunto de elementos que dan una medida de las relaciones de fuerzas en el país: las dificultades del gobierno para consagrar hasta el final sus políticas.  

Sectores que plantean, repetimos, una coordinación que se esbozó en algunos momentos del año (encuentro del Posadas en febrero, acampe minero en septiembre, etcétera),  coordinación por la cual el Nuevo MAS se jugó, pero por reflejos electoralistas  o “fosilizaciones” de aparato en las demás corrientes, no se logró avanzar del todo.

Sobre la base de esta experiencia, nuestro partido lanzó la Corriente Sindical 18 de Diciembre, con éxito creciente. Una experiencia que está madurando y fortaleciéndose habiendo realizado dos plenarios nacionales este año, y con la idea de realizar el tercero en febrero próximo.

Pero junto con los trabajadores, el año expresó la vitalidad de dos movimientos que son parte de la actual oleada mundial de luchas (bipolaridad): el movimiento de mujeres y la juventud; movimientos en los cuales nuestro partido tuvo un rol de vanguardia desde Las Rojas y el Ya Basta.

Este 2018 que está terminando, ha sido un año histórico para el movimiento de mujeres. Independientemente que no se conquistó el derecho al aborto, y que ahora estamos viviendo una contraofensiva de los sectores más recalcitrantes, la masividad que alcanzó la pelea por el derecho al aborto elevó al movimiento de mujeres como un movimiento de masa político, cosa que anteriormente no era.

No es lo mismo que el #Ni una menos; aunque ese movimiento ultraprogresivo creó las bases materiales para este. Es decir: el reclamo por el derecho al aborto es más “urticante” y más político; y aun así escaló a un ámbito de masas expresado en las históricas jornadas del 13J y el 8A, jornadas de impacto mundial.

Ya sabemos que el movimiento de mujeres de la Argentina es uno de los más importantes del mundo; uno de los más politizados y organizados. Incluso últimamente se ha verificado estas características expresadas en una intensa “polarización ideológica” entre los que defendemos los derechos de las mujeres y las minorías, y las corrientes oscurantistas defensoras de lo establecido.

El desafío ahora es que al rechazar el senado el derecho al aborto, y al vivirse esta contratendencia, más que nunca el movimiento de mujeres deberá “dialogar” con el resto de los movimientos de trabajadores, con el resto de los explorados y oprimidos: “subirse a la ola” de una próxima ofensiva de estos contra el gobierno y los poderes establecidos.

La otra novedad del año, sobre todo a comienzos del segundo semestre, fue la entrada en escena del movimiento estudiantil terciario, universitario y secundario, contra la UNICABA y el presupuesto de déficit cero del gobierno.

Hace varios años que no entraba en escena el movimiento estudiantil. Ya el proceso de cierre de profesorados expresado en el UNICABA había desatado un movimiento de los estudiantes terciarios en CABA, movimiento que aun no se ha cerrado.

Pero la pelea se generalizó al estudiantado universitario en todo el país a propósito del rechazo al presupuesto de déficit cero del gobierno; de la política oficialista de desfinanciar la universidad pública.

Este movimiento se expresó a lo largo y ancho de la geografía nacional asumiendo características más o menos radicalizadas con la ocupación de facultades y universidades (proceso de lucha en el cual, repetimos, nuestra juventud cumplió un rol de vanguardia a diferencia de cierta ubicación “retardataria” de otras corrientes de la izquierda).

En realidad, más que el presupuesto su disparador fue la lucha de los docentes universitarios nacionales, conflicto que fue preparándose durante las vacaciones de invierno para estallar plenamente a comienzos de agosto.

Sin embargo, una vez que los docentes cerraron su paritaria, muchas facultades y universidades siguieron por algunas semanas la pelea, concentrándose en el tema presupuestario, así como dándose experiencias de unidad obrero estudiantil (perfil que empujamos desde el Ya Basta).

Surgió una nueva camada de estudiantes independientes en general expresándose por la izquierda; una camada que participó de manera variada en las elecciones estudiantiles, experiencia que alentamos desde nuestra agrupación estudiantil muchas veces en contra de la lógica de aparatos de las corrientes vinculadas al FIT.

No es este el lugar para hacer un desarrollo pormenorizado del proceso. Y, menos que menos, para hacer una evaluación de su expresión electoral en materia de centros de estudiantes o federaciones estudiantiles.

En todo caso, la emergencia del estudiantado este año, colocada en el contexto de los reflejos derechistas que puedan venir desde Brasil y la polarización de la lucha de clases y de los movimientos de las mujeres y la juventud, pueden politizar a toda una nueva camada de activistas, así como el ingreso a la militancia de todo un nuevo sector, una nueva camada como la que está expresándose en la juventud de nuestro partido.

 

El rol de contención del PJ, la burocracia, los k, la CTEP y la Iglesia

 

Sobre el rol de contención de estos aparatos hemos venido hablando en este documento. Es hora sin embargo de detenernos en ello de manera más pormenorizada.

El caso del PJ no K es bastante simple: lo suyo es una “oposición” al gobierno que, en realidad, no esboza un curso demasiado alternativo. Ante el fracaso de Macri, y recogiendo los “aires” que vienen del mundo, Massa, Pichetto, Urtubey y Schiaretti parecen esbozar la idea de un “peronismo centroderechista” alejado de las veleidades “progresistas” de los K.

Sin que podamos introducirnos aquí en demasiados detalles, lo suyo es presentarse como un recambio confiable al macrismo, en caso que este “capote”.

Partiendo del punto de apoyo de su control de una parte del peronismo así como de los sindicatos (léase, en primer lugar, la CGT), a lo largo de toda la gestión de Macri cuidaron la gobernabilidad, expresado esto desde la votación favorable a los fondos buitres hasta el apoyo al presupuesto acordado con el FMI.

Se trata de la versión peronista de un gobierno burgués normal con condimentos seguramente reaccionarios. Pero como se trata de oportunistas consumados, es todavía prematuro adelantar sus perfiles más allá de lo evidente: su “proyecto” no es el de un gobierno de mediación, sino alguna variante de un gobierno agente directo de los capitalistas (aunque quizás no abiertamente empresarial como Macri).

Luego tenemos el caso del kirchnerismo. Al parecer en las últimas encuestas Cristina habría aparecido, por primera vez, encima de Macri en materia de popularidad. Claro que ambas son también las figuras que mayor rechazo generan.

En cualquier caso, no nos interesa aquí algún pronóstico electoral, sino entender qué expresa hoy el kirchnerismo: su vocación es recuperar los favores de la burguesía algo que, por lo demás, parece lejano[26].

En Brasil, la campaña contra el PT fue brutal (encarnada en la prisión de Lula); y las tendencias regionales van más bien hacia la derecha. Esto sin olvidarnos que al frente de los EEUU, está Trump (un Trump que acaba de recibir un “llamado de atención” en las elecciones de medio término yanquis, pero que parece firme en su puesto).

De momento, no se ve que ningún sector burgués los vea como una opción salvo, claro está, que la crisis económico, social y política se profundice; sea por la gestión Bolsonaro en Brasil, o por un salto cualitativo en la crisis económica mundial; se verá.

Por su cretinismo institucional, el kirchnerismo supone también peligros para los explotados y oprimidos. No se trata solamente del balance de 12 años de gestión sin ningún cambio estructural (recordemos que los esposos K repitieron hasta el hartazgo que eran “100% capitalistas”).

Nos referimos a que son una mediación a la hora de salir a luchar: una y otra vez cumplieron un papel de contención en el momento que se podía derrotar a Macri.

Cuando comenzaba a arreciar la corrida cambiaria y se realizaba un nuevo paro general exitoso, salieron a pleno con la campaña del “Hay 2019”: la idea de que, pase lo que pase, la salida sólo puede ser institucional. El mandato presidencial sería “sagrado”, aunque en eso se les vaya la vida a los trabajadores, las mujeres y la juventud.

El cretinismo institucional se hace más grave cuando la extrema derecha no tiene esos pruritos: desafía desde la derecha el régimen democrático-burgués mientras los progresistas y reformistas se quedan gritando sin mover un dedo.

Es verdad que el caso del PT parece más vergonzoso que el de los K: Lula no movió un dedo contra su encarcelamiento; se entregó afirmando que “confiaba en la justicia”… Igual criterio tuvieron ante la segunda vuelta en Brasil, negándose a convocar a la multitudinaria movilización del EleNao con la excusa de que ir a las calles podía “espantar los votos”…

El kirchnerismo parece más pícaro: en la última sesión parlamentaria (al igual que en diciembre pasado), montó un show de magnitud en diputados en contra del presupuesto. Pero sus amigos sindicales se negaron a movilizar; se dieron cita en Lujan el sábado anterior.

En fin: el kirchnerismo es una corriente burguesa caracterizada por el posibilismo. No se puede esperar que sea otra cosa como quieren creer sectores que vienen evolucionando hacia la derecha (sea la CCC, Patria Grande o lo que sea); organizaciones estas últimas caracterizadas por la falta de todos criterio independiente.

Los K se van a jugar a montar un supuesto “Frente Patriótico” y buscarán presionar a la izquierda desde él. También vienen machacando con la campaña del supuesto “crimen” de la izquierda de que hayamos votado en blanco; Macri sería como Bolsonaro…

Pero esta es una payasada total que no resiste el menor análisis. Macri configura un gobierno en crisis, que puede ser reaccionario pero no tiene planteado desafiar la democracia patronal.

Por lo demás Scioli, el candidato presidencial de los K en el 2015, acaba de hacer unas declaraciones escandalosas donde afirmó para quien quisiera oírlo, que “no se puede andar cambiando lo realizado por los gobiernos todo el tiempo”; que si él fuera presidente “no modificaría lo actuado por Macri”…

Pero si de perfidia queremos hablar, nada más pérfido que las direcciones sindicales tradicionales. El triunvirato cegetista, hoy transformado en duunvirato, jamás estuvo dispuesto a pasarse a la oposición: jugó siempre a la gobernabilidad de Macri.

En realidad, nació como una maniobra del propio Moyano (además de los gordos), que en el 2015 llamó a votar abiertamente por Macri, para luego correrse de la escena para no cargar con la responsabilidad de posicionarse abiertamente con el gobierno.

Moyano dirige Camioneros; lo demás no le importa nada o, más bien, puede endosárselo tramposamente al resto de los dirigentes.

El hecho es que los gremios que integran los “gordos”, son los que vienen dirigiendo la CGT; una CGT que no teme ni el bochorno ni la vergüenza con tal de evitar cualquier desborde.

Su desprestigio es mayúsculo, tal como se expresó cuando en marzo del año pasado perdió el atril del propio acto que había convocado. Tuvo también un comportamiento fallido el 18 de diciembre del año pasado, cuando convocó a un paro general formal que de una u otra forma le dio cobertura a la pelea de la plaza.

Este año se cuidaron más. Convocaron a un par de paros generales controlados, siempre domingueros. Y ahora entregarían el último paro del año por un bono miserable de $5000 en cuotas (y sin carácter obligatorio para los empresarios).

En este escenario, ante el quemo de la CGT, Moyano, que es más pícaro, junto con Palazzo y las CTA de Yasky y Micheli, escenifican un “polo opositor”.

Es verdad que, en cierto modo, son oposición política: de ahí su vinculación con los K. Pero esto no quita que jueguen de igual manera a la gobernabilidad. Luego de las jornadas de diciembre Moyano convocó al vergonzoso 21F donde dijo que “estaría dispuesto a dar la vida por los trabajadores”; todo un verso para terminar llamando a “votar bien en el 2019”, sin olvidarnos de una escenificación similar el mes pasado en Luján. Los tipos son maestros para anular el inmenso poder social que anida entre los trabajadores.

Nada de esto excluye la eventualidad de la unidad de acción cuando la burocracia no tiene más remedio que convocar. Pero la línea de desarrollo principal de nuestra política es el desborde (claro que sin perder de vista las proporciones, ni pensar que la izquierda pueda convocar a medidas de lucha de conjunto[27]).

Un sector clave ligado a los K es la CTEP, que gracias al control del aparato de Estado del kirchnerismo durante tantos años, terminó acaparando y estatizando la inmensa mayoría del movimiento de desocupados.

Esta coordinación integrada por el Movimiento Evita, la CCC y Barrios de Pie tiene íntimas relaciones tanto con la Iglesia Católica como con el propio gobierno en la persona de la ministra de Desarrollo Social, Stanley.

Su rol ha sido “pasivizar” y estatizar los movimientos sociales; cumplir un papel de contención social a cambio de la manutención de los favores del Estado en materia de planes sociales, cuestión frente a la cual el macrismo devolvió favores sin demasiados conflictos.

Ya el papel de la Iglesia Católica como tal es uno de importancia mayor, lo que no ha excluido contradicciones y conflictos con el gobierno. Francisco no debe haber estado muy contento cuando la apertura del debate sobre el derecho aborto, un paso en falso de Macri que tensó relaciones que nunca fueron del todo satisfactorias.

Existen estos y otros problemas. La Iglesia Católica es una institución milenaria, y bajo Francisco aggiornó su perfil en ciertos aspectos como para mejor cumplir su papel de contención mientras el mundo gira hacia la derecha; no vaya a ser que posteriormente se de lugar a un rebote fuertemente a izquierda[28]

De ahí que sea peligroso aceptar acuerdos de mediación como los de la Iglesia en Astilleros; acuerdos que si en todo caso la base no rechaza, desde la izquierda debemos alertar siempre sobre su carácter[29].

Frente a este papel contenedor de los distintos partidos burgueses y de las direcciones sindicales burocráticas, lo significativo es que se aprecia disposición desde abajo para salir a luchar.

Este es un elemento de contraste que puede ser un punto de apoyo para la acción; una potencialidad a desarrollarse en el próximo período, potencialidad que ha venido teniendo expresión a lo largo del gobierno de Macri, y seguramente estará presente en 2019.

 

Coyuntura y ciclo derechista. Las relaciones de fuerzas

 

Es hora de colocar los desarrollos nacionales en el contexto regional. Lo hacemos recién acá porque hace a las perspectivas; a si los desarrollos regionales serán más hacia la derecha, o hacia un rebote por la izquierda (y qué impacto podrían tener esas alternativas en nuestro país).

La cuestión es la siguiente: el péndulo regional se ha desplazado del progresismo hacia la derecha. Desde el 2015 viene ocurriendo este rebote y, en la medida que se consolide Bolsonaro, tendería a constituirse todo un ciclo derechista regional.

No se trata solamente de tendencias más o menos generales: se trata de cuestiones que eventualmente entrañan modificaciones en el régimen político. Desde los años ‘80, groso modo, al menos en los países más importantes de la región, viene rigiendo alguna forma de democracia burguesa. Esa democracia burguesa adquirió rasgos diversos dependiendo de los países y sus gobiernos.

Es verdad que estos regímenes variaron: gobiernos como los de Menem en la Argentina y Fernando Henrique Cardoso en Brasil en los años 1990 fueron gobiernos neoliberales bastante normales en materia de régimen político.

En el documento sobre Brasil señalamos que luego del autogolpe de 1992, Fujimori viró a un gobierno bonapartista de derecha: dejó de ser una democracia burguesa[30]. Y en la Colombia de Uribe, Santos y ahora Duque, el péndulo viene oscilando entre alguna variante más o menos bonapartista, más o menos democrático burguesa conservadora según el momento.

En la década del 2000 tuvimos en Latinoamérica un giro a izquierda (subproducto de la rebelión popular): un gobierno progresista de mediación más o menos normal con los K; un gobierno burgués anormal preventivo en el caso de Lula; un gobierno nacionalista burgués “radicalizado” (bonapartista de izquierda) en el caso del chavismo; una suerte de “frente popular” de base plebeya/campesina en Bolivia; todos gobiernos capitalistas por lo demás.

En cualquier caso, en la Argentina y Brasil el péndulo hacia el autoritarismo no estuvo planteado en las últimas décadas. ¿Qué novedad introduce Bolsonaro? La eventualidad de un gobierno semibonapartista, que aunque conserve a priori las formas parlamentarias, termine cuestionando la democracia burguesa (el peligro es real, pero no seguro).

Pasaríamos así a una nueva forma de gobierno; un nuevo régimen distinto al imperante desde la salida de los militares en Brasil a mediados de los años ‘80. Esto tiene su importancia para la Argentina por el peso regional de Brasil.

Sin embargo, aunque Macri evolucione algo más hacia la derecha, no vemos en nuestro país un escenario similar al de Brasil (el menos no en el próximo período).

Las relaciones de fuerzas son aquí más favorables. Las tradiciones políticas y de lucha son otras; lo mismo que el grado de conciencia relativa de las masas.

En la Argentina los militares fueron echados por una suerte de rebelión popular (luego de la derrota en Malvinas). Alfonsín cayó en un contexto de saqueos e hiperinflación. Y en el 2001 hubo una rebelión popular en regla, que nunca terminó de ser reabsorbida del todo (aunque atención que ha sido reabsorbida[31]).

Aquí no se ve candidato a Bolsonaro liso y llano, aunque muchos van a adquirir seguramente rasgos “bolsonarísticos” (Pichetto, Bullrich, Massa, etcétera).

De cualquier manera, si Brasil consuma su evolución a extrema derecha (algo que no ocurrirá sin luchas y elementos de radicalización), eso impactará en la Argentina. Pero si incluso en Brasil podemos esperar una dura resistencia, en la Argentina este pronóstico debe multiplicarse; insistimos que no vemos un escenario así en lo inmediato (más allá que los K van a salir a llorar lágrimas de cocodrilo para intentar cortar el desarrollo independiente de la izquierda).

La región puede consolidar hoy un ciclo reaccionario que lleve el péndulo hacia la derecha (lo que es sin duda un peligro); mañana puede rebotar de manera decidida hacia la izquierda.

En la Argentina vivimos un nuevo cambio de coyuntura cuyos alcances son aun imprecisos. Quizás el gobierno vuelva a ensayar manotazos reaccionarios.  Pero el régimen político no está cuestionado, ni se ve que lo pueda estar en el corto plazo (aunque se introduzcan, repetimos, pulsiones derechistas).

Eso no quiere decir que no haya sectores de la burguesía que no puedan pensar en eso. ¿Cómo se gobierna un país como la Argentina? En las últimas décadas sólo funcionó el arbitraje hecho por el peronismo y las fuerzas armadas siguen con su prestigio por el piso.

Lo más probable es, entonces, el retorno de algún tipo de peronismo a finales del 2019. El escenario electoral se adelanta tripartito: Cambiemos resolviendo de alguna forma su creciente interna (sobre todo la crisis entre Macri y Vidal; aunque también las peleas con Carrió), el PJ de Pichetto, Massa, Urtubey y los gobernadores, y el “Frente Patriotico” de los K y adláteres.

Como señalamos en otra parte de este documento, el hecho que las tres fuerzas puedan andar en algo en torno al 30% de los votos deja abiertas las cosas: el que pase al balotaje puede hacerse “millonario”; incluso todavía podría imponerse Macri…

Pero para las elecciones falta demasiado aún. Esta escenificación la colocamos a los solos efectos de nuestro argumento: de momento no vemos ninguna posibilidad de giro a la derecha categórico en el país; aunque el triunfo de Bolsonaro dificulta un retorno sencillo del progresismo.

En todo caso, será la lucha de clases la que defina los desarrollos incluyendo en esto, un fortalecimiento ulterior de la izquierda revolucionaria.

 

El lugar de la izquierda y el salto constructivo del Nuevo MAS

 

Veamos ahora el lugar de la izquierda en estos desarrollos. La misma se ha venido fortaleciendo; instalándose como un actor político real dentro del concierto de las fuerzas políticas.

Sobre todo en el terreno político general es donde ha logrado un papel destacado, lo que es una inmensa conquista porque ha logrado una colocación como de una “cuarta voz” en el debate nacional.

Si resumimos las fuerzas patronales en tres (Cambiemos, el PJ en todas sus expresiones y los K), la cuarta fuerza política es la izquierda, aunque dentro de la izquierda no se discrimine mucho cada partido.

En las elecciones el monopolio relativo lo viene acaparando el FIT, sobre todo una vez que terminan las PASO. Pero a nivel de las figuras, son varias las que tallan: Del Caño, Bregman, Pitrola, nuestra compañera Manuela Castañeira y no muchas más.

Este lugar de la izquierda está en cierto modo en “disputa” en su seno; nadie tiene consagrada la hegemonía, aunque el carácter de cooperativa electoral del FIT le viene asegurando una cierta preeminencia dado el mecanismo proscriptivo: con la cooperativa pasan el filtro y se apoderan de los votos del resto.

Este ubicación política de la izquierda revolucionaria en nuestro país expresa progresos acumulados a lo largo de años de esfuerzos; así como ciertas tradiciones. La clase obrera, las mujeres y la juventud tienen en la Argentina una fuerte tradición de lucha y la corriente trotskista, cimentada a la largo de décadas en distintas expresiones, un lugar de preeminencia política frente a las corrientes populistas.

Claro que si su ubicación política y política-electoral ha alcanzado una expresión minoritaria de masas, su peso orgánico sigue siendo de amplia vanguardia.

Con marchas y contramarchas, se ha venido avanzando. Pero traducir en peso orgánico el peso político y político electoral, no es tan fácil. Este peso es una palanca de enorme importancia que sólo un cretino infantilista podría despreciar. Pero entre los trabajadores existen diversos tipos de organizaciones, como es el caso de los sindicatos, habitualmente más conservadores, monopolizados por la burocracia, y que son un hueso duro de roer.

También pesa que muchos trabajadores eventualmente simpatizan con la izquierda, pero no se reconocen de izquierda. En esto se da un fenómeno mundial: entre la juventud, el movimiento de mujeres y la vanguardia obrera está ese reconocimiento a la izquierda; pero la clase obrera de conjunto está un poco “perdida” políticamente en la actual coyuntura.

Lo mismo se expresa electoralmente, cuando los votos de la izquierda provienen centralmente de los centros urbanos.

En cualquier caso, la ubicación de la izquierda en nuestro país ha tenido una importante progresión en la última década y media; progresión que no se ha cortado, aunque sí es dinámica la ubicación relativa de las distintas corrientes.

No es en este texto donde vamos a desarrollar pormenorizadamente este tema. Sí dejar sentado que habiendo sido dejados expresamente fuera del FIT, es visible como nuestro partido viene progresando, decantando una identidad propia con mucha fuerza política que se está transformando a ojos vista en construcción constante y sonante.

No escondemos las dificultades objetivas y subjetivas. La clase obrera arrastra muchísimos problemas; la crisis de alternativa socialista no ha sido superada. Y muchas veces los trabajadores son arrastrados por los discursos extremistas desde la derecha.

Sin embargo, como hemos dicho en los textos de este congreso, un péndulo que se inclina muy hacia la derecha puede rebotar más hacia la izquierda y abrir un proceso de radicalización política.

El ascenso de los “Bolsonaro” plantea multiplicar en nuestro diálogo los elementos de “propaganda política” como la denuncia del capitalismo, el rechazo al patriarcado, el enfrentamiento a los discursos xenóbofos, la explicación sobre que la salida sólo puede venir de la mano de los trabajadores, revitalizar el discurso socialista.

Como parte del desarrollo de la izquierda revolucionaria, nuestro partido se viene fortaleciendo. Nos caracteriza una nueva generación partidaria que tiene muchísimo por aprender, pero que posee un entusiasmo y criterio militante enorme expresado en las jornadas del 14 y 18 de diciembre pasado, en el 13J y el 8A, en el acampe minero en septiembre, en la jornada contra el presupuesto el 24 de octubre y en multitud de luchas de los trabajadores, las mujeres y la juventud.

La coyuntura mixta que se avecina la encararemos con igual entusiasmo, lo mismo que las tareas estratégicas para hacer de la izquierda y de nuestro partido una fuerza más orgánica entre los trabajadores: en las luchas y en las elecciones.

 

La política para el próximo periodo.

 

A lo largo de esta minuta hemos ido dejando sentados “mojones” alrededor de los ejes de la política para el próximo período.

De momento, la salida anticipada de Macri parece haber salido de la escena. La consigna con la cual expresamos este planteo a lo largo del año fue que “Macri no se aguanta más”.

Una y otra vez en los medios y por abajo nos encontramos con sectores que cuestionaban esto; que planteaban la espera al 2019 porque eso es lo que manda la institucionalidad.

Sin embargo, conforme la corrida cambiaria no paraba y el gobierno entraba en crisis; así conforme acordaba con el FMI de espaldas al pueblo y comenzaba a pegar el ajuste y la crisis económica y social, más trabajadores comenzaron a expresar su repudio visceral al gobierno.

En realidad, fuimos la primera corriente que desde mayo pasado comenzamos a plantear que “El pueblo tiene que decidir”; que no podía hacerse política revolucionaria sin partir del problema político de cuestionar, de una u otra forma, pedagógicamente, la continuidad del gobierno.

Ese cuestionamiento debía vehiculizarse por alguna forma democrática. Por un corto período planteamos el adelantamiento electoral, lo combinamos con el criterio de revocabilidad y luego, en pleno desarrollo de la crisis, empezamos a plantear la Asamblea Constituyente como salida.

Durante todo el año, el elemento democrático estuvo sobre la mesa. Pero no como un planteo defensivo sino ofensivo: cuestionando la legitimidad de un gobierno que pretende imponer su voluntad sobre todos y decidir todo –por ejemplo, la vuelta al FMI- entre cuatro paredes, sin consultar a nadie.

Mientras otros sectores de la izquierda estaban con planteos parciales como las tarifas o el paro general en abstracto (PTS y PO), nuestro partido salió claramente a plantear, siempre pedagógicamente, la salida anticipada de Macri; a enfrentar el operativo K del “Hay 2019” como ha quedado registrado en las intervenciones de Manuela Castañeira en tantos programas de TV.

Incluso nos opusimos también al planteo de la Constituyente desligado de la necesidad de la salida de Macri (nuevamente, el caso del PTS).

Entiéndase que este no es un “capricho” izquierdista: la temporalidad abstracta del calendario electoral es uno de los mecanismos por excelencia de la gobernabilidad; encontrar las formas de cuestionarlo explicativamente, cuando corresponde hacerlo y hay condiciones para ello, es un aspecto clave de la política revolucionaria; política revolucionaria que enfrenta no solamente al gobierno de turno, sino al régimen de conjunto y sus mecanismos[32].

En todo caso, en estos momentos la coyuntura parece haber cambiado. No parece que esté planeada la salida anticipada de Macri, por lo que ordenar la política alrededor de eso sería equivocado.

Más que “Macri no se aguanta más” (aunque se puede mantener esta expresión como algo general), quizás sirva el planteo que “El gobierno de Macri fracasó”.

En todo caso, habrá que ir viendo la evolución de los desarrollos, siempre sabiendo que no se trata de lo que le decimos a la vanguardia, sino de lo que nuestras figuras presentan como política revolucionaria frente a las masas (el Nuevo MAS no se caracteriza por el doble estándar de otras corrientes).

De cualquier manera, hay que reafirmar el planteo de Asamblea Constituyente. Colocar que lo que debería ocurrir no es una simple elección presidencial según el calendario del régimen, sino poner sobre la mesa un cuestionamiento de conjunto donde el pueblo decida sobre los asuntos del país.

Claro que este planteo político se debe combinar con otra cosa muy importante: un programa alternativo por la positiva que comience por el rechazo al acuerdo con el FMI; que plantee el no pago de la deuda externa; el llamado a enfrentar en las Legislaturas provinciales los presupuestos, lo mismo que en cada lugar de trabajo; alentar una jornada nacional de lucha anticapitalista contra el G-20 a finales de diciembre y contra la militarización que pretende montar el gobierno; reclamar paritarias indexadas automáticamente según la inflación y una ley que prohíba los despidos; la eliminación del impuesto a las ganancias a la cuarta categoría; por el derecho al aborto y la educación sexual y en contra de la campaña reaccionaria de “con nuestros hijos no te metas”; por presupuesto para salud y educación; rechazar la criminalización de los inmigrantes y defenderlos incondicionalmente contra las campañas xenófobas; lo mismo que enfrentar la política represiva del gobierno; así como nuestra solidaridad incondicional con los trabajadores, las mujeres y la juventud de Brasil contra el gobierno neofascista de Bolsonaro.

Ya con respecto a las tácticas no vemos demasiado terreno para la unidad de acción. Los K están ya de cabeza en la campaña electoral; y en ella la clave de la izquierda es separar aguas a partir de un criterio clasista.

Claro que cuando la burocracia o mismo los K convoquen a luchas reales, ahí vamos a estar con el planteo que la lucha debe generalizarse en jornadas nacionales, en paros generales activos; lo mismo que plantearemos golpear unificadamente ante cualquier zarpazo reaccionario.

Pero seguramente la línea de desarrollo principal pasará por impulsar las luchas y la organización por abajo en un escenario que, con el eventual adelantamiento anticipado de la carrea electoral, deberemos simultáneamente empezar a poner en pie una campaña electoral clasista.

Nuestro llamado a ir a las calles se mantendrá e incluso multiplicará en la “coyuntura mixta” que se abre, sin dejar de poner en pie paralelamente, y de manera progresiva, nuestra campaña electoral.

En este sentido nuestro VIII Congreso Nacional discutirá lanzar un llamando al FIT y Luis Zamora para hacer esfuerzos conjuntos por la unidad poniendo en pie una alternativa de independencia de clase.

 

[1] Adelantémonos a señalar que en tres años de gestión de Macri, la CGT nunca se decidió siquiera a pasar a la oposición al gobierno.

[2] Es evidente que la historia de los dos países es una de influencias mutuas en uno y otro sentido; más adelante volveremos sobre la cuestión.

[3] Lo de las veleidades reeleccionistas es clave porque Macri quiso administrar el ajuste como para garantizarse su continuidad, pero desconoció las limitaciones bien concretas que tiene la economía nacional (cosa que permanentemente le marcaron aquellos economistas amigos que bregaron siempre por el shocK).

[4] Sobre el final de este texto plantearemos una suerte de “reajuste” de nuestra política en función de este dato central.

[5] Este dato es tan grande que incluso en muchos balances de publicaciones y periodistas progresistas no se oculta la cuestión: “Supo haber en nuestra región gestiones de gobierno encabezadas por fuerzas políticas de base popular que, de un modo u otro, identificaron la política con la corrupción. Esta identificación era tal porque, supuestamente, sin corrupción, la política, el gobierno de los hombres y los intereses, la cooperación de y entre los actores, la perpetuación del grupo político dominante, eran imposibles (…) la base del asunto, estriba en esta concepción: el que quiere el fin quiere los medios, el que quiere política que aprenda a corromper” (Vicente Palermo, El Diplo, noviembre 2018).

[6] No hay en la Argentina ninguna hipótesis de ruptura del régimen político. Otra cosa es la sistemática campaña del gobierno (acompañada por personajes como Pichetto), de girar el régimen de la democracia burguesa a una versión más derechista. Pero esto es otra cosa y nos sirve como para parar la campaña histérica que se va a desatar de parte de los K para justificar cualquier cosa, para cuestionar la independencia de clase de la izquierda revolucionaria, para insistir con la campaña contra el voto en blanco en el 2015, para defender al indefendible Scioli que acaba de hacer declaraciones afirmando que lo hecho por Macri “ya está”, que “no se puede andar cambiando permanentemente las medidas tomadas por un gobierno saliente”…

[7] Atención que crecen las criticas a la “inutilidad” de Macri entre la patronal. Ahí estuvo el bocón de Ratazzi diciendo que “los mercados no le creen más a Macri”. Sin embargo, por su clara lógica de clase igual lo apoyan. El mismo Ratazzi adelanta que lo volvería a votar.

[8] El paso de los evangélicos a la acción política directa es un dato nuevo en nuestro país. Apoyándose en los sectores más plebeyos y “desheredados” y siguiendo su involucramiento en Brasil, Perú, Estados Unidos, etcétera, se trata de un movimiento reaccionario hasta la médula, que es el que está motorizando ahora campañas como “con mis hijos no te metas”, metiéndose en las escuelas, etcétera, un elemento que apunta a radicalizar los dos polos de la lucha por los derechos de las mujeres y las minorías.

[9] Aquí nos referimos no tanto a los sectores populares desocupados y los barrios contenidos por un acuerdo del gobierno, la Iglesia y la CTEP (aunque para nada pueda descartarse eventos en este terreno, sobre todo sobre finales del año), sino sobre todo aquellos sectores como Astilleros, mineros de Río Turbio, Luz y fuerza Córdoba, Hospital Posadas, etcétera, que recibiendo en pleno el ajuste presupuestario profundicen su curso luchador.

[10] Es evidente que Radrizzani no actuó sin la autorización del papa Bergoglio cuando decidió presidir esa misma al aire libre con Moyano: los tipos son maestros en la contención, aunque hayan quedado “chamuscados” por su posición oscurantista en relación al derecho al aborto.

[11] La propia continuidad del gobierno en medio de su fracaso adelanta algún tipo de mediatización en una definición que creemos, sin embargo, justa, y que comparten muchos analistas e, incluso, sectores empresarios y hasta el propio FMI.

[12] Muchos analistas acusan al gobierno de “ingenuo” a este respecto.

[13] El pasaje de toda la economía a criterios de ganancia empresaria y / o defensa incondicional de los derechos propietarios y acreedores podemos verlo también, por ejemplo, en la eliminación del futbol para todos, entre otros tantos rubros.

[14] Los economistas llamados en su momento “liberalotes” le exigieron un shock en cuanto asumió, pero la realidad es que una transición que se vivió sin crisis de Cristina a Macri, y una campaña con globos de colores, no parecía una buena plataforma política para dar semejante giro.

[15] “Pagadora serial” se auto-tituló Cristina.

[16] Es interesante destacar aquí como la historia no es más que la historia de la lucha de clases: ¡fueron las históricas jornadas de diciembre las que hicieron estallar el plan de Macri por los aires!

[17] Semejante inflación ha sido todo un record mundial este año si descartamos situaciones catastróficas como Venezuela y alguna otra.

[18] El campo es uno de los sectores capitalistas más desarrollados del país. Esto ocurre por una combinación de factores, dentro de los cuales no es menor la fertilidad del suelo en la pampa húmeda.

[19] El subterráneo en San Pablo es dos o tres veces más caro que en la Argentina pero su regularidad es religiosa: pasa cada 20 segundos. Y aunque haya una multitud en las horas pico, se puede viajar. Acá el gobierno aumenta las tarifas pero el transporte urbano es deplorable, la luz se corta con cada pico de calor y así de seguido.

[20] Al respecto son clásicos los análisis de Trotsky, Nahuel Moreno y Milcíades Peña.

[21] El mecanismo es el conocido “stop and go”: crisis, reducción de importaciones, recuperación de la producción, aumento de las exportaciones, ingresos de dólares, producción que sigue en aumento y demanda más dólares para importar partes, estrangulamiento del ingreso de divisas y reinicio de todo el ciclo, un ciclo marcado siempre por la recurrente carencia de divisas.

[22] Últimamente no se ha escuchado más hablar a Macri de “pobreza cero”. En realidad, se trataba de una maniobra estadística para justificar el ajuste antiinflacionario que “bajara” el costo de la canasta familiar mientras no se resolvía ninguno de los problemas estructurales de la pobreza: vivienda, cloacas, alcantarillado de lluvias, etcétera. Sin embargo, el descalabro económico del gobierno ha sido tal, que ni ese verso le queda.

[23] Que se entienda que las paritarias son una conquista que plantea la negociación colectiva de los trabajadores. Pero en manos de la burocracia, sin consulta a las bases, se transforma en un pesado mecanismo institucional donde el gobierno, dirigentes sindicales y empresarios se las arreglan para que pague la clase obrera: los precios suben en ascensor, los salarios por la escalera…  

[24] La evaluación sobre el papel de los despidos es muy compleja: debe ser hecha en cada caso concreto. En todo caso, Macri no se decidió aun a ir a una escalada en la materia, como si ensayó Menem en los años ’90.

[25] El rol de vanguardia de estos sectores adelante la necesidad de convocar para comienzos del año que viene algún tipo de encuentro de luchadores; de avanzar en la coordinación de estos sectores.

[26] Debería desencadenarse una crisis muy profunda para que la patronal vuelva a recurrir a ellos, algo contradictorio con su simultaneo rol de contención.

[27] Nos referimos al caso del PO que muchas veces pretende manejarse como “desconociendo” que, nos guste o no, la burocracia sigue dirigiendo los sectores de masas de los trabajadores.

[28] La Iglesia Evangélica, más que un rol de contención, es uno de los arietes hoy en el giro a la derecha; lo que es un dato relativamente reciente en nuestro país del cual hay que tomar nota.

[29] El caso del PTS en el Astillero Rio Santiago nos viene a la memoria como índice de esta falta.

[30] Esto no quiere decir que se deje de apelar a mecanismos plebiscitarios como ocurrió en los casos del Bonapartismo clásico.

[31] La dialéctica de las cosas hace que aquí se aprecien las cosas desde ángulos distintos: el Argentinazo dejó colocadas unas relaciones de fuerzas generales que todavía siguen presentes; el ciclo de la rebelión popular como tal evidentemente que hace años se cerró.

[32] No podemos dejar de subrayar aquí el bochorno de que las organizaciones del FIT no se hayan caracterizado por cuestionar el mecanismos proscriptivo de las PAS, sino más bien utilizarlo contra el resto de la izquierda, algo que esperamos no se repita el próximo año.

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