¿Deben estar cerrados los sindicatos durante la cuarentena?

La pandemia no suspende la lucha de clases

Abrir los sindicatos para los reclamos obreros y por una cuarentena solidaria.



En la izquierda y en el movimiento sindical antiburocrático hay un debate que se expresa en los hechos y que se expresa en estos términos: ¿Si los trabajadores están afectados por la cuarentena los sindicatos no tienen razón de estar funcionando y deben suspender su actividad? Nadie lo dice plenamente, pero en los hechos los sindicatos cerraron sus puertas. Esta situación no sólo afecta a los gremios dirigidos por la burocracia sindical, sino también aquellos sindicatos o seccionales que fueron recuperados por el activismo antiburocrático y la izquierda.

Entonces empecemos estableciendo nuestra postura: los sindicatos y las obras sociales sindicales en general y sobre todo los pocos conducidos por la izquierda, deberían estar abiertos, mantener guardias, aunque sean mínimas, en primer lugar, para atender las preocupaciones de los trabajadores del gremio, ya sean éstas respecto a su salud, económicas, sociales, sindicales o de cualquier tipo; en segundo lugar, porque la cuarentena no suspende la lucha sindical, sino veamos los ataques permanentes que las patronales están dirigiendo contra los trabajadores ya sea por medio de las suspensiones con descuentos de sueldo de hasta el 50% y los despidos que empiezan a sumarse.

Pero también, y esto es un tema central, porque los mismos deberían ponerse al frente de campañas solidarias a favor de sus afiliados pero también de la comunidad toda, desde la recolección de alimentos y artículos de limpieza, hasta la confección de barbijos, máscaras, etc., para los sectores más necesitados. No está de más dejar en claro que las posturas exclusivamente corporativas y sindicalistas no son posiciones clasistas.

¿Las cuarentenas no tienen rasgos de clase?

Está claro que frente a esta pandemia la cuarentena es una de las principales medidas sanitarias que se puede tomar y que como tal es una conquista que hay que defender contra el deseo de la patronal de abrir la economía al costo de una montaña de enfermos y muertos. Por lo tanto, no estamos dispuestos a entrar en una falsa discusión que evite poner el debate donde corresponde. Pero una cosa es la necesidad de la cuarentena frente a la pandemia y otra es creer que la misma es sólo una medida sanitaria, sin dar cuenta que al mismo tiempo es una medida política, económica y social, sino veamos a las policías, las fuerzas de seguridad y al ejército en las calles.

A lo largo y ancho del mundo se aplicaron todo tipo de medidas de aislamiento social, esas diferencias fueron explicadas con argumentos sanitarios pero no dejan de mostrar diferentes maneras de abordar políticamente la cuestión de la pandemia y las cuarentenas. Los casos extremos son Trump y Bolsonaro que, con sus posturas negacionistas, buscaron mantener en funcionamiento los negocios de la patronal al costo que sea. En otros países como la Argentina, las particulares condiciones económico sociales, el estado crítico del sistema de salud, el temor a una catástrofe sanitaria que deviniera en un estallido social y finalmente, el desarrollo de la lucha de clases, ha llevado a que se opte por medidas más sanitaristas, pero no por eso menos políticas y de clase.

Está claro que el gobierno de Alberto Fernández está administrando una cuarentena en la cual su apuesta es a evitar el desastre al menor costo posible para la burguesía. De allí su orientación social liberal que busca controlar la situación con medidas mezquinas de reparto de comida y sumas fijas a los más necesitados, pero sin afectar estructuralmente la sociedad ni afectar los intereses esenciales de las patronales.

Además, la situación excepcional le da al Estado y al gobierno como cabeza de éste una centralidad y una discrecionalidad aumentada. Una muestra de esto se ve en la presencia en la calle de miles de miembros de las fuerzas represivas, a quienes se busca relegitimar ante la sociedad, tanto por la vía de afectarlos a tareas sociales de reparto de alimentos, como a reforzar la presencia represiva en todos los accesos y en las barriadas populares para evitar cualquier tipo de reacción popular frente a las necesidades extremas e incrementadas por la pandemia.

Esto ocurre al mismo tiempo que la cuarentena objetivamente desmoviliza en gran medida a los sectores de trabajadores y populares y los debilita ante el Estado y la patronal. Una muestra de esto segundo fue la necesaria postergación de la histórica marcha del 24 de Marzo por parte del EMVyJ para no exponer a los participantes al riesgo de un contagio masivo.

Esto ocurre mientras el gobierno de Fernández saca al “nuevo ejército” a hacer tareas solidarias para relegitimarlas; el contenido político de la cuarentena es obvio en nuestro caso.

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Para decirlo con claridad: las cuarentenas, por necesarias que sean, no son solamente e ingenuamente medidas sanitarias, llevan implícito un contenido político que depende del gobierno que esté al frente de la misma.

Alberto Fernández reafirma el poder del Estado frente a los trabajadores y sectores populares

Escuchamos todos los días en los medios loas al Estado, un Estado fuerte, “es el momento de los Estados”, se demostró el fracaso del neoliberalismo y todo ese tipo de argumentaciones. Pero el Estado no es un árbitro imparcial, tiene un contenido político y de clase. Ayuda a alguna clase y perjudica a otra, siempre justificándose en el bien común y mostrando como interés general el interés particular del sector dominante. En la Argentina el contenido de las políticas del Estado no deja lugar a dudas1. Los enojos y la diatriba de Fernández contra “los miserables que despiden” se han demostrado puro “acting”. El gobierno acaba de darle la razón a los miserables y aprobó los despidos del señor Rocca. Los especuladores están tan asustados por las amenazas y controles de Fernández que suben los precios todos los días. Cuando llegue el primer control, que llegará para que el montaje sea completo, la verdura se habrá convertido en un artículo suntuario.

La prohibición de despidos y suspensiones por 60 días, llegó tarde, no es retroactiva y no la cumple nadie, y encima vino con el “regalito” para los empresarios de poder bajar los sueldos legalmente…

El “no pagaremos con el sufrimiento del pueblo” se llevó 250 millones de dólares. Ya retrocedieron con el impuesto a los blanqueadores de Macri y ahora sólo quedaría un impuesto por única vez a los bienes personales, que veremos si lo aceptan los “miserables” y qué alcance real tendría.

Mientras tanto, a los sectores populares la política del Estado es de contención y sectorizada sin dar marcha atrás con el ajuste sobre el salario: son todos paliativos, que van desde escasos a directamente miserables. Los bolsones que se están entregando son de baja calidad y de menor cantidad. Los aportes monetarios también son insuficientes y sólo para algunos. Para el sector formal de la economía, trabajadores en blanco; hay directamente despidos o rebaja salarial. Para el sector informal sólo un sector estaría cobrando en los próximos días $10.000, a los jubilados de la mínima bonos, y así, no hay ninguna medida verdaderamente universal y que alcance a todos los sectores obreros y populares. Todo esto al mismo tiempo que mantiene suspendidas las paritarias; es decir, con los sueldos congelados para la mayoría de los trabajadores.

Reafirmar el poder del Estado frente a los trabajadores es reforzar el control social, no sólo por la presencia policial para vigilar el cumplimiento de la cuarentena, sino por un sin fin de instituciones desde los movimientos sociales cooptados por el Estado, las iglesias, los sindicatos y la política consciente de mantener desorganizada y atomizada a la sociedad.

Recordemos que ya antes de la cuarentena salió una resolución del Ministerio de Trabajo que prohíbe las asambleas de trabajadores, y otros eventos de la vida sindical. La población en general y los trabajadores en particular sólo podemos ser objetos pasivos de las políticas del Estado. Todo viene de arriba, de abajo nada. No quieren que surja nada por abajo e impiden conscientemente los lazos solidarios concretos. La solidaridad sólo puede venir de manos del Estado y sus instituciones.

La resolución del Ministerio de Trabajo del 16 de marzo, es paradigmática, la política del control social ya estaba definida antes de cualquier medida sanitaria. Todavía no se había declarado la cuarentena pero prohibía toda reunión y organización de los trabajadores y explícitamente la asambleas, resolución que sigue vigente.

De hecho clausuraba e intenta clausurar la vida sindical. La burocracia no tardó un segundo en leer el mensaje: “cerremos todo ya, no sea que se nos escape alguna tortuga”. O dicho de otro modo, la burocracia reforzó el control sobre los trabajadores, en este caso cerrando los sindicatos para que no haya manera, o dificultarla aún más la forma de llevar adelante los reclamos y a la organización. ¿Además qué mejor manera de prever desbordes y evitar que algún zurdo meta la cola, que cerrando y clausurando la vida sindical?

La vida sindical quedó circunscripta a las cúpulas, es decir, a la burocracia, por abajo nada. Los trabajadores estamos totalmente desarmados y desorganizados ante los continuos atropellos que cometen las patronales. Ahora vemos cómo las multinacionales del Fast Food les rebajan los sueldos, ya bajos, a los jóvenes trabajadores precarizados, con la complicidad del sindicato y el atento control del Estado para que no sea la lucha de los pibes de los Fast Food la primera tortuga que se les escape.

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Esta política de cerrar los sindicatos, anular la vida sindical y la consecuente desorganización, no tiene nada de sanitaria, es desarmar a los trabajadores para que no tengan herramientas con las cuales enfrentar la crisis y los ataques directos que ya se empiezan a ver.

La izquierda y la cuarentena sindical

La primera herramienta que tenemos los trabajadores para defendernos son los sindicatos. En la medida que la lucha de clases no conoce de parates, el poner en cuarentena los sindicatos desarma a los trabajadores y les hace parte del control social que quiere imponer Fernández y el Estado.

Algunos sindicatos que mantiene actividad laboral han hecho reclamos, como la Unión Ferroviaria de Oeste, y obtuvieron sus reclamos, cosa que saludamos. Casi todas las direcciones sindicales independientes han levantado sus reclamos sectoriales, con actividad o sin ella. Tener reclamos corporativos no está mal, pero sólo tener reclamos corporativos y no tener una perspectiva de solidaridad de clase hacia el conjunto de la población en crisis es una orientación miope.

En momentos que se ha conmocionado y desorganizado la vida cotidiana de millones de trabajadores en el mundo, y en la Argentina también, sólo ver por el estrecho ojo de tu aguja es un cretinismo corporativo inmenso.

Si en cualquier momento tener una visión estrechamente sindicalista y corporativa es un error, en estos momentos adquiere la dimensión de una capitulación al gobierno y su Estado.

Hemos oído criticas (puesto que nadie se ha animado a dejarlo por escrito) que dicen que un sindicato de izquierda no está para reemplazar las obligaciones del Estado o cosas por el estilo. Esto de postrarse ante el todo poderoso Estado y dejarle el lugar a la burguesía, sin ver la necesidad del hermano de clase y no tener la más mínima solidaridad de clase, es aberrante y más en direcciones que se dicen clasistas y hasta revolucionarias.

El gobierno y la burocracia intentan imponer una cuarentena individualista, desmoralizante y desorganizadora y antisolidaria. La izquierda debe hacer todo lo contrario: debe hacer una cuarentena solidaria, que desarrolle los lazos con nuestros hermanos de clase sean del gremio o no, sean tercerizados o desocupados.

Esta es la primera obligación de los que nos decimos clasistas, y más aún de los socialistas revolucionarios: ser solidarios con los sectores más necesitados de los trabajadores y el pueblo. La segunda es organizar esa solidaridad.

No poner los sindicatos en función de la solidaridad de clases es una adaptación completa al gobierno que quizás no tendrá costos políticos inmediatos, pero que desarma en términos estratégicos, no contribuye un milímetro en pelear por hacer avanzar la conciencia y la organización de los trabajadores y eso se paga a la larga.

Una cuarentena solidaria

La izquierda en los sindicatos no debe romper la cuarentena, pero sí puede y debe fomentar y desarrollar los lazos solidarios y la ayuda mutua, organizar la solidaridad. La situación de los trabajadores va a ser dura, esto recién empieza: la actividad económica está lejos de recuperarse, los descuentos de sueldos van estar entre el 30 al 60% de los salarios, los despidos pueden ser incalculables, más aún si los trabajadores estamos desorganizados.

Los gremios conducidos por la izquierda ya deberían estar haciendo colectas de alimentos, de elementos de limpieza e higiene. Ya se podrían usar las instalaciones sindicales, muchas de ellas muy espaciosas, para fabricar barbijos, máscaras, manteniendo el necesario distanciamiento social y con los elementos de seguridad necesarios.

Los sindicatos deberían estar con guardias míninas ante las emergencias económicas o sociales que les ya están apretando a los trabajadores y sus familias. Pero también para contener las distintas situaciones no sólo económicas, sino también humanas.

Es solidaridad de clase o sálvese quien pueda típicamente capitalista, es estrechar los lazos de clase o dejarnos inermes ante el gobierno y su Estado. Es solidaridad o atomización social. Sin solidaridad no hay cambio social, sin solidaridad no hay autodeterminación. Una clase que se niega a dar una salida propia ante una crisis planetaria como la de hoy, se autoexcluye de ser una alternativa de clase mañana.

1 Otra cosa es la percepción y cómo viven la crisis los más amplios sectores de masas, que por ahora es favorable al gobierno.

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