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Por Ale Kur, SoB n° 371 (Argentina), 17/3/16

 

A 40 años del golpe militar

Este año se cumplen 40 años del golpe militar de 1976. Como todo aniversario “redondo”, abre la oportunidad para regresar al estudio y la discusión sobre procesos históricos de gran importancia. En este caso, no se trata del hecho puntual de la toma del poder por los militares y de sus masacres, sino de todo el proceso político de la “década del ‘70”.

Este tema está profundamente presente en los diversos “relatos” de la política nacional actual. Ya sea desde la derecha, desde el “progresismo” o desde la izquierda, no deja de ser un punto de referencia obligado para cualquiera que intente articular un discurso político. Y no puede ser de otra manera, ya que década del ’70 y el golpe militar fueron los últimos grandes “parte-aguas” de la historia argentina.

Por ejemplo, son reiterados los intentos por parte del diario La Nación de volver a instalar la discusión del balance de los ’70 desde el punto de vista de la derecha más reaccionaria. Aquí la lectura es muy sencilla: los ’70 serían una década signada por la violencia, originada centralmente por la “sed de sangre” de los guerrilleros que atacaban a las instituciones. La intencionalidad de esta ofensiva mediática es, por un lado, obtener la libertad de los represores presos (este sería el objetivo más “reivindicativo”).

Pero hay otro objetivo más de fondo, político-estratégico: al rehabilitar la represión del Estado (y a las fuerzas encargadas de llevarla a cabo) frente al desprestigio que vienen sufriendo en los últimos treinta años; se busca torcer las relaciones de fuerzas entre las clases mucho más a la derecha. En otras palabras: si se loga legitimar la brutal represión del Estado como forma de reestablecer la “normalidad” capitalista, esta puede volver a usarse en el futuro para evitar nuevas “anormalidades” (llámense piquetes, tomas de fábricas, rebeliones populares, etc.). Aquí lo que se busca es acabar con un sentido común “progresista” que tiende a rechazar la represión. Esto es particularmente importante para una clase dominante que quiere terminar de enterrar los últimos vestigios del Argentinazo del 2001. Por eso esta es la versión de los hechos que mejor empalma con el clima reaccionario que quiere imponer el macrismo.

Por otro lado está la versión que fue “oficial” durante los 12 años de gobierno kirchnerista: el relato “progre” de los ’70.  Este tiene tres aspectos centrales. En primer lugar, el eje es el repudio al terrorismo de Estado, y el ángulo es por lo tanto el de los Derechos Humanos. En síntesis, la idea es que, más allá de lo que haya hecho o no la izquierda durante los ’70, el problema es la violación sistemática y brutal a los DDHH, las desapariciones, la eliminación de toda libertad política, etc. La aproximación principal es la conmemoración, y por eso cobran especial importancia todos los rituales de la Memoria, etc.

El segundo aspecto del relato “progre” es una visión edulcorada de la generación del ’70, que buscaba “cambiar el mundo” en un sentido muy genérico, sin mayores definiciones. Aquí se deja de lado lo que fue verdaderamente el “epicentro” político de la década: la tendencia a choques muy agudos entre las clases sociales, la emergencia de una generación juvenil con rasgos anti-capitalistas y anti-imperialistas radicalizados, la construcción de organizaciones revolucionarias (o que pretendían serlo). En el mejor de los casos, se reivindica la “militancia” de los ’70, pero se olvida que lo que daba sentido a esa militancia y la estructuraba era una perspectiva de ruptura profunda con el estado de las cosas.

El tercer aspecto de este relato es el reconocimiento de que efectivamente existió “violencia política” por parte de las organizaciones guerrilleras, y la reflexión de que este fue un error estratégico del cual hay que renegar. El problema aquí es las razones que se aducen: la “violencia” estaría mal por ser “violencia”, por no seguir los cauces de la democracia burguesa y sus instituciones. Es decir: la crítica que se la hace a la guerrilla es no haber intentado “cambiar el mundo” en el marco del sistema existente. La izquierda, en definitiva, debería haber sido socialdemócrata ya en los ’70 (adelantando el kirchnerismo 40 años atrás).

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Ambas visiones (la derechista y la “progresista”) coinciden desde enfoques opuestos en un punto: en darle centralidad en la interpretación de los ’70 a la “violencia política”. Ya sea porque la responsable fuera la guerrilla, o porque fueran las FFAA (en el caso de la “teoría de los dos demonios”, las dos por igual), lo único decisivo en los ’70 habría sido precisamente el uso de la violencia como método de resolución de conflictos.

Pero por eso mismo, las dos visiones dominantes pierden de vista lo esencial del proceso político de los ’70. Por supuesto que en los ’70 hubo violencia – un rasgo universal en las situaciones de agudización de la lucha de clases. Pero esta violencia es un síntoma de que algo más profundo está ocurriendo.

Entonces ¿qué ocurrió realmente en los ’70?

Un período de radicalización política hacia la izquierda

El elemento central para comprender la década de los ’70 es el dato político de que, a nivel internacional y nacional, una nueva generación juvenil emergió a la vida política con posiciones radicalizadas hacia la izquierda.

Este es un proceso que adquirió notoriedad mundial con el Mayo Francés de 1968. A partir de allí el movimiento estudiantil en gran cantidad de países fue la base de todo tipo de organizaciones políticas de izquierda, anticapitalistas y socialistas. Una de las ideas principales era que el imperialismo podía y debía ser derrotado, como ocurrió en Cuba y luego en Vietnam.Que el capitalismo podía y debía ser expropiado, como hasta ese momento había ocurrido en un tercio del planeta (incluyendo la URSS, China yEuropa Oriental). Que un sistema superior podía ocupar su lugar, como parecía estar ocurriendo en el bloque “socialista” (que competía cabeza a cabeza con Occidente en el terreno científico-técnico, en la expansión económica, etc., y lo superaba en el terreno educativo, en los sistemas de seguridad social, etc).

Existían todo tipo de variantes sobre la base de esas ideas centrales. En todo el planeta proliferaron organizaciones maoístas, guevaristas, trotskistas, nacionalistas de izquierda (como el caso de la izquierda peronista en un nuestro país) y muchas otras. Podían variar las concepciones estratégicas, la apreciación sobre los distintos procesos históricos y otros temas, pero en general había consenso alrededor de punto: era posible y necesaria una ruptura profunda con el estado de las cosas. Y eso implicaba ir mucho más allá de los regímenes políticos existentes en el mundo occidental, incluida la democracia burguesa. Este rasgo era indiscutiblemente progresivo.

En nuestro país, este proceso empalmó con otro de enorme importancia: el Cordobazo de 1969Allí la juventud radicalizada confluyó en las calles con enormes sectores de la clase obrera industrial, logrando por varios días mantener a raya a las fuerzas represivas del Estado burgués.El Cordobazo abrió sin duda alguna un periodo de ascenso político de la izquierda, especialmente entre la juventud pero también entre importantes franjas de trabajadores.

Este último punto es especialmente importante, porque es el que explicó la dinámica política que se abrió en la Argentina en toda la década. Lo que hizo de los ’70 una década radicalizada no fue el “uso de las armas” (ni por la guerrilla, ni por el ejército), sino por el hecho de que por primera vez grandes sectores de la población desbordaban los marcos del régimen existente.

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En la clase obrera industrial, este proceso comenzado en el Cordobazo se siguió desarrollando durante toda la década, aunque de manera desigual. El regreso de Perón al país y al gobierno logró contener los ribetes más explosivos, encarrilando la situación por la vía institucional. Durante toda la década del ’70 el proletariado no logró romper masivamente en ningún momento con su identidad y su dirección peronistas. Sin embargo, esto comenzó a “agrietarse” en sectores minoritarios pero nada despreciables de la clase obrera.

Este es sin duda alguna el rasgo más valioso, más estratégico (desde el punto de vista socialista) y a la vez más importante para comprender la dinámica política de los ’70: la emergencia del fenómeno del clasismo en el movimiento obrero. Es decir, de una porción de la clase obrera que lograba romper políticamente con las burocracias sindicales peronistas, que en muchos casos la expulsaba de sus organizaciones (especialmente a nivel fabril), que tomaba acciones radicalizadas en su lucha reivindicativa (tomas de fábrica, piquetes obreros, etc.). Y que, aun sin una formulación política clara, evolucionaba en el sentido de una conciencia socialista.

Este proceso de surgimiento de una vanguardia obrera clasista tuvo su máximo impulso a partir del “Rodrigazo” de junio de 1975. Allí estos sectores consiguieron poner en pie organismos de auto-organización, de coordinación en la lucha independiente de la burocracia: las coordinadoras fabriles. Si bien nunca fueron organismos de masas ni dirigieron a la mayoría de la clase obrera, tuvieron un gran impacto en la organización de la huelga general del ’75. Y aunque luego refluyeran cuando finalizó el conflicto, la semilla había quedado plantada.

No es casual que no haya transcurrido ni un año entreel Rodrigazo y el golpe de Marzo del ’76. La mera posibilidad de que la experiencia de las coordinadoras resurgiera y lograra abarcar a sectores obreros cada vez mayores, era el pánico de la burguesía. No en vano un dirigente “democrático” como el radical Balbín hablaba en esa época de la amenaza de la “guerrilla fabril”, eufemismo para referirse a los obreros clasistas.

La “violencia política” de los ’70, por lo tanto, era una consecuencia y no una causa de ese proceso de fondo, la radicalización política hacia la izquierda de amplios sectores de la juventud, y de sectores minoritarios pero significativos de la clase obrera industrial. En su forma “guerrillera”, la violencia política expresó una desviación política, una estrategia equivocada en la meta de la toma del poder. Pero el error aquí no es la violencia en sí misma ni la radicalización, sino el intento de sustituir a las masas, su organización y conciencia con acciones puramente de aparato.

En su forma militar-policial-parapolicial, la violencia política no expresó un “exceso” ni una “ideología autoritaria”. Significó lisa y llanamente una política de contrarrevolución, de aplastamiento físico de la vanguardia obrera y juvenil que podía ser una amenaza para el sistema (similar a la que en otros contextos históricos llevó a cabo el fascismo, el nazismo, el franquismo, etc.).

Lo que debe ser reestablecido en el centro de toda lectura de la década de los ’70 es, por lo tanto, la lucha de clases y sus expresiones políticas. La izquierda debe dar la pelea por recuperar este balance frente a las nuevas generaciones de luchadores, contra las distintas variantes del “sentido común” del institucionalismo.

 

 

 

 

 

 

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