La presentación del artículo es pomposa hasta volverse insoportable. Cita largamente la historia argentina – la reforma del 18, el primer peronismo, los debates legales en torno a las universidades- para esconder detrás de la pretensión de erudición histórica y posición razonable y objetiva la opinión de que una de las más importantes conquistas de las masas populares argentinas debe ser eliminada. ¿Qué tiene que ver con el debate que en la reforma del 18 no pidieran gratuidad universitaria? Sólo que al autor le permite cubrir con su autoridad la posición de un diario que… se opuso a la reforma del 18 (como al sufragio universal, las huelgas por la jornada laboral de 8 horas, etc.)

Nos regalan después una crítica de los impuestos pagados por los pobres para llegar a la curiosa conclusión de que los pobres deberían pagar las universidades: “Nada es gratis. Debe comprenderse que formar un profesional universitario tiene un costo y que si no lo paga el propio beneficiado, lo hace algún otro. Ese otro son los contribuyentes. Puede ser un productor que lo incorpora al precio de sus productos, como la humilde señora que compra bienes esenciales pagando el IVA.”

Es siempre curiosa esa manera de razonar. Como el IVA está mal –porque lo pagan los pobres- no proponen eliminarlo y aumentar los impuestos a los ricos sino arancelar las universidades. Lo mismo esbozó Espert en el debate presidencial, hablando de los niños pobres pero en realidad apelando al sentido de orgullo del cheto mantenido por los padres que se paga la universidad privada (de nuevo, con plata de los padres), cree que la paga con su “esfuerzo” y no quiere “mantener” a nadie con “sus impuestos”.

De que educar no es “gratis” y que el sistema impositivo argentino está mal no pueden caber dudas. Peor aún es el destino de los gastos del estado, pero hablaremos de eso más abajo. Sobre los impuestos en Argentina decíamos hace unos meses:

“El resultado es que la recaudación fiscal en nuestro país esté sostenida por los impuestos al consumo, que pagan todos, ricos y pobres, capitalistas y trabajadores: pero no es lo mismo los $1.000 de impuestos al cargar el tanque de nafta, o de la factura de luz, teléfono, gas o del súper: son un sablazo para unos, un vuelto para otros. Mientras los impuestos al consumo recaudan el 34% del total, Ganancias y Bienes Personales sólo aportan el 20%. Pero este último dato oculta que las sociedades aportan menos de la mitad de la recaudación del impuesto y la presión que soportan se reduce al 2,5% del PBI; nuevamente, como en el IVA, son los trabajadores los que pagan la cuenta, con el maldito impuesto al salario.

El primer  obsequio macrista a las empresas fue la brutal rebaja de las retenciones a las exportaciones; mientras que fueron alrededor de más que el triple que los derechos de importación en la década anterior, ubicándose en importancia sólo por detrás del  IVA y Ganancias, llegando a aportar el 10% de la recaudación en 2010 y un 5% en 2015. Ahora se inscriben en el pelotón de “otros” con el 2% en 2017: al reducirlas drásticamente, es probable que los ricos en la Argentina, como decía el estudio de CEPAL, para 2008 estén entre los que menos pagan en el mundo. Como si no fuese suficiente, ahí están los anuncios de que “las retenciones son malas” y la intención de eliminarlas definitivamente.

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El mundo al que nos quiere “integrar” Macri es al del capitalismo de la precarización y desigualdad para los jóvenes (pagando impuestos desde levantarse hasta acostarse) y de las ganancias sin fin (y sin impuestos) de las corporaciones.

Son las 500 empresas más grandes de la Argentina y sus dueños las que tienen que empezar a pagar una parte de sus fabulosas ganancias: ¿de dónde sacaron sino los más de 100.000 millones de dólares que han blanqueado, que ningún estudio serio se anima a decir que no sean más que una parte del total negreado?”

Con esta estructura impositiva, pagada mayoritariamente por los trabajadores, las cosas son claras: los vagos mantenidos están en los barrios privados, no en los pobres. Y los ricos son mantenidos por los pobres por doble partida; de manera directa por su trabajo y de manera indirecta por sus impuestos. La solución no puede ser hacerle pagar aún más a los trabajadores y la clase media, hay que tratar de una vez con la fórmula de que los ricos vayan a trabajar y dejar de vivir del resto.

Y el resultado de la política del macrismo de bajarles impuestos a los ricos no fue la “lluvia de inversiones”. Entonces tuvieron la idea brillante de endeudarse hasta no poder más, volver a endeudarse para pagar la deuda anterior y así hasta llegar a las tasas de interés de la deuda del estado de más del 70%. El resultado es que la deuda pública está por encima del 80% del PBI mientras la inversión anual en educación es de menos del 6%. Los liberales que escriben este tipo de editoriales son la versión ideológica del contador que manipula los números de una gran empresa para evadir impuestos. Mienten, pero lo hacen consagrados por un título y la respetabilidad de un diario. Y ahora nos quieren convencer que con una deuda de más del 80% del PBI nuestros problemas son… las universidades.

Si el IVA es injusto… eliminemos el IVA. No hay que darle más rodeos a los razonamientos. Todo lo demás son mentiras y trampas de los voceros de los ricos. Y si éstos pagan más impuestos es apenas una tenue devolución de lo que sacan de los trabajadores, que son los productores de todas las riquezas de la sociedad.

Ahora bien ¿quién decide quien “puede pagar” la universidad y quién no? Los funcionarios del estado –vinculados por un millón de hilos a los intereses de los empresarios- suelen interpretar las ambigüedades legales contra los trabajadores para ahorrar dinero del estado a costa de los de abajo. Como hoy la universidad es por ley gratuita, hacen maniobras como tener miles de docentes ad honorem, sin paga alguna, en todas las universidades del país. La gratuidad de la universidad es un muro de contención de esas maniobras.

La propuesta de La Nación es el modelo contra el que se ha rebelado la juventud chilena. El estado chileno decide que la mayoría “puede pagar” porque puede acceder a un crédito y condena al sector de trabajadores profesionales a estar endeudados para toda la vida por su educación. Con esa estructura, las deudas familiares alcanzan allí apenas un poco menos del 50% del PBI, convirtiéndose éstas en una permanente espada de Damocles que pende sobre las cabezas de millones, poniéndolos toda la vida bajo el peligro de la pauperización absoluta.

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La discusión abierta por el editorial de La Nación de hoy da en el clavo: está en el centro de las discusiones en la rebelión latinoamericana. Y los ejemplos del “modelo” que proponen están muy lejos de ser el de los pobres pagando menos impuestos porque las universidades están aranceladas. La realidad es exactamente la opuesta: los pobres pagan más y las posibilidades de acceder a la educación superior son aún más inalcanzables.

Por supuesto que la educación universitaria está muy lejos de ser una panacea en Argentina, pero su gratuidad es una conquista indiscutible que se ha logrado defender con lucha y sacrificios. Le recordamos a La Nación lo que sucedió con el último funcionario que intentó arancelar las universidades en Argentina a modo de advertencia. López Murphy anunció el arancelamiento y se sostuvo en su cargo dentro del gobierno de De la Rúa apenas horas más. Y su carrera política se vio definitivamente enterrada.

No compartimos tampoco la defensa “progresista” de la educación gratuita, que la ve como una herramienta de ascenso individual, de escape a la opresión y la explotación por la vía de la profesionalización. La Universidad sirve efectivamente para la formación de capas de funcionarios y técnicos provenientes de las clases medias que cumplen la función de administradores, cuadros de la política y la explotación capitalista. Para las amplias mayorías, la Universidad (por más gratuita que sea) está vedada por dificultades sociales que escapan a las cuatro paredes de una facultad. Un sector (muy minoritario) de los trabajadores logrará ascender renegando de su clase. Otro, más numeroso, engrosará las filas de los explotados especializados. La mayoría no llegará ni a eso. El proyecto de Universidad del progresismo es y seguirá siendo el de una educación puesta a disposición de la clase burguesa. La educación es para la burguesía y sus hijos la formación para los puestos de dirección, así como la preparación de los jóvenes trabajadores para el mejor provecho de los primeros. Ese es el motivo de fondo de que el kirchnerismo nunca haya tocado los pilares legales de la educación impuesta por el menemismo. La perspectiva de un escape individual a una vida de explotación seguirá siendo una enorme mentira para la mayoría.

Nuestra perspectiva de defensa de la Universidad y la educación pública parte de las contradicciones que las mismas encierran. Si bien cumplen el rol que más arriba describimos, para nosotros son en primer lugar una herramienta de sistemática elevación cultural de sectores de masas. La educación capitalista está mutilada por su contenido de clase pero es educación al fin. Y si hay algo que amplía enormemente la capacidad de autoemancipación de los oprimidos, abre sus perspectivas de otro destino, hace crecer su voluntad de lucha; es su elevación cultural.

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