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La función de los piquetes en el paro general

Se concretó hoy una de las más contundentes huelgas generales de los últimos años. Los gremios más grandes y estratégicos adhirieron y aseguran así una medida de fuerza contundente: transportes, servicios y grandes industrias, las arterias mismas de la economía nacional están paralizadas.



Los voceros del gobierno lloriquean por los miles de millones de pesos que perderá “el país”. Los que verdaderamente están perdiendo son las grandes empresas, los multimillonarios locales y extranjeros; “el país” pierde con las regalías de las multinacionales a sus casas matrices, con el regalo de los millones que vendió el gobierno para “contener” la subida del dólar, con la evasión fiscal de los CEO del gabinete macrista, con los absurdos montos de intereses de la deuda externa. Y si hablamos de perder algo más que dinero, como fuerza política, el que pierde es el Gobierno nacional.

Los burócratas oxidados de la CGT no querían cortes, aunque TN y Clarín griten lo contrario con esa rigurosidad periodística tan característica de ellos. Probablemente, en la cabeza de los Acuña y los Daer haya algún rastro de consuelo, de auto convicción de que la medida de fuerza de hoy se gestó en sus oficinas. La terrible realidad, que los acosa en las noches, es que la enorme demostración de la clase obrera argentina del día de hoy creció como expresión de descontento en las fábricas, locales comerciales y lugares de trabajo. Ellos no tuvieron otra opción que sancionarla oficialmente para evitar que la bronca creciera como un monzón que desbordara las empalizadas de las estructuras directivas de la CGT.

El paro dominguero es funcional a la estabilidad del control dictatorial de estos personajes sobre las organizaciones sindicales, una usurpación del protagonismo de los trabajadores. La movilización en los cortes de la izquierda permite que compañeros de diversos gremios y profesiones se encuentren, se vean cara a cara, hagan una evaluación común de la situación y de sus fuerzas. Los activistas de las fábricas y otros lugares de trabajo vinculados a la izquierda tienen a través de los piquetes una herramienta de organización obrera, sirve para sacarle (por ahora en una medida modesta) el control a los burócratas sobre las acciones de las bases. Sirven así para agrupar a posibles organizadores, oradores, activistas, que pueden ser vanguardia en la organización de su lugar de trabajo con compañeros ya organizados y templados. Porque el desborde de las antidemocráticas direcciones sindicales de la CGT y la CTA, con la irrupción de la voluntad de las bases, no puede hacerse realidad sin una camada de compañeros ya preparados para dar la lucha política y sindical de ponerse a la cabeza del resto de los trabajadores. Los cortes son un primer ensayo.

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Los medios, la gran prensa y los voceros del gobierno, a coro con la clase media reaccionaria, hacen campaña con que el paro de transporte y los cortes de calles, puentes y rutas coartan la “libertad” del que “quiere ir a trabajar”, del aplicado carnero que no estaría haciendo más que su deber. Oponen así al movimiento obrero organizado a la “libertad” en su estado químicamente puro, venida al polvoroso mundo real desde no se sabe dónde, a la “libertad individual” de la que tanto se habla y escribe en las consultoras económicas, esas expendedoras de ideología liberal.

Que las empresas descuenten sumas como el presentismo es para ellos, cosa rara el modo en que razonan estas personas, culpa de los huelguistas y no… de los empresarios que descuentan presentismo. Porque claro, cuando los ricos hacen estamos frente a la pura “libertad individual”, cuando los trabajadores hacen, estamos cara a cara con el despotismo.

Suponen además que todos los trabajadores no sindicalizados, o aquellos abandonados a su suerte por sus direcciones sindicales, están en contra del paro. Porque es perfectamente lógico que un compañero que sufre los tarifazos, las rebajas salariales de hecho y tantas maravillas macristas más, no tenga ningún deseo de parar y expresar su descontento. En el caso de no poder contar con que su sindicato garantice el paro en el respectivo lugar de trabajo, los piquetes le dan la cobertura necesaria para que pueda parar.

Suponiendo que haya compañeros a los que el paro les es indiferente, dudamos que les resulte simpático ser obligados a cumplir su jornada pagando un taxi de su bolsillo (como pasa en muchos locales comerciales o call centers). Incluso si hablamos de un fanático carnero, que ha sido convencido de que es perfectamente justo que le saquen medio salario en tarifas para que un par de ricachones se llenen un poco más los bolsillos, él mismo es claramente víctima de no ver otra realidad posible que el dominio indiscutido de algunos privilegiados, producto de que no hay alternativa clara a esa realidad en su horizonte mental. “Tus derechos terminan donde comienzan los de los demás”, dicen algunos. Nosotros podemos afirmar que la libertad del carnero termina donde comienza la del huelguista. Finalmente, en este tipo de razonamiento, el gendarme repartiendo palos es también una forma de imponer el reino milenario de las libertades individuales.

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El paro general es una demostración de la fuerza que tiene la clase trabajadora, le saca de las manos a la clase capitalista la posibilidad de hacer uso de los medios de producción aunque sea por breves horas, le permite construir una fuerza social que cuestione el monopolio exclusivo de la burguesía sobre las vidas y las conciencias de millones, de las fábricas y transportes que mueven al mundo entero. De un lado, una fuerza social que se impone a través de su propiedad y riquezas, del monopolio de los principales medios de creación de opinión, de su dominio del Estado y sus fuerzas de coerción, policías y gendarmes; del otro, una fuerza social que se hace valer por ser la que mueve el mundo entero, las fábricas, los transportes, los servicios, y que se impone a través de los piquetes. Las chácharas sobre la libertad tratan de ocultar lo que hay detrás de la jornada de hoy: lucha de clases.

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