Una carrera geopolítica

La competencia internacional por la vacuna del coronavirus entra en la recta final

Mientras la pandemia del coronavirus no da respiro y queda clara la incapacidad de los gobiernos para contenerla únicamente con el distanciamiento social, las principales potencias imperialistas se embarcan en el último tramo de la carrera por ver quién consigue primero la vacuna.



A casi 6 meses de que se declarara oficialmente el estatus de pandemia para el Covid – 19, es clara la imposibilidad de contener el contagio con las medidas mínimas que han establecido los gobiernos capitalistas. El distanciamiento social en sus distintas formas y el uso de mascarillas no ha logrado frenar el contagio ni mucho menos terminar con la pandemia, sino simplemente administrar la circulación del virus y dar nacimiento a distintas oleadas o picos. Así sucedió en los países europeos (España), asiáticos (Corea del Sur) y en Estados Unidos: apenas se reabre la economía y se flexibilizan las cuarentenas, el contagio se reanuda y aparecen nuevos picos, lo que ha dado origen a la “nueva normalidad” y al llamado de los gobiernos a “convivir con el virus” y las apelaciones a la responsabilidad individual (Trump y Alberto Fernandez dixit), lo cual no expresa otra cosa que la incapacidad de los políticos burguesas para dar una solución de fondo a la pandemia.

Queda claro que la única forma de darle salida al problema del coronavirus es a través de una vacuna. En este sentido, los gobiernos de las principales potencias imperialistas (en colaboración con las criminales multinacionales farmacéuticas) vienen desarrollando una competencia por ver quién logra dar con la vacuna primero. Alrededor de este problema radican intereses económicos (ver qué empresa y qué gobierno poseen la primer vacuna para poder vendérsela al resto y amasar millones) y geo – políticos. Así, en los últimos días los ministros rusos han comparado la competencia por la vacuna con EEUU con la carrera espacial del siglo pasado, en tiempos de la Guerra Fría. “Rusia conseguirá la vacuna antes que EEUU igual que cuando logró adelantarse y poner el Sputnik en órbita”, declaró hace pocos días el Ministro de Salud ruso.

Si confiamos en las palabras de los gobiernos, Rusia tendría ya lista su vacuna durante los primeros dias de agosto y la vacunación masiva en octubre. Por su parte, el Reino Unido (que viene trabajando en una coalición entre farmacéuticas privadas y científicos de la Universidad de Oxford) comenzaría la producción masiva entre septiembre y octubre (en plantas farmacéuticas de la India) y EEUU ya comenzó el testeo con 30000 voluntarios, esperando tener la vacuna definitiva para fines de este año.

Sin embargo, una vez elaborada y probada la vacuna, resta su producción masiva y la comprobación de su efectividad aplicada al conjunto de la población. El manejo capitalista de la industria farmacéutica, en la que la salud de la población no es una prioridad o un derecho a satisfacer sino una mercancía con la cual lucrar, ya ha puesto bastantes palos en la rueda a la hora de investigar y fabricar una vacuna, como lo demuestra algo tan basico como el hecho de que las fuerzas productivas y científicas existentes en el mundo no estén coordinándose en un trabajo común sino que cada laboratorio, cada universidad, cada empresa y cada Estado hacen su investigación por su lado e intentando dar la menor información posible para llegar primero al descubrimiento de la vacuna. Pero en el período post aparición de la vacuna los obstáculos podrían ser mucho mayores, en la medida que el Estado que confeccione la primer vacuna intentará por todos los medios lucrar con ella y sacar ventaja con respecto a los demás países. Este problema ha generado un debate que parece agrupar dos bandos. Por un lado, los “nacionalistas” de la vacunación, que serían Estados Unidos, el Reino Unido y Rusia, que no esconden sus intentos de lucrar geo – políticamente con la vacuna. No es casual que estos países estén en manos (especialmente en los casos de EEUU y el Reino Unido) por gobiernos populistas de derecha. Ya antes de la pandemia Trump y Boris Johnson expresaban tendencias nacional – imperialistas, impulsando formas de proteccionismo imperialista que remiten al Brexit y al “Make America Great Again”, que son en definitiva formas de cuestionar el orden de la globalización imperante desde fines del siglo pasado hasta la crisis del 2008.

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Por otro lado se ubicaría China, que en haciendo gala de su compañerismo con la OMS dice tener intenciones de compartir la vacuna y sus recursos médicos y científicos con el mundo. Sin embargo, no quedan claros cuáles serían los alcances reales de estas palabras bonitas, en la medida que el gobierno chino no ha dicho cuándo ni cómo compartiría la vacuna, lo que deja implícito que sería luego de garantizar el acceso de los 1300 millones de habitantes chinos a la vacuna.

En este sentido, algunos medios y revistas internacionales han sentado posición en el debate. Desde una perspectiva capitalista pero aguda, la revista yankee Foreign affairs (de orientación liberal globalizadora, es decir, relacionada al establishment político pre – Trump) ha señalado el problema de que, por el funcionamiento internacional de la industria capitalista (y de la farmacéutica dentro de ella), no puede desarrollarse una competencia de este tipo sin consecuencias internacionales. No solo para los paises periféricos y no productores de la vacuna (como la Argentina, que pretende dejarse usar como conejillo de indias para el testeo de las vacunas extranjeras esperando un trato preferencial en su distribución) sino incluso para los países productores, que podrían quedarse con una vacuna que fracase o incluso podrían sufrir boicots por parte de los países que no producen vacunas pero sí otros insumos médicos menos complejos pero necesario para la vacunación (como jeringas) y que intenten cortar el suministro de los mismos al no recibir trato preferencial en la distribución de la vacuna. Además, yendo al plano económico, los países imperialistas podrían quedarse sin mercado para sus exportaciones si la crisis sanitaria siguiera haciendo decaer la situación económica de los paises perifericos.

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Sin embargo, el lado flaco de la perspectiva de los analistas como Foreign affairs e incluso de organismos como la OMS radica en que no alcanza con medidas diplomáticas para terminar con la irracionalidad de la anárquica competencia capitalista. La propia OMS, como organismo multilateral pensado para coordinar las políticas sanitarias a nivel internacional, es un caso testigo de la inoperancia de los gobiernos y las instituciones capitalistas en general a la hora de administrar la pandemia y darle una solución. Es que a la burguesía de todos los países, la clase social que permanece oculta por detrás de los distintos gobiernos y les da su contenido real, no le interesa garantizar la salud de la población, sino amasar millones con los productos farmacéuticos y apuntalar sus posiciones en el ámbito internacional a partir de los avances científicos (la pelea entre EEUU y China por el cierre de los consulados expresa la continuación de las pujas geopolíticas en tiempos de pandemia).

La única forma de garantizar una administración efectiva de las vacunas (y de darle una salida a la pandemia) es que la clase trabajadora (la única clase social interesada en la efectividad de la vacuna y el cuidado de la salud de la población) intervenga para quitarle a la burguesía el control de la ciencia y de la industria farmacéutica, poniéndola al servicio de los intereses de la amplia mayoría de la población, de los sectores populares que están sufriendo en carne propia las consecuencias sanitarias, económicas y humanitarias de la pandemia del coronavirus.

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