Después de la derrota

La incógnita sobre el rumbo social y económico del gobierno

Ya pasó el 12 de septiembre: ¿Y ahora?

Redaccion
Redacción de IzquierdaWeb.


Un verdadero baldazo de agua fría fueron los números que obtuvo en las PASO el oficialismo en las diferentes provincias.

El escrutinio final en la provincia de Buenos Aires, el corazón de todas las batallas, encontró a la lista del Frente de Todos cayendo con un 29,48% (unos 6.521.077 votos) ante la sumatoria de los votos de la interna de Juntos – ex Juntos por el Cambio- que obtuvo un 38,29% (8.469.988 votos).

El control del Congreso está en juego de cara a las elecciones de noviembre y «revertir -o achicar- la derrota inesperada es el objetivo», afirman.

Esta diferencia resultó tan inesperada para el FdT como irreversible, desde que se conocieron los primeros datos oficiales.

«Una derrota del gobierno», más precisamente de «la gestión de Alberto Fernández», indicaban los principales medios. Como único orador en el bunker, el presidente dijo: «De los errores aprendemos. Hay una demanda y a partir de mañana vamos a prestarle atención y resolver el problema que la gente nos plantea».

¿Qué ideas arrojaron los primeros balances que comenzaron a procesarse dentro del oficialismo? El ala «K» del peronismo pretende despegar a Cristina Kirchner de la derrota. El problema habría sido la «tibieza» de Alberto… como si la orientación de un gobierno no estuviera determinada por todos sus componentes. ¿Acaso el kirchnerismo, la fuerza mayoritaria de la coalición gubernamental, es un rehén dentro del gobierno? A cualquiera que lo piense más (o menos) de un minuto le parecería al menos improbable.

Vicentín, el campo, el aporte extraordinario serían ejemplos de la tibieza que explicaría esta suerte de «voto castigo».

El bolsillo hizo que las vacunas y gestión sanitaria no alcancen. El tan prometido asado hoy se esfumó y no existe la posibilidad de llevar siquiera «fideos», dicen los medios afines al gobierno. Las jubilaciones y el salario de miseria en un país con una pobreza galopante -del 42%- serían una realidad que el gobierno conoce pero no habría podido atender. Un IFE que no continuó, la prohibición de exportación de carne que no alcanzó para reflejarse en el bolsillo…

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El problema que se plantean desde la militancia oficialista es el siguiente: para revertir o acortar la brecha de cara a noviembre hace falta salir a hacer política «poniendo dinero en el bolsillo de la gente». Ahora… ¿Cómo se concilia esto con el hecho de cumplir lo pautado de cara al pago de la deuda frente al FMI? Después de un pago de intereses hecho en agosto, queda por pagar al organismo alrededor de 4.380 millones de dólares en lo que resta del año. El primero de los vencimientos es este mes por un monto de 1.870 millones de dólares en concepto de pagos de deuda de capital. Para el 22 de noviembre hay pautado un pago por intereses y recargos, que totalizan 640 millones de dólares.

En el relato, la pelea por el camino a seguir esto se expresa en la supuesta puja entre el kirchnerismo y el ministro Guzmán, economía vs. política.

En la imaginación de los sectores «progresistas» del peronismo, revertir la derrota es volver a los tiempos de la hegemonía kirchnerista: repartir algo y que los grandes empresarios sigan ganando lo que ganan (que es mucho, más que antes). El problema con esa perspectiva es que la situación económica es otra, muy otra.

Los balances honestos no deberían soslayar que todo se hizo sabiendo que para pagar al Fondo las ganancias empresariales no se tocan y que, por lo tanto, el dinero se consigue a costa de ajuste sobre el pueblo trabajador.

Es cierto que hoy Argentina no tiene Ministro de Economía, tiene un Ministro de relaciones con el FMI y los acreedores internacionales. Pero la intención de llegar a un acuerdo (lo que implica ceder a las presiones y exigencias del Fondo) es común a todas las fuerzas gubernamentales, sean más o menos progresistas.

No es posible hoy un rumbo en el que «capital y trabajo de asocian en un proyecto común» como decía Alberto hace días. Esa quimera es tan real como el monstruo mitológico griego, más aún en tiempos de crisis. Hay menos para repartir y los empresarios logran quedarse con más y más.

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«Estamos saliendo» era la frase de campaña. En efecto, las cuarentenas se están terminando de manera definitiva. «Estamos saliendo». El problema es: ¿hacia dónde?

Argentina está cruzada por dos crisis económicas superpuestas: la pandemia y sus consecuencias, de un lado; y la crisis de estancamiento y endeudamiento que se arrastra de años, del otro. La gente sale del encierro y se encuentra con trabajos más precarios, salarios más bajos, precios más altos. El gobierno no perdió porque no se estaba «saliendo» sino por el lugar al que se estaba saliendo: uno de miseria.

El balance es categórico: en medios de la crisis del Coronavirus, el gobierno siguió ajustando. En el propio estado se pagan salarios por debajo del promedio, incluso del mínimo legal. ¿Qué queda para el resto?

Ahora anuncian la aceleración de medidas paliativas para intentar contrarrestar la derrota: «beneficios» a jubilados (¿no lo habían hecho en agosto?), créditos productivos, reconversión de planes sociales, etc. 

Pero estas medidas son eso: meros paliativos. Nadie espera que la catástrofe social se revierta de esa forma. Además, el margen financiero para semejantes iniciativas es prácticamente nulo.

Yasky, un supuesto representante de los trabajadores en el gobierno, dijo: «A partir de hoy, tolerancia cero con los especuladores y los formadores de precios». Esa gente existe y es concreta: son los acreedores del estado nacional, los que se fugaron miles de millones durante el macrismo. El acuerdo con el FMI implica consagrar el triunfo de esos «especuladores», pagar sus dólares y repagarlos con la deuda con el Fondo mismo. La otra opción (realista) es romper con el fondo y los acreedores y tomar lo que se llevaron. ¿Alguien espera acaso que el gobierno de «Alcentro» Fernández haga semejante cosa?

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