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Ana Vázquez


1979: Daniel Ortega, dirigente del FSLN que derribó ala dictadura-dinastía de Somoza

2019: Ortega dictador

¿Revolucionario o dictador? ¿Cuál era el robot, el del 79 o es el actual?

Agudas contradicciones que nos plantea la historia. El sabor amargo del hoy no nos debe enturbiar la mirada crítica hacia el pasado. Pasado que costó la vida de centenares de miles de trabajadores, fundamentalmente del campo, jóvenes, nativos y de otros países centroamericanos y latinoamericanos que fueron a poner el cuerpo en apoyo a los luchadores nicaragüenses. Fueron revolucionarios abnegados, que se jugaron por el triunfo de esta revolución contra la peor de las dictaduras del continente, para sentar un fuerte mojón de un triunfo antidictatorial y antimperialista colosal para los explotados y oprimidos.

A la memoria de todos ellos dedicamos estas líneas, con el propósito de colaborar en construir alternativas que no nos las arrebaten nuestros enemigos o “falsos aliados”.

Centroamérica: territorio sometido en forma directa por el imperialismo yanqui

Nicaragua es parte del grupo de países de la región de Centroamérica que sufrieron la dominación directa del imperialismo. Directa en la dominación económica, política e incluso militar, con sucesivas invasiones de sus FFAA.

La segunda intervención militar directa de EEUU en este país concluye en 1933, cuando hay elecciones (supercontroladas por el amo yanqui), en las que triunfa el Partido Liberal encabezado por Juan Bautista Sacasa. El imperialismo forma su propio grupo de seguridad, al que llama la Guardia Nacional y allí controla con mano de hierro Anastasio Somoza García, fiel títere de su amo yanqui. Éste tiene a su cargo liquidar el último vestigio de lucha contra la intervención, personificada en el general Augusto César Sandino, dirigente indiscutido de dicha pelea. Después de asesinarlo, para evitar cualquier tipo de manifestación pública y para intentar borrarlo de la memoria popular, los represores ni siquiera entregan sus restos, como símbolo siniestro de que “éste no existe más”. Con ese currículum a cuestas, el flamante jefe de la represión en el país, es instituido presidente en 1936.

Allí se inaugura el período de la dictadura-dinastía Somoza que va a seguir hasta que la llamada Revolución Sandinista la eche a patadas 43 años después. ¡Casi medio siglo de explotación directa del imperialismo, miseria y ausencia de mínimas libertades democráticas para la población trabajadora del campo y la ciudad, para la juventud, para la doble explotación de las mujeres! “La familia (Somoza) se convirtió en una de las familias más ricas de las Américas (…) controlando la riqueza nacional de Nicaragua para sus propios intereses y fomentando la corrupción. (…) La oposición al régimen fue duramente perseguida, produciéndose asesinatos y torturas y obligando al exilio a los que se posicionaban en contra del poder establecido. La represión se acentuó a partir de 1964”. (Wikipedia)

Aun en esta difícil situación, se empieza a organizar la resistencia a la dictadura. El terremoto de 1972 en la capital, Managua, fue un punto de inflexión en el descontento de las masas, ya que se “destapó la olla” que la ayuda internacional brindada a la población había sido usurpada por la familia gobernante, potenciando aún más la profunda bronca acumulada contra la dictadura.

Se empiezan a calentar los motores. Los ponen en primera la juventud

El FSLN fue un frente que empezó  nucleando e incorporando a distintos sectores sociales y políticos. Bajo el influjo de la Revolución Cubana y la lucha contra el imperialismo francés en Argelia, se constituye, en primer lugar, el Frente de Liberación Nacional de Nicaragua que sería el embrión del posterior Frente Sandinista de Liberación Nacional.

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La primera organización estaba a cargo de Carlos Fonseca Amador, Silvio Mayorga, Tomás Borge, Oswaldo Madriz y Heriberto Carrillo y es a partir del año 1957. Ésta sufre distintas incorporaciones y transformaciones, a medida que se incrementa la actividad guerrillera y el conjunto de la población, rural y urbana, se suma a la lucha antidictatorial. La situación económica, brutalmente deteriorada al caer los precios de productos agrícolas exportables como el algodón y el café, que sometía al conjunto de la población en la miseria, junto a la represión constante, fue el acicate que incorporó cada vez más adhesiones y simpatías, tanto en el campo como en la ciudad.

Desde el punto de vista de las representaciones en la lucha, fue crucial el sector que nucleaba a la juventud. Se fueron estableciendo organizaciones clandestinas estudiantiles. Se constituye la Juventud Democrática Nicaragüense, que se concentra en incorporar a la juventud no estudiantil urbana. Ésta se transforma posteriormente en la Juventud Revolucionaria Nicaragüense, que pasó a tener una actividad internacional, fundamentalmente en los países limítrofes o cercanos, donde se cobijaban exiliados nicaragüenses. Se constituyen así en sucesión distintos agrupamientos que nuclean cada vez más a sectores de jóvenes, obreros de la ciudad y del campo, dentro del país o emigrados, y también empresarios. Todos estos núcleos opositores fundan el FSLN, donde convergían desde corrientes maoístas hasta sacerdotes de la Teología de la Liberación.

Con la crisis gubernamental, se produce una división entre los referentes empresariales del país y dentro de la jerarquía eclesiástica. Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, dueño del diario La Prensa se suma a la oposición, con el beneplácito del presidente Carter, que impulsaba la política exterior de “derechos humanos”.

El asesinato de Chamorro el 10 de enero de 1979 desata la furia popular y se producen importantes enfrentamientos en la ciudad de Masaya y en agosto una columna del FSLN toma el Palacio Nacional. La insurrección se va generalizando de barrio a barrio, de ciudad a ciudad. En marzo de 1979 las corrientes integrantes del FSLN sellan un acuerdo de unidad y en junio llaman a la Ofensiva Final y se convoca a una huelga general. El gobierno yanqui intenta, a través de la OEA, frenar la caída revolucionaria del gobierno somocista. Promueve un acuerdo con las potencias amigas, trata de meter tropas en Costa Rica… Pero todo fracasa. El triunfo de la insurrección ya era un hecho. No la paraba nadie.

La solidaridad internacional trascendió las fronteras capitalistas y de los Estados burocráticos

La simpatía recorrió a todos los pueblos del mundo. El apoyo internacional, de simpatía y de participación directa a través de combatientes de países limítrofes y de organizaciones de izquierda, fue impresionante. Desde manifestaciones callejeras (donde había condiciones) hasta actos “camuflados” se hicieron en las principales ciudades.

En Buenos Aires, la izquierda junto a organizaciones democráticas y de derechos humanos nos cobijamos bajo la legalidad de la Iglesia de Pompeya para realizar un acto de apoyo. “Legalidad” relativa, ya que incluso saliendo de esos lugares sagrados habían secuestrado a la que fuera la primera presidenta de Madres de Plaza de Mayo, Azucena Villaflor y asimismo, a dos monjas francesas colaboradoras de la lucha por los derechos humanos. Pero en Argentina también había impactado la impresionante lucha nica y ya había pasado el primer “susto” de la dictadura de Videla: el paro nacional parcial, pero importante, de un sector de la CGT nucleado en la corriente de “los 25” el 27 de abril de ese año que inició un proceso irreversible de enfrentamiento a los militares.

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El FSLN en el poder: reforma agraria limitada, control político de la marea revolucionaria

El 19 de julio de 1979, Somoza huyó del país hacia Paraguay, cuando ya era inminente el asalto de la residencia gubernamental por parte del FSLN y el pueblo nicaragüense. Concluyó ese día de triunfo el resultado de una epopeya construida duramente, a sudor, lágrimas y mucha sangre de los trabajadores y el pueblo nicaragüenses. Su dirección política y militar, el FSLN, se construyó como alternativa en esa pelea que empezó con una resistencia desde algunas zonas del interior del país y se irradió luego a todo, llegando al centro de Managua.

El nuevo gobierno, constituido por Sergio Ramírez, Moisés Asan (FSLN), Alfonso Robelo y Violeta Chamorro, viuda del director del diario asesinado (empresarios) y Daniel Ortega como coordinador. A partir de que asumieron, con las medidas que tomaron (y las que obviaron) pusieron en marcha su derrota desde el día siguiente de su triunfo sobre Somoza. Ellos la llevaron adelante. Los partidos opositores, el imperialismo, la Iglesia, los gobiernos dictatoriales de la región (como el de Chile, Uruguay, Brasil, Argentina), el gobierno de Cuba bajo Fidel Castro, pusieron los bloques de cemento que faltaban. En las medidas instrumentadas desde lo político hasta lo ideológico, actuando sobre la conciencia de los luchadores, utilizando el prestigio del dirigente de la Revolución Cubana y de figuras de la Iglesia relevantes.

Realizaron una reforma agraria, confiscaron las propiedades de la familia Somoza y nacionalizaron parte de la industria, pero pararon allí con las medidas de distribución de la riqueza. No afectaron a las grandes propiedades industriales y del campo. La burguesía nacional, internacional y el Kremlin podían dormir tranquilos: “no iba a haber otra Cuba en el continente.” Cumplieron las palabras del líder latinoamericano y allí se inició el período dramático de retroceso-fracaso del amplio triunfo de los trabajadores, la juventud y los más empobrecidos del país.

El centro de su orientación política fue contener y desmovilizar a las masas insurrectas. Los primeros pasos del FSLN fueron contra la democracia y contra los trabajadores y luchadores que la habían protagonizado. En el transcurso de la guerra civil se habían organizado brigadas de apoyo desde otros países. Entre ellas, la Brigada Simón Bolívar, formada por la organización internacional que respondía al Partido Socialista de los Trabajadores en la Argentina, peleó en suelo nicaragüense y, luego del triunfo se orientó a organizar por abajo, a los trabajadores de la ciudad y el campo bajo una perspectiva independiente, clasista. La respuesta del novel gobierno fue poner a los brigadistas en manos de la policía panameña, expulsándolos del país. Con otros molestos que intentaron formar organizaciones nuevas, que reflejaran el impulso revolucionario, actuaron de la misma forma.

Las palabras de Fidel (“Nicaragua no va a ser otra Cuba”) marcaron el camino: 0 medidas anticapitalistas y de organización de los explotados y oprimidos. Y no se movieron de allí. Ni ellos, ni sus socios o aliados.

La pelea actual contra el “reciclado” comandante Ortega nos presenta este desafío inmenso. Enfrentarlo confiando sólo en la fuerza y en la organización independiente para poder llegar hasta el final: una revolución no sólo contra el tirano de turno, sino que inicie un curso de medidas anticapitalistas bajo el poder y los organismos de los trabajadores de la ciudad y el campo, junto a sus aliados, las mujeres, los jóvenes, sin confiar en los cantos de sirenas que, anunciando el paraíso, nos hunden en el infierno.

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