#BlackLivesMatter

La noche en que la Casa Blanca apagó las luces

Cercada por las manifestaciones masivas, la Casa Blanca apagó sus luces por primera vez en décadas y Donald Trump tuvo que refugiarse en un búnker. Mientras tanto, el fuego de la rebelión iluminaba Washington DC.



En el sexto día de protestas ininterrumpidas, miles de manifestantes rodearon la Casa Blanca desafiando el toque de queda y la represión. La sede del gobierno estadounidense quedó a oscuras en medio de la noche, mientras en la ciudad ardía el fuego de la rebelión.

Es tal vez el símbolo más elocuente de la gestión de Trump. Mientras afuera la protesta social y el hartazgo de la juventud trabajadora y negra prendían fogatas por Washington DC y todo el país, adentro la Casa Blanca quedó a oscuras.

Las protestas exigiendo justicia por George Floyd, un trabajador afroamericano asfixiado hasta la muerte por la policía mientras estaba esposado y pidiendo por su vida están por cumplir una semana en la que han crecido en número, extensión y radicalización, llegando este fin de semana a desafiar el toque de queda en la capital del país.

En el corazón político de los Estados Unidos, la ciudad de Washington DC, miles de manifestantes coparon las calles armando barricadas, enfrentando a la policía y avanzando a paso firme hasta cercar el perímetro de la Casa Blanca. El domingo a las 23 horas, las luces se apagaron y la sede del gobierno de Trump se sumió en la oscuridad, alumbrada por las llamas de la protesta social que hace días sacude el país.

Según reportaron medios estadounidenses, este viernes el Servicio Secreto tuvo que trasladar a Donald Trump a un refugio subterráneo, preocupados por la seguridad del mandatario ante la intensidad y determinación de las protestas. La última vez que se usó ese búnker fue en 2001, cuando se trasladó a Bush ante los atentados en el Pentágono y las Torres Gemelas.

No es un hecho menor, porque marca la tónica de la protesta. Si bien durante la “Marcha del millón de mujeres” decenas de miles de manifestantes también rodearon la Casa Blanca en el día de la asunción de Trump, el presidente no se encontraba en el recinto ese día y la protesta fue mayormente pacífica, escalando en el enfrentamiento recién hacia la noche y en el centro de la ciudad.

 

Raíces profundas

Aunque sus alcances son impactantes, no se trata una problemática nueva o exclusiva al gobierno de Trump. La opresión y discriminación racial son motivo de conflicto en los Estados Unidos desde su constitución como estado independiente. Una problemática social profunda, que no ha tenido solución ni siquiera con un presidente afrodescendiente en la Casa Blanca.

Con picos importantes de lucha con el movimiento por los derechos civiles entre los ‘50 y fines de los ‘60, el movimiento afroamericano supo tener un grado de organización y radicalidad muy grande, ligándose a las luchas de trabajadores, del movimiento de mujeres y LGBT+ y peleando codo a codo con otros movimientos sociales contra la guerra de Vietnam.

En ese camino fue construyendo organizaciones políticas, algunas con una importante impronta revolucionaria y socialista, con exponentes como los Panteras Negras y dirigentes de reconocimiento internacional como Malcolm X y Angela Davis.

Sin embargo hacia la década del 80 el movimiento sufrió un retroceso organizativo importante y el neoliberalismo contribuyó a fragmentar y atomizar las luchas que, aunque las hubo, no lograron la trascendencia que supieron tener en décadas anteriores. Tal vez el caso más sobresaliente de esta época fueron las protestas contra la brutalidad policial tras el apaleamiento del obrero Rodney King en 1991.

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La cuestión racial se volvió a poner sobre la mesa en la campaña presidencial de 2008, donde Barack Obama logró suscitar una importante simpatía con su candidatura presidencial, que se terminó imponiendo sobre el republicano McCain.

Sin embargo, la llegada de un presidente afrodescendiente no resolvió los problemas raciales en los Estados Unidos y fue precisamente durante su segundo mandato (2013 – 2017) que el notorio movimiento #BlackLivesMatter tomó fuerza y relevancia internacional luego de protagonizar protestas masivas tras los asesinatos de Michael Brown, en Ferguson, Missouri, y Eric Garner en Nueva York.

La campaña de Donald Trump en 2016 volvió a poner sobre la mesa la cuestión racial, junto con otras luchas sociales, ya que se apoyó fuertemente en sectores ultra conservadores, religiosos, militares y supremacistas para hacerse de la presidencia de los Estados Unidos.

En las marchas en su contra, previo y durante su asunción presidencial se dio una importante confluencia callejera de sectores que hasta ese momento se hallaban en mayor o menor medida atomizados. El movimiento #BlackLivesMatter confluyó con el movimiento de mujeres en defensa del aborto y contra el sexismo, con los movimientos en defensa de los inmigrantes y con el ecologismo en una gran movilización política contra el magnate yanqui.

La presidencia de Trump ha elevado las tensiones raciales como hacía décadas no se veía, su triunfo electoral le dio aire a movimientos supremacistas blancos, neonazis, neofascistas y anti derechos de todo tipo, mientras el propio presidente se encargó de atacar a los inmigrantes, el movimiento de mujeres y a políticos opositores, haciendo especial hincapié en legisladoras mujeres, migrantes afrodescendientes, chicanas y latinas.

 

Tensando la cuerda

El brutal asesinato de Geroge Floyd, junto con otros que tuvieron lugar en estos meses de cuarentena y tensión social, fueron la gota que revalsó el vaso. De la misma manera que los manifestantes chilenos hicieron hincapié en que “no son 30 pesos, son 30 años”, estos hechos de brutalidad policial tocaron una fibra sensible en un sector de la sociedad harto de la violencia, la discriminación y la represión y que encontró un solidario eco en una enorme juventud que está transitando una experiencia política en las calles.

Todo esto se inscribe en el desastroso manejo que ha tenido el gobierno de Trump sobre la pandemia de Covid-19, que tiene su mayor concentración de casos en Estados Unidos y que golpea fuertemente a los sectores más desprotegidos, la población negra, migrante y trabajadora. Con 1,8 millones de contagiados, arriba de 100 mil muertos y más de 30 millones de despidos, la situación social es extremadamente delicada.

Sumado a esto, grupos supremacistas blancos y paramilitares han realizado manifestaciones armadas para forzar que se levanten las cuarentenas. Trump los felicitó. Mientras tanto George Floyd era asesinado en el piso, desarmado y esposado, bajo la mirada cómplice de otros tres policías blancos, por el “crimen” de pagar con un billete falso de 20 dólares. Fue la gota que colmó el vaso.

Durante toda la semana más y más ciudades importantes en distintos estados se han sumado a las protestas, con la juventud saliendo a la calle y desafiando los toques de queda, la represión policial y hasta la guardia nacional -una fuerza militar interna compuesta por elementos de la reserva del ejército y la fuerza aérea-, que Trump envió para reprimir las manifestaciones.

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La utilización de la guardia nacional y el recrudecimiento de la represión no hizo más que aumentar la indignación de millones de jóvenes que salieron a las calles a protestar contra la brutalidad policial, el abuso de poder y el racismo de estado. Paralelamente, la designación por parte de Trump de los ANTIFA como “grupo terrorista”, así como sus continuas provocaciones por redes sociales colaboraron a tensar aún más el conflicto.

Y finalmente las revelaciones del grupo Anonymous, de vinculaciones de Trump -y otros ricos y poderosos- al círculo de pedofilia y trata de menores de Harvey Epstein fue otro catalizador de la indignación popular y el hartazgo con un gobierno que se apoya en una base social racista, supremacista, ultra machista e incluso con vinculación con el neonazismo y el KKK.

Ecos del pasado

La imagen de la Casa Blanca apagada mientras afuera crece el incendio social parece una oscura referencia a otra época nefasta para la historia estadounidense. En 1969, en el auge de las protestas contra la guerra en Vietnam, millones de personas se manifestaron en todo el mundo contra la intervención imperialista de los Estados Unidos.

Durante la segunda “Moratoria para terminar la guerra en Vietnam”, el 15 de Noviembre de 1969 más de medio millón de personas marchó por Washington DC hacia la Casa Blanca. El entonces presidente Nixon ordenó que la misma fuera rodeada de colectivos y policías, para cercarse de los manifestantes y luego declaró que estaba demasiado ocupado “mirando programas de deportes” para prestarle atención.

Nixon, al igual que Trump, era un presidente republicano, conservador, belicista y envuelto en controversia. Y ya durante las protestas durante la asunción de Trump sobrevolaba el fantasma del impeachment que hizo renunciar a Nixon en Agosto de 1974, tras las repercusiones del escándalo de Watergate.

 

El comienzo de un siglo

Las protestas de la juventud en Estados Unidos ya son históricas. Se inscriben en el mismo ciclo de rebeliones que viene sacudiendo al mundo desde principios de siglo y que tuvo su “tercer ola” el año pasado con rebeliones populares masivas en países tan disímiles como Chile, Hong Kong, Barcelona y Líbano.

Es la reacción de los oprimidos ante un sistema que no ofrece más que miseria, explotación y violenta discriminación y que la pandemia de Covid-19 puso de manifiesto de forma brutal en todo el mundo

Sin dudas este ha sido un año singular, las amenazas de “Tercera Guerra Mundial” en Enero, los incendios en Australia en Febrero, la pandemia de coronavirus en todo el mundo y ahora las rebeliones que emergen en Estados Unidos y comienzan a reavivarse como en en el caso de Chile, muestran que no está dicha la última palabra.

Entre la “nueva normalidad” que aún no es y la “vieja normalidad” que ya no será se está forjando el destino de la humanidad y si algo nos dicen las protestas en Estados Unidos es que esto es profundo. Y es hora de tomar partida.

 

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