“La cháchara acerca de la necesidad de demostrar la noción de valor se basa únicamente en la ignorancia más crasa, tanto del tema en cuestión como del método científico. Cada niño sabe que cualquier nación moriría de hambre, y no digo en un año, sino en unas semanas, si dejara de trabajar. Del mismo modo, todo el mundo conoce que las masas de productos correspondientes a diferentes masas de necesidades, exigen masas diferentes y cuantitativamente determinadas de la totalidad del trabajo social. Es self evident que esta necesidad de la distribución del trabajo social en determinadas proporciones no puede de ningún modo ser destruida por una determinada forma de producción social; únicamente puede cambiar la forma de su manifestación. Las leyes de la naturaleza jamás pueden ser destruidas. Y sólo puede cambiar, en dependencia de las distintas condiciones históricas, la forma en la que estas leyes se manifiestan.” (Karl Marx, Carta a Ludwig Kugelmann del 11 de julio de 1868)

La burguesía había conquistado el poder político en Francia y en Inglaterra. A partir de este momento, la lucha de clases comienza a revestir, práctica y teóricamente, formas cada vez más acusadas y más amenazadoras. Había sonado la campana funeral de la ciencia económica burguesa. Ya no se trataba de si tal o cual teorema era o no verdadero, sino de si resultaba beneficioso o perjudicial, cómodo o molesto, de si infringía o no las ordenanzas de la policía. Los investigadores desinteresados fueron sustituidos por espadachines a sueldo y los estudios científicos imparciales dejaron el puesto a la conciencia turbia y a las perversas intenciones de la apologética.” (Marx, Epílogo a la Segunda Edición de El Capital, 1872).

 

“La riqueza de las sociedades en las que domina el modo de producción capitalista se presenta como un ‘enorme cúmulo de mercancías’, y la mercancía individual como la forma elemental de esa riqueza. Nuestra investigación, por consiguiente, se inicia con el análisis de la mercancía”. Así comienza El Capital. Como haciendo caso a los propios consejos de Marx, los teóricos austríacos han dado por base a su teoría también su concepción del valor y de los precios, dándole el ampuloso nombre de “revolución marginalista”. Es este el punto de partida de todo análisis y de toda polémica. Así lo entienden. La botella está abierta y hay que tomarla hasta ver el fondo. Analicemos las mercancías.

 

La teoría de la “escasez”

Con sus Principios de economía política (verdaderamente, los liberales no son muy originales con los títulos), Menger da comienzo de forma efectiva a la “escuela austríaca”. En esta obra están plasmados los dogmas más extendidos de las teorías liberales contemporáneas, los más sólidos prejuicios de los economistas.

A diferencia de Marx, que parte de analizar una forma histórica concreta de producción a intercambio, Menger hace de su análisis de la mercancía una máxima universal. Por eso, en lugar del concepto preciso de Marx, la mercancía, nos habla de “bienes”. En Marx, la mercancía es aquel bien que satisface necesidades humanas producido para el intercambio, que es un “valor de uso” para su comprador, no para su productor o su poseedor previo a la compraventa. El concepto de “bien” es aplicable a todas las sociedades humanas. Los marxistas sabemos que éstas ha sufrido enormes transformaciones históricas, los liberales no toman nota de ello.

“A aquellas cosas que tienen la virtud de poder entrar en relación causal con la satisfacción de las necesidades humanas, las llamamos utilidades, cosas útiles. En la medida en que reconocemos esta conexión causal y al mismo tiempo tenemos el poder de emplear las cosas de que estamos hablando en la satisfacción de nuestras necesidades, las llamamos bienes.

Así pues, para que una cosa se convierta en bien, o, dicho con otras palabras, para que alcance la cualidad de bien, deben confluir las cuatro condiciones siguientes:

  1. Una necesidad humana.
  2. Que la cosa tenga tales cualidades que la capaciten para mantener una relación o conexión causal con la satisfacción de dicha necesidad.
  3. Conocimiento, por parte del hombre, de esta relación causal.
  4. Poder de disposición sobre la cosa, de tal modo que pueda ser utilizada de hecho para la satisfacción de la mencionada necesidad.” (Menger, Principios de economía política)

Pedimos disculpas a nuestros lectores por la extensión de las citas. Serán, no obstante, necesarias para una exposición concreta de la teoría mengeriana del valor y los precios.

“Como resultado de la anterior investigación sobre la necesidad y sobre la cantidad de bienes disponibles puede darse una triple posibilidad:

  1. a) La necesidad es mayor que la cantidad disponible.
  2. b) La necesidad es menor que la cantidad.
  3. c) La necesidad y la cantidad disponible son iguales.

Pues bien, podemos observar que, respecto de la gran mayoría de los bienes, se registra siempre la primera de las posibilidades, de modo que forzosamente debe quedar insatisfecha una parte de las necesidades cubiertas por los bienes correspondientes. No me refiero aquí a objetos lujosos, ya que respecto de ellos la anterior afirmación es en sí misma evidente. Entran también en este capítulo los vestidos más ordinarios, las viviendas y edificaciones más comunes, los alimentos más usuales. De ordinario, ni siquiera disponemos de tierra, piedras y ni aun de los más insignificantes desechos en tales cantidades que podamos utilizarlos despreocupadamente.” (Menger, ídem)

Esto es lo que él llama “bienes económicos”, aquellos cuya cantidad disponible no son suficientes para cubrir las necesidades existentes, aquellos que son, en palabras de los discípulos de Menger, “escasos”. Este es el prejuicio más básico de todos los economistas. Los “bienes económicos” son, según el dogma marginalista, aquellos que son sujeto de análisis de la economía. Son ellos los que tienen “valor”. Sigamos a Menger:

“La más inmediata consecuencia que se deriva de este conocimiento en orden a la actividad humana tendente a la más perfecta satisfacción posible de sus necesidades es que los hombres se esfuerzan por:

  1. Mantener aquella cantidad parcial de los bienes de que disponen en la relación cuantitativa anteriormente existente.
  2. Conservar las propiedades útiles de dichos bienes.

(…)

Así pues, respecto de la relación cuantitativa de los bienes, los hombres pretenden con su actividad previsora, encaminada a la satisfacción de sus necesidades, los siguientes fines:

  1. Hacer una elección entre las necesidades más importantes, que satisfacen con las cantidades de bienes de que disponen, y aquellas otras que tienen que resignarse a dejar insatisfechas.
  2. Alcanzar con una cantidad parcial dada dentro de la relación cuantitativa de bienes, y mediante un empleo racional, el mayor éxito posible, o bien, un éxito determinado con la menor cantidad posible. Dicho con otras palabras, utilizar las cantidades de bienes de consumo directo y sobre todo las cantidades de medios de producción de que disponen de una manera objetiva y racional, para satisfacer sus necesidades del mejor modo posible.

A la actividad humana encaminada a la consecución de los mencionados fines la denominamos, considerada en su conjunto, economía. A los bienes que se hallan en la relación cuantitativa antes descrita, y que constituyen su objeto exclusivo, los llamamos bienes económicos, en contraposición a aquellos otros de los que los hombres no tienen ninguna necesidad para su actividad económica y ello debido a razones que, como veremos más adelante, se explican de lleno en virtud de la relación cuantitativa tomada en su sentido más estricto, como acabamos de indicar a propósito de los bienes económicos.” (Menger, ídem)

Y más delante: “En todos los bienes que se hallan en la relación cuantitativa descrita, la satisfacción de una determinada necesidad humana depende, pues, de que se disponga o no de una cantidad concreta y prácticamente significativa de aquellos bienes. Si los sujetos económicos adquieren conciencia de esta situación, es decir, si conocen que la posibilidad de satisfacer una necesidad depende con mayor o menor plenitud de la disposición sobre una cantidad parcial de los bienes de que estamos hablando o respectivamente de la relación cuantitativa concreta en que se encuentran estos bienes, entonces tales bienes adquieren para estos hombres aquella significación que llamamos valor.” (Menger, ídem)

Se trata todo esto de una evidente reformulación de la teoría económica de la población de Malthus. A pesar de la cháchara liberal sobre su doctrina como única creadora de riqueza, son los teóricos desvergonzados de la imposibilidad absoluta de satisfacer las necesidades básicas de toda la humanidad: la pobreza es insuperable.

Leamos con atención el punto primero de la llamada “actividad económica”: “Mantener aquella cantidad parcial de los bienes de que disponen en la relación cuantitativa anteriormente existente.” La humanidad se ve limitada a “mantener” la cantidad de “bienes” de los que dispone. ¡Qué desvergonzada y evidente negación de toda la historia! Desde la revolución que implicó la aparición de la agricultura, con todos sus perfeccionamientos posteriores, hasta el surgimiento de la gran industria, los hombres y mujeres que hicieron la historia han revolucionado incesantemente sus propias sociedades cada vez que lograban aumentar, a veces con saltos gigantescos, la cantidad de “bienes disponibles”. La exposición de Menger oscurece, aparentemente de forma intencional, la importancia de este fenómeno histórico. Por supuesto, nuestros liberales son inteligentes. En efecto, Menger dice que el carácter “económico” de los bienes es algo cambiante, que un bien económico puede convertirse en uno no económico y viceversa. El cambio de la relación cuantitativa entre disponibilidad y necesidad sería la base de eso, pero las explicaciones de Menger van de lo fortuito a las catástrofes naturales, pasando por los cambios en la demanda de bienes. El aumento de la productividad del trabajo, factor de importancia trascendental en la historia humana, es puesto así fuera de todo análisis. No ocupa más lugar que alguna mención dispersa.

Menger nos da varios ejemplos de cambios en la relación necesidad-disponibilidad de los “bienes”: la cantidad de leña disponible en una zona boscosa, la cantidad de agua de que dispone un pueblito, etc. Todos sus ejemplos, todos sus estudios, todas sus teorías parten de un análisis por fuera de la sociedad y de la historia. En el anteúltimo capítulo de El Capital, Marx hace un estudio concienzudo de la transición de la vida rural campesina a urbana en Inglaterra durante más de tres siglos, de las legislaciones de cada época respecto a quienes eran expulsados de sus tierras, del desarrollo de cada rama de la producción… En suma, Marx estudiaba la historia real y con no poca profundidad. Menger no tiene necesidad de recurrir a estudiar ni un solo hecho empírico, con inventar ejemplos salidos de su cabeza, que sean lo más simples posibles, es suficiente. ¿Para qué explicar la sociedad actual y su desarrollo histórico si puedo reemplazarla por la maravillosa isla del náufrago Menger-Crusoe, quien desinteresado de sus responsabilidades sociales puede finalmente imponer a su micro universo isleño, tal vez incluso a su propio Viernes, sus leyes de la física, de la moral y de la economía?

Como vemos, las explicaciones y ejemplos de Menger parten del supuesto de una relación natural de abundancia o escasez de bienes. La realidad es que el desarrollo de las sociedades las ha hecho completamente dependientes de su trabajo, de su interacción activa con el medio natural tal y como les fue geológicamente dado. En general, si una ciudad tiene leña disponible en abundancia, quedarán pocos ejemplos en pie de que cada uno se las arregle por su cuenta para conseguirla. Lo mismo respecto al agua. La división del trabajo está lo suficientemente desarrollada en casi todos los costados del globo para que estas actividades sean prerrogativa de un sector bien específico de la sociedad, muy reducida en relación al conjunto. Incluso los bienes más “abundantes” están atados a las cuatro actividades descritas por Menger. Hace ya mucho tiempo que para la aplastante mayoría de la humanidad las condiciones de “abundancia” de un “bien” están atadas al trabajo. Y viceversa, la distribución del trabajo está atada a las necesidades:

La exposición de Carl Menger pretende, precisamente, independizar lo más posible el análisis económico del análisis del trabajo humano.

Pensemos un momento. Si un “bien” cualquiera pasa a ser abundante debido al desarrollo de la productividad del trabajo humano, necesariamente dejaría de ser “económico”, dejaría de estar sujeto a la actividad humana orientada a la satisfacción de sus necesidades. Hay un ejemplo clarísimo e ineludible en la sociedad contemporánea: la producción mundial de alimentos. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación (FAO), un tercio de la producción mundial de alimentos se desperdicia mientras cientos de millones pasan hambre. La producción mundial de alimentos supera con creces la totalidad de las necesidades. Y sin embargo, ni todos tienen acceso a ellos ni han dejado de tener “valor”. La comida sigue sin estar disponible gratuitamente a pesar de no ser escaso.

Una posible respuesta austríaca a nuestro razonamiento es que la condición de “escasez” puede no estar dada por la cantidad de bienes sino por su disponibilidad. Si las dificultades para hacerle llegar alimentos a los hambrientos son demasiado grandes por problemas de transporte, distribución, comunicaciones, etc., la comida sigue siendo un “bien escaso”. El argumento sería de todas formas falso porque países con la producción y/o infraestructura y riqueza necesaria para satisfacer sobradamente las necesidades básicas de toda su población (y en el siglo XXI estos son la mayoría) siguen teniendo miles y millones de hambrientos (como Estados Unidos y Argentina). Allí, la comida está muy lejos de ser un “bien escaso” y sin embargo sigue teniendo un “valor” y por lo tanto sigue sujeto a la compra venta. Nadie come gratis.

Otro posible argumento es que los bienes en cuestión son naturalmente “escasos” y por eso necesitan de la mediación de la producción, la distribución y la administración humana para poder satisfacer necesidades. En tal caso, aceptan tácitamente la teoría marxista de que la creación de valor tiene por fuente el trabajo humano haciendo un cambio meramente retórico para negarlo.

Toda esta absurda teoría tiene un claro objetivo: presentar las relaciones sociales capitalistas como algo “natural”, no histórico, sean sus relaciones de propiedad o las de intercambio comercial.

“Si se aplica, en efecto, la antedicha relación cuantitativa a una determinada sociedad, es decir, si una sociedad concreta no dispone de las cantidades de un bien requeridas para satisfacer una necesidad específica, entonces, tal como antes se acaba de decir, es imposible que satisfagan completamente sus necesidades todos los individuos que componen aquella sociedad. Nada hay entonces tan seguro como que no se podrán satisfacer, o sólo de un modo incompleto, las necesidades de una parte de los miembros de la colectividad. El egoísmo humano encuentra aquí un impulso para hacer valer sus derechos y cada individuo se esforzará —allí donde la cantidad disponible no alcanza para todos— por cubrir sus propias necesidades de la manera más completa que le sea posible, excluyendo a los demás.

Cada individuo concreto coronará con muy diversa fortuna este intento. Sea cual fuere la distribución de los bienes que se encuentran en la antes mencionada relación cuantitativa, lo cierto es que siempre resultará que la necesidad de una parte de los miembros de la sociedad no podrá ser cubierta o lo será de forma incompleta. Estos últimos mantendrán, por tanto, respecto de aquella cantidad parcial de la masa total de bienes disponibles, una actitud opuesta a la de los actuales poseedores. Y esto equivale a decir que los individuos concretos que poseen estos bienes se enfrentan con la necesidad de que la sociedad les proteja contra todos los posibles actos de violencia de los otros individuos. Llegamos aquí al origen económico de nuestro actual ordenamiento jurídico y en primer término de la llamada ‘protección de bienes y hacienda’, fundamento de la propiedad.” (Menger, ídem)

Bajo ningún punto de vista queremos decir que la relación entre “bienes” disponibles y necesidades humanas no tenga ninguna importancia económica e histórica. Por el contrario, los marxistas le damos mucha trascendencia. No obstante, la exposición de Menger, aceptada dogmáticamente por miles de economistas a lo largo y ancho del mundo, es profundamente falsa. El problema es que pretende explicar el asunto abstrayéndolo de la capacidad productiva de la humanidad y de sus relaciones sociales. En efecto, el desarrollo de las fuerzas productivas, con su correspondiente transformación de la relación entre “escasez” y necesidad, es la condición de posibilidad de las relaciones de distribución de los productos del trabajo humano. Como ya explicó Marx, no se puede socializar la miseria. Las relaciones de intercambio mercantiles son un producto de cierta fase en el desarrollo del trabajo humano y de la lucha entre las clases. Lo que queda en evidencia con nuestra refutación de las ideas mengerianas es que el capitalismo se ha convertido en un monstruoso anacronismo. Menger, distorsionadamente, da en el clavo: lo que es abundante puede dejar de ser un “bien económico”.

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“Por esto mismo, es también imposible eliminar la institución de la propiedad sin eliminar al mismo tiempo las causas que llevan forzosamente a ella, es decir, sin multiplicar al mismo tiempo las cantidades disponibles de todos los bienes económicos hasta tal punto que pueda quedar realmente cubierta la necesidad de todos los miembros de la sociedad o sin disminuir hasta tal extremo les necesidades de los hombres que los bienes de que de hecho disponen basten para cubrir aquellas necesidades. Si no se consigue un equilibrio de este tipo entre necesidad y masa disponible, un nuevo orden social podrá conseguir, sin duda, que sean otras personas —en vez de las actuales— las que pueden utilizar las cantidades disponibles de bienes económicos para la satisfacción de sus necesidades, pero nada ni nadie podrá impedir que siga habiendo personas cuyas necesidades de bienes económicos no son cubiertas, o lo son incompletamente, y frente a cuyas siempre posibles acciones violentas tendrán que ser defendidos los nuevos propietarios. La propiedad, en el sentido mencionado, es, pues, inseparable de la economía en su forma social y todos los planes de reforma social sólo pueden tender, si quieren ser razonables, a una distribución adecuada de los bienes económicos, no a la supresión de la institución de la propiedad.”

Con estas líneas, Menger pretendía explicar la imposibilidad del socialismo. El problema de todos sus discípulos es que, con el solo hecho de incorporar al análisis la existencia de la producción de “bienes” y constatar su indiscutible desarrollo, sus ideas se les vuelven en su contra y demuestran exactamente lo contrario a lo que pretendían demostrar.

 

Bienes que devienen mercancías

Dice Menger: “El valor de los bienes se fundamenta en la relación de los bienes con nuestras necesidades, no en los bienes mismos. Según varíen las circunstancias, puede modificarse también, aparecer o desaparecer el valor. Para los habitantes de un oasis, que disponen de un manantial que cubre completamente sus necesidades de agua, una cantidad de la misma no tiene ningún valor a pie de manantial.

Pero si, a consecuencia de un terremoto, el manantial disminuye de pronto su caudal, hasta el punto de que ya no pueden satisfacerse plenamente las necesidades de los habitantes del oasis y la satisfacción de una necesidad concreta depende de la disposición sobre una determinada cantidad, esta última adquiriría inmediatamente valor para cada uno de los habitantes. Ahora bien, este valor desaparecería apenas se restableciera la antigua situación y la fuente volviera a manar la misma cantidad que antes. Lo mismo ocurriría en el caso de que el número de habitantes del oasis se multiplican de tal forma que ya la cantidad de agua no bastara para satisfacer la necesidad de todos ellos. Este cambio, debido a la multiplicación del número de consumidores, podría incluso producirse con una cierta regularidad, por ejemplo, cuando numerosas caravanas hacen su acampada en este lugar.” (Menger, ídem)

Estas líneas parecen simples e indiscutibles. Pero, nuevamente, no lo son. Son simples pero muy discutibles.

Cuando hablamos de “valor” en economía, desde hace siglos, hablamos de la proporción en que una mercancía puede ser intercambiada por otras. El intercambio está supuesto. Si un vendedor se saca de encima un producto que no tiene valor de uso para él pero sí lo tiene para el comprador, si el comprador tiene en su poder otro producto cualquiera que puede vender a su vez para luego poder adquirir el primer “bien”, el circuito total hace a un sistema de intercambio comercial. Menger pretende explicar “el valor” por fuera de una relación social concreta de intercambio. De esta forma trafica tramposamente ideas completamente falsas.

La que más nos interesa es la noción de “valor”. Si escasea el agua del oasis en una sociedad poco desarrollada, lo más probable es que sus habitantes la regulen en función de la mejor satisfacción de sus necesidades. En efecto, la valoración subjetiva que harán los consumidores de agua respecto a cada vaso será mayor en el caso en que tengan poca cantidad disponible. Pero esto no tiene absolutamente nada que ver con el “valor”, llamado clásicamente “valor de cambio”. Hay una premisa ausente en el ejemplo mengeriano: la existencia del intercambio. Éste no surgirá espontáneamente de que la sensación subjetiva de los habitantes del oasis respecto a cada cantidad de agua cambie. De la exposición de Menger parece desprenderse que, si las personas le dan mayor “valor” como sensación subjetiva a los “bienes”, entonces surge el comercio como respuesta necesaria para la “regulación” de los recursos escasos.

Las premisas del comercio son muy diferentes. Como hemos visto más arriba, el intercambio comercial surge entre muchas otras cosas del aumento de la capacidad productiva humana. Vender implica dar algo que no tiene “valor de uso” para su dueño en pos de obtener algo que sí lo tiene. Y si el vendedor dispone de algo que no tiene valor de uso para él porque dicha necesidad está ya satisfecha, ese “bien” no es “escaso”. Los “bienes” se transforman en mercancías. La sociedad capitalista es la primera en la historia en la que casi nada se produce para la satisfacción directa de las necesidades de quienes producen, en la que casi todo es producido para el intercambio. Pero eso implica cierto desarrollo de la división del trabajo, de su productividad, de las relaciones entre clases muy concretos, históricamente determinados. Menger trafica una concepción que convierte al capitalismo en una relación espontánea por encima de la historia viva.

¿Hay acaso alguna explicación en Menger que dé cuenta de que el valor, y por lo tanto el intercambio, de los bienes tiene por base su escasez? Nos encontraremos con unas líneas muy interesantes más adelante en su libro: “Supongamos, para comenzar por el ejemplo más sencillo, que dos campesinos, a quienes llamaremos A y B, han llevado hasta ahora una economía aislada. Tras una cosecha excepcionalmente rica, el primero dispone de tanta abundancia de cereales que, después de tomar todas las providencias necesarias para cubrir con holgura todas sus necesidades y las de su casa, todavía le queda una cantidad que no tiene en qué emplear. El agricultor B, vecino de A, ha cosechado, siguiendo con nuestro ejemplo, tan rica vendimia, que, por falta de toneles, y dado que sus bodegas están llenos del vino de cosechas anteriores, está a punto de tirar parte del vino de una cosecha de inferior calidad. A esta sobreabundancia en uno de ellos, se contrapone una extremada carestía en el otro… Es, pues, claro que nos hallamos ante un caso en el que, al pasar de A a B y de B a A la disposición sobre unos bienes concretos, pueden satisfacerse las necesidades de ambos sujetos económicos mejor que si no se produce este mutuo traspaso.

El caso descrito, en el que mediante la mutua entrega de bienes que no tienen ningún valor para cada uno de los sujetos que los cambian, es decir, que no entrañan sacrificio económico para ninguna de las dos partes, pueden satisfacerse las necesidades de ambos mejor que sin este traspaso es muy adecuado para poner ante los ojos, de la manera más clara, la esencia de aquella relación económica cuyo resultado es el intercambio.” (Menger, ídem)

¿Y la escasez? Un autor con la seriedad suficiente para tener el reconocimiento que tiene Menger podría tomar definiciones tan categóricamente excluyentes en, al menos, libros diferentes. Pero no, nuestro profeta del liberalismo nos dice una y otra cosa en el mismo texto. No era necesario siquiera que le agreguemos una sola palabra a estas líneas, su absoluta falta de consistencia salta a la vista automáticamente. ¿Qué queda después de esto de la teoría del valor de los bienes por su escasez? Menos que cenizas.

Como vemos, Menger establece una noción de valor completamente difusa. La sensación subjetiva respecto a la necesidad de un “bien” es automáticamente asimilada al “valor” de intercambio del mismo. Esta confusión es la base de la “teoría de la utilidad marginal”. Veamos el embrollo que ha creado Menger en la cabeza de uno de sus discípulos:

“Como decía Jim Cox, si el valor de los bienes estuviese determinado por su coste de producción, la foto de un ser querido tendría el mismo valor que la de un desconocido o la de un enemigo – abran sus carteras para comprobarlo. Me pregunto qué hacen dos marxistas después de ir al cine. Se supone que no podrán estar en desacuerdo sobre lo mucho o poco que les ha gustado la película, pues después de todo, la producción ha requerido igual cantidad de trabajo antes de que ambos la consuman.” (José Ignacio del Castillo, Böhm-Bawerk refuta la teoría de la explotación capitalista)

Respecto a las fotos, lo más probable es que uno simplemente no pague por las fotos de un enemigo pero sí por las fotos de un familiar. Pero si una persona en particular disfruta de lanzar dardos a la fotografía del enemigo, entonces tal vez la compre. En la teoría del valor marxista, que las mercancías sean un valor de uso es condición necesaria para que tengan valor de cambio. A quien venda las fotos, poco le importará si quien compra la foto es enemigo o familiar de quien es retratado: si la fotografía es del mismo tamaño y de la misma calidad, exigirá la misma cantidad de dinero por una y por la otra.

Si hablamos del cine, la cosa se vuelve divertida. Nos preguntamos qué haría José Ignacio del Castillo en el caso en que fuera al cine con algún amigo, que éste disfrutara la película y que él la haya detestado. Nos lo imaginamos hinchado de dignidad yendo a reclamar a la boletería: “Mientras yo he odiado cada segundo de esta película, mi amigo aquí presente la ha disfrutado mucho. Como ves, es completamente injusto que se nos haya cobrado lo mismo por entrar. Las leyes científicas de la economía demuestran que deberían hacerme un descuento”. Lo más probable es que el vendedor de entradas le responda a nuestro economista señalándole la puerta de salida.

El autor que citamos es un muy respetado catedrático universitario en España. Sus análisis son tomados por sus lectores con la más absoluta seriedad. Como vemos, el marginalismo puede hacer estragos en las cabezas de personas inteligentes.

Pero volvamos a Menger. Luego de disertar interminablemente sobre el “valor” de los bienes sin ubicarlo en una relación de intercambio mercantil, en la que necesariamente mercancías a cambio de cierta cantidad de otras mercancías, nos dice:

“Si los sujetos económicos adquieren conciencia de esta situación, es decir, si conocen que la posibilidad de satisfacer una necesidad depende con mayor o menor plenitud de la disposición sobre una cantidad parcial de los bienes de que estamos hablando o respectivamente de la relación cuantitativa concreta en que se encuentran estos bienes, entonces tales bienes adquieren para estos hombres aquella significación que llamamos valor. Por consiguiente, valor es la significación que unos concretos bienes o cantidades parciales de bienes adquieren para nosotros, cuando somos conscientes de que dependemos de ellos para la satisfacción de nuestras necesidades.

Por tanto, aquel fenómeno vital que llamamos valor de los bienes brota de la misma fuente que el carácter económico de estos últimos, es decir, de la antes descrita relación entre necesidad y masa de bienes disponible.” (Menger, ídem.)

Pensemos un segundo en esa “relación cuantitativa concreta”. Supongamos que nuestro autor está intentando describir una situación de intercambio comercial. Lamentablemente, debemos suponerlo porque Menger se mueve indistintamente en situaciones de intercambio y de simple distribución de “bienes” como si estuvieran atadas a las mismas leyes. Debería ser innecesario aclarar que un “bien” producido para el consumo de su propio productor no tiene ni puede tener valor de cambio alguno. Ya hemos visto la confusión que introduce Menger con su teoría al respecto. Sea, supongamos que hay intercambio. Si es así, entonces esa “relación cuantitativa” es una cantidad de “bienes” en manos de uno o más vendedores frente las necesidades de uno o más compradores. La “cantidad de bienes disponibles” en manos de sus vendedores se nos presenta entonces como la ya muy conocida oferta, mientras que la necesidad que hay de ellos se convierte ante nuestros ojos en la no menos conocida demanda. ¡Vaya novedad la que ha introducido en la economía política la llamada “revolución marginalista”!

Sin embargo, los clásicos conceptos de oferta y demanda son demasiado precisos para nuestros liberales. La demanda es el concepto de un agregado, de la totalidad de “agentes económicos” dispuestos a comprar una mercancía. Menger mezcla la demanda, que implica a muchos individuos, con la intensidad del deseo individual.

“En cambio, en la oferta y la demanda, la oferta es igual a la suma de vendedores o productores de una determinada clase de mercancías y la demanda igual a la suma de los compradores o consumidores (individuales o productivos) de la misma clase de mercancías. Y además, estas sumas actúan entre sí como unidades, como fuerzas agregadas. El individuo sólo actúa aquí como parte de una fuerza social, como átomo de la masa, siendo bajo esta forma como la competencia hace valer el carácter social de la producción y del consumo.” (Marx, El Capital, Tomo III)

La teoría de la utilidad marginal es una forma distorsionada y falsa del análisis clásico del juego entre oferta y demanda.

Nuestro economista introduce mucho después los conceptos propiamente dichos de oferta y demanda, como no dándose cuenta de que ya lo ha hecho. Pero antes se ve obligado a entrar en polémica con toda la economía clásica anterior a él, Marx incluido.

 

Marx y Menger: valores y precios, sus movimientos

Hasta el momento, hemos visto que la exposición de Menger para definir el “valor” de los bienes parte solamente de la relación entre el producto y su consumidor, se trata para él de una relación en la que no es necesario más que eso, ni otras mercancías, ni otros individuos (sean vendedores o compradores). No obstante, es completamente indispensable incorporar al análisis la relación entre una mercancía y otra, cosa que Menger no hace por largas cientos de páginas hasta que no le queda otra opción. Casi terminado su libro, nos presenta su teoría de los precios y así se introduce por primera vez el intercambio mercantil como tal:

Parte de determinada cantidad de vendedores de caballos que los entregarían a ciertos compradores, poseedores de celemines de granos:

“Partamos, para facilitar al máximo la comprensión, del caso ya aducido al exponer las leyes del comercio monopolista. Sobre esta base, obtenemos el siguiente esquema:

Celemines de grano

I II III IV V VI VII VIII
B1 80 70 60 50 40 30 20 10
B2 70 60 50 40 30 20 10
B3 60 50 40 30 20 10
B4 50 40 30 20 10
B5 40 30 20 10
B6 30 20 10
B7 20 10
B8 10

 

Aquí, B1, B2, B3, etc., representan a individuos concretos o grupos de individuos para los que el primer caballo que adquieren es el equivalente de la cantidad de grano que figura en su respectiva columna. Cada nuevo caballo es el equivalente de una cantidad que tiene diez celemines menos que la precedente. La pregunta es ahora qué influjo ejercen las mayores o menores cantidades de una mercancía ofrecidas por varios competidores sobre la formación del precio o, respectivamente, sobre la distribución de dichas mercancías entre los que compiten por ellas…

Comencemos por suponer que hay dos competidores que ofrecen, entre los dos, tres caballos a la venta. De ellos, el primero, A1, ofrece dos caballos, y el segundo, A2, ofrece uno. Según cuanto hemos venido diciendo, es claro que en este caso el campesino B1 puede adquirir dos caballos y el campesino B2 uno. Cuanto al precio, se situará entre 70 y 60 celemines, ya que el interés económico de nuestros campesinos B1 y B2 excluye la posibilidad de un precio más elevado, y la competencia del campesino B3 impide un precio más bajo. Sigamos suponiendo que B1 y A2 ponen en venta, en conjunto, seis caballos. En este caso no es menos evidente que B1 puede adquirir tres caballos, B2 dos y B3 uno. El precio, esta vez, oscila entre los 60 y los 50 celemines.”

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Esta teoría podría ser tomada con algo de seriedad en el caso en el que en el mercado hubiera no más que dos mercancías. Porque: ¿cómo comparar con una tercera? La determinación de los precios tal y como nos la presenta Menger es una evaluación parcial, es la “valoración” que hacen los poseedores de grano en relación a los caballos. Ahora bien ¿Qué pasa si a esto le incorporamos una mercancía más? Suponiendo que los poseedores de grano son a la vez compradores de caballos y hierro, que los poseedores de caballos son compradores de hierro y grano, y que los poseedores de hierro con compradores de grano y caballos. En el ejemplo mengeriano, no hay posibilidad alguna de que haya magnitudes equivalentes entre los tres tipos de mercancías para el intercambio. Como citamos más arriba, el propio Menger dice explícitamente que no pueden existir los equivalentes. El precio de los caballos se verá formado de una forma frente al hierro y de otra muy distinta frente al grano, éste de un modo en su relación con los compradores poseedores de hierro y de otra frente a los poseedores de caballos, etc. Si le damos un contenido dinerario a esto, tendremos que el grano tendrá un precio si su comprador es poseedor de hierro, otro si es poseedor de caballos, etc. La ridiculez de semejante posibilidad es manifiesta.

El comprador de caballos puede valuarlos en 80 celemines, un kilo de hierro en 40, pero el vendedor de caballos tener una apreciación de éste bastante mayor, digamos 160. Puede entonces el primero comprar dos kilos de hierro con sus 80 celemines de granos, quedarse con uno y venderle el otro al segundo a cambio de dos de sus caballos. El primero entonces habrá estafado al segundo de un modo absolutamente irrisorio, pues con un rodeo se ha quedado con dos caballos por el valor original de medio. El ejemplo es, evidentemente, muy arbitrario. Esto es así porque tomar por medición global de los valores del conjunto de las mercancías de la sociedad algo completamente inconmensurable como la intensidad de los deseos de los individuos es eso: una completa arbitrariedad.

Las consecuencias de toda esta ridícula teorización, tomada con la más sublime de la seriedad por economistas de todo el mundo, son evidentes. El ejemplo hasta el momento es uno de trueque. Si sumamos la mediación del dinero la cosa se vuelve aún más absurda. Para que lo escrito por Menger tuviera una coherencia mínima deberían existir precios diferentes (medidos en dólares, pesos, libras, oro o lo que se quiera) de cada mercancía para cada comprador según éste sea además vendedor de caballos, hierro o cortes de pelo. Pero que sepamos no ha existido hasta el momento en ninguna despensa una lista de precios para cada comprador según su profesión.

A pesar del hecho notorio de que el mercado implica un movimiento permanente de comparación de unas mercancías con otras, lo que implica que deben tener algo que las haces cuantificables, Menger y los austríacos niegan simplemente este hecho tan básico:

“Ahora bien, en la teoría del precio hemos mostrado que nunca es posible descubrir en la economía de los hombres bienes equivalentes en el sentido objetivo de la palabra. En consecuencia, la totalidad de la antes mencionada teoría, según la cual el dinero es ‘la medida del valor de intercambio’ de los bienes, queda reducida a nada, dado que su base es una ficción y, más aún, un error.

Aunque en un mercado lanero el quintal de lana de una determinada calidad se venda a 103 florines, se registran a menudo, en ese mismo mercado, transacciones a precios unas veces mayores y otras menores, por ejemplo, a 104, 103,5, 102 y 102,5. Y mientras que, en este mercado, los compradores se declaran dispuestos a ‘tomar’ a 101 florines, los vendedores afirman al mismo tiempo que sólo están dispuestos a ‘dar’ a 105 florines. ¿Cuál es, en estos casos, el ‘valor de intercambio’ de un quintal de lana? O, dicho a la inversa, ¿qué cantidad de lana es el ‘valor de intercambio’ de 100 florines?

Evidentemente, lo único que puede decirse es que un quintal de lana oscila, en el mercado de referencia y en el punto temporal en que se realizan las transacciones, entre 101 y 105 florines. Pero no se observa la existencia real de una determinada cantidad de lana y una determinada cantidad de dinero (o de otra mercancía cualquiera) que puedan intercambiarse recíprocamente, es decir, no existen en parte alguna equivalentes en el sentido objetivo de la palabra. En definitiva, pues, no puede hablarse de una medida de este equivalente (del ‘valor de intercambio’).” (Menger, ídem.)

Menger nos presenta un caso en que hay una equivalencia pero niega su existencia porque se trata de una equivalencia variable. Evidentemente, no se puede hacer mucho con esa forma de teorizar. Veamos con atención el ejemplo de Menger. La variación de la cotización del quintal de lana es completamente mínima, parecida a las variaciones que intentamos explicar más arriba de nuestra concepción del movimiento de los precios. “104, 103,5, 102 y 102,5” florines por quintal. Es evidente aquí que, tal como decíamos más arriba, estos números son precios y que hay un valor en torno al cual están girando. ¿Por qué la variación va de 101 a 105 y no de 101 a 2 millones? Es evidente, en el propio ejemplo de Menger, que las subas y bajas no son arbitrarias, que hay un centro en torno al cual existen. Pero como varían, Menger simplemente desecha la necesidad de explicar ese centro gravitatorio. Como sólo importan los casos individuales, nos quedamos sin teoría alguna. Como ese centro le es incómodo, simplemente nos intenta convencer de su falta de importancia. De paso, dejamos sin explicación por qué el dinero puede cumplir el rol de medida de los valores.

De nuevo: si el quintal de lana puede ser intercambiado a una proporción aproximada de 101 o 105 florines es porque tienen algo en común que los hace cuantificables o aproximadamente cuantificables. Menger pasa por estos párrafos tratando de hacer este problema imperceptible para sus lectores. Notemos, de paso, que se vio obligado a comparar una mercancía con otra, dejando de lado sus propios análisis sobre el valor “de intercambio” como mera relación individuo-mercancía.

Marx hace algo muy diferente:

“Toda cosa útil, como el hierro, el papel, etc., ha de considerarse desde un punto de vista doble: según su cualidad y con arreglo a su cantidad…

La utilidad de una cosa hace de ella un valor de uso. Pero esa utilidad no flota por los aires. Está condicionada por las propiedades del cuerpo de la mercancía, y no existe al margen de ellas. El cuerpo mismo de la mercancía, tal como el hierro, trigo, diamante, etc., es pues un valor de uso o un bien. Este carácter suyo no depende de que la apropiación de sus propiedades útiles cueste al hombre mucho o poco trabajo… Los valores de uso constituyen el contenido material de la riqueza, sea cual fuere la forma social de ésta. En la forma de sociedad que hemos de examinar, son a la vez los portadores materiales del valor de cambio. En primer lugar, el valor de cambio se presenta como relación cuantitativa, proporción en que se intercambian valores de uso de una clase por valores de uso de otra clase, una relación que se modifica constantemente según el tiempo y el lugar… Examinemos la cosa más de cerca. – Una mercancía individual, por ejemplo un quarter a de trigo, se intercambia por otros artículos en las proporciones más diversas. No obstante su valor de cambio se mantiene inalterado, ya sea que se exprese en x betún, y seda, z oro, etc. Debe, por tanto, poseer un contenido diferenciable de estos diversos modos de expresión.

Tomemos otras dos mercancías, por ejempla el trigo y el hierro. Sea cual fuere su relación de cambio, ésta se podrá representar siempre por una ecuación en la que determinada cantidad de trigo se equipara a una cantidad cualquiera de hierro, por ejemplo: 1 quarter de trigo = a quintales de hierro. ¿Qué denota esta ecuación? Que existe algo común, de la misma magnitud, en dos cosas distintas, tanto en 1 quarter de trigo como en a quintales de hierro. Ambas, por consiguiente, son iguales a una tercera, que en sí y para sí no es ni la una ni la otra. Cada una de ellas, pues, en tanto es valor de cambio, tiene que ser reducible a esa tercera…

Ese algo común no puede ser una propiedad natural —geométrica, física, química o de otra indole— de las mercancías. Sus propiedades corpóreas entran en consideración, única y exclusivamente, en la medida en que ellas hacen útiles a las mercancias, en que las hacen ser, pues, valores de uso. Pero, por otra parte, salta a la vista que es precisamente la abstracción de sus valores de uso lo que caracteriza la relación de intercambio entre las mercancías. Dentro de tal relación, un valor de uso vale exactamente lo mismo que cualquier otro, siempre que esté presente en la proporción que corresponda…

Ahora bien, si ponemos a un lado el valor de uso del cuerpo de las mercancías, únicamente les restará una propiedad: la de ser productos del trabajo. No obstante, también el producto del trabajo se nos ha transformado entre las manos. Si hacemos abstracción de su valor de uso, abstraemos también los componentes y formas corpóreas que hacen de él un valor de uso. Ese producto ya no es una mesa o casa o hilo o cualquier otra cosa útil. Todas sus propiedades sensibles se han esfumado. Ya tampoco es producto del trabajo del ebanista o del albañil o del hilandero o de cualquier otro trabajo productivo determinado. Con el carácter útil de los productos del trabajo se desvanece el carácter útil de los trabajos representados en ellos y, por ende, se desvanecen también las diversas formas concretas de esos trabajos; éstos dejan de distinguirse, reduciéndose en su totalidad a trabajo humano indiferenciado, a trabajo abstractamente humano… Esas cosas tan sólo nos hacen presente que en su producción se empleó fuerza humana de trabajo, se acumuló trabajo humano. En cuanto cristalizaciones de esa sustancia social común a ellas, son valores…

En la relación misma de intercambio entre las mercancías, su valor de cambio se nos puso de manifiesto como algo por entero independiente de sus valores de uso. Si luego se hace efectivamente abstracción del valor de uso que tienen los productos del trabajo, se obtiene su valor, tal como acaba de determinarse. Ese algo común que se manifiesta en la relación de intercambio o en el valor de cambio de las mercancías es, pues, su valor.” (Karl Marx, El Capital, Tomo 1, Vol. I, Ed. siglo XXI)

Como vemos, para explicar el valor de las mercancías Marx parte de un hecho social: estamos tratando de analizar una sociedad de poseedores de mercancías que, para satisfacer sus necesidades, tienen que intercambiarlas en diversas proporciones. El proceso real a través del cual los bienes adquieren valor es uno en el que necesariamente deben compararse cuantitativamente con otros bienes. Por eso, para entender las proporciones de enajenabilidad de las mercancías, no puede partirse de una relación simple entre el bien y el individuo. El “valor” es la sustancia de esa intercambiabilidad, el “valor de cambio” la proporción cuantitativa en que ésta se expresa en otras cantidades de mercancías. Cuando queremos darle magnitudes a los valores, no podemos hacerlo sin poner una cantidad equivalente de otra cantidad determinada de mercancías que sean un valor de igual magnitud. El “precio” es el valor de cambio expresado en la mercancía que cumple el rol específico de ser el equivalente general de todas las mercancías, en la medida de valor históricamente determinada y socialmente aceptada para tal fin, el dinero.

La magnitud cuantitativa del valor de una mercancía no depende, explica Marx, de la cantidad de trabajo individual que implicó su producción, sino del “trabajo socialmente necesario”. Esto es, la cantidad promedial de gasto de fuerza humana que implica en ciertas condiciones sociales técnicas e históricas. Esta cantidad está regulada por la competencia. El pequeño productor que tarda 9 horas en producir un pantalón deberá competir con las grandes fábricas que la producen en cuestión de minutos, el valor de ambos estará dado en la sociedad actual (en la que predomina sin discusión la gran producción) por los grandes talleres textiles.

En el tomo III de su obra, Marx hace un análisis de las relaciones entre oferta y demanda en una economía capitalista desarrollada, incorporando sus determinaciones internas, que supera con mucho todo lo dicho antes y después. Se trata de la explicación de la transformación de los valores en precios de producción. Pero no nos detendremos en eso. Incorporemos la concepción simple de oferta y demanda al análisis de Marx que citamos más arriba en aras de la sencillez, pues no pretendemos aquí hacer una exposición acabada de su obra sino polemizar con los marginalistas a partir de ella. Si la oferta crece en relación a la demanda, los precios tenderán a bajar. Si sucede lo contrario, subiendo la demanda en relación a la oferta, los precios subirán. Es este uno de los más básicos hechos de la economía política. El asunto es que si bajan o suben, es necesario que exista un punto de partida de esas variaciones. Si el precio es el valor de cambio expresado en dinero, el valor es también el centro gravitatorio en torno al cual oscilan los precios. Tal es su relación dialéctica. Nadie ha sabido jamás de un automóvil cuya demanda baje a un punto tal en que sea vendido al precio de un alfiler. Antes se lo deja oxidarse en un galpón.

En determinado tiempo y lugar, existen necesariamente cierto equivalente entre las mercancías, tal y como lo describe Marx en el primer capítulo de El Capital. Nos presenta así la forma total o desplegada de valor:

z mercancía A = u mercancía B, o = v mercancía C, o —= w mercancía D, o = x mercancía E, o = etcétera

(20 varas de lienzo = 1 chaqueta, o = 10 libras de té, o = 40 libras de café, o = 1 quarter de trigo, o = = 2 onzas de oro, o = 1/2 tonelada de hierro, o = etcétera)

De ahí entonces que el dinero pueda cumplir la función de medida de todos los valores, en tanto mercancía que cumple esa función. Si aceptamos la teoría mengeriana deberíamos entonces registrar precios diferentes de cada mercancía individual para cada consumidor según sus deseos o su profesión, cosa absolutamente indemostrable por ser absolutamente falsa. Las variaciones de valores y precios, sus movimientos, están sujetas a leyes muy diferentes.

El universo de posibilidades de Menger podría graficarse más o menos así:

(20 varas de lienzo = 1 chaqueta, o = 10 libras de té, o= 5 libras de té, o = 40 libras de café, o = 20 libras de café, o = 1 quarter de trigo, o= 4 quarter de trigo, o= 2 onzas de oro, o= 4 onzas de oro, o = 1/2 tonelada de hierro, o =1 tonelada de hierro, o = etcétera)

Para solucionar este problema es, nuevamente, necesaria la llamada “teoría del valor-trabajo”, pues explica la existencia de una comparación con arreglo a su cantidad (variable, no constante como falsamente plantean los austríacos) común a todas las mercancías. Sin esta condición, el mercado mismo es inexplicable. La imperiosa necesidad de borrar de todo análisis el rol del trabajo humano en la producción de riquezas en general y en su forma capitalista en particular, obedece a un interés de clase bien concreto: negar a la clase trabajadora el atributo de productor y fuente (junto a la naturaleza) de todas las riquezas de la sociedad contemporánea.

La cita que hacemos de El Capital es de apenas las primeras páginas del primer capítulo de la primera sección. En Menger, hemos recorrido completos sus Principios de economía política. Como vemos, Marx deja muy claro en un puñado de páginas lo que Menger deja en la completa confusión en un libro entero.

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