Marcelo Yunes
Intelectual marxista del Nuevo MAS

La inflación se encamina sólidamente a un 10% sólo para el primer trimestre (tasa anualizada: 46%), y hasta el macrismo y sus amigos se lamentan de que la mítica baja del segundo trimestre sigue en problemas. Para colmo, el dólar se despertó del coma inducido y ya está de vuelta en los 42 pesos, con lo que a) volvió el nerviosismo al equipo económico, que otra vez subió las tasas de interés al 60% anual, rogando que vuelva el negocio especulativo y los inversores no huyan al dólar, y b) se recalienta la inflación que el gobierno decía que iba a bajar, y el índice de abril tampoco va a dar bien.

Las altas tasas de interés no son un dato estadístico: son una realidad económica muy tangible que se manifiesta no sólo en el silencioso pero brutal aumento del peso de los intereses de deuda interna pública vía las Letras de Liquidación (las “Lebac 2.0) sino también en la altísima capacidad instalada industrial ociosa. La industria en general tiene un uso de esa capacidad de apenas el 55%, la peor tasa desde 2002, y la más importante de las ramas industriales, la automotriz, se derrumbó en enero al 15% de uso de su capacidad.

Los malos datos económicos y los políticos se retroalimentan: aumenta el riesgo país (la tasa de interés adicional que debe pagar el país por endeudarse) porque a Macri le dan mal las encuestas. Pero la percepción económica negativa en el propio mundo empresarial echa a rodar rumores como la candidatura de Vidal en reemplazo de Macri, que naturalmente no proyectan optimismo sobre el futuro electoral de Cambiemos. Todos miran de reojo el billete verde y Dujovne voló a Washington a negociar una flexibilización de las condiciones cambiarias. En criollo, fue a pedir al FMI que le permitan al Banco Central intervenir en el mercado cambiario vendiendo dólares si crece la histeria preelectoral porque Macri no levanta en las encuestas, jugada que de concretarse implica un riesgo de corrida tal que da vértigo al establishment.

Es en este marco que, sigilosamente, dos actores que se decían irreconciliables han empezado a darse mutuas señales de acercamiento. Hablamos del kirchnerismo y del Fondo Monetario Internacional.

 

Se quejan hasta los sojeros y el FMI se “ocupa” de los pobres

Hace dos semanas hubo un cónclave de lo más granado del empresariado agroexportador en la localidad santafesina de Timbúes, en la planta de Renova (Glencore-Vicentín), “para plantearle a Macri la crisis que enfrenta el principal sector exportador de Argentina, la soja, con más del 50% de capacidad industrial ociosa. (…) Lo más llamativo del encuentro, sin embargo, fue la celeridad y el silencio en que se llevó a cabo y la escasa trascendencia que le dio el propio Ejecutivo, cuando ese sector le justifica al gobierno el estratégico ingreso de las divisas que ingresan al país. (…) Se terminó la visita y se hizo el silencio… Algunos especulaban con que darle trascendencia al encuentro, en realidad, le jugaba en contra al gobierno. ‘Si la soja está así, ¿qué nos queda al resto?’, se preguntaba un inversor” (Ámbito Financiero, 4-3-19). En efecto: el anfitrión del encuentro, Vicentín, no es un jugador cualquiera, sino el mayor exportador de harinas de soja (17% del total) y aceites de soja (24% del total) del país, y representa el 9% del total de agroexportaciones. Con cierres, despidos, suspensiones y desplome de la producción, hasta los mismos empresarios que vienen sosteniendo a Macri empiezan a desesperar.

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Tanto este estado de ánimo como el marco general de la economía que le da origen fueron percibidos con toda claridad por la misión del Fondo Monetario que anduvo por estas pampas en febrero. Como técnicos que son, no pueden dejar de registrar que se ha entrado en una zona peligrosa (y eso que se fueron antes de la suba del dólar). Una de las primeras conclusiones que sacaron es que el famoso déficit cero, defendido con argumentos increíblemente infantiles por Macri en el Congreso y por el macrismo en todas partes, es, para el FMI, incumplible por este año, por al menos dos buenas razones.

Primera, la recaudación impositiva está en declive completo como resultado de la recesión (algo que sólo el PRO se negaba a admitir), más de 10 puntos por debajo de la inflación, con lo que el ingreso no va a ser el esperado y deberá compensarse por algún lado (¿Más ajuste? ¿Más impuestos?). Y segunda, que el interventor del Fondo para asuntos argentinos, el italiano Roberto Cardarelli, advierte con todo realismo que no hay chances electorales para Cambiemos sin al menos aumentar un poco el gasto social (sí, el FMI es más “populista” que Macri). Los números correspondientes son los siguientes: el Fondo ya autorizó un “desvío” del 0,4% del PBI para la asistencia social, de donde se desprendió el anuncio del gobierno del aumento del 46% en la AUH. Es indicador del grado de coloniaje al que estamos volviendo que el gobierno se atreviera a hacer el anuncio sólo después de que el FMI diera su bendición a la cláusula “rescate de los pobres” incluida en el stand by de septiembre del año pasado… a instancias del propio Fondo.

 

Kicillof descubre el “lado sensible” de Lagarde

Cualquier persona informada puede darse cuenta de que el acuerdo con el FMI nunca tuvo coherencia económica (de hecho, traspasaba muchas de las “líneas rojas” del organismo en sus premisas para conceder créditos chicos, ni hablar de 57.000 millones de dólares) sino política, e incluso geopolítica. Es el resultado de una apuesta estratégica centralmente del gobierno de EEUU, que se peleó con todo el resto del directorio del Fondo para aprobar el préstamo, con condicionalidades que se empiezan a ver con más claridad ahora, desde Vaca Muerta y los contratos de obra pública hasta el Acuífero Guaraní, las bases militares y el alineamiento automático con la política exterior de Trump. Pero tan acuciante es el panorama económico y político para Macri que el FMI empieza a considerar sus opciones en caso de que el plan A se vaya al tacho.

Es en ese sentido que se debe entender la reciente definición del portavoz del FMI Gerry Rice en conferencia de prensa en Washington, ya con los números en la mano e informados del recalentamiento del dólar (y del resto). Después del saludo ritual a los “avances” del gobierno de Macri, Rice fue a los bifes: “El Fondo emitió ayer una definición crucial para el país, sobre todo en momentos en que las perspectivas electorales lucen sumamente inciertas: ‘Seguiremos apoyando a la Argentina. Es normal que haya cambios, las administraciones de los países cambian, el Fondo sigue apoyando al país’, dijo Rice, lanzando una definición tal vez atractiva para los inversores que temen que no se produzca una reelección de Macri” (El Cronista Comercial, 8-3-19).

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Esta súbita vocación “por el país”, y no por el gobierno de Macri, se le despertó al Fondo a partir de dos factores: el análisis realista de que probablemente no habrá reelección con un cuadro económico como el actual y el discreto sondeo que hicieron con la oposición kirchnerista, bajo la forma de un encuentro no secreto (pero tampoco muy divulgado) con una de las primeras espadas de Cristina, Axel Kicillof.

No sabemos quién fascinó más a quién, pero ya que vimos las elípticas flores de Gerry Rice, conozcamos ahora las mucho más directas insinuaciones de seducción de Kicillof. Por empezar, el “compañero Axel” (como llegó a bautizarlo una de las figuras del FIT) adelantó casi los mismos términos de la declaración, tres días posterior, de Gerry Rice: “El FMI se va a sentar con el gobierno que venga, sea del signo que sea”, conclusión a la que llegó después de la reunión con los funcionarios del Fondo a la que calificó de “muy interesante”.

Y vaya que debe haberlo sido, porque Kicillof se despachó con que el FMI “entiende” que el programa económico del macrismo es “insostenible” (se ve que no lo dicen en público de pudorosos que son, pero con Axel se sinceran…). Debe ser por eso que este referente del espacio K, otrora “enemigo jurado” de las “recetas recesivas” del Fondo, ahora descubre que a Lagarde y Cía… ¡“le preocupa el crecimiento y la inclusión social”! Así como lo leen, encomillado, textual (lo leímos en Ámbito Financiero del 5-3-19, pero salió en todos lados). Parece que el pedido de Macri de que “nos enamoremos” de Lagarde no cayó del todo en saco roto.

De todos modos, el kirchnerismo sabe que el “operativo retorno” no puede limitarse al flirteo con el Fondo, sino que debe también convencer de sus renovados encantos a la clase capitalista local. Esto no parece una misión tan complicada como hasta hace poco, justamente en función de que los desaguisados del macrismo están dejando un tendal de descontentos hasta en sus sostenedores antes más acérrimos. Es así que Kicillof emprendió el cortejo amoroso en estos términos: “Los grandes bancos argentinos también están enojados con este gobierno”, y no son los únicos, porque “una parte importante de los grandes empresarios nacionales no está conforme con esta política” (ídem).

Bueno, si de algo no se puede acusar al ex ministro de Economía de Cristina es de exceso de sutileza. Le falta decir a los gritos: “A ver, burgueses argentinos, ya sabemos que nos odiaban y que Macri era su esperanza, pero vean cómo les está yendo de mal. ¿Por qué no piensan de nuevo el asunto? Nosotros estamos dispuestos a ser más contemplativos que nunca”. Y esta ubicación no es una mera especulación de este columnista. No hay más que constatar lo que fue la campaña de Ramón Rioseco, el candidato del kirchnerismo a las elecciones a gobernador de Neuquén: se presentó todo el tiempo (inútilmente, a la postre) como “garante de la seguridad jurídica” y de las inversiones extranjeras (y nacionales) en Vaca Muerta.

No hace falta discutir ahora con los simpatizantes del kirchnerismo cuán “carnívoro” del establishment fue el gobierno K. Lo que parece cada vez más claro es que su dieta actual, y sobre todo futura, va a ser decididamente vegana. A las vacas sagradas del empresariado no las toca nadie, y Kicillof menos que nadie.

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