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Editor en Jefe del portal IzquierdaWeb - Noticias de los trabajadores, las mujeres y la juventud.

Por Hector “Chino” Heberling (Marzo del 2016)

En recuerdo de mi amigo Aníbal Ortiz y todos los compañeros desaparecidos

Este 24 de marzo se cumplen 40 años del golpe más sangriento que hubo en la historia del país. Es un deber de los compañeros que vivimos esa época trasmitirle a las nuevas generaciones que se suman a la lucha, las experiencias de la actividad militante, como una manera no sólo de reivindicar la lucha de toda la vanguardia combativa contra la dictadura asesina y en particular a los compañeros desaparecidos, sino como un insumo político para enfrentar los desafíos que habrá por delante en los momentos donde los enfrentamientos de clase se hagan más agudos, cuando las luchas obreras cuestionen (de verdad) las ganancias y la estabilidad del régimen patronal.

Al momento del golpe trabajaba en la fábrica metalúrgica Surrey de Valentín Alsina y con juveniles 19 años ya era delegado desde octubre del 75; fui electo gracias a todo el quilombo que se había desatado en la fábrica y en el gremio luego de la primer huelga general que se le hizo a un gobierno peronista. La lucha comenzó por la homologación de las paritarias y contra el Plan del ministro Celestino Rodrigo que pretendía ponerle un tope del 45%, luego de que había devaluado un 100% la moneda, aumentado más del 150% los combustibles y las tarifas. Fue una época de grandes luchas , en las que la vanguardia combativa disputó con la burocracia logrando organizar a importantes sectores en las Coordinadoras interfabriles. Todo ese ambiente convulsivo en las bases y el temor a que los desbordes se generalizaran, obligaron a la burocracia de la CGT a decretar la huelga general del 7 y 8 de julio, que consiguió no sólo la firma de las paritarias; por ejemplo, los metalúrgicos conseguimos el 134% de aumento, sino que dejó herido al gobierno peronista con la renuncia de López Rega. En esa vorágine la burocracia estaba “medio distraída” y pudimos “colarnos” a pesar de que los muchachos de la Lista Rosa “Rosendo García” nos tenían medio desconfianza.

Hasta ese momento mi militancia era en la Juventud Socialista del PST en el industrial ENET N° 6 de Avellaneda; junto a un chico de la UES dirigíamos el Cuerpo de Delegados y ya estábamos “marcados” por las nuevas autoridades que venían a poner orden en la escuela. La regente nos perseguía por todos lados para que no activáramos, era tan “facha” que como bijouteri tenía colgado del cuello, no un crucifijo sino una “esvástica” hecha con alambres al mejor estilo hippie predominante en la época.

Al mismo tiempo que había luchas obreras y estudiantiles, también había una represión por parte del gobierno peronista hacia Montoneros, las organizaciones de la guerrilla como el ERP, la JP, la izquierda y todo lo que oliera a activista obrero o estudiante. Lo peor eran los grupos de ultraderecha como la Triple A, que fueron directamente organizados desde el Estado para desatar una represión selectiva no oficial sino “para-estatal” para frenar las luchas, las AAA se nutrieron de decenas de integrantes de la derecha peronista como el Comando de Organización, la Concentración Nacional Universitaria, el Comando de Organización Revolucionario, la burocracia sindical y la policía, que se cobraron la vida de decenas de activistas, obreros y estudiantes como nuestros compañeros que cayeron en el 74 en Pacheco y en la Masacre de La Plata en setiembre del 75. En ese clima violento, se tomaban medidas de seguridad y la militancia se desarrollaba en condiciones de “semi-clandestinidad”. Por ejemplo, para esa época en Zona Sur habíamos cerrado locales y empezamos a reunirnos en casas, aunque mantuvimos el local de Lanús que estaba enfrente de la estación en un primer piso, porque era difícil que le pusieran una bomba (nos volaron varios locales) por el negocio que había en la planta baja, igual era todo un trabajo defenderlo, porque teníamos la mala suerte que a cuadra y media el CdeO de Yessi tenía un local y cuando los muchachos pasaban a la noche tiraban unos tiritos para probar las paredes que tapiaban los grandes ventanales y también si la “guardia” estaba vigilante”; fue ahí que dejo el colegio y me vuelco a la militancia sindical en el frente metalúrgico de Valentín Alsina-Pompeya.

El fracaso de Isabel y su Plan Rodrigo dejaron nuevamente picando la pelota del lado de los trabajadores. La certeza de que el ascenso de las luchas obreras abierto con el Cordobazo seguía vivito y coleando decidió a la burguesía y el imperialismo a preparar el golpe de Estado y desatar una represión que derrotara a ese movimiento obrero y su vanguardia, imponiendo un nuevo régimen donde las reglas las impusieran los capitalistas. Para el verano del 76 el gobierno lanzó otro ajuste con el Plan Mondelli y hubo otro round de luchas que no llegaron muy lejos, mientras el secretario general de la CGT, Casildo Herrera, se “borraba” al Uruguay otros burócratas directamente apoyaban el golpe. En el aire se advertía una definición, en la vanguardia se comenzaron a ver movimientos “raros”, la JP y la JTP influenciados por Montoneros se preparaban para la “lucha final”, importantes referentes y dirigentes de base dejaban las fábricas y colegios y pasaban a la clandestinidad integrándose a las “milicias”. Un día de enero caminando por la Plaza Alsina de Avellaneda me encuentro con Mafalda (el chico de la UES de mi colegio) vistiendo de traje, lo que me dio mucha risa porque siempre fue medio “zaparrastroso”, a lo que muy serio me dice “ahora estoy en las milicias”. Yo le respondo: “ah, bueno, yo me fui a militar a la fábrica a organizar la JOSA” (Juventud Obrera Socialista de Avanzada, iniciativa que había lanzado el partido para aprovechar el incipiente trabajo entre los jóvenes obreros). Dos estrategias y una definición práctica sobre una orientación política ultra que los alejó más de las masas y sus luchas, y que llevó al desastre a una vanguardia abnegada de honestos luchadores.

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Toda esta “introducción” sirve para entender el marco y las circunstancias políticas que rodearon el golpe y cómo lo vivimos los militantes. Fue una época de grandes enfrentamientos y choques durísimos y violentos, agravados por la confusión que introducía la “guerra de bolsillo” entre las guerrilla y la Triple A, de ahí que la militancia de todas las organizaciones estaba “curtida” justamente porque no salían de un laboratorio sino que eran producto de su participación cotidiana en las luchas obreras y estudiantiles, éramos personas de carne y hueso inmersas en un proceso de luchas donde se daban pero también se recibían golpes, muchas veces duros, así es como se va forjando un militante.

 

El 24 de marzo finalmente los milicos dan el golpe…

De un plumazo no sólo liquidan todas las libertades democráticas, prohibiendo las manifestaciones, las reuniones de personas en la calle, la actividad de los partidos políticos (el PST fue directamente proscripto junto con las organizaciones guerrilleras), la actividad sindical, intervinieron los sindicatos, sino que desataron una represión salvaje encarcelando y desapareciendo a miles de militantes y activistas.

Toda la etapa “heavy” previa al golpe ayudó y mucho para bancar esa nueva situación, igual el golpe excedió y mucho el nivel de saña y salvajismo de otros golpes, incluso los compañeros más viejos no habían atravesado nunca semejante represión con la que acallaron a sangre y fuego a esa vanguardia luchadora.

El día del golpe fui a trabajar, porque no estaba “quemado” ni la patronal ni la burocracia me tenían caracterizado; fue un bajón, ni bien pisé la fábrica estaba el gerente de personal llamando a los delegados para advertirnos que la Junta Militar había prohibido la actividad gremial, así que a laburar sin abrir la boca. A medida que pasaban las horas llegaban las malas noticias, de una fábrica cercana, Galileo (que estaba alineada a Calabró de la UOM La Plata y gobernador de la Provincia) informaron que entró un camión con milicos y verduguearon a los trabajadores, revisando los vestuarios y los lugares de trabajo, más tarde ese día me avisan que había caído presa una compañera de Pompeya que conocía casi todo el trabajo sindical de la zona, por ese motivo no fui a laburar un par de días hasta que finalmente a la compañera la largaron y todo siguió igual. A pesar de las medidas de seguridad tomadas, cayeron presos o se los llevaron y no aparecieron muchos compañeros, otros producto de la represión y la persecución dejaron la militancia, por lo que costó mucho reorganizar la zona.

Pero la situación no te daba respiro. En los primeros días de abril la patronal echa a una delegada que también era del partido, con la excusa de que había hecho dibujos donde caricaturizaba al jefe, una pelotudez pero el jefe que la odiaba, aprovechó la situación y la echaron. Nos enteramos porque no la dejaban entrar, fuimos a la oficina de personal y el gerente nos recibe con un “váyanse de acá porque llamo a los militares, ustedes no son más delegados”. La bronca era terrible, cuando vamos al piso ocurre algo impensado, loco, en semejante situación con todo el mundo cagado de miedo los compañeros espontáneamente no trabajaban, no decían nada, pero no trabajaban, los jefes preguntaban y muchos ni respondían. Entre tanta desazón surgió la solidaridad con la compañera, es que Raquel era una compañera muy querida y la gente sin pensarlo mucho estaba ¡haciendo un paro en el medio de una dictadura! Como la actitud siguió, ahí sí nos llamó el gerente de personal y nos amenazó con que “si no hacemos que la gente trabaje voy a llamar a los militares porque está prohibido hacer medidas de fuerza”. Con los otros delegados estiramos lo más que pudimos la cosa pero estaba claro que no había que empeorar y cuando los jefes comunican la orden, los compañeros masticando bronca y muchos/as llorando empezaron a “hacer que trabajaban”. La patronal no nos dejó salir, pero ni bien terminó el turno nos fuimos al sindicato, para reunirnos con Raquel y el dirigente que atendía nuestra empresa.

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Aunque el gremio estaba intervenido y la delegación del Ministerio de Trabajo estaba también intervenida por la Marina, igualmente tomaron la denuncia por despido arbitrario y nos citaron junto a la empresa para el otro día. Realmente no entendíamos mucho, creímos que era mentira, que no íbamos a conseguir nada, pero realizada la audiencia, el funcionaros a cargo dictamina la reincorporación de la compañera, nosotros quedamos como locos y la patronal no entendía nada.

Por suerte la burocracia no nos tenía “fichados” y tomaron el despido de un delegado como si hubiera sido uno de ellos y aprovecharon la circunstancia para de alguna manera ponerle cierto “límite” a la patronal, dejando claro que había que seguir negociando con ellos. Así, producto de contradicciones ajenas a nosotros, volvimos al otro día a la fábrica con la compañera reincorporada, un triunfo impensado en semejante situación. Está de más aclarar lo que provocó su vuelta: decenas de trabajadores aplaudiendo a Raquel y dándole su apoyo. Anécdotas como estas se sucedieron por muchos lugares, algunas pequeñas, otras grandes, como cuando en la fábrica Cristalux de Avellaneda secuestran a un delegado y los trabajadores realizan un paro resistiendo en los portones a los milicos que querían entrar, lucha heroica que tuvo como resultado el “blanqueamiento” del compañero que apareció preso en una comisaría.

Así aguantando los golpes y con mucha entereza hicimos lo imposible por defender y mantener organizado al partido, atendiendo las necesidades de los compañeros perseguidos y presos, cumpliendo al mismo tiempo la tarea de ayudar a nuestra clase a organizar la resistencia a la dictadura. Nos costó mucho esfuerzo pero en la Zona Sur nos propusimos reunir a la militancia para el 1° de Mayo. Fue raro porque en lugar de un acto estábamos obligados a juntarnos clandestinamente. La tarea de buscar el lugar y organizar el evento recayó en mi persona y junto a otros compañeros y simpatizantes pusimos manos a la obra. La reunión la realizamos en el predio donde está la cancha del Club Victoriano Arenas, ubicada a orillas del Riachuelo y detrás de la fábrica SIAM en Avellaneda, a la que se llegaba en esa época bordeando las vías de carga del Ferrocarril Roca que van hasta la estación Sola en Barracas. El lugar lo conseguimos por conocer la zona y el club al que algunos concurríamos de pibes a la pileta “popular”, resultó un lugar ideal alejado de todo donde no llamaría la atención ver gente jugando al futbol y comiendo un asado. Reunimos casi 50 compañeros, algunos no estaban pero todos seguían en nuestros corazones y nos daban fuerzas para seguir en el camino de la lucha por la liberación de los trabajadores y el socialismo. Nos juramentamos vengar a nuestros caídos militando junto a nuestra clase para tirar abajo la dictadura. Ese día parecía un objetivo muy lejano, pero después de duros 6 años de lucha y resistencia estábamos en las calles festejando la caída de la dictadura, por fin la militancia del PST salía a cara limpia y marchaba con mucho orgullo de haber sido parte de esa gesta heroica y gritamos hasta quedarnos sin voz: ¡Viva la lucha de la clase obrera! ¡Vivan los compañeros caídos! ¡Viva la revolución socialista!

 

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