Historia de la deuda externa argentina - Parte 2

La deuda externa macrista: fuga, fuga, fuga

La deuda externa argentina, desde el 2001 a Fernández: una estafa capitalista del siglo XXI - Parte II.

Ramiro Manini

En diciembre de 2015 asumió la presidencia del país Mauricio Macri. Todos los analistas señalaban que, si bien Argentina estaba atravesando una crisis, había un enorme margen para el endeudamiento externo, por diversos motivos. En primer lugar, si bien bajo los K la deuda pública se incrementó en 100 mil millones de dólares, cómo señalamos en la parte I de este artículo, la mayor parte de ese endeudamiento fue al interior del propio estado, centralmente con la ANSES, no hubo posibilidad prácticamente de acceder al mercado financiero internacional. Un porcentaje significativo (30%) de la deuda estaba nominada en pesos argentinos. Además, la relación entre la deuda total del estado nacional y el Producto Bruto Interno (el PBI mide el volumen de la producción de un país) era del 55%, un porcentaje relativamente bajo para estándares internacionales2. El país aparecía en las reuniones de banqueros y fondos de inversión como tierra virgen para increíbles negocios. En palabras de los protagonistas “Jamie Dimon (el CEO global de JP Morgan Chase, el banco más importante del mundo) está fascinado con el presidente Mauricio Macri”. El único obstáculo para un nuevo festival de endeudamiento externo era el problema de los fondos buitre. Recordemos que los fondos buitre son fondos de inversión que se dedican a comprar deuda de países quebrados a precios regalados para luego hacerle juicio a los estados y cobrar la totalidad de los bonos. Para poder acceder al mercado de capitales había que pagarles a los señores carroñeros, cosa que Macri hizo con gusto, unos 10 mil millones de dólares. Una vez “resuelto” el problema, el país tenía la puerta abierta para ingresar al mercado financiero internacional.

El pago de Macri a los fondos buitre fue un escándalo, no solo para los socialistas revolucionarios, sino incluso para el progresismo burgués. Por ejemplo, Joseph Stiglitz, ganador del premio Nobel de Economía, considera que el pago a los buitres sentó un precedente que dificulta que los países en default puedan renegociar sus deudas. ¿Por qué iba a aceptar ningún bonista una quita si esperando puede obtener rendimientos astronómicos a cambio de una pequeña inversión en un buen estudio de abogados en Nueva York? Obviamente este argumento capitalista, que busca que los países puedan negociar sus deudas para pagarlas, no tiene nada que ver con lo que proponemos los socialistas, que es no respetar la propiedad privada de los inversores financieros y no pagar la deuda externa. Pero sirve para graficar lo profundamente reaccionario de las políticas que llevó adelante el gobierno de CEOs que encabezó Macri.

La fiesta del endeudamiento

La principal medida que tomó el gobierno ni bien comenzó su mandato fue el fin del “cepo cambiario” que había impuesto el kirchnerismo en el 2011 para regular la compra de dólares por parte de privados. El macrismo buscaba terminar con cualquier tipo de intervención o regulación del estado en el mercado de cambios. El fin del cepo habilitó la compra masiva de dólares, centralmente por parte de las empresas y sus dueños. También se eliminaron todas las trabas a la importación de productos extranjeros. Para poder llevar adelante estas políticas, liberalización del mercado cambiario, liberalización del comercio exterior y pago a los fondos buitre, el gobierno necesitó dólares. Dólares que nunca llegaron por la vía de las exportaciones, tampoco por la vía de la “lluvia” de inversiones productivas. La única fuente genuina de dólares que creó el macrismo fue la colocación de bonos en el mercado financiero: la fiesta del endeudamiento macrista. El banco que más apostó inicialmente a estos títulos de deuda fue justamente JP Morgan, cuyo CEO estaba “fascinado” con Mauricio. Los primeros bonos emitidos fueron a una tasa promedio del 7% anual (¡una tasa de interés altísima!) por 16.500 millones de dólares, utilizados en su mayor parte para pagar la deuda con los buitres.

Durante el primer año de gobierno de Macri la “fiesta del endeudamiento” fue casi literal: se emitieron distintos bonos y títulos públicos por 46 mil millones de dólares ¡en un solo año! Eso sin contar 7 mil millones de dólares de deuda que contrajeron los gobiernos provinciales, que durante años no tuvieron acceso al endeudamiento externo. Parte de este endeudamiento era “necesario” para permitirle a la burguesía comprar dólares, una vez que se levantó el cepo, para importar mercancías extranjeras y fortalecer las reservas del Banco Central. Otra parte fue utilizada para financiar el déficit fiscal. Detengámonos en este punto. El déficit del estado es la diferencia entre lo que este recauda, en materia de impuestos, retenciones y demás, y lo que gasta, en materia de subsidios (en nuestro país una parte importante del gasto público está destinado a subsidios a empresarios), inversiones públicas, pagos de salarios, jubilaciones, entre otros. Este déficit se llama “déficit primario”, y cuando se suma el gasto del pago de las deudas previamente contraídas hablamos del “déficit total”, que es el que realmente importa. Existen tres maneras en el capitalismo de financiar el déficit fiscal. O se incrementan los impuestos y/o se reducen gastos para revertirlo, o se recurre al endeudamiento, o a la emisión monetaria. El macrismo intentó reducir el gasto público aplicando un brutal ajuste, centralmente eliminando los subsidios a las tarifas de agua, gas y electricidad: un ajuste aplicado directamente sobre el bolsillo de los trabajadores. Sin embargo, al mismo tiempo decidió bajar los impuestos que pagaba la patronal, centralmente con la baja de las retenciones a los productos agrarios. Por lo tanto, a pesar del ajuste a los de abajo, durante el primer año de gobierno macrista el déficit se incrementó. Para los liberales financiar el déficit con emisión monetaria, imprimiendo pesos, es prácticamente un crimen, ya que su doctrina económica monetarista sostiene que la emisión monetaria, el aumento de la cantidad de dinero que hay en una economía, genera necesariamente inflación. Sobre este punto los marxistas podemos decir varias cosas. Es verdad que cierto tipo de emisión monetaria genera inflación. Marx desarrolló en los primeros capítulos de El capital cómo el estado burgués no puede crear “valor de la nada” simplemente imprimiendo billetes. La ley del valor es férrea, los únicos que crean riqueza son los trabajadores mediante el trabajo humano, no los funcionarios del Ministerio de Economía con una impresora a color. Pero es falso, y está demostrado por la experiencia histórica, que toda emisión monetaria sea inflacionaria, porque no toda emisión monetaria es producto de que el gobierno intenta crear valor de la nada. Cuando una empresa exporta, por ejemplo, recibe dólares y se los vende al Banco Central a cambio de pesos, que el Central emite (el Banco Central de la República Argentina es el que tiene el monopolio de la emisión de pesos en nuestro país). Esa emisión no es necesariamente inflacionaria, ya que su contrapartida son las mercancías vendidas en el exterior y los dólares que recibe el banco. Tampoco tiene por qué ser inflacionaria la emisión destinada a financiar con crédito emprendimientos productivos, que redundan en un aumento de la producción. Y, por otra parte, es tampoco es cierto que la emisión de billetes sea la única causa posible de la inflación, cosa que también se verifico durante el gobierno de Macri: con emisión cero tuvimos las tasas de inflación más altas de los últimos años. A pesar de toda la evidencia, el dogma monetarista se mantiene imperturbable. Si no se puede financiar el déficit con emisión, se lo financia con endeudamiento.

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La bicicleta financiera

Cómo es de público conocimiento, la política de emisión cero para controlar la inflación fue un fracaso rotundo. Para intentar controlar la inflación el gobierno puso en marcha la famosa “bicicleta financiera”. El instrumento para esto fueron las Lebacs (Letras del Banco Central). Estas letras son un bono, cómo los que analizamos en la parte I, de muy corto plazo y en pesos. Por ejemplo, la Lebac más popular era a 35 días. Se colocaron inicialmente a un 38% de interés anual3, con dos objetivos: en primer lugar, “enfriar” la economía. Con una alta tasa de interés se reduce el consumo y la inversión, y de esa manera se supone que se puede reducir la inflación. Suena medio raro, pero es lo que opina la ortodoxia económica. Y, en segundo lugar, contener el precio del dólar. La burguesía argentina y las empresas multinacionales que funcionan en el país buscan continuamente convertir sus ganancias en dólares. La idea de las Lebacs es ofrecer una jugosa alternativa de inversión a la compra de dólares. Aquí se descubre cuál es realmente la única política anti inflacionaria que conoce la burguesía argentina y sus funcionarios públicos: deprimir la economía para intentar que los trabajadores no puedan exigir aumentos de salarios e intentar contener el tipo de cambio, el precio del dólar. Si todos los empresarios compran dólares al mismo tiempo, hay una presión inmensa a la devaluación, el aumento del tipo de cambio, y la devaluación, como todos sabemos en argentina, alimenta la inflación. En cambio, si el gobierno logra tentar a los empresarios con una inversión en pesos que sea atractiva, puede quitar esa presión sobre el dólar.

Con este instrumento comenzó a gestarse la “bicicleta financiera”. Las premisas de la bicicleta son dos. Por un lado, altas tasas de interés locales, garantizadas por la política contractiva del Banco Central. Por el otro, un dólar planchado, garantizado por las altas tasas de interés y por la misma entrada de dólares producto del endeudamiento. ¿En qué consiste la bicicleta financiera? En que inversores locales o extranjeros traigan sus dólares a Argentina, los cambien por pesos, los “inviertan” en Lebacs y se lleven una ganancia de por lo menos el 38% anual en dólares, garantizado por el tipo de cambio planchado. Un negoción, y, nótese, sin que medie ningún proceso productivo.

Este esquema funciona mientras los inversores confían en que el dólar va a seguir planchado y van a tener sus ganancias garantizadas. En un punto tiene muchos elementos en común con una de las famosas estafas piramidales que son trending topic últimamente, la bicicleta funciona si hay inversores que continuamente traen sus dólares para participar. En cuanto alguno huele que puede perder plata, el esquema empieza a crujir. Para que se entienda, si un empresario tiene 10 millones de dólares, los cambia por pesos e invierte en Lebacs por un año al 38%, pero al año el dólar pasa de valer $16 a valer $32 (100% de aumento), perdió plata, tiene menos dólares que antes. Y en el mundo de las finanzas la idea es ganar plata, no perder. De esta manera, todos quieren participar en este negocio, pero siempre atentos a los cambios que puede haber en la situación del país. Y esos cambios llegaron el 14 y 18 de diciembre de 2017 con las jornadas contra la reforma jubilatoria. Macri, envalentonado por su victoria electoral, quiso comenzar con el “reformismo permanente”, pero se chocó con una clase obrera y un movimiento de masas que no estaba dispuesto a dar el brazo a torcer sin luchar. Si bien el gobierno logró hacer pasar en esa oportunidad la reforma previsional, tuvo que cajonear la reforma laboral. El reformismo permanente nació herido de muerte.

Entre fines de 2017 y principios de 2018 comenzaron a complicarse las cosas para Macri en todos los planos, y en particular desde el punto de vista financiero. Los partícipes de la bicicleta financiera comenzaron a recelar. ¿Iba Macri a poder garantizar esas enormes ganancias? Los capitales comenzaron a irse (el primero en huir fue el “fascinado” JP Morgan), presionando fuertemente sobre el dólar, y en abril se dio la segunda gran devaluación bajo Macri. Los capitales que se quedaban exigían mayores tasas en las Lebacs, una bola de nieve que no paraba de crecer. Y, por otro lado, al gobierno le costaba cada vez más colocar sus bonos en dólares, porque los fondos de inversión requerían una tasa de interés cada vez mayor. Para darnos una idea, la tasa de interés de un bono de Estados Unidos en 2018 rendía un 3% de interés. Macri llegó a pagar hasta un 10%, una fortuna para un bono soberano en dólares.

¿Por qué se pagan tasas tanto más altas para la deuda argentina? Los fondos especulativos quieren tener una relación entre el riesgo que corren con su inversión y las ganancias. Tiene sentido ganar un 2 o 3% con un bono de EE. UU., nada puede salir mal. En cambio, invertir en un país donde acaba de haber una pequeña rebelión popular, ¿vale la pena? Depende de cuanto paguen. Aquí entra a jugar uno de los términos financieros que más pánico genera en nuestro país: el riesgo país. El riesgo país es una medida que elabora JP Morgan Chase, que compara la tasa de interés de los bonos de cualquier país contra la tasa de un bono del tesoro estadounidense. La idea es que cada punto porcentual que se pague por encima del bono yanqui es una “prima de riesgo” que exigen los inversores para prestarle a un país. Por ejemplo, si un bono de EE. UU. paga el 3% de interés y un bono argentino el 10,5%, el riesgo país es de 750 puntos. En determinado momento en que el gobierno de Macri dejó de intentar vender nuevos bonos, porque la tasa de interés exigida era demasiado alta, el riesgo país se siguió calculando, analizando la tasa de interés efectiva que ofrecían los bonos argentinos en el mercado. Tomemos un ejemplo simple para que se entienda. El BONAR 22 es un bono en dólares emitido por Macri en 2017 con un valor nominal o capital de 100 dólares, vencimiento en enero de 2022 y que pagaba un 5,6% de interés anual. Cada uno de los bonos se vendió originalmente por 100 dólares, es decir, el mercado convalidaba la tasa del 5,6% indicada por el gobierno. Al momento de escribir esta nota, 17 de junio de 2020, ese bono vale 48 dólares. ¿Qué significa esto? Volvamos a la definición de bono que habíamos visto en la parte I. El inversor quiere invertir un capital y sobre ese capital generar intereses a lo largo del tiempo. En el caso de este bono, si bien el papel dice 100 dólares, en realidad el capital que está invirtiendo el capitalista que lo compra en junio de 2020 es de 48 dólares. Y se supone, si todo le sale bien, que al momento del vencimiento va a cobrar 100 dólares. ¡Es una inversión de 48 dólares que en solo 219 días promete convertirse en 100! Una tasa de interés efectiva anual del 240%. Cuanto menor es el precio de un bono en el mercado (la noticia conocida “se desploman los bonos argentinos”), mayor es su tasa de interés efectiva. Y a mayor tasa de interés, mayor riesgo país.

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En el momento en el que empieza a ser cada vez más difícil obtener financiamiento privado, el gobierno de Macri recurrió al Fondo Monetario Internacional. El 8 de mayo de 2018 el macrismo firma con el FMI el acuerdo más importante de su historia: 50 mil millones de dólares con el objetivo de salvaguardar las finanzas, garantizar que los inversores internacionales cobren su plata y darle apoyo político a un gobierno alineado de manera categórica con Trump y el imperialismo, y con la promesa de una serie de “reformas estructurales” neoliberales.

Tenemos entonces múltiples vías de financiamiento macrista. Por un lado, quienes trajeron dólares para comprar Lebacs. Por otro, quienes compraron bonos en dólares al gobierno, en los últimos años a tasas astronómicas. Y por último el FMI. Unos 115 mil millones de dólares en 4 años, incluyendo el infame pago a los fondos buitre. Inversiones productivas hubo poco y nada, la lluvia de inversiones fue más bien una llovizna de inversiones productivas y una avalancha de especulación financiera. Pero ¿a dónde fueron a parar todos estos dólares que entraron al país? No los vemos ni en desarrollo productivo, infraestructura, educación ni salud, y eso se nota especialmente con la pandemia y la crisis sanitaria que estamos viviendo. Esos 115 mil millones de dólares de deuda se utilizaron, en realidad, para financiar la fuga de capitales.

La fuga de capitales, el placer no tan oculto de una burguesía offshore

La fuga de capitales es un término con una leve connotación delictiva, pero que es una operación totalmente legal. Su nombre técnico es “formación de activos externos”, y es simplemente la compra de dólares (en el mercado formal) por parte de agentes privados para su atesoramiento. Y, ¿quiénes compran dólares en Argentina? Hay un operativo mediático y político muy fuerte para hacernos creer que los dólares los compramos los laburantes y la clase media, que los compramos “todos”. Pero esto es rotundamente falso, la mayor parte de los dólares en Argentina se los lleva, obviamente, la burguesía argentina y las empresas multinacionales que operan en el país. Para demostrarlo con algunos números, durante el macrismo se fugaron unos 86 mil millones de dólares. El 10% de los agentes, tanto personas como empresas que más dólares compraron se llevaron el 60% de las divisas. El 1% que más compró se llevó el 22%. La persona que más dólares compró fugó 40 millones y la empresa que más compro se llevó 1.200 millones de dólares. La fuga de capitales es “legal”, tan legal como la explotación capitalista. Y estamos hablando solamente de las compras en blanco registradas. Teniendo en cuenta que estamos en un país en el que los gobiernos sistemáticamente les proponen a los burgueses que “blanqueen” su patrimonio en negro, nos permitimos dudar que no haya algunos miles de millones de dólares “blue” más dando vueltas por ahí.

Tenemos entonces la fisonomía de la burguesía argentina y las empresas imperialistas que producen en nuestro país. Nuestra clase dominante es una especie particular de parásitos que viven de explotar a los laburantes y ni siquiera se digna a invertir esas ganancias en el país. La mayor parte de los 86 mil millones de dólares es la flor y nata de la plusvalía que la chupan los burgueses a sus trabajadores “legalmente” y que envían a retozar a Panamá, Miami o Punta del Este. Obviamente no es un invento macrista, la burguesía argentina fuga capitales desde su formación cómo clase. Durante los 12 años de kirchnerismo se fugaron entre 100 y 140 mil millones de dólares, financiados primero con el superávit comercial producto del boom de la soja y luego con el drenaje de reservas del Banco Central y los bonos que les hicieron comprar a los jubilados. El macrismo financió la fuga de capitales mediante endeudamiento externo con fondos de inversión privados y con el FMI.

Es absolutamente falso que, como dicen economistas liberales, la deuda externa se contrajo para “financiar el déficit fiscal”, que en realidad busca decir que es responsabilidad de los trabajadores estatales, los jubilados, las y los maestros, etc. Detengámonos un minuto en cómo es el mecanismo de “endeudarse para cubrir el déficit”. Primero el gobierno emite bonos en dólares. Pero el gasto público no es en dólares (salvo la parte del gasto destinada a pagar deuda pasada), sino en pesos. Entonces, el gobierno necesita cambiar sus dólares por pesos, para “financiar el gasto”. El Tesoro va al Banco Central (que es la institución pública que se encarga de manejar los dólares) y le vende esos dólares a cambio de pesos, que el Banco Central emite. Esta emisión monetaria no tiene por qué ser inflacionaria ya que el endeudamiento implica una transferencia real de valor, bajo la forma de divisas, de dólares. Pero cuando uno mira donde quedó ese valor que se le transfirió al país mediante el endeudamiento en dólares se desnuda la verdadera trama del asunto. Entre 2016 y 2019 solo se incrementaron las reservas del Banco Central en 20 mil millones de dólares. ¿Donde está todo ese valor que debería ser respaldo de la emisión monetaria? En manos de los empresarios que fugaron 86 mil millones de dólares. El déficit fiscal podría financiarse con emisión monetaria, amén de sus consecuencias inflacionarias, con endeudamiento local en pesos o, la única alternativa progresiva, con fuertes impuestos a los empresarios, con una apropiación de las ganancias que concentran. Sin embargo, el endeudamiento durante el gobierno de Macri fue marcadamente en dólares y otras monedas extranjeras.

A esta altura del desarrollo podemos sacar una importante conclusión: la deuda externa del siglo XXI es el instrumento que usa la burguesía mediante su Estado para garantizarse en todo momento la posibilidad de dolarizar la explotación de los trabajadores. Por eso la argentina es una burguesía offshore, los empresarios están pensando todo el tiempo cómo llevarse los dólares afuera. Uno de sus destinos, aunque no son únicos, son los paraísos fiscales. Pululan las cuentas en Panamá, o as inversiones inmobiliarias en Miami o Punta del Este. Los magnates argentinos más exitosos cómo Rocca o Pescarmona incluso utilizan esos dólares para invertir en fábricas en Estados Unidos, Europa o Brasil. Se estima que la burguesía argentina tiene unos 400 mil millones de dólares ¡solamente en paraísos fiscales! Prácticamente el mismo monto con el que endeudaron el país. Y esa es la razón por la que no hay que pagar la estafa al pueblo argentino que es la deuda externa: pretenden hacerse ricos con nuestro trabajo y, encima, que les paguemos la fiesta.

1 Esta serie de artículos es una profundización de lo desarrollado en el Episodio N°6 de Izquierda Podcast: Deuda externa: estafa de gobiernos y empresarios.
2 Para que nos demos una idea, antes de la reestructuración de 2005 esta relación era del 115%. Para graficar este número, significa que, si todos los argentinos trabajáramos durante un año gratis, sin comer, sin ahorrar, sin invertir y din reemplazar las máquinas que se van rompiendo, nos faltaría todavía un 15% para pagar la deuda.
3 Una tasa de interés altísima, que se utilizaba cómo referencia para todas las operaciones a crédito en el país.

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