Si la economía política del populismo queda desdibujada en nuestros autores; si sus bases de sustentación material quedan sin análisis critico, a lo que llegamos es a una definición idealista respecto del carácter social mismo del gobierno chavista. Claro que con la excusa “dialéctica” de dar una definición “dinámica”…

Porque la justa apelación a la necesidad de realizar análisis dinámicos y no mecánicos de los fenómenos sociales no puede significar perder el terreno de su análisis social y material. Este es un recurso permanente de nuestros autores, que, lejos de permitirles superar los efectivos límites economicistas y deterministas que han tenido diversas versiones del marxismo en el siglo XX –incluidos muchos trotskistas–, no representa mas que una fuga hacia el idealismo en el análisis social.

Ya hemos visto su rechazo a caracterizar al gobierno de Chávez “sólo como burgués”. Pero ahora se da un paso mas: se trataría de un gobierno carente de toda posible definición social precisa en la medida en que, tratándose de un fenómeno político-social “dinámico”, tiene las puertas abiertas para ir más allá del capitalismo. Lamentablemente, incluso Claudio Katz (intelectual marxista argentino conocido y respetado en las filas de la izquierda), los acompaña en esta perspectiva. Al barajar los posibles caminos que se abren en el curso político del chavismo, observa: “El peligro más grande es que estos gobiernos nacionalistas radicales, estoy especialmente pensando en Chávez, terminen afianzando desde el estado un nuevo capitalismo (…) revirtiendo el proceso de radicalización. Por supuesto, hay una cuarta posibilidad, que es por la que apostamos todos nosotros, que es que en vez de una involución se produzca una radicalización; ésta sería la perspectiva cubana. Esto sería que estos movimientos nacionalistas radicales rompan con la estructura del estado burgués y se orienten hacia un desarrollo y transición socialista. Hacia este proceso tenemos que apuntar nosotros, y este proceso es el que tenemos que alentar nosotros” (Alternativa Socialista 459).

Con esta perspectiva al mejor estilo Ernest Mandel en mente, todo lo que queda por hacer sería entonces “empujar” para que Chávez dé el paso de expropiar a los capitalistas, renunciando así a la pelea por una perspectiva independiente.

Es realmente una desazón observar el retorno en el siglo XXI de uno de los lugares comunes más trágicos y recurrentes de parte fundamental del movimiento trotskista del siglo XX, que se la pasó prendiéndole velas a las direcciones pequeño burguesas, burguesas o burocráticas para que “avancen” hacia el socialismo auténtico. Que esta tragedia retorna como farsa, lo podemos ver en el análisis de esta serie de definiciones.

“¿Cómo definir al gobierno de Chávez? La opinión de que es el representante político de la burguesía nacional aparece al alcance de la mano (…). Sin embargo, el populismo chavista nunca representó a esa burguesía. (…) Cisneros, Polar (…) toda la burguesía local, muy débil y asociada con los bancos y empresas extranjeras (…) fueron los promotores del golpe (…) La nueva burguesía en formación es hoy en la economía totalmente secundaria (…). Definirlo como bonapartismo no es hacerlo de manera despectiva (…). Este concepto puede servir para remarcar el carácter independiente respecto de alguna clase social particular (…). Se trata de un cuerpo de funcionarios sostenido por un líder en el poder, que gobierna un país capitalista y dependiente, pero cuya dinámica política esta aún abierta. (…) Aquí el bonapartismo no expresa la intención de la burguesía nacional de conseguir cierta independencia respecto al capital financiero. Ya hemos visto que la clase capitalista nativa ha estado y permanece aún en el mismo campo político que el capital extranjero (…). Hoy Chávez representa a las capas populares mas explotadas (…) ¿Es entonces un gobierno pequeño burgués? (…) Intentar dar definiciones sociológicas precisas no parece lo más productivo y suelen deslizar una metafísica social más que una dinámica política. La definición del gobierno de Chávez como populista tiene ciertas ventajas, en primer lugar mostrar su ambigüedad, sentido abierto y elementos contradictorios en su interior. Es un populismo de izquierda, que gobierna bajo un estado capitalista, pero de excepción, porque lo hace frente a la oposición política de todas las fracciones capitalistas relevantes. Su composición y su retórica (…) impiden, por ahora, una caracterización definitiva (…). Es la dinámica política la que pudo explicar mejor las revoluciones de posguerra como la cubana o la nicaragüense, que las definiciones sociológicas. El caso de Cuba es paradigmático (…). El contenido social del Movimiento 26 de julio (…) fue radicalmente modificado al calor del proceso revolucionario, que llevó a los lideres del movimiento nacional y democrático y prominentemente populista a adoptar un contenido crecientemente antiimperialista y anticapitalista, confirmando su dinámica permanentista” (Jorge Sanmartino, “¿Gracias, por hoy paso?”).

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Este conjunto de definiciones tienen por efecto desarmar estratégicamente a la hora de la ubicación frente al gobierno chavista. Con la caracterización de que su curso político estaría tan “abierto”, lo que se hace es crear ilusiones respecto de su posible evolución anticapitalista. En el mismo sentido, se dice en la revista Movimiento Nº 6: “La política del imperialismo es la «reacción en toda la línea» (…). Por esto, la tendencia es al aumento de la polarización (…) ésta impulsará a las masas para profundizar las medidas, como ya sucedió en Cuba en 1960. O surgen gobiernos que van en ese sentido, o serán suplantados por el movimiento o por nuevos procesos”. El objetivismo desenfrenado de estas previsiones hace caso omiso olímpicamente no sólo de la experiencia histórica reciente –que muestra que justamente el imperialismo “aprendió la lección” de Cuba y Vietnam– sino de la realidad política presente. El panorama internacional y latinoamericano es mucho más complejo que un Bush enloquecido empujando a Chávez –o a “los nuevos procesos”– a repetir lo que “ya sucedió en Cuba en 1960”.

Así, la ilusión se repite una y otra vez, como esperando que se reitere el curso de varias de las revoluciones anticapitalistas –pero no socialistas– de la posguerra. Pero nuestros autores parecen olvidarse de las circunstancias específicas que dieron marco a ese periodo histórico. No sólo el hecho de que la humanidad salía de la mayor conmoción de su historia; a la vez, a nuestro modo de ver, estaba el factor de que en la posguerra existió un punto de apoyo fundamental para los grupos pequeño burgueses-burocráticos que encabezaron revoluciones como la china o la cubana, que fue la ex URSS burocratizada; elemento ausente hoy.

En el caso de una evolución anticapitalista en la Venezuela de hoy, ¿cuál sería el punto de apoyo social para que una burocracia de Estado como la chavista no sea barrida por las masas movilizadas? ¿Qué pasos podría dar que no sean mal vistos por todos los “gobiernos amigos” (desde el castrismo hasta Ahmadinejad o Putin)?

Preguntas que, en su renovado sustituismo de clase13 que vuelve a esperar una revolución “socialista” de la mano de direcciones ajenas a la clase obrera, sin ella y contra ella–, nuestros críticos ni se plantean. Una falta total de balance de la experiencia histórica del siglo pasado, que para colmo pierde de vista incluso el carácter –señalado por todos los analistas serios– tardío, limitado o mezquino del nacionalismo chavista. Porque si, ideológicamente, Chávez puede parece a la “izquierda”, la “radicalidad” de sus “nacionalizaciones” lo muestra muy por detrás de los gobiernos nacionalistas burgueses del siglo pasado.

La otra cuestión que interesa aquí es desmontar los fundamentos “teóricos” subyacentes a este retornado “sustituismo socialista”. Porque, como ya hemos visto en el punto anterior, se trata del capitalismo de Estado como tal que actúa “como un capitalista más” –como “clase capitalista nacional”– y no de que el gobierno nacionalista burgués haya representado alguna vez a una inexistente burguesía nacional con vocación de real independencia.

A nadie se le ocurriría decir que el de Perón no fue un gobierno “nacionalista burgués”. Y sin embargo, se caracterizó punto por punto, al menos en su período “clásico”, por casi exactamente los mismos rasgos que aquí se le atribuyen a Chávez en lo que hace a su relación con la burguesía. ¿O es que acaso Perón no tenía enfrente también a lo más granado no sólo del imperialismo y la oligarquía, sino de la burguesía industrial? ¿O acaso no es verdad que expresaba básicamente el cuerpo de oficiales del golpe del 3 de junio de 1943, y no ninguna fracción específica de la burguesía que buscara “conseguir cierta autonomía”, cuando es sabido que ésta, a partir de determinado momento, se alineó en bloque con el bando “aliadófilo”? ¿Acaso estos elementos fueron en menoscabo del carácter nacionalista burgués de Perón, que sólo estaba rodeado por un sector patronal raquítico y “heteróclito”, como lo define Borón?

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En este mismo sentido, Peña señalaba que “el Estado argentino –como el de todos los países atrasados– goza de una apreciable independencia con respecto a las clases dominantes (…) La debilidad relativa de la burguesía nacional que necesita del Estado permanentemente (…), genera una hipertrofia de la maquinaria estatal, conglomerado social diferenciado con intereses propios. Parafraseando una caracterización de Trotsky sobre el Estado zarista, puede afirmarse que en la Argentina, en el juego de las fuerzas sociales, el equilibrio pende del poder gubernamental mucho más de lo que se conoce en la historia del desarrollo capitalista clásico”. Y agrega: “Como producto de todos estos factores y presiones, en la medida en que el Estado no se limita «simplemente» a realizar la política de la burguesía nacional, o del imperialismo, o de algún sector de ambos; en la medida en que se afianzan el intervensionismo estatal y el dirigismo económico, el Estado se comporta frente a las metrópolis como un grupo burgués más, que necesita del capital financiero internacional para ampliar sus bases de sustentación y forcejea con él para obtener una mayor participación en la plusvalía extraída” (Milcíades Peña, La clase dirigente argentina frente al imperialismo, cit.).

En definitiva, como hemos destacado y como está demostrado históricamente, el nacionalismo burgués era y es un fenómeno político que representa una clase burguesa “nacional” que, en realidad, a todos los efectos prácticos (desde el punto de vista no material, sino político), está ausente.14

A esto debemos agregar un elemento más: el abandono de toda definición social en beneficio de una puramente “política”. Un operativo a lo Ernesto Laclau, porque es bajo esta inspiración intelectual que se apela a la caracterización del gobierno chavista como “populista”, destacando su “ambigüedad, sentido abierto y elementos contradictorios a su interior” en reemplazo de toda definición social.

Porque si bien esos rasgos políticos están efectivamente presentes en el chavismo, que se trata de un fenómeno dinámico, ambiguo, abierto y contradictorio –aunque presenta hoy, aclaremos, un sesgo reaccionario de encuadramiento y cercenamiento de la independencia de las masas, en especial de la clase obrera– es un operativo metodológicamente espurio e idealista perder de vista las “columnas vertebrales” sociales y las bases de sustentación material que el gobierno de Chávez tiene y no puede dejar de tener, en sus concretas circunstancias de tiempo y lugar.

El carácter social global del gobierno bolivariano deviene, insistimos, del hecho de que manda sobre columnas vertebrales del sistema capitalista, que son bien tangibles y nada “ideales”: la intocada propiedad privada –que la nueva reforma constitucional viene a ratificar– y el propio aparato de Estado capitalista, así esté “reformado” por la incorporación de un “quinto poder” popular.

En síntesis, por más definición “dinámica” que se quiera y corresponda hacer, el carácter nacionalista burgués del gobierno chapista es inocultable e inescindible del conjunto totalde las relaciones sociales del país, no de si expresa a tal o cual sector burgués.

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